lunes, 19 de abril de 2004

John Ashbery / "Uso frases hechas para hacer más democrática mi poesía"


John Ashbery
JOHN ASHBERY 
UN POETA EN NUEVA YORK

"Uso frases hechas para hacer más democrática mi poesía"


Eduardo Lago
17 de abril de 2004

En 1975 obtuvo los premios Pulitzer, Nacional y de la Crítica de Estados Unidos por Autorretrato en espejo convexo, y hoy se le considera el mayor poeta vivo de su país. Acaba de publicar en España Pirografía, una amplia antología de su obra, y Una ola, un libro escrito tras una grave enfermedad por la que había sido desahuciado. En esta entrevista recuerda su relación con la vanguardia artística y musical neoyorquina y el modo en que escribió sus obras más famosas.

Su vida transcurre entre una casa victoriana de Annadale, a dos horas de Manhattan, y un apartamento de London Towne, en el corazón de Chelsea. Las dos viviendas se encuentran a orillas del Hudson. John Ashbery es un hombre extraordinariamente acogedor, que clava su mirada intensamente azul en dos libros suyos que le acaban de llegar de España: Pirografía, una antología de su obra, y Una ola. La entrevista reproduce su forma de componer: cualquier interrupción es bienvenida. Contesta el teléfono, comenta el contenido de un fax, recuerda las circunstancias de un encuentro de escritores al que asistió en El Escorial hace más de diez años. Nada de ello perturba el maravilloso fluir de su palabra. Siempre vuelve a lo que estaba diciendo con pasmosa precisión, sin olvidar nada. Se ríe con frecuencia, en voz baja, para sí. En todo momento se dejan traslucir su magnanimidad, su humanidad, su simpatía. Quizá sean estas virtudes las que, al impregnar imperceptiblemente su enigmática poesía, expliquen el interés con que se acercan a él todo tipo de lectores.



"Con la poesía ocurre como con la música. Intento expresar verbalmente algo que sólo se puede comunicar de modo no verbal"
"En Una ola es como si me despidiera la vida"


PREGUNTA. ¿Se puede hablar de una afinidad entre su poesía y la estética pictórica del expresionismo abstracto?
RESPUESTA. Cuando fijé mi residencia en Nueva York, trabé amistad con numerosos artistas plásticos, pero nunca me he sentido tan cerca de sus procedimientos como le ocurría por ejemplo a Frank O'Hara, cuya poesía guarda una relación muy estrecha con la obra de Jackson Pollock y Willem de Kooning. Obviamente, hay puntos de contacto, pero mis poemas no son eminentemente visuales. Creo que la afinidad con la música contemporánea es mayor, estoy pensando en compositores como John Cage y Elliot Carter. Eso no quiere decir que no haya puntos de convergencia. Por ejemplo, en sus pinturas De Kooning da vida a un universo paralelo que parece operar conforme a leyes propias. El resultado final es siempre insólito. Ese tipo de experimentación, consistente en crear sin tener la menor idea de cuál va a ser el resultado final, siempre me pareció muy atractivo y hasta hoy sigue siendo uno de los principios de mi creación poética. Mientras doy forma al poema no tengo la más remota idea de qué puede surgir, qué es lo que va a quedar escrito al final.
P. También ha sugerido que una buena manera de leer su poesía es acercarse a ella como si se tratara de música.
R. La música tiene su historia que contar. Cuando uno termina de escuchar una obra musical siente que ha vivido una experiencia temporal de signo lineal. Con la poesía ocurre lo mismo. La experiencia poética no se da de manera instantánea como cuando se contempla un cuadro. La música sigue su argumento, pero se trata de un argumento de orden no verbal. Se puede hablar de sentido, pero es un sentido exento de palabras. Todos hemos experimentado algo así cuando escuchamos a Beethoven. Creo que eso es también lo que yo busco: intento expresar verbalmente algo que propiamente sólo se puede comunicar de modo no verbal.
P. John Cage, en El silencio, afirma: "No tengo nada que decir y lo estoy diciendo y eso es poesía".
R. Esa cita resume perfectamente mi manera de sentir. Por supuesto, el compositor no se siente constreñido por la necesidad de tener que decir algo, puesto que no maneja ideas o conceptos. Pero el paralelismo con lo que ocurre con mi poesía es válido, en el sentido de que lo que estoy diciendo lo digo después de darme cuenta de que no tengo nada que decir. Es en ese punto cuando uno empieza a resultar interesante. (Risas).
P. Autorretrato en un espejo convexo es su obra más conocida. ¿Cómo surgió ese poema?
R. En 1950 se publicó en The New York Times una reseña de un libro sobre Parmigianino, acompañada de una reproducción de su autorretrato, que ejecutó contemplando su imagen reflejada en un espejo convexo. El cuadro me causó una verdadera conmoción, y desde entonces siempre quise escribir sobre él, aunque no sabía cómo. Nueve años después vi la obra original en Viena. Es un cuadro subyugante, de formato muy pequeño. Por fin, muchos años después, al pasar frente al escaparate de una librería en Provincetown, vi un libro cuya portada era el autorretrato. Inmediatamente lo compré, me lo llevé a mi habitación e intenté escribir un poema sobre el cuadro. Tuve muchos problemas, me vi obligado a efectuar muchas más revisiones y correcciones de lo normal. Generalmente, cuando empiezo a escribir todo fluye fácilmente. El Autorretratoestá escrito a la manera clásica de la poesía norteamericana. No es mi libro favorito. No es mi estilo más característico. Tal vez por eso le guste a la gente. (Risas).
P. ¿Cuál es su favorito?
R. Quizá Tres Poemas.
P. ¿Por qué lo escribió en prosa?
R. Me interesaba explorar las posibilidades de la prosa poética, cargando las tintas en lo prosaico, despojándola del peso normalmente excesivo del componente poético, integrar distintos tipos de registros, de lo banal, a lo inflado o retórico... Me intrigaba saber qué ocurriría si mezclaba giros coloquiales con muestras de lenguaje periodístico, filosófico, publicitario... pero claro, hay que escribir acerca de algo, cosa que se me había olvidado por completo, aunque ya llevaba bastante escrito (risas). Entonces alguien me sugirió que pensara en la gente que había significado mucho para mí a lo largo de mi vida, sólo que en lugar de preocuparme por los individuos en concreto, me centrara en los sentimientos que surgieran en mí al evocarlos. Y eso fue más o menos lo que hice. También le di entrada a ciertas lecturas que estaba efectuando por aquel entonces, textos místicos de Jacob Böhme y La Nube del No Saber, el anónimo inglés del siglo XIV. Una de las voces más claramente discernibles de ciertos momentos de Tres Poemas es la del último Henry James, pero hay otras. Tardé en identificar la de Auden. Sin darme cuenta, estaba parodiando la alocución de Calibán al público en El mar y el espejo. Tardé en darme cuenta porque hacía mucho que no leía el texto de Auden, pero cuando lo identifiqué era inconfundible.
P. ¿A qué obedece su interés por las frases hechas y los clichés?
R. Es una manera de hacer que la poesía sea más democrática. Me gustaría usar esto como argumento para refutar la acusación de que mi poesía es altiva y minoritaria. Me gustan las frases hechas que repite la gente corriente en sus conversaciones. Los tópicos lo son por una razón muy válida. Son fórmulas que le sirven a una inmensa mayoría de la gente para expresar sus sentimientos e ideas más íntimos, y eso es importante. Son frases rodeadas de un halo especial, sancionadas por la costumbre y que han sido útiles a muchísima gente.
P. ¿Escribió Una ola como respuesta a una grave enfermedad?
R. Tenía una infección en la columna vertebral que nadie acertaba a identificar. Me ingresaron, pero los médicos me desahuciaron. Después de anunciada mi muerte, apareció milagrosamente un cirujano que aseguró que me podía salvar, y así fue, aunque tras la operación me quedaron numerosas secuelas. Me ocurre con frecuencia que otros me dicen cuál es el asunto de mi poesía, y entonces digo: ah, sí, claro, tiene que ser eso. Empecé Una ola recién recuperado y sin embargo jamás se me pasó por la cabeza que estaba escribiendo acerca de la enfermedad y del dolor. El primer verso del poema dice: 'Pasar por el dolor y no saberlo', así que probablemente surgió de allí, aunque como digo en ningún momento era consciente de que mi escritura estaba ahondando en aquella experiencia. Por otra parte, Una ola tiene cierto carácter elegiaco. Es como si contemplara el curso de toda mi existencia, incluyendo la evocación de un episodio amoroso concreto... Visto retrospectivamente, es como si me estuviera despidiendo de la vida.
P. ¿Qué piensa cuando le dicen de un poema suyo: "Es hermoso, pero no lo entiendo"?
R. Si les parece que es hermoso, ¿qué más puedo pedir? Para mí es suficiente. Sinceramente, no entiendo eso de "entender" la poesía. Cuando afronto un poema por primera vez lo que cuenta es el sentimiento, el goce estético, si está bien hecho. Una sola lectura no me permite pronunciarme sobre la cuestión de lo que significa. Y siempre, al releerlo compruebo que todo está ahí, aunque no se manifestara en mi primer contacto gozoso con el texto.
P. Se ha dicho que una de las señas de identidad de su poesía es su habilidad para burlar las leyes de la sintaxis.
R. No creo que sea cierto. Tal vez no sean lógicos, pero mis poemas son sintácticamente correctos.
P. ¿No son lógicos?
R. No necesariamente. (Risas).
P. Sigue siendo muy prolífico. No parece que jamás cese de escribir y publicar.
R. ¿No es eso lo que se supone que tienen que hacer los escritores? Aunque soy viejo, sigo al pie del cañón. La misión del poeta es escribir poesía.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de abril de 2004



domingo, 18 de abril de 2004

Poesía en la red / Ashbery y 'bits' de robustez poética


Poesía en la red

Ashbery y 'bits' de robustez poética


Josep Maria Sarriegui
17 de abril de 2004

Los poetas norteamericanos contemporáneos gozan de un amplio y cuidado espacio en Internet. Análisis, críticas, poesías y sus propias voces.

www.english.uiuc.edu/maps/poets/a_f/ashbery/ashbery.htm
Modern American Poetry se define como "un ámbito de aprendizaje global y un foro académico" dedicado a difundir la poesía contemporánea norteamericana. Pertenece a la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign y su índice incluye a 161 escritores, todos ellos recogidos en Anthology of Modern American Poetry(Oxford University Press, 2000). De Ashbery encontramos diversos análisis académicos sobre algunos de sus poemas más celebrados, así como una entrevista en la que da pistas sobre las claves de su obra.

www.english.upenn.edu/~afilreis/88/home.html
Un inmenso directorio de recursos digitales sobre poesía norteamericana moderna y contemporánea. Ordenado alfabéticamente, su elaboración y mantenimiento corre a cargo de la Universidad de Pensilvania.

www.diacenter.org/prg/poetry/87_88/ashberybio.html
Two Scenes, At North Farm y When half the time they don't know themselves... son los títulos de los tres poemas de Ashbery presentes en este sitio web. Su archivo, sonoro y escrito, cuenta con voces esenciales en la poesía norteamericana reciente, como Seamus Heaney y Robert Creeley.
jacketmagazine.com/02/
El número especial de la revista literaria Jacket con Ashbery como protagonista. Incluye su poema The Burden of the Park y otros textos para acercarse a su personalidad creativa. Entre ellos, un minucioso ensayo sobre su obra firmado por Marjorie Perloff.
capa.conncoll.edu/
CAPA es un archivo digital de voces poéticas de Estados Unidos no publicadas en papel. Pertenece al departamento de inglés y a la red de bibliotecas del Connecticut College y recoge versos de autores jóvenes que buscan dar a conocer su obra.
www.barcelonareview.com/20/e_ja.htm
La revista Barcelona Review reunió, en su entrega de septiembre-octubre de 2000, tres poemas de Ashbery en inglés y su traducción al catalán.
wings.buffalo.edu/epc/authors/ashbery/
El Centro de Poesía Electrónica (EPC en sus siglas en inglés) de la Universidad de Buffalo (Estados Unidos) dispone de un notable acopio de material en torno a John Ashbery. Lo más valioso, varios poemas del escritor en su inglés original. En su enorme archivo hay piezas de William Carlos Williams, Burroughs, Ezra Pound, Charles Olson, Ginsberg y otros nombres mayores de la poesía en lengua inglesa del siglo XX.
www.writenet.org/poetschat/poetschat_jashbery.html
Amplia entrevista, realizada en 1999, en la que Ashbery explica su proceso de escritura, expone su idea de que el poema debe indagar en vez de expresar y explica cómo debe enseñarse la poesía a los jóvenes.
www.geocities.com/paris/metro/2923/voz_revista/nuevavoz3/ashbery.html
Traducción al español de ¿Qué es poesía?, de Ashbery, publicada por La Voz de la Esfinge.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de abril de 2004

miércoles, 14 de abril de 2004

'Lady Soul', de Aretha Franklin


Aretha Franklin


'Lady Soul', de Aretha Franklin


DIEGO A. MANRIQUE
14 ABR 2004

Lanzado en 1968, Lady Soul es uno de los elepés clásicos de Aretha Franklin de sus años en Atlantic. Junto a éxitos como el incendiario Chain of fools y Natural woman, hay majestuosas recreaciones de temas de James Brown, Curtis Mayfield o Ray Charles. Entre los acompañantes aparecen nombres estelares: King Curtis, Bobby Womack, Eric Clapton o Joe South. La reedición conserva el entusiasta texto de Jon Landau, entonces crítico musical y luego productor ymanager de Bruce Springsteen. EL PAÍS ofrece Lady Soul a los lectores del diario, a partir de mañana, jueves, por 5,95 euros.
Aunque Aretha Franklin sigue grabando, se podría decir que es hoy una figura más cercana a la penumbra que a los focos: su fobia a volar limita drásticamente sus apariciones en público. Sin embargo, los ecos de su arte están en todo tipo de divas de la canción, blancas y negras, que siguen viviendo de sus enseñanzas, Consecuentemente, los programas de aspirantes al estrellato están repletos de imitadoras de las imitadoras de Aretha Franklin.
¿Qué es lo que hace grande a Aretha? Sus inmensos recursos interpretativos y su completa formación artística. Nacida en Memphis en 1942, es hija de un destacado predicador afroamericano, el reverendo C. L. Franklin. Un hombre que recorre el circuito de las iglesias y que alienta la vocación musical de Aretha. Aparte, sus hermanas también destacan: Erma Franklin es la autora de Piece of my heart, luego exacerbada por Janis Joplin; Carolyn Franklin igualmente canta y compone, como revelan los créditos de Lady Soul. Crecen en el East Side de Detroit, un barrio del que también proceden los Four Tops, Smokey Robinson o Jackie Wilson.
Es cierto que todos los grandes vocalistas del soul tienen educación gospel. Lo que diferencia a Aretha es que sus primeros pasos discográficos, con Columbia, consisten en un recorrido por diferentes músicas. Como cantante y pianista, se acerca tanto al jazz como a los musicales. Son 10 discos inciertos pero que proporcionan a Aretha un máster en los misterios del gusto del público y en los enrevesados caminos de la industria.

La locomotora del 'soul'

Cuando Aretha ficha por Atlantic, la compañía neoyorquina dedicada a la música negra, se produce el milagro. Atlantic ya está subida en la locomotora del soulpero depende de sus contactos en el sur de Estados Unidos, sus pactos con sellos en ebullición como Stax. Ahora debe demostrar que también domina la alquimia: se trata de transformar el exuberante rhythm and blues urbano en la soul music, que transporta mensajes de liberación personal y orgullo comunitario. En Atlantic saben que Aretha es oro puro, un volcán que debe canalizarse. Se trata de buscarle material adecuado a sus posibilidades, canciones con resonancia universal. Luego, hay que conseguir arregladores y músicos a su altura. El productor, Jerry Wexler, y el ingeniero Tom Dowd aceptan el reto. Llevan a Aretha a Muscle Shoals, Alabama, en el sur profundo, donde se está cocinando el mejor soul.
Aretha y su marido sufren un shock cultural. Resulta que muchos artesanos -músicos y compositores- del soul sureño son blancos que, a primera vista, no se diferencian mucho del estereotipo del redneck, el cazurro rural y racista. Hay malentendidos, palabras airadas, broncas, Wexler decide transportar a los músicos a Nueva York, donde la grabación concluye felizmente.
La misma fórmula se usa en Lady Soul. Los instrumentistas sureños tocan con figuras neoyorquinas como King Curtis y Bobby Womack; hasta Eric Clapton mete una respetuosa guitarra de blues en Good to me as I am to you. En Lady Soul está una cantante en la cima de sus poderes, que no teme las comparaciones y personaliza éxitos de James Brown, Ray Charles, los Impressions y los Young Rascals. El gran éxito del disco es el vibrante Chain of fools pero brilla especialmente Natural woman, una composición de Carole King que Aretha transforma en himno femenino. Piano de iglesia, los coros de las Sweet Inspirations, las cuerdas de Ralph Burns... y Aretha. Néctar de soul.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de abril de 2004


domingo, 4 de abril de 2004

Cuentistas / Herederos de Melville

 

Alice Munro


Herederos de Melville

CECILIA DREYMÜLLER
02 ABR 2004 - 17:00 COT

Ya se sabe, el relato es la Cenicienta de la ficción en el mercado del libro, máxime cuando se trata de literatura extranjera. Sólo excepcionalmente, cuando el libro ha tenido grandes ventas en el país de origen -como los jocosos apuntes al boleo del francés Philippe Delerm, El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida(Tusquets, 2000)-, o cuando el autor ya posee un renombre incuestionable -como Richard Ford (Pecados sin cuento,Anagrama, 2003) o Margaret Atwood (Chicas bailarinas, Lumen, 1998), por citar al azar dos títulos de novelistas que al mismo tiempo son cuentistas excelentes-, se arriesgan las editoriales a apostar por la narrativa corta. Así se explica que en España se publiquen pocos libros de relatos extranjeros y que resulte poco menos que imposible hacerse una idea de lo que actualmente escriben los cuentistas hard-core, los que no sólo ocasionalmente cultivan la narrativa corta.

miércoles, 31 de marzo de 2004

Bruno Schulz / Un ajuste de cuentas entre pistoleros



Bruno Schulz

UN AJUSTE DE CUENTAS ENTRE PISTOLEROS


Mercedes Monmany
31 marzo 2004

En el imaginario de nuestra civilización, los textos perdidos o destruidos juegan un papel esencial, ya sean las Tablas de la Ley rotas por Moisés en su cólera contra los adoradores del Becerro de Oro, ya sea la maleta de Walter Benjamin extraviada tras su suicidio en Port-Bou, ya sea la gran pira apocalíptica de Auto de fe de Canetti, o bien los cientos de miles de cartas, documentos, bibliotecas enteras o manuscritos desaparecidos a raíz de exterminios lo mismo culturales que humanos, como el que tuvo lugar durante el Holocausto. En este sentido, todo el enigma de la obra devorada por las catástrofes de su propio tiempo, por el odio y el genocidio, parece concentrarse en nuestra época en figuras legendarias como la del escritor, dibujante y pintor polaco Bruno Schulz (Drohobycz, Galitzia, 1892-1942). Considerado como uno de los más grandes escritores en lengua polaca, Schulz formaría junto a su gran defensor y mentor en vida, S. I. Witkiewicz (Witkacy), que se suicidó en septiembre de 1939, a la entrada del Ejército Rojo en Polonia, y su amigo Witold Gombrowicz, con el que mantendría encendidas pero cómplices polémicas, el más famoso e internacional triunvirato de su época ("los tres mosqueteros de la vanguardia polaca de entreguerras", como los nombró el propio Gombrowicz).
     La trágica muerte de Schulz, de un tiro en la nuca efectuado en plena calle por un oficial de las ss, se convirtió en todo un símbolo, lo mismo que la misteriosa desaparición de su manuscrito El Mesías, que aquellos días estaba escribiendo y que probablemente se hallaba ya finalizado. Para aumentar el dramatismo del hecho, se da el caso de que el asesinato de Schulz, aun inscribiéndose en las habituales "acciones" de terror que los nazis desataban de vez en cuando por la ciudad, tenía un componente más salvaje si cabe: no fue más que un ajuste de cuentas entre pistoleros. Un oficial había hecho matar al judío "particular" de otro oficial unos días antes, y éste último se vengó de él al ver pasar a Schulz por la calle. "He matado a tu judío", le dijo.
     Ese 19 de noviembre, Schulz se estaba preparando para escapar de Drohobycz con papeles falsos y con la ayuda económica de algunos amigos. Hacia las once de la mañana se dirigió a la Judenrat para recoger su ración de alimentos. Yendo por la calle con el pan del día recogido, coincidió con una "acción salvaje" desatada contra los judíos, y Karl Günter, antagonista del capitán Landau, le descerrajó un tiro, dejándolo tirado en plena calle. Porque hay que decir que Schulz se había convertido en eso, en un "esclavo artístico", un pintor de uso privado, que Landau "adquirió" para la decoración de su casa, en concreto para pintar las paredes de la habitación de su hijo. La conversación posterior entre los asesinos es de una brutalidad digna de las peores pesadillas de un infierno que, demoníacamente, ha tomado los tintes de la vida común y terrestre: "¿Quién acabará ahora las pinturas?", le increpa uno. "¡Mira quién lo dice! Yo tendré que dormir en el suelo, a ver quién me hace ahora la cama".
     Se da el caso, en toda la cadena de casualidades y resurrecciones constantes que periódicamente se producen en torno a la leyenda de Schulz, y en concreto en torno a las obras salidas un día de su mano y luego perdidas, que en 2001 aquellas pinturas realizadas para el hijo del nazi que "lo protegía" aparecieron, fantasmalmente recuperadas, bajo una capa de pintura rosa, en la despensa ucraniana de una casa que había pertenecido a un miembro ya retirado del Partido Comunista... En unos meses, las pinturas volvieron a desaparecer de su escenario original: arrancadas de las paredes, se comprobó que habían sido trasladadas a Israel. Como es de suponer, el debate sobre la pertenencia "moral" del legado de los judíos orientales desaparecido durante el Holocausto estalló inmediatamente y afectó a todos: a los polacos, que las reclamaron para completar de forma coherente el conjunto de trescientas obras de Schulz que actualmente se hallan en el Museo de Varsovia; a los ucranianos, ya que Drohobycz se encuentra en su territorio geográfico y nacional, y ya que Schulz a fin de cuentas nació, trabajó, vivió y murió en el mismo lugar; y, por fin, a los israelíes (en concreto, al Yad Vashem, el museo y centro de estudios dedicado a la memoria del Holocausto), que afirmaban ser los únicos depositarios legítimos de todas las obras provenientes de aquella inmensa tragedia sucedida en suelo europeo.
     En el fascinante reportaje y relato de recuerdos personales que realizó por los vastos territorios de la Unión Soviética, Imperio (Anagrama, 1993), Ryszard Kapuscinski finalizaba con una visita realizada a Drohobycz, la pequeña ciudad de Bruno Schulz, de donde salió en contadas ocasiones para volver siempre a ella, a ese magnético claustro familiar del que parecía imposible, por diversas circunstancias, siempre, misteriosamente, separarse. Tras tomar un tren de cercanías en Kiev, actualmente capital de Ucrania y antigua capital de la extinta y mil veces recompuesta Galitzia, Kapuscinski llega por fin a ese claustro del que Schulz, desde niño, siempre intentó salvarse. "La vida del gran Schulz —escribe Kapuscinski— transcurrió en el marco de esta pequeña ciudad, incluso en el minúsculo triángulo que cierran las calles Florianska, Zielona y la plazoleta de la panadería. Hoy, la gente puede atravesar este trayecto en escasos minutos, no sin dejar de reflexionar sobre el misterio de la imaginación tan extraordinaria de Schulz [...] Esta bella ciudad descubrió una sola vez sus asombrosos secretos: una sola vez y sólo a Bruno Schulz".
     Figura mítica cada vez más recuperada y reivindicada, en esos cánones cambiantes que evolucionan y se desplazan sin cesar con los gustos y tendencias de cada época y que ahora mismo lo sitúan, de pleno derecho, junto a otros grandes del siglo XX como Kafka, Nabokov, Pessoa, Musil o Robert Walser, Schulz pasaría a convertirse en un auténtico enigma literario sin resolver, y así lo testimonian varias novelas de nuestros días que lo tienen como protagonista absoluto. Una recuperación y un mito que no sólo tienen mucho que ver con el carácter metafísico, grotesco y enigmático, absolutamente singular, de su obra, tanto de la literaria como de la pictórica —carácter que lo emparienta con artistas como Goya, Alfred Kubin o Egon Schiele, y con todos los expresionistas en general—, sino también con ese abrupto fin, de una gran y extrema violencia, de una crueldad absurda y abismal, que sufrió este maestro de la transfiguración metafórica y la prosa visionaria. Por último, tiene que ver, en una gran e importante medida, con la misteriosa desaparición de la última obra que había escrito Schulz, El Mesías, que se sabía que tenía con él en aquellos últimos días y de la que se perdió la pista por completo. De El Mesías se ha llegado a decir de todo: que seguía durmiendo el sueño de la posteridad ignorada en algún cajón de una cómoda de Drohobycz, donde habría sido depositado para salvarse, hasta que fue exterminado y quemado junto al posible poseedor que lo transportaba con él; o bien que se encuentra en algún lugar de Rusia, o incluso en los inmensos archivos de la KGB.
     Pocos escritores de ese siglo recién acabado han concentrado tanta atención y fascinación para "provocar" nuevas obras de creación como este fantástico, inclasificable y perturbador "Kafka de la provincia polaca", como ha sido llamado en muchas ocasiones. Ahí estarían las novelas de la escritora judía ruso-americana Cynthia Ozick (El Mesías de Estocolmo, Montesinos, 1989), la del israelí David Grossman (Véase: amor, Tusquets, 1993), o la última de todas, la del italiano Ugo Riccarelli (Un hombre que acaso se llamaba Schulz, Maeva, 2000, con prólogo de Antonio Tabucchi). Por su parte, la referencia a Schulz en libros y autores de renombre de nuestros días será constante: ahí estaría la amigable e ilustradora conversación en torno a su figura mantenida entre dos gigantes de la literatura, Isaac Bashevis Singer, nacido como Schulz en Polonia, y Philip Roth, contenida en el libro de este último aparecido recientemente en España: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (Seix Barral, 2003). O si no, la introducción a su obra completa en inglés que le dedicó John Updike, recogida en Hugging the Shore. Essays and Criticism (Polish Metamorphoses). O los diversos y penetrantes ensayos que el excelente crítico John Bayley, especialista en literaturas eslavas, escribiría para The New York Review of Books en los ochenta. Por su parte, la ciudad fronteriza de Trieste dedicaría en el otoño de 2000 un importante congreso a su obra, con el título de Bruno Schulz: El poeta sumergido. Igualmente, el célebre dramaturgo polaco Tadeusz Kantor se inspiraría en él y en uno de sus mejores y más impresionantes relatos, "El jubilado", para montar la obra Clase muerta, con sus decrépitos y envejecidos alumnos. En ese relato, un anciano funcionario, ya retirado, regresa humildemente a los bancos escolares con la intención de volver a aprender todo de nuevo.
     Del mismo modo, una joven escritora y periodista polaca, Agata Tuszynska, se lanzaría hace unos pocos años a buscar las huellas de un mundo desaparecido, el de las comunidades judías de la Europa oriental, exterminadas a raíz de la Segunda Guerra Mundial, publicando un excelente reportaje literario: Los discípulos de Schulz (Les disciples de Schulz, Les Éditions Noir sur Blanc, 2001). Su viaje se cerraba con una sombría constatación: de los quince mil judíos aproximadamente que vivían en Drohobycz antes de la guerra, actualmente no quedan más que nueve... De sus dos sinagogas (parece ser que una era la más grande de la Polonia anterior a la guerra), una fue convertida en almacén de muebles durante la época soviética y otra en gimnasio. Tuszynska mantendría una emocionada conversación, no exenta de numerosas anécdotas y recuerdos plagados de humor, con dos antiguos alumnos, discípulos de Schulz en sus tiempos de profesor de dibujo en el liceo local: Alfred (Fedrek) Schreyer y Abraham Schwartz. Entre los muchos episodios divertidos (raros en aquel siniestro periodo) que recordaban en torno a su añorado y excéntrico profesor provinciano, que de vez en cuando interrumpía sus lecciones de dibujo para comenzar a contarles maravillosas historias y cuentos fantásticos, está uno que tiene que ver con la breve ocupación soviética que tuvo lugar en la ciudad, entre el 17 de septiembre de 1939 y el 1 de julio de 1941, cuando sería de nuevo tomada por los nazis. Con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre, a Bruno Schulz, afamado pintor local, le fue encomendado efectuar tres enormes retratos, del siniestro canon de la época: uno era del inevitable Stalin, otro de Lenin y otro de Marx o Engels. Todos debían colgar desde lo alto del ayuntamiento, en esa Plaza Mayor inmortalizada en tantos relatos de Schulz, que pasó toda su vida precisamente mitificando y eternizando su pequeño y humilde Drohobycz, aunque los habitantes de sus días y sus tristes penurias como enseñante lo ignoraran. Tras haber finalizado su trabajo y después de la manifestación correspondiente, una copiosa lluvia cayó sobre el lugar, convirtiendo los retratos en horrorosos e irreconocibles pintarrajos. Schulz comentaría entonces con ironía: "Es la primera vez que no experimento ningún pesar por ver destruida mi obra".
     En lo que a nosotros y a nuestra geografía respecta, acaban de aparecer traducidas al español por Jorge Segovia y Violetta Beck dos nuevas versiones en la editorial Maldoror de las que son sus dos grandes y únicas obras maestras dejadas en vida: El sanatorio de la clepsidra (que va acompañada de un magnífico prólogo introductorio de uno de los máximos especialistas y difusores de su obra desde el fin de la guerra, Arthur Sandauer) y Las tiendas de canela fina. Hace unos años, igualmente, tuvo lugar la edición de la Obra completa de este autor en Siruela, con una traducción y un clarividente prólogo introductorio de Juan Carlos Vidal, uno de los mejores conocedores de la literatura polaca que hay en nuestro país.
A los dos libros actuales hay que añadir un estudio de su obra y biografía, escogiendo los principales y más recurrentes motivos de la fabulación o "mitificación de la realidad" (como él mismo la llamaba) schulziana, realizado por Jerzy Jarzebski (Schulz) y aparecido también en Maldoror. Esta oportuna recuperación se completa, en la misma editorial, con un insustituible volumen ilustrado, nunca aparecido en nuestro país con anterioridad, que es el magistral ciclo de dibujos compuestos por Schulz en 1924 (El libro idólatra), con un espléndido prólogo, como siempre, del que es considerado hoy día como su máximo especialista y recopilador de inéditos: Jerzy Ficowski. En una carta dirigida en 1935 a Stanislaw Ignacy Witkiewicz, uno de aquellos brillantes representantes de la vanguardia histórica polaca, Bruno Schulz le dirá: "Mis inicios como dibujante se pierden en una bruma mitológica. Aún no sabía hablar cuando ya llenaba todos los papeles y márgenes de los periódicos con garabatos". Por su parte, en otro de sus más conocidos relatos titulado "La época genial", dedicado a exaltar la infancia ("nuestra gran época, la época genial de nuestra vida") como germen ("raíces del espíritu individual que se pierden en un mítico bosque virgen") y máximo impulso creativo para el resto de la existencia de un artista, añadirá: "¡Ah, esos dibujos luminosos creciendo, esos colores transparentes! [...] ¿Por qué los malgasté entonces en la despreocupación de la abundancia con una impensable ligereza? Permitía a los vecinos revolver y saquear los montones de dibujos. Se llevaban pilas enteras ¿En qué casas pararán, en qué basureros vagabundearán?" Como se puede observar, desde siempre, premonitoriamente, en todas las narraciones de Schulz, ya pendió fatalmente la sombra oscura y angustiosa de la desaparición, de la pérdida irremediable de obras un día existentes ("empecé a delirar confusamente y sin sentido, rodeado de sufrimiento, con una pena inconsolable, por el viejo Libro perdido", dirá en su relato "El libro"). Un "libro", en el caso de El libro idólatra, del que se ignora si en su día iba acompañado por una narración complementaria. En él aparecían como protagonistas fijos mujeres o "diosas" dominadoras y altivas junto a hombres o gnomos adoradores, macrocéfalos y semimonstruosos. Unos hombres que, sometidos, pisoteados y con torvas miradas alienadas, se arrastraban humillados ante ellas, aquellas inalcanzables presencias femeninas, una constante, de tintes inequívocamente masoquistas, de la figuración artística de la obra de Schulz, "cuyo escabroso tema —como dice Ficowski— sólo podía conmocionar a los fariseos provincianos, constituyendo, a sus ojos, una verdadera provocación". Según cuenta también Ficowski, a los muchachos, alumnos de su taller de trabajos manuales, que lo ayudaban en la reproducción de los grabados y en la distribución de los cartapacios destinados a su venta, en unos momentos difíciles de la economía familiar, antes de llegar a tener su plaza fija como profesor, Schulz, para evitar escandalizarlos, les contó que se trataba de "ilustraciones para La Venus de las pieles", la célebre obra del también galitziano Sacher-Masoch, el autor que daría nombre a la perversión sexual, el masoquismo, con la que siempre se asoció el torturado imaginario sexual de Schulz.
     En una ocasión, Joseph Roth, otro de los famosos y geniales galitzianos literarios, explicó lo que significaba no sólo ser judío en aquellos días, sino serlo y pertenecer a una región remota como la de Schulz y él. Serlo entre otros que siempre, inevitablemente, estarían situados más hacia Occidente que ellos mismos, discurso amargo e irónico que luego culminaría en su obra Judíos errantes: "Cuanto más occidental es el lugar de nacimiento de un judío a más judíos mira por encima del hombro. El judío de Frankfurt menosprecia al judío de Berlín, el judío de Berlín al de Viena; el judío de Viena al de Varsovia. Luego, de mucho más allá, vienen aún los judíos de Galitzia, que todo el resto mira por encima del hombro. Es ahí de donde vengo, yo, el último de los judíos". Sometida a los más caprichosos vaivenes de la historia, rehén y botín permanente en las sucesivas reparticiones territoriales de las que fue víctima a lo largo del siglo XX, Galitzia, y con ella el Drohobycz mítico de Schulz, situado al pie de los Cárpatos, junto a Lvov, sería primero austrohúngara, luego polaca, soviética y más tarde, ya en nuestros días, ucraniana. Situada fatalmente en tierras fronterizas, arrollada por unos y otros, como se verá en la novela o transfiguración biográfica del personaje de Bruno Schulz escrita por Riccarelli ("somos un felpudo frente a las botas fangosas de la Historia", se dirá en su obra), Galitzia es a la vez, o fundamentalmente, la privilegiada cuna literaria de algunos de los mejores escritores del pasado y tormentoso siglo XX, en su mayor parte judíos: Bruno Schulz, Joseph Roth, Manès Sperber, Soma Morgenstern o Andrzej Kúsniewicz. Tierra, además, originaria de gran número de familias judías emigradas a los Estados Unidos, como cuenta el monumental libro de Irving Howe World of our Fathers. The Journey of The East European Jews to America (1976), entre ellas la de ese magnífico escritor que es Henry Roth.
     Galitzia sería, de 1772 a 1918, durante apenas un siglo y medio, el más grande Estado de la corona habsbúrguica, en el linde nordeste de la monarquía austrohúngara. Dentro de sus 78.500 kilómetros cuadrados de fronteras, fijadas tras el Congreso de Viena, estaban las tierras bajas de la Galitzia del Norte, las altas montañas de los Tatras, la cadena intermedia de los Cárpatos y, en la región en la que había crecido Schulz, bosques inmensos, así como la llanura y la zona pantanosa de Podolia, de la que se habla en La marcha Radetzky. La ocupación de Galitzia por parte de los austriacos puso de manifiesto por primera vez en aquella Austria nueva, de forma palmaria, un particularismo notorio que atañía a "la cuestión judía" del inmenso Imperio europeo. En aquellos tiempos, vivían en Galitzia unos doscientos mil judíos, y aunque Francisco José no fuera "especialmente filosemita" (como dirá David Bronsen en su biografía Joseph Roth) sí contemplaba, en cambio, incluir a los judíos en todos sus proyectos de reforma. La riqueza de la zona, escasamente industrial, estaba basada en los cereales, la madera, la sal y en ese petróleo milagroso que durante unos años (como narra igualmente el libro de Jerzy Jarzebski) fue causa del desmesurado crecimiento y de la "voracidad" comercial arrasadora que provocaría la ruina de muchas familias y que acabaría con tiendas de telas a la antigua como la del padre de Bruno Schulz, ese personaje alucinado, centro mítico, excéntrico, discurseador solemne e imparable, soñador y demiurgo fantasioso en lucha permanente contra el aburrimiento y la grisura de los días provincianos, y figura sobre la que gira casi de manera absoluta toda la construcción literaria de Schulz.
     Es de imaginar las dantescas proporciones que alcanzaría la destrucción de las comunidades judías en esta zona, exterminadas, arrancadas de raíz en susshtetls o, más o menos asimiladas, como era el caso de la familia de Schulz, en pequeñas ciudades provincianas como Drohobycz. Un símbolo de esas tremendas tragedias individuales y colectivas, culturales o puramente humanas, lo hallamos en el impresionante libro en el que Jerzy Ficowski recogería la correspondencia de Schulz, en su mayor parte perdida por los sangrientos avatares deparados a sus depositarios, así como sus trabajos críticos (Correspondance et essais critiques, Éditions Denoël, 1991). El exterminio tanto de personas como de obras que planea en esas páginas, recogidas o comentadas lacónicamente por Ficowski al anotar su dramática ausencia, es total, arrasador. La correspondencia en el caso de Schulz, cuya vida giraba obsesiva y totalmente en torno al "arte", representaba una auténtica "autobiografía fragmentaria" (como la llamará Ficowski) no menos valiosa e insustituible que el resto de su obra. En ocasiones, Schulz relataba cuentos o fábulas enteras a sus amigos, hoy ya perdidos, en las cartas abundantes que les enviaba. Abundantes, dado el encierro y el aislamiento provinciano que le condenaba a una irremediable incomunicación intelectual y artística, y que él tanto ansió romper siempre. Por ejemplo, de las numerosas cartas que le envió a Witkiewicz, la mayoría resultaron quemadas durante el asedio y bombardeo de Varsovia por parte de los nazis. Tan sólo se lograría salvar una de la destrucción. De las numerosas cartas que igualmente le escribió a Gombrowicz, la mayoría desaparecieron durante la guerra. En lo que respecta a la correspondencia enviada a una pareja de amigos, de los más cercanos que Schulz tuvo en los últimos tiempos, Anna Plockier y Marek Zwillich, asesinados por la milicia ucraniana nazi el 27 de noviembre de 1941, en un bosque cercano a Truskawic, en los alrededores de Drohobycz —cosa que sumiría en una profunda depresión a Schulz—, se logró recuperar milagrosamente casi la totalidad de las cartas, al ser rescatadas por un amigo común que corrió a salvarlas en el último momento.
     Por su parte, para cerrar las fatales casualidades que siempre han rodeado el destino de este escritor, Wladyslaw Riff, amigo de juventud, de esos amigos y confidentes siempre soñados por Schulz, con quien compartía "las aventuras de los descubrimientos", moriría joven, en un sanatorio de tuberculosos en Zakopane, en 1927. Riff era el depositario de una abundante correspondencia que Schulz le había ido mandando desde Drohobycz. En ella, y siguiendo sus esencias literarias más reconocibles, aquél le narraba largas y muy elaboradas fábulas a su amigo convaleciente. En algunas de estas cartas, y en medio de ese ámbito surreal y grotesco tan característico de su autor, el hotel de reposo o balneario se metamorfoseaba en un barco, y los huéspedes tenían el papel de tripulación marinera, a las órdenes de un capitán ficticio. Al fallecimiento de Riff, las enfermeras que se encargaban de desinfectar y esterilizar las habitaciones, en un exceso de celo profesional, quemaron todas las cartas de Schulz, así como los manuscritos inéditos del desafortunado joven escritor, que tanto prometía, según los que le conocieron, y del que no quedaría absolutamente ninguna huella... Por otra parte, al contrario que en el caso de las cartas que Kafka escribió a Milena, nunca podremos leer ninguna de las numerosas misivas de la única relación "formal" que Schulz tuvo en vida, y que duró tres años, con una joven de Varsovia, Józefina Szelinska, una judía convertida al cristianismo con la que traduciría conjuntamente, en 1935, El proceso de Kafka, y que logró salvarse del Holocausto. Para culminar la larga serie de avatares desgraciados que rodean la radical desaparición de escritos de Schulz, Ficowski citaba otro de los casos más llamativos: el de Maria Chasin, una conocida pianista de los años treinta y gran amiga suya. Al comienzo de la guerra, y justo antes de abandonar el país, enterró en el patio de su casa de Lodz las cartas que le había enviado Schulz. Curiosamente, en el momento urgente y apresurado de escoger, Maria, gran amiga también de Romain Rolland y de Barbusse, escogió quemar la correspondencia de aquellos dos y salvar tan sólo la de Schulz... Aun así, Ficowski cuenta que durante años se dedicó a remover el suelo de aquel famoso patio, sin encontrar nada. Quién sabe si El Mesías no reposa también en algún patio desconocido y alguien, algún día, al ir a plantar un hermoso macizo de flores, no verá surgir de entre ellas el bello vestigio de un pasado atormentado y perseguido durante tanto tiempo. ~

LETRAS LIBRES







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