Álvaro Uribe ha sido definido como un escritor secreto porque a pesar de que abordó un tema central de la condición humana —el ámbito de la pareja desde la perspectiva del desencuentro y del conflicto— ha sido leído por muy pocos, ya que su obra se movía en un territorio discreto en cuanto a esos asuntos que abordaba. Sin embargo, como dice el escritor Geney Beltrán, en sus narraciones desnuda a sus personajes de forma descarnada, mostrando sus mezquindades, veleidades, frivolidades y, al mismo tiempo, su ternura, el desamor y el rechazo que reciben. En efecto, leyendo a Uribe uno se da cuenta de que, como destaca Beltrán, tenía un bisturí muy fino para mostrar a personajes comunes y corrientes que suelen ser varones heterosexuales con cierta cultura libresca, diplomáticos, escritores y profesores universitarios quienes, en realidad, se parecen a la mayoría de sus escasos lectores. Por desgracia, Álvaro ya no podrá ver cómo sus libros, gracias a su indudable solvencia y calidad, ganan público, ya que hace unos días el autor de obras como Topos, El cuento de nunca acabar, La audiencia de los pájaros, El taller del tiempo, La lotería de san Jorge, Expediente del atentado y Autorretrato de familia con perro, falleció en la Ciudad de México a los 68 años, dejando conmocionado al medio literario mexicano, pues era sin duda uno de sus personajes más queridos y admirados. Para Uribe, uno de los maestros del género cuentístico, lo más importante de una historia era cómo hacerla única y absolutamente personal; es decir, que conservara cierta opacidad y ambigüedad, dándole una forma artística al relato. Fundador y coeditor de la revista editada en Francia Altaforte, Uribe recibió el Premio de Narrativa Antonin Artaud 2003, el Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2008 y el Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2014. Su legado se cifra en una de sus grandes convicciones: la de que existe una manera para no morir del todo: escribir sobre la vida y guardar esa memoria en las páginas de un libro, donde también el lector, por el solo hecho de serlo, engaña a la muerte, y eso, como decía, es un privilegio. Y ahí, admirado Álvaro, nos encontraremos siempre.