A propósito de la crisis Rusia-Ucrania, fragmento de “Hambruna roja”, la investigación de la historiadora y periodista Anne Applebaum sobre una guerra que cobró la vida de al menos cinco millones de personas entre 1931 y 1934 en la antigua URSS, de los cuales cuatro eran ucranianos.
Anne Applebaum ha recibido del Premio Pulitzer por "Gulag" y fue finalista del National Book Award por "El Telón de Acero". Con “Hambruna roja”, sello Debate, ganó en España los premios de periodismo de El Mundo y el Francisco Cerecedo 2021.
Las señales de advertencia eran abundantes. A principios de la primavera de 1932, los campesinos de Ucrania comenzaron a pasar hambre. Informes de la policía secreta y cartas escritas desde regiones productoras de cereal de toda la Unión Soviética —el Cáucaso septentrional, la región del Volga, Siberia occidental— mencionaban a niños con el estómago hinchado por el hambre, familias que comían hierba y bellotas o campesinos que abandonaban sus hogares en busca de comida. En marzo, una comisión médica encontró cadáveres en las calles de una aldea situada cerca de Odesa. Nadie tenía la fuerza suficiente para enterrarlos. En otra aldea, las autoridades locales trataban de ocultarles la mortandad a los forasteros. Negaban lo que estaba ocurriendo, aunque estuviese sucediendo ante los ojos de los propios visitantes.
Los 25.000 polacos que Stalin asesinó: así fue el mayor crimen soviético de la II Guerra Mundial
Un libro indaga en la matanza perpetrada por la URSS en el bosque de Katyn y en la guerra propagandísitca que se desató entre nazis y aliados.
David Barreira 10 de marzo de 2020
El teniente coronel Friedrich Ahrens observó a un lobo cavando un agujero en la nieve profunda del bosque de Katyn, a las afueras de la ciudad rusa de Smolensk. Al lado del animal, el militar alemán vislumbró una cruz de abedul como las que se colocan sobre las tumbas de los soldados y rápidamente dio aviso al oficial al mando. Era finales de enero de 1943 y la tierra estaba congelada: hubo que esperar hasta mediados de marzo para que el lugar pudiese ser examinado. Aquellas fosas escondían miles de huesos humanos.
Tres años antes, primavera de 1940: más de 22.000 oficiales y funcionarios de la élite polaca son ejecutados con un balazo en la nuca entre los árboles del bosque de Katyn, al borde de una fosa común, y en otros lugares de la Unión Soviética. Muchos de ellos fueron a la muerte atados, otros con sus abrigos sobre la cabeza. Había oficiales de Estado Mayor, médicos, profesores y hasta medallistas olímpicos. También una mujer, la piloto Janina Lewandowska. ¿Su delito? Ser supuestos "criminales de guerra", "contrarrevolucionarios".
Pero en este caso, los verdaderos asesinos fueron Stalin y sus secuaces, con Lavrenti Beria, jefe del temible NKVD, la policía secreta de Moscú, a la cabeza. Fue el mayor crimen cometido por los soviéticos en el trascurso de la II Guerra Mundial, una escalofriante lista de ejecuciones que el Kremlin tardó medio siglo en reconocer. Ahora, un ensayo del periodista e historiador alemán Thomas Urban, titulado La matanza de Katyn (La Esfera de los Libros), bucea en documentos originales y los relatos de los testigos oculares de la masacre para construir una rigurosa y documentada historia que vierte luz sobre todos los intentos de manipulación y mentiras que se encadenaron.
Su relato arranca con la inverosímil firma del Tratado de No Agresión entre la Alemania Nazi de Hitler y la Unión Soviética, y recordando que la invasión de Polonia en septiembre de 1939 no solo fue obra las tropas de la Wehrmacht. El Ejército Rojo, atacando desde el este, tomó 180.000 prisioneros polacos, unos números que superarían los 230.000 tras las detenciones realizadas por los funcionarios del NKVD en las semanas posteriores. La élite del país sería encerrada en tres campos de concentración: Kozelsk, Ostashkov y Starobelsk.
El 5 de marzo de 1940 comenzaron las tareas de liquidación: el Politburó emitió la 'Decisión nº 144', según la cual se fusilaría a 25.700 polacos. Dos días después, Beria firmó la orden de destierro por diez años de todos los allegados de los condenados a muerte sin su conocimiento. A partir de mediados del mes de abril, unas 60.000 mujeres, hijos, hermanos y padres fueron deportados a la estepa kazaja en condiciones miserables. Vivieron en pésimas cabañas de madera o agujeros en el suelo. Miles de ellos no sobrevivieron al primer invierno, con temperaturas de hasta 45º bajo cero. Todas sus propiedades fueron entregadas a los oficiales del Ejército Rojo y a miembros del Partido Comunista.
Los reos fueron transportados en trenes en grupos de 250 personas y conducidos al bosque de Katyn en autobuses. Los guardias soviéticos les habían hecho soñar con una inminente liberación, pero en realidad iban a ser despedidos con un disparo en la cabeza. "El nombre de este pequeño pueblo en el oeste de Rusia representa el intento de Stalin de exterminar a la clase dominante polaca, para extender su sistema totalitario de la Unión Soviética a Polonia. La orden del Kremlin no solo afectó a Katyn, sino también a otros lugares donde murieron, en total, unos 25.000 oficiales e intelectuales polacos", escribe Urban.
La jugada de Goebbels
La Operación Barbarroja lanzada en junio de 1941 sacudió el transcurso de la II Guerra Mundial: los nazis invadieron el territorio anexionado por los soviéticos y estos huyeron despavoridos hacia el este, elevando en miles el número de víctimas polacas. Paradójicamente, Moscú decretó una amnistía cuya finalidad era integrar a los oficiales de Polonia —a los que no habían ejecutado— en las filas del Ejército Rojo. A finales de ese año, se habían creado tres divisiones polacas, con un total de casi 40.000 hombres exhaustos y mal alimentados.
Portada de 'La matanza de Katyn'.Esfera de los Libros
Pero el hallazgo en Katyn por los alemanes de las pruebas de la masacre soviética abrieron un nuevo frente en la guerra. "No podía creer lo afortunado que era", dijo de Joseph Goebbels, ministro nazi de Propaganda, uno de sus subordinados. Rápidamente y empujado por Hitler, armó una campaña destinada a abrir una brecha en los aliados: el 11 de septiembre de 1943, la agencia alemana informó del hallazgo de las fosas comunes con miles de cuerpos. El duelo propagandístico había dado el pistoletazo de salida: Radio Moscú contraatacó diciendo que sus enemigos habían preparado los cuerpo en Auschwitz y los habían enterrado en el bosque de la localidad rusa.
La operación de Goebbels fue un éxito a medias: por una parte, logró que el Gobierno polaco en el exilio reclamase al resto de los Aliados que una misión de la Cruz Roja realizase un informe sobre el terreno. La URSS, evidentemente, no estaba dispuesta a dilucidar responsabilidades. Reino Unido y EEUU trataron de apagar el incendio: en un telegrama, Churchill le dijo A Roosevelt: "Los hemos convencido de que no se concentren en los muertos, sino en los vivos, en el futuro, no en el pasado".
Los nazis, por el contrario, sí supieron explotar informativamente la masacre: Goebbels ordenó que los propios polacos relatasen a sus compatriotas los extremos de las ejecuciones. La Cruz Roja del país realizó una investigación en la que se concluía que los asesinatos tuvieron lugar entre marzo y abril de 1940 a raíz de los documentos encontrados entre los cadáveres.También les llamó la atención las heridas de bayonetas cuadradas que presentaban muchos de los cuerpos: este tipo de arma solo la poseían el Ejército Rojo y el NKVD.
Fosa común de Katyn.Wikimedia Commons
A pesar de las evidencias irrebatibles, Stalin siempre negó la implicación de la URSS en la matanza de Katyn. Todo este proceso de sucesión de versiones lo reconstruye con elegancia y atractivo Thomas Urban en su libro. Algunos pasajes de su investigación se leen con perplejidad, sobre todo el capítulo dedicado a la Comisión Burdenko, una operación de reescritura sistemática de la historia orquestada por Beria y su delegado, Vsevolod Merkulov.
Los talleres de falsificación de los servicios secretos soviéticos, escribe el historiador, recibieron el encargo de "producir y obtener documentos fechados entre el otoño de 1940 y el verano de 1941. Debían demostrar que los oficiales polacos aún estaban a salvo en los campos soviéticos durante este período". Fotografías aéreas tomadas por los alemanes y conservadas en los archivos estadounidenses evidencian que en Katyn "se utilizaron excavadoras y bulldozers para realizar extensos movimientos de tierra" entre octubre y noviembre de 1943. También persiguieron a todo tipo de testigos mediante calumnias, intimidación o la liquidación. Pero las mentiras terminaron desvelándose.
¿A cuántas personas asesinó Joseph Stalin en su «Gran Purga» del terror?
En paralelo a la Gran Purga, Stalin inició sus planes para transformar Rusia de un país agrícola a uno industrializado, uno capaz de soportar las exigencias tecnológicas de la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría. El resultado fue una gran hambruna
Cesar Cervera 16 de marazo de 2018
En una encuesta realizada el pasado año por el centro de estudios Levada, se puso de manifiesto que para la población rusa Joseph Stalin, el dictador comunista al frente del país durante la Segunda Guerra Mundial, resulta «el más sobresaliente» personaje del país, independientemente del momento histórico. Estudios similares demuestran que la popularidad del líder soviético ha crecido en los últimos años, mientras aumenta el desinterés por conocer la magnitud de sus crímenes. Stalin es más popular en Rusia conforme se conoce menos de él.
Pero, ¿cuántas personas concretas asesinó Stalin por cuestiones políticas? ¿Se le debe responsabilizar a él directamente de las hambrunas en Ucrania? ¿Hubo intención de eliminar a elementos incómodos al régimen con la estrategia «suicida de Rusia» durante la Segunda Guerra Mundial?
Iósif (en ruso) Stalin no inventó nada en cuanto a represión, simplemente continuó con la obra bolchevique allí donde la dejó Vladímir Lenin, cuyo exitoso golpe de Estado en 1917 fue seguido de la creación de la «Comisión extraordinaria de lucha contra el sabotaje y la contrarrevolución», comúnmente conocida como Checa. Inspirados por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, los bolcheviques anunciaron el «terror rojo» para oponerse al «terror blanco». El primer anuncio oficial de esta campaña represiva, publicado con el título de «Llamamiento a la clase obrera», el 3 de septiembre de 1918, pedía a los trabajadores:
(...) Aplastad la hidra de la contrarrevolución con el terror masivo. Cualquiera que se atreva a difundir el rumor más leve contra el régimen soviético será detenido de inmediato y enviado a un campo de concentración.
El alumno supera al maestro
La represión contra los enemigos del régimen se desplegó en su máxima expresión a partir del verano de 1918, tras la insurrección de los socialrevolucionarios de izquierda de Moscú. Millares de presos y de sospechosos fueron masacrados a lo largo de toda Rusia, siendo el primer acto de una Guerra Civil entre los bolcheviques y el resto de fuerzas que se cobró alrededor de nueve millones de vidas, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.
Durante el golpe y la guerra civil, Stalin ocupó distintos puestos en el régimen leninista, entre ellos el de comisario político en el Ejército Rojo, comisario del Pueblo de Asuntos Nacionales (1917-1923) y secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética desde 1922. Una secretaría que empleó para extender su poder a otras instituciones soviéticas y para, tras la muerte de Lenin en 1924, sofocar gradualmente a todos los grupos opositores dentro del Partido Comunista. Esta primera purga incluyó a León Trotski, que fue desterrado de la Unión Soviética en 1929.
Stalin en el exilio (1915)
Como un iceberg, la punta de la represión estalinista solo supuso un pequeño aperitivo del total de muertes. A partir de 1930 se desencadenó la llamada Gran Purga o Gran terror de Stalin. Cientos de miles de miembros del Partido Comunista Soviético, socialistas, anarquistas y opositores fueron perseguidos, juzgados y, finalmente, desterrados, encarcelados o ejecutados en los campos de concentración gulags.
Todo ello sirvió a Stalin para consolidar su poder y limpiar la disidencia trotskista y leninista de todos los órganos soviéticos. De los seis miembros del Politburó original (el máximo órgano de gobierno), únicamente Stalin sobrevivió a su ascenso, mientras cuatro fueron ejecutados y Trotsky, desterrado, sería asesinado en México en 1940. A su vez, de los 1.966 delegados del XVII Congreso del Partido Comunista celebrado en 1934, 1.108 fueron arrestados y encarcelados para ser ejecutados en la mayoría de casos.
Esta política de gulags también afectó al Ejército Rojo. Tres de los cinco mariscales; 13 de los 15 comandantes de ejércitos; 8 de los 9 almirantes; 50 de los 57 generales de los cuerpos de ejército; 154 de los 186 generales de división; todos los comisarios del ejército y 25 de los 28 comisarios de los cuerpos de ejército, de la Unión Soviética fueron juzgados y condenados por razones políticas. El resultado fue la disminución del poder operativo de las Fuerzas Armadas a cambio de un aumento de la fidelidad ideológica de cara a la inminente Segunda Guerra Mundial. Comandantes fanáticos, pero inexpertos.
«Cada noche traen unos 250 cadáveres entre los que un número muy elevado no tiene hígado. Les ha sido quitado a través de un corte muy ancho»
En paralelo a la Gran Purga, Stalin inició sus planes para transformar Rusia de un país agrícola a uno industrializado, capaz de soportar las exigencias tecnológicas de la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría. Los planes quinquenales para la economía nacional de la URSS ayudaron a un rápido desarrollo de la industria, especialmente la pesada, a costa de un grave sacrificio de vidas. El desajuste forzoso de la producción agrícola causó, en su primera fase, una gran hambruna en todo el territorio soviético entre 1932 y 1933.
Según la «Encyclopædia Britannica» se estima que entre seis y ocho millones de personas murieron debido a la hambruna, siendo la mayoría de los fallecidos de origen ucraniano. No en vano, el historiador británico Robert Conquest advierte, en su libro «La cosecha del dolor: La colectivización soviética y la hambruna de terror», que si se extiende la muestra de 1930 a 1937 los campesinos muertos se elevan hasta los once millones.
El genocidio ucraniano
Un millón de kazajos falleció en esta hambruna debido a que fueron sedentarizados a la fuerza y privados de sus ganados; en tanto, la cercana Ucrania sufrió lo peor de la escasez de alimentos. Al imponer la colectivización de la agricultura en este territorio, Stalin inició una auténtica guerra contra los «kulakos», los campesinos propietarios, de modo que la hambruna devastó a la población rural y se extendió a las ciudades. La policía secreta se dedicó a realizar inspecciones aleatorias y a apropiarse de la comida escondida por los campesinos. Centenares de miles de ucranianos fueron deportados en programas de colonización a Siberia, mientras se vivían situaciones de canibalismo entre los que insistieron en quedarse en la tierra de sus padres.
«Cada noche traen unos 250 cadáveres entre los que un número muy elevado no tiene hígado. Les ha sido quitado a través de un corte muy ancho. La policía acaba de atrapar a algunos “amputadores” que confiesan que con esa carne confeccionaban un sucedáneo de pirozki (empanadillas) que vendían inmediatamente en el mercado», dejó registrado un cónsul extranjero sobre las imágenes de terror que se sucedieron en Járkov. Cuando el «Holodomor» alcanzó su momento álgido, se calcula que morían unas 25.000 personas cada día en Ucrania.
Imagen parcial del campo de trabajo Perm-36, creado en la década de 1940
A todas las muertes provocadas directamente por órdenes de Stalin se podría sumar las bajas derivadas de la Segunda Guerra Mundial. En este conflicto Stalin viró de una alianza con la Alemania Nazi al principio de la guerra hasta una lucha sangrienta contra las tropas alemanes que, hasta la toma soviética de Berlín, causó la muerte de 8,5 millones de soldados y 17 millones de civiles, así como la pérdida del 30% de la riqueza natural de toda la URSS. El dictador suplió el mal armamento y adiestramiento de sus hombres a base de ingentes cantidades de combatientes: la masa interminable de soldados fue su mejor baza en la guerra.
Pero no solo de matar rusos vivía el estalinismo. Entre 1940 y 1941, unos 170.000 habitantes de países bálticos fueron enviados a campos soviéticos. Y, en años posteriores, se repitió la deportación hasta alcanzar al 10% de población de antiguas repúblicas bálticas, unas 250.000 personas, incluidos funcionarios e intelectuales. Asimismo, la masacre de Katyn inauguró en 1940 el desmantelamiento de toda la estructura nacional polaca. Cuatro millones de polacos de la parte que anexionó Stalin fueron consignados a Gulag, de los que apenas uno de cada tres sobrevivió para ser repatriado a partir de 1956.
Una cifra oscilante y no oficial
Alexánder Solzhenitsyn se hizo muy popular en plena Perestroika con su libro «Archipiélago Gulag», donde estimó en 66,7 millones de víctimas del régimen soviético entre 1917 y 1959. Sin embargo, hoy esa cifra se encuentra bajo cuarentena ante la dificultad de separar hambrunas, desplazados, bajas militares, represaliados y exiliados. A partir de 1991, se pudo acceder a los archivos oficiales y proponer datos basados en documentación soviética. Los autores de «The Road to Terror: Stalin and the Self-Destruction of the Bolsheviks, 1932-1939» calculan que solo en la Gran Purga se vieron afectadas unos cuatro millones de personas, pero incluso aquí es complicado separar a los fusilados y asesinados en los interrogatorios de los que huyeron al extranjero o fueron enviados a regiones del norte.
El investigador Robert Conquest, autor de sendas investigaciones sobre la represión política y la gran hambruna rusa, estimó entre trece y quince millones de muertos
Ni siquiera hoy existe una cifra oficial del total de muertos, oscilando el cálculo de los historiadores modernos entre los cuatro y los 50 millones de personas. El investigador Robert Conquest, autor de sendas investigaciones sobre la represión política y la gran hambruna rusa, situó la cifra antes de su fallecimiento, en 2015, entre trece y quince millones de muertos. La suya es en la actualidad la investigación más completa.
Haciendo un desglose del total, el escritor ruso Vadim Erlikman afirma, por su parte, que hubo 1,5 millones de ejecuciones, cinco millones de víctimas de los gulags, entre 1.7 y 7,5 millones de deportados y un millón de prisioneros de guerra, es decir alrededor de nueve millones de víctimas. Para completar la cifra de los 15 millones de Conquest y otros autores habría que sumar los seis millones de muertos por el hambre y las malas condiciones que padecieron, sobre todo, los ucranianos y los alemanes del Volga.
Una de las partes más dramáticas de la última obra de Kapuscinski es la dedicada a las matanzas estalinistas, al exterminio de los ucranios por hambre, cuando murieron más de 10 millones por no someterse a la socialización de la tierra impuesta por el dictador. Para Kapuscinski no cabe la menor duda de que Stalin fue mucho peor que el dictador nazi Adolf Hitler: "Si podemos establecer la comparación, el poder destructor de Stalin fue mucho mayor. La destrucción realizada por Hitler no duró más de seis años, y Stalin empezó su terror en los años veinte y llegó hasta 1953. Su poder se mantuvo 30 años y la maquinaria de terror se prolongó mucho más. No es que Hitler fuese mejor, pero no tuvo tanto tiempo. La otra diferencia es que la máquina de terror de Hitler no fue dirigida en primera línea contra su propia nación, sino contra otros pueblos. En cambio, Stalin dirigió una máquina de terror contra su nación. Las víctimas más numerosas del terror de Stalin fueron los rusos. Los nacionalistas rusos sostienen ahora la teoría de que el régimen de Stalin no fue ruso, sino antirruso, porque ellos fueron las mayores víctimas. La condena al hambre a Ucrania fue el holocausto más grande, no sólo del siglo XX, sino de toda la historia de la humanidad. Nunca en el pasado se había dado una matanza de 10 o 12 millones de seres humanos". Como intelectual polaco, un país del Este que sufrió divisiones y abandonos, Kapuscinski considera que "Occidente nunca se ha interesado por las cosas que no afectaban a sus intereses. La matanza de Ucrania no fue la única. Ocurrieron con el beneplácito de todos y de Estados Unidos. Para Occidente, el único criterio es que la persona que gobierne en el Kremlin garantice la estabilidad. Lo que pasa dentro no interesa, ni matanzas, ni nada. Ahora apoyan a Yeltsin, y lo mismo ocurrió con Stalin".