Narrador, traductor y diplomático, el escritor veracruzano publica El mago de Viena (Pre-Textos) y Los mejores cuentos (Anagrama). En esta conversación con su compatriota Carlos Monsiváis , el autor de El arte de la fuga habla de su gusto por mezclar géneros literarios, de su atracción por los autores raros y de la política mexicana, en vísperas de las elecciones del próximo año.
Sergio Pitol.CRISTÓBAL MANUEL
El mago de Viena, la recopilación de ensayos, notas y breves fabulaciones es, en la obra de Sergio Pitol, otra muestra del género acuñado o perfeccionado por él, que combina el ensayo o la crónica con la irrupción de relato brevísimo y viñetas de ironía y asombro. En esa línea se encuentran El arte de la fuga y El viaje, contribuciones de primer orden de Pitol a la decisión "posmoderna" de no creer en géneros literarios sino en textos donde el recuerdo personalísimo, en apariencia ajeno al tema del ensayo o la crónica, a fin de cuentas resulta ser un testimonio indispensable y el aviso de un género. No obstante su diversidad de asuntos, El mago de Viena es un libro orgánico cuya unidad deriva del entusiasmo por la literatura y por el ars combinatoria donde un goce o una decepción conduce a otros similares y en donde nada es más decepcionante que la descripción textual. Así, Faulkner lleva a Buñuel, Thomas Bernhard a Roberto Bolaño, el gran actor polaco Joseph Tura (de To be or not to be, el prodigio satírico de Ernst Lubitsch) a las nuevas sensibilidades literarias. De esto converso con Sergio Pitol.
CARLOS MONSIVÁIS. Entre otros textos, El mago de Vienacontiene la síntesis de la novela del mismo título, que narra la conspiración que localiza herederas amnésicas y las pone a la disposición de gigolós internacionales, de nacionalidad estrictamente priápica. A la red siniestra lo mismo pertenecen futbolistas que políticos, figuras de sociedad que financieros. Es sólo una sinopsis. Me gustaría leer la novela en su jubilosa integridad, y debo resignarme a enterarme de algo. ¿Por qué esa invención de tramas que al apenas bosquejarse frustran al lector?
SERGIO PITOL.El mago de Viena iba a ser un conjunto de artículos, de prólogos y textos de conferencias. Pero al ordenarlos en un índice me pareció muy fastidioso. Comencé a retocarlos, buscar una estructura narrativa, hacer de esos materiales algo como una novela o una narración autobiográfica, con un tono celebratorio y levemente extravagante. Mis viajes, mis lecturas, mi escritura, mis amigos y aun personas que conozco casualmente se me convierten en personajes.
C. M. Nadie como Pitol en la tarea de desenmascarar a sus personajes. Recuerdo ahora lo que me refirió Margo Glantz de un viaje que hicieron a Cadaqués: Sergio la convenció de que dos dulces viejecitas que administraban un hotel eran una pareja de monjas húngaras que habían huido del convento por el temor a amanecer un día convertidas en santas. Y en ese mismo viaje Pitol concluyó del trajín de los meseros de un restaurante decadente su pertenencia a una organización secreta que a la medianoche le rendía homenajes poéticos a la comida indigerible, la que le preparaban a los clientes ya tan perdidamente adictos que se quedaban a vivir en Cadaqués para siempre. Evocado lo anterior, pregunta: ¿qué son para ti los excéntricos?
"En mis años en Polonia y la URSS ser raro era un camino a la libertad"
S. P. En mis libros abundan los excéntricos, quizás en demasía, pero es natural. Recuerda, Carlos, nuestra adolescencia y verás que nos movimos entre ellos. Nuestro amigo Luis Prieto, el rey de los excéntricos, nos condujo a ese mundo. Hablábamos un lenguaje que poca gente entendía. Y en mis largos años en Europa, sobre todo en Polonia y la Unión Soviética, mi mundo era ése. Las dictaduras, la opresión, los producían; ser raro era un camino a la libertad. La Inglaterra e Irlanda victorianas produjeron un ejército de ellos; quizás por eso tienen una literatura espléndida, Sterne, Swift, Wilde y sus sucesores. Cuando viví en Barcelona, a final de los sesenta y los setenta, me movía en círculos literarios que rozaban la excentricidad, el juego, ahora cuando los veo son otros, normales, almidonados, convencionales, salvo Cristina Fernández Cubas y Enrique Vila-Matas. En Madrid, Álvaro Pombo es un excéntrico genial.
C. M. ¿Hasta qué grado la mezcla de ensayo y narración en tus textos es una aproximación a la idea de la novela como un género habitado por los personajes que ocurren al lado de los Cuatro Jinetes de tu Apocalipsis: la solemnidad, el decoro de vena académica y cubículo, el respeto al respeto y la vanguardia a cómo dé lugar?
S. P. La novela es un género que acepta todo. En el Quijote hay discursos de diversas clases. Uno, el de Las letras y las armas, otro, las lecciones del Quijote a Sancho Panza antes de salir a gobernar la ínsula Barataria son de teoría del Estado, y también el discurso a los cabreros sobre un mundo desaparecido de felicidad, arrasado por los intereses mezquinos del poder y del dinero, es una versión de La Ciudad del Sol, de Campanella, la utopía más importante del Renacimiento. En el siglo XX, La montaña mágica y, sobre todo, el Doctor Fausto,de Thomas Mann, y Los sonámbulos, de Hermann Broch, son novelas prodigiosas en las que el ensayo interviene en su estructura de forma espectacular. Pero es raro que un ensayista al escribir un texto incorpore elementos narrativos, con tramas y personajes novelescos. Puede haberlos, pero yo no recuerdo más que a Magris y Sebald. Como mis ensayos eran bastante aburridos y tristones, comencé a interpolar una que otra pequeña trama, un sueño, unos juegos y varios personajes.
C. M. ¿Qué significa hoy para ti el cuento, un género apreciado por los lectores y minimizado por la crítica?
S. P. Me inicié con el cuento y durante quince años seguí escribiéndolos. En el cuento hice mi aprendizaje. Tardé mucho en sentirme seguro. En los cuatro relatos que están en mi libro Vals de Mefisto la narración y el ensayo se reúnen, aún leve pero firmemente.
"En mis libros abundan los excéntricos, pero es natural. Recuerda nuestra adolescencia y verás que nos movimos entre ellos"
C. M. Hablas de autores muertos y uno de ellos es Giovanni Papini. ¿Eso habla de la necesidad de un Museo de las Sensibilidades Fechadas, en donde habría víctimas para Papini, Axel Munthe, para ya ni hablar de la Pardo Bazán, Pemán, Gabriel y Galán, etcétera? A propósito de esos autores de mausoleos que la alegría del olvido preserva, en El mago de Viena te refieres así a una de las glorias de la cultura de México, don Jaime Torres Bodet, cuatro veces secretario de Estado, director de la Unesco, sinónimo del prestigio multicondecorado, etcétera: "Si alguien me conminara hoy día, pistola en mano, a releer (la novela) Proserpina rescatada, de Torres Bodet, probablemente preferiría caer abatido por las balas que sumergirme en aquel mar de estulticia". ¿Qué piensas de esos cementerios del arrobo que fueron homenajes sucesivos?
S. P. La relación de un escritor con la sociedad puede ser conflictiva por cuestiones morales, políticas, familiares. Pero en eso hay casos casi inexplicables. Papini en los años veinte y treinta del siglo pasado era leído inmensamente en todas partes. Su fama era universal. Borges lo admiró hasta su muerte. Al final de la segunda guerra, a su muerte, declinó su fama. En Italia nadie lo lee, ni se publica en ninguna parte. Blasco Ibáñez fue famosísimo universalmente; así pasó con Axel Munthe, Huxley, Pearl S. Buck, que fue premio Nobel, el mexicano José Rubén Romero, que fue traducido en varias lenguas, Eduardo Mallea, Ciro Alegría y muchos otros más. En cambio hay un renacimiento de algunas novelas latinoamericanas del XIX.
Rabelais en Chiapas
A propósito de una convicción que compartimos (la máscara es el espejo del alma), recuerdo un viaje que hicimos a San Cristóbal de las Casas, Chiapas, en febrero de 1994, cuando los diálogos de paz entre el Gobierno y el Ejército Zapatista. Había agentes policiacos cerca de la catedral, cinturones de seguridad de la sociedad civil, periodistas que se entrevistaban unos a otros, curiosos que recorrían los cafés y hacían recordar la fábula chestertoniana de El hombre que fue Jueves. La situación en San Cristóbal era tensa. En el desayuno en el hotel, advertimos a dos señores con aspecto de ya no soportar la cercanía de su jubilación, que tomaban notas interminablemente. A lo largo del día los vimos sujetos a la grafomanía. Pitol decidió: "No son agentes policiacos, sino la versión chiapaneca de Bouvard y Pécuchet, los gloriosos personajes de Flaubert, que redactan un diccionario de voces apócrifas". En la noche, en la cena, los saludó muy amables y aseguró haberlos visto hacía tiempo: "¿No son ustedes los abogados Bouvard y Pécuchet, que tienen un despacho en la avenida Madero?". Los recién titulados, aturdidos, murmuraron su identidad, pero Pitol desdeñó su confesión, y los presentó a un grupo amplio como los abogados que llevaban la defensa de los intereses del rey Carol de Rumania que reclamaba la posesión de San Cristóbal, suya por un convenio con el dictador Porfirio Díaz. Un tradicionalista de la ciudad, no muy versado en fechas, se enfureció y les gritó que se largaran, San Cristóbal no estaba en venta. Los falsos o verdaderos espías negaban todo sin convicción y, vencidos, le dieron la razón a Sergio cuando éste les aseguró que amor era la palabra más apócrifa de todas. En los días siguientes Bouvard y Pécuchet no reclamaron sus nombres originales. Ya por irnos, se reveló la verdad, ese género tan anticlimático. Eran dos antropólogos de Tuxtla Gutiérrez que escribían un libro sobre transformaciones en una ciudad pequeña causadas por la presencia masiva de extranjeros en ocasión de un acontecimiento. Sigo con el diálogo.
C. M. Los escritores europeos de las novelas-río son uno de tus pilares del entendimiento del mundo, porque su punto de partida es justísimo: un gran mérito en la vida es saberse rodear más que de personas de personajes. ¿Qué encuentras hoy comparable al mundo de Dickens y Balzac, o el de Thomas Mann y Musil? ¿Ya pasó el tiempo de los escritores que demandaban de sus lectores tiempo disponible?
"La situación política de México es interesantísima, pero peligrosa. La izquierda, la derecha y el centro se despedazan"
S. P. Dickens está en un lugar preferente del altar de mis héroes. Probablemente lo leí de niño, en algunas ediciones simplificadas. En sus libros se mueve un ejército de niños parias, niños huérfanos perdidos o abandonados, niños maltratados por padrastros o parientes inhumanos, niños encarcelados, niños obligados por verdugos a llevar una vida criminal, rescatados por unos ancianos o ancianas encantadores, que casi siempre eran personajes maravillosos, generosos, cargados de rarezas y manías afectuosas. Yo era un niño que a los cuatro años perdió a sus padres, casi siempre enfermo, cuidado por una abuela magnífica, y aunque estuviera muy bien tratado, me sentía muy ligado a aquellos niños desesperados creados por Dickens. ¿Qué existe hoy comparable al mundo de Dickens o Balzac, o de Mann y Musil...? Desde luego, cada época tiene su literatura, y sobre todo la novela ya que es el género que recoge el aliento de la sociedad y acompaña sus cambios. Los nombres que me das son enormes, no sólo por la extraordinaria factura lingüística, la imaginación e inteligencia sino también porque han visto el movimiento del mundo, su época, sus derivaciones, los movimientos que mueren y los que se han incorporado: el mundo, la ciencia, las artes, las formas religiosas, los miedos, y eso no por descripciones sino por detalles, elipsis y sugerencias. Para que se pueda decir que los novelistas lleguen a esa altura, los que van a ser los clásicos del presente y el futuro, se necesita la muerte, unos meses, un par de años. Los autores que creo serán permanentes, los que ya están pasando la prueba, me parecen: Andrzej Kusniewicz, polaco; Thomas Bernhard, austriaco; Juan José Saer, argentino; Roberto Bolaño, chileno; Saul Bellow, norteamericano; George Perec, francés, y Julien Gracq, francés también, que aunque no se ha muerto tiene más de noventa y cinco años y desde hace varias décadas no escribe.
C. M. Dice Pellicer en uno de sus sonetos: "Del bosque entero harás carpintería". En El mago de Venecia, más que en ningún otro de tus libros, localizo las referencias a tu "carpintería", al modo en que observas, memorizas, inventas, borras. ¿Por qué acercar a los lectores a las entrañas de tu trabajo?
S. P. Por lealtad a los textos y los lectores, la carpintería es absolutamente indispensable en mi obra, especialmente en este Mago de Viena. Su escritura es su construcción. Es un libro que nace bajo la sombra de un lema primordial de los alquimistas: "Todo está en todo". En El mago todo está en todo, pero en un orden de los elementos, y los tonos tienen que estar en una colocación especial para potenciarse y potenciar la unidad.
C. M. La política (de izquierda) es una de tus obsesiones cotidianas. En México, en esta amenazada, lenta, cínica, conmovedora transición a la democracia, la política es una profesión degradada y una actividad cercada de suspicacias. ¿Cómo ves este momento?
S. P. La Política. Recuerdo, Carlos, que nos conocimos en la universidad cuando se preparaba una marcha de protesta contra el golpe de Estado en Guatemala patrocinado por la CIA. Éramos muy jóvenes. Esto fue en 1954. ¡Cincuenta y un años, carajos! Y en este largo lapso hemos seguido en la oposición. La situación actual de México es interesantísima, pero peligrosa. La derrota del PRI fue un paso importante hacia la democracia. Se han acentuado la libertad de expresión y de investigación de lo que verdaderamente ocurre. La sociedad civil se ha fortalecido. Estamos ya en vísperas de la campaña electoral de 2006. Los narcos están por todas partes, como para intimidar al Gobierno, y seguir aterrando a la sociedad. Ayer un ex presidente priísta (Miguel de la Madrid) declaró que hace doce años el PRD, cuyo candidato era Cuauhtémoc Cárdenas, ganó las elecciones pero con trampas se le dio la presidencia a Carlos Salinas. Día con día hay desgarrones internos en el PRI. La izquierda, la derecha y el centro se despedazan. Las encuestas dicen que si en estos días hubiera elecciones, triunfaría el candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, con ventaja sobre los otros. Al margen de las encuestas, votaré por él.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005
Dos libros de Sergio Pitol coinciden en las librerías españolas. Por un lado, El mago de Viena, en el que los apuntes autobiográficos se mezclan con las notas de lectura. Por otro, Los mejores cuentos, que reúne las catorce piezas que el escritor ha elegido de entre sus ocho volúmenes de relatos.
¿En qué anaquel de la teoría de los géneros encajan aquellos libros que hablan de libros? Dentro de la taxonomía literaria no hay ubicación para algo que no es crítica, manual teórico o disciplina rígida, algo que no es metaliteratura y, sin embargo, trata de lo escrito, sin pontificar ni diseccionarlo, sin usar ni embotar su parte de creación absoluta. ¿Dónde se colocan los libros que hablan enamoradamente de otros libros con la humildad escueta de señalarlos, con la honesta gratitud de nombrarlos solamente? A una modalidad del inventario o de la acción de gracias podría pertenecer la biografía intelectual y el cuaderno de viajes que, bajo el título El mago de Viena, quiere numerarnos cuántos libros amó Sergio Pitol y qué vinieron a enseñarle.
Sus ensayos y fragmentos se disponen en el simplísimo gesto demostrativo, en la amorosa deixis de lo que se admira. Ir más allá en el comentario -hasta desentrañar la novela o el poema frecuentados- sería como explicar qué se ama; sería como destripar las razones de la querencia y depreciarla en lo que tiene de única e inextricable. Por eso, el estilo empleado por Pitol en su discurso evocativo es de una limpidez sorprendente para lo que, mago de la ficción neobarroca, del relato esperpéntico, él nos acostumbra.
El libro es y no es falsamente biográfico. Está Pitol ahí -el mejor, el más sincero-, pero ese Pitol que aparece no lo sería sin los libros que lo formaron así, con tal habilidad de evocarlos y servirlos. Si en su caso "se vive para leer", el repaso de la vida no puede consistir sino en el repaso de lo leído. Pitol resulta el mago del título, un hombre con una capacidad fantástica para borrarse, para plegarse a sus ratos de lecturas compulsivas. Volverse invisible -el milagro que de niño más le atraía- es el don por excelencia de la magia y el estado necesario que una buena lectura induce: estado de anulación en el que lo otro leído, el sujeto de la lectura, se hace visible a través y "a costa" de la biografía de ese sujeto "Pitol" que lo invoca. Por su parte, la obra "recuperada" funciona como garantía de toda la empresa recuperadora dentro de un circuito sancionador, por el cual una escritura espontánea, ensoñada, subraya otras escrituras de una calidad que justifique sobradamente dicha restauración. Lo interesante, sin embargo, es que los libros reivindicados por Pitol se encuentran muy lejos de las consensuadas nóminas al uso. De hecho, él se atreve a reunir, en dispareja proximidad, a Shakespeare y Flann O'Brien, a Chéjov y Eudora Welty, a Kafka y Eugène Sue.
Romper con listas oficiales
para proponer un canon individual y una redistribución escandalosa de la tradición, más que de la tendencia posmoderna y desacralizadora, proviene de una visión muy mexicana y ecuménica del archivo cultural. Alfonso Reyes, con su famoso "todo lo sabemos entre todos", inauguraba una especie de tolerante panteísmo en el que Pitol milita. La verdadera cultura no tiene fronteras, tampoco prohibiciones, jerarquías ni solemnidades. La verdadera cultura es intuitiva, orgánica, emocionante y certificada precisamente por esta convivencia íntima, sanguínea, apasionada, con lo hecho por otros. Cierta frase de Conrad, que Pitol cita, define la palabra escrita como "la tarea de hacer oír, hacer sentir y hacer ver"; lo que explicaría que el mago de la calle de Viena, en el Coyoacán del DF, no trate de encontrar los significados de lo que lee y persiga otro tipo de contenidos. Su lectura no busca tanto un suplemento significante como sensitivo, pura tarea interior y emocional, que no quiere dar a entender, sino dar a sentir.
Así pues, vida y biblioteca son sinónimos. El recuerdo del libro leído y de los hechos biográficos que rodearon su lectura se producen a la par. En este punto, Pitol se detiene para reivindicar una peculiar teoría de la relectura y la revisión, en las que radica el proyecto de leer. La segunda vez de lo leído añade al conocimiento madurado del texto las peripecias que acompañaron la primera y además la evolución, la distancia que median entre una y otra. En una visión diacrónica y comparatista de esta acción, si la lectura es biografía, la relectura es historia. Igualmente, toda escritura es anamnesis, "un pensamiento hacia atrás remontándose", un peregrinaje sin retorno y sin salidas, porque el autor recuerda justo lo que ha extraviado -el tiempo feliz e irrecuperable leyendo-. El trabajo evocador de Pitol no deja de producir un discurso fantasma, espejismo a su vez de otros discursos, forjado a partir de una lejanía con aquellos textos que convoca a su prodigiosa mesa mesmérica. Por ello, El mago de Viena es también un libro del deseo: qué es leer sino colocarse en una situación de anhelo, cuando en cada página se intuye la antesala de un descubrimiento. La autobiografía libresca de Pitol lucha por atrapar algo que tuvo una vez, un momento de belleza arrancado a la lectura y un instante de dicha que ahora permanece continuamente diferida. Los libros que hablan sobre libros son así, retrospectivos, imposibles, nostálgicos y utópicos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005
Por su audacia para alternar géneros cinematográficos, el actor Willem Dafoe (Wisconsin, 1955) recibió anoche de manos de la actriz Najwa Nimri el premio Donostia en el Festival de San Sebastián. Intérprete de títulos como Platoon, Spider-man, El paciente inglés, o La sombra del vampiro, Dafoe aprovechó su presencia en la capital donostiarra para presentar su último trabajo. Before it had a name, que cosechó algunos abucheos y risas en el pase de prensa, es un filme basado en un programa de radio norteamericano en el que Dafoe se estrena como guionista junto a su actual compañera, la italiana Giada Colagrande (Pescara, 1975), quien también interpreta y dirige la cinta. Before it had a name narra el encuentro entre una joven viuda italiana y el guardián de una enigmática vivienda. Desde un rincón, Colagrande presencia, complacida, las declaraciones a la prensa de Dafoe.
"No me considero un intérprete, no me gusta interpretar las cosas, sino vivirlas, serlas. Creo más en el hacer que en el mostrar" "Yo vi desde mi casa a la gente saltando desde las Torres Gemelas, pero creo que hoy Nueva York está más fuerte que nunca"
Pregunta. Todo el mundo le ve contento. ¿Está viviendo un momento especial en su vida?
Respuesta. Claro, es que me acabo de casar.
P. ¿También contribuye la película Before it had a name?
R. Estoy muy emocionado, porque es una película que ha sido difícil de hacer, está como naciendo y además es la primera vez que he colaborado en un guión.
P. ¿Cómo ha sido la colaboración con su mujer en el guión?
R. Yo tenía la historia en la cabeza, una serie de fragmentos o retazos. También conocía el programa de radio en el que está basada la idea. Le conté a Giada la historia y le pareció buena. Yo había visto su primera película -Aprimi il Cuore- y me había gustado. Al principio no sabíamos muy bien cómo iba a acabar la historia, qué iba a pasar, pero nos centramos más en la importancia de una serie de hechos que iban entrando en el guión, que en la historia misma. Ella escribía como directora mientras que yo lo hacía como actor. Ella tenía una idea muy clara de cómo quería rodar la película, alejada del aspecto más moderno del cine y centrada en los clásicos cinematográficos. Para entendernos, está más cercana a Ozu que a Tarantino.
P. Estrenarse como guionista, ¿implica una necesidad de ir más allá en su trabajo como actor?
R. Hago de un simple portero. No pensé tanto en el personaje como en la historia global. Cuando un actor escribe un guión es como escribir un vehículo para sí mismo y mi papel en el filme no era para nada un vehículo.
P. Interpretada, escrita y dirigida por su mujer, ¿no ha sido una experiencia demasiado intensa?
R. Sí que lo ha sido, pero también porque ha sido una producción muy pobre, totalmente fuera del sistema. Cuando haces una cosa así es porque realmente crees en lo que tienes entre manos, tanto desde el punto de vista económico como artístico. Todo me indicaba que parara, pero no lo hice. A algunas personas les gustará la película, otras la odiarán, pero yo estaba allí y sé cómo se hizo y sé cuáles han sido las dificultades. La verdad es que estoy muy satisfecho, porque ha sido una experiencia sincera, incluso aunque no tenga un horizonte comercial muy claro, lo cual puede pasar.
P. ¿Cómo vive la entrega de un premio como el Donostia a toda una trayectoria cuando todavía está en la cumbre de su carrera?
R. Me siento orgulloso sobre todo por las razones que ha argumentado el festival, porque es realmente a lo que yo aspiro en mi profesión. Si he conseguido hacer eso y me lo reconocen... Es un espaldarazo a lo que a mí me gusta hacer, lo que se reconoce es la variedad y la cantidad de papeles que he hecho. Además, me encanta este festival, tan popular y tan internacional al mismo tiempo.
P. Desde Cristo hasta personajes diabólicos, su carrera está plagada de papeles muy diferentes. ¿Tiene que ver con su método de trabajo como intérprete?
R. No lo sé. Busco esos cambios, porque disfruto trabajando en diferentes formas. Me atrae la parte teatral del cine. Creo que tanta naturalidad está fastidiando las películas. La huida de esa naturalidad te lleva a buscar papeles muy distintos. También la naturalidad huye de mí. Me siento más como un bailarín o como un animal que como un actor. No me considero un intérprete, no me gusta interpretar las cosas, sino vivirlas, serlas. Creo más en el hacer que en el mostrar.
P. Rostro clave del cine independiente de EE UU, ¿cuál es, en su opinión, su situación actual?
R. Los grandes estudios han desembarcado con fuerza en el cine considerado de arte y ensayo. Han erosionado de alguna manera la línea divisoria entre el cine comercial y el independiente.
P. También ha trabajado en películas de gran presupuesto con importantes estudios de Hollywood. ¿Cree que un actor debe estar dispuesto a todo?
R. Eso es lo que yo busco, si puedo..., que no es fácil. De alguna manera soy como un niño, me dejo llevar por la aventura y el deseo de perderme... Para mí siempre ha sido duro encontrar trabajo, me llegan muchas cosas pero es una lucha constante, casi de supervivencia. Muchas veces tengo la sensación de que nadie está dispuesto a hacer lo que yo deseo.
P. El teatro ha sido un elemento fundamental en su formación profesional. ¿Qué lugar ocupa ahora en su carrera?
R. Del teatro me gusta la rutina y el hecho físico de estar cada día en el escenario, algo que se pierde en el cine. Cuando hago teatro me atrae la sensación de levantarme por la mañana y saber que lo que voy a hacer esa noche va a tener una repercusión concreta en ese momento. El cine tiene más que ver con el primer impulso, haces una escena por la mañana y no la vuelves a ver.
P. Vinculado desde siempre a Nueva York, ¿cómo ha cambiado la ciudad desde el 11-S?
R. Es una ciudad vital todavía, aunque ahora es quizá más una isla de lo que nunca ha sido. Fue un momento realmente dramático, yo vi desde mi casa ese día a la gente saltando desde las Torres Gemelas, pero creo que hoy la ciudad de Nueva York está más fuerte que nunca. El Gobierno ha utilizado el miedo provocado por el 11-S para consolidar su poder. ¿Cuándo va a desaparecer ese miedo? No lo sé. Lo que está claro es que ahora el bloque conservador de la derecha es muy poderoso.Vivimos tiempos oscuros pero ahí está la esperanza.
A estas alturas, de un nuevo libro de relatos de Alice Munro (el undécimo, si no fallan las cuentas) no cabe sino esperar una radiante confirmación de sabiduría narrativa y la predicción de un nuevo mosaico de perplejos personajes femeninos, en cuyas vidas rutinarias palpita un drama no resuelto que la autora indaga sin escándalo ni énfasis, a modo de confidencia que no busca alarmar, sino sugerir que, aunque insondable, cualquier existencia tiene dentro un fondo de trivialidad digno de ser contado. El género del relato es así, en la pluma de Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931), un arte de la sutileza; el núcleo argumental -una vergüenza íntima o un secreto bien guardado- se desplaza en el tiempo narrativo -que puede abarcar treinta años- hasta transformarse en una rememoración apenas inquietante. Lo que en una época anterior fue decisivo y primordial -escapar de un marido insuficiente, la expectación del amor, la educación de una hija-, deriva con el tiempo en una suerte de etérea contrición sin culpa, en aceptación de la ineptitud para gobernar la propia vida.
Es hora de magia, y Susanna Clarke viene a añadir al mundo de Harry Potter y J. K. Rowling un mundo más histórico, exactamente en el tiempo de las guerras napoleónicas y los poetas románticos, Inglaterra y Europa entre 1806 y 1817. Éste es el tiempo de Jonathan Strange y el señor Norrell, novelón de casi 800 páginas, que arranca en York, en un club de magos modernos, es decir, puramente teóricos, dedicados al estudio de por qué la magia es hoy imposible, hasta que un caballero de Yorkshire, el señor Norrell, los desafía presentándose como mago verdadero, práctico. Y, un día de 1807, lo demuestra: las estatuas de la catedral de York hablan, el follaje esculpido se agita y los dragones de piedra vuelan. A Londres llegan Norrell y su fama, y las mejores familias quisieran ver al fenómeno hacer ilusionismo de salón en sus casas. Pero Norrell, que ambiciona devolver su esplendor a la magia británica y contribuir al triunfo sobre Napoleón, busca infructuosamente que el Gobierno acepte su colaboración mágica, en principio poco respetable desde un punto de vista convencional. Precisamente entonces, uno de los ministros, arruinado, va a casarse con una riquísima heredera que se muere en vísperas de la boda. Aliándose fatalmente con criaturas perniciosas, Norrell la revive, y la chica resplandece en los bailes, donde las señoritas resucitadas tienen mucho éxito. Esta magia parece tan posible como la novela de Susanna Clarke, que consigue encantar al lector para que acepte lo que la cuentista le va contando. Entonces, para que se cumpla una profecía, se presenta en la fiesta un nuevo mago, mucho más joven que Norrell, un discípulo, Jonathan Strange. Ya son dos para servir a la patria. Mientras la novia de ultratumba baila, Norrell se dedica al bloqueo de los puertos franceses con buques de guerra hechos de lluvia. Y pronto Strange combatirá a las órdenes de Lord Wellington, contra el francés, en España y Portugal. Prosiguiendo su avance por caminos prodigiosos, el mago construye en la incivilizada península Ibérica de 1810 carreteras inglesas que aparecen una hora antes de que marche el primer regimiento inglés y desaparecen una hora después del paso del último soldado. La magia, como la medicina, adelanta mucho en las guerras. Gracias a Strange, especialista en el desplazamiento estratégico de plazas fuertes, Pamplona se encuentra hoy diez millas al sur de donde estaba antes de que el mago pasara por allí. También tiene su utilidad la magia en el interrogatorio de prisioneros. Norrell le saca información a una sirena, mascarón de proa de un barco francés, y Strange se las entiende con los cadáveres de unos napolitanos napoleónicos. Goya pintó en Madrid a estos muertos vivientes en compañía de Strange, que pronto estará en Waterloo, donde cenará con Wellington en un comedor lleno de sillas vacías que se han quedado esperando a los caídos en la batalla. Y, porque la guerra enseña a pensar y actuar con independencia, Strange romperá inmediatamente con su maestro Norrell, y la historia se convertirá en un drama de rivalidad entre maestros y discípulos, entre amigos, que mantienen además hondas discrepancias sobre los efectos de la tradición en su arte, y son azuzados sin fin por caprichosos seres sobrenaturales.
JONATHAN STRANGE Y EL SEÑOR NORRELL
Susanne Clarke
Traducción de Ana María de la Fuente
Salamandra. Barcelona, 2005
795 páginas. 23,20 euros
Muere la mujer de Strange, o eso parece, y el mago se ve en Venecia, y allí coincidirá con Lord Byron, según las cartas del poeta que cita Susanna Clarke en sus notas a pie de página sobre libros y biografías de magos e individuos más o menos anodinos tocados por la magia en algún momento de su vida. Los estados de encantamiento son imprevisiblemente ricos en peripecias, y hay saltos de nivel de realidad como en un videojuego cuya pantalla fueran los espejos de cualquier casa, y yo diría que las aventuras de Strange y Norrell continuarán en el futuro. El juego de Clarke, muy bien traducido por Ana María de la Fuente, suma tres nostalgias: la nostalgia de las viejas creencias, la nostalgia de los viejos tiempos razonables y románticos, y la nostalgia de la gran literatura decimonónica.
"Las novelas deben tener una coherencia aritmética"
Winston Manrique Sabogal 9 de septiembre de 2005
Una estantería poblada de mujeres gordas en mil poses escolta la mesa en la que Almudena Grandes da rienda suelta a su segunda pasión, escribir. Ya lleva seis novelas y dos libros de cuentos en 16 años. Estaciones de paso (Tusquets) es su más reciente colección de relatos en los que ha vuelto a su edén literario, la adolescencia. Ha ido al centro de ese laberinto de búsquedas, descubrimientos, confusiones y deseos donde se prefigura lo que será cada uno. Pero ese afán de contar de la autora madrileña sólo es superado por su pasión de leer. Uno de sus sitios favoritos para hacerlo es ese vanidoso sillón rojo que está en un rincón del estudio de su casa en Madrid. El otro es la cama.
RESPUESTA. Para una escritora de novelas largas como yo, el cuento corto siempre me ha resultado odioso porque no lo domino bien, mientras que en este formato, que son como novelas cortas, estoy más a gusto. Y escribirlos entre novelas me sirven para desengancharme de ellas y los personajes. Me da un nuevo aliento. Mi primera fase como escritora tiene un carácter testimonial muy fuerte. Mi anterior libro de cuentos, Modelos de mujer, forma parte de esa tendencia que da vueltas a los conflictos de las mujeres más o menos de mi edad o generación en un momento histórico concreto. Esa veta se acabó y empecé otra más amplia.
P. ¿Y como lectora qué le gusta?
R. Me interesa más un libro emocionante, y la osadía de un escritor primerizo y torpe que los encajes de bolillos donde nunca pasa nada. La crítica contemporánea valora poco eso, se centra en el argumento y el estilo, no hay consideraciones sobre la estructura o el perfil de los personajes. La audacia y la ambición son consustanciales del trabajo del novelista.
P. ¿Cuál fue el primer libro que le impactó?
R. La Odisea; bueno, una versión infantil-juvenil que me regaló mi abuelo paterno en la primera comunión, tendría unos 8 años. Mi abuelo es el modelo de todos los abuelos de mis libros, un reflejo del amor que yo le tenía. Con él sentí por primera vez que alguien creía en mí. Yo era una niña muy gorda, lo cual en principio no es muy bueno para andar por la vida siendo niño, y un poco acomplejada, que mostraba poco interés por las cosas. En la primera comunión me regaló esa Odisea. Me sentí un poco decepcionada, y tardé en leerla dos o tres años, fue una fascinación absoluta y una identificación con el personaje.
P. Surgió la lectora consciente.
R. Y sufrí muchísimo. Me identifiqué con Ulises porque es una historia injusta con el pobre hombre que lo único que quiere es volver a su casa. Lloré con su venganza. Sentí que él me estaba vengando a mí también. Es una metáfora del ser humano, un héroe con ausencia de grandeza con quien uno se puede identificar. Ulises es cualquiera que haya estado solo alguna vez y que haya sido tratado arbitrariamente, que no haya tenido suerte, en ese sentido, cuando mata a los pretendientes de Penélope es como una venganza colectiva. Además, la Odisea es la primera novela de la historia como la entendemos hoy.
P. ¿Le gustó la Iliada?, lo digo porque Alessandro Baricco la ha revitalizado en otra versión.
R. La original no me emocionó tanto. Sería una novela excesivamente coral. Una de las normas de la novela son las puertas que se abren y se cierran. Yo tengo una relación obsesiva con la estructura de lo que escribo. Las narraciones, sobre todo las novelas largas, deben tener una coherencia incluso aritmética. Capaz de que si la novela fuera una suma o una resta tendría que dar cero o cien, pero nunca 37 con 94. Es importante que cuando se abra una puerta sea por algo. Si yo escribiera una versión de la Iliada la centraría en Héctor. Es un personaje inconmensurable.
P. ¿Algún libro clave en su vida?
R. Mujercitas, de Louise May Alcott. Yo quería ser escritora, pero no sabía cómo, quién. Los niños eligen una vocación por emulación, y yo no tenía a ninguna escritora a mano. Cuando leí la novela dije: "¡Yo quiero ser una escritora como Jo March!". Fue revelador.
P. Más que escribir parece que lo que le gusta es contar historias.
R. Primero escribí y luego me pregunté por qué escribía. Porque había llorado con Ulises, porque me gustaba leer más que ninguna otra cosa en el mundo, porque no hay nada que me dé tanta felicidad y vida como los libros. Siempre he querido escribir más por emulación, o por envidia, que es más fuerte. He sido una niña muy fantasiosa y tiendo a hablar sola, me hablo a mí misma. Es que tengo gran capacidad para vivir las historias ajenas y las mías.
P. Por ejemplo, de su paraíso literario que es la adolescencia, mientras en otros es la infancia.
R. Disiento del concepto de infancia como paraíso perdido, es una idealización. ¡La infancia es la edad de la perplejidad! Disiento también de que la adolescencia sea la época amarga y terrible. La verdad es que los adolescentes son conquistadores, de sus vidas, de su entorno. Tienen que esforzarse pero acaban adquiriendo la comprensión del mundo. Son supervivientes. Siempre me han gustado esos personajes. Los adolescentes tienen la ventaja de que están en la encrucijada clásica de que ya no son niños pero todavía no tienen la capacidad de manipular lo que les sucede, están debutando en la vida. Tienen episodios reveladores que los obligan a buscar recursos para enfrentarse a su futuro. Y sin duda es también la etapa de aprender de los errores.
P. ¿Cómo fue su adolescencia?
R. No tuve una adolescencia ni una infancia demasiado brillantes. Si me dijeran a qué edad me gustaría volver, diría que a los 20 años, ¡y mejor todavía a los 30! Es verdad que nada se echa tanto en falta como lo que no se ha vivido. Nada se pierde tanto como lo que no se ha tenido. Estos cuentos tienen algo autobiográfico.
P. En sus historias siempre hay algo característico de la adolescencia, ese despertar a la atracción, al deseo, a la sexualidad, al erotismo.
R. Y de manera distinta en estos cuentos. Un violinista afronta el sexo de manera más descarnada. Una chica vive una situación más sensual. Y en otro lo que cambia su vida es ver a una mujer desnuda, para él es la luz, la felicidad. Creo que lo que funciona en estos relatos es que esos fogonazos de sexualidad son conocimiento. Quería ligar ese descubrimiento de los jóvenes más a la emoción que a la excitación. Es un libro que surge en Los aires difíciles, donde escribí sobre adultos que recuerdan su niñez; ahí surgió la idea de estos cuentos de adolescentes que es cuando empieza la vida de verdad. Jamás escribiré historias de gente deprimida, ni de mujeres que bordan junto a la ventana, ¡me interesan mujeres que se levanten y abran la puerta! Me interesa más la voluntad que la compasión.
P. En los últimos años los escritores han participado mucho en la vida cívica. ¿Los escucha la gente?
R. Pues no lo sé. Menos que a los actores, como se ha visto. Cuando la gente se manifiesta, un escritor, un actor o cualquier creador lo que hace es servir de altavoz porque su trabajo lo facilita. Pero no creo que un intelectual tenga que ir por delante de la sociedad civil sino detrás.
Y ahora Almudena Grandes vive el tiempo de hablar de sus cuentos. De sus etapas lectoras: la novela del XIX, su gran obsesión, el boom latinoamericano y los españoles del medio siglo que tanto admira. De cómo se ha enganchado a los libros sobre la República, la Guerra Civil, la División Azul y los exiliados mientras se documenta sobre su próxima novela. De cómo gracias al fútbol y a que no sabía dibujar, empezó a escribir. Los domingos iban a la casa del abuelo paterno para que padre e hijo vieran el fútbol, mientras los niños eran desterrados al comedor para que dibujaran. Pero a ella no se le daba bien, así es que un día le dieron una hoja y un lápiz. Escribió un cuento. Siempre el mismo. Trabajó para guías de viajes hasta que en 1989 debutó con Las edades de Lulú.