lunes, 5 de junio de 2000

Enrique Vila-Matas / El regresó de Valery Larbaud

Valery Larbaud


El regreso de Valery Larbaud ENRIQUE VILA-MATAS

ENRIQUE VILA-MATAS
05 MAY 2000 - 17:00 COT


Hace 102 años, en la primavera de 1898, un joven Valery Larbaud, en compañía de su madre, pasó por Barcelona al término de un largo viaje por España. No sé por qué nunca había imaginado a Larbaud paseando por Barcelona. He averiguado que estuvo en esta ciudad al consultar yo los pocos libros que de él se han traducido entre nosotros. Los he consultado a modo de alegre fiesta privada, celebrando que en la villa ducal de Montblanc, en Tarragona, la editorial Igitur se haya decidido a publicar -traducción y epílogo de Ricardo Cano Gaviria- una de las joyas literarias que Larbaud nos legó: Enfantines, aquí traducida con el título de De la tierna edad.Hoy que tanto se habla de Pessoa conviene que se sepa que Larbaud, con la creación de Barnabooth -joven millonario y huérfano, de origen suramericano, autor de poemas que parecen vagones de trenes de lujo por una Europa iluminada-, se adelantó nada menos que seis años al primer heterónimo de Pessoa. En realidad, el de Larbaud fue el primer heterónimo de la literatura moderna.

En De la tierna edad el lector encontrará la voz leve y densa -llena de matices y sutilezas, y suficientemente bien educada para, siéndolo, no parecer profunda- de este autor cuyos más altos logros están arraigados en su tierra de infancia. Esa tierra de infancia -una edad vista como un verano de deberes escolares truncados por la adversidad de hacerse mayor- no le abandonó nunca, y menos aún le había abandonado cuando con 17 años pasó por Barcelona. "Era el año del desastre colonial", se lee en su Diario alicantino, "en que la peseta estaba bajísima, las tropas vencidas regresaban de Cuba, de Puerto Rico y Filipinas, y cuando los últimos vestigios de la potencia marítima española se habían desvanecido". Recuerda Larbaud la impresión que le causaron los repatriados con sus pobres uniformes coloniales hechos de una tela amarillenta con rayas negras o azul oscuro. Y recuerda cómo en Barcelona, al final de las Ramblas, dos de esos repatriados, dos hombres de los que cabía suponer que no hacía mucho "habían sido brillantes lanceros de Filipinas", intentaron venderle a su madre dos puros que traían de Manila.

Es probable que los dos puros de Manila marcaran, entre otras imágenes inolvidables, el inicio de su historia de amor con la cultura española, una cultura con la que fue muy generoso -traductor al francés de Gómez de la Serna y de Gabriel Miró y difusor empecinado de obras de D'Ors y de Unamuno-, mucho más de lo que ésta lo ha sido con él. Porque casi parece mentira que se hayan traducido tan pocas de sus obras y que éstas, además, sean prácticamente inencontrables. Por eso no puedo más que alegrarme de que en Montblanc se acuerden todavía de él, de este singular escritor que tenía la manía de sacar brillo a lo empañado y a la luz lo que ha sido relegado a la sombra.

Ojalá que la aparición de De la tierna edad pueda contribuir a devolver luz a la figura de quien lleva entre nosotros tanto tiempo relegado a la sombra, a la figura de quien, en su visita de 1898, quedó impresionado por Barcelona, sobre todo al descubrir la cuestión catalana y ver que la ciudad no era sólo la segunda de España, sino muchísimas cosas más. Se llevó una sorpresa con Barcelona y juzgó que ésta era la más grande y más moderna de las ciudades mediterráneas, incluida Nápoles. Optimista por naturaleza, Larbaud dejó escrito que si se modernizaba un poco más el vagón de tercera que Barcelona aún era, la ciudad podía acabar convertida en el modelo más perfecto de vagón existente en Europa. Y ya de vuelta a su Vichy natal -al que alguna vez llamó Cretinville-, escribió que se había enamorado de Barcelona como se enamora uno de un nuevo autor que sabe expresar los pensamientos que se habían formado vagamente en nuestro espíritu.

A Larbaud le encantaba descubrir escritores olvidados -rehabilitó la figura de Scéve, el Góngora francés- y también nuevos autores -fue el primer europeo que habló de Borges cuando éste sólo tenía 25 años-, y merecería ahora, con su reaparición en Cataluña de la mano de sus Enfantines, que supiéramos sacarle brillo a su figura injustamente empañada, esa figura de paseante barcelonés al que intentaron venderle dos puros de Manila.

EL PAÍS 




domingo, 4 de junio de 2000

Greene, Borges, Sciascia y Naipaul, entre los probables Nobel de este año

GRAHAM GREENE
Ilustración de T.A.


Greene, Borges, Sciascia y Naipaul, entre los probables Nobel de este año

Mañana se concede el máximo galardón literario del mundo


EL PAÍS
8 OCT 1980

Los consabidos candidatos Jorge Luis Borges y Graham Greene, además de otros que pueden sonar como nuevos, entre los que se hallan el italiano Sciascia, el caribeño Naipaul y la francesa Simone de Beauvoir, parece que se disputan este año el Premio Nobel de Literatura, el más importante de los galardones literarios que se concede en el mundo. La incógnita se despejará mañana, y entonces puede ocurrir lo que ha pasado otras veces y lo que temen los propios candidatos: que el vencedor sea un escritor de fama escondida.
Un portavoz de la Academia Sueca ha anunciado oficialmente que el Premio Nobel de Literatura del presente año será concedido mañana al mediodía. Al día siguiente será anunciado el de Medicina; el de la Paz, el 13; el de Física y Química, el 14, y el 15, el de Economía. La ceremonia de entrega se celebrará, como es habitual, el 10 de diciembre, aniversario de la muerte de Alfred Nobel. Cada uno de los premiados recibirá la cantidad de 880.000 coronas suecas (unos quince millones de pesetas).Tradicionalmente, el Nobel de Literatura es concedido un jueves del mes de octubre, pero ya hace algunos años que la Academia Sueca se apresura a concederlo el primer jueves del mes, sin duda, para evitar la proliferación de rumores. El secreto de los finalistas ha sido bien guardado este año, ya que los nombres citados con mayor frecuencia proceden más de especulaciones que de verdaderas filtraciones. La lista de los propuestos es larga e incluye unos 150 nombres.
Hay, pese a todo, nombres que se repiten insistentemente. El hecho de que en las tres últimas convocatorias la Academia haya galardonado la obra de escritores relativamente poco conocidos en el mundo (el poeta español Vicente Aleixandre, el novelista polaco-norteamericano, escritor en yiddish, Bashevis Singer y el poeta griego Odiseus Elytis) ha hecho pensar que, en esta ocasión, el premiado podría ser un escritor ya consagrado.
Y de este modo vuelve a sonar el nombre del novelista británico Graham Greene -que este año ha publicado un nuevo libro, Doctor Fisher de Ginebra, aunque no haya repetido el éxito mundial que alcanzó el anterior con El factor humano-,eterno aspirante; se habla también de su compatriota la escritora Doris Lessing, también finalista estos últimos años. Lo cierto es que las mujeres premiadas son pocas, y se ha acusado a la Academia de misoginia. Otra mujer, Simone de Beauvoir, podría resultar premiada precisamente en el año de la muerte de su compañero Jean Paul Sartre; pero el jurado podría temer que la escritora rechazara el galardón, tal y como hizo el propio Sartre en 1964.
Hace tiempo que la literatura en lengua francesa no ha sido galardonada, y no por falta de aspirantes, como Leopold Sedar Senghor -que, al ser un político en activo, no recibe todas las adhesiones-, Claude Simon o Michel Tournier, la más firme esperanza de la joven narrativa gala.
Otros nombres son el del novelista norteamericano Norman Mailer, el del italiano Leonardo Sciascia y el del narrador británico, de origen indio y nacido en Trinidad, Vidiadar Surajprasad Naipaul, que ha trasladado las historias de su tierra del Caribe, entre el folklore, el humor y la fantasía populista, a novelas espléndidamente escritas.
Ante la acusación de premiar ilustres desconocidos, la Academia reclama el privilegio de sus elecciones. El director de la Fundación Nobel, Stig Ramel, declaraba recientemente: «La misión de un premio internacional es también la de coronar grades escritores que han escrito su obra en lenguas de difusión limitada». Lo cual, sin duda, es también una manera de defenderse contra eventuales acusaciones de comercíalismo, dados los grandes montajes industriales que suceden a la concesión del galardón.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de octubre de 1980

Joan de Sagarra / El amigo Valery Larbaud

 



El amigo Valerio 

JOAN DE SAGARRA
03 JUN 2000 - 17:00 COT

Mira por donde una fotografía de Valery Larbaud vuelve a aparecer en esta página en menos de un mes. La primera vez que salió publicada su fotografía -un retrato de 1915, realizado por Léon-Pau Fargue- fue ilustrando una crónica de Enrique Vila-Matas (El regreso de Valery Larbaud) del pasado 6 de mayo; la que ahora publicamos es de 1911, de autor desconocido, al menos para mí.La crónica de mi primo Enrique sobre Valery Larbaud, sobre su regreso, partía de la reciente edición que se ha llevado a cabo en la villa condal de Montblanc, en Tarragona, de la traducción, traducción y epílogo, a cargo de Ricardo Cano Gaviria, de -cito a Enrique- "una de las joyas literarias que Larbaud nos legó": Enfantines (1918), editada por Igitur con el título de De la tierna edad.

A raíz de esa joya -joya de texto y de traducción-, Enrique situaba al joven Valery Larbaud en la Barcelona de fin de siglo (llegó por primera vez a la Gran Encisera con su madre, en 1898, con 17 años recién cumplidos) y nos contaba el gran efecto que le produjo nuestra ciudad, a la cual no vacilaría en augurarle, pocos años después, la capitalidad de Europa. Barcelona, capital industrial de una España que es, escribe Larbaud en 1918, "le plus grand des quelques pays européens qui survivent intacts au milieu de l'éclipse quasi totale de la civilisation européenne". ¿Era Barcelona, en 1918, la capital del mayor país europeo al término de la I Guerra mundial? La verdad, me cuesta creerlo. Pero, en fin, me imagino que esto debió de escribirlo Larbaud en la terraza del Colón tras haberse bebido una tercera botella de champaña.

Después de aquella primera visita con su madre, en 1898, Larbaud volvió a Barcelona en dos o tres ocasiones, ya sin la madre, afortunadamente (era posesiva e intratable). En 1909, una noche de mayo o de junio, cena en el Café Suizo, donde conoce a una mujer, Rosa Kessler, en la que se inspirará para escribir Rose Lourdin, el primer relato que abre Enfantines. ¿Quién le llevó al Suizo? Tal vez fuera Josep Maria Junoy. ¿Por qué? Pues porque mi buen amigo el profesor Narcís Garolera, editor de la Obra Completa de mi padre, me hace llegar un artículo de éste, titulado Valery Larbaud y aparecido en La Publicitat el 15 de abril de 1923, en el que mi padre, saludando la llegada, aquel mismo día, de Larbaud, escribe: "Fa cosa de 10 anys que coneixem a Valery Larbaud. Aleshores, aquest agudíssim tastador de paisatges i sensacions, rodava pels carrers de Barcelona acompanyat del nostre estimat amic Josep Maria Junoy".

En su artículo, mi padre dice que "en els plecs de la seva boca hi ha una certa ressemblança amb aquella altra boca dura i imperativa del dictador Mussolini"; se deshace en elogios del Diari íntim de Archibald Olson Barnabooth, la obra de Larbaud sobre la que al parecer, según cuenta mi padre, López-Picó ya ha informado sobradamente a los lectores de La Publi, y acaba así: "Aquest poeta extraordinàriament sensible, aquest observador agut, sap veure i estimar el nostre cel, la nostra pedra i la nostra muntanya. Aturem un moment la nostra lluita àcida, la nostra febre cotidiana, i amb un polit somriure desitgem a Valery Larbaud la dolça benvinguda".

No creo que volviese a Barcelona, al menos no me consta. En 1952 o 53 le descubrí en la biblioteca de mi padre: "Prête-moi ton grand bruit, ta grande allure si douce, / Ton glissement nocturne à travers l'Europe illuminée / O train de luxe...". Me hechizó. Se lo comenté a mi padre. "¿Lees a Valerio?", me dijo. "¿Por qué Valerio?", le pregunté. Y mi padre me contó que así era como le llamaba Ramón, Ramón Gómez de la Serna, amigo de Larbaud -al que descubrió y tradujo en Francia- y buen amigo de mi padre. Y desde entonces le llamo Valerio, el amigo Valerio.

Murió en 1957. La NRF le dedicó un hommage en el que estaban todos los que debían estar: Saint-John Perse, Supervieille, Cocteau, Schlumberger, Arland, Martin du Gard, Nimier, Morand, Mandiargues... y en medio de ese jardín de flores un artículo de la señora Mathilde Pomès -Valery Larbaud et l'Espagne- en que lo trataba de criatura débil, generosa en exceso e inexperimentada, que se dejó burlar por Ramón y que en los tres años que pasó en Alicante se convirtió en la burla de las niñas bien y aceptó la tertulia de gentes sin cultura, a excepción del poeta Salinas (que era un crío y sólo fue a verle una vez). Un texto innoble con las gentes de Alicante, amigos de Valerio, con Miró, con Esplà, con Ramon Vinyes, que fueron sus amigos y contertulios en Alicante, entre 1917 y 1920.

¿Quién se acuerda hoy de Valery Larbaud, "agudíssim tastador de paisatges i sensacions", maestro de traductores, patrono indiscutible de la literatura europeísta de este siglo que se acaba? ¿Quién se acuerda del amigo Valerio, del Suizo, de Josep Maria Junoy, de López Picó, de la tortuga del Ateneu...?

Puestos a acordarse, ni en Alicante se acuerdan. Acabo de llamar a mi cuñado Paquito preguntándole si en el callejero de Alicante figura alguna plaza, avenida, paseo, calle o callejón con el nombre de Valery Larbaud, o del amigo Valerio, y la respuesta es ésta: "No figura ninguna calle con ese nombre".


EL PAÍS 



sábado, 3 de junio de 2000

Graham Greene / "Detesto todos los dogmas"


Graham Greene
Ilustración de T.A.

Graham Greene: "Detesto todos los dogmas"



Terminó su visita a Madrid con un coloquio público en el Centro Cultural de la Villa


ROSA MARIA PEREDA
11 JUL 1980


«Destesto el dogma, todos los dogmas», dijo Graham Greene, el novelista británico, respondiendo a una de las preguntas que se le hicieron a lo largo del coloquio público que se celebró el pasado miércoles, como despedida de su visita oficial a Madrid. Una amplia mesa, presidida por su anfitrión, el alcalde de Madrid, y una sala de conferencias, la del Centro Cultural de la Villa, atestada de gente de mediana edad, fueron el escenario de la flema más que británica del novelista, de su ironía inglesa y de la capacidad de responder a medias o a otra cosa que su traductor y consejero espiritual, el padre Durán, no hacía sino acentuar, según la opinión del público.
El público que pudo entrar, hasta llenar a tope las butacas y los pasillos de la sala de conferencias del centro Colón, se lo pasó bien. En primer lugar, por la gracia especial de Graham Greene, que daba rostro humano a la casi mítica figura del autor de El poder y la gloria. Los que sabían inglés reían cada chiste directamente, y los que no, esperaban a la traducción. La traducción también tenía gracia de por sí, porque el insólito consejero del novelista de Oxford, un cura gallego que le aconseja en sus crisis desde hace muchos años, vertía a humor gallego las respuestas del escritor y su propia opinión sobre el tema. El acento, los gestos y la solemnidad del padre Durán cayeron muy bien. Por fin, el propio alcalde se esforzó en moderar, también con humor, el coloquio. El profesor Tierno estaba más profesoral que nunca, recomendando buena crianza y preguntar pausado y aconsejando a los coloquiantes, que a mitad del coloquio ya estaban francamente divertidos, que esperaran el turno como es debido, que hicieran preguntas concretas y que conservaran su buena educación.Hay que decir que la buena educación no se perdió ni un momento. Graham Greene hizo el recorrido a las preguntas, muchas de ellas planteadas directamente en inglés y, según algún entendido, ocultó datos. Por ejemplo, un joven periodista le preguntó por qué aparecía en todas su novelas el sillón del dentista y la amenaza de sus curas, la visita a esa especie de coco. El, que según sus biógrafos, padece males dentales continuamente, dijo que «no sabía» el porqué de este motivó recurrente. Una señora agresiva le preguntó qué influencia había ejercido sobre su obra el novelista Anthony Burgess, y si, de no haber ninguna, si pensaba que el biógrafo de Joyce le había plagiado... Respondió Graham Greene que Burgess era suficientemente más joven que él como para no haber ejercido ninguna influencia sobre su prosa, y que la suya era lo bastante distinta de la propia como para que nadie pensara que podía existir plagio. Contó en seguida que estaba sorprendido por esta pregunta y por la insistencia en relacionarles a los dos, y que «mi mayor relación con Anthony Burgess fue una comida, que luego él contó, poniendo en mi boca palabras que tuve que buscar en el diccionario».
Alguien entre el público comentó para el corrillo de las primeras filas que «naturalmente que le conoce. Estuvieron juntos en el servicio secreto», confundiendo, sin duda, al novelista lanzado por la Naranja mecánica con otro Burgess, espía, pero no novelista.
La cosa religiosa, que sigue apasionando a los españoles, surgió cuando, al seguir hablando Graham Greene de Burgess, y al añadir el padre Durán que «además Burgess ha acusado a míster Greene de jansenista», dijo: «Soy un católico con algo de protestante. Detesto el dogma, eso es lo que de protestante hay en mí». Como siempre, tuvo que volver a contar cómo un proyecto de matrimonio, finalmente frustrado, le abocó a su conversión. Una conversión por amor, o, como dice Burgess (Anthony), «bajo el fuego», que coincidía con la conversión a la religión minoritaria en Gran Bretaña de un buen número de jóvenes profesores e intelectuales de entreguerras. Se refirió también a la «necesidad de la deslealtad», tema sobre el que trata un ensayo suyo, y preguntado acerca de qué catolicismo sentía, dijo que prefería el evangélico sobre el oficial, que le molestaban los, dogmas, pero, en cambio, le apasionaba la antigua liturgia... Si había sido un anglicano desleal, era un católico desleal.
Sobre esto de la deslealtad protestaron a un tiempo el señor Green y su traductor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de julio de 1980

Valery Larbaud / El centenario silenciado de un erudito

 


Larbaud: el centenario silenciado de un erudito

LUIS ANTONIO DE VILLENA
13 OCT 1981 - 18:00 

Para muchos su nombre será, tal vez, el de un «enamorado de España», país que recorrió a menudo y en el que residió largamente, traductor de Ramón Gómez de la Serna y autor de una novela -Fermina Márquez- de nombre español. Para los más selectos, Larbaud (cuyo primer centenario se celebra este año; había nacido en Vichy el 29 de agosto de 1981) será el poeta tocado despleen y cosmopolitismo, él, riche amateurque recorría la iluminada Europa nocturna en trenes de lujo, de Madrid a Estambul, como el millonario alter ego de sus poemasA. 0. Barnabooth.





Sería para estos últimos Valery Larbaud la imagen del «mundano», del hombre que, sin desdeñar ninguna particularidad singular (es más, cultivando todo «lo singular»), aspira a una cultura internacional, sin fronteras, a un mundo de grandes horizontes y grandes orígenes, hermoso ideal de entreguerras, tal vez perdido hoy entre los pobres nacionalismos que nos amenazan.

Pero, siendo todo lo que antecede verdad, se nos escaparía en tal bosquejo el mejor Valery Larbaud, posiblemente no sin placer suyo, pues dijo en un poema que «escribía siempre con una máscara en el rostro ... ». Y es que el mejor Valery Larbaud es ante todo un bon vivant -en cierto modo, y salvando estilos- como Lezama Lima. Alguien que pretendió la vida como placer, y como placer, asimismo, la literatura. Las muchachas jóvenes, los climas cálidos, los viajes de lujo por una Europa idéntica y distinta, los libros -los clásicos y los modernos-, el gusto por las palabras, se mezclaban en él con la afición -tan de los años veinte- al cóctel, a la buena mesa, a un afán voluptuoso por devorar, conocer, aprehender.

Epicúreo tentado por una curiosidad universal, Larbaud creó un heterónimo, al que adjudicó una singular y bella colección de poemas (Poesies de A. O. Barnabooth), en la que el nuevo versolibrismo se alía con cierta tradición decadente. Escribió relatos de título acertadísimo (Belleza, mi hermoso deseo o Amantes, felices amantes, por ejemplo) y libros de viaje y erudición amena, donde el amor -mezclado, ya he dicho, a muchachas, filología o ciudades- se entremezcla con un estilo limpio y fácil, lleno siempre de referencias, que recuerda a Emontaigne, también por su hedonismo, y que el propio Larbaud -modesta y acertadamente- llamó «un poco de prosa francesa».

Pero hay más. Descubrió a los francese a un raro poeta del siglo XVI, Maurice Scève, piedra angular del preciosismo; tradujo a Samuel Butler, a Gabriel Miró, a Gómez de la Serna, y el Ulises, de Joyce, en colaboración con el autor mismo, y escribió un excelente libro sobre el arte de lá traducción y los traductores (Bajo la invocación de san Jerónimo), editado por primera vez en 1945.

¿Se trata, pues, de una «figura menor»? No, al menos en el sentido peyorativo que se suele dar en español al dicho. En Larbaud «lo menor, la ausencia, pudiéramos decir, de un gran propósito, no es sino un rasgo de estilo. Y él que fue también el primero en escribir internacionalmente sobre Borgegpudo asimismo decir que se imaginaba el paraíso «bajo la especie de una biblioteca».

Murió en 1957, pero desde 1935 (en que sufrió una hemiplejía) vivió afásico y casi sin movimiento. Le gustaba que le visitasen muchachitas -se dijo- y se entretenía leyendo La Ilíada e incontables y variados diccionarios.

EL PAÍS 




viernes, 2 de junio de 2000

Jornada novelesca para Graham Greene

Graham Greene
Ilustración de T.A.


Jornada novelesca para Graham Greene

"Escribo como escapismo"


Rosa Rivas
10 de julio de 1980

Un Graham Greene de aspecto saludable y con gesto algo contrariado -que no tardó en volverse amable- recibió a los periodistas que, convocados por el anfitrión y buen conocedor del escritor, Enrique Tierno Galván, le esperaba en la sede del ayuntamiento madrileño.Saludos, sonrisas y disculpas: «el señor Greene ha sufrido un desagradable incidente. Perdonen la tardanza», explica el alcalde. Y los ánimos curiosos allí presentes se enteran de que el autor de tantas obras de espías acaba de vivir en su tercer día en Madrid un episodio digno de cualquiera de sus novelas: tres personas irrumpen violentamente en la habitación del hotel donde se hospeda y, cuando trata de echarlos fuera, lograron una foto de Graham Greene en un arrebato de malas pulgas.
Surgen las especulaciones en torno a los protagonistas del hecho, pero el profesor Tierno intenta despejar las dudas: «Los periodistas españoles serían incapaces de realizar un asalto así». Y el novelista pone los mismos ojos de sorpresa cuando oye el relato del episodio que cuando se entera del enorme éxito de sus libros en este país y de la estima popular hacia su figura.
El conocimiento no es recíproco, y Greene confiesa que, de la literatura en habla hispana, sólo conoce bien a García Márquez, Neruda y Borges. Por este último siente una gran admiración y comenta que no deberían concederle el Nobel sin que antes se lo hayan dado al escritor argentino. No obstante, y como a nadie le amarga un dulce, no le importaría pillar la bonita suma del premio. Aunque, «señores, una buena crítica es la mejor recompensa». Porque escribir es un oficio muy duro; «escribir es un escapismo para mi vida de hombre solitario».
Sin embargo, quienes le conocen de cerca dicen que Graham Greene no vive tan solitario, que hay a su lado una joven presencia femenina. Y también dicen que su casual conversión al catolicismo fue al contraer matrimonio, allá por los años veinte.
Graham Greene, que se declara a sí mismo socialista afectivo, muestra un cierto cansancio cuando se le interroga una y otra vez sobre sus convicciones éticas, sobre sus dudas, sobre sus trabajos como agente («que no, yo era funcionario») del servicio de inteligencia británico. Pero en absoluto da señales de cansancio físico. Son 75 años de vida intensa los que lleva a la espalda el señor Greene. «Señor Greene, pruebe la tortilla española», «señor Greene, pruebe el jamón español», le dicen solícitos quienes le rodean en la recepción. Pero él no quiere comer, prefiere su whisky y sentarse tranquilamente a conversar. «España ha cambia do en los últimos años. Los extranjeros lo notamos más, como cuando se vuelve a encontrar a una mujer a la que no se veía desde hacía mucho tiempo. Si ves a alguien todos los días no aprecias los cambios de su cara».
Al novelista no le agradan mucho las fotos. Alguien comenta que esa debe ser la razón de la poca variedad de imágenes suyas. Aunque, para quienes quieran rastrear en sus rasgos, no hay nada mejor que bucear en las andanzas de sus personajes. Al margen de su autobiografía oficial, hay muchos trocitos de Greene en sus veintitantas novelas, en sus cinco obras de teatro, en sus ensayos y libros de viaje, en sus miles de artículos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de julio de 1980

jueves, 1 de junio de 2000

Graham Greene: "La vida del espía es tan solitaria como la del escritor"

Graham Greene
Ilustración de T.A.

Graham Greene: "La vida del espía es tan solitaria como la del escritor"

El novelista británico, huésped ilustre del Ayuntamiento de Madrid




ROSA MARIA PEREDA
8 JUL 1980


Graham Greene es, estos días, visitante especial de la ciudad de Madrid, a donde ha venido invitado por el alcalde. Ayer por la mañana, el profesor Tierno Galván le recibía en la alcaldía y le ofrecía un almuerzo, una medalla de plata y la consideración de visitante ilustre de la capital de España. Y ya ayer mismo comenzaban la cadena de fiestas que organizó la municipalidad para poner en contacto al pueblo madrileño con este espía católico, ya retirado de las tareas de la información confidencial, pero igualmente dedicado a las de la observación instintiva de las personas y los gestos, de las reacciones y las maneras de ser.
«La vida del servicio secreto» dijo Graham Greene, «resulta al final tan solitaria como la del escritor que se retira de todo». El ha contado esta vida, y la ha vivido, según sus biografías, al menos tres años en torno a la segunda guerra mundial. «En 1941», dice el autor de El tercer hombre, «el servicio de inteligencia británico me llamó para colaborar con ellos. Necesitaban una persona que supiera algo de Africa, usted sabe, por la situación difícil de algunas colonias. El contacto fue mi hermana Elisabeth, que había estado antes en el servicio secreto. Por eso le he dedicado mi novela El factor humano, y por eso decía en la dedicatoria, que ella «no puede negar ciertas responsabilidades en ese tema. Estuve en Africa tres años. Luego me destinaron en Londres, y yo abandoné el servicio secreto. Entonces», dice, «el jefe era Kim Philby».Kim Philby, como se sabe, es de algún modo el representante de esos grupos de espías británicos surgidos de los colleges de Cambridge, en su propio caso, y de Oxford, en el de Graham Greene. Kim Philby, ahora en la URSS, sirvió durante la guerra con los aliados -por Gran Bretaña- y contra el fascismo. Más tarde se haría agente doble.
«Bueno, no éramos exactamente agentes. Eramos... officer, informadores, y el nuestro era un mundo de carpetas y papeles, más que de acción directa. Los agentes son los que viven verdaderamente en peligro, los que se juegan la vida en los propios países extranjeros y conflictivos. Los officers no éramos verdaderos espías. Los agentes sí».
Curiosamente, hubo varios grupos de intelectuales británicos a los que el servicio secreto llamó para sus filas. «Sí, ya en la primera guerra mundial el servicio secreto echó mano de algunos intelectuales, y eso, por dos razones: la primera, porque se suponía que los intelectuales estaban especialmente capacitados para observar a la gente, fijarse en los rostros y en las reacciones, en las señales. Y luego, por su capacidad de expresarse, porque saben contar lo que ven. Así, en la primera guerra mundial estuvieron en sus filas, por ejemplo, Sommerset Maugham y Campton Mackenzie».

Espías oficinistas

En cuanto a este mundo como tema de sus novelas, dice Graham Greene: «He acudido a él cuando he querido contar algo especialmente realista, un mundo de oficinas y carpetas, papeles y telegramas, donde no se veía claramente la violencia. En El factor humano mueren Davis y el perro, pero lo importante es lo que hay detrás. Lo que hay detrás», sigue Graham Greene, «es el mundo de la política, de las finanzas, de la vida privada». De la vida del espía habla Graham Greene con cierta distancia, desde esa frialdad anglosajona, 76 años, ojos azulísimos de mirada como frenada por cierto tedio. «En el grupo al que yo pertenecía había cinco miembros. Como manejábamos secretos, procurábamos no mezclarnos mucho con otra gente, porque a la primera conversación podría surgir algún dato de nuestras preocupaciones. Entonces nos juntábamos entre nosotros. Así, a la larga, la vida del espía, la vida del servicio secreto era tan solitaria como la del propio escritor, que se retira de todo».
«El mundo del servicio secreto, con todo, ha cambiado mucho desde mis tiempos. Cuando yo estaba, por ejemplo, nadie sabía quien era el jefe del servicio secreto. Ahora todo el mundo lo sabe... También están los cambios que ha traído la electrónica. En mi época aún no existía todo esto».
Una no puede resistir la tentación de preguntarle por Kim Philby: «Somos buenos amigos, y lo fuimos mucho. Es un hombre afable, un buen amigo, extraordinariamente culto, un hombre de Cambridge. Fue, como usted sabrá, corresponsal del Times en la zona franquista, y creo que fue condecorado por el propio Franco». «No», dice, «entonces no era un officer -agente no fue nunca doble. Cuando apareció El factor humano me escribió desde la URSS».
Después de su militancia temporal en el servicio secreto británico, Graham Greene ha desempeñado algunos cargos diplomáticos o para diplomáticos. Preguntado sobre la relación entre los funcionarios y agregados del Foreign Office y los del servicio secreto, dijo: «Puede que haya algunos que sigan los dos oficios. De los agregados navales y militares, todo el mundo sabe que sí, pero en eso no hay nada de secreto, y en los países donde están se les informa como tales, aunque supongo que se les mantendrán cosas ocultas. Quizá haya algún otro que sea espía bajo capa de diplomático, pero entre los diplomáticos ingleses, como norma, se rechaza esta doble militancia. «Claro que hay que distinguir», dice, «entre los poderes del Este y del Oeste».
La característica de Graham Greene ha sido viajar, y viajar sobre todo por los continentes exóticos, por Africa, Asia y América Latina. Parecería que, aunque él jura rechazar y odiar la violencia, le tira la aventura. «Siempre he tenido mucho interés por América Latina», dice. «Aunque no sólo por esos países. Estuve en Kenya en la época del Mau-Mau, estuve en Liberia y en Vietnam, y he ido mucho a América Latina. Fui amigo de Allende, con quien estuve en Chile, más tarde estuve en Argentina, y después en Paraguay. He estado muchas veces en Panamá, y soy amigo de Omar Torrijos, y en Cuba he estado también muchas veces de vacaciones, en el tiempo de Batista y ahora en el de Castro. Sí, conozco a Fidel: he almorzado y conversado varias veces con él».
En Cuba se rodó Nuestro hombre en La Habana, «en 1959, después que Fidel tomara el poder». Entonces conoció a Hemingway. «No me gustan la mayoría de las películas que se han hecho con mis novelas. Prefiero hacer guiones especialmente para el cine: las únicas que no me han parecido mal del todo han sido El tercer hombre, Brighton Rock y una versión de El ídolo caído. Por fin, y como han sido muchos los géneros tocados por Graham Greene, y también el de la prensa, dice: «Puede que haya sus diferencias entre el reportaje y la novela. Yo no las veo, salvo, quizá, la invención de caracteres que supone la novela. El resto es igual: el periodista, como el novelista, tratarán de contar los hechos con precisión y claridad».
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de julio de 1980

miércoles, 31 de mayo de 2000

Expectación en torno al próximo Premio Nobel de Literatura


Jorge Luis Borges


Expectación en torno al próximo Premio Nobel de Literatura

Borges, Graham Greene y Senghor, entre los candidatos favoritos


ROSA MARIA PEREDA
10 OCT 1979



Cualquier jueves de este mes de octubre pueden llegar a una decisión los miembros del comité encargado de elegir al que será Premio Nobel 1979 de Literatura. Entre todos los nobeles éste es el que más expectación despierta, porque no sólo interesa a los especialistas en el tema, sino que tiene una repercusión masiva, traducida en las ventas de libros en todo el mundo. Y luego porque, dado que la literatura se siente como más unida a la vida cotidiana y a la conducta política que las ciencias exactas consideradas políticamente inocentes, este premio se carga especialmente con los hándicaps de la coyuntura política, de la ideología y del equilibrio de intereses.
Por eso, y por las simpatías y antipatías de los cinco hombres justos del comité, se vienen arrastrando de convocatoria en convocatoria nombres conflictivos, los eternos candidatos que los lectores reconocen como valores indiscutibles de las letras, pero que los jueces nórdicos no acaban de premiar. En este momento hay, al menos, dos muy claros: Graham Greene y Borges. Y otros que suenan cada año: dos mujeres, Simone de Beauvoir y Doris Lessing; algunos escritores exóticos: el turco Yalar Kemal, el chino Pa King, el rumano Nikita Stanescu o V. S. Naipaul, de Trinidad. Otros, de alto valor en las cotizaciones de las letras, y que ya se van acercando al premio: el francés Claude Simon, o los suizos Friedrich Durrenmatt y Max Frisch. Y arrastrándose de años Leopold Sedar Senghor, el poeta y ensayista, presidente de Senegal. Jorge Luis Borges ha cumplido ochenta años, está universalmente considerado como uno de los primeros escritores vivos -no sólo en castellano- y es candidato al premio sueco desde hace muchos años. Su nombre sigue siendo cada otoño piedra de escándalo, y lo es también la negativa de Lundkvist, el especialista en lengua castellana de la Academia Sueca,
Graham Greene también habrá leído en los periódicos que nunca va a tener el Nobel, pero este año hay muchos que le dan como valor seguro. Las razones en su contra se quedan en la ambigüedad: que si es católico, que Frisch. Y arrastrándose de años, Leopold Sedar Senghor, el poeta y ensayista, presidente de Senegal.
Jorge Luis Borges ha cumplido ochenta años, está universalmente considerado como uno de los primeros escritores vivos -no sólo en castellano- y es candidato al premio sueco desde hace muchos años. Su nombre sigue siendo cada otoño piedra de escándalo, y lo es también la negativa de Lundkvist, el especialista en lengua castellana de la Academia Sueca, Graham Greene también habrá leído en los periódicos que nunca va a tener el Nobel, pero este año hay muchos que le dan como valor seguro. Las razones en su contra se quedan en la ambigüedad: que si es católico, que si los hay mejores, que si no conviene. Y Shengor, del que se habla ya hace muchos años, esta vez puede tener chance: sobre los jurados pesará sin duda todo el continente negro, que Senghor ha bautizado con su negritud poniendo nombre a una cultura y a una política cultural y donde, durante los últimos meses, han sido descabezadas tres dictaduras casi medievales, se han recambiado por un sistema prooccidental.
Como hace mucho que no se lleva el premio un dramaturgo, ni un centroeuropeo, puede caerles a Dürrenmatt o a Max Frisch, y por razones geográficas están bien colocados Claude Simon, francés, que dio una de las pocas salidas lúcidas y coherentes a la estética nueva del siglo, al nouveau roman, y que ya es un clásico y un maestro, y Simone de Beauvoir. Simone de Beauvoir tiene en su contra que la Academia puede suponer que lo va a rechazar si se le da. Aunque siempre en estos casos hay un contacto que se entera, el antecedente de Sartre, que forma con la escritora la pareja-ejemplo de intelectuales y de maestros, tiene que pesar. Pero una mujer, después de tanto año internacional y contando el peso del feminismo como movimiento político de recambio en Suecia, tampoco extrañaría a nadie.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de octubre de 1979