El arrebato pasional, el confuso movimiento y el vocerío de la multitud fueron extinguiéndose poco a poco, y el silencio se hizo dueño de nuevo del pequeño parque municipal. Grupos de personas quedaban aún cerca de los árboles, como figuras fantasmales a la luz azulada de una casa próxima. Todos parecían cansados, y se movían sigilosos, casi de puntillas; uno a uno, los grupos se dispersaban, perdiéndose en las sombras. El césped del parque aparecía pisoteado y roto por mil sitios, como un tapiz hecho jirones.
Peter Randall era uno de los granjeros más respetados de Monterrey. En cierta ocasión, al ser presentado como conferenciante en una asamblea local, fue citado como ejemplo y modelo de generaciones futuras. Su edad rayaba en los cincuenta, sus modales eran sencillos y agradables, y tenía una barba que peinaba cuidadosamente. En toda reunión recibía las muestras de deferencia que corresponden por derecho propio al hombre barbudo. También sus ojos eran serios y formales; azules y ligeramente melancólicos. Todos reconocían una gran fuerza de carácter bajo su apacible aspecto, y admiraban su gran dominio en toda circunstancia. A veces, sin motivo aparente, sus ojos adoptaban una torva expresión, como los de un perro peligroso, pero aquella chispa se apagaba pronto y la bondad y el buen sentido reaparecían en su mirada. Siempre llevaba los hombros echados hacia atrás como si los tuviera sujetos con unos tirantes, y el estómago encogido como un militar en acto de servicio. Teniendo en cuenta que los granjeros acostumbran a ser descuidados y zafios en su aspecto y modales, la postura habitual de Peter contribuía a aumentar su prestigio.
Una niebla invernal, gris y espesa separaba al Valle de Salinas del cielo y del resto del mundo. Era una densa bruma que se apoyaba por sus bordes en las crestas de las montañas, convirtiendo el valle en una olla tapada. En el fondo, donde el suelo era llano, los arados abrían surcos profundos por los que asomaba la tierra rica y rojiza. En las laderas de los montes, al otro lado del río Salinas, los campos de espigas amarilleaban como si estuvieran bañados en una pálida luz solar, pero esta no llegaba hasta allí. Los álamos y sauces que crecían apretados al borde del río, parecían gigantescas antorchas cuyas llamas eran sus hojas amarillas o pardas.
Adam Zagajewski, en octubre de 2019 en Bialystok (Polonia).ARTUR RESZKO / EFE
Adam Zagajewski, un poeta que atrapó la fuerza de la cotidianidad
El escritor y traductor Andrés Catalán analiza la obra del autor polaco “cuyo trabajo se desarrolla en un equilibrio entre lo sublime y el detalle del día a día con una ironía que nunca desemboca en el cinismo”
ANDRÉS CATALÁN
21 de marzo de 2021
Me sorprende, la noche del día de la poesía (en el que tanta falsa poesía se cacarea), la noticia de la muerte del enorme poeta polaco Adam Zagajewski mientras trabajo en una traducción de la poeta estadounidense Louise Glück, premio Nobel de 2020. Zagajewski llevaba apareciendo como candidato al mismo desde hace muchos años: no llegó a ganarlo, aunque sí fue reconocido con algunos de los más prestigiosos galardones internacionales, como el Princesa de Asturias en 2017, el Griffin en 2016 o el Neustadt en 2004, además de todos los premios habidos y por haber en su Polonia natal. Digo natal, aunque en realidad nació en la ciudad de Lvov cuando esta pertenecía a la Ucrania soviética, una realidad que aborda en su hermosísimo libro de memorias Dos ciudades. En el poema Griegos, recogido en Antenas (en traducción de Xaver Farré, que ha traducido —excelsamente— buena parte de su poesía para la editorial Acantilado), dirá: “Quisiera haber sido contemporáneo de los griegos, / hablar con los discípulos de Sófocles, / sentir la gravedad de los misterios secretos, / pero cuando nací vivía y gobernaba / aún el georgiano picado de viruelas / y sus lúgubres policías y teorías”.
Adam Zagajewski: «La palabra belleza es insuficiente. No hay otra para señalar algo bello que expresa lo cruel»
Uno de los poetas europeos más importantes escribe su autobiografía 'Una leve exageración'. En esta entrevista habla de conceptos clave en su vida: la palabra, la música, la poesía, el amor y la belleza
Winston Manrique Sandoval
17 de marzo de 2020
Con los últimos aromas mentolados de unas ramas de eucalipto en un jarrón de una estantería de libros, Adam Zagajewski trata de recordar qué fue primero en su vida: si la música, las palabras, los poemas o la belleza. Al final reunirá los cuatro conceptos y sensaciones en un hallazgo personal:
-«La palabra belleza es insuficiente. No existe una palabra para referirnos a algo que es bello en su escenificación pero que representa la crueldad, la oscuridad, una categoría del mal».
El artista Ai Weiwei, el 3 de marzo en Montemor-O-Novo (Portugal).PEDRO NUNES / REUTERS
Ai Weiwei: “Occidente está perdiendo sus valores”
El artista chino, perseguido por el Gobierno de su país, habla sobre ‘Coronation’, el documental grabado hace un año durante el confinamiento de Wuhan que no se atrevieron a programar los grandes festivales y plataformas
Jamil Chade
Gineabra, 22 de marzo de 2021
El mundo tendrá que luchar para proteger la libertad de expresión y la democracia después de la pandemia si quiere construir un “verdadero sistema inmunológico” para la sociedad. La voz de alarma la alza Ai Weiwei (Pekín, 63 años), artista chino perseguido por su Gobierno. Alerta de que China “le ha ganado” la batalla estratégica a Occidente en una entrevista por videoconferencia un año después de que se declarase la pandemia. Y acusa al mundo de haber sucumbido a los intereses financieros, abandonando valores y principios.
El nuevo libro póstumo del escritor barcelonés, ‘Notas para unas memorias que nunca escribiré’, será una decepción para los lectores ajenos al mundillo de la literatura
Historia de la literatura española reciente según Juan Marsé: “Prosistas. Camilo José Cela: prosa campanuda. Francisco Umbral: prosa sonajero. Javier Marías: prosa pringada. Javier Cercas: prosa resabiada. Carlos Ruiz Zafón: prosa insolvente. Juan Manuel de Prada: prosa ensotanada”. El autor de Últimas tardes con Teresa redactó esta lista en 2009, meses antes de recibir el Premio Cervantes, pero ve ahora la luz junto al diario que llevó en 2004 contra viento y marea y contra su propio desinterés por el género, por pura disciplina. Lumen acaba de publicar esos materiales, revisados por él antes de morir en julio pasado, en impecable edición de Ignacio Echevarría y con el título de Notas para unas memorias que nunca escribiré.
Concienzudo biógrafo, Richard Ellmann dedicó muchos años de su vida a documentar la vida de James Joyce en Dublín, Trieste, París y Zúrich, y nos dejó muchas páginas de la relación del autor del Ulises con Pound, Shaw, Hemingway, Yeats, Eliot, Woolf, Proust y Scott Fitzgerald, entre otros. Conocemos los menores movimientos de Joyce, sus temores, su desesperada búsqueda de reconocimiento, su afanosa demanda de la libertad artística, de la patria imaginaria de quienes sitúan la literatura por encima de la vida, como hizo el autor del Ulises. Complicado asunto, sobre todo si se recuerda que el propio Joyce, tal vez con coquetería, llegó a decir que en el Ulises no había ninguna línea escrita con seriedad, tal vez recordando a Shandy.
Se publica la versión expurgada de errores de ‘Finnegans Wake’, de James Joyce, tras 30 años de trabajo
EDUARDO LAGO
NY, 30/03/2010, El País
Gustave Flaubert calculaba que para que el público general pudiera apreciar adecuadamente una innovación artística excesivamente revolucionara era preciso que transcurrieran 80 años. En tanto se cumplía el plazo, el autor estaba condenado a vivir un continuo rechazo. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con Finnegans Wake, obra del escritor irlandés James Joyce, considerada la novela más ininteligible de todos los tiempos y de la que hoy se publica la primera versión revisada. Conforme a los cálculos del autor de Bouvard y Pecuchet, todavía faltarían 10 años para que el lector de a pie esté en condiciones de enfrentarse al formidable reto que plantea la novela final de Joyce. Cuando se publicó originariamente, el 4 de mayo de 1939, el veredicto general fue que su autor había perdido la cabeza. Incluso los más fieles partidarios de Joyce tiraron la toalla. Encogiéndose de hombros, el escritor afirmó que calculaba que los críticos tardarían 300 años en descifrarla.
Muere el poeta polaco Adam Zagajewski, premio Princesa de Asturias de las Letras 2017
El escritor se definía como “un hijo de la guerra, aunque no fuera testigo de sus horrores” y su vida sirve como ejemplo de los vaivenes políticos de la Europa del siglo XX
Juan Cruz
21 de marzo de 2021
Adam Zagajewski, el gran poeta polaco nacido hace 75 años en Lvov (actual Ucrania), premio Princesa de Asturias de las Letras 2017, ha muerto este domingo por la tarde en Cracovia (Polonia), según informó el diario Gazeta Wyborcza. Una frase de la biografía difundida cuando recibió ese galardón sirve para definir la existencia del escritor: “Dondequiera que uno corte la vida, siempre la parte en dos mitades”. Porque la vida del autor de Dos ciudades (Acantilado) es ejemplo de la Europa del siglo XX. Su infancia transcurrió en Gliwice, un “lugar feo y gris” de la Silesia alemana que se incorporó a Polonia al final de la Segunda Guerra Mundial. Zagajewski era, pues, fruto de la posguerra: primero un desplazado; después, un exiliado.
Cuando vivía en Estocolmo, Nelly Sachs trabajaba por las noches con una luz apagada para no despertar a su madre enferma. Escribía en la oscuridad. La desesperación le dictaba palabras tan pesadas como colas de cometa. Escribía en la oscuridad, en silencio, que sólo interrumpía el reloj de pared con sus suspiros. Hasta las letras eran soñolientas, sus cabezas caían en las hojas. La oscuridad escribía tras coger esta mujer ya no joven como si fuese su pluma. La noche se compadecía de ella, sobre la ciudad se erigía una gris prisión del alba, la aurora de dedos rosa. Cuando se dormía ella los mirlos ya despertaban y no hubo ninguna pausa en la tristeza y el canto.
El arte de Adam Zagajewski, el poeta del verano de la paz y el nomadismo
SANTIAGO VARGAS
20 de octubre de 2017
La obra del poeta polaco Adam Zagajewski recibe este 20 de octubre de 2017, en Oviedo (España) el Premio Princesa de Asturias de las Letras porque, según el jurado, “confirma el sentido ético de la literatura y hace que la tradición occidental se sienta una y diversa en su acento nativo polaco, a la vez que refleja los quebrantos del exilio. El cuidado por la imagen lírica, la vivencia íntima del tiempo y el convencimiento de que tras una obra artística alienta el fulgor, inspiran una de las experiencias poéticas más emocionantes de la Europa heredera de Rilke, Miłosz y Antonio Machado”.
Adam Zagajewski durante la lectura de su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias de la Letras
La bella y triste realidad de la poesía, según Zagajewski al recibir el Princesa de Asturias
El discurso del escritor polaco habla de los exilios de la poesía a lo largo de la historia y aún hoy, de la sociedad que le da la espalda sin darse cuenta de lo vital que es. Estas son sus necesarias y emotivas palabras
ADAM ZAGAJEWSKI
20 de octubre de 2017
La poesía es, de entre las artes, la menos técnica, no surge del taller, o de la teoría, no surge de la ciencia (aunque, añadamos, tener una formación no perjudica a nadie, ni tan siquiera a un poeta), sino que surge de la emoción de la mente y el corazón que no se puede ni prever ni planear –unos años atrás Leonard Cohen habló hermosamente de esto en este mismo lugar–. Por eso, los poetas no se conocen a sí mismos, suelen vivir en la inseguridad, esperando pacientemente la hora en la que se abren las puertas de la lengua.
Hace 150 años, los piamonteses,tras la expedición de Garibaldi y sus camisas rojas, los piamosteses forzaron a Sicilia a unirse con el resto de Italia. La isla donde dejaron sus huellas sicanos, sículos, griegos, romanos, árabes, normando o españoles dio su aquiescencia a un periodo históricos, como lo hizo Don Fabrizio Corbera, el príncipe de Salina y protatonista de "El Gatopardo", la novela que mejor retrata Sicilia y no solo esta tierra: "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
Luis Pancorbo / Tino Soriano
3 de noviembre de 2011
Gatopardo fue el mote y el emblema de los Salina, la familia que destila melancolía y transición en las páginas de la famosa novela de Giuseppe Tomasi, publicada en 1958, un año después de su muerte. Este escritor, que tenía el título de príncipe de Lampedusa, no tuvo que ir muy lejos para inspirarse: un leopardo rampante figuraba en el escudo de su propio linaje. A nivel popular esa figura felina fue vista como un gattopardu. Aparte de una genealogía más fantástica, como la de proceder de Thomaso, El Leopardo, comandante de la guardia imperial de Tito, el escritor descendía de Mario Tomasi, capitán siciliano al servicio de los españoles, quien en 1580 se casó con una dama que heredó la baronía de Montechiaro. Giuseppe Tomasi era noble por los cuatro costados, pero sobre todo por el que da a la literatura, don que le permitió reflejar magistralmente la intrahistoria familiar, y siciliana, en Il Gattopardo.
El mayor título nobiliario del escritor, el de príncipe de Lampedusa, radicaba en la isla del mismo nombre, la más meridional de Italia, últimamente meta de refugiados libios y tunecinos. Ya hacia 1840 la ruina económica había hecho presa en los gatopardos. Abrumados por las deudas, los antepasados de Tomasi quisieron vender Lampedusa a la reina Victoria de Inglaterra, cosa que impidió Ferdinando II, el rey de Nápoles, adquiriéndola por 12.000 ducados. Los Tomasi retuvieron el título y la memoria de tiempos mejores. En 1943, a consecuencia de un bombardeo de los norteamericanos, quedó destruido el Palacio Lampedusa de Palermo, donde el escritor había nacido. Fue la gota que colmó el vaso de una decadencia para Giuseppe Tomasi, el último príncipe de Lampedusa, un fin de race en tantos sentidos. Con él se apagaba, junto a su propia estirpe, una cierta cultura. Un declive de influencia a través de las generaciones, una pérdida de tierras y palacios, tamizados en El Gatopardo con un sentido de reconciliación final con la vida y la historia. Siempre con el humor escéptico al ver lo poco que cambian las cosas en el fondo.Tres son los lugares clave de Sicilia donde Tomasi no solo ambientó su novela sino que se dejó la piel de la memoria. Para empezar, si hay un corazón de El Gatopardo, ha de ser Palma di Montechiaro. Es un pueblo de la provincia de Agrigento, entre collados donde se saca el azufre, sin que falten limoneros y huertos de naranjas sanguinas que soportan "seis meses de fiebre a cuarenta grados". Tal es el clima isleño, según Tomasi. Es la Sicilia que no parece tener compasión, pero que en cualquier esquina guarda sus sorpresas, sus vinos y aceites generosos, y sus mares que bullen de atunes y peces espada. Palma di Montechiaro se arracima en un altozano buscando la sombra protectora del pasado. Tiene monumentos gatopardianos de altura, empezando por el Palacio Ducal, con sus artesonados polícromos del siglo XVII. La Chiesa Madre, como llaman a la catedral, fue diseñada por Angelo Italia, lo mismo que la escalinata que da prestancia al pueblo. Cuando por la tarde el calor inclina su cerviz, en esa escalinata de piedra, que parece un decorado de la película de Visconti, solo falta el vuelo de la falda blanca de Angélica desplegándose como una magnolia.
Gioacchino Lanza Tomasi, heredero de Lampedusa, asoma al balcón del palacio en el que este vivió sus últimos años. Foto de PRISCILLA BENEDETTI
En los dominios del Gatopardo
El legado literario de Lampedusa se atesora en un palacio en Palermo con habitaciones para el alquiler turístico. Su heredero, Gioachino Lanza Tomasi, vela por su recuerdo
Iker Seisdedos
1 de septiembre de 2018
¿Se ha movido usted mucho este verano? Seguramente no tanto como acostumbraba Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957), autor de El gatopardo. Su rutina estival incluía en los años veinte “un viaje largo por Europa, iniciado con una larga estancia en Inglaterra, seguida de un breve trayecto por Francia y de una escala en Austria, antes de reunirse con su madre para terminar en el Tirol”. Lo cuenta Gioacchino Lanza Tomasi, pariente y heredero del escritor italiano, en la introducción al volumen epistolar Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930), traducido por Juan Antonio Méndez. Editado por Acantilado, es una deliciosa reunión de cartas llenas de humor enviadas desde el extranjero a sus primos en Sicilia, los Piccolo, dos hermanos exquisitamente excéntricos: Casimiro, pintor dado a hablar con los espectros, y Lucio, poeta y músico medio ocultista cuyo éxito despertó al escritor que había en Lampedusa.
Lampedusa se ahorró la neurosis del éxito. Pasaron a la posteridad juntos la novela y su alma. No ha habido nunca una gloria más cómoda
Manuel Vicent
24 de agosto de 2019
El escritor Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su casa de Palermo en 1956.
En Roma el pintor Renato Guttuso, sin duda el primer artista de Italia, vivía en lo que fueron los jardines de Domus Áurea, residencia de Nerón, dominando el Foro, en el palacio que perteneció al conde Grillo, un noble misericordioso que arrojaba desde el balcón pan duro a los pobres los domingos después de misa. El pintor tenía ya 75 años cuando lo conocí. Era senador comunista, del comité central, y su rostro, todavía atractivo, parecía seguir atormentado por una gran pasión femenina. Su amante, Marta Marzotto, nos contemplaba desnuda desde un óleo mientras un barbero afeitaba al artista en la biblioteca. Cuando le dije que me dirigía a Palermo para seguir el rastro que había dejado el autor deEl gatopardo, me contestó:
-Allí nací yo, en Bagheria. Palermo es impenetrable. Si lo desea, mi mecánico, Isidoro Canfarotta, podrá ayudarle. En cuanto al autor de El gatopardo, no encontrará nada. Solo dejó atrás un humo dorado.
Dacia Maraini: «Alberto Moravia era un padre y un hijo para mí»
A 30 años de la muerte del eterno escritor romano, entrevistamos a la que fue su compañera durante dos décadas, autora de la que Altamarea publica una nueva novela de sororidad, epidemia y confinamiento en la Sicilia del siglo XVIIIBruno Padilla del Valle
24 de septiembre de 2020
Alberto Moravia y Dacia Maraini, durante un acto público en Roma (foto: Archivo Dacia Maraini).
No todos los días se tiene la oportunidad de dialogar con una de las figuras más emblemáticas de las letras italianas contemporáneas. El arte de la conversación, del intercambio de ideas, fue uno de los elementos que unió a la escritora Dacia Maraini (Fiesole, 1936) con otros grandes personajes del país transalpino y de la cultura europea del siglo pasado. Entre ellos se hallaba Alberto Moravia (1907-1990), con quien mantuvo una relación sentimental, y no menos intelectual, a lo largo de dos décadas. También Pier Paolo Pasolini (1922-1975), uno de sus mejores amigos y compañero de batallas; más de una, perdida. Pero parece a todas luces injusto acordarse solo de ella como testigo y cómplice, sobre todo porque la justicia es uno de los grandes temas de la obra de Maraini.
También es de justicia, pues en nuestro país no ha recibido nunca la atención que merece, el hecho de que la editorial Altamarea publique estos días su última novela bajo el título Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. Libro recién salido del horno del confinamiento y que, pese a su ambientación en un episodio lejano en la historia de Italia, tiene mucho que ver con nuestro pandémico (sobre)vivir. Un lanzamiento que se suma al que este mismo sello realizó en verano de otro título suyo,Isolina. La mujer descuartizada, publicado originalmente hace 35 años como crónica sobre un horrible e ignoto caso de violencia de género ocurrido en 1900.
Dacia Maraini publicó su primera novela, «La vacanza», en 1962 (foto: Archivo Dacia Maraini).
Fallecidas ya otras insignes autoras del siglo XX como Natalia Ginzburg, Elsa Morante, Alda Merini u Oriana Fallaci, Maraini resta en la actualidad como la más traducida y reconocida (ganadora de los premios Formentor, Campiello y Strega), sobresaliendo además como candidata al Nobel de literatura desde 2014. A la novela y el ensayo ha sumado en su amplísima trayectoria la dramaturgia y la poesía, así como la escritura de guiones para cineastas como Marco Ferreri, Margarethe von Trotta y el propio Pasolini.
Con tanto a sus espaldas, a día de hoy no se resigna a representar un mero tópico –uno habitual es el de historia viva– y se muestra más activa que nunca, tanto publicando como compartiendo su visión de las cosas en escuelas y medios de comunicación. Asombran la humildad, la gentileza y el respeto desde los que atiende esta videoentrevista. Sin grandes aspavientos ni exaltaciones, dice mucho más de lo que su tono calmo aparenta, aunque es siempre justo aquello que pretende decir.
Alberto Moravia: más allá de lo conyugal
En el momento en que se conocieron, Alberto Moravia tenía 55 años y Dacia Maraini, 26. Él ya había estado casado con Elsa Morante, de la que no llegó a obtener el divorcio, mientras que ella también venía de un matrimonio-fracaso, en su caso mucho más breve, con el pintor Lucio Pozzi (que la había abandonado estando embarazada; perdió ese hijo al séptimo mes, como cuenta en el libro Cuerpo feliz, editado por Altamarea en 2019). Todo comenzó entre ellos cuando Alberto le escribió a Dacia el prólogo de su primer libro, que bien podría considerarse el prólogo de una hermosa relación que se extendió más allá de la amorosa. Ahora ella, de alguna forma, escribe el epílogo a aquella correspondencia que incluso trascendió la muerte de él.
«Nos unía la curiosidad cultural e intelectual», dice Maraini sobre su relación con Moravia (Archivo Dacia Maraini).
Cuando falleció, el 26 de septiembre de 1990, Moravia estaba a punto de cumplir la edad que ahora tiene Maraini. Por entonces ya llevaba unos años casado con la española Carmen Llera. El día anterior a sufrir la hemorragia cerebral, Alberto había ido a ver a Dacia y le había pedido que lo acompañara a la casa de Sabaudia junto a la playa (la que ambos habían tenido en común con Pasolini) para coger unos zapatos que había olvidado. Por eso, cuando a la mañana siguiente le dieron la mala noticia, ella casi no lo creía. Más tarde pensó –según ha contado– que la muerte de Moravia había estado a la altura de su carácter: «rápido, valiente, impaciente, racional, sin sentimentalismos ni cursilerías inútiles». A Maraini no solo no le molesta seguir hablando de él 30 años después; se diría que es feliz evocando aquellos días junto al autor de obras cardinales de la narrativa contemporánea (Los indiferentes, La romana, El conformista, El desprecio, Dos mujeres…) y su historia de amistad inagotable.
Pregunta.-En La grande festa (2011), donde usted entabla un diálogo imaginario con seres queridos y ausentes, escribió que Moravia representaba la eternidad, pero el tiempo sigue pasando aquí, en el mundo de los vivos. En estos 30 años, ¿qué ha extrañado más de su relación con él? Respuesta.- Sobre todo lo sigo echando de menos, muchísimo, como el hombre afectuoso y delicioso que era: atento a los demás, muy dulce. No tenía nada de machista, nada del hombre que quiere dominar, poseer, controlar… por eso fue tan amado por las mujeres. No es casualidad que conviviese con tres escritoras, porque siempre fue muy respetuoso hacia nosotras. Creo que esto lo hacía particularmente sensible y encantador.
«Moravia no tenía mucho interés por las instituciones: ni el matrimonio, ni la familia»
P.- El hecho de que mencione a las tres mujeres de su vida me recuerda a la novela de Moravia El amor conyugal (1947), en la que el protagonista se muestra contrario a los convencionalismos en este tipo de relaciones. ¿Cree que se asemeja esa concepción de la pareja a la propia de él? R.- Desde luego él no tenía mucho interés por las instituciones: ni el matrimonio, ni la familia… Entendía que la pareja se basa en el afecto y la confluencia de intereses. Por ejemplo, nosotros estábamos muy bien juntos cuando viajábamos, porque era una pasión para ambos. También la lectura. Podíamos estar horas, uno junto al otro, leyendo. Nos unía la curiosidad cultural e intelectual. Él era crítico de cine para el diario L’Espresso, así que iba casi todos los días. Yo, en cambio, lo llevaba más al teatro. Creo que la pareja se basa en eso, porque el amor llega hasta un cierto punto. De hecho, nosotros seguimos viéndonos muy a menudo después de que se hubiera casado con Carmen [Llera], cada dos o tres días, porque la amistad perduraba.
P.- Tanto usted como sobre todo Llera eran mucho más jóvenes que Moravia, y es curioso porque él decía: «Las mujeres me han educado». Estamos habituados al prejuicio de que en esas relaciones el hombre, siendo mayor, tiene una actitud paternalista, pero usted ha destacado que a él le gustaba estar rodeado de gente joven para seguir contagiándose de esa energía. R.- Es que él no tenía en absoluto una actitud altiva de maestro, sino justo lo contrario: quería aprender. Todos los escritores noveles se le acercaban, pero sobre todo era él quien preguntaba. Por ejemplo, en el 68 era todo oídos, porque quería entender aquel movimiento y escuchaba a los jóvenes. Y lo mismo con el feminismo, porque cuando nos conocimos ciertamente él no sabía nada de aquello, pero siempre estaba muy interesado en las nuevas ideas y jamás tenía una actitud de rechazo o superioridad. Aquella forma de ser hacía que pareciese mucho más joven. De hecho, siempre he pensado que él para mí era un padre y un hijo.
Alberto Moravia y Dacia Maraini en la aldea romana de Fregene, año 1967 (Archivo Dacia Maraini).
P.- Hablando de paternidades, en el prólogo al libro de Moravia ¿De qué tribu eres? (Altamarea, 2019), escribe de él que habría podido ser antropólogo, como su padre Fosco Maraini. Esa curiosidad de ustedes dos por conocer otras culturas, ¿de dónde parte? R.- A Alberto le encantaba viajar, aunque su acercamiento a esas culturas diversas era más histórico y filosófico. Yo sí creo haber heredado de mi padre esa visión antropológica respecto de la realidad, me interesa muchísimo aunque sea desde mi faceta habitual de narradora.
P.- En esos viajes se hizo muy frecuente la presencia de Pasolini, ¿no es cierto? R.- Sí, venia a menudo con nosotros. Pier Paolo era realmente un amigo extraordinario, de un carácter tranquilo, tímido y dulcísimo. Muchos no se creen esto cuando lo cuento, porque tenía esa dualidad: cuando escribía se mostraba muy duro y provocador, pero en su vida diaria era incapaz de hacerle daño a una mosca. Nunca alzaba la voz ni se ofendía. Viajar con él era todo un placer, porque jamás se cansaba y se adaptaba a todo, como nosotros dos: ya hubiera que dormir en el suelo, en el coche o en una misión religiosa, atravesar por medio del fango o aguantar sin comida ni bebida durante horas. Así eran nuestros viajes, nos movíamos sin grandes comodidades y fuera del itinerario turístico.
«Todos los escritores noveles se acercaban a Moravia, pero sobre todo era él quien preguntaba. En el 68 era todo oídos, quería entender aquel movimiento»
P.- La turistificación podría ser señalada como una de las grandes plagas del mundo actual. En su ensayo El hombre como fin (1964), Moravia ya hablaba de la mercantilización del individuo que más tarde también Pasolini sostendría, y ambos criticaron la Europa del siglo XX por hipócrita y acomodaticia. ¿Se plantea alguna vez qué dirían de la actual? R.- Bueno, sin duda ambos fueron proféticos al hablar de la transformación de la civilización europea en todo lo que tiene que ver con el consumismo. Pienso que hoy día habrían sido francos y muy duros en lo que respecta a la globalización, la velocidad del mundo, el fetichismo de la tecnología.
Moravia, Maraini y Pasolini en Marruecos, año 1965 (foto: Mohammed Melehi / Fondo Alberto Moravia).
Entre las declaraciones visionarias de Moravia, tenemos las que hizo para El País en agosto de 1980: «Podría decirse que ahora el mundo es global […] Si yo me ocupo de un pequeño pueblo de 5.000 habitantes, veo todo muy realmente, muy concretamente […] Ahora que vivo en el mundo, todo se ha hecho abstracto y hay que tener mucha fuerza para comprender lo que hay debajo de ciertas fórmulas y detrás de cada eslogan».
R.- Hablando de la tecnología, ahora queremos atribuirle la capacidad de darnos un remedio para la pandemia, pero hemos visto que este pequeño microorganismo es más fuerte que cualquier solución tecnológica. Un misterio ante el que nuestro cuerpo (a diferencia de la tecnología, que se puede desarrollar) queda inerme, expuesto a sus debilidades y su fragilidad. Creo que estas cuestiones ya las predijo en cierto modo Alberto, y luego a esas ideas Pier Paolo le añadió pasión, emotividad poética. Porque recordemos que Pasolini era, antes que cualquier otra cosa, un gran poeta, como dijo Alberto con lágrimas en los ojos en aquel famoso discurso.
Se refiere Maraini a las inolvidables palabras que pronunció Moravia en el funeral de su amigo, el 5 de noviembre de 1975, para poner de manifiesto la grandeza de una figura que Italia llora todavía hoy: «Hemos perdido, ante todo, a un poeta. Y no hay muchos poetas en el mundo, solo nacen tres o cuatro en un siglo. Cuando termine este siglo, Pasolini será uno de los pocos que contarán como poeta. El poeta debe ser sagrado».
«En el mundo de hoy, Moravia y Pasolini habrían sido muy duros criticando el fetichismo de la tecnología»
P.- Es inmenso el legado de Pasolini y sin duda aquel reconocimiento de Moravia lo engrandeció aún más. Pero, respecto a usted misma, ¿no ha estado nunca temerosa de la sombra que la figura de Moravia pudiese ejercer sobre la suya propia como escritora? R.- Pues mire, al inicio de nuestra relación tenía ese temor. Para colmo, alguno incluso llegó a decir que mis libros los escribía él [ríe]… por entonces, muchos no creían que una mujer pudiese tener talento. Pero yo lo amaba tanto que esos comentarios, aunque me molestaban, jamás entorpecieron nuestra vida de pareja. Él siempre se alegró por mis éxitos porque era un hombre generoso, no sentía a los demás como rivales. Elsa Morante, su primera mujer, logró una gran repercusión con su obra y a veces hasta mayores ventas que Alberto, pero él nunca cayó en la mezquindad de competir con ella; era demasiado inteligente para eso.
Autorretrato de Dacia Maraini con Alberto Moravia al fondo (foto: Archivo Dacia Maraini).
Paradójicamente, la muerte de Moravia pareció traer algo de justicia poética a la carrera de Maraini, quien ese mismo año publicaría La larga vida de Marianna Ucrìa (1990), convertido a la sazón en el mayor de sus éxitos. La desgracia fue que él no viviera para leerlo ni asistir a su gran acogida. En esa década y las posteriores, la autora florentina siguió alumbrando libros importantes, convirtiéndose sin pretenderlo en aquella idea que Moravia tenía del escritor como testigo, poseedor de «la verdad de quienes presencian los hechos de su tiempo y los reproducen con honestidad». También las obras de Maraini, aun cuando se centran en sucesos remotos, nos hablan del mundo de hoy.
«Trío»: la humanidad como enfermedad incurable
Fue durante la preparación de La larga vida de Marianna Ucrìa, en la década de 1980, cuando Dacia Maraini tuvo conocimiento de la historia que este año ha convertido en Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. Por entonces investigaba sobre esta isla italiana y el siglo XVIII para dar contexto a su novela, consultando no solo libros, sino también documentos de la época como testamentos, cartas o diarios. Un día se topó con unas crónicas sobre la peste en Messina que la impresionaron. Eran el relato de una tragedia que comienza en 1743, con una embarcación procedente de Grecia y doce marineros a bordo que, sin saberlo, portan la enfermedad. Con el paso de los meses, la bacteria arrasa con un 70% de la población que habitaba la llamada puerta de Sicilia, con la salvedad de unos pocos que han logrado huir.
Muchos años después de conocer esta historia, en 2006, Maraini publicó un cuento de apenas diez páginas con aquel escenario de fondo. Se trataba de un sencillo relato amoroso en el que una mujer escapa de la peste con su marido y se refugian en la montaña. A la autora le parecía interesante la idea de que, en una situación de extremo riesgo, los sentimientos se vuelven más intensos. Y ahí quedó la cosa hasta este 2020, con la llegada de la pandemia y un confinamiento que la obligó a pasar tres meses encerrada en casa, sola. Fue entonces cuando la asaltó aquella historia y sus paralelismos con la situación actual. Recuperó la historia y la reescribió como novela, con una novedad argumental decisiva: la relación de amor sería a tres, con dos mujeres protagonistas, amigas desde la infancia que, desde un estatus diferente (esposa la una, amante la otra) comparten al mismo hombre y luchan por que que su amistad sobreviva.
Dacia Maraini ha publicado este año «Trío», que ahora edita Altamarea en España (foto: Giuseppe Moretti).
Resulta inevitable pensar en otras ternas que han sido esenciales en la trayectoria vital de Dacia Maraini. Tres fueron a menudo, como hemos contado, en su amistad con Alberto Moravia y Pier Paolo Pasolini. Tres mujeres, también, acompañaron a Moravia como pareja a lo largo de tres etapas distintas, primero Elsa Morante (1941-1962), luego la propia Maraini (1962-1983) y finalmente Carmen Llera (1986-1990).
Pregunta.- La idea del enamoramiento tiene en este relato la connotación de una dolencia: «Para nosotras, las mujeres, el amor es como una enfermedad incurable», expresa una de las protagonistas. ¿Por qué ha querido darle ese matiz en nuestro contexto actual? Respuesta.- Desde el punto de vista psicológico, es impresionante comprobar cómo el ser humano no ha cambiado mucho desde aquella epidemia en Sicilia. Todavía hoy nos ponemos a buscar al autor, al responsable, igual que entonces fue lo primero que se hizo. En la crisis actual, se ha ido apuntando como culpables a un complot internacional, al Estado porque esconde las cosas, a China, a la gran industria farmacéutica…
P.- Parece que necesitemos un enemigo menos abstracto que el virus. R.- Exacto. De hecho, la otra cuestión comparable a entonces es el miedo, que no produce nunca nada bueno. Hay una parte de la sociedad que reacciona bien, con generosidad y solidaridad, pero diría que es una minoría. Para la mayoría, el miedo está sacando a la luz unos sentimientos que permanecían ocultos, como en secreto: aislamiento, odio, agresividad. Estas reacciones me inquietan porque yo, que ya he vivido una guerra, no querría pasar por otra. Y el ambiente que estamos percibiendo, usted mismo lo estará viendo, es muy parecido al de una guerra. Asistimos a una explosión de violencia en todo el mundo.
«El miedo al virus está sacando a la luz sentimientos ocultos: aislamiento, odio, agresividad. Yo, que ya he vivido una guerra, no querría pasar por otra»
Un apunte sobre la infancia de Dacia y el origen de su desasosiego. Teniendo ella apenas dos años, su familia abandonó la Italia fascista para recalar en Japón, donde su padre Fosco había obtenido una beca para continuar su carrera como etnólogo. Poco después y debido al pacto firmado por la República de Saló, los Maraini acabarían confinados en un campo de concentración japonés entre 1943 y 1946, una brutal experiencia que la escritora evocó más tarde en la colección de poemas Mangiami pure (1978).
P.- La crueldad de los prejuicios sociales es otro de los temas que suelen interesarle. En Trío leemos: «Para él dos mujeres que aman al mismo hombre no pueden pensar más que en veneno y cuchillos». Colocar en primer plano de este relato un ejemplo de sororidad, ¿es una forma de luchar contra esas ideas nocivas? R.- Absolutamente. Pienso que la amistad es lo más sagrado que pueda existir, siempre y cuando no sea interesada ni haya sexo de por medio. El sexo es mucho más salvaje, animalesco, suele tender a la exclusividad; por tanto, es difícil de controlar, como ocurre por ejemplo con los celos. Por contra, la amistad deviene algo precioso que puede durar toda la vida, y no es exclusiva. En Trío no solo quería introducir como protagonistas a estas dos mujeres jóvenes e inteligentes que son muy amigas, sino también esa nueva cultura que se instala entre ellas, de forma inconsciente, y que está naciendo en ese momento para sustituir al feudalismo. Este se basaba en una relación vertical entre señor y siervo en todos los ámbitos; incluso en el matrimonio, donde esposa e hijos eran propiedad del padre de familia. Sin embargo en Europa, a mitad del siglo XVIII, surgen esas ideas nuevas, que más tarde desembocarán en la Ilustración, fundadas en el deseo y la demanda de libertad, lo que comportaba igualdad a todos los niveles. De alguna forma, ellas sienten esa nueva cultura que invade el continente y, como son abiertas y buenas lectoras (lo que resulta fundamental), la aplican a su amistad con un libre albedrío que antes habría sido imposible.
P.- Tras leerla, he pensado en Trío como una versión (muy diferente) de Jules y Jim, en este caso con dos mujeres en el triángulo de afectos. Lo que me resulta interesante de su libro es que estas mujeres no son solo protagonistas, sino también narradoras subjetivas. ¿Cuál fue el motivo de darle forma epistolar a su novela? R.- La idea me vino a la cabeza porque, en aquel periodo histórico sobre el que tanto he leído, todo se escribía a través de cartas. Por ejemplo, muchísimas obras filosóficas de la época tenían formato epistolar. Se ha de tener en cuenta que entonces el correo postal era importantísimo, se escribía a diario porque no había ningún otro medio de comunicación, y las cartas eran el medio esencial para la difusión y el intercambio de las ideas. Por eso cuando comencé a escribir, de una forma bastante espontánea, me salió reproducir aquel estilo, aquel modo de proceder y de hablarse que era típico del siglo XVIII.
P.- Personalmente, su novela me ha hecho pensar en otro tema de actualidad como es el poliamor u otras tendencias en la línea de las relaciones líquidas definidas por Zygmunt Bauman. Me resulta curioso pensar que el confinamiento quizá nos haya obligado más al amor doméstico y haya dificultado las relaciones abiertas. ¿Qué opina de estas formas nuevas (si lo son) de entender el amor? R.- Bueno… es una cuestión complicada. Estamos en una época en que la libertad se ha convertido en una conquista que todos reivindican, y por desgracia en el mundo no es que abunde. Yo no creo que se pueda hablar de una libertad sexual en sí misma, y en cualquier caso no existe si no se tiene libertad de pensamiento, de palabra, de movimiento. La libertad es una complejidad maravillosa, muy anhelada y defendida, pero siempre ha de darse en el marco de la sacralidad –aunque lo digo como persona laica– del otro. Para respetar ese principio, no hacen falta reglas hipócritas; basta una cierta sensibilidad hacia la otra persona.
«La amistad es lo más sagrado que pueda existir. El sexo es más salvaje, animalesco, tiende a la exclusividad»
Mapa de la ciudad de Messina en el siglo XVIII, incluido en el volumen editado por Altamarea.
Quizá ahí reside la clave de que Maraini apueste, al menos en este tramo de su vida, por un sentimiento menos tiránico que el amoroso: «La amistad es eterna, el amor es frágil, delicado, está destinado a morir joven», escribe una de sus heroínas. Ambas llevan esta relación a tres bandas con naturalidad y juntas evocan al marido/amante ausente. Por Helena de Troya estalló una guerra, pero aquí no, ya que en medio de la tragedia, la amistad se presenta como «la única certeza del futuro». De alguna forma, lo que les hace sobrevivir mentalmente a la pandemia es contarlo a la otra, compartirlo. Por eso es vital que Maraini cuente esta historia, porque son historias como esta las únicas que nos pueden salvar.
«Isolina»: escribir para dar voz a la justicia
La historia real de la que emerge el otro libro de Dacia Maraini que Altamarea ha editado este año, bajo el título Isolina. La mujer descuartizada, no es menos asombrosa ni menos oportuna. El suceso tuvo lugar en el año 1900, con la ciudad de Verona como escenario (no neutral, como veremos). Isolina era una chiquilla, bastante ingenua, de una familia muy pobre. Tiene un amorío con un militar, de la familia aristocrática Trivulzio. Se queda embarazada y quiere tenerlo, pero él está aterrorizado, porque se vería obligado a casarse con una mujer de clase baja. Entonces la invita a cenar y, junto a otros oficiales, la fuerza a abortar en una sala cerrada del restaurante. Isolina muere desangrada. Ellos la cortan en pedazos, los meten en bolsas y las arrojan al río Adigio, hasta que tiempo después son rescatadas e identificados los restos de la chica. A Trivulzio lo apresan y rápidamente lo condenan, pero en ese momento se activa una maquinaria de intimidaciones, pruebas desaparecidas y falsos testimonios para que absuelvan al teniente.
Ocho décadas más tarde, un editor encarga a Maraini –junto a otros destacados escritores italianos– un libro para una serie sobre casos de la crónica de sucesos del pasado. Le da un listado de temas a elegir, pero ninguno le convence, así que ella misma comienza a indagar en los diarios de finales del siglo XIX y principios del XX. Así da con la desconocida y silenciada historia de Isolina. No se lo piensa, pese a que es 1980 y el país (el mundo) quizá no esté tan preparado para un crudísimo relato de violencia de género y sistémica. Su estilo es seco y cortante, conciso y directo. Se me ocurre que tal vez tampoco hoy estemos preparados como sociedad para mirar de frente esta realidad, pero ahí la tenemos, delante de nuestros ojos.
Fotograma del documental sobre Dacia Maraini «Io sono nata viaggiando», 2013 (imagen: Karousel Films).
Pregunta.- ¿Qué le llevó en aquel momento a elegir este asunto tan áspero para el lector? Respuesta.- Es importante contextualizar en torno a Verona, una ciudad cuya población mayoritaria por aquel entonces eran militares de profesión. Muchos de ellos se sentían con el derecho de ir por ahí tonteando con estas chicas humildes, porque las ricas estaban más protegidas. En cambio, las jóvenes dedicadas a profesiones modestas (lavanderas, costureras, planchaderas…) eran frecuente objeto de desfogue para los militares. Isolina fue una de tantas, y si de algo pecó fue de candidez a la hora de poner esperanzas en su relación con Trivulzio. El argumento tenía que ver con la violencia de género, pero también con una mirada social sobre aquello que constituye la relación entre una institución y los ciudadanos, sobre todo los más pobres e indefensos. Cuando Trivulzio va a ser juzgado, el ejército italiano decide que esa mancha no puede atribuirse a la institución, y es eso lo que me pareció interesante del caso: que si una institución protege a un acusado, se convierte en cómplice de su crimen, como ocurrió aquí.
P.- En el caso de Isolina lo terrible, además, es que los pocos que la defendían, lo hacían con fines políticos (aunque fuesen antimilitaristas y, para muchos, loables). Como señala usted, sus propios abogados provocan que la víctima quede en un segundo plano. R.- Para mí, había un doble discurso de violencia, tanto privada como pública, que quise evidenciar. Le di un enfoque político, si se quiere, pero a mi manera: analizando todos los particulares de la historia, documentándome durante más de un año con los periódicos de la época, porque no se conservan otros testimonios. Hasta la tumba de Isolina fue eliminada, y no quedó ni su nombre en los registros del cementerio. Aquel libro era casi un acto de reivindicación, de justicia sobre la figura de esta jovencita, que además fue injuriada continuamente durante el proceso. Por eso lo escribí, para darle voz a la justicia.
«Si una institución protege a un acusado, como hizo el ejército italiano en el caso Isolina, se convierte en cómplice de su crimen»
P.- Su libro también me ha sacudido por ciertas similitudes del relato, tristemente, con la actualidad. Aquí en España hemos tenido de forma reciente un famoso caso de violación en grupo (La Manada) que, pese a las pruebas bastante claras, dividió a la opinión pública. Como en el caso Isolina, a veces el juicio moral a la víctima parecía pesar más, ¿qué es lo que no ha cambiado tanto desde 1900? R.- Creo que ciertos hombres débiles, que identifican la propia virilidad con la posesión de una mujer, están aterrados por la libertad que el género femenino ha conquistado. Como las mujeres se han hecho más aguerridas, decisoras y autónomas, para algunos se han convertido en una amenaza. Pero son aquellos hombres que no han entendido lo que significa la paridad y piensan que el dominio (el enjuiciamiento, el control, el maltrato) sobre las mujeres es parte del destino, algo que viene dado por naturaleza. Esos hombres, acaso los más frágiles, son aquellos que actúan con mayor brutalidad, porque no se ven capaces de soportar un cambio de roles. Incluso cuando no son conscientes, es esa la idea que subyace en sus acciones: te violo para humillarte, porque debes estar en tu sitio y no creerte independiente de mí.
P.- Creo que otro de los motivos por los que su libro resulta tan vigente es por la incidencia hoy día de los juicios mediáticos, como fue el de Isolina en su época. Su libro demuestra, por un lado, que el poder de los medios y su influencia en la opinión pública vienen de muy lejos. Por otro, que el periodismo de investigación (como el que usted puso en práctica para esta obra) es necesario. ¿Cree que en el mundo actual sigue habiendo sitio para este tipo de crónica? R.- Algún espacio queda, sí. Como ejemplo aquí en Italia tenemos la Rai 3 [cadena televisiva pública] que, aunque dispone de escasos recursos, cuenta con algunos periodistas de investigación muy buenos. Pero son pocos. La mayoría de las televisiones se basan en el escándalo, la repetición de viejas fórmulas, las mujeres vistas y exhibidas como cuerpos. Pero también en las redes sociales asistimos a comportamientos de una violencia verbal y una misoginia horrendas; además de anónimas, muy a menudo, y por tanto aún más viles. Incluso el lenguaje en estos canales resulta insoportable por su pobreza, superficialidad y vulgaridad, como si los mensajes salieran en forma de vómito social.
«No pretendo atacar al estómago del lector apelando a sus emociones más primitivas, yo quiero hacer que razone»
P.- La entiendo porque, además, sé que una de sus mayores motivaciones es la justicia, pero las ideologías y los sentimientos pueden afectar a la interpretación que cada uno hace de esa idea. ¿Cómo se puede evitar el sensacionalismo, la simplificación, incluso cuando se pretende hacer justicia (aunque sea escribiendo, como en su caso)? R.- De hecho no es nada fácil, porque el riesgo de que ciertos temas caigan en lo morboso siempre está ahí. En Isolina traté de atenerme a un lenguaje muy sencillo, límpido, lo más transparente posible. Cuando escribo novelas, mi estilo suele ser más rico en metáforas y otras figuras literarias, pero aquí quise mantener un tono sobrio justamente para evitar la complacencia. Quizá me divierto más escribiendo ficción, donde incluso me gusta probar invenciones lingüísticas, pero para este tipo de relato suelo crear una mayor distancia. Mi intención era jugar lo menos posible con la imaginación, centrándome en los hechos, las palabras del proceso. No pretendo atacar al estómago del lector apelando a sus emociones más primitivas, yo quiero hacer que razone.
Dicho y hecho. Al menos por unas horas, olvidamos la saturación de imágenes a la que estamos acostumbrados (e insensibilizados) y nos hacemos partícipes de otro grado de rigor, de honestidad, para representar la realidad. Por si a alguno se le había olvidado, las palabras son todo aquello con lo que contamos, literalmente. Dacia Maraini, con toda justicia, las ha conseguido restituir para nosotros.
Altamarea Ediciones ha publicado de Dacia Maraini los libros Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia (2020), Isolina. La mujer descuartizada (2020), Cuerpo feliz. Mujeres, revoluciones y un hijo perdido (2019) y Los años rotos (2018). De Alberto Moravia ha incluido en su catálogo ¿De qué tribu eres? (2019) y Agostino (2019).