viernes, 21 de diciembre de 2001

Kazio Ishiguro / Cuando fuimos huérfanos / Novela de detectives




Kazuo Ishiguro revela las múltiples caras del mal en una novela de detectives

'Cuando fuimos huérfanos' se desarrolla en Shanghai en la época de entreguerras


Manuel Ramos Martín
21 de septiembre de 2001

Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) retoma en su quinta novela, Cuando fuimos huérfanos (Anagrama), una obsesión recurrente en casi todos sus libros, y que deriva de 'abrir la caja de los recuerdos'. El escritor ironiza también sobre los esquemas clásicos de la novela británica de detectives que terminan por 'simplificar el mal'. Ishiguro sitúa al investigador Cristopher Banks en Shanghai durante la época de entreguerras para resolver un misterio que le atormenta desde la infancia, la desaparición de sus padres. En la trama está también implicada la mafia del opio china.
El detective Christopher Banks, el más célebre de los investigadores de Londres durante la época de entreguerras, siente la obligación de regresar a Shan-ghai, donde pasó su infancia, para resolver el único misterio que atormenta su vida: qué ocurrió con sus padres, que desaparecieron en la ciudad asiática cuando él sólo contaba con 10 años. Con este argumento inicial, Kazuo Ishiguro coloca al protagonista de su quinta novela, Cuando fuimos huérfanos, frente a una 'caja de los recuerdos' repleta de las más terribles experiencias 'pero que también guarda la verdad sobre nosotros mismos', dijo el escritor en la presentación de su novela, ayer, en Barcelona.
La nostalgia, presente en casi todas las creaciones del escritor, vuelve a marcar la evolución de los personajes creados por Ishiguro, 'porque la memoria es el filtro a través del que creamos la historia sobre nosotros mismos'. La diferencia en esta ocasión radica en que el autor construye vidas 'mucho más caóticas, porque no son los valores y los ideales los que marcan el camino de cada uno, como pensaba al escribir anteriores novelas, como Los restos del día'.
Kazuo Ishiguro, nacido en Japón aunque reside en el Reino Unido desde su infancia, crea en Cuando fuimos huérfanos una historia de detectives que también le sirve para ironizar sobre la novela de misterio de Agatha Christie en la que el mal se simplifica y personaliza en un solo criminal. 'La II Guerra Mundial llevó a la gente a comprender que la naturaleza del mal es mucho más complicada que todo esto, el riesgo que se corre ahora es pretender volver a la filosofía del enemigo personificado en una sola figura', dijo el escritor al referirse a los últimos atentados terroristas en Estados Unidos.
Ishiguro, que no encuentra en el Londres actual 'próspero y seguro' el escenario para cuestionarse 'las grandes preguntas', viaja nuevamente en el tiempo hasta la época de entreguerras y sitúa la acción de su novela entre una Europa en la que surge con fuerza el fascismo y el Shanghai colonial donde creció su padre, 'una ciudad que era entonces el cruce de caminos de la historia'. Allí aparecen los poderes imperialistas europeos, los refugiados de la revolución rusa, los judíos huidos del nazismo y la guerra china entre nacionalistas y comunistas. Un tiempo histórico bajo cuya sombra creció el autor y que ahora siente la responsabilidad de recuperar. 'Mis padres me contaban sus experiencias sobre la guerra, unas historias que me cansaban y aburrían cuando era joven. Sin embargo, la generación que sufrió la guerra está desapareciendo y las generaciones siguientes tenemos la obligación de ordenar todos estos recuerdos'.
Ishiguro, que confiesa que 'cuanto más viejo, más difícil me resulta escribir novela', rechaza las críticas que inscriben su creación literaria dentro de los moldes clásicos de la narrativa inglesa. El escritor reconoce que hubo un momento en que le interesó llevar la escritura clásica británica a su propio estilo, 'aunque ahora prefiero reflejar más lo que siento', afirmó.
Ishiguro trabaja actualmente en una novela -'que no sigue ninguna filosofía sobre cómo escribir, porque los métodos convencionales y el realismo no son en muchas ocasiones suficientes'- en la que el narrador tiene voz femenina, con la que también supera 'el nerviosismo que encontraba al escribir sobre las mujeres'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de septiembre de 2001



RETRATOS AJENOS

FICCIONES





martes, 18 de diciembre de 2001

Quinto marido para Joan Collins

Joan Collins y Percy Gibson


QUINTO MARIDO PARA JOAN COLLINS


BBC NEWS
Londres, 18 de diciembre de 2001

La actriz Joan Collins, de 68 años, va a casarse con su novio Percy Gibson, de 36 años, el próximo mes de febrero en Londres, según ha anunciado el portavoz de ella. Gibson, gerente teatral, nacido en Perú, se lo propuso a la estrella el pasado mes de mayo mientras estaban en Nueva York. Ambos se conocieron cuando la actriz protagonizaba la obra Love Letters en una gira por Estados Unidos. Sin embargo, el amor no surgió hasta que Gibson la ayudó con la edición de su novela Star Quality. Collins describió su amor por él como 'cuando te alcanza un rayo'.


EL PAÍS



lunes, 17 de diciembre de 2001

Eric Homberger / W. G. Sebald


W. G. Sebald


W. G. Sebald

El escritor alemán marcado por el olvido de sus compatriotas tras la Segunda Guerra Mundial

Eric Homberger / WG Sebald

Eric Homberger
Lunes 17 de diciembre de 2001

"No creo que se pueda escribir desde una posición moral comprometida", comentó el escritor alemán  WG Sebald , fallecido a los 57 años en un accidente de coche en East Anglia. Ese escrúpulo lo situó en desacuerdo con gran parte de la escritura contemporánea.
W. G. Sebald


W. G. Sebald

El escritor alemán marcado por el olvido de sus compatriotas tras la Segunda Guerra Mundial

Eric Homberger / WG Sebald

Eric Homberger
Lunes 17 de diciembre de 2001

"No creo que se pueda escribir desde una posición moral comprometida", comentó el escritor alemán  WG Sebald , fallecido a los 57 años en un accidente de coche en East Anglia. Ese escrúpulo lo situó en desacuerdo con gran parte de la escritura contemporánea.

sábado, 8 de diciembre de 2001

Sergio Pitol / Los orígenes de la divina garza


Sergio Pitol

Los orígenes de la divina garza


IGNACIO ECHEVARRIA
8 DIC 2001

Prolifera en los últimos tiempos un tipo de literatura que gusta sobre todo a quienes gusta que les guste la literatura. Así dicho parece una majadería, o una paradoja, o una maldad, pero no tiene por qué ser una cosa ni la otra, o al menos no necesariamente. A ese tipo de literatura -a veces de muy alta literatura, sin reticencias- le viene al pelo el término bel letrismo, acuñado por César Aira hace algún tiempo. Entiéndase: conciertos de buenas maneras, de convenientes lecturas, de bien decir, que eventualmente hilvanan con elegancia reflexiones filosóficas, divagaciones literarias, moralidades, crónicas personales, notas de viaje, obsesiones y devociones varias, acompañadas a menudo de citas y testimonios directos, y hasta de fotografías.



EL VIAJE

Sergio Pitol Anagrama. Barcelona, 2001 176 páginas. 1.900 pesetas

Como antes su memorable El arte de la fuga (1996), este último libro de Sergio Pitol, El viaje, participa en cierto modo, con su labilidad genérica, de esta amena y pacífica y acogedora corriente. Pero se distingue muy favorablemente por dos cualidades amabilísimas. En primer lugar, por la perfecta ausencia de esnobismo y de sofisticación, es decir, por la sencillez, o mejor aún la humildad, la emocionante transparencia de su escritura. Y además por su delicada pero en absoluto errática construcción, de naturaleza hondamente narrativa.
Todo comienza con el propósito, por parte de Pitol, de escribir 'una crónica literaria en clave menor' sobre los años que pasó en Praga como diplomático. Al revisar sus cuadernos de aquella época, encontró Pitol uno que contenía 'apuntes relativos a un breve viaje que hice a la Unión Soviética durante el experimento de Gorbachov', en 1986. En aquel viaje, Pitol había sido testigo de 'algo único: los primeros pasos de un dinosaurio por mucho tiempo congelado'. Eran los años de la perestroika. 'Por todas partes había brotes de vida. Era una consagración de la primavera, celebrada entre miles de obstáculos, de trampas, de rostros marcados por el odio'.
El cuaderno en cuestión, con los apuntes correspondientes a los quince días que duró el viaje, constituye el eje de este libro (el último, quizá, de una episódica pero muy notable tradición del turismo intelectual: la del 'viaje a la URSS'). Un libro que tiene mucho de apasionado tributo a la cultura rusa, por la que manifiesta Pitol una inveterada fascinación, pero que, conforme avanza, se revela como semillero de extrañas y portentosas experiencias de las que había de brotar -a modo de reviviscencia onírica, escatológica, carnavalesca- el argumento de Domar a la divina garza (1988), la novela que Pitol había de ponerse a escribir a su regreso a Praga, bajo la advocación de Bajtín.
En la primera etapa de su viaje, Pitol visita Moscú, invitado a dar una conferencia por la Asociación de Escritores Soviéticos (institución que, tal como se ofrece a los ojos de Pitol, parece salida de una novela de Bulgákov). La tirantez y el agobio de los días transcurridos allí tienen su correlato en dos testimonios sobrecogedores: la carta enviada por Méyerhold a Stalin, poco antes de morir torturado, y el retrato que Pitol hace de Marina Tsvetáieva y su familia.
A continuación se traslada Pitol a Tbilisi, la capital de Georgia, invitado ahora por la Unión de Escritores de esa república. Y el contraste con lo vivido en Moscú no puede ser mayor. Pitol descubre un país lleno de vitalidad, de colorido, de belleza ('¿a qué mundo he llegado?', se pregunta), en el que los aires de renovación alentados por Gorbachov han cobrado ya una fuerza imparable. Su vaharada se deja sentir en el asombro y la dicha que inunda a Pitol a cada paso, y no deja de producir al lector el regusto melancólico que dejan tras de sí las epifanías ya marchitas.
Pitol es de los contadísimos escritores capaces de relatar sus sueños nocturnos sin aburrir al lector. Los apuntes de su viaje contienen varios, alguno extraordinario. Igualmente extraordinarias son algunas de las situaciones delirantes en que Pitol se ve envuelto (¿será posible la anécdota de las letrinas públicas?), y de los personajes que conoce. Pero es en el centro mismo del libro y en su final donde Pitol cuela estratégicamente dos evocaciones de su infancia -las dos páginas magistrales sobre los Peces rojos de Matisse e 'Iván, niño ruso'- que, como una clave secreta, dejan bien clara cuál es la dirección profunda del viaje emprendido.
¿Existe el 'alma rusa'? Haber pretendido que sí le valió a Pitol, en su día, ironías y reproches, a los que este libro parece responder educadamente. La respuesta es, en no escasa medida, un elocuente santoral, en el que, a la ilustre vera de Chéjov y de Gógol, figuran los nombres de Dostoievski, de Tolstói, de Pushkin, de Pasternak, de Bely, de Pilniak, de Shklovski, de Lermontov, de Ajmátova, de Bulgákov, de Nabokov.
En cuanto a Tsvetáieva, en el retrato terrible que Pitol le dedica cuenta cómo, en su última época, dueña ya de una maestría admirable, 'escribe, sobre todo, ensayos y juega con los géneros a placer', de forma que cada pieza que compone 'es siempre un relato y la cápsula de una novela y una crónica de época y un trozo de autobiografía'. No hay mejor modo de describir El viaje.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de diciembre de 2001
EL PAÌS



FICCIONES

jueves, 6 de diciembre de 2001

Sergio Pitol / 'He tenido una libertad enorme que hace que mi obra sea diferente'

Sergio Pitol

SERGIO PITOL

'He tenido una libertad enorme que hace que mi obra sea diferente'

Rosa Mora
6 de diciembre de 2001


El escritor mexicano explica que con El viaje cierra la etapa iniciada con El arte de la fuga y que prepara una novela situada en el siglo XIX, pero no histórica.


Sergio Pitol (México, 1933) fue embajador de su país en Checoslovaquia entre 1983 y 1988. Durante su estancia en Praga fue invitado, 'como escritor, no como diplomático', por la Unión de Escritores de Georgia a visitar esta república. Fue un viaje inolvidable, pasando por Moscú y por la entonces Leningrado hasta llegar casi de milagro a Tiflis, la capital de Georgia. Se podría decir que El viaje, que acaba de publicar Anagrama, es el diario de este azaroso recorrido, pero es más, es mucho más. Junto al relato de ese regreso a Moscú y a Leningrado, con su paisaje y su arte, aparecen escenas delirantes sobre la kafkiana burocracia rusa, recuerdos de la infancia, sueños, textos acertadísimos de autores como Pilniak o Nabokov o una carta de Méyerhold que da testimonio de las torturas sufridas durante la represión estalinista. El viaje es también, y sobre todo, un homenaje a la literatura rusa.





'Tengo deudas con el Siglo de Oro, sobre todo con el teatro. También con Galdós'
'Los nuevos autores latinoamericanos no están en grupos. Se conocen porque conocen su literatura, que es individual, originalísima'

El viaje se inscribe en la línea iniciada con El arte de la fuga (Anagrama) y continuada con Pasión por la trama(Huerga)
PREGUNTA. Dice que sus autores preferidos son Gógol y Chéjov y, sin embargo, dedica más espacio a Marina Tsvetáieva. ¿Por qué?
RESPUESTA. Podría haber sido Ajmátova, que es también una extraordinaria poeta y escritora, con una extraordinaria personalidad y que es para los rusos como Tolstói, un ser amado, y Tsvetáieva no. Quizá por que acababa de leer dos libros suyos, esa prosa de crónicas de vida, autobiográficas, donde todo está en todo, donde todos los detalles son el cuerpo literario.
P. Se nota en el libro que no le es simpática.
R. Es verdad, pero es la que es, una giganta de la literatura. Marina estaba alejada de la realidad. Por ella, su familia muere o sufre persecución, ese alejamiento de la realidad lleva a la gente cercana al patíbulo. Rilke mismo, que le dedicó un poema estupendo y que la admiraba, no quiso verla nunca, le daba temor por esa cosa tan tensa y posesiva de Marina.
P. Al comentar la literatura de Tsvetáieva, parece que está hablando de la suya.
R. Quizá porque somos de una misma familia literaria, para la que todos los detalles no son casuales. El viaje es un libro informe, no tiene un género prístino, cristalino, sino que se le acumulan otras cosas. Empecé esta línea, después de la hipnosis, en El arte de la fuga. De repente sentí que el diario necesitaba otro acompañamiento.
P. En El arte de la fuga cuenta usted que fue a una sesión de hipnosis y que acabó encontrándose consigo mismo.
R. Fue la experiencia más importante de mi vida. En esa sesión llegué a un momento siniestro de mi niñez y comprendí que el sentido de mi vida dependía de esos momentos de la infancia. Fue cuando salió la muerte de mi madre. Me sirvió como procedimiento literario: aprendí a provocar la memoria y a parar los recuerdos en momentos que no eran relevantes. A partir de entonces mis libros fueron un acomodamiento de elementos heterogéneos. No sucede gran cosa, pero es un paso de vida. Ahora quiero salir de esto.
P. ¿Por qué?
R. Porque ya he escrito tres libros en esta poética y sé que un cuarto fallaría. Los hice con tanta intensidad y me agoté tanto que si siguiera por ahí mi escritura se podría volver mecánica. Tengo algunos textos de los dos últimos años en esta línea, que saldrán algún día en forma de libro, pero ahora pienso en cosas mucho más nuevas, quiero probarme en otros terrenos. Lo dejo, como también dejé las novelas carnavalescas, esas que eran satíricas, goyescas y paródicas. Algo siempre va quedando, pero va a ser otra cosa aunque vaya pellizcando del pasado.
P. Aseguran que prepara una novela sobre una enana positiva.
R. Algo de eso hay, pero... He estado leyendo mucha historia de México del siglo XIX. Es un siglo fabuloso, en Europa el de las utopías, nosotros tuvimos las luchas entre conservadores y liberales, hubo personajes soberbios.
P. ¿Será una novela histórica?
R. Se situará en el siglo XIX, pero no va a ser novela histórica, sino el marco, el escenario, será histórico. La trama va a ser absolutamente autónoma, marcada por la época.
P. Ha dicho usted que es eslavista de corazón, que leyó Guerra y paz cuando tenía 12 años.
R. Sí, y no he parado de hacerlo desde entonces, pero tampoco estoy casado con la literatura rusa.
P. ¿Cuáles son sus influencias literarias?
R. Tengo deudas con el Siglo de Oro, sobre todo con el teatro. También con Galdós. Eso se lo debo a los republicanos que se exiliaron en México, que me apasionaron por Galdós, por Bergamín, por Cernuda, por María Zambrano. Se lo debo sobre todo a don Manuel Martínez de Pedroso, rector de la Universidad de Sevilla, que se exilió en México después de la guerra. Tenía tertulias como las que se hacían en España y en ellas conocí a Max Aub, a Altolaguirre, a Américo Castro. Nos sentíamos muy cerca del pensamiento de la República. Y claro, también están Chéjov, Schwob, Sterne, la poesía mexicana del grupo de los contemporáneos, Borges y Onetti.
P. ¿Qué opina de los nuevos escritores latinoamericanos?
R. Ahora hay una nueva literatura latinoamericana muy diferente a la del boom.Los escritores no están en grupos, se conocen porque conocen su literatura, que es absolutamente individual, originalísima. El mayor representante es César Aira, pero también están Roberto Bolaño, Rodrigo Rey Rosa o Mario Bellatin, todos son distintos entre sí y también distintos de las generaciones anteriores.
P. Dice usted que siente envidia de Aira.
R. Sí, porque yo lamento la ausencia de los conocimientos filosóficos que tan bien maneja Aira y que le dan un peso especial a sus novelas, como Cumpleaños.Aira es el más importante y radical de los nuevos autores latinoamericanos y a mí, que estoy en el umbral de los 70 años, leerlo me da una gran sensación de libertad.
P. Cita usted a Canetti en su libro y dice que, como a él, quisiera 'aprender el lenguaje, aprender a hablar, y aprender que no tiene uno que desear ser respetado'. ¿Lo ha conseguido?
R. Trato... bueno, creo que sí. He tenido una libertad interior enorme que ha hecho que mi obra sea diferente a otras.
P. ¿Cómo logró esa libertad?
R. La atribuyo a los muchos años que estuve fuera de México. Cuando empecé a escribir hubiera podido quedarme y estar con una revista en contra de otra revista. Pero me fui y eso me dio la libertad de no leer la literatura de moda, de no rendir ese homenaje que se hace a las nuevas escuelas. En los últimos años, la maquinaria editorial internacional es fortísima. Ahora se lee a Barthes y Barthes tiene que ser citado, ahora ya no es Barthes, es Derrida, ahora no es Derrida... Y luego cuando pasan de moda, nadie en los cenáculos académicos y también literarios. Mi trato con la literatura ha sido siempre hedónico.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de diciembre de 2001
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