viernes, 20 de febrero de 2026

Me ha costado solo 39 años de espera y esfuerzos que Charles Williams vuelva a ser publicado en España


Charles Williams
El escritor Charles Williams.

LITERATURA

Me ha costado solo 39 años de espera y esfuerzos que Charles Williams vuelva a ser publicado en España


Charles Williams vendió millones de ejemplares en los 50 y fue adaptado por Truffaut. Orson Welles dejó sin terminar otra adaptación de culto... Y después cayó en el olvido y se suicidó. Y ahora, su tensa y gozosa 'Calma total' aparece al fin traducida al español.

Hernán Migoya

19 de febrero de 2026


De niño nunca leí libros de niños. Mis padres me permitían leer lo que quisiera, así que a los nueve años ya devoraba novelas para adultos surgidas de las mentes deliciosamente depravadas de Jim Thompson, Patricia Highsmith y Giorgio Scerbanenco. Eso, luego, pesaría en mi propia obra, condenada a estrellarse contra el heredero moral legítimo del catolicismo más rancio: el sector cultural español.


Como todos los grandes y pequeños escritores perversos, en el fondo soy un romántico. Y la obra que, en mi primera adolescencia, ejerció de catalizador de mis sentimentalismos ya derrotistas y de mis impulsos amorosos ya suicidas fue una novela negra titulada El arrecife del Escorpión, en su edición bolsilibro de Bruguera, que compré en 1982, a mis 12 años, con la paga semanal que me daba mamá. Su autor era un desconocido para mí llamado Charles Williams, nacido en Texas, en 1909 y muerto en Los Ángeles, en 1975.


UN ESCRITOR DE PUEBLO Y DE MAR

El arrecife... es una fabulación perfecta y la demostración literaria de que hay que desconfiar de la palabra. Escasean los escritores y poetas con fe en la palabra que no sean unos manipuladores descarados, tanto relamidos de categoría como García Márquez o Neruda como más ramplones, a lo Sándor Márai o Isabel Allende. Mucho mejores, qué me va usted a contar, quienes recelan de la palabra o no la idolatran: Borges, Kundera o Vonnegut.


En El arrecife... aprendí que ni los cuadernos de bitácora son dignos de credibilidad. Y, sobre todo, asistí a la mayor historia de amor jamás narrada. Aquella que, para existir y ser veraz, requiere que el lector elija creer pese a no disponer de suficientes fundamentos para hacerlo. Como en la vida misma.

Seguí comprando las pocas novelas de Williams que aparecían en España (menos de la mitad de su bibliografía: las mejores, en la colección catalana La Cua de Palla) y quedé fascinado con sus artefactos perfectos de suspense, protagonizados por hombres y mujeres comunes enfrentados al crimen o a la ley. Me escamaba que solo se supiera de él que había sido operador de radio en la marina mercante hasta estrenarse en la literatura ya cuarentón. En los años 50 sus títulos se vendían a millones, pero a finales de los 60 emprendió un declive comercial que en la década de 1970 lo abocaría a un injusto olvido y, probablemente, al suicidio.


François Truffaut, que lo adaptó en su último filme (Vivamente el domingo), propaló que Williams se había hundido con su propio velero en alta mar. Tan melodramático final fue otro de esos falsos desenlaces que, como el amor eterno, arraigan porque todos los queremos creer. Pero yo descubrí una verdad mucho más vulgar y terrible.


PERSIGUIENDO A WILLIAMS

Mi obsesión con Williams llegó a tal extremo que, a los 26 años, este hijo de carpintero berciano se fue a Estados Unidos de mochilero a investigar por cuenta propia cuanto pudiera de él. Localicé a su mejor amigo, el agente literario Don Congdon (representante asimismo de Richard Matheson y Ray Bradbury), quien, octogenario, me recibió en su oficina neoyorquina, asombrado de que ese joven español se interesara en pleno 1997 por la existencia de un autor fallecido y marginado editorialmente desde hacía más de dos décadas.


Congdon me puso en contacto con la hija de Williams, Alison. Gracias an ella pude recibir y leer todas las novelas restantes de su padre, así como un par de guiones cinematográficos que no logró vender a Hollywood. Ese viaje lo completé con una incursión al pueblo natal de Williams, San Angelo, y a la oficina catastral de Austin, donde accedí a los datos de su familia.


Un año después, la Semana Negra de Gijón, por mediación de su entonces subdirector. Ángel de la Calle, publicó mi libro La tormenta y la calma, el único volumen ensayístico consagrado a la vida y obra de Charles Williams que existe en el mundo. Hoy circulan copias traducidas por IA entre los expertos internacionales en género negro. Durante ese verano de 1998, la Semana rindió homenaje a Williams con la presencia de la propia Alison.


Ella me contó la realidad del suicidio de su padre: deprimido no solo por su mala racha profesional, sino también por la muerte por cáncer de su esposa Lasca Foster, el escritor se había instalado en un modesto bungalow del barrio angelino de Van Nuys. Una noche, tras dejar una nota a su agente y otra a su hija, agarró su escopeta y, tendido en la cama, se descerrajó un tiro en la boca. Alison descubrió el cadáver al día siguiente. Unos segundos antes, toparse con el diario de la mañana tirado sobre el felpudo frente a la puerta del bungalow trajo consigo la peor de las premoniciones.


CALMA TOTAL

Más deudor de James M. Cain que de Hammett o Chandler, la gran virtud de Charles Williams es su efectividad narrativa y cómo utiliza nuestras emociones básicas para hacernos sentir que estamos atrapados en el mismo atolladero que sus protagonistas. Su dominio de las situaciones límite resulta abrumador.


A Williams le gusta ubicar sus tramas en pequeños pueblos sureños, como en Labios ardientes (magníficamente filmada por Dennis Hopper en 1990); o sirviéndose del mar como único escenario, como en Calma total. En ambos casos, ese marco despojado funciona como una olla a presión, donde su tapa (y nuestra adrenalina) termina saltando por los aires en unos clímax de infarto.


A excepción de una reedición en 2016 de El arrecife... (Medianoche Editorial) que prologué y no contó con distribución convencional ni apenas difusión, Williams lleva sin ser publicado en España desde 1987. Por si fuera poco, su emblemática Calma total seguía inédita en nuestro país (en los 70 circuló una versión argentina, Mar calmo), pese al éxito del filme que la adaptó en 1989, dirigido por Philip Noyce y protagonizado por Nicole Kidman, Sam Neill y Billy Zane; o pese al culto de la adaptación inacabada de Orson Welles en 1970.


En 2011 traduje por placer la novela original, con la inestimable ayuda del oficial retirado de la Armada Benito Chereguini de Tapia, el cual desentrañó con maestría la jerga náutica. Me costó 14 años interesar a algún editor: fueron Borja F. Caamaño y su sello Bunker Books los que decidieron mojarse con esta portentosa aventura de terror y suspense marítimos.

Hoy la edición española de Calma total (que dedico a Benito, quien ahora estará surcando algún mar celestial junto al propio Williams) parte con buen viento para recalar en todas las librerías españolas.

Si desean vivir una aventura marina que los haga sentir mil emociones gozosas, lean esta enorme novela.

El escritor y guionista Hernán Migoya es el traductor de Calma total, de Charles Williams (recuperada por Bunker Books).


EL MUNDO


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