miércoles, 4 de febrero de 2026

'Despedidas' /Julian Barnes dice adiós con elegancia y flema británica

 

El escritor británico Julian Barnes. <span>|</span> Wikimedia Commons

El escritor británico Julian Barnes.  | Wikimedia Commons



'Despedidas', Julian Barnes dice adiós con elegancia y flema británica

El escritor, de 80 años, clausura su brillante trayectoria literaria con una reflexión sobre la vejez y la muerte


Mauricio Bach
4 de febrero de 2026

«Este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo. Terminar mi último libro en vida y después guardar silencio tiene al menos una consecuencia positiva: significa que no me interrumpirán. Es una forma de negarle potestad a la muerte. Aunque sea de un modo ínfimo, hay que reconocer», explica Julian Barnes en Despedidas (Anagrama).

El año pasado Acantilado publicó Con la vida por detrás, un ensayo en el que Antoine Compagnon analiza el estilo tardío de algunos grandes escritores a través de las obras escritas en la senectud. Pues bien, este libro de Barnes es otra muestra de esta literatura del ocaso. El autor tiene ahora 80 años y padece un raro cáncer de sangre llamado neoplasia mieloproliferativa, «incurable pero tratable». En Despedidas encara su adiós definitivo de la literatura y de la vida, con la proverbial elegancia y sofisticación de su escritura y con esa flema británica que previene cualquier amago de ponerse demasiado tremebundo y campanudo. Confiesa el autor: «Y ahora, en el final, no tengo grandiosas declaraciones que ofrecer, ni unas famosas últimas palabras que pronunciar». Y apunta, sin perder la compostura y con un punto de ironía, que «obviamente, como agnóstico/ateo no veo muchas ventajas en el hecho de estar muerto».

Con este texto, Julian Barnes culmina y clausura una trayectoria literaria en su conjunto primorosa, que nos deja casi una treintena de libros escritos a lo largo de cuatro décadas. Ha formado parte de una generación superlativa de escritores británicos —a los que aquí la editorial Anagrama lanzó con el resultón eslogan de dream team-—, cuyos nombres más destacados son, junto a él, Ian McEwan, el premio Nobel Kazuo Ishiguro y el ya fallecido Martin Amis. A ellos podríamos añadir a Jonathan Coe, Graham Swift, Alan Hollinghurst y Hanif Kureishi. He tenido el placer de traducir al castellano obras de unos cuentos de ellos, incluidas las dos últimas novelas de Ishiguro y un volumen de relatos de Barnes.

Un rasgo admirable de estos autores británicos es el escrupuloso respeto de algo que debería ser el primer mandamiento para cualquier novelista: escribir pensando en el disfrute de los lectores, no de espaldas a ellos. Alejados del ombliguismo autocomplaciente y la pirueta vacua, en todos ellos hay un meritorio empeño de narradores que nunca pierden de vista que al otro lado hay un destinatario de sus escritos. Lo cual no implica en absoluto bajar el listón de la ambición. De hecho, han creado libros muy osados, sin por ello dejar de ser legibles y seductores. Por ejemplo, en Cáscara de nuez de McEwan, una suerte de relectura moderna de Hamlet, el narrador es un feto en el vientre de su madre; Klara y el sol de Ishiguro es una novela de ciencia ficción narrada por un ser artificial y La flecha del tiempo de Amis es una historia contada hacia atrás.

En el caso de Barnes, siempre ha sido aficionado a romper los compartimentos estancos entre los géneros. Lo hizo en la obra que lo lanzó al estrellato, esa delicia francófila titulada El loro de Flaubert, cóctel literario que combina narración, ensayo y erudición flaubertiana. Volvió a las andadas con los relatos de Una historia del mundo en diez capítulos y medio, y en Niveles de vida entrelazaba tres narraciones en apariencia inconexas, las dos primeras sobre personajes históricos decimonónicos y la última, en primera persona, sobre el duelo por la muerte de su esposa.

Mezcla de géneros

Aunque a lo largo de su trayectoria también ha demostrado el buen manejo del formato novelístico más ortodoxo. En sus inicios contó historias de parejas y triángulos e hizo una incursión en la sátira con Inglaterra, Inglaterra, sobre un magnate empeñado en construir un parque temático que reúna todos los tópicos británicos. Su madurez literaria fructificó en esa concisa obra maestra que es El sentido de un final —con la que ganó el Premio Booker—, cuyo protagonista es un hombre que, acaso demasiado tarde, cae en la cuenta de que ha cimentado su vida sobre interpretaciones erróneas de los acontecimientos que ha vivido. El tono evocativo de esta novela se prolongaba en la también muy recomendable La única historia, sobre un amor de juventud con una mujer madura. También incursionó en la novela con ambientación histórica en Arthur & George, en la que aparecía Conan Doyle como personaje, y en la magnífica El ruido del tiempo, sobre las penurias de Shostakovich bajo el yugo de Stalin. Menos conocido es que también escribió, como divertimento, algunas novelitas policiacas, firmadas con el seudónimo Dan Kavanagh.

En el ámbito ensayístico nos regaló El hombre de la bata roja, un estupendo paseo por la Belle Époque a partir del cuadro de Sargent, Nada que temer, que mezcla la memoria familiar con las reflexiones sobre Dios y el miedo a la muerte.

En Despedidas vuelve a abordar la idea del final inevitable, en una nueva muestra de su gusto por la hibridación de géneros. Se compone de varias partes autobiográficas en las que el autor reflexiona sobre la vejez y la cercanía de la muerte, con evocaciones de personas queridas a las que perdió, desde su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, a la editora Carmen Callil, pasando por Martin Amis. También explora la memoria y los juegos y jugarretas a los que esta nos somete, con Proust y su magdalena como invitados de honor. Y expone lo que supuso enfrentarse al diagnóstico de su enfermedad en la época del confinamiento.

A todo esto se suma una narración en dos partes, una suerte de relato dentro del relato, en la que cuenta la peripecia de Jean y Stephen, a los que conoció en sus tiempos de estudiante en Oxford. Él los presentó, se enamoraron, vivieron juntos y después se separaron. Hasta que muchos años después se reencontraron por azar y retomaron su relación, con una perspectiva vital muy diferente. Con un perro de raza Jack Russell llamado Jimmy por medio, que el escritor acaba heredando tras el fallecimiento de Jean.

El resultado de este puzle es una sugerente meditación sobre la existencia, la asunción de la decrepitud con sus achaques y el inevitable telón final. Escribe Julian Barnes: «La vida no es una tragedia con un final feliz, pese a lo que prometa la religión; más bien es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste. O como dijo aquel, ʻuna comedia para los que piensan, y una tragedia para los que sientenʽ. La primera persona a la que amé, me dijo un día pensando en su futura muerte: ʻEcharé de menos saber lo que sucedeʽ».


THE OBJETIVE


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