domingo, 15 de febrero de 2026

Cees Nooteboom / Thomas Bernhard y Botho Strauss

 



Cees Nooteboom
THOMAS BERNHARD Y BOTHO STRAUSS

Ahora cruzo al otro lado. Empleo esas palabras casi sin pensar en ellas, luego las oigo y me pongo a pensar en ellas. El otro lado. Como si el Muro fuese un río. Como si hubiese surgido por sí solo en vez de haber sido construido. Un fenómeno natural. Por lo general suele ser fácil cruzar al otro lado. Esta vez no. He cogido el S-Bahn en la estación del Zoo hacia la Friedrichstrasse, donde se encuentra el paso, fronterizo. Cúpula, transparente, hierro fundido, grandes trenes, luz tenue. Se quiera o no el decorado sigue teniendo algo de Graham Greene o de Le Carré, no tengo remedio. Desciendo por las escaleras, el ris-ras de las suelas de mis contemporáneos. Luego se llega a un vestíbulo. Ya lo conozco, sé que ahora tengo que torcer a la derecha.
Andere Staaten, ‘otros países’. Hoy hay cinco taquillas abiertas, pasajes estrechos, se nos estruja por ellas como si fueran un colador. No tienen nada de moderno, ni de práctico, son más bien amateurs, provisionales, como si se contase con que no fuesen a durar mucho. La multitud entre la que me encuentro: polacos, muchos viejos. Me llegan por debajo de los hombros, y eso que no soy muy alto. Son viejos y bajos, van cargados con enormes maletas y cajas. La procesión avanza con una lentitud infinita, hemos de doblar una esquina para entrar por la portilla. Yo estoy en la parte interior de la curva, la exterior va más rápido. También los que se cuelan, los asiduos y los occidentales, que claramente sobresalen de entre la multitud, están estancados.


    Sigo sin poder ver la portilla, pero sé cómo es. El solitario funcionario sentado en su caseta de madera de color beige muy claro. El funcionario está en alto, uno tiene que levantar los papeles a la altura del cuello, los viejos tienen que estirarse para poder llegar. Él está sentado, mira tu foto, te mira a ti. Detrás, colgada de un clavo en la pared, está su gorra, un objeto curioso y redondo, decoración mural de color verde. Entregas cinco marcos para el visado de un día y te dan un papel.
    Luego todo va muy de prisa. Se sale despedido de la portilla, se cambia la suma obligatoria (25 DM) y de repente se encuentra uno fuera. Se encuentra uno allí. Allí. Allí también es mundo. Tranvías, coches, Trabants .
Chasquean y despiden un olor un tanto desagradable. Me dirijo a pie hacia Unter den Linden. Nada de particular. Gente, tiendas, pisadas. Poco tráfico, la jornada laboral ya ha concluido. Voy al teatro, por lo demás, nada especial. A lo lejos se dibuja la Puerta de Brandeburgo, que normalmente solo puedo ver del otro lado. La estatua que la corona está al revés, lo sé, aunque ahora no la pueda ver. Tan solo alcanzo a ver los espacios abiertos entre las columnas, y esos son los mismos, aquí y allí. Allí es ahora aquí porque estoy a este lado, eso es todo.

***
    La obra es de Thomas Bernhard, se titula
Der Theatermacher. La leí en otro tiempo: el «teatrero» Bruscon, al final de su viaje, acompañado por su familia a la que tiraniza y humilla, llega a un pueblo de mala muerte, un paraje que le resulta tan tremendamente humillante para su grandeza que se niega a recordar cómo se llama, Grutzbach, Utzbach o algo por el estilo. Una salita mugrienta y ruinosa de la posada del lugar, de fuera llegan los gruñidos de cerdos hambrientos. Aquí será representada su obra La rueda de la historiacon él como protagonista. Su tosigosa mujer y sus sórdidos hijos carentes de talento son los otros personajes.

    Bernhard es fatalidad, sumisión, humillación, insulto, megalomanía, servilidad rastrera, interminable porfía sobre detalles nimios, en este caso se trata del cartel luminoso que dice «salida de emergencia», que según el actor no puede estar encendido durante los últimos minutos de la obra. Todo ello en olas retóricas, una y otra vez ese aluvión de reiteraciones, hasta convertirse en jeremiadas, el tedio exasperante incrustado en la médula de los huesos, la ineludible fatalidad de la vida cotidiana atornillada al cráneo, como en Hermans 5 . Solo entonces uno se puede marchar, abatido. La posada está en llamas, la obra se suspende, pero uno ya ha visto su obra de teatro, afuera el griterío de la gente se confunde con el de los cerdos, la estatua de Stalin, caída de la rueda de la historia, yace estúpida y envarada sobre la tarima. La familia de cómicos puede seguir su camino hacia el siguiente paraje del espanto. Nada de catarsis, de purificación en el escenario, ningún atisbo de  solución, y aun así ese extraño efecto que tiene en el espectador: toda esa inmundicia que le atraviesa el cuerpo a uno actúa como un purificador.

    Una obra de Bernhard es una camisa de fuerza que uno se deja poner voluntariamente, a sabiendas de que si la obra está bien interpretada, las correas irán apretando más y más, y uno las seguirá sintiendo aun habiendo concluido la obra. En esta –al menos en la versión que he leído– el autor incorpora a Austria, y como de costumbre, la abuchea, se mofa de ella, la odia como en cada una de sus otras obras. Pero para esta puesta en escena, el director ha pensado otra cosa: la crítica a Austria se convierte en la crítica al propio régimen, un desplazamiento sutil pero certero de acusaciones y alusiones al lugar en el que nos hallamos. De ahí que lo que en Bernhard resulta patético –ese odio que el escritor austríaco siente por su tierra– se convierte aquí en un cabaret político con comentarios sobre la cultura proletaria, sobre los actores funcionarios del Estado, sobre el nazismo y el sistema, y por eso no es ninguna coincidencia que sea Stalin el que termine por los suelos al final de la obra.
    Yo ya había leído algo al respecto: lo excepcional que resultaba que eso se permitiera en la RDA, y claro que es así, pero cómo distinguir si una sonrisa procede de una garganta occidental u oriental. Singular dualidad: en la risa occidental hay un elemento de asombro y también una cierta alegría por la risa oriental, por el hecho de que se permita, pero justamente por ello, esa risa se carga de ambigüedad, ante la simple consciencia de la propia osadía.
    El teatro en sí es una caja de bombones restaurada: estatuas, frescos, tonos crema, elegancia. ¿Quiénes son del Este y quiénes del Oeste? Para saberlo hay que mirar los zapatos, dice mi amigo húngaro, aunque eso no es del todo cierto porque los alemanes occidentales usan a veces esos horripilantes zapatos grises o amarillentos. No, tienes que fijarte en las costuras de la ropa, me explicó en cierta ocasión una germanista de Berlín Oeste, pero eso es ir demasiado lejos. Me limito a constatar que a veces lo veo y a veces no, y que a lo mejor es que ni siquiera lo quiero ver. Ese es su juego de sociedad, no el mío, ellos verán.
    En la pausa se sirven fuertes cócteles en la barra, en el mío hay una dosis tan generosa de ron cubano que entro en la sala planeando. Como sé que tengo que salir del país antes de las doce, ceno en un restaurante cerca de la estación. Camareros con pajaritas blancas, con una especie de frac, velas, vino húngaro, rumano, búlgaro, nada de cerveza, una carta copiosa, y una vez más, elegancia. Fuera, la oscura cúpula de la estación, las taquillas, el uniforme, la mirada penetrante de la foto a la cara, el S-Bahn casi vacío, esa distancia de nada que es una distancia inmensa.

***

    También en el Oeste voy a ver una obra de teatro:
Die Zeit und das Zimmer, ‘El tiempo y la habitación’, de Botho Strauss. Al tiempo, como de costumbre, no se le ve, en cualquier caso no de inmediato, y en la penumbra previa al comienzo de la obra el espacio tiene el aspecto de una habitación. Bastante vacía, bastante pelada, un verdadero espacio. Tres ventanas. Y ante una de las ventanas, dos sillas formando un ángulo de cuarenta y cinco grados. En esas sillas dos hombres fumando que no pueden verse a no ser que tuerzan el cuello unos noventa grados. Bajo la tenue luz, el espectador puede consultar el programa impreso en letra finústica, y como buen espectador que soy, encuentro muchas cosas que me gustan y unas cuantas que conozco. Borges sobre el tiempo, san Agustín sobre el tiempo. Así pues, el tiempo, de eso va la obra. Se recurre a Bergson, Plotino, Jung, Lewis Carroll, Ballard, Dios y a todo el mundo para que quede claro que aquí de lo que se trata es del tiempo. La minúscula de rigor en mi idioma no basta aquí. Como en el alemán, quiere ser mayúscula, designar un concepto, no algún que otro tiempo fortuito o necesario, sino el Tiempo, el elemento misterioso en el que habitan todos los tiempos, los del ayer, desgastados, enmohecidos, olvidados, y los del mañana, vacíos, nuevos e inasibles. El tiempo medido e inconmensurable, los miserables minutos y segundos de nuestra escala y los impúdicos años luz de la Vía Láctea, los quasars y el eterno terciopelo de fondo. Un contexto así basta para cargarse el argumento de cualquier obra. Sé que ahora alguien quiere que vea algo en la santa penumbra de sus intenciones trascendentales, pero no lo veo, tampoco me hace falta verlo. Lo que veo es ya lo suficientemente extraño, cautivador y apasionante. Escenas absurdas, arias de la locura, óperas, luchas; enigmas, desesperación. Libgart Schwarz, en el papel de Marie Steuber –la mujer sobre la que hablan los dos hombres en las sillas como si se tratara de una transeúnte casual observada desde la ventana– pasa a formar parte de sus vidas. Le sigue una comitiva de otras figuras, repentinas e igualmente casuales, que se prestan a efímeras combinaciones químicas, un pandemónium de unas relaciones primero entrelazadas y luego desliadas, escenas de ira y pasión, misterios, risa floja, las lagunas en las relaciones entre las personas, los hallazgos y las chispas de lo que en otros tiempos se conocía con el nombre de teatro de bulevar. No me cabe duda de que para Strauss el móvil aquí ha sido la idea filosófica del Tiempo. Quien se pone a pensar más de media hora acaba siempre por toparse con el tiempo, el Tiempo pues. Lo que vi en la sala durante esas dos horas (medida inevitable) era un espejo del mundo conocido y desconocido, del que a duras penas me pude librar una vez que terminó la obra. Y aquí, una vez más, unos actores que le conducen a uno al borde del delirio.
    Otra vez en el otro lado, la cara de Jano del mundo, el allí y el aquí. La televisión de este lado. Un programa sobre Schönhuber y su partido, die Republikaner. Todo país tiene que tener su partido de ultraderecha, ¿por qué los alemanes han de ser menos? Eso se aporta como argumento. Pero, ¿qué pensar cuando una gran parte de la policía es miembro de ese partido? «Somos un partido de policías», dice el propio líder, y de repente suena diferente. Un 78% de los policías se siente dejado en la estacada por «la política». Un 64% es de la opinión de que los jueces alemanes son demasiado clementes. En pocas palabras, la policía está enfadada, no le gustan los extranjeros, está mal pagada, insatisfecha y vota masivamente a la ultraderecha. En las imágenes de archivo se les ve avanzar contra un enemigo enmascarado, vestido de negro que les tira piedras. «Se les tiene más simpatía a los Chaoten que a nosotros». y luego las imágenes que le siguen, salas llenas de policías en torno a su nuevo héroe, el único que les comprende. Un sindicato de la policía preocupado, que no puede prescindir de los 20.000 republicanos de su lista de miembros. Después, todavía a este lado, Pekín, Gorbachov, Den Xiaoping que deja caer un trozo de carne de sus palillos, diez mil estudiantes que gritan por la democracia.
    Y al otro lado: también Pekín, pero a nadie se le cae nada de la boca y nadie pide democracia. Discursos, himnos nacionales, palabras grandilocuentes, como aquí, en donde Honecker recibe a Mengistu. El líder etíope va acompañado de una mujer de ensueño y lleva una especie de uniforme de color azul celeste sin distintivos. Pero mientras suena su interminable himno nacional, él no cesa de mover la mandíbula, se puede ver claramente, movimientos ondulantes pequeños y tenaces bajo la piel negra. Un oficial con casco se encuentra ante él con el sable desenvainado, rinde los honores emitiendo un largo grito alemán y se aleja coceando con sus botas hacia el sol. ¿Sabía entonces Mengistu que en Etiopía se estaba desarrollando un intento de golpe de Estado a consecuencia del cual morirían los dos militares de más alto rango del país?

    27 de mayo de 1989

Cees Nooteboom
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