jueves, 19 de febrero de 2026

La angustia del comunismo que ofrece Iván Cepeda

 


Iván Cepeda

Diego Santos
La angustia del comunismo que ofrece Iván Cepeda

El otro día me senté con un estudiante a tomar un café. Un muchacho brillante, juicioso, de esos que todavía creen en el país. Le gusta la política, la sigue, la analiza, pero no puede opinar como quisiera porque tiene un trabajo que le impone límites. Son las reglas y las respeta.

Hablábamos de las elecciones que se acercan, de la sensación de miedo que muchos sentimos. En medio de la conversación le dije algo que he repetido insistentemente: bajo ningún concepto votaría por Iván Cepeda ni por Abelardo De La Espriella. Mi rechazo a los extremos no es nuevo. Nunca me han gustado los discursos absolutos, los tonos mesiánicos ni las promesas que dividen al país en buenos y malos.

Su respuesta me dejó frío.

—Diego, ¿de verdad votarías en blanco? ¿Te has puesto a pensar de verdad en el futuro de Colombia en manos de Cepeda, en lo que representa, en lo que ha dicho que va a hacer, en la continuidad de este gobierno? Gente como yo, que no somos adinerados, que hacemos un esfuerzo enorme por estudiar, ¿qué futuro tenemos ahí? ¿Qué futuro tienes tú?




No lo dijo con rabia ni con odio. Lo dijo sereno. Era la voz de alguien que siente que el margen de error se agotó. Confieso que su franqueza me estremeció.

He sido crítico de los discursos que simplifican la realidad. Me incomoda la política que convierte al adversario en enemigo existencial, pero también es cierto que las ideologías existen, y las ideas tienen consecuencias. Cepeda no es un candidato ambiguo. Tiene una visión clara del Estado, del papel del mercado, de la relación entre poder y propiedad. Es el artífice de la sangrienta y violenta “Paz Total”.

¿Es comunismo? Dirán que esa palabra es exagerada, pero la visión de Cepeda se inscribe en una tradición de izquierda dura que privilegia el control estatal, que desconfía profundamente del privado y que concibe la transformación social desde arriba,   un Estado fuerte y omnipresente.

La pregunta que me lanzó el joven no era ideológica. Era existencial. ¿Qué futuro tiene alguien que no viene de cuna privilegiada, que depende de la estabilidad económica, de la inversión, de un mercado laboral dinámico, si el país entra en un mundo comunista?

Sigo creyendo, con convicción, que la Gran Consulta representa la mejor opción para evitar que Colombia se parta en dos. Una alternativa de unión, de defensa de las libertades, de institucionalidad. Confío que se impondrá. Pero si no fuera así, si el país termina enfrentado entre extremos, mi decisión cambió: votaré por lo que no sea Cepeda.

No por miedo irracional, ni por odio, sino por una convicción profunda de que Colombia no puede darse el lujo de vivir permanentemente en la angustia.

La política no es un laboratorio ideológico. Es el destino concreto de millones de personas que, como ese estudiante, solo quieren estudiar, trabajar y construir un futuro sin sobresaltos. Esa responsabilidad pesa más que cualquier consigna.

EL COLOMBIANO



No hay comentarios:

Publicar un comentario