domingo, 20 de marzo de 2005

Tom Wolfe / La vida de Charlotte



Tom Wolfe

La vida de Charlotte

Tom Wolfe disecciona en su nuevo libro, 'Soy Charlotte Simmons' (Ediciones B), la vida de los universitarios. El autor de 'La hoguera de las vanidades' critica de forma ácida y sin piedad a los jóvenes norteamericanos, y los describe como ávidos de sexo, alcohol y droga. Una obra polémica.


Tom Wolfe
20 MAR 2005

Bettina, Charlotte
 y su nueva amiga Mimi, otra chica de primero, acababan de regresar de PowerPizza y estaban en el cuarto de la primera, con su habitual batiburrillo de sábanas y mantas arrugadas, almohadas retorcidas, ropa y toallas desparramadas por todas partes, catálogos, manuales y hojas de instrucciones abandonados, estuches de CD, revistas de belleza, paquetes de lentillas vacíos, cargadores sin nada que cargar y pelusa, pelusa y más pelusa. (…)
Y allí estaban las tres, evaluando la situación, que se resumía así: era viernes por la noche y estaban encerradas en una habitación de la residencia sin el más remoto 
-Tengo que… Me voy al gimnasio -anunció por fin Mimi.
-¿A las diez y media de la noche del viernes? -se sorprendió Bettina-. Seguro que está cerrado. Además, qué cuelgue. No somos tan patéticas.



-Bueno, pues ¿qué propones tú?
-¿Alguna tiene cartas o algún juego de mesa? -sugirió Charlotte.
-¡Va, venga! ¡Que ya no estamos en el insti! -bufó Bettina.
-¿Y una competición de chupitos, de esas que el que pierde tiene que beber? -propuso Mimi.
-¿Chupitos de alcohol? -preguntó Charlotte, intentando tragarse el susto.
-Sí. ¿Sabes lo que quiero decir?
-Sí… -contestó Charlotte, que no lo sabía en absoluto.
-¿Y de dónde vamos a sacar el alcohol? -preguntó Bettina.
-Es verdad -reconoció Mimi. (…)
Comenzaban a llegar gritos procedentes del patio, los chillidos inconfundibles, una vez más, de chicas que pregonaban su falsa angustia ante las payasadas de los chicos, que también metían bastante ruido con su estruendosa respuesta coral de risas varoniles, bramidos y exclamaciones. Para Charlotte, aquellos berridos se habían convertido en el himno de las vencedoras, es decir, de las chicas lo bastante atractivas, lo bastante experimentadas y lo bastante hábiles como para triunfar en Dupont, un éxito que, por lo visto, se medía en función de los chicos. (…)
-Podemos ir a la bolera -aventuró Charlotte.
-Vaaaale -convino Mimi, alargando la palabra con voz cansina-. ¿Alguna tiene coche?
-No.
-No.
-Bueno, pues como que va a ser difícil.
-Vale, pero vamos a algún lado -insistió Bettina-. No sé, a una fiesta de alguna hermandad o lo que sea. Se ve que hay una en Saint Ray.
-¿Estás invitada? -quiso saber Charlotte, mirando también a Mimi para incluirla en la pregunta.
-Da igual -contestó Bettina-. A veces no dejan entrar a algún tío, pero las tías siempre pasan.
-Pero no conocemos a nadie -objetó Charlotte.
-Pues por eso mismo. Vamos a conocer gente. ¿Cómo vamos a hacer amigos si no salimos nunca de este pabellón repleto de colgados?
-¿Está muy lejos? ¿Cómo vamos a ir? ¿Y a volver?
-Con un poco de suerte, no hará falta volver -terció Mimi.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Charlotte.
-Pues que a lo mejor conocemos a unos chulazos y no nos hace falta volver a casa. (…)
En el cuarto de Bettina se encontró con dos chicas más que impacientes. Mimi llevaba vaqueros y el top rojo de Bettina con la espalda abierta, y ésta, también vaqueros y una camiseta ajustada, de las caras y elegantes, pero lo que más destacaba era el maquillaje. Las dos tenían los ojos marcados con las sombras de la noche, como los de Beverly cada vez que salía. Las dos eran rubias, pero de repente tenían cejas y pestañas negras. (…)
Al poco estaban andando a oscuras por el paseo Ladding, en la zona más antigua del recinto universitario. (…) El lugar estaba envuelto en un silencio tan profundo que costaba hacerse a la idea de que fueran a toparse con una gran fiesta. (…)
Ascendieron cuatro o cinco escalones bajos hasta el pórtico y cruzaron una puerta de dos hojas muy señorial para toparse con (¡toma ya!) aullidos, golpes sordos, chillidos, gruñidos y demás agonías de guitarras eléctricas, bajos eléctricos, teclados eléctricos, baterías amplificadas, sintetizadores digitales y cantantes jóvenes chillando a grito pelado por alguna extraña razón; un buen escándalo, en resumen, una tormenta que rugía sobre una nube de chicos y chicas que aullaban y gañían, que se retorcían por un lado y por otro, que revoloteaban como gorgojos en un delirante desfile a media luz, mientras un olor a podrido, acre, intenso y dulce iba extendiéndose como gas entre el calor (¡qué calor tan horroroso!) de tantos cuerpos aplastados unos contra otros y entrando en combustión a golpe de adrenalina. (…)
Les cortaba el camino una pesada mesa de madera al otro lado de la cual se sentaban dos chicos con camisas azules ligeramente desabrochadas y enormes cercos de sudor bajo las axilas. (…) Charlotte vio a una chica recia con vaqueros de cintura baja y el ombligo al aire colarse como pudo y seguir adelante sin hacer caso de los de la mesa, y a su espalda Bettina le metía prisas:
-¡No te pares! ¡No te pares!
Así pues, también ella se coló. Tenía la impresión de estar cometiendo una imprudencia, se sentía culpable, estaba asustada y no soportaba el calor. Bettina y Mimi también pasaron y las tres lograron apiñarse.
Mimi se pegó a Charlotte para hablarle por encima del estruendo general.
-¿Lo ves? ¡No es nada del otro mundo! -La seguridad, sin embargo, no se reflejaba en su rostro.
Se quedaron allí unos instantes tratando de orientarse. La tormenta acústica que se abatía sobre ellas procedía… ¿de dónde? Estaban tocando dos grupos, uno en cada extremo de la casa. En la oscuridad, en la otra punta del pasillo, parpadeaban luces estroboscópicas sobre una multitud de caras, blancas un momento y al siguiente en la más absoluta oscuridad, de modo que las propias caras parecían encenderse y apagarse entre risas, gritos y aullidos. Chicos que hacían ostentación de su estado etílico zigzagueaban entre la gente llevando vasos de plástico de medio litro, sonriendo con la boca abierta y dando manotazos a diestro y siniestro. Había dos a los que les temblaban espasmódicamente la cara, los ojos, el cuello y las manos, mientras otros tres los miraban desternillándose de risa. Aquel comportamiento febril dejó muda de asombro a Charlotte. Estaba ante docenas de chicos y chicas que se desgañitaban, sumidos en un éxtasis debido… ¿a qué? Se le iba la vista de una chica a otra en aquel palpitante crepúsculo discotequero. (…)
¿Y los destinatarios de los ardides de seducciónque veía por todas partes? Los chicos presentaban el mismo aspecto de todos los días, aunque también sudaban. Camisas con los faldones por fuera de los vaqueros, pantalones caqui, camisetas, polos, bermudas, zapatillas de deporte y chanclas. "Exactamente la misma ropa que un crío de doce años", se dijo Charlotte. Críos con la cara ensombrecida por barbas de una semana, con el pelo sin raya y despeinado, cayéndoles sobre la frente casi como si llevaran flequillo, aunque algunos se habían puesto gomina para darle forma. (…)
Apenas a metro y medio, un chico de caderas anchas y cejas pobladas y oscuras se abrió paso a codazos entre la multitud, borracho con orgullo, enarbolando un vaso de plástico y berreando:
-¡¡Quiero pillar cacho!! ¡¡Tengo que pillar cacho!! ¿Alguien sabe dónde se puede pillar cacho? (…)
La crudeza de aquella gracia dejó a Charlotte aturdida y asustada, presa de un miedo que se acrecentaba por momentos, el miedo a que se produjera una catástrofe de naturaleza desconocida. Charlotte Simmons se había convertido en una náufraga en aquel alboroto infernal ¡y todo el mundo iba a darse cuenta! ¡Debía de parecerles patética! Una niñata de pueblo vestida como una gazmoña en un sitio así, sin maquillaje, un animalillo desamparado en plena tormenta. (…)
Volvió a abrirse paso entre la multitud en busca de Bettina y Mimi. Se topó con un corrillo de chicas y pasó casi pegada a una de ellas, de aspecto exótico y con una melena morena lisa, muy larga y con raya en medio que le enmarcaba la cara.
-Pero ¿qué dices, tía? -gritaba-. ¡Qué va! ¡Si no hicimos nada!
En ese instante un chico corpulento y risueño dio un paso atrás y empujó a Charlotte, cuyo hombro a su vez chocó contra el de la chica, que volvió la cabeza y la miró con ceño desde su capucha de pelo.
-¡Lo siento! -se disculpó Charlotte.
La otra estudió su cara y su vestido estampado sin decir nada, ni siquiera una palabra de reproche. Luego se centró de nuevo en sus amigas y, como si Charlotte se hubiera desvanecido por arte de magia, dijo:
-Las tías de primero es que me dan una rabia… Yo voy a tercero y no tengo novio, pero no me paso todo el día por ahí de guay en plan: "Tío, pégame un polvo". ¡Y ellos como que flipan! Les va la carne fresca cantidad.
Más desesperada que nunca por encontrar refugio, Charlotte se retorció y serpenteó entre la gente para seguir avanzando. (…)
Sintió una mano en el brazo. Se volvió y se topó con un chico que aparentaba más de veinte años. Era asombrosamente guapo, aunque tenía la cara colorada y la frente cubierta de sudor. Todo él le pareció imponente: la hendidura del mentón y la mandíbula recta, el pelo castaño claro perfecto, los ojos color avellana que sin duda se burlaban de ella, la sonrisa que denotaba apenas una pizca de suficiencia, la camisa blanca con cuello de botones (tan recién lavada y planchada que aún se veían las marcas del doblez) y los pantalones caqui, que no estaban sucios, desgastados y deformados como los de los demás chicos, sino lavados y planchados impecablemente, con la raya bien visible. Irradiaba autoridad por todos los poros. Charlotte había quedado atrapada en su red. No quería ni pensar en las palabras que él estaba a punto de pronunciar, que serían "¿quién te ha invitado?" y luego "¿pues entonces qué haces aquí?".
-¡Hola! -exclamó el chico, inclinando la cabeza hacia ella para que lo oyera-. ¿Te molesta que te pregunte una cosa? Seguro que estás superharta de que la gente te diga que te pareces a Britney Spears.
Pero ¿a qué venía aquello? Llevaba un vaso de plástico blanco en una mano, ¿estaría borracho? Charlotte tardó unos instantes en plantearse la posibilidad de que en realidad estuviera ligando con ella. Enrojeció como un tomate y sonrió para evitar que se le notara el nerviosismo. Por fin logró decir:
-Pues no.
¡Pero con qué vocecilla! ¡Y con una sonrisita tan torpe y tan tonta! ¡Y una ambigüedad tan burda! El chico quizás entendería que no se cansaba de que la confundieran con Britney Spears. ¡Qué violenta se sentía entre aquel enjambre de chicas estupendas con el ombligo al aire y falditas de cuero de cintura baja!
El chico volvió a ponerle la mano en el brazo, como si sólo pretendiera sostenerse mientras se acercaba un poco más.
-Bueno, a mí me parece que eres clavada, y los de Saint Ray no decimos mentiras. (…)
Él le dio unas palmaditas en el brazo y añadió:
-No, mujer, que es broma. Sí que te pareces a Britney Spears, pero, si quieres que te sea sincero, lo que pasa es que me apetecía saludarte. -Clavó los ojos en los de ella desde una distancia de quince centímetros. Le puso la mano en el hombro y se lo apretó, como si fuera un mentor a punto de hacer una pregunta muy importante a su joven discípula-. ¿Te lo pasas bien? (…)
-Supongo -respondió-. Más o menos.
Él apartó la mano del hombro, puso la palma hacia arriba y la miró boquiabierto.
-¡Que lo supones! ¡Más o menos! -La mano regresó a su sitio-. ¿Y cómo podemos remediar eso?
Ella seguía sonriendo.
-Es que estoy buscando a dos personas.
-¿Chicos o chicas?
-Dos chicas de mi pabellón, del Patio Menor.
-Ah, qué alivio. En ese caso, ¿bailamos?
La sola idea la aterró. No sabía prácticamente nada sobre bailes modernos, su experiencia en ese campo se limitaba a los bailes country del Grange Hall, en Sparta. No obstante, si recibía las atenciones de un chico tan atractivo no tendría que seguir preocupándose por si estaba de más en la fiesta.
Tardó un poco, pero acabó asintiendo con la cabeza y diciendo con voz tenue:
-Vale.
-¡Perfecto! -exclamó él.
Le dio más palmaditas en el brazo, bebió un sorbo del vaso, le colocó la otra mano en la parte baja de la espalda y empezó a guiarla entre la multitud. Bueno, lo único que hacía era ayudarla, ¿no? No resultaba fácil avanzar entre tanta gente. Hacía un calor espantoso y sudaba tanto que la presión de la palma de su acompañante le pegaba el vestido al cuerpo. ¡Gemidos! ¡Ruidos sordos! La percusión le hacía temblar el tórax. (…)
Junto a una pared, cerca del grupo musical, entre destellos, un chico y una chica bailaban encima de una mesa también por fases. Eran dos cabezas que se meneaban, que aparecían y desaparecían (luz, oscuridad, luz, oscuridad) por fases, unos brazos que se agitaban como aspas de molino por fases, unas piernas que se abrían y se cerraban por fases, pero los dos estaban unidos por la cadera. Ambas pelvis se sacudían y se erguían por fases, sin separarse en ningún momento. Ella llevaba unos vaqueros de cintura tan baja que, cuando se retorcía lo suficiente, se vislumbraba el final de la hendidura entre unas nalgas sudorosas y resbaladizas. Los socarrones "uuuuh", "uuuuh", "uuuuh" de los chicos arremolinados en torno a la mesa hacían cabrillas sobre la cresta del estruendo. Hoyt también aparecía y desaparecía por fases, lo mismo que los brazos de la propia Charlotte, cuya vista fue acostumbrándose gradualmente al fenómeno. Entonces descubrió parejas en la pista que también bailaban así, pubis contra pubis. Dio un respingo. ¡Estaban simulando el acto sexual! ¡Allí delante de todo el mundo! Se acordó de una expresión repugnante de Regina, "follar en seco". ¡Estaban frotándose los genitales! ¡Algunas chicas se encorvaban para que ellos pudieran simular el coito por detrás, toma, toma, toma, toma, como perros en un corral!
Hoyt volvió a pasarle el brazo por detrás, inclinó la cabeza hasta casi pegarla a la de ella y preguntó:
-¿Te apetece bailar?
Charlotte fue incapaz de responder, tan horrorizada se sentía, y rechazó la propuesta con un brusco gesto de la cabeza.
-¡Eh, no puedes hacerme eso! -exclamó él con tono jocoso. ¿O quizá no? Charlotte abrió la boca pero sólo logró componer una sonrisa forzada (al fin y al cabo, no era culpa suya) mientras volvía a sacudir la cabeza. (…)
Él dobló el cuello y la miró fijamente con la lengua clavada en la mejilla, como diciendo: "¿Te crees tú que voy a dejar que te niegues?".
-¡Vamos! -La agarró de la mano y tiró de ella hacia la pista.
-¡Eh! -chilló ella. Un arrebato de rabia irrefrenable-. ¡Suéltame! ¡Déjame! ¡He cambiado de opinión, no quiero bailar!
Él la soltó, sorprendido por aquel arranque, y levantó las manos en actitud defensiva.
-¡Vale, tía! Tranquila, que no pasa nada. -Sonrió de oreja a oreja-. ¿Quién quería bailar? ¡He dicho que iba a darte una vueltecita para que vieras la casa y voy a dártela! (…)
Cuando volvió a colocarle la mano en la parte baja de la espalda y encauzarla desde la terraza hacia el gran salón, Charlotte fue consciente de que debía zafarse, pero… ¡Bettina y Mimi! Estaban en medio de la multitud con varias chicas, entre ellas Hadley, la amiga de la primera, ¡y Bettina la estaba mirando fijamente! La distancia les impedía decirse algo a gritos, pero Charlotte vio que arqueaba las cejas y hacía una mueca que prácticamente decía: "¡Qué fuerte! ¡Menudo chulazo te has buscado!". Mimi se quedó helada y la miró con gesto de sorpresa y envidia. Bettina y ella aún seguían metidas en una manada de novatas. (…)
Cuando quiso darse cuenta, Hoyt ya la había guiado por un mal iluminado y neblinoso pasillo de paredes revestidas de nogal tallado. En las juntas entre panel y panel había medias columnas nervadas del mismo tipo de madera. Los paneles eran tan oscuros que absorbían la poca luz existente. La neblina se convertía en una bruma espesa y los asistentes a la fiesta iban de un lado para otro parloteando y cacareando de forma demencial. (…)
Hoyt volvió a pasarle el brazo por la cintura, como si sólo quisiera hacerla cruzar el umbral. Charlotte se puso rígida por un instante, pero no se soltó. Hoyt solamente quería… ser un buen anfitrión.
-¿Adónde vamos? -insistió.
-Abajo -insistió él.
-¿Y abajo qué hay?
-Ya lo verás. (…)
Cada vez estaba más molesta, y no se tranquilizó cuando Hoyt la hizo entrar en la sala sin soltarla en ningún momento. "¡Que me quite la mano de encima de una vez!". Sin embargo, aquel cuarto subterráneo lleno de gente que bebía y fumaba le dio claustrofobia, y además él era su protector y su carta de presentación, así que dejó que la condujera así hacia lo desconocido. Los estudiantes estaban arremolinados en torno a una antigua barra de madera oscura con reposapiés de latón. Contentos (excesivamente contentos) por haber llegado a un territorio al que no podían acceder los demás, parloteaban, reían y chillaban. La parte inferior de una botella surgió describiendo un arco por encima de las cabezas del enjambre. Charlotte tardó un instante en darse cuenta de que la sujetaba un chico que dirigía el chorro de su contenido, fuera el que fuese, directamente hacia su propia garganta. (…)
Tras la barra había dos negros cuarentones con camisa blanca arremangada dejando los antebrazos al descubierto y corbata negra muy apretada en torno a la garganta. Los dos tenían grandes cercos de sudor bajo las axilas. Ante ellos, sobre la barra, tenían una hilera de botellas de whisky, ron, vino, vodka y otras bebidas más difíciles de distinguir. Todo (fuera cerveza, vino o vodka) se servía en vasos de plástico idénticos.
Sin dejar de aferrar a Charlotte, Hoyt le ofreció:
-¿Te apetece beber algo?
-Nada, gracias.
Sonrisa forzada.
-Va, mujer. ¡Si ni siquiera has querido bailar conmigo! ¡Al menos tómate una copa! -Lo dijo a gritos y la gente de la mesa se volvió hacia ellos.
Poco más que un susurro:
-Es que no bebo.
A grito pelado:
-¿Ni siquiera cerveza?
Con voz ronca:
-Eh… no. Pero tú tampoco estás bebiendo nada.
Sin dejar de berrear:
-¡Si te tomas una copa me animo!
Seguía con el brazo en torno a Charlotte. La miró, sonrió, le dio un buen achuchón y empezó a llevarla hacia el bar. (…)
-A lo mejor una copita de vino.
-¡Así me gusta! -se alegró él, y sin soltarla la llevó hasta el grupo de gente que había en la barra.
El grandullón Julian se les acercó y soltó:
-Qué morro tienes, Hoyt.
Como si ella no estuviera delante.
Hoyt se inclino hacia él y le dijo en voz baja:
-Vive y deja mojar, Julian, colega. -Se volvió hacia Charlotte y añadió-: ¿Tinto o blanco?
-No sé. ¿Tinto?
La soltó un momento y empezó a abrirse camino a la fuerza hacia primera línea de la barra. De pronto se detuvo y miró hacia un lado. Y acto seguido gritó a pleno pulmón:
-¡Eh! ¡Que no tenemos por qué enterarnos de todo!
El chico del sofá había encajado una pierna enfundada en vaquero entre los muslos enfundados en vaquero de su compañera, que había subido una pierna hasta prácticamente rodearlo por la cintura, y se movían con pequeñas embestidas. La gente se echó a reír y tres o cuatro chicos les gritaron también en tono jocoso que se fueran a otro lado. La pareja se desenredó y se incorporó a medias para mirar con cara de tontos a su público. La chica sostenida por Julian empezó a hacer un ruidito con los labios apretados, como si se escapara el aire por la boquilla de un globo sujetada con dos dedos. Le temblaban los labios y tenía los ojos abiertos, pero sin ver nada. Y así, sin más, se derrumbó. Julian evitó por los pelos que fuera a dar con sus huesos en el suelo.
-¡Qué putada! -exclamó. Levantó el cuerpo inerte y se lo echó al hombro-. Me cago en el Rohypnol.
Se dio media vuelta para llevársela y quedó visible un reguero fangoso que le bajaba a la chica por la parte trasera de una pierna. Era repugnante. Heces.
-Hoyt… Hoyt… -empezó Charlotte, horrorizada.
-Puaj -exclamó él-. No te preocupes -le sonrió-. Esa tía está chalada. Se mete relajantes musculares.
Al cabo de poco rato, Hoyt regresó de la barra con dos vasos de plástico, uno para ella y otro para él, que levantó como proponiendo un brindis. (…) Como no se le ocurría nada más, ella se lo llevó a los labios y bebió un sorbo. No era tan repugnante, pero aun así sintió una punzada de culpa. El único motivo por el que sostenía aquella bebida alcohólica era el miedo a quedar como una majadera delante de un montón de borrachos a los que no había visto en su vida. Sin embargo, bebió otro sorbo, esta vez más largo, y después otro aún más largo. Hasta entonces no había reparado en que Hoyt ni siquiera se había llevado el vaso a los labios.
No hacía más que vigilar de refilón el interior del vaso de ella y, con la sonrisa más afable y más sincera que pudiera imaginarse, mirarla a los ojos. Luego echó a andar hacia la puerta metálica.
-Ya te he dicho que no íbamos a quedarnos mucho -recordó el hombre del que una siempre podía fiarse-. Ven, voy a enseñarte lo de arriba.
Charlotte asintió y engulló otro trago.
Por fin se había relajado; confiaba plenamente en él. Qué cambio: en lugar del escalofrío de ansiedad que se había apoderado de ella nada más poner un pie en aquella casa, de repente corría algo cálido y tranquilizador por sus venas. Aquel chico tan guapo, Hoyt, que la había estimulado y asustado a un mismo tiempo, había resultado todo un caballero, además de todo un "chulazo", como diría Mimi. ¡Qué cara se le había quedado! ¡Y a Bettina! Eso era lo que veía al mirar a Hoyt a los ojos. No le importó que la agarrara de la mano y se la llevara escaleras arriba. (…)
Hoyt la conducía hacia la escalera noble, justo delante, con una barandilla que ascendía hasta el piso superior describiendo una curva exuberante. Se puso tiesa por una punzada de remordimientos provocada por la Gran Duda… ¿De verdad era sensato ir a ver "lo de arriba", fuera lo que fuese? Pero ya había compañeros de ambos sexos que subían y bajaban, en realidad, un flujo considerable. Tampoco era que el chico y ella fueran a quedarse solos en aquel piso. (…)
La escalera desembocaba en un rellano el triple de grande que el salón de la casa de Charlotte en Sparta. Nunca había visto un techo tan alto en el piso de arriba de una casa. En el centro, donde en su época tenía que haber habido una araña, había un fluorescente que emitía una luz cruda, azulada y gaseosa. Por un ancho pasillo vio montones de estudiantes agrupados en torno a las puertas abiertas, riendo a mandíbula batiente y estallando en vítores, alaridos y aplausos con los que evidentemente fingían dar su aprobación a alguien a modo de chanza, o en gemidos y rechiflas para mostrar su decepción, también simulada, sin dejar de beber de sus grandes vasos de plástico.
-¿Qué hacen? -quiso saber Charlotte. (…)
-No sé -suspiró él, moviendo la cabeza para dar a entender que daba igual, porque seguramente se trataba de algo absurdo, tedioso e infantil que no valía la pena investigar-. Venga, que te enseño las habitaciones. Vas a flipar. (…)
Hoyt se detuvo ante una puerta, esperó unos instantes en silencio a ver si oía algo y después la abrió. Era un gran dormitorio repleto de estudiantes de ambos sexos sentados al borde de las camas o en el suelo, en medio de una nube de humo de olor intenso y dulzón, sin decir palabra. Observaron a los recién llegados con unos ojos cautelosos y bien abiertos que recordaban a los de un mapache sorprendido en su escondite en plena noche, salvo una chica que se llevó a los labios un deforme cigarrillo sostenido entre pulgar e índice y aspiró una buena bocanada con los ojos cerrados.
-Paz -saludó Hoyt mientras cerraba la puerta y se alejó.
Abrió otra. Estaba a oscuras. La luz del pasillo bastó para revelar una litera. Accionó el interruptor de la pared. Una manta rojiza con estampado de indios norteamericanos metida por debajo del colchón de arriba y por debajo del de abajo formaba una especie de tienda. Charlotte oyó el susurro de una voz masculina:
-¿Quién coño anda ahí?
Hoyt apagó la luz y cerró la puerta.
-¿Has oído algo? ¿Alguien ha dicho algo?
-Sería algún tío que está durmiendo, no sé -contestó Hoyt.
Siguió avanzando a toda prisa por el pasillo, tirando de ella. Otra puerta. La abrió y asomó la cabeza. La luz estaba encendida. Dos camas. Una estaba hecha un asco, con las sábanas, la manta y la almohada revueltas y el forro del colchón arrugado. En la otra, la manta estaba estirada sobre la almohada como si alguien hubiera querido hacerla con esmero, pero por debajo había unos extraños bultos. Hoyt le indicó que entrara y cerró la puerta. Rodeándole los hombros con delicadeza, señaló la pared del fondo.
-Mira qué ventanas. Tienen más de dos metros y medio de altura. (…)
-¿Ésta es tu habitación? -preguntó Charlotte.
-No. La mía está abajo, donde toda la gente. En realidad es más grande que ésta, pero, vamos, ésta es un buen ejemplo. ¿Sabes qué?, le tengo muchísimo cariño a esta casa. (…)
En aquel instante se abrió la puerta del cuarto y en el umbral resonó una conversación animada casi convertida en un agudo canto. Sin soltar un ápice a Charlotte, Hoyt giró sobre los talones. Estaba entrando un chico alto y delgado de cabello rubio y alborotado. Rodeaba con el brazo a una chica castaña, pequeña y guapa que prácticamente se salía de una camisetita de tirantes finos y unos vaqueros de tiro bajo, atuendo que le dejaba el ombligo al aire.
-¡Joder, Vance, sal de aquí! -vociferó Hoyt-. ¡Esta habitación la hemos pillado nosotros!
La chica se quedó inmóvil, con una sonrisa tonta congelada en la cara.
-¡Vaaaale, tío! -contestó Vance sin liberarla-. Tranqui, tranqui, tranqui. Es que Howard y Lamar me habían dicho…
-¿Tú ves a Howard y a Lamar por alguna parte? Aquí estamos nosotros. Nos la hemos pillado.
El intruso miró el reloj y añadió:
-No sé, Hoyt, a mí me parece como que hace rato que se han acabado los siete minutos.
-Vance…
Vance levantó las manos hacia su amigo y cedió:
-Vale, de buen rollo. Pero cuando acabéis me avisas, ¿vale? Estamos en el piso de en medio.
"¡Esta habitación la hemos pillado nosotros!". "¡Vale, cuando acabéis me avisas!". A Charlotte se le helaron las manos. Tenía la cara al rojo vivo. Se soltó del abrazo de Hoyt y le dijo:
-¡Me parece que no te has enterado! ¡No hemos pillado esta habitación, te la habrás pillado tú! ¡Y no vamos a acabar nunca porque no vamos ni a empezar!
Hoyt miró un instante a Vance y a la morenita y luego echó la cabeza atrás y a un lado, suspiró y abrió los brazos con gesto de indefensión hasta quedar en posición de crucificado.
-Ya lo sé…
-¡Tú qué vas a saber! -chilló ella-. ¡Eres un guarro!
-¡Eh! ¡Tampoco hay que gritar! Es que… ¡Coño!
Era el macho eterno, de conducta modificada perpetuamente por la Mujer que Monta una Escena.
-¡Grito si me apetece! ¡Y me voy!
Y dicho eso echó a andar, ya con lágrimas en las mejillas, pasando por delante de él, de Vance y su morenita…
-¡Eh! ¡Espera…! -llamó Hoyt sin convicción. (…)
Cuando salió del ascensor en el quinto piso y se encontró con el vestíbulo totalmente silencioso le pareció un santuario, o al menos el único al que podía acudir Charlotte Simmons, y se permitió un buen sollozo lastimero. Luego enfiló el pasillo y… oyó susurros… ¡Santo cielo! Seis, siete, ocho chicas sentadas en hilera con el trasero en el suelo, la espalda contra la pared y las piernas, las de casi todas, estiradas para formar una fila de vaqueros envejecidos, pantalones cortos, zapatillas de deporte, chanclas, pies descalzos, rodillas huesudas… Ojos, todos los ojos, clavados en ella. Eran alumnas de primero que vivían en aquel piso. ¿Qué hacían en mitad del pasillo en plena noche? ¿Y qué pensarían de ella? Lagrimones, ojos hinchados… Tenía la impresión de que su nariz había doblado de tamaño, tan congestionada estaba de tanto llorar. Y seguro que habían oído el gemido que había soltado al salir del ascensor. Su presencia era un reto. Para dejarla llegar a su cuarto tendrían que mover las piernas. Si se veía obligada a hablar con ellas, a pedirles que la dejaran pasar… ¡No; sería incapaz! ¡Se echaría a llorar otra vez! Se mordió el labio inferior y se ordenó ser fuerte, muy fuerte, venga, sin rendirse, aguantando. El primer par de rodillas y vaqueros raídos se plegó para dejarle paso. Eran de lo más enclenque y pertenecían a una chica de origen chino, esquelética, con la cara sumamente pálida y el pelo color manzanilla y cortado a lo garçon. Se llamaba Maddy y era horrorosa, a pesar de que había ganado una competición de ciencias muy importante a nivel nacional, el premio Westinghouse o algo así. Charlotte no la soportaba, pero no logró escapar de aquellos ojazos desproporcionados, que se alzaron hacia ella para que la asquerosa de Maddy preguntara:
-¿Qué te ha pasado?
Charlotte mantuvo la cabeza gacha y se limitó a sacudirla, que era todo lo que se sentía capaz de hacer para indicar que no le había pasado nada. Sólo sirvió para azuzar la curiosidad de Maddy.
-Te hemos oído llorar. (…)
A Charlotte no se le ocurrió ninguna forma de responder con un movimiento de la cabeza y, además, tenía interiorizada la idea, por ósmosis social, de que era protorracista no hacer caso a los estudiantes negros, por mucho que la chica en cuestión tuviera un padre, como por lo visto sabía todo el mundo en la planta, que era uno de los principales promotores inmobiliarios de Atlanta, seguramente más rico que todos los Simmons de las montañas Azules de toda la historia juntos. Así pues, hizo un esfuerzo para reforzar la presa que contenía el torrente y pronunció sólo dos palabras:
-Una hermandad.
No hizo falta más. La presa reventó y Charlotte recorrió los metros que le quedaban tambaleándose, sollozando y temblando. Las brujas la remataron por la espalda:
-¿Qué hermandad?
-¿Había una fiesta?
-¿Seguro que no quieres que vayamos a ayudarte?
-¿Ha sido un tío?
Cuando por fin giró el pomo de su puerta ya se oían los cotorreos, los susurros, las risillas, la falsa compasión de aquel colectivo contrahecho.
"Lo que me faltaba", se dijo entre lágrimas. El desmoronamiento de Charlotte Simmons acababa de convertirse en el gran entretenimiento del viernes por la noche de aquella panda.
La novela de Tom Wolfe 'Soy Charlotte Simmons', traducida al español por Eduardo Iriarte y Carlos Mayor, y publicada por Ediciones B en su colección Afluentes, sale a la venta mañana.
* ESTE ARTÍCULO APARECIÓ EN LA EDICIÓN IMPRESA DEL DOMINGO, 20 DE MARZO DE 2005

Tom Wolfe / El escritor vuelve a la universidad



El escritor vuelve a la universidad

Acaba de cumplir 75 años y se siente a gusto con la imagen que se ha fabricado. Cada novela que escribe es un éxito antes de salir a la venta. El autor de 'La hoguera de las vanidades', que definió a una generación amante del triunfo y el dinero, ataca a los universitarios de EE UU en su nuevo libro, 'Soy Charlotte Simmons'.


En Nueva York, la nieve cubre Central Park, y desde las ventanas del apartamento de Tom Wolfe, en el piso 14, se ve la superficie blanca surcada por las telas naranjas de Las puertas, de Christo. El escritor viste de blanco inmaculado, como hace desde 1962. Camisa azul; corbata blanca con lunares azul oscuro, a juego con los calcetines, y zapatos blancos y negros. Reloj con correa blanca. Tom Wolfe, elegantemente vestido de Tom Wolfe, cumple mañana 75 años. Se le nota, excepto en los ojos, azules y ágiles. El hombre que revolucionó el periodismo en los sesenta y se convirtió en una de las grandes voces de la narrativa norteamericana, nunca ha dejado de ser un provocador. Observa lo que le rodea hasta el último detalle, escucha a la gente y quiere que sus novelas sean el espejo de América, "un país muy raro, pero maravilloso".

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Desde su piso se ve la línea de rascacielos de Manhattan. "Mire, el Empire State Building. Y allá estaban las Torres Gemelas. El 11 de septiembre de 2001, yo veía desde aquí el humo. Al rato bajé a la calle. Una multitud de personas venía de allí, en un silencio casi absoluto. Nunca lo olvidaré".
En la sala llena de luz hay un piano de cola azul oscuro, fotos de su mujer y sus dos hijos, y una mesa -desde la que saluda un estilizado y sonriente Mao Zedong de bronce- rodeada de un sofá y varios sillones. Al lado, en el estudio, libros por todas partes: literatura, ensayo, arte, ciencia… El escritorio, con dos lámparas rematadas por sombreros panamá, también tiene librerías empotradas. "Cuando me preguntan por mis hobbies, me encantaría decir: volar en ala delta, escalar montañas, cualquier cosa interesante… Pero la verdad es que no hago nada de eso. Lo que más me gusta es sentarme en mi escritorio y leer. Soy un loco de las ciencias neurológicas, me encanta la divulgación científica. Hago otras cosas: no sé si conoce un programa de televisión que se llama Pimp my ride… Se trata de coger un coche normal y hacer de él algo especial. Es un mundo interesante… Lo primero que yo escribí para una revista [The Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby, primer reportaje del nuevo periodismo] fue sobre los cambios que hace la gente en sus coches… Bueno, yo he decidido cambiar mi automóvil, un Cadillac 2003 DeVille; pedí que lo pintaran de blanco, y ahora quiero que el interior sea blanco, igual que las ruedas… No sé, mañana cumplo 75 años, y, la verdad, si no hago esto ahora, ¿cuándo lo voy a hacer?".
Cuando no se dedica a todo esto, ¿cuánto tiempo dedica a escribir?
Una vez que tengo el material -y puedo tardar meses o años en conseguirlo-, intento mantener siempre el mismo ritmo y escribir 10 folios, a triple espacio, cada día. Cuando acabo esas 10 páginas, paro; a menudo, en mitad de una frase. Eso tiene la ventaja de acelerar la vuelta al trabajo al día siguiente, ¡porque estoy a la mitad de una frase! Muchas veces no apetece volver a ponerse a escribir. A mí me encanta estar en mi mesa horas y horas, no necesariamente trabajando, porque puedo malgastar el tiempo de manera muy agradable en mi escritorio…
Usted iba a escribir su última novela, 'Soy Charlotte Simmons', en el ordenador que utiliza para trabajar, y acabó escribiéndola a mano.
Sí, pensé en el ordenador, pero era un modelo nuevo y me volvía loco. Como dice el refrán, no le puedes enseñar trucos nuevos a un perro viejo. Volví a mi vieja máquina de escribir, pero me hice daño en un dedo y no podía darle a las teclas, así que continué a mano, y escribí la mayor parte del libro con pluma.
Pero son 676 páginas…
Bueno, si piensa en el siglo XIX, hubo escritores muy productivos que además eran muy buenos, y todos escribían con pluma. Balzac escribía a toda velocidad, hizo tres libros al año durante 20 años. Zola se reprochaba a sí mismo haber producido solamente 25 novelas en 20 años. Imagíneselo: "Si uno no puede escribir un libro al año debería dedicarse a otra cosa".
¿Tiene algo que ver en el resultado del libro si está escrito con ordenador, con máquina de escribir o a mano?
No, creo que no. Cuando se escribe un libro, eso es irrelevante. Eso no es lo difícil a la hora de escribir.
¿Qué es lo difícil?
Lo difícil es que se te ocurra una idea, intentar ponerle música, ponerle letra… Y también es complicado lo que hay que hacer para intentar crear un cierto suspense…, más las mil cosas que necesitas para poner todo eso sobre el papel.
Hablando de música, su nueva novela, como las anteriores, tiene una enorme cantidad de lenguas, de acentos: los jugadores de baloncesto, los universitarios, la gente con dinero del Este, la gente de las montañas de Carolina del Norte…
Para las novelas hago la misma investigación que hacía en los reportajes. La mayor parte de mi vida he escrito cosas que no eran de ficción. He sido un periodista, y todavía me considero un periodista que ha escrito algunas novelas. Para escribir hace falta el mismo esfuerzo que para informar: el esfuerzo de tener la boca cerrada y escuchar exactamente cómo habla la gente y qué es lo que dice.
¿Qué es 'Soy Charlotte Simmons'?
Es, en parte, un panorama de la vida universitaria estadounidense. A lo mejor es mucho presumir, pero yo veo en este libro una línea horizontal y otra vertical. La horizontal es la vida universitaria, con todo ese mundo de los estudiantes. Y la vertical es la psicología de esta joven, Charlotte, y la de las personas con las que se relaciona, y cómo su comportamiento está determinado en buena medida por ellas. Esta chica de 18 años siempre está pensando: ¿es bueno que me vean haciendo esto?, ¿qué pensará x, qué pensará y? Quiere enamorarse de Adam, pero Adam está considerado como un empollón, y ella no quiere que le vean con un empollón, así que gravita justo hacia la persona que menos le conviene. En todos los momentos, incluso en los más íntimos, siempre está pensando en términos de su situación social.
Desde antes de que Charlotte llegue a la Universidad de Dupont, y durante toda la novela, el sexo está muy presente, pero en muchas ocasiones es desagradable.
Sí, hay mucho sexo, desde el principio: desde la escena, tan familiar en Estados Unidos, de un político importante disfrutando de una fellatio… Es algo muy americano… El sexo también domina el ambiente de los jugadores de baloncesto, o a la compañera de habitación de Charlotte. Pero ninguna de estas situaciones es erótica. No creo que exciten a nadie. En general, el sexo en las universidades es muy mecánico, es poco más que una serie de masajes.
Charlotte cambia mucho, decía antes. Es una chica muy brillante que aterriza en la universidad y que se transforma para adaptarse al paisaje.
Cuando Charlotte va a ir a la universidad, su madre le dice: no tienes que hacer nada que no quieras hacer, porque tú eres Charlotte Simmons. Tiene un enorme ego, porque le ha ido muy bien en la enseñanza secundaria; pero decide cambiar, transformarse por completo, por razones de prestigio social. Y es feliz cuando se da cuenta de que todo el mundo sabe que es la novia de un jugador de baloncesto muy conocido, aunque no le interese nada el baloncesto, ni entienda nada, ni eso tenga nada que ver con las grandes aspiraciones con las que llegó.
Es un recorrido duro.
Bueno, podía haber hecho varias cosas: que se convirtiera en alguien admirable, que hubiera aprendido la lección y encabezara un movimiento contra el sexo salvaje en los campus… O podía haber acabado totalmente deshecha, con la vida estropeada. Pero lo que me interesaba era plantear los grandes desafíos a los que se enfrentan los estudiantes en unos campus muy cerrados, con poco sentido de cómo es el mundo exterior. Esto estará menos agudizado en las universidades europeas, porque los estudiantes viven más en las ciudades, entre la gente. Aquí es diferente.
¿Ese aislamiento es el mismo que reprocha a los intelectuales, lo que usted denomina "élite de izquierdas", a los que tanto critica?
Bueno, es que son ridículos. Son tan reaccionarios, tan reaccionarios, Dios mío… Su pensamiento no ha progresado desde 1945. La figura del intelectual tiene prácticamente un siglo de vida. El término fue creado por el francés Clemenceau para designar a los escritores, los artistas, los que creaban. Ahora, la palabra intelectual se ha desvinculado de lo que supone un logro intelectual; un intelectual es un consumidor de ideas, ya no hace falta ser un creador. En realidad, ser creativo es un estorbo. El ejemplo perfecto es Noam Chomsky. ¿Es un hombre conocido en España?
Sí, es conocido.
Bueno, es el ejemplo perfecto. Antes de la guerra de Vietnam, Chomsky era el gran lingüista de EE UU. Se inventó la teoría revolucionaria de cómo se crea el lenguaje y qué es lo que se puede hacer con él. Pero no estaba considerado como un intelectual, porque un intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que, públicamente, sólo habla de otras cosas. Y cuando Chomsky empezó a denunciar públicamente la guerra, ¡de repente se convirtió en un intelectual! Aquí un intelectual tiene que indignarse sobre algo. Como dijo McLuhan, la indignación moral es la estrategia adecuada para revestir de dignidad al idiota. Y eso es lo que hace la mayoría de los que se dicen de izquierdas: en lugar de pensar -lo cual es duro, lleva tiempo, hay que leer-, se indignan por algo, y eso les reviste de dignidad. Siempre han escogido las opciones equivocadas. Me encanta tener al presidente Mao aquí, en mi mesa; Mao fue considerado hasta el final como una gran figura por la gente de izquierdas. También había muchos que pensaron lo mismo de Pol Pot, que exterminó a media Camboya. Bueno, no me haga empezar con estas cosas…
A usted le encanta fastidiarles. Les dijo, después de las elecciones, que iba a ir a despedirles al aeropuerto.
Precisamente por eso me he retrasado unos minutos esta mañana en nuestra cita, porque venía del aeropuerto Kennedy de despedir a mis amigos, que decían que no podrían aguantar cuatro años más de Bush… Yo no me he ido porque alguien tiene que quedarse aquí [risas]. No son mala gente, son simpáticos, tengo muchos amigos que son así.
¿Usted votó a Bush?
Voté a Bush. No creo que el 11-S fuera un ataque cualquiera; alguien tenía que actuar, y Bush lo hizo. Por eso había que ir a la guerra en Afganistán. Y luego había que hacer algo más. Lo de Irak quizá fue una guerra equivocada, pero… No digo, ni mucho menos, que éste sea el mejor Gobierno que haya habido jamás, pero algo más había que hacer. Incluso aunque después las cosas se deterioraran, Bush hizo lo que tenía que hacer.
¿Bush ganó por la guerra o fue por los valores y la religión?
Si mira el mapa electoral verá que los resultados no son muy diferentes a los de 2000. La guerra ha tenido poco que ver. Y la religión…, no es que haya o no una derecha religiosa, es que hay mucha gente que es religiosa. Este país ha sido siempre tremendamente religioso. Ya De Tocqueville, en 1830, escribió que EE UU era la nación más religiosa del mundo, después de los países islámicos. Yo crecí entre esa gente a la que llaman la derecha religiosa. Eran personas de lo más normal. Todo el mundo era así, incluso los ateos. Nunca conocí a nadie que se proclamara ateo. Aunque uno fuera ateo, iba a la iglesia, que era lo que hacían las personas respetables. No por eso era de derechas. En cambio, aquí en el Este vivo entre escritores y periodistas, que son un grupo de gente mucho más laico, muy racional, o por lo menos eso creen ellos, y consideran que las creencias religiosas son una señal de vaciedad.
En Europa está muy extendida esa visión de la sociedad y la cultura norteamericanas, o la opinión de que Bush es un 'cowboy'.
Seguramente, los comentaristas europeos deben de prestar atención a lo que dicen los de Nueva York. No hay nadie más que les escuche. Tal vez en Washington, pero nada más. Y lo que consiguen es que se extienda la falsa idea de que en EE UU todo el mundo opina eso de George Bush. Yo he tenido la ocasión de estar con Bush algunos minutos, hablar con él de literatura, y me pareció tan inteligente como el director de The New York Review of Books, considerada como la principal publicación literaria. No es que el director de la revista no sea inteligente, que lo es; es que Bush no es ningún idiota. Recuerde a Eisenhower, que fue presidente durante dos mandatos. Decían que era idiota; en las ruedas de prensa, su sintaxis era horrible, empezaba frases y no las terminaba. Era verdaderamente tonto; lo único que había hecho era ganar la II Guerra Mundial. Pues si eso es lo que hace falta para ganar guerras como aquélla, a lo mejor nos hacen falta unos cuantos idiotas más. O Reagan: de él decían lo mismo que se dice de Bush. Lo único que hizo, aquel idiota, fue ganar la guerra fría y forzar la caída de la Unión Soviética. Si eso es estupidez, que me den unos cuantos estúpidos. Yo hablo con gente no sólo en Europa, sino también aquí, en Nueva York; intelectuales convencidos de que tienen toda la razón y de que los americanos son estúpidos, que no tienen nada en la cabeza y se dejan engañar.
Pero…
Yo creo que este país es una democracia, y que a veces, seguramente, no ha elegido a personas con el máximo coeficiente intelectual. Pero no me parece que le haya ha ido nada mal, ha logrado bastantes cosas. Si se mira la lista de premios Nobel de Ciencias de los últimos 50 años, no está nada mal. Si pensamos en la invención y el desarrollo de los ordenadores, todo se debe a esa gente estúpida del Medio Oeste y el Oeste, porque en el Este, cuando uno tiene un hijo muy inteligente, no está bien visto que se dedique a la ingeniería, algo considerado ligeramente mejor que un trabajo manual. En el resto del país, los padres están encantados de que sus hijos se dediquen a esas cosas. Yo no tengo reparo -y esto me causa siempre un montón de problemas- en decir que Estados Unidos es un país maravilloso. Pero decir eso me convierte automáticamente en un paria.
¿Por qué?
Un escritor no puede decir que EE UU es un país maravilloso. No puede. Si alguien se atreve, que me lo presenten. Nadie que tenga una reputación literaria dice esas cosas. Si usted se encuentra con alguno en sus viajes, por favor, dígamelo. Aquí, como sabe, la bandera está por todas partes, y yo, a veces, llevo una pajarita con la bandera de Estados Unidos, o una insignia, y es como enseñarle un crucifijo a un vampiro; los escritores enseguida se retuercen y gritan: "¡No, qué horror, sal de la habitación!". Pero a mí me divierten mi pajarita y mi insignia… Y acabo de comprarme unas zapatillas de deporte que también tienen la bandera. La gente del gimnasio al que voy no son intelectuales. Seguro que les gustan las zapatillas. Pero si me las pusiera para pasear por Tribeca, seguro que correría peligro [risas].
Bueno, usted está considerado como un escritor conservador.
En realidad, yo no debería decir que EE UU es un país maravilloso, porque sólo va a servir para empeorar las cosas. Tiene que explicar a sus lectores que es una cosa que he dicho sólo de paso, y que el libro no trata de eso, que es la historia de una chica inocente… [risas]. No hay política como tal en el libro. Ni en ninguno de mis libros, por lo menos en los más extensos. En Lo que hay que tener, que hablaba de los primeros astronautas, ¿dónde está la política? La hoguera de las vanidades, ¿era conservador o era progresista? Me llaman conservador, pero nadie sabe decirme qué es lo que pienso, qué es lo que quiero. Me lo llaman porque me burlo de la gente que valora la indignación moral por sí misma. Es lo que uno tiene que hacer cuando es progresista: tiene que estar siempre indignado por alguna cosa. Una vez, en los años sesenta, asistí a una conferencia en una universidad. Había varios intelectuales que estaban en contra de la guerra de Vietnam. Yo estaba escribiendo sobre los cambios en el comportamiento de los jóvenes. Allí estaban Günter Grass, Allan Ginsberg. Ginsberg no paraba de explicar que este país se estaba volviendo fascista, que todo presagiaba una época como la de Hitler. Y yo de pronto no pude más y estallé: "¿Pero de qué habla? Estamos en plena explosión de felicidad en este país". Y era verdad. La gente ganaba mucho dinero, era la época del twist, la Bolsa no paraba de subir… Evidentemente, Vietnam era horrible; pero, aparte de eso, el resto del país vivía bien. Y entonces, Günter Grass, que no era precisamente un conservador, dijo: "Si fuera verdaderamente un Estado fascista, esta escena sería muy distinta. Usted lleva media hora hablando en contra de su Gobierno. Los nazis no le habrían dado esa media hora. Habrían entrado al cabo de cuatro minutos, y la reunión se habría terminado". Todo el mundo se quedó impresionado, porque, al fin y al cabo, él sabía de lo que estaba hablando.
¿Qué América quiere usted contar en sus libros?
Mi única misión es descubrir. Éste es un país muy raro, y no quiero que nadie crea que yo entiendo todo lo que pasa aquí. Por eso me gusta salir por ahí, hablar con gente que no es como yo y tratar de entender lo que hace. Hay mucha libertad en este país; puedes poner en pie lo que quieras, cualquier cosa. Unos gánsteres crearon Las Vegas; lo interesante no es que fueran gánsteres, sino que no tenían formación; hay pocos gánsteres que acaben el bachillerato. Pero tenían libertad y dinero para crear Las Vegas, y eso es lo que me resulta interesante, no si debería existir Las Vegas o no.
En alguna ocasión ha lamentado que no se entendiera bien qué era el nuevo periodismo.
Mucha gente cree que el nuevo periodismo era dar tus propias opiniones, mezclarlas con la historia que estabas contando, convertir esa historia en algo personal, escribir impresiones. Para mí, jamás fue eso. De hecho, nunca utilicé la primera persona del singular, a menos que tuviera un papel en la historia. ¿Por qué voy a tener que utilizar el yo si lo único que soy es un observador? ¿A quién le interesan las impresiones de un periodista?
¿Qué problemas tiene el periodismo en EE UU? Ha habido crisis graves, desde la CBS hasta 'The New York Times'…
El problema que tiene es muy sencillo: la gente se informa sobre todo a través de la televisión, porque es rápido, es fácil, no hay que leer nada, y las imágenes son excelentes. ¿De dónde saca la televisión la información? Las televisiones no tienen reporteros, tienen unos bustos parlantes en Washington y poco más. La televisión saca su información de los periódicos. Y cuando la televisión trata de conseguir una exclusiva, como la de la CBS y Dan Rather sobre Bush, siempre lo hace mal, porque no están acostumbrados al reportaje. Rather no tuvo culpa de lo que pasó, porque él es un busto parlante. En cuanto a los periódicos, por desgracia, se han convertido en monopolios locales. Salvo casos excepcionales, hay un solo diario por ciudad. En esta situación, ¿para qué necesitas cinco o seis reporteros para cubrir un área, con lo caro que es? Por tanto, hay una persona que cubre educación, una que cubre sucesos… Cuando yo trabajaba aquí había reporteros de sucesos en cada barrio, ahora hay uno solo para el departamento central de la policía. Eso significa que dependes de la policía para tu información. Nunca se habían cubierto tan pocas noticias en EE UU. Parece que son muchas, por el efecto de las cadenas de televisión, pero la información en televisión es una risa.
¿Qué medios le interesan?
Creo que hay unas cuantas publicaciones semanales buenas, y habría que crear más, porque atienden mejor la información que los grandes diarios no cubren. Y los blogs son, probablemente, algo bueno: toda esa gente que hace circular información. Seguramente es lo mejor que le ha ocurrido al periodismo. La mayoría de los blogs es una basura; pero, si se busca, siempre se puede encontrar algo interesante. Los blogs pueden reproducir rumores que la prensa no publica, pueden hacer muchas cosas. Son fuentes posibles que nos dan una información que no teníamos antes. Y hace falta más información.
¿La novela tiene tantos problemas como el periodismo?
La novela está mucho peor que el periodismo, que por lo menos consigue interesar a la gente en algunas cosas. A los jóvenes no les atrae la novela actual, porque no les enseña cómo es el mundo. Los novelistas deberían salir y recorrer el país. Podrían hacer como los directores de cine: habrá, como hay, películas horrorosas, pero al menos siguen interesados en salir y hacer cine sobre cosas que descubren. La novela va a ser pronto como la poesía; algo hermoso, pero marginal en la vida de los lectores. Si no se hace algo, la novela pronto será también marginal.
¿Qué está preparando ahora? ¿Se sigue viendo como Hernán Cortés, a la búsqueda de un territorio nuevo por descubrir?
Me gusta Cortés, aunque no tengo una expedición en marcha. Tengo algo en la cabeza, pero no sé en qué acabará. Estoy muy interesado en los nuevos inmigrantes que llegan a EE UU. Esos sitios del Bronx en los que te encuentras a camboyanos, vietnamitas, gente de otros países asiáticos en un barrio que cambia a toda velocidad. Me resulta fascinante, como lo que ocurrió con los cubanos en Miami: en media generación, se han hecho cargo de la ciudad… No sé si hay otro país en el mundo donde pueden pasar estas cosas. Ésta es una democracia de verdad. América es un país maravilloso, pero no me meta en más líos [risas], no escriba esto último que le acabo de decir.

domingo, 13 de febrero de 2005

Lizzy, la última Jagger


Lizzy Jagger


Lizzy, la última Jagger

Tiene 20 años y lleva cinco trabajando de modelo a tiempo parcial. Ocupa titulares por su amistad con el hijo de John Lennon, y Mango la ha fichado para su campaña de primavera. Pero la hija del cantante de los Rolling Stones reniega de la alfombra roja y sólo quiere perderse en Madagascar.


Xavi Sancho
13 febrero 2005

Debutó en la pasarela desfilando para Thierry Mugler con 14 años. A los 15 se inició como consumidora de Mango. Cinco años después es la imagen de la marca para la primavera de 2005. La hija de Mick Jagger y Jerry Hall atiende a la prensa en un hotel madrileño y todo el mundo está muy feliz porque es simpática y accesible. Educación británica, una taza de té que se aguanta con un suspiro sobre una mínima mesa. Un paquete de Camel Light tirado sobre el sofá, un encendedor de los que no da pena perder y un estilismo de evocaciones campestres, cortesía de la marca. Lizzy lleva todo el día negando que su padre tenga cáncer, recordando que fue y es consumidora habitual de la marca que la acaba de fichar y que está encantada con todo esto. Sea esto lo que sea.
-¿Qué le atrajo de Mango?
-Compro en sus tiendas desde pequeña. La ropa es muy divertida. A mí y a mis amigas nos encanta.
-¿Qué producto no anunciaría nunca?
-Ropa interior. Me da vergüenza y me parece cutre. Una vez me ofrecieron incluso posar para Playboy. No puedo imaginar que la gente quiera verme desnuda.
-Pero es que hay mucha gente que quiere verla desnuda.
-¡No!
Ha sido imagen de Burberry o Tommy Hilfiger y actualmente cede sus labios (genéticamente generosos, cortesía de papá) a la marca de cosmética Lancôme. Lizzy ha sido además la comidilla de la prensa del corazón durante unos meses. Su supuesta relación con Sean Lennon, hijo del famoso beatle, ha despertado gran interés en todo el mundo, amén de desbocadas y, en ocasiones, apocalípticas teorías sobre la intertextualidad y la muerte del rock and roll. "Somos sólo amigos. Nada más. Cuando leíamos lo que se escribía de nosotros, no parábamos de reír. Simplemente salimos algunas veces a conciertos y tal, pero nunca fuimos novios". Él llevaba camisetas de los Rolling Stones y ella declaraba que era demasiado joven para comprometerse. "Ambas cosas son ciertas, pero tampoco son pruebas de que saliéramos juntos, ¿no?". Pero aquí no termina su no relación con descendientes de la banda de Liverpool. "Stella McCartney [hija de Paul y diseñadora] iba declarando por ahí que ella y yo éramos grandes amigas. Y eso es mentira. Nos hemos visto un par de veces, pero ella insistía en decir que éramos colegas. Odio esa actitud de ir presumiendo de amigos famosos. Ella lo hace cada vez más. Será porque su marca pierde mucha pasta". Va a ser la única respuesta no seguida de una sonora carcajada.
-¿Qué piensa su padre de todo esto?
-Está encantado. Bueno, me dijo que no dejara los estudios y que si quería dedicarme a la moda los fines de semana, que lo hiciera. Pero no fui a la universidad. Ahora me apoya.
-¿Hubiera preferido que tuviera un trabajo normal?
-El único trabajo normal que he tenido ha sido en Nueva York. Era canguro. Me encantan los niños.
El año pasado, Lizzy dejó Nueva York para volver a Londres, su casa. Otra razón para dejar su no relación con Sean. "Las llamadas telefónicas internacionales me aburren", declaró. "Echaba de menos Londres. Nueva York se parece cada día más a Los Ángeles. Y odio Los Ángeles. Además, la música en Nueva York ya no es tan divertida como antes. Sólo hay hip hop, y no lo soporto. En cambio, en Londres, la escena ahora es genial. Hay muchísimas bandas buenas y ya se puede salir a ver conciertos de nuevo". A todos los famosos les gusta decir que son gente normal. No lo son. Pero algunos, al menos, consiguen parecerlo. Lizzy es uno de ellos. Logra convertir incómodas entrevistas en joviales conversaciones posadolescentes sobre música, vacaciones y daños colaterales provocados por la fama. Todo con una enorme sonrisa. "Quiero ir de vacaciones a Madagascar". ¿Por la música? "No, ja, ja, ja. Siempre me ha apetecido ir allí. No sé por qué. Cuando acabe todo este follón, me iré. Ahora debo marcharme a Barcelona a hacer el catálogo de Mango y luego tengo días libres". ¿Estás cansada de tanta promoción? "No". Seguramente no miente.
-¿Sabe cocinar?
-Un poco.
-¿Y cantar?
-En la ducha.
-¿No debemos temer que grabe un disco?
-No, ni vosotros ni mi padre.
En Londres, Lizzy evita la alfombra roja. Famosa desde la cuna y rodeada de otros famosos encantados de serlo, la Jagger no quiere jugar en esta liga. "Asisto sólo a los actos a los que debo. Para mí, una buena noche es ir al pub con mis amigas, nada de fiestas con caras conocidas". Esto es la normalidad, pero la normalidad no es un concepto que Lizzy tenga muy claro. Para ella, que te persigan los fotógrafos y que periodistas de países que no sabías que existían te pregunten sobre tu vida es lo más común. "Para mí, todo esto es normal. No he conocido otra cosa. La gente se extraña de que uno viva en este mundo feliz, pero si es el único que has conocido…". ¿Y te gusta? "No está mal".
-¿Cuál es su diseñador favorito?
-Vivienne Westwood.
-¿Y su banda preferida?
-Ahora, Bloc Party [la nueva sensación del rock británico].
-Todo muy inglés, ¿no?
-Es que soy muy inglesa, no puedo evitarlo.
La experiencia nos dice que toda modelo quiere ser actriz o cantante. Su madre era modelo y actriz; su padre, cantante y, de algún modo, actor. Su futuro está escrito. Ha participado en el filme Enigma y se prepara para una película de terror en Estados Unidos. "Lo que de verdad quiero hacer es actuar en películas de época. Con grandes pelucas y vestidos estupendos". Pero el terror se ha manifestado en todo su esplendor en la vida de Lizzy: afirma haber visto fantasmas en la mansión de su padre en Francia. Dos de sus tres hermanos, Georgia y Gabriel, también. Una mujer con la cabeza bajo el brazo.
-¿Aún cree que aquello era un fantasma?
-Sí, y Gabriel habla a menudo con aquella mujer.