lunes, 11 de junio de 2001

El marido de la peluquera / Apoteosis del mirón



EL MARIDO DE LA PELUQUERA

Apoteosis del mirón



Casimiro Torreiro
11 de junio de 1991

Hace ahora un año, el público español descubrió, entre la admiración y el arrobo, la existencia de un cineasta francés -Patrice Leconte- que, pese a todo, llevaba en el cine no menos de 15 años y nueve películas. El vehículo de tal descubrimiento fue un filme extraño y absorbente: Monsieur Hire, revisión de un añejo producto de los cuarenta, hecho a mayor gloria de Georges Simenon, quien una vez más había proporcionado la trama con una de sus incontables novelas.Pero lo que dio a Leconte -un hombre hasta entonces no precisamente genial, a tenor de sus trabajos previos- una notoriedad pública fue el tratamiento de una anécdota mínima: en manos del realizador, las obsesiones de ese voyeur a la vez repulsivo y tierno daban pie a una reflexión claustrofóbica y enfermiza sobre los desastres a que empuja una pasión a destiempo.

El marido de la peluquera (Le mari de la coiffeuse")

Director: Patrice Leconte. Guión: P. Leconte y Claude Klotz. Fotografía: Eduardo Serra. Música: Michael Nyman. Producción: Thierry de Ganay, Francia, 1990. Intérpretes: Jean Rochefort, Anna Galiena, Roland Bertin, Maurice Unevit, Philippe Clevenot. Jacques Mathou, Henry Hocking. Estreno en Madrid: Alphaville.

El marido de la peluquera trata de cosas semejantes: otra vez las obsesiones del sexo, otra vez fijaciones fetichistas, otra vez un hombre maduro que ha perseguido siempre, detrás de una vida gris, previsible, ordenada y burguesa, la consumación de una pasión en este caso temprana.

Jean Rochefort
El marido de la peluquera
En este sentido, cabe afirmar que el filme se ordena y se hace con idénticos elementos que el anterior. Puesto a repetir una fórmula que tanto éxito le diera, Leconte aborda una anécdota tal vez más parca aún que la de su filme precedente, y hace del cuidado de los detalles el principal motivo de sus preocupaciones: el constante acercamiento de la cámara -más una lupa de entomólogo que una herramienta narrativa- a esa peluquera en acción, a esos cortes interminables de pelo, en un juego que logra transmitir casi las sensaciones táctiles y olfativas que experimentan los dos protagonistas.
La puesta en escena es, también aquí, obsesivamente minuciosa, como si en su supremo papel de hacedor del relato, Leconte no estuviera dispuesto a dejar que se le escape ningún detalle. Eso otorga al filme una fascinante cualidad hipnótica -a la que contribuye no poco la música de Michael Nyman-, un juego especular en el cual el realizador, mirón impúdico antes que nada, sumerge con maestría al espectador obligándole a ver -mirón él mismo- desde el punto de vista del protagonista, un impecable Jean Rochefort. La hipnosis es tal que, por momentos, logra hacer olvidar las debilidades de un guión en exceso simplista y reiterativo.
Jean Rochefort
El marido de la peluquera

Pero al final, la película se convierte en otra cosa y abre un perturbador interrogante. Como ocurre igualmente con El cielo protector, en el cual lo más interesante probablemente está antes de la llegada de la traumática pareja de viajeros al puerto de Tánger, aquí también se abre un abismo alrededor de la personalidad de esa enigmática mujer -soberbia Anna Galiena-, hasta el punto de hacer de la ausencia de información sobre ella otro más de los puntos de interés de ese filme tan revelador como astutamente ocultador. Al espectador se le requiere para que complete con su imaginación esa trayectoria vital que el relato escamotea: una llamada a la participación activa del respetable, tan poco habitual en el cine contemporáneo como imprescindible para la consideración del cine como un arte para adultos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de junio de 1991






viernes, 8 de junio de 2001

Federico, Rafael... y el manuscrito

Federico García Lorca


Federico, Rafael... y el manuscrito

ANGEL GARCÍA PINTADO
8 de junio de 2001

La angustiosa duda que le iba y le venía, en la que groseramente se insinuaba la fatalidad, acompañó a Federico en su último día en Madrid. 'Doña Lola, ¿qué me aconseja usted, me quedo o me marcho a Granada?'. Y doña Lola le respondía con refranes. Era una manera de quitar hierro a la aprensión más negra. El calendario de pared señalaba el 16 de julio de 1936.


Rafael había pasado a recogerle al mediodía por su casa de la calle de Alcalá. Almorzaría en casa del amigo entrañable, calle de Ayala, con esta otra familia que había tenido desde que llegó a Madrid. Tres días antes habían asesinado a Calvo Sotelo. Rafael acababa de llegar de Escandinavia, donde había disertado sobre la poesía y el teatro del amigo, y tampoco le había gustado el país que se había encontrado a la vuelta; por eso rechazó el ofrecimiento del granadino para que le acompañase a su Huerta de San Vicente. El otro no tenía más remedio que ir, para no truncar una tradición familiar, un rito que les congregaba en torno a la onomástica, la de su padre y la suya, el 18 precisamente: San Federico.
Tampoco deseaba quedarse solo en su casa madrileña: los anfitriones le brindaban la posibilidad de acogerlo en Ayala el tiempo que deseara. Pero no, no podía ser... Después de la sobremesa, los dos amigos tomaron un taxi que los depositó en Puerta Hierro. 'Mira, Lolita, si me voy o no, lo vamos a decir Rafael y yo ante un coñac pirulado'. En la terraza de un quiosco que le gustaba frecuentar, desierto a esa hora, dos dobles de coñac: Fundador, su bebida predilecta; ideal para escamotear temores y desatar lenguas. La destrucción de Sodoma, su próximo proyecto, colmó de palabras encendidas el taxi en el viaje de vuelta.
No cabían las cosas en las maletas, de los nervios que tenía. Libros, ropas, papeles... Desalentado y sudoroso, se dejó caer en una silla: 'Nada, que no me puedo ir'. Rafael se lo ordenó todo, y las maletas cerraban. Fue entonces cuando Federico sacó del cajón un misterioso paquete y se lo entregó al amigo: 'Toma. Guárdame esto. Si me pasara algo, lo destruyes todo. Si no, ya me lo darás cuando nos veamos'.
Asomado a una ventanilla del expreso de Andalucía, con Rafael abajo en el andén, de pronto Federico se volvió de espaldas y agitó en el aire sus dos puños con los índices y meñiques extendidos: '¡Lagarto, lagarto, lagarto!'. Alguien había entrado en el vagón de coches cama al otro extremo del pasillo. ¿Quién? 'Un diputado por Granada. Un gafe y una mala persona'. Nervioso y visiblemente disgustado, el viajero dijo al único amigo que había ido a despedirle que se marchara, que no se quedase en el andén, que iba a correr las cortinillas y a meterse en la cama para que no le viera ni le hablara 'ese bicho'. Pocos datos, aunque suficientes, permiten colegir a Rafael, una vez acaecida la tragedia, que la víctima viajó en el mismo tren que su verdugo.
Una despedida demasiado apresurada, abortada por la irrupción de un bicho, para dos amigos que ya no se volverían a ver.
Le faltó tiempo a Rafael, nada más llegar a casa, para abrir el paquete. Entre papeles personales estaba el borrador de un drama inédito: El público. Cuando un mes después de la despedida en la estación de Atocha asesinaron a Federico, Rafael decidió desoír el mandato del amigo, al igual que hiciera Max Brod con los manuscritos de Franz Kafka. Y cuando en 1978 los lectores españoles recibieron la publicación por Seix Barral, con introducción, transcripción y versión depurada a cargo de Rafael Martínez Nadal, de El público, acompañada de una inacabada Comedia sin título en edición de Marie Lafranque, pudieron enterarse de la existencia de un Lorca más libre y audaz que nunca, de contenido y de forma, un auténtico revolucionario de la estética teatral que nos permitió preguntarnos a algunos cuáles podrían haber sido los derroteros del teatro español si aquella última jornada madrileña de dudas lacerantes se hubiera resuelto de modo inverso y el instinto de conservación que su intuición poderosa nutría se hubiera impuesto a la llamada del rito familiar. Es sabido que era éste el tipo de literatura escénica que un insatisfecho Lorca, autor de éxito por su Yerma, su Bodas de sangre..., deseaba imponer, alcanzada ya la autoridad que sus triunfos le habían otorgado. Éste era el teatro que a él le interesaba de verdad, tal y como había aseverado en no pocas ocasiones, y el que hubiera podido desarrollar de no haber tomado en aquella tarde de tan aciagos presagios un tren para Granada.
Mucho tuvo que ver con la desobediencia del amigo Martínez Nadal el profundo conocimiento que tenía de la obra lorquiana. 'Yo sabía que destruir aquello hubiera sido otro crimen', nos confesó años después a los que nos beneficiamos de su amistad. Exiliado en Londres a poco de asesinado el amigo, Rafael asume durante la Segunda Guerra Mundial, enmascarado tras el seudónimo de Antonio Torres, las emisiones para España de la BBC -una idea de Winston Churchill-, dirigidas a la opinión pública española a fin de que influyera en el Gobierno franquista y éste se convenciera de la necesidad de mantenerse neutral. Presunta candidez la de Churchill, suponiendo la existencia de una opinión pública en la España de aquellos años, y más aún, que, en caso de existir ésta, pudiera influir en el ánimo del impenetrable caudillo gallego. Fue el líder conservador británico quien se encargó también de guillotinar aquel espacio radiofónico cuando le dejó de ser políticamente útil (según confesión dolorida de Martínez Nadal).
Algunos tímpanos añejos recuerdan todavía esa voz entrañable que en las noches más inhóspitas les llegaba a ráfagas traída por el viento del Norte; oídos esperanzados en que la caída de Hitler conllevaría, por un efecto de naipes, la caída de Franco. Labor doble la desarrollada por Rafael en aquellos tiempos, acogiendo y dando trabajo en su programa a los intelectuales que fueron llegando de la España vencida, entre ellos el poeta sevillano Luis Cernuda y José Castillejo, hombre de confianza de Giner de los Ríos, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y secretario perpetuo de la prestigiosa Junta de Ampliación de Estudios presidida por Ramón y Cajal. Con la hija de Castillejo, Jacinta, casó en Londres y formó una familia Rafael. Era corresponsal especial para asuntos españoles en The Observer cuando la policía franquista asesinó en una calle de Barcelona a su hermano Alfredo, un funcionario que nunca había hecho política y cuyo único delito consistía en ser hermano de quien era.
A Cernuda, a su suegro Castillejo, a García Lorca por supuesto, a otros trasterrados, dedicó libros, antes y después de jubilarse como profesor de Literatura Hispánica en la Universidad de Londres. En su pequeño ordenador de la casa materna en la madrileña calle de Ayala, con el mobiliario de antaño, que conserva posados como vestigios los temores y dudas de Federico, había siempre dos libros naciendo. Venía de Londres varias veces al año, a presentar en la Residencia de Estudiantes los títulos que le iba editando Casariego y en los que se había propuesto dejar constancia de los hechos fecundos y el trato privilegiado que tuvo con las personalidades de un siglo que llegó a abarcar casi en su totalidad. Anécdotas y categorías entremezcladas en su memoria prodigiosa.
El dueño del manuscrito era un nonagenario alto, elegante por fuera y por dentro, espléndido, de un entusiasmo y una vitalidad contagiosos, como otro legado directo más de su amigo granadino. Se sabía bastante ignorado por los medios de comunicación españoles y por sus aduaneros literarios de guardia, pero con su edad, saber y gobierno podía llegar a ver las cosas con mucha benevolencia. Los que le tratamos en esta última época habíamos llegado a suponer que la eternidad era eso. Y no nos parecía que el siglo XX hubiese acabado hasta que hace unos meses Rafael se nos fue para siempre entre la niebla londinense, a los 97 años, con su blanca cabeza rizada de proyectos.
Ángel García Pintado es escritor y periodista.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de junio de 2001



martes, 15 de mayo de 2001

El genio de Isabelle Huppert sostiene la casi insostenible osadía de Haneke en 'La pianista'




El genio de Isabelle Huppert sostiene la casi insostenible osadía de Haneke en 'La pianista'

Rutinaria reconstrucción por Frédéric Kahn del célebre caso del asesino loco Roberto Succo


ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS
Cannes 15 MAY 2001

Le preguntaron ayer aquí a Isabelle Huppert por qué se había metido en las magníficas, pero maléficas y escabrosas, imágenes de La pianista, dirigida por el austriaco Michael Haneke. La eminente actriz francesa soltó esta veloz réplica: 'Porque en mi oficio hay que atreverse a todo'. Y es su atrevimiento, su genial audacia, la cordura con que representa una forma extrema de locura, el alma de este complejo y duro filme, que, sin alarde sanguinario alguno, obliga a veces a cerrar los ojos. Como también los cierran, pero de sueño, Roberto Succo, dirigida por Frédéric Kahn, y El ensayo, dirigida por Catherine Orsini, dos películas francesas completamente innecesarias.

miércoles, 2 de mayo de 2001

Isaac Bashevis Singer / Premio Nobel para los niños

Ilustración de Maurice Sendak


Singer: Premio Nobel para los niños

JUAN TEBAR
2 MAY 1979


«Me gusta escribir historias de fantasmas, y para eso nada va mejor que un idioma moribundo. Cuanto más muerta la lengua, más vivo el fantasma. Los fantasmas adoran el yiddish y, por lo que puedo juzgar, lo hablan bastante bien »
ISAAC BASHEVIS SINGER
El demonio no tiene sombra, y en su presencia el reloj puede dar trece campanadas... Las brujas persiguen a los rabinos para casarse... La mujer del diablo huyó al país donde no hay gente que camine, ni ganado que paste, donde el cielo es de cobre y la tierra es de hierro...
Todas estas son cosas que cuenta Isaac Bashevis Singer. El no las cuenta especialmente para niños... La prueba es que en sus libros, considerados «para adultos», los personajes se suelen preguntar si los duendes la han tomado con ellos, y de pronto, miran fijamente al sol y no saben por qué está ahí ni desde cuándo... Tales inquietudes y sucesos son cosas mágicas, que narra el escritor porque las escuchó a su madre. Y ella los aprendió de su abuela. Y la abuela de Singer, de su bisabuela... Cuando el viejo judío polaco las escribe «no distingo entre el niño y el adulto... Lo que ocurre es que en este mundo de prisas que vivimos, son los niños los que se detienen a escucharme... Ellos -los niños- se preocupan incluso más que los grandes por el paso del tiempo: ¿qué le ocurre a un día después que terminó? ¿Dónde están nuestros ayeres con sus alegrías y sus penas? Y la literatura nos ayuda a conservar el pasado ... »






Cuentos judíos de la aldea de Chelm, con dibujos del extraordinario Maurice Sendak

Ed. Lumen, 1978. 78 páginas.Cuando Shlemel fue a Varsovia y otros cuentos. Con ilustraciones de Margot Zemach. Ed. Alfaguara, 1977. 113 páginas.

Pero el caso es que este excelente novelista ha publicado alguna colección de cuentos que se editan especialmente para los niños. Estas fiestas de Reyes, los pequeños tuvieron la oportunidad de recibir libros que llevaban una banda publicitaria donde se leía: Premio Nobel de Literatura 1978. Eso no tiene importancia, sobre todo para los niños, pero lo que sí es cierto es la oportunidad editorial y el interés objetivo de tales publicaciones.
No hay duda -como Singer dice- que en todos sus libros, los temas se repiten, y la «puesta en escena» es la misma, ocurra la aventura en la Polonia del siglo XVII o en los barrios judíos del Nueva York actual. Desde el esclavo Jacob, pasando por los Moskat y los múltiples personajes de la casa de Jampol, hasta el atormentado polígamo Herman Broder, las criaturas singerianas siempre vuelven sus melancólicos ojos al pasado, sueñan con Dios, o con el diablo, viven en estrechísima relación con un paisaje mágico, alimentados por una abigarrada cocina dictada por leyes sagradas. Son gentes que todo lo preguntan, sobre la comida o sobre los astros misteriosos... Pero en los relatos «para niños» todo esto se afina, se reduce -o enriquece- hacia su estado más puro. Y surgen los más entrañables personal es de su autor: los shlemiels de la aldea de Chelm, todos los benditos shlemiels que se encuentra uno en la vida, protagonizando historias fascinantes en que la tontería es casi una virtud -«A los tontos se les llama shlemiels, y hay muchos, pero el primero vino de la aldea de Chelm-. A Shlemiel le cambiarán una cabra por un cabrón sin que Shlemiel sueñe con achacárselo a otra cosa que no sean las propiedades mágicas del camino... Shlemiel comprará una trompa seguro de que su música puede apagar incendios... Chelm era una aldea de shlemiels, y... «una noche alguien espió a la Luna, que se reflejaba en un barril de agua. La gente de Chelm imaginó que se había caído ahí. Sellaron el barril para que la luna no se escapara. Cuando a la mañana se abrió el barril y la Luna no estaba allí, los aldeanos decidieron que había sido robada. Llamaron a la policía, y cuando el ladrón no pudo ser hallado, los tontos de Chelm lloraron y gimieron».

¿Sabéis quién gobierna en Chelm?: pues sus tontos más viejos, los más grandes tontos. «Tenían frentes muy anchas de tanto pensar. Eran los siete ancianos.» Sus decisiones de gobierno llenan varios relatos de los dos libros que comentamos. No tienen, claro, la inocencia de los shlemiels, porque el poder es el poder, pero su tontería brilla de manera fascinante.
Hay en estos cuentos brujas y noches tormentosas, hay coqueteos con la muerte, hay animales de gran generosidad, y hay un soberano orgullo de ser shlemiel y de habitar en Chelm. Todo ello compone un cosmos tan personal que si no fuéramos tan mayores y tan listos estaríamos tentados de irnos a vivir a Chelm, con un gallo, una esposa trabajadora y un pote de confitura en el armario, para acunar al niño con la canción de Shlemiel:
« Yo soy un gran shlemiel. / Tu eres un pequeño shlerniel. / Cuando crezcas serás un gran shlemiel / y yseré un viejo shlemiel / Cuando tengas hijos, / tu serás un papá shlemiel / y yo seré un abuelo shlemiel».
Aunque, pensándolo bien, quizá vivamos en Chelm, y la canción del padre shlemiel sea la de nuestra vida... Y los siete ancianos..., pero no divaguemos. No conviene. Más vale pensar que los cuentos son cuentos... Y espléndidos, en este caso.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de mayo de 1979





jueves, 26 de abril de 2001

James Ellroy / Un tipo duro

 

James Ellroy. Imagen cedida por Penguin Random House

James Ellroy, un tipo duro

XAVIER MORET
26 ABR 2001 - 17:00 COT

James Ellroy es un tipo duro, sin duda. Se gana la vida -y muy bien, por cierto- escribiendo novelas que son un éxito en todo el mundo. La última, Seis de los grandes, es la segunda parte de una trilogía norteamericana centrada en el asesinato del presidente Kennedy. Con un estilo trepidante que él califica de 'hipnótico', Ellroy traza un retrato social de la América de la década de 1960 con mafiosos, castristas, traficantes, drogadictos, millonarios, policías corruptos y algún que otro político. 'No soporto a Chandler y a sus detectives buenos', dice. 'En cambio, me gustan las novelas de Hammett'. La escuela de Ellroy para llegar a la novela negra no fue la de la literatura, sino la de la vida. Su madre era una prostituta que murió asesinada cuando él era niño y Ellroy fue un delincuente hasta los 29 años, cuando decidió reciclarse como escritor. 'No me ha ido mal', comenta con una sonrisa, 'tardé cuatro años y medio en vivir de los libros, y nueve años en ganar mucho dinero. Como delincuente, en cambio, era fatal: no tenía ningún futuro'.

domingo, 22 de abril de 2001

Gerardo Rosales revela en un libro nuevos datos sobre los últimos días de Lorca


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Un miembro de la familia Rosales revela en un libro nuevos datos sobre los últimos días de Lorca

Gerardo Rosales recrea en una novela los secretos que le contaron su padre y sus tíos


Jesús Arias
Granada, 22 de abril de 2001

El libro, que tiene forma de historia novelada para que Gerardo Rosales pudiera ir introduciendo de una manera ordenada los secretos que le contaron sus tíos Luis y José (Pepiniqui) Rosales, así como las reflexiones de su padre, Gerardo, narra la última semana que Federico García Lorca permaneció oculto en la casa de la familia Rosales, conocidos falangistas entonces, gracias a su amistad con el poeta Luis Rosales. Tras el asesinato del poeta, el patriarca de la familia, Miguel Rosales Vallecillos, ordenó a sus hijos que jamás volvieran a referirse a él para evitar poner en peligro a la familia. De ahí nació su silencio.Ese pacto era de mis tíos con mi abuelo, pero ya ha pasado el tiempo suficiente para que muchas cosas se hagan públicas', explicó a este diario Gerardo Rosales. 'Yo, desde pequeño, siempre les oía hablar del asunto, y mi padre me dijo que algún día me lo contaría todo: pero murió cuando yo era adolescente. Fueron mi tío José y mi tío Luis los que terminaron contándome cosas'.
El silencio de los Rosales viene a despejar muchas dudas sobre la actuación de la familia en el asunto de Lorca. Así, desmitifica la imagen de un grupo homogéneo, y muestra las reacciones contrapuestas entre sus diversos miembros cuando el poeta llega a la casa, como la oposición de los dos hermanos mayores, Miguel y Antonio, más fanáticos ideológicamente.
Influencia en la Falange
Pepiniqui Rosales, que entonces tenía una enorme influencia en la Falange (él propuso a José Valdés, que luego resultaría ser un sanguinario, como gobernador civil de Granada), defendió a Lorca casi hasta el enfrentamiento cuando éste fue detenido, y Luis Rosales estuvo a punto de ser ejecutado por sus propios correligionarios cuando se descubrió que él lo había escondido.
El libro confirma que fueron una denuncia del diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso -dato ya conocido- y otra del abogado Jesús Casas, vecino de los Rosales, las que provocaron la detención del poeta. Y saca a la luz un hecho revelador: cuando Pepiniqui Rosales se enfrentó con José Valdés en el gobierno civil y le exigió que liberara al poeta en una escena violentísima, éste sacó del cajón un papel con la declaración de uno de los hombres que buscaban a Lorca para detenerlo. En ella se hacía constar que Antonio Rosales le había confirmado que el poeta ('un mariconcillo de mierda que no para de hacer daño con sus escritos') estaba en su casa, y que él 'no era responsable' de eso.
Ese gesto dejó atada de pies y manos a la familia y, por las luchas intestinas por el poder en Granada entre la CEDA, la Falange y los militares, puso en peligro la vida de Luis Rosales, que fue sometido a un proceso de investigación, resuelto finalmente con una gran multa.
El silencio de los Rosales saca también a la luz la incapacidad práctica de Lorca de resolver una situación de peligro, la falsa confianza de que a él no podía sucederle nada y el tremendo terror que lo mantenía paralizado. Y pone sobre la mesa un interrogante: el registro que se realizó en la Huerta de San Vicente, residencia de la familia García Lorca, en busca del poeta, y en donde un grupo de milicianos amenazó con matar al padre si no se revelaba su paradero, se produjo el sábado, 15 de agosto de 1936. La detención en la casa de los Rosales tuvo lugar el domingo, 16 de agosto. La familia del poeta, sin embargo, no se puso en contacto con los Rosales para avisar del peligro, temerosa, tal vez, de nuevas represalias.
'Hay que tener en cuenta que eran momentos de enormes contradicciones, de una gran tensión, en las que la gente tenía reacciones ilógicas', reflexionó Gerardo Rosales, que ahora se encuentra revisando el manuscrito. El pintor explicó que en algunos momentos utiliza la ficción para reproducir conversaciones y diálogos, pero que todos los datos recogidos son la versión que le dieron tanto su padre -que se encontraba en el estudio del pintor José Guerrero el día de la detención de Lorca- como sus tíos Pepiniqui y Luís. Fue éste último quien le confesó un día que la muerte de Lorca fue el hecho que más 'conmocionó y condicionó' su vida.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de abril de 2001

domingo, 1 de abril de 2001

Isabelle Huppert admite que se le dan bien los papeles de perversa


Isabelle Huppert


Isabelle Huppert admite que se le dan bien los papeles de perversa

La actriz francesa interpreta a una malvada en 'Gracias por el chocolate', de Chabrol


MIGUEL ÁNGEL VILLENA
Madrid 1 ABR 2001

Tiene un aire ingenuo y casi místico, pero con un leve cambio de mirada en sus ojos almendrados puede revelar todos los misterios de una despiadada asesina. Recién cumplidos los 46 años, Isabelle Huppert acaba de estrenar en España Gracias por el chocolate, su último papel de dulce perversa a las órdenes de Claude Chabrol. Una de las mejores actrices francesas ha declarado esta semana: 'Debo admitir que se me da bien hacer el mal en la pantalla'.
El Instituto Francés de Madrid dedica un ciclo durante los meses de marzo y abril a la filmografía de esta intérprete menuda e intensa que ha desfilado por películas como La encajera, Madame Bovary o La ceremonia y que ha trabajado a las órdenes de algunos de los mejores realizadores europeos en una lista que va de Bertrand Tavernier y Jean Luc Godard a Joseph Losey y los hermanos Taviani. En un coloquio con periodistas españoles, Isabelle Huppert manifestó que los actores son 'como animales, como caballos que saben en qué sentido quiere el director que vayan'.
A pesar de que en algunas de sus más brillantes creaciones ha encarnado a mujeres perversas, Isabelle Huppert -que ha rodado 62 películas en 30 años- no muestra predilección por un tipo de papel concreto. 'Al fin y al cabo', señaló, 'las películas o los papeles obedecen más a una cuestión de ritmos que de géneros. Así pueden darse comedias lentas o dramas rápidos'.
En la cima del cine europeo desde hace años, Huppert ha rodado poco en Estados Unidos. 'He trabajado en tres o cuatro películas en América, pero ninguna ha sido un éxito precisamente. De todos modos, Estados Unidos no representa una obsesión para una actriz francesa. El sueño americano existe, pero es muy relativo'. Al hilo de esta reflexión, Huppert confesó que le apetecería más trabajar en el cine asiático. 'El mapa del mundo cambia', dijo, 'y algunas de las propuestas más interesantes ahora vienen de Asia'.
Su reciente visita a Madrid ha significado la primera vez en que Isabelle Huppert ha presentado una película en nuestro país. 'Lo cierto', explicó, 'es que las actrices francesas trabajan poco en España. Durante mucho tiempo ha funcionado un eje de coproducciones entre Francia e Italia, pero esa colaboración no ha incluido a España'. Esta actriz, premiada y adorada en media Europa, nunca ha recibido una oferta para trabajar en una película española.
Estrenado el pasado viernes en las salas españolas, Gracias por el chocolate es un filme de intrigas e historias ocultas en un ambiente burgués de Suiza. Su director, Claude Chabrol, ha definido así el espíritu de la película: 'Intentamos ilustrar esta idea de la perversidad desmontando las certidumbres más evidentes de nuestra sociedad. La idea fundamental de Gracias por el chocolate es que todas las certidumbres se van desvaneciendo a medida que el relato avanza'.
La ironía como salsa
A su vez, la Huppert califica su personaje como el de una mujer triunfadora, rica y aparentemente feliz. 'Pero en el fondo', apostilla la actriz, 'se siente vacía y huérfana porque no puede acceder al mundo de sensaciones creativas de su marido, que es un famoso pianista. En realidad, se comporta como una niña que no hubiera crecido'. A juicio de Isabelle Huppert, Gracias por el chocolate traza dos mundos, el de aquellos que tienen acceso a la creación artística y aquellos que no.
La película, en cuyo reparto acompañan a Huppert el veterano Jacques Dutronc y la debutante Anna Mouglalis, contaba con otro título en una fase inicial. 'Pero al final', contó la protagonista, 'Chabrol optó por Gracias por el chocolate. La ironía de Chabrol a lo largo del filme es como la salsa del chocolate. A mí me gusta el título, porque el chocolate es el hilo conductor y cada uno puede soñar lo que quiera con el chocolate. Se dice que es afrodisiaco, se puede preparar con leche, negro, con almendras...'.
A orillas de un plácido lago suizo, Isabelle Huppert interpreta a la propietaria de una fábrica de chocolates, una sustancia tan dulce como indigesta. Siempre depende de las combinaciones en su elaboración. Esa dualidad eterna es la que, una vez más, ha bordado esta actriz francesa.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de abril de 2001