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J.M. Coetzee Ilustración de Fernando Vicente |
José María Guelbenzu
VERANO
VERANO
LA VERDAD DE COETZEE
El País, 05/06/2010
El Nobel sudafricano abre nuevos caminos literarios con la tercera parte de su autobiografía, Verano. Repasa su vida en los años setenta a través de unos pocos hechos cruciales

Si no olvidamos que, a fin de cuentas, Coetzee está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde
Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la universidad de El Cabo. Verano, en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello. El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.

El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de crear a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.
La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.
Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y este le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visón, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es la que más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".
Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela.
Verano
J. M. Coetzee
Traducción de Jordi Fibla
Mondadori. Barcelona, 2010
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