sábado, 29 de agosto de 2015

Joan Didion / El año del pensamiento mágico / Sortilegio contra la pérdida

Joan Didion

Sortilegio contra la pérdida

La actriz Jeaninne Mestre se enfrenta al poderoso y dolorido texto de Joan Didion que en primera persona analiza y narra la muerte de su marido y su hija


Jeaninne Mestre, en un ensayo de 'El año del pensamiento mágico'. / SAMUEL SANCHEZ
Son tan sobrecogedores los silencios y las pausas como ese texto duro y directo, sin sentimentalismos ni autocompasión, en el que una mujer analiza casi de manera científica hechos reales para luego arrojar al público ese dolor que arrastra por la muerte de su marido y su hija.
En un corto espacio de tiempo, la ensayista estadounidense Joan Didion (Sacramento, 1935) sufrió la pérdida de su esposo, el también escritor John G. Dunne, y la de su hija Quintana. Fue tan obsesiva la experiencia del dolor después de que, la última noche de 2003, su marido cayese fulminado ante ella de un ataque al corazón que Didion se lanzó a escribir El año del pensamiento mágico, con el que ganó el Premio Nacional del Libro en Estados Unidos en la modalidad de no ficción.
A esa trágica pérdida se añadió meses más tarde la de su hija, víctima de una embolia pulmonar. Didion se lanzó entonces a realizar una adaptación teatral de ese libro autobiográfico, plagado de sufrimiento y angustia, pero también de ironía, junto al dramaturgo David Hare. Fue la actriz Vanessa Redgrave la encargada entonces de lanzar ese grito desesperado desde el escenario en un monólogo que representó en Nueva York y Londres.
Ahora, en la sala pequeña del Teatro Español de Madrid, la actriz Jeaninne Mestre se atreve a compartir ese grito, una mezcla de silencios y palabras que caminan y entremezclan la locura y la cordura.
A sus 68 años, Mestre, con una sólida carrera a sus espaldas en la escena teatral española, reconoce que, sin duda, está ante la experiencia profesional más difícil de su vida. “Es un texto complicado, en el que hay que trabajar mucho las emociones y sensaciones, en el que esta mujer narra unos hechos concretos, los retiene y los analiza casi de manera científica. Me he metido en la boca del lobo, pero estoy tan bien acompañada...”. El acompañante al que se refiere la actriz es Juan Pastor, el director de este montaje que se estrena en España y que permanecerá en el Teatro Español desde el próximo miércoles hasta el 14 de junio.
Sobre una tarima de madera y con el único acompañamiento de una butaca también de madera, Mestre se somete durante una hora larga a ese duelo por la pérdida en un ritmo absolutamente endiablado. “Es un texto muy poco psicológico; la realidad es contundente y clara. A mí me ha ayudado mucho el hecho de que Didion se aparte de manera radical de la autocompasión, con un texto que tiene mucho de prosa poética para enfrentarse a una dialéctica de manera analítica”, aseguraba ayer la actriz poco antes de acometer un ensayo de la obra producida por Guindalera Teatro, de Juan Pastor y Teresa Valentín.
No falta el humor, ácido claro, y la ironía de la confesión de esa mujer que contrasta el amor vivido con el colapso dramático al que se tiene que enfrentar.
Mestre, quien no ha querido ver la representación de Vanessa Redgrave, confiesa que tuvo una semana en la que se bloqueó por la dureza de El año del pensamiento mágico. Ahora sabe muchas cosas de Didion, ha leído varias obras suyas y proclama su admiración por esta mujer californiana, sofisticada y alegre. Una gran foto luminosa y soleada de un mar azul radiante acompañará a la actriz en esta conmovedora aventura.

EL PAÍS




FICCIONES

DE OTROS MUNDOS

Joan Didion / The Year of Magical Thinking / Vanessa Redgrave


THE YEAR OF MAGIC 

Vanessa Redgrave

La actriz británica monologa en un escenario de Londres durante una hora y tres cuartos como un torero que se encierra con seis toros: jugándoselo todo. Su genio convierte la obra en algo mágico

MARIO VARGAS LLOSA 2 NOV 2008


Qué extraordinaria actriz es Vanessa Redgrave! Durante una hora y tres cuartos mantiene al público que repleta los asientos del Lyttelton Theatre, de Londres, en estado de trance, mientras, transformada en Joan Didion, evoca El año del pensamiento mágico, es decir, el año en el que la escritora y periodista norteamericana perdió a su marido de manera súbita el mismo día que su hija entraba en coma en un hospital neoyorquino víctima de una infección cerebral.
Nadie diría, oyendo su perfecto acento californiano, que es inglesa ni que es ya una actriz septuagenaria porque en el escenario su alta, imponente figura es la de una mujer sin edad, o, más bien, que tiene vivas en ella todas las edades por las que ha pasado, arreglándoselas siempre para ser en todas bellísima, edades que reaparecen en su persona cada vez que vuelve a ellas con la memoria para resucitar episodios, anécdotas, imágenes que compartió con aquellos dos seres queridos de los que ha sido privada de manera tan violenta. No hay en lo que dice, y sobre todo en la manera en que lo dice, asomo de autocompasión ni sentimentalismo, más bien una helada objetividad. Sin embargo, o acaso tal vez por eso mismo, el escenario se va poco a poco cargando de un dolor animal, de un desgarramiento desesperado e impotente que los espectadores sienten como propio porque es algo que, todos, alguna vez hemos padecido o intuido que padeceríamos, ya que forma parte de lo que somos como seres humanos el anticipar la muerte propia en la de los seres queridos que se nos adelantan en el viaje sin retorno.



La obra es una adaptación teatral del libro autobiográfico de la escritora Joan Didion

La actriz, activa contra la guerra de Vietnam, tuvo el buen gusto de no ser nunca estalinista
No puedo imaginar a nadie capaz de hacer una interpretación más perfecta del personaje ni de sacarle más provecho dramático. El actor o la actriz que monologa por una hora y tres cuartos en un escenario hace algo parecido al torero que se encierra con los seis toros de la corrida: se la juega entero. Su exposición será extrema porque nadie más estará allí, para apoyarlo o contrarrestar sus fallas: por eso, su fracaso o su éxito serán también supremos. El de Vanessa Redgrave es un éxito superlativo. Ya lo fue, cuando estrenó la obra en Broadway, en marzo de este año, y lo ha sido luego en Salzburgo, Cheltenham, Bath, Dublín y lo es ahora en Londres donde encontrar entradas para verla en el Lyttelton es una especie de milagro.


The Year of Magical Thinking es una adaptación teatral, hecha por la propia Joan Didion de su libro autobiográfico del mismo nombre, con la ayuda del director de la puesta en escena, el dramaturgo y director inglés David Hare. El libro tuvo un enorme éxito en los Estados Unidos, lo que es sorprendente, pues, aunque Joan Didion es muy conocida por sus reportajes políticos y sociales, y sus novelas han sido bien consideradas por la crítica, esta memoria sobre la muerte de su esposo, el escritor John Gregory Dunne, con quien escribió algunos guiones de películas como The Panic in Neddle Park y A Star is born, y la de la hija de ambos, Quintana, está tan impregnada de sufrimiento, enfermedad, angustia y muerte que, se diría, se halla en las antípodas de esos libros fáciles, entretenidos e inocuos que suelen ser los best sellers. Sin embargo, millones de personas lo han leído, con avidez y cierto masoquismo. Sin ser una reflexión notable ni contar una historia extraordinaria, esta confesión hace vivir a los lectores de manera directa, creíble y lacerante, esa experiencia para la que ningún argumento lógico es suficiente ni religión alguna consuela del todo: la de la muerte de los seres queridos y la conciencia de la inevitable muerte propia.
Salí del teatro sobrecogido y esa misma noche leí de un tirón el texto adaptado por Joan Didion. Me llevé una sorpresa notable. En comparación con el espectáculo, no valía gran cosa, era repetitivo, previsible, con debilidades melodramáticas. Y, sin embargo, Vanessa Redgrave no había añadido ni quitado una coma a ese libreto al que su fulgurante interpretación había transformado, convirtiéndolo en una tragedia moderna, en una inmolación catártica en la que los grandes temas, la vida, la muerte, el amor, el conocimiento, el dolor aparecían en su desnudez máxima, encarnados en una pobre mujer desamparada que se defiende contra la desintegración contando al mundo lo que le ha ocurrido y como aquellas muertes de su marido y su hija también la están matando.
Sobriedad, austeridad, despojamiento, son las palabras que me vienen a la memoria cuando trato de resumir mi impresión sobre la puesta en escena de David Hare y la actuación de Vanesa Redgrave. Sólo hay una silla común y corriente sobre las tablas y un telón de fondo gris que, por dos veces en el curso de la obra -en dos momentos particularmente fronterizos de la evocación de aquellas muertes- cae de golpe y es sustituido por otros dos lienzos con matices de gris más oscuro que el primero. La luz es casi siempre mortecina, salvo en breves momentos en que el personaje, abandonándose a un recuerdo tierno o risueño, parece vivir paréntesis de paz en su convulso monólogo.

En verdad todo lo que ocurre tiene lugar en las manos, los ojos, la boca, el cuerpo y los movimientos -casi siempre mínimos y a menudo al borde de lo imperceptible de la actriz. Las pocas veces que se levanta de la silla y los segundos que permanece de pie es como si un viento huracanado sacudiera la sala y fuera a arrastrar el teatro entero en un torbellino infernal. Pero, al instante, con un simple ademán silente y lento, la tempestad se calma y subsume en la voz de la mujer que prosigue, incansable, dando vueltas en ese remolino de desesperación del que, lo sabemos tan bien como ella, nunca más saldrá.
No sólo las palabras hablan por su boca; también las sílabas, las letras, los puntos y las comas. Y, sobre todo, los silencios son de una locuacidad extraordinaria y acaso cuando ella calla y clava su mirada en el vacío es cuando los espectadores se sienten más desamparados y nulos, convertidos ellos también en vacío.
Siempre me pareció Vanessa Redgrave una actriz fuera de serie, incluso en aquellas películas de segundo orden que hacía a veces, me imagino, más por razones alimenticias que vocacionales. Pero, a diferencia de otras actrices, es para mí imposible recordar una película u obra de teatro en que su actuación fuera mala o aun deficiente. Siempre enriqueció lo que hacía añadiendo con su actuación una hondura y verdad a personajes que eran anodinos y superficiales. En los años sesenta, la vi muy de cerca, en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam que ella siempre encabezaba, con Tariq Alí, en el swinging Londres, embutida en unos pantalones vaqueros y con una cola de caballo que el viento mecía. Dentro de los grupos y grupúsculos de izquierda, ella tuvo el buen gusto de no ser nunca estalinista. Si no recuerdo mal, militaba en una secta trotskista que lideraba su hermano y tenía apenas un puñadito de militantes. Y en todos estos años ha seguido siendo fiel a sus convicciones de juventud, lo que le deparó a veces problemas, como su solidaridad con los palestinos, por los que alguna vez fue objeto de boicot en los Estados Unidos.


Hacía años que no la veía en un escenario y es notable lo joven que parece todavía, quiero decir lo insegura, vulnerable, vacilante que por momentos finge ser con tanta veracidad y fuerza contagiosa, para, unos instantes después, en función de los grandes vaivenes temporales y de ánimo a que la obliga su personaje, revelar su larga experiencia, su sabiduría, su seguridad, su dominio tan absoluto de ese espacio al que su genio, antes que el texto, vuelve mágico.
La literatura, la música, una exposición pueden enriquecer la vida, intensificándola y sensibilizándola de manera profunda, transportando a lectores, oyentes o espectadores a unos niveles de percepción y comprensión del mundo, de las relaciones humanas, de los sentimientos, que, además de hacerlos gozar, los vuelven más lúcidos respecto a las insuficiencias e imperfecciones de que están rodeados. Pero probablemente ninguna otra experiencia artística tenga un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una gran representación teatral. Porque éste es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más, pues está hecho de seres de carne y hueso que, por el tiempo que dura esa otra vida que transcurre en el escenario, viven de verdad aquello que hacen y dicen, y lo viven, si tienen el talento y la destreza debidas, de una manera que nos fuerza a nosotros, los espectadores, a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, también mágicamente, que es la mejor manera que se ha inventado para vernos mejor y saber cómo somos. Gracias, Vanessa Redgrave.






FICCIONES

DE OTROS MUNDOS



viernes, 28 de agosto de 2015

La guerra del 'best seller' / 'Grey' vende 16 veces más que Harper Lee a la semana

La escritora María Dueñas domina las ventas del año. (EFE)
La escritora María Dueñas domina las ventas del año. (EFE)

La guerra 

del 'best seller': 

'Grey' vende 16 

veces más 

que Harper Lee 

a la semana


Las cifras de Nielsen a la vuelta del arranque de la nueva temporada 
arrojan datos que confirman la polarización radical de un verano

Peio H. Riaño
28 de agosto de 2015


'Grey' vende casi 16.000 ejemplares a la semana, frente a los 1.000 del 'Centinela'

En EEUU Ve y pon un centinela logró 1,1 millones de ejemplares. El presidente y consejero delegado de Harper Collins en EEUU, Brian Murray, aseguró que estas ventas “han excedido con mucho nuestras expectativas”. En España el libro aparecía en las librerías con 120.000 ejemplares, informó a este periódico Luis Pugni, director general de la filial española y portuguesa de Harper Collins. “Harper Collins siempre apuesta por estar entre los primeros en todos los mercados”, aseguraba entonces Pugni a El Confidencial.  
La llegada de la nueva temporada editorial la próxima semana echa el cierre a uno de los veranos más calientes de lanzamientos de 'best sellers' que se recuerdan. Los lectores de verano, a la vista de las cifras auditadas por la empresa Nielsen, a las que ha tenido acceso este periódico, anuncian la victoria de La chica del tren (Planeta), Paula Hawkins, por delante de Cincuenta sombras de Grey contada por Christian (Grijalbo) de E. L. James. Eso sí, la primera cuenta con varias semanas más de vida. 
Hasta el momento Grey ha vendido 60.109 ejemplares y La chica, cerca de los 120.000. La tercera novela que apareció con más brillo y campaña mundial  fue Ve y pon un centinela (Harper Collins), de Harper Lee. Sin embargo, el escalón es dramático: sólo ha conseguido vender 11.000 ejemplares en todo este tiempo. De hecho, Grey vende 16 veces más que la continuación de Matar a un ruiseñor a la semana: casi 16.000 de una frente a 1.000 ejemplares de la otra novela.

La polarización de los gustos

Este hecho es una prueba más de lo que desde hace seis años, al menos, la industria editorial ha sufrido una polarización radical de los gustos y las ventas. Cada vez son menos títulos los que venden miles y miles de ejemplares, que este verano se ha visto multiplicado con la ola de ambiciosas novedades que se disputan los lectores. Sólo tres títulos han logrado superar la barrera de los 100.000 ejemplares en lo que va de año: La templanza (Planeta), de María Dueñas, con un acumulado de 213.000 ejemplares vendidos; Hombres buenos (Alfaguara), de Arturo Pérez-Reverte, con 142.000 ejemplares; y La chica del tren (Planeta), con 116.196 ejemplares vendidos.
Nielsen audita las ventas de las grandes cadenas y grandes almacenes, sobre todo. Quedan fuera la mayoría de las librerías independientes. Las cuentas arrojan además que el pastel de los 20 libros más vendidos en la última semana se lo reparten dos grupos: Penguin Random House y Bertelsmann-Planeta tienen 15 títulos colocados en los más deseados.
Ese es el panorama editorial español, donde la amenaza de la grave situación económica por la que atraviesa el país ha mermado el mercado, con pérdida de lectores, librerías y fuentes de ingresos. Por eso la comercialización del autor literario en estos momentos es mucho más complicada que la del autor mediático: en un panorama polarizado, las apuestas se reducen a lo mínimo y la diversidad cultural queda en extinguida.

La tiranía de la novedad


En el imperio absoluto del ‘best seller’ los libros cada vez tienen una vida más limitada. Es una carrera de velocidad, en la que hay poco lugar para la sorpresa. Entre los cincuenta autores más vendidos destacan el cantautor Marwan, con Todos mis futuros son contigo (Planeta) y Mikel Santiago con El mal camino (Ediciones B). El primero ha acumulado en este año 18.300 ejemplares vendidos y el segundo 7.300. Es decir, al joven autor español ni se le espera, a pesar de ser una oportunidad por su coste: si triunfa es un pelotazo y si no, la editorial recupera un anticipo barato. 

La editorial Trama publicó a Thierry Discepolo, un joven editor francés, con un ensayo muy crítico con la mutación de los libros en productos: hechos rápido para ser leídos rápido y rápidamente olvidados. En La traición de los editoresdice Discepolo que “la sobreproducción perpetúa la tiranía de la novedad, que le quitan el sitio al resto, a los libros más exigentes”. El volumen de facturación es el prescriptor más sólido.



Joan Didion / El año del pensamiento mágico / Precaria cordura

Joan Didion

Joan Didion

Precaria cordura

LUIS DANIEL IZPIZUA 2 NOV 2006

"Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba", nos dice Joan Didion de forma reiterada en su muy hermoso libro El año del pensamiento mágico. Un libro sobre el duelo tras la muerte de alguien con quien nuestra vida se hallaba fuertemente vinculada; en el caso de la autora, su marido, John Gregory Dunne. Se disponían a cenar juntos el 30 de diciembre de 2003 después haber visitado a su hija Quintana, en coma en el hospital tras un choque séptico producido por una gripe que había derivado en neumonía. John le había pedido un whisky antes de sentarse, se sentaron a la mesa, ella removía la ensalada, John hablaba, de repente dejó de hablar. Ante el silencio de su marido, alzó la vista y lo vio desplomado, inmóvil y con la mano izquierda levantada. Al principio creyó que era una broma y le recriminó por ello. Luego pensó que se había atragantado e intentó hacerle la maniobra de Heimlich. Después vino la llamada a una ambulancia, la conversión del salón en una sala de urgencias, el electrocardiograma, las palas desfibriladoras, el viaje al hospital, la breve espera, la notificación de la muerte. "Está bien" -dijo el asistente social-. Es una mujer muy entera".
Joan Didion, sin embargo, desmenuza a lo largo del libro el "efecto persona muy entera". Lo sorprendente en él, lo fascinante, es esa patología de la normalidad que nos revela, la otra cara a la que parece plegarse una racionalidad aparentemente sin tacha. Tras la muerte de su marido, Joan Didion no parece alejarse en ningún momento de aquella entereza primera, e indaga y analiza con minuciosidad sus estados de ánimo, los momentos anteriores y posteriores al acontecimiento, consulta libros y artículos de psicología, informes médicos, cuadros clínicos sobre la enfermedad de su marido. Y, sin embargo. Cuando le preguntan si desea que le hagan la autopsia al cadáver de su marido, responde que sí, sin dudarlo, pese a que había presenciado ya algunas y sabía lo desagradables que eran. Duda, después, ante la posibilidad de donar alguno de los órganos de su marido, órganos que concluye que sólo podían ser las córneas, tras reflexionar sobre las circunstancias que se requieren para donar los órganos de un cadáver. Dona la ropa de su marido a una institución de caridad, aunque se resiste a entregar sus zapatos. Se ocupa de las necrológicas, organiza los funerales. Pero, a pesar de todo, comprende que si se había resistido a entregar los zapatos de su marido era porque "cómo podría regresar si no tenía zapatos". Si se había negado a donar sus córneas era porque "cómo podría regresar si no tenía órganos". Si había aceptado la autopsia era con la esperanza de que los médicos descubrieran que se habían equivocado y que estaba vivo. Si las necrológicas le habían molestado tanto, era porque "había permitido que otra gente pensara que estaba muerto. Había dejado que lo enterraran vivo". Joan Didion no creía en la resurrección de la carne, pero aún creía que, dadas las circunstancias adecuadas, él volvería. "Que volviera, ese había sido durante aquellos meses mi objetivo oculto, mi truco mágico".
La vida que conoces se acaba, dice Joan Didion, y nos cuesta aceptarlo. En realidad, más que acabarse, se va con ellos, con los muertos, y ansiamos su regreso para que nos la devuelvan. Nos llevan con ellos, los muertos, y es nuestra vida la que yace enterrada cuando nos dejan. Y nuestra vida está viva, o eso creemos, y es esta vivencia la que vuelve tan transitable el límite entre vida y muerte. Horacio, en una de sus odas -la XXIV del primer libro- le aconseja resignación a Virgilio tras la muerte de Quintillo Varo, ya que serán vanas sus invocaciones a los dioses para que regrese. En cambio, Jaroslav Seifert, en ese maravilloso poema que es El peso de la tierra, se pregunta si a los hombres no les quedará, después de la muerte, un poquito de vida allí abajo, debajo de la tierra. Si no seremos como los árboles, que repiten su copa en la copa de sus propias raíces y éstas aún viven años después de que el árbol haya sido talado. Y pide que lo entierren con un bastón blanco para moverse como un ciego en las tinieblas e intentar comunicarnos desde allí, a través de la hierba, "cómo es la muerte,/ ese instante/ que esperamos durante toda la vida". Pero ellos no nos hablan de su muerte, sino de nuestra vida, a la que arrastran consigo y con la que se resisten a regresar. Por eso hay que dejarlos, concluirá Joan Didion, porque "si hemos de continuar viviendo llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos".