Es un escritor y, como todos los escritores, ha estado siempre dedicado a su pasión, aunque las circunstancias hicieran de él un “escritor maldito”, algo que estaba muy lejos de ser cuando lo conocí en aquel Londres de los ochenta
Conocí a Salman Rushdie antes de que fuera famoso, en la Inglaterra de los 80. Tomamos un buen vino español en su casa y luego fuimos a un partido de fútbol, probablemente a aplaudir al equipo de mi barrio del que yo era hincha por entonces. No sabía mucho de Salman Rushdie, salvo que se había graduado en Cambridge y que había publicado varias novelas, entre otras, “Hijos de la medianoche”, sobre la independencia de la India, que a mí me deslumbró y que, me parece, es la mejor novela que él entonces escribió. En esa primera entrevista, él me habló mucho de la novela latinoamericana, que conocía por las traducciones al inglés, hechas por los editores estadounidenses, en América.
Lo más importante de la reunión de la OTAN en Madrid esta semana ha sido que Turquía levantara su veto, a cambio de ciertas concesiones, a Suecia y Finlandia para que se incorporen al tratado de defensa atlántica. Una vez más se comprueba, de este modo, que Vladimir Putin se equivocó con su invasión a Ucrania, pues aquella medida arbitraria, irracional y matonesca ha tenido como consecuencia un fortalecimiento de la Alianza Atlántica. Tanto Suecia como Finlandia preservaban su neutralidad, a la que han renunciado por temor, debido a aquella absurda guerra desatada por Rusia contra Ucrania. Ninguno de estos países quiere ser invadido por el gigante vecino.
Amir Valle, autor cubano exiliado en Alemania, me envió su libro, titulado “La estrategia del verdugo”, que ha ganado “El Premio Carlos Alberto Montaner” de ensayo, sobre los abusos que se cometen con los escritores en Cuba, y lo leí de inmediato, algo que no había hecho hacía muchos años con los textos procedentes de esa isla, a la que Virgilio Piñera apostrofó así: “la maldita circunstancia del agua por todas partes me obliga a sentarme en la mesa de café”. Está escrito de prisa y tiene erratas, pero el objetivo del libro, denunciar los atropellos que se urden con los derechos de autor en la isla, se cumple a carta cabal.
Anatomía del caso Ratajkowski: ¿por qué hay personas que engañan sistemáticamente a sus parejas?
La ruptura de Emily Ratajkowski y Sebastian Bear-McClard, achacada a las supuestas infidelidades continuas de él, demuestra que nadie está a salvo de que le pongan los cuernos.
A mediados del mes pasado nos sorprendía la noticia de que la modelo Emily Ratajkowski y su marido Sebastian Bear-McClard habían decidido poner fin a su relación. Llevaban cuatro años casados y tienen un hijo en común, Sylvester Apollo, de solo un año.
Emily Ratajkowski ha reflexionado sobre su infancia y la fijación de sus padres con la belleza y cómo contribuyó a las expectativas que se puso de sí misma.
La modelo discutió el tema en profundidad en su próximo libro de ensayos My Body, en el que recordó a su madre y su padre discutiendo su apariencia desde el momento en que nació y su madre Kathy a menudo le decía que era "una bebé tan hermosa".
Según Ratajkowski, la belleza era importante para sus padres, ya que su madre misma había sido hermosa, y la modelo explicó que había "tratado de estimar dónde pensaban mis padres que pertenecía en el mundo de las bellezas", ya que "les parecía importante a ambos, especialmente a mi madre, que su hija sea percibida como hermosa”.
Ratajkowski también escribe que sintió que la belleza la haría parecer "especial" para sus padres, lo que a su vez la hizo sentir más amada, según extractos publicados por el DailyMail.
Cuando Ratajkowski cumplió 12 años, afirma que se dio cuenta de que los hombres se sentían atraídos por ella, una conciencia que también notó su madre, quien a menudo señalaba estos casos.
"¡Nunca olvidaré la expresión de su rostro cuando pasaste junto a él!", su madre diría, según Ratajkowski. "¡Se detuvo en seco y su boca se abrió!".
Después de que un agente se le acercó para hablarle sobre el modelaje en la escuela secundaria, la modelo 30 años recuerda cómo su padre, un maestro de arte de escuela secundaria, había mostrado con orgullo su tarjeta de modelaje, que incluía sus fotos y medidas, en su salón de clases.
En su primera audición de modelaje, Ratajkowski recuerda a su madre nuevamente señalando el interés de un hombre en su apariencia, con su mamá diciéndole: “ese chico te miró cuando te levantaste y moviste tu cabello. Él te estaba mirando".
En su próximo libro, la modelo también detalla otros momentos definitorios e inquietantes de su infancia, incluido un incidente en el que la enviaron a casa de un baile escolar a los 13 años porque los chaperones dijeron que su atuendo era "demasiado sexy".
"Yo era una niña, pero de alguna manera ya era una experta en detectar el deseo masculino, incluso si no entendía completamente qué hacer con él", aseguró.
Según Ratajkowski, la objetificación continuó a medida que crecía, y la modelo recordó cómo, en la escuela secundaria, un agente de casting había elogiado las fotos en primer plano de su rostro por la expresión que estaba haciendo, diciéndole: “ahora esta es la mirada. ¡Así es como sabemos que esta chica coge!".
Si bien Ratajkowski dijo que inicialmente pensó en su belleza como algo empoderador, escribe que eventualmente se dio cuenta de que “las mujeres que obtuvieron su poder por la belleza estaban en deuda con los hombres, cuyo deseo les otorgó ese poder en primer lugar”.
"Esos hombres eran los que tenían el control, no las mujeres a las que el mundo adulaba", señaló, segúnThe New York Post, y la modelo reconoció que, si tuviera que enfrentar "la realidad de la dinámica en juego", hubiera “significado admitir cuán limitado era realmente mi poder, cuán limitado es el poder de cualquier mujer cuando sobrevive e incluso triunfa en el mundo como una cosa digna de verse”.
“'Me vi obligada a enfrentar algunas verdades desagradables sobre lo que entendía como importante, lo que pensaba que era el amor, lo que creía que me hacía especial, y confrontar la realidad de mi relación con mi cuerpo”, escribe.
En el libro, Ratajkowski también detalla un encuentro de presunto ataque sexual por parte de Robin Thicke, en el set del video musical de la exitosa canción del cantante Blurred Lines en 2013.
“De repente, de la nada, sentí la frialdad y la extrañeza de las manos de un extraño masajeando mis pechos desnudos desde atrás. Instintivamente me alejé y miré a Robin Thicke. Él sonrió con una sonrisa tonta y se tambaleó hacia atrás, con los ojos ocultos detrás de sus gafas de sol. Mi cabeza se volvió hacia la oscuridad más allá del set", confesó.
En ese momento, la modelo dice que estaba “desesperada por minimizar el incidente”, y recientemente Ratajkowski dijo a People que no había presentado las acusaciones antes porque estaba preocupada por el impacto en su carrera.
“Yo era una modelo desconocida y si hubiera hablado o me hubiera quejado, no estaría donde estoy hoy, no sería famosa”, declaró la modelo.
Ratajkowski también expresó su frustración con el incidente, que se compartió antes del lanzamiento de su libro el 9 de noviembre, y dijo a Extra el lunes: “Ha sido difícil para mí, realmente me gusta tener control sobre mi imagen y escribí este libro de ensayos para comparta la historia completa y todos sus aspectos".
Hasta ahora, Thicke no ha comentado públicamente sobre las acusaciones.
The Independent se ha puesto en contacto con representantes de Thicke para solicitar comentarios.
Hacemos 10 recomendaciones, podíamos dar 100 ó 1000. Hay verdaderas joyas que se editan cada día. Maestros del dibujo, genios de la ilustración que narran con trazos, formas y colores un imaginario infinito. Destacamos 10 referencias de editoriales que apuestan por este arte, una profesión, como decía Sempé, que a simple vista parece sencillo. Disfruten.
Dibujar es un oficio que parece sencillo, pero no lo es. Es como cuando veo a los trapecistas de un circo. Me digo que lo que hacen es muy fácil, pero si decidiera subirme al trapecio me daría un tortazo importante. Con el dibujo sucede exactamente lo mismo. Sempé
El ilustrador francés Jean-Jacques Sempé, crítico afilado del mundo en el que vive, regresa a las librerías españolas con 'Marcelín'
Alex Vicente 16 de mayo de 2016
La suya es una silueta oronda e impecablemente vestida que inhala con vehemencia su cigarrillo electrónico: tuvo que dejar de fumar hace algunos meses por los achaques de la edad. A punto de cumplir 84 años, Sempé aparece sentado en un rincón del pequeño espacio que su galerista tiene en Saint-Germain, el barrio parisiense donde ha transcurrido buena parte de su existencia, donde cuenta con Catherine Deneuve y Patrick Modiano como vecinos más ilustres. Gran figura del dibujo del último siglo, autor de centenares de viñetas entrañables pero increíblemente afiladas, Sempé obtuvo la fama en los sesenta ilustrando El pequeño Nicolás, de René Goscinny.
Desde entonces, se ha pasado media vida diseccionando las ridículas costumbres del tiempo que le ha tocado vivir, trazando a oficinistas deprimidos, esforzados ciclistas, músicos sin la partitura aprendida, astronautas polígamos y otros hombrecillos con diversas inquietudes metafísicas (además de numerosos gatos, en un gesto de inaudita modernidad). Responsable de una treintena de álbumes y de un centenar de codiciadas portadas de The New Yorker, Sempé regresa a las librerías españolas con Marcelín, uno de sus volúmenes de los sesenta, que ahora recupera Blackie Books.
PREGUNTA. Su biografía empieza con una recompensa: ganó un premio al bebé más guapo de Burdeos, su ciudad natal.
RESPUESTA. Vaya a saber qué quería decir eso en aquella época. Debía ser el bebé más gordo, porque entonces un bebé tenía que rebosar por todas partes…
P. ¿A qué se dedicaban sus padres?
R. Tuvieron vidas difíciles. Hicieron lo que pudieron. Mi padre adoptivo, Monsieur Sempé, era representante comercial. Vendía latas de conserva. Mi madre cosía y limpiaba. No tenían nada, lo que comportaba muchas peleas, entre ellos y contra mí.
P. Usted fue hijo ilegítimo. ¿Nunca supo nada de su padre biológico?
R. Nunca quise saber. No quería poner a nadie en aprietos. No deseaba presentarme en casa de una familia bien asentada y preguntar: “¿Vive aquí mi padre?”. No, nunca lo fui a buscar. Hubiera sido un jaleo.
P. ¿Cómo llegó al dibujo?
R. Era más fácil encontrar un folio y un lápiz que un avión o un piano Steinway, por citar mis demás pasiones. En realidad, estaba loco por la música. Especialmente por el jazz, que ha sido la música del siglo XX. Hubiera hecho cualquier trabajo, pero todo el mundo me rechazó.
P. ¿Cuál fue su primer dibujo publicado?
R. No quiero hablar de él. Lo publiqué a los 18 años en Sud-Ouest, el diario de Burdeos. Era una catástrofe. Si me lo publicaron fue por pura amabilidad, tal vez esperando que algún día lograra hacer algo digno.
P. Se le suele tratar de nostálgico. ¿Qué hay de cierto?
R. Es verdad. Hay varias cosas que echo de menos. El papel, las plumas y la tinta que ya casi no se fabrican. O la Francia de otro tiempo, un país agradable y campechano que ha desaparecido. Ahora ya no hay sentimientos…
“La amistad es algo maravilloso, pero frágil. Igual que el resto de sentimientos humanos. A excepción de la barbarie”
P. ¿En qué sentido?
R. La vida se ha vuelto muy dura. Solo consiste en trabajar y consumir. Todo va a una gran velocidad. Los pueblos se expanden y los países se entremezclan. Es una sociedad violenta, en la que cuesta hacerse un lugar. Los fuertes aplastan a los débiles y ya casi no existe la piedad. Lo llevo mal, porque esa brutalidad no me gusta.
P. Siempre ha sido un gran defensor de la bondad.
R. Pienso lo mismo que Vasili Grossman, el autor de Vida y destino. Tuvo una existencia infernal, pero al final de su libro afirma: “Solo creo en la bondad”. Yo diría lo mismo.
P. En Francia se le suele tildar de moralista. ¿Se lo toma como un insulto?
R. No sé qué querrán decir con eso…
P. Tal vez que sigue creyendo en el bien y en el mal.
R. Es así, por desgracia. Ya no está muy de moda ser así. Es como de otro tiempo.
P. ¿Es conservador?
R. No entiendo cuál es la relación. A uno le puede gustar la música clásica o la arquitectura del siglo XVII sin ser un retrógrado, ¿verdad? Pues con este tema sucede lo mismo…
P. ¿Usted vota?
R. Claro, pero no le voy a decir por quién. De eso no hablo.
P. ¿Qué es para usted dibujar?
R. Es un oficio que parece sencillo, pero no lo es. Es como cuando veo a los trapecistas de un circo. Me digo que lo que hacen es muy fácil, pero si decidiera subirme al trapecio me daría un tortazo importante. Con el dibujo sucede exactamente lo mismo.
P. ¿Cree en la inspiración?
R. Solo cuando llega. Cuando no llega, dejo de creer en ella.
P. ¿Qué hace cuando no llega?
R. En realidad, solo cuenta el trabajo, por mucho que me fastidie. La inspiración hay que ir a buscarla.
P. ¿Le ayuda observar la vida de sus semejantes?
R. Darme un paseo por mi barrio me ayuda a vivir y, por consiguiente, a dibujar. Pero no existe una relación directa. Nunca me he nutrido de mi biografía. En realidad, no puedo contarle cómo funciona, porque no tengo la menor idea. Es un misterio bastante desesperante. Si alguien le da la receta, dígale que me llame.
P. ¿Qué ha aprendido en estos 50 años largos de carrera?
R. Que soy más tonto de lo que creía. Que soy torpe, perezoso y desordenado. Que soy un hombre aturdido.
P. ¿Sigue dibujando?
R. Sí, pero ya no todos los días. Me resulta extraño, porque antes lo hacía sin parar. Ahora soy un hombre viejo. Me siento cansado. Ya ni puedo ir en bicicleta, una de mis grandes pasiones, porque se me estropeó una pierna tras un accidente vascular…
“La caricatura política no me gusta, no me interesa y no sé hacerla. La actualidad me importa poco”
P. ¿Por qué no le gusta la palabra obra?
R. Resulta demasiado pretenciosa. En el fondo, usted y yo no dejamos de ser personas corrientes. Cuando veo a un tipo que habla de su obra como si fuera La Gioconda, me entra la risa.
P. Es por modestia, entonces.
R. No, más bien por un deseo de ser preciso respecto a lo que pienso de mi trabajo. Llamarlo trabajo, oficio o incluso curro me parece bien. Cualificarlo de obra, no.
P. ¿Firmar su primera portada para The New Yorker fue uno de los grandes orgullos de su vida?
R. Fue un enorme placer, se lo confieso. Pero no me haga describírsela; mejor se la enseño… [abre un libro que contiene el dibujo: un oficinista con cuerpo de pájaro que duda en salir volando por la ventana]. Este buen hombre podría escapar, porque lo tiene todo para poder hacerlo, pero no se decide. Esa es la condición de muchos seres humanos.
P. ¿Todos somos prisioneros?
R. Eso parece. Tanto si hemos elegido nuestra vida como si no. Pero no me haga hablar de estas cosas. Mejor pregúnteselo a Nietzsche o a Pascal.
P. Ya, pero están muertos.
R. Ah. Por eso nunca responden cuando los llamo.
P. ¿Diría que la amistad ha sido su tema principal?
R. Nunca fui consciente de ello. A fuerza de escucharlo, un día me puse a mirar mis dibujos y me di cuenta de que era verdad. Me parece un elemento muy importante en la vida. La amistad es algo maravilloso, a la vez que extraordinariamente difícil…
P. ¿La considera efímera?
R. No, la considero frágil. Igual que el resto de sentimientos humanos, a excepción de la barbarie.
P. ¿La amistad sustituyó a los afectos que no tuvo de niño?
R. Sí, sin lugar a dudas. Le contaré otra anécdota: mi músico favorito, Duke Ellington, que es un hombre que logró todas las recompensas y sedujo a todas las mujeres que uno pueda imaginar, solía decir, al final de su vida, que lo que había contado más era encontrarse en los brazos de su madre cuando era pequeño…
P. ¿Por qué nunca le interesó la caricatura política, tan de moda en la Francia de los sesenta y setenta?
R. Porque no me gusta, no me interesa y no sé hacerla. La actualidad me importa poco, y en la caricatura política solo suele haber buenos y malos. La realidad es más complicada, a no ser que aparezcan Hitler, Stalin o Mao. A mí me gustaban esos estadounidenses de origen judío centroeuropeo, como Chas Adams o Saul Steinberg, que practicaban el arte de la lítote, esa figura retórica que consiste en decir poco y expresar mucho.
P. ¿Qué relación mantuvo con sus compañeros de revistas satíricas como Le Canard Enchaîné o Charlie Hebdo?
R. Éramos colegas. Debutamos a la vez, pero nunca nos llevamos bien. Éramos demasiado distintos…
P. ¿Ideológicamente?
R. No, yo diría que más bien biológicamente [risas].
P. ¿Cómo fue trabajar con René Goscinny, con quien creó El pequeño Nicolás?
R. Lo conocí a los 20 años. No le puedo explicar por qué nos caímos tan bien. Sería como detener a una pareja por la calle y preguntarles: “¿Por qué se aman? ¿Qué le encuentra usted a este tipo?”. Es imposible describirlo…
Jean-Jacques Sempé, en su casa en París en 2015.foto de STEPHANE DE SAKUTIN
Muere el dibujante francés Jean-Jacques Sempé, padre de ‘El pequeño Nicolás’
El artista francés captó con un trazo sencillo y solo en apariencia liviano la poesía de la infancia y de su tiempo
Marc Basset 11 de agosto de 2022
Jean-Jacques Sempé, el dibujante que con un trazo sencillo y preciso imaginó los rasgos de personajes eternos como El pequeño Nicolás, y que, con aparente liviandad, captó la poesía de la infancia y de la vida cotidiana en ciudades como París y Nueva York, murió este jueves a los 89 años, según informó su esposa, Martine Gossieaux Sempé, a la agencia France Presse. Su biógrafo, Marc Lecarpentier, precisó que se encontraba en su residencia de vacaciones, sin precisar el lugar, y que estaba “rodeado de su mujer y sus amigos más cercanos”. Una mirada superficial podría dar de Sempé la imagen de un ilustrador de revistas frívolas o elitistas, alguien ajeno a los tormentos de su época que nunca dejó de retratar siempre el mismo tipo de personajes y escenarios. Sería un error. Parecía ligero pero era profundo. Se tomaba poco en serio a sí mismo y muy en serio a los humanos. Bajo la superficie, vibraba el mundo, su mundo. “El hombre es un animal inconsolable y alegre”, rezaba su lema, como recuerda Le Figaro, y estas palabras son un resumen de su obra, más de cuarenta álbumes y centenares de ilustraciones y portadas para publicaciones como Paris Match y The New Yorker.
Sempé se ríe con sutileza de cierta masculinidad en este libro ilustrado para adultos publicado en Francia en 1965
TEREIXA CONSTENLA
Pocos como Jean-Jacques Sempé (Burdeos, 1932) redondean una atmósfera con trazos inacabados. El señor Lambert, que se publicó originalmente en Francia en 1965, había permanecido inédito en España hasta ahora que la editorial Blackie Books está recuperando los trabajos para adultos del dibujante de El pequeño Nicolás. Con las minúsculas herramientas de un lápiz, un esbozo y una cháchara, Sempé logra que El señor Lambert ofrezca un retrato costumbrista del bistró económico, un apunte sociológico de la masculinidad del francés medio de los años sesenta y una minitragicomedia. Su ironía afilada e ingenua nada tienen que ver con la sal gruesa del espíritu de Charlie Hebdo. Sempé saca punta al mundo con un deje melancólico.
Entre 1961 y 1966 el dibujante francés Jean Jacques Sempé, famoso por sus libros sobre El pequeño Nicolás con guion de Gosciny (ahora que recordamos al desaparecido Uderzo), publica cuatro trabajos sorprendentes, referidos a lo que Freud había llamado antes como psicopatologías de la vida cotidiana, en la naciente ola de los años sesenta y del primer esplendor francés del estado del bienestar. Justo antes de la eclosión del Mayo-68 y en coexistencia pacífica con el optimismo de la Nouvelle Vague que tantos colorines introdujo en la vida de los franceses, por más que el grueso de sus películas fueran en fulgurante blanco y negro.
Murió el escritor Nicholas Evans, el hombre que susurraba a los caballos
El autor británico, de 72 años, había publicado el libro que inmediatamente se convirtió en best seller en 1995; la historia saltó a la pantalla grande de la mano de Robert Redford
LA NACION
El escritor británico Nicholas Evans, autor del exitoso best-seller El hombre que susurraba a los caballos, murió de una crisis cardiaca a los 72 años, anunció hoy su agente. No obstante, el fallecimiento se produjo el 9 de agosto, y no se hizo público hasta la emisión de un comunicado este lunes que reprodujo la agencia AFP. “United Agents tiene la gran tristeza de anunciar la repentina muerte del celebrado autor Nicholas Evans, fallecido el martes de una crisis cardiaca”.
Nicholas Evans en una imagen tomada en Nueva York en 2005.TINA FINEBERG (AP)
Muere a los 72 años el escritor Nicholas Evans, autor de ‘El hombre que susurraba a los caballos’
El autor británico, cuya novela más conocida fue adaptada al cine por Robert Redford, falleció tras sufrir un ataque al corazón
El País
15 de agosto de 2022
El escritor británico Nicholas Evans, autor del superventas El hombre que susurraba a los caballos, ha fallecido repentinamente a los 72 años tras sufrir un ataque al corazón, según anunció este lunes su agencia de representación. El deceso se produjo el pasado martes 9 de agosto.
Nicholas Evans atribuye su éxito literario a la pasión por la naturaleza
Miguel Ángel Villena 6 de noviembre de 1998
Nicholas Evans (Worcestershire, Inglaterra, 1950) ha vendido en todo el mundo 30 millones de ejemplares de su primera novela El hombre que susurraba a los caballos (Plaza y Janés). Pero este antiguo periodista y guionista de televisión está en las antípodas del autor programado de libros de éxito y atribuye la fama que le dio su primer libro no sólo a la versión cinematográfica que dirigió e interpretó Robert Redford, sino también a la pasión por la naturaleza de muchos lectores. "Los grandes espacios", comentó el escritor durante su visita a Madrid esta semana, "mantienen la épica de las grandes historias literarias y ésa ha sido la clave de que la novela triunfara tanto en Asia como en Europa o en América".
Desde hace más o menos treinta y tres años, la edad de Cristo en la cruz, Salman Rushdie se había convertido para su desgracia en un personaje de novela, concretamente de una novela de Salman Rushdie. El narrador todopoderoso, creador de ángeles y demonios que caen volando desde los cielos, contempló aterrado cómo el maleficio de la palabra escrita volvía para alcanzarlo y convertir su vida en un infierno. De repente, tras la publicación de Los versos satánicos, su rostro estaba en todos los periódicos y telediarios del mundo, su nombre maldecido entre los creyentes, su cabeza reclamada por legiones de fanáticos. Decía Borges que la fama siempre es un malentendido, quizá el peor, una boutade que nadie podría suscribir con más derecho que Salman Rushdie. Nunca sabremos qué molestó realmente al ayatolá Jomeini, si la acusación de blasfemia implícita en la idea de que, al redactar el Corán inspirado por el arcángel Gabriel, Mahoma habría mezclado sin querer los versos satánicos con los divinos, o la descripción que hace Rushdie en uno de los capítulos del propio Jomeini, un anciano agrio y ceñudo exiliado en París años antes de su regreso triunfal a Teherán.