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| Sergio Mendes |
El rostro joven de Sergio Mendes
Carlos Galilea18 de marzo de 2006
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| Sergio Mendes |
Gerard Butler, Leónidas en la película 300, de Zack Snyder.![]() |
| Philip K. Dick |
El primer cuento de Philip K. Dick se llamó La cosa-Padre: un animal viene del extramundo, consume el ser del padre, se hace padre, lo usurpa, va a meterse en la madre, y en el propio hijo, que, descubriéndolo todo, quema antes a su padre con gasolina. El enemigo ronda cerca, padres o Estado, agentes del FBI perseguidores de comunistas, o agentes comunistas y neofascistas disfrazados de vecinos. Dick tomaba tranquilizantes para quitarse la angustia de escribir, anfetaminas para escribir, y alucinógenos para borrar las alucinaciones. Imaginó a un presidente de EEUU simulacro electrónico manejado por plutócratas. Imaginó que japoneses y nazis habían ganado la guerra. Anticipó la llegada del negocio inmobiliario a Marte. Vio que yo, u otros como yo, éramos máquinas construidas para negar que son una máquina. Tuvo la pesadilla de un astro televisivo que despierta del coma y descubre que nadie lo conoce: no existen ni el astro ni su programa. Supo que hay recuerdos en venta que no se distinguen de los verdaderos, con la ventaja de que los verdaderos tampoco se distinguen de los falsos. Empiezan a conocerse novelas de Dick antes de ser Dick, como Gather Yourself Togheter, de 1949: en la China en guerra civil una mujer y dos hombres recibirán a los maoístas para entregarles una fábrica americana que ha ido cayendo en el abandono a la espera de la llegada de los nuevos bárbaros. Verne se llama el héroe de la historia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de marzo de 2007

Se cumplen hoy veinticinco años del fallecimiento de Philip K. Dick, el escritor que la canónica Enciclopedia de John Clute y Peter Nichols define como "una de las dos o tres personalidades más importantes en la ciencia-ficción del siglo XX". Víctima de un infarto que le mantuvo cinco días en coma, Dick fue enterrado por su padre bajo la lápida que le había esperado cuarenta y tres años, esculpida el día del temprano fallecimiento de su hermana gemela Jane, que murió con tan sólo cinco semanas de vida.
Almudena Grandes se muestra en plenitud en El corazón helado. La novela repasa la Guerra Civil, el exilio y el latir de herencias sentimentales, ideológicas y económicas que, sabidas o secretas, minan el presente de una familia y una sociedad. Una misteriosa mujer en el entierro de un hombre es la puerta de entrada al pasado y a la verdad.
Almudena Grandes
Tusquets. Barcelona, 2007
933 páginas. 25 euros
El formato corto defrauda a sus más fieles lectores y a los que lo son menos, como pudo pasar con Castillos de cartón, y el formato largo impacienta a sus menos devotos pero satisface a los más fieles. Si necesita arreglo o no esta situación es lo de menos porque lo de más es que enuncia una pista concluyente sobre la pluralidad cuantiosa de lectores que pueden acercarse a una novela de Almudena Grandes en tanto que seguro de calidad para una poética novelesca: esa novela muy bien armada que se crece en los meandros a menudo infinitesimales y en las exploraciones interiores exhaustivas, esa novela que recurre espontáneamente a la amplificatio como modo de desarrollo narrativo y modo de análisis de un destello de duda, o un recuerdo emborronado, o una lluvia ruidosa. Nadie en la novela española actual ensancha así el nervio vital de los personajes hasta crear una suerte de casa común, de convivencia física, que es un efecto literario que la novela contemporánea ha ido buscando a través de recursos elípticos. El corazón helado es pura Almudena Grandes; tanto, que en la nota final incluso agradece a sus editores que "ni una sola vez" hayan protestado del tamaño del libro, pese a que la multiplicación de detalles circunstanciales o morosidades analíticas e introspectivas juegan contra ese mismo efecto buscado, y en lugar de sumar tensión demasiadas veces los puntillosos detalles nuevos la disminuyen o neutralizan.
Por eso digo que Almudena Grandes parece no haber estado nunca antes tan segura y convencida de su modo de hacer novelas. El corazón helado cumple no sólo un impulso de máxima ambición literaria sino de ratificación propia, como novelista y como ciudadana, en un espacio de la imaginación (que eso es la historia también) que apenas había concurrido antes y que aquí lo hace sin perder la función de servir a los nudos clásicos de sus historias de sentimientos atrapados y desbordados: los secretos perdurables, los heridas mal curadas o incurables, las mentiras aplazadas. Y he dicho ciudadana hace un momento muy a conciencia: el impulso del relato tiene que ver con nuestro presente social y cultural de una manera tan directa que incluso cuando se abre al pasado y se inmiscuye en las biografías dañadas por la Guerra Civil, el exilio o la División Azul, late la voluntad de recordar que eso sucede en el presente y que todo aquello que sucedió, fuese lo que fuese, no sucedió, sucede, aunque lo callen los que lo saben, aunque lo ignoren quienes lo heredan.
Para obtener ese efecto y esa atmósfera, la novelista ha optado por fijar un pivote maligno y tortuoso, el traidor un poco demasiado de una pieza, en torno a cuya muerte en nuestros días arranca la reconstrucción que conducen dos personajes centrales. El hijo del traidor, Álvaro, y una víctima de la traición, Raquel, encienden la mecha de una relación amorosa sin saber del todo bien que será el amor atacado que viven lo que va a llevarles al desmoronamiento del mito de un padre ejemplar, enriquecido en el franquismo cuando usurpa sin piedad las propiedades de una familia exiliada, la de Raquel. Lo descubre y averigua atando cabos familiares y recuerdos propios esa pareja nueva, fresca y madura, en torno a la cuarentena, que ha vivido en democracia desde siempre y sin embargo es heredera de herencias que ambos ignoran en parte, o cuya tasación han calculado mal o apenas han conocido nunca en su verdadera magnitud.
Y de eso va a ocuparse el lector que caiga en el relato, de saber qué han heredado y por qué les han ocultado la parte oscura de su propia historia familiar y hasta dónde puede llegar a doler el presente cuando no hay rectificación posible ni de la mentira, ni de la traición y ya ni siquiera es del todo claro que importe demasiado la venganza: por qué hay que esperar a la muerte del padre para saber dónde y cómo murió la abuela, y por qué sólo a su muerte los hijos sabrán el origen infeccioso de la fortuna. La documentación que ha usado Almudena Grandes es sin duda abundante para reconstruir fiablemente las condiciones del exilio y las carencias del interior, pero vuelve a ser dominante en su novela el peso de la efusión sentimental y su derrame emotivo, la agudeza feroz del dolor al evocar a una abuela negada por su hijo e ignorada por los nietos (por haber sido socialista, por haber abandonado el matrimonio). La restitución de la historia se celebra en un espacio privado que sin embargo tiene vocación colectiva: la familia, las familias numerosas y pobladas de hijos, de sobrinos, de primos segundos y terceros, y esa restitución es el saber veraz que unos necesitan y que otros rehúyen desde la cobardía, el cinismo o la aclimatación confortable a las mentiras de toda la vida, como suelen serlo las mentiras de familia.
Es subdirector de Opinión y llega a la redacción desde la vida apacible de la universidad, donde es catedrático de literatura. La inmersión en el periódico equivale a entrar en el mundo real casi sin respirar. Pese a haber escrito sobre Javier Pradera, nada podía hacerle imaginar que la realidad real era así: ingobernable y adictiva.
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| Siri Hustvedt |
Henning Mankell (Estocolmo, 1948), creador de Kurt Wallander, ha vendido 25 millones de libros publicados en 35 lenguas, y se le puede señalar como uno de los responsables del auge de la novela negra en Europa. Este sueco que vive parte del año en Mozambique confiesa que el teatro es su pasión primera y que siempre quiso ser escritor. "Nunca pensé que escribiría novelas policiacas"
Pocas veces he tenido la ocasión de encontrarme ante un hombre entero, modélico. A diferencia de la mayoría de escritores, Henning Mankell no se pavonea ni se empeña en caer bien. Con lo cual, por supuesto, cae estupendamente. Habla lo justo, sin florilegios, pero no rehúye ninguna pregunta. En un western sería el médico del pueblo convertido en sheriff. Tampoco cuesta imaginarle con las cualidades del inspector Wallander, su héroe de ficción: esfuerzo, perseverancia, coraje. "Siempre quise ser escritor, pero nunca pensé que escribiría novelas policiacas. Me encontré haciéndolo, eso es todo". Ha venido a Barcelona para recoger el premio Carvalho, pero detesta la vida social. "No soporto esas cenas que duran tres horas ni esas reuniones en las que todo el mundo está de pie hablando de nada con mucha gente". Prefiere quedarse en el hotel, leyendo, trabajando, o pasear con su mujer, Eva Bergman, la hija del gran Ingmar.
Su extraordinario ciclo novelesco lleva el subtítulo, muy bergmaniano, de Novelas sobre el desasosiego sueco. Ha vendido 25 millones de libros, publicados en 35 lenguas. Podría haberse retirado a su granja de Harjedalen (Suecia), pero pasa la mitad del año en Mozambique, un país en la ruina, con una temperatura media de 38 grados, dirigiendo el teatro Avenida, en Maputo, y la editorial Leopard Publishing House, para dar a conocer autores africanos.
Comenzó a escribir a los seis años. Su madre abandonó a la familia cuando Mankell aún no había cumplido los 10. A los 16 dejó la escuela y se embarcó en un mercante. Vivió un año en París, donde trabajó en un taller de instrumentos musicales. Volvió a Suecia, decidido a convertirse en escritor, "pero comprendí", dice, "que necesitaría bastante tiempo: no era lo bastante maduro para escribir un libro". Fue entonces cuando descubrió el teatro, "mi pasión primera, fundamental. Intuía que escribir y dirigir eran cosas muy parecidas. Ambas consisten en construir y ordenar mundos".
A los 19 años, sin proponérselo, se encontró convertido en actor. "No era lo mío, desde luego. El director, muy valiente por cierto, me ofreció escribir una obra. Y la escribí, en 1968. Se llamaba Feria popular. Era una pieza satírica y provocó un escándalo maravilloso. Un crítico se enfadó tanto que acabó diciendo que yo llevaba unos zapatos horrendos. Pero dimos 100 representaciones".
Su madre se suicidó cuando Mankell acababa de cumplir los 20. No le pregunto nada. ¿Para qué? Ese gran silencio está en su interior. Un silencio lleno de palabras escritas, representadas, de actividad constante, de vida que en cualquier momento puede acabarse, como un portazo. La vida de Mankell tiene dos habitaciones. "En una escribo y estoy solo. La otra es más grande, mejor iluminada, y está llena de gente, los míos, con los que hago teatro".
Poca gente en España conoce su faceta de hombre de teatro, aunque, me dice, "visitamos Sevilla durante la Expo 92, con un montaje mío de Los bandidos de Schiller". En estos momentos se están dando en Europa entre 10 y 15 montajes de sus obras más recientes, como Up and down, en Londres, o Antílopes, en París. Adora a Calderón y a Lorca, "una de mis primeras fuentes de inspiración", de quien montó Bodas de sangre en Mozambique, "porque podría ser perfectamente una historia africana". Brecht también ha sido muy importante para él. Y, por encima de todo, Shakespeare, siempre. Mankell afirma que Macbeth es "la mejor obra criminal de la historia", pero nunca se ha atrevido a montarla. "Temo no hacerlo bien, estropear esa maravilla, aunque mi auténtica favorita es El sueño de una noche de verano. Lo tiene todo, absolutamente todo. Es como escuchar a Mozart y a Bach trabajando juntos".
Durante un tiempo, Mankell dirigió el Kronobersteatern de Vaxjo, en el que sólo programaba obras suecas. "Fue un gran éxito, pero cometí el peor error de mi vida: ser director y gestor al mismo tiempo. Una catástrofe total. Durante cuatro años no pude escribir una línea". Hasta que volvió a África, con la que soñaba desde niño, "cuando leía los grandes viajes de los exploradores victorianos". Viajó a Guinea-Bissau a los 24 años, "para airear mi cabeza". A finales de los años setenta se instaló en Zambia con su primera mujer, una enfermera. "Un día me llamó Manuela Sueiro, la directora del teatro Avenida. Mozambique acababa de conseguir la independencia y ella se puso al frente del teatro Avenida con un grupo de actores y actrices jóvenes llamado Mutumbela Gogo. Viajé a Maputo y me propusieron trabajar juntos. No pude volver a Luanda porque no había vuelos hasta la semana siguiente. Aquella semana en Maputo ha durado 25 años. Debería enviar una carta de agradecimiento a las líneas áreas de Angola".
Mankell trabaja en el teatro Avenida por amor al arte. Y a la cultura: "Mozambique es un país extraordinariamente pobre. Un 70% de la población no sabe leer ni escribir, por lo que el teatro tiene una importantísima tarea que desempeñar, de la que me siento orgulloso. El Gobierno no puede subvencionarnos, porque está en bancarrota, de modo que nos financiamos con la venta de entradas. Viene gente de toda África a vernos. Yo contribuyo todo lo que puedo. La gente habla del Avenida como si fuera mío, pero formo parte de un grupo. Somos 30 o 40 personas, yo soy el director artístico, y Manuela es nuestra jefa".
Su línea teatral es muy clara: "No podemos permitirnos experimentos formales. Nuestro público quiere historias poderosas y bien contadas. Tenemos un repertorio muy amplio. Clásicos como La buena persona de Sezuan, de Brecht; Woyzeck, de Buchner; Bodas de sangre. He escrito musicales: As teias de Maputo, con canciones de Celso Paco. Teatro infantil, adaptaciones de relatos orales, o mis propias obras. La última, que estrenamos el pasado noviembre, se llama Las hijas de Nora. La escribí para conmemorar el centenario de Ibsen y los 25 años de Mutumbela Gogo. Somos, en cierto modo, embajadores de Mozambique en Europa".
Mankell colabora con su mujer, Eva, directora del Backa Teater, de Gotemburgo, con el que suelen intercambiar espectáculos, y pasa largas veladas con Ingmar Bergman, "un icono para toda mi generación: nos ha influido a todos. Tengo una relación muy íntima con él. Hablamos mucho, especialmente de música. No es frecuente que tu suegro sea una persona tan estimulante". En Mozambique, los seis meses restantes, lleva "una vida muy normal: la agitación está dentro de mi cabeza". Vive en un piso muy pequeño, en el centro de Maputo. "Me levanto pronto para poder escribir un promedio de cuatro páginas diarias y por la tarde trabajo en el teatro. Por las noches ceno con mis compañeros o me quedo en casa leyendo. Para mí es una vida perfecta. No conozco nada más divertido ni más apasionante. Lo único que lamento es que el día no tenga 25 horas".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de febrero de 2007