domingo, 18 de marzo de 2007

El rostro joven de Sergio Mendes


Sergio Mendes

El rostro joven de Sergio Mendes

Carlos Galilea
18 de marzo de 2006

Diez años sin grabar un disco. El músico brasileño que se instaló en California en 1964, y convirtió en éxito mundial la canción Más que nada, regresa con Timeless, producido por el rapero Will.i.am, de The Black Eyed Peas, y con invitados como Stevie Wonder, Erykah Badu o Justin Timberlake.

Me telefonearon de una discográfica para decirme que tenían un grupo llamado Black Eyed Peas y que su líder quería conocerme. Yo no sabía quiénes eran, pero mis hijos, tengo uno de 19 y otro de 12, sí. '¡Claro, papá, los Guisantes del ojo negro!".
"Will.i.am llama un día a la puerta, y me lo encuentro cargado con una pila de vinilos míos, discos instrumentales que yo había grabado para Atlantic Records. Entró y me contó que ya escuchaba mi música cuando tenía 16 años", dice. "Tenía muchas ganas de que yo participara en su nuevo disco. Me cayó bien y le dije que sí aunque no conocía su música. Pero soy curioso. Pensé 'vamos a oír de qué va esta historia".
"En el estudio de grabación había un piano maravilloso, un Steinway, con los micrófonos, todo perfecto, y él estaba en la otra sala con protools. La canción que sonaba, para mi sorpresa, era Insensatez, de Jobim. '¡Vaya!, qué bien, ya la he tocado, me sé la armonía', pensé. Hice un pequeño solo y le encantó".
A Sergio Mendes (Niterói, 1941) le fascinó la experiencia de tocar con una base rítmica diferente. "Volví a casa y le dije a mi mujer que iba a hacer un disco. Me habían entrado ganas de grabar de nuevo. Llamé a Will y le dije 'óyeme, ya que te gusta tanto la música brasileña, ¿por qué no organizamos un encuentro con el mundo del hip-hop, tu mundo? Invita a quien quieras y yo también traeré invitados".
"Timeless empezó a grabarse en São Paulo porque Will actuaba allá. En el estudio tenían un Fender Rhodes, uno de aquellos antiguos pianos eléctricos de los años setenta, y comenzamos con Más que nada. Era medio simbólico grabar esa nueva versión". Cuarenta años después de la primera: con la canción de Jorge Ben arrancaba su disco Sergio Mendes & Brasil '66.
"Creo que el mundo del hip-hop, en términos generales, es poco melódico. Y la bossa nova, los clásicos brasileños, aportan al beat la alegría de la melodía. El hablar sobre la melodía, como hace el hip-hop, me parece muy interesante. Y es lo que hoy gusta a los chicos. Que vivamos un momento poco melódico igual se debe a las prisas. Todo el mundo en el ordenador, con los jueguecitos", dice riendo. "Pero lo que se nos queda de las grandes canciones son las melodías. Cuando oyes Más que nada o Consolação no las olvidas. Son eternas".
En Timeless hay temas de Antonio Carlos Jobim, Baden Powell, João Donato
... Algunos los había grabado con anterioridad, otros no. El carioca está acostumbrado a trabajar sin productor. "Desde el primer disco que me produjo Herb Alpert yo había producido todos los demás. Es interesante trabajar con la visión de otra persona porque pasa a ser el director de la película y tú únicamente un actor", afirma. "Nunca había terminado un disco tan rápidamente. No tuvimos ni un desacuerdo. Will tiene una percepción de las cosas que me sorprendió. Trabaja con el ordenador en los trenes, los aviones... No para".
La lista de invitados no fue algo premeditado. "Stevie Wonder estaba en un estudio al lado, entró, oyó la canción de Baden Powell y Vinicius y me dijo que quería traer su armónica para tocar. Se llevó una cinta y al día siguiente grabó su parte en cinco minutos, una sola toma", asegura. "Will convocó a la gente del rhythm and blues y el hip-hop. Cuando llegó Justin Timberlake, yo estaba jugando con la introducción de cuerdas de una canción mía que grabé hace mucho, So many stars, y Justin empezó a canturrear la melodía por encima".
La selección brasileña es de Sergio Mendes: los músicos de su banda y su mujer [la cantante Gracinha Leporace], Marcelo D2 -que ha contribuido a popularizar en Brasil la mezcla entre samba y hip-hop-, el Quarteto Mahogani de guitarras y Guinga. A principios de los noventa, Mendes viajó a Brasil con idea de grabar la poderosa percusión que se oye en las calles durante el carnaval. El trabajoso resultado, Brasileiro, le valió en 1993 un grammy. Lo abría una explosión de tambores: "Una escuela de samba entera en un patio, que grabamos con micros colgados de los árboles". En el disco estaba Carlinhos Brown. "Prácticamente fue su estreno. Montó la timbalada en la calle del Candeal para tocar para mí. Me caí de espaldas", recuerda. También apadrinó a Guinga: "Su música es una mezcla de Villa-Lobos y Cole Porter. Muy cinematográfica. Mi gran amigo Henry Mancini oyó una de sus canciones y exclamó '¿quién es ese tipo? Sergio', me dijo, 'ya no se hace música como ésta en el mundo".
En los primeros años sesenta, en Río de Janeiro, el pianista lideraba el influyente sexteto Bossa Rio, samba y jazz con los trombones de Edson Maciel y Raul de Souza y Edison Machado a la batería. En la carátula de Timeless hay una fotografía coloreada de aquel jovencísimo Sergio Mendes. Sin barba.

Mendes tocó con músicos de jazz como Art Farmer, Bud Shank o Cannonball Adderly, y es el brasileño que más discos ha vendido en Estados Unidos con aquella fusión de samba y pop con voces femeninas de sus grupos Brasil '66 o '77. "Puede ser", contesta con una sonrisa, sin querer entrar en cifras. Piensa crear un pequeño sello para producir discos de Guinga, Mahogani, Hermeto Pascoal
... "Algo como lo que Creed Taylor hizo en A & M con CTI".
En 1971 fue uno de los primeros de Los Ángeles que tuvo estudio de grabación en casa. "Un amigo me recomendó a un carpintero. Llegó a casa con el pelo larguísimo, barba, el pantalón roto. '¿Has construido alguno?', le pregunté. 'No', contestó. 'Entonces estás contratado'. El carpintero era Harrison Ford. Hay fotos y todo. El otro día nos vimos y nos reímos mucho toda la noche tomando sake".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de marzo de 2006


sábado, 17 de marzo de 2007

Frank Miller / ¿Qué hiciste en la guerra, Leonidas?






Frank Miller
¿Qué hiciste en la guerra, Leónidas?

Los historiadores debaten sobre la batalla de las Termópilas y la verdad de las guerras entre griegos y persas


Jacinto Antón
17 de marzo de 2007

Leónidas, el bravo y sufrido rey espartano, libra una nueva batalla. Correoso y con ganas de bronca como era, al héroe de las Termópilas seguramente le hubiera encantado el lío que se ha montado en torno a su última epifanía, la película 300, basada en el salvaje, arrebatadoramente violento y hermoso cómic de Frank Miller (Norma Editorial) sobre la batalla en la que cayeron frente al Ejército persa él y todos sus hoplitas de mantos encarnados. La polémica que envuelve al filme -las críticas por su retrato "racista" y denigrante con los persas y la abundancia de tópicos (el valor y la hombría espartanos frente a la cobardía y traición persas, el enjambre asiático ante la individualidad griega)- amplifica una discusión científica que aunque se libra en el discreto escenario de las publicaciones y los despachos universitarios no deja de emanar un inconfundible fragor bélico.





Desde hace unos años, las posiciones se han radicalizado entre los estudiosos que defienden una visión más tradicional y digamos prohelénica de las guerras médicas -las que enfrentaron a griegos y persas en el siglo V antes de Cristo- y los orientalistas, proiránios para entendernos, que reclaman una visión más equilibrada, justa y realista, a su entender, del conflicto. Estos especialistas, como el historiador Pierre Briant, autor de Histoire de l'Empire perse (Fayard), recalcan la importancia de las realizaciones culturales de la civilización persa y su cariz tolerante. Deploran "la negativa concepción eurocéntrica" que ha estigmatizado a los antiguos persas como los malos, y -aunque Briant no ha visto aún la película y no suele leer cómics- abominan, como se puede suponer, de estampas del estilo de las que brinda 300, con un Jerjes afeminado, cruel y cubierto de piercings, con más aspecto de salir de Hellraiser que de Persépolis.




"¡Ay de mí! ¡Con qué rigor se abatió el destino sobre la nación persa!", exclama Jerjes, "en cuyos ojos brilla el fuego sombrío de la mirada del sangriento Dragón" en Los Persas, la tragedia de Esquilo. Esa imagen de una terrible derrota del imperio persa no se corresponde, señala Briant, con la realidad: el imperio aqueménida (el de los persas) no entró en absoluto en declive tras las derrotas de Jerjes en la Segunda Guerra Médica (Salamina, Platea), sino que, de hecho, se mantuvo en la cima del poderío mundial todavía durante más de un siglo. En ese sentido, las derrotas habrían sido picaduras de mosquito en la piel del elefantiásico imperio de los Reyes de Reyes.

Más radical, George Cawkwell, profesor del University College de Oxford, afirma en su revulsiva The Greek Wars (2005) que los griegos fueron sólo "una distracción menor" de los soberanos persas, que tenían "problemas más importantes" en la administración de su vasto imperio.




Frente a esta visión pendular se alza la moderna ortodoxia que representan libros sabrosísimos como La batalla de Salamina, de Barry Strauss, de reciente publicación por Edhasa, o Termópilas, de Paul Cartledge, que aparecerá el próximo día 27 en Ariel, ambos de un pulso narrativo excelente aunque muy ceñidos a la visión tradicional del conflicto -Cartledge, profesor de Cambridge en el que despiertan unos sorprendentes entusiasmos los espartanos, incluso usa la secular comparación del imperio persa con el turco en decadencia, algo que aborrece Briant-.

Heródoto es uno de los blancos principales de los proiránios. Cawkwell no duda en asegurar que el historiador en el que se basa en buena medida nuestra visión tradicional de las guerras médicas simplemente "no entendió la compleja realidad del imperio persa". El profesor de Oxford enmienda la plana a Heródoto y defiende que los persas eran mucho más capaces militarmente de lo que aquél dio a entender, pues a ver si hubieran podido si no ganar y sujetar un imperio de tres millones de kilómetros cuadrados. "Las realizaciones militares persas no podrían haberlas efectuado hombres blandos y afeminados, a golpe de látigo, como los retratan las fuentes griegas", subraya. Es verdad que llevaban pantalones, el acabose de lo barbilindo para los espartanos. El número de tropas es un tema que lleva agua al molino de los revisionistas propersas: esas abigarradas hordas de millones que se mueven como nubes de langostas y se beben los ríos a su paso... Para Cawkwell, literalmente, Heródoto no sabía contar. Los persas habrían llevado, en su opinión, las tropas justitas, y éstas no serían inferiores en calidad a las griegas.



El silencio de las fuentes persas es para los unos la prueba de que las guerras significaron poco para los persas. Para los otros indica todo lo contrario: que un imperio autocrático no podía admitir la derrota.

Sea como fuere, resulta innegable que los griegos ganaron al fin y Grecia no se convirtió en una satrapía. Pero vencieron, apuntan los proiránios, porque el Ejército persa sufrió un problema irresoluble de abastecimiento. Los persas, sintetiza Cawkwell, perdieron por sus propios errores: fallos del alto mando y folie de grandeur. ¿Y las Termópilas? Si Leónidas y los suyos pudieron aguantar un tiempo los embates enemigos antes de convertirse en alfileteros de los persas, arguye el estudioso, fue por razones de geografía, no de valor.



El topógrafo de la antigüedad y novelista Valerio Manfredi defiende que el relato de Heródoto de la batalla, heroísmo incluido, está, pese a la sobredosis de épica, muy próximo a la verdad. "Los persas, obviamente, no eran millones pero sí 200.000 o 300.000, una enormidad, lo que tienen EE UU en Irak. Entiendo la moda de la persofilia, admito que la persa fue una civilización maravillosa, pero los griegos tenían conciencia del valor de su libertad. Lucharon y vencieron porque estaban dispuestos a morir antes que someterse. Eso no es un tópico. Y está en la raíz de la cultura occidental. Es el legado de las Termópilas. No lo vamos a cambiar por una mal entendida sensibilidad de lo políticamente correcto".Los orientalistas abominan de la imagen de Jerjes cruel y lleno de 'piercings'





Gerard Butler, Leónidas en la película <i>300,</i> de Zack Snyder.Gerard Butler, Leónidas en la película 300, de Zack Snyder.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 17 de marzo de 2007
EL PAÍS


viernes, 2 de marzo de 2007

El desconocido realismo de un profeta de la ciencia-ficción

Philip K. Dick


El desconocido realismo de un profeta de la ciencia-ficción



A los 25 años de su muerte se destapa la faceta oculta de Philip K. Dick

Jordi Costa
Madrid, 2 de marzo de 2007

Se cumplen hoy veinticinco años del fallecimiento de Philip K. Dick, el escritor que la canónica Enciclopedia de John Clute y Peter Nichols define como "una de las dos o tres personalidades más importantes en la ciencia-ficción del siglo XX". Víctima de un infarto que le mantuvo cinco días en coma, Dick fue enterrado por su padre bajo la lápida que le había esperado cuarenta y tres años, esculpida el día del temprano fallecimiento de su hermana gemela Jane, que murió con tan sólo cinco semanas de vida.
A Dick le hubiesen faltado cuatro meses para poder asistir al estreno mundial de Blade Runner, el clásico de la ciencia-ficción cinematográfica que Ridley Scott basó en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? O quizás, tal y como le hubiese gustado a un escritor que siempre cuestionó todo consenso sobre lo real, nada de esto sea cierto: en 2005, la empresa Hanson Robotics construyó una réplica del escritor manejada por control remoto, de la que se perdió toda pista en 2006, mientras viajaba entre el equipaje de un avión con destino a la Comic Con de San Diego. Quizás el simulacro de Dick esté vivo... en alguna parte.
Con la edición de En busca de Milton Lumky, una de las desconocidas obras realistas del escritor, el sello Bibliópolis celebra la efemérides reivindicando una faceta creativa que Dick nunca logró ver reconocida en vida. El autor invirtió la mayor parte de sus esfuerzos creativos en los 50 en el empeño de ser reconocido fuera del género que amparó sus primeros pasos. No lo logró: Confesiones de un artista de mierda, que en España editó Valdemar, fue el único título ajeno a la ciencia-ficción que logró ver publicado en vida, en 1975, a pesar de que el original era de 1959. Dick no tuvo otro remedio que guardar en un cajón estos trabajos que no vieron la luz en el mercado anglosajón hasta después de su muerte. El ya desaparecido sello Alcor publicó en 1988 otra de esas novelas, Ir tirando, crónica de un adulterio en una pequeña ciudad de provincias.
Escrita con el modelo de La muerte de un viajante de Arthur Miller en la cabeza, En busca de Milton Lumky es otra historia de vidas minúsculas dominada por el compromiso de Dick con el hombre común y sus anhelos, siempre frustrados por una realidad que parece conspirar sutilmente en su contra. Con la publicación de este trabajo, Bibliópolis inicia la recuperación de la oculta obra realista de Dick, que los exégetas del autor sólo consideran levemente menos interesante que sus trabajos mayores en el terreno de la ciencia-ficción, escritos después de esa etapa: Tiempo desarticulado, El hombre en el castillo, Tiempo de Marte, El doctor Moneda Sangrienta o Los tres estigmas de Palmer Eldritch.
Alucinógeno profeta de la era del simulacro, delator de los espejismos de realidad que conforman nuestra cultura, místico tocado por la gracia y la paranoia a partes iguales, Dick tendrá también su biopic cinematográfico, producido por Paul Giamatti y con guión de Tony Grisoni, autor que ya se atrevió con Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de marzo de 2007

Philip K. Dick / Inmobiliarias en Marte

Philip K. Dick
Ilustración de Robert Crumb


Inmobiliarias en Marte


JUSTO NAVARRO
2 MAR 2007

El primer cuento de Philip K. Dick se llamó La cosa-Padre: un animal viene del extramundo, consume el ser del padre, se hace padre, lo usurpa, va a meterse en la madre, y en el propio hijo, que, descubriéndolo todo, quema antes a su padre con gasolina. El enemigo ronda cerca, padres o Estado, agentes del FBI perseguidores de comunistas, o agentes comunistas y neofascistas disfrazados de vecinos. Dick tomaba tranquilizantes para quitarse la angustia de escribir, anfetaminas para escribir, y alucinógenos para borrar las alucinaciones. Imaginó a un presidente de EEUU simulacro electrónico manejado por plutócratas. Imaginó que japoneses y nazis habían ganado la guerra. Anticipó la llegada del negocio inmobiliario a Marte. Vio que yo, u otros como yo, éramos máquinas construidas para negar que son una máquina. Tuvo la pesadilla de un astro televisivo que despierta del coma y descubre que nadie lo conoce: no existen ni el astro ni su programa. Supo que hay recuerdos en venta que no se distinguen de los verdaderos, con la ventaja de que los verdaderos tampoco se distinguen de los falsos. Empiezan a conocerse novelas de Dick antes de ser Dick, como Gather Yourself Togheter, de 1949: en la China en guerra civil una mujer y dos hombres recibirán a los maoístas para entregarles una fábrica americana que ha ido cayendo en el abandono a la espera de la llegada de los nuevos bárbaros. Verne se llama el héroe de la historia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de marzo de 2007

jueves, 1 de marzo de 2007

Philip K Dick / El desconocido realismo de un profeta de la ciencia-ficción



Philip K. Dick, según el dibujante Robert Crumb.

El desconocido realismo de un profeta de la ciencia-ficción

A los 25 años de su muerte se destapa la faceta oculta de Philip K. Dick

JORDI COSTA
Madrid - 01 MAR 2007 - 18:0

Se cumplen hoy veinticinco años del fallecimiento de Philip K. Dick, el escritor que la canónica Enciclopedia de John Clute y Peter Nichols define como "una de las dos o tres personalidades más importantes en la ciencia-ficción del siglo XX". Víctima de un infarto que le mantuvo cinco días en coma, Dick fue enterrado por su padre bajo la lápida que le había esperado cuarenta y tres años, esculpida el día del temprano fallecimiento de su hermana gemela Jane, que murió con tan sólo cinco semanas de vida.

sábado, 17 de febrero de 2007

Almudena Grandes / Novela de la restitución







Novela de la restitución


Jordi Gracia
16 de febrero de 2007

Almudena Grandes se muestra en plenitud en El corazón helado. La novela repasa la Guerra Civil, el exilio y el latir de herencias sentimentales, ideológicas y económicas que, sabidas o secretas, minan el presente de una familia y una sociedad. Una misteriosa mujer en el entierro de un hombre es la puerta de entrada al pasado y a la verdad.

EL CORAZÓN HELADO

Almudena Grandes

Tusquets. Barcelona, 2007

933 páginas. 25 euros

El formato corto defrauda a sus más fieles lectores y a los que lo son menos, como pudo pasar con Castillos de cartón, y el formato largo impacienta a sus menos devotos pero satisface a los más fieles. Si necesita arreglo o no esta situación es lo de menos porque lo de más es que enuncia una pista concluyente sobre la pluralidad cuantiosa de lectores que pueden acercarse a una novela de Almudena Grandes en tanto que seguro de calidad para una poética novelesca: esa novela muy bien armada que se crece en los meandros a menudo infinitesimales y en las exploraciones interiores exhaustivas, esa novela que recurre espontáneamente a la amplificatio como modo de desarrollo narrativo y modo de análisis de un destello de duda, o un recuerdo emborronado, o una lluvia ruidosa. Nadie en la novela española actual ensancha así el nervio vital de los personajes hasta crear una suerte de casa común, de convivencia física, que es un efecto literario que la novela contemporánea ha ido buscando a través de recursos elípticos. El corazón helado es pura Almudena Grandes; tanto, que en la nota final incluso agradece a sus editores que "ni una sola vez" hayan protestado del tamaño del libro, pese a que la multiplicación de detalles circunstanciales o morosidades analíticas e introspectivas juegan contra ese mismo efecto buscado, y en lugar de sumar tensión demasiadas veces los puntillosos detalles nuevos la disminuyen o neutralizan.


Por eso digo que Almudena Grandes parece no haber estado nunca antes tan segura y convencida de su modo de hacer novelas. El corazón helado cumple no sólo un impulso de máxima ambición literaria sino de ratificación propia, como novelista y como ciudadana, en un espacio de la imaginación (que eso es la historia también) que apenas había concurrido antes y que aquí lo hace sin perder la función de servir a los nudos clásicos de sus historias de sentimientos atrapados y desbordados: los secretos perdurables, los heridas mal curadas o incurables, las mentiras aplazadas. Y he dicho ciudadana hace un momento muy a conciencia: el impulso del relato tiene que ver con nuestro presente social y cultural de una manera tan directa que incluso cuando se abre al pasado y se inmiscuye en las biografías dañadas por la Guerra Civil, el exilio o la División Azul, late la voluntad de recordar que eso sucede en el presente y que todo aquello que sucedió, fuese lo que fuese, no sucedió, sucede, aunque lo callen los que lo saben, aunque lo ignoren quienes lo heredan.


Para obtener ese efecto y esa atmósfera, la novelista ha optado por fijar un pivote maligno y tortuoso, el traidor un poco demasiado de una pieza, en torno a cuya muerte en nuestros días arranca la reconstrucción que conducen dos personajes centrales. El hijo del traidor, Álvaro, y una víctima de la traición, Raquel, encienden la mecha de una relación amorosa sin saber del todo bien que será el amor atacado que viven lo que va a llevarles al desmoronamiento del mito de un padre ejemplar, enriquecido en el franquismo cuando usurpa sin piedad las propiedades de una familia exiliada, la de Raquel. Lo descubre y averigua atando cabos familiares y recuerdos propios esa pareja nueva, fresca y madura, en torno a la cuarentena, que ha vivido en democracia desde siempre y sin embargo es heredera de herencias que ambos ignoran en parte, o cuya tasación han calculado mal o apenas han conocido nunca en su verdadera magnitud.


Y de eso va a ocuparse el lector que caiga en el relato, de saber qué han heredado y por qué les han ocultado la parte oscura de su propia historia familiar y hasta dónde puede llegar a doler el presente cuando no hay rectificación posible ni de la mentira, ni de la traición y ya ni siquiera es del todo claro que importe demasiado la venganza: por qué hay que esperar a la muerte del padre para saber dónde y cómo murió la abuela, y por qué sólo a su muerte los hijos sabrán el origen infeccioso de la fortuna. La documentación que ha usado Almudena Grandes es sin duda abundante para reconstruir fiablemente las condiciones del exilio y las carencias del interior, pero vuelve a ser dominante en su novela el peso de la efusión sentimental y su derrame emotivo, la agudeza feroz del dolor al evocar a una abuela negada por su hijo e ignorada por los nietos (por haber sido socialista, por haber abandonado el matrimonio). La restitución de la historia se celebra en un espacio privado que sin embargo tiene vocación colectiva: la familia, las familias numerosas y pobladas de hijos, de sobrinos, de primos segundos y terceros, y esa restitución es el saber veraz que unos necesitan y que otros rehúyen desde la cobardía, el cinismo o la aclimatación confortable a las mentiras de toda la vida, como suelen serlo las mentiras de familia.



Jordi Gracia

Es subdirector de Opinión y llega a la redacción desde la vida apacible de la universidad, donde es catedrático de literatura. La inmersión en el periódico equivale a entrar en el mundo real casi sin respirar. Pese a haber escrito sobre Javier Pradera, nada podía hacerle imaginar que la realidad real era así: ingobernable y adictiva.



EL PAÍS





martes, 13 de febrero de 2007

Siri Hustvedt / Goya es como Shakespeare




Siri Hustvedt

Siri Hustvedt: «Goya es como Shakespeare: inagotable»

Hace tiempo que dejó de ser «la mujer de» para cotizar por lo que vale: una escritora concienzuda y transparente, con voz propia, capaz de deslumbrar con sus ensayos sobre la memoria, la literatura y



ALFONSO ARMADA.
MADRID, 13 de febrero de 2007
Hace tiempo que dejó de ser «la mujer de» para cotizar por lo que vale: una escritora concienzuda y transparente, con voz propia, capaz de deslumbrar con sus ensayos sobre la memoria, la literatura y los misterios del deseo, recogidos en «Una súplica para Eros» (Circe, 2006), y con sus novelas: el año pasado apareció «Todo cuanto amé» (Anagrama), quizá su obra más lograda y donde despliega su particular mirada sobre la pintura. Fascinada por «Los caprichos» desde que los descubrió de niña, en que empezaron a ejercer una mezcla de «miedo, atracción y repulsión» que nunca se ha extinguido, esta tarde habla para los Amigos del Museo del Prado sobre «la potencia emocional de Goya y su influencia en el arte contemporáneo», de cómo algunas de las más turbadoras imágenes de «Los desastres de la guerra» y «Los caprichos» han dejado una huella profunda en muchos artistas contemporáneos.
Con el azul escandinavo de sus ojos -su familia, de origen noruego se instaló en Minesota-, Hustvedt (la palabra significa «claro» o «calvero») puntúa el análisis de bisturí con carcajadas de cristal, un helado ardor que incrementa una aureola de misterio que multiplica su encanto. Nunca ha dejado de dibujar, y su interés por el arte no ha cesado nunca. Sobre Goya ha hablado en la Studio School de Nueva York. Así regresó a su temprano temblor ante «Los caprichos». A Goya ha dedicado lo que ella define como la «segunda gran expedición cultural de su vida», después de la que dedicó a Charles Dickens. Para ella, «Goya es como Shakespeare: inagotable».
«Escribir de arte no consiste en contenerlo, encerrarlo en una suerte de frío análisis, sino introducirse lo más profundamente en la obra, sabiendo que siempre hay algo que se te escapa», dice. «Creo que de esa manera, de ese acercamiento humilde, siempre surge algo interesante. La experiencia del arte es siempre entre un ojo vivo y los rastros de un tú viviente: es un diálogo entre el espectador y lo visto. Y, aunque trato de no incluirme yo en esos escritos, acabo apareciendo siempre de alguna manera».
Acerca de las interpretaciones suscitadas por obras como «El sueño de la razón produce monstruos», Hustvedt destaca la «ambigüedad fundamental de «Los caprichos», que muchos estudiosos han querido eliminar». Para ella, «su riqueza radica precisamente en su ambigüedad». Aunque admite que ésa podría ser una « aproximación posmoderna», no olvida la «presencia de lo demoníaco en la imaginación goyesca».
Tras una infancia en la pradera, en la que siempre se sintió como «una chica seria y vieja», se hizo una empedernida vecina de la «ciudad de cristal». Vive en Brooklyn con el misterioso P. A. En no acabar nunca de conocer al otro fija uno de los fundamentos del deseo. A la última pregunta, «¿quién es S. H.?», que subraya con otra carcajada, responde: «No tengo la menor idea».




viernes, 9 de febrero de 2007

Henning Mankell / Macbeth es la gran obra criminal de la historia


Henning mankell
Poster de T.A.

HENNING MANKELL

"Macbeth es la gran obra criminal 

de la historia"


MARCOS ORDÓÑEZ
Barcelona 9 FEB 2007

Henning Mankell (Estocolmo, 1948), creador de Kurt Wallander, ha vendido 25 millones de libros publicados en 35 lenguas, y se le puede señalar como uno de los responsables del auge de la novela negra en Europa. Este sueco que vive parte del año en Mozambique confiesa que el teatro es su pasión primera y que siempre quiso ser escritor. "Nunca pensé que escribiría novelas policiacas"

En estos momentos se representan en Europa entre diez y quince montajes de sus obras más recientes
El dramaturgo y narrador trabaja en el teatro Avenida de Maputo por amor al arte y a la cultura

Pocas veces he tenido la ocasión de encontrarme ante un hombre entero, modélico. A diferencia de la mayoría de escritores, Henning Mankell no se pavonea ni se empeña en caer bien. Con lo cual, por supuesto, cae estupendamente. Habla lo justo, sin florilegios, pero no rehúye ninguna pregunta. En un western sería el médico del pueblo convertido en sheriff. Tampoco cuesta imaginarle con las cualidades del inspector Wallander, su héroe de ficción: esfuerzo, perseverancia, coraje. "Siempre quise ser escritor, pero nunca pensé que escribiría novelas policiacas. Me encontré haciéndolo, eso es todo". Ha venido a Barcelona para recoger el premio Carvalho, pero detesta la vida social. "No soporto esas cenas que duran tres horas ni esas reuniones en las que todo el mundo está de pie hablando de nada con mucha gente". Prefiere quedarse en el hotel, leyendo, trabajando, o pasear con su mujer, Eva Bergman, la hija del gran Ingmar.
Su extraordinario ciclo novelesco lleva el subtítulo, muy bergmaniano, de Novelas sobre el desasosiego sueco. Ha vendido 25 millones de libros, publicados en 35 lenguas. Podría haberse retirado a su granja de Harjedalen (Suecia), pero pasa la mitad del año en Mozambique, un país en la ruina, con una temperatura media de 38 grados, dirigiendo el teatro Avenida, en Maputo, y la editorial Leopard Publishing House, para dar a conocer autores africanos.
Comenzó a escribir a los seis años. Su madre abandonó a la familia cuando Mankell aún no había cumplido los 10. A los 16 dejó la escuela y se embarcó en un mercante. Vivió un año en París, donde trabajó en un taller de instrumentos musicales. Volvió a Suecia, decidido a convertirse en escritor, "pero comprendí", dice, "que necesitaría bastante tiempo: no era lo bastante maduro para escribir un libro". Fue entonces cuando descubrió el teatro, "mi pasión primera, fundamental. Intuía que escribir y dirigir eran cosas muy parecidas. Ambas consisten en construir y ordenar mundos".

Convertido en actor

A los 19 años, sin proponérselo, se encontró convertido en actor. "No era lo mío, desde luego. El director, muy valiente por cierto, me ofreció escribir una obra. Y la escribí, en 1968. Se llamaba Feria popular. Era una pieza satírica y provocó un escándalo maravilloso. Un crítico se enfadó tanto que acabó diciendo que yo llevaba unos zapatos horrendos. Pero dimos 100 representaciones".
Su madre se suicidó cuando Mankell acababa de cumplir los 20. No le pregunto nada. ¿Para qué? Ese gran silencio está en su interior. Un silencio lleno de palabras escritas, representadas, de actividad constante, de vida que en cualquier momento puede acabarse, como un portazo. La vida de Mankell tiene dos habitaciones. "En una escribo y estoy solo. La otra es más grande, mejor iluminada, y está llena de gente, los míos, con los que hago teatro".
Poca gente en España conoce su faceta de hombre de teatro, aunque, me dice, "visitamos Sevilla durante la Expo 92, con un montaje mío de Los bandidos de Schiller". En estos momentos se están dando en Europa entre 10 y 15 montajes de sus obras más recientes, como Up and down, en Londres, o Antílopes, en París. Adora a Calderón y a Lorca, "una de mis primeras fuentes de inspiración", de quien montó Bodas de sangre en Mozambique, "porque podría ser perfectamente una historia africana". Brecht también ha sido muy importante para él. Y, por encima de todo, Shakespeare, siempre. Mankell afirma que Macbeth es "la mejor obra criminal de la historia", pero nunca se ha atrevido a montarla. "Temo no hacerlo bien, estropear esa maravilla, aunque mi auténtica favorita es El sueño de una noche de verano. Lo tiene todo, absolutamente todo. Es como escuchar a Mozart y a Bach trabajando juntos".
Durante un tiempo, Mankell dirigió el Kronobersteatern de Vaxjo, en el que sólo programaba obras suecas. "Fue un gran éxito, pero cometí el peor error de mi vida: ser director y gestor al mismo tiempo. Una catástrofe total. Durante cuatro años no pude escribir una línea". Hasta que volvió a África, con la que soñaba desde niño, "cuando leía los grandes viajes de los exploradores victorianos". Viajó a Guinea-Bissau a los 24 años, "para airear mi cabeza". A finales de los años setenta se instaló en Zambia con su primera mujer, una enfermera. "Un día me llamó Manuela Sueiro, la directora del teatro Avenida. Mozambique acababa de conseguir la independencia y ella se puso al frente del teatro Avenida con un grupo de actores y actrices jóvenes llamado Mutumbela Gogo. Viajé a Maputo y me propusieron trabajar juntos. No pude volver a Luanda porque no había vuelos hasta la semana siguiente. Aquella semana en Maputo ha durado 25 años. Debería enviar una carta de agradecimiento a las líneas áreas de Angola".

Amor al arte

Mankell trabaja en el teatro Avenida por amor al arte. Y a la cultura: "Mozambique es un país extraordinariamente pobre. Un 70% de la población no sabe leer ni escribir, por lo que el teatro tiene una importantísima tarea que desempeñar, de la que me siento orgulloso. El Gobierno no puede subvencionarnos, porque está en bancarrota, de modo que nos financiamos con la venta de entradas. Viene gente de toda África a vernos. Yo contribuyo todo lo que puedo. La gente habla del Avenida como si fuera mío, pero formo parte de un grupo. Somos 30 o 40 personas, yo soy el director artístico, y Manuela es nuestra jefa".
Su línea teatral es muy clara: "No podemos permitirnos experimentos formales. Nuestro público quiere historias poderosas y bien contadas. Tenemos un repertorio muy amplio. Clásicos como La buena persona de Sezuan, de Brecht; Woyzeck, de Buchner; Bodas de sangre. He escrito musicales: As teias de Maputo, con canciones de Celso Paco. Teatro infantil, adaptaciones de relatos orales, o mis propias obras. La última, que estrenamos el pasado noviembre, se llama Las hijas de Nora. La escribí para conmemorar el centenario de Ibsen y los 25 años de Mutumbela Gogo. Somos, en cierto modo, embajadores de Mozambique en Europa".
Mankell colabora con su mujer, Eva, directora del Backa Teater, de Gotemburgo, con el que suelen intercambiar espectáculos, y pasa largas veladas con Ingmar Bergman, "un icono para toda mi generación: nos ha influido a todos. Tengo una relación muy íntima con él. Hablamos mucho, especialmente de música. No es frecuente que tu suegro sea una persona tan estimulante". En Mozambique, los seis meses restantes, lleva "una vida muy normal: la agitación está dentro de mi cabeza". Vive en un piso muy pequeño, en el centro de Maputo. "Me levanto pronto para poder escribir un promedio de cuatro páginas diarias y por la tarde trabajo en el teatro. Por las noches ceno con mis compañeros o me quedo en casa leyendo. Para mí es una vida perfecta. No conozco nada más divertido ni más apasionante. Lo único que lamento es que el día no tenga 25 horas".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de febrero de 2007