viernes, 3 de mayo de 2002

Soldados de Salamina / Muerte y resurrección de Sánchez Mazas


Muerte y resurrección de Sánchez Mazas

David Trueba rueda la adaptación de la novela de Javier Cercas 'Soldados de Salamina', basada en un dramático suceso real del escritor y teórico de la Falange


ÁNGEL S. HARGUINDEY
3 DE MAYO DE 2002

Entre los árboles del bosque, a ras de suelo, la brisa balancea la hierba y levanta ligeramente alguna hoja caída. La calma es absoluta. Entre las hojas y el barro alcanzamos a ver una bala de fusil, una manta abandonada, una bota sucia y húmeda, jirones de una bandera republicana, también una gorra de soldado que ahora arrastra el viento.


Trueba: 'Convertir un personaje masculino en femenino crea más tensión, más interés'
Fontseré: 'Creo que a Sánchez Mazas hay que situarlo en su contexto histórico'
Javier Cercas: 'Para ser fiel a mi novela, la película de David debe traicionarla'

Entre los árboles del bosque, a ras de suelo, la brisa balancea la hierba y levanta ligeramente alguna hoja caída. La calma es absoluta. Entre las hojas y el barro alcanzamos a ver una bala de fusil, una manta abandonada, una bota sucia y húmeda, jirones de una bandera republicana, también una gorra de soldado que ahora arrastra el viento. Unas gafas rotas, varadas junto a una piedra al fondo de un arroyo de agua. Un promontorio de tierra, entre los árboles. Entrevemos los cuerpos apilados de una cuarentena de hombres, muertos, apenas tapados por un liviano manto de tierra'.

Así comienza el guión de Soldados de Salamina, la adaptación cinematográfica del libro de Javier Cercas en el que se narran las indagaciones de un periodista en torno a un episodio dramático en la vida de Rafael Sánchez Mazas a finales de enero de 1939. El escritor y teórico de la Falange formaba parte de la cuarentena de prisioneros franquistas del ejército republicano que fueron fusilados días antes de que las tropas rebeldes culminaran la ocupación de Cataluña. Sánchez Mazas y otro prisionero lograron sobrevivir ocultándose en el bosque del Collell (Girona). Así lo contó Cercas en un libro que se ha convertido en uno de los grandes éxitos de ventas y crítica (200.000 ejemplares vendidos en diez meses) y que ahora lleva al cine David Trueba como director y guionista-adaptador del filme.
Ariadna Gil y Ramón Fontseré son sus protagonistas. La primera interpreta el papel de la periodista que, desde la actualidad, reconstruye las peripecias de quienes vivieron el final de la guerra civil en el santuario de Santa María de Collell, habilitado entonces como prisión republicana, un trabajo de investigación literaria y periodística que le permitirá superar una profunda crisis personal. El segundo, Fontseré, un actor formado durante 20 años en la compañía de Els Joglars, es Rafael Sánchez Mazas en esta adaptación cinematográfica presupuestada en 3.600.000 euros (unos 600 millones de pesetas).

3 de abril de 2002. El numeroso equipo técnico y artístico está comiendo en el santuario, un sobrio edificio que sufrió una serie de reformas y ampliaciones hasta convertirse en una funcional residencia para quienes desean silencio, recogimiento o aire sano. Santuario, cárcel y reposo del guerrero urbano inmerso en un frondoso bosque en los alrededores de Sant Miquel de Campmajor, a unos 30 kilómetros de Girona. Llueve persistentemente. Cuando técnicos y actores deciden adentrarse por el ya embarrado bosque para proseguir el trabajo, la lluvia es torrencial. Se rueda el fusilamiento de los cuarenta prisioneros. Tiros, sangre y heridas trucadas. Lluvia y barro reales a los que se suman, paradójicamente, la lluvia artificial procedente de un camión cisterna, indispensable al parecer para su visualización en la pantalla. Se repite la escena, se filman planos generales desde tres cámaras y, después, planos parciales, detalles. El barro llega a la altura de los tobillos. Los fusilados son ya parte integrante de la tierra. Al acabar la jornada el director decide duplicar la paga de la figuración.
Javier Aguirresarobe, director de fotografía del filme y uno de los mejores de su profesión (es el autor de la fotografía de Los otros, de Alejandro Amenábar, y Hable con ella, de Pedro Almodóvar, entre otras muchas), despliega su equipo en unas condiciones casi dramáticas. La tensión de la escena no podía tener una ambientación natural mejor. Después se supo que aquel día y por aquella zona se habían recogido 210 litros de agua por metro cuadrado. Unos kilómetros más al este se llegó a los 300 litros. Figueres casi incomunicada, viviendas inundadas... El Ampurdán y el Gironés habían sobrevivido a uno de los días más lluviosos de los últimos cien años mientras un grupo de locos y un par de mirones recreaban para el cine el fusilamiento de cuarenta prisioneros de guerra y la extraordinaria salvación de dos de ellos.

'Lo que más me excitó de la novela de Cercas es su trama contemporánea', comenta David Trueba. 'La lucha de alguien deprimido que encuentra en la peripecia de otros una razón para vivir, una idea de justicia. Creo que el libro trata fundamentalmente de alguien que descubre que estar vivo es un regalo que no se puede despreciar'. Sobre la posible interpretación de que Soldados de Salamina se trata de una película de la guerra civil, es decir, sobre un tiempo y un país cada vez más distantes del presente, señala que 'en la película, como en la novela, la peripecia durante la guerra civil ocupa un 20% del total, es una metáfora con gran valor de resonancia sobre la trama contemporánea que es la fundamental'.
Aquellos espectadores del filme que hayan leído previamente el libro de Cercas se sorprenderán del cambio de sexo del periodista-narrador. Si el personaje del texto puede connotar algunos rasgos autobiográficos de su autor, en la película se modifica al desempeñar el papel una mujer (Ariadna Gil). 'El cambio de sexo del protagonista es algo que surgió de una larga conversación con Cercas', explica David Trueba. 'El personaje central del libro está inmerso en una crisis vital, en una duda, acorralado casi biológicamente. Creo que toda esa batalla se expresa en la persona de una mujer mucho más gráficamente que en un hombre. Además te liberas de tópicos como que sólo los hombres se interesan por el pasado o que son los únicos que sufren crisis sexuales y sentimentales. Convertir un personaje masculino en femenino otorga a la trama, en casos concretos, más tensión, más interés, nuevos perfiles. Howard Hawks lo hacía habitualmente en sus películas, cambiaba personajes masculinos por femeninos. Lo hizo en Luna nueva logrando un acierto histórico al transformar a la pareja de periodistas hombres de la obra teatral original en un hombre y una mujer y además divorciados. Otros ejemplos clásicos de personajes escritos para hombres que al ser adaptados para mujeres multiplicaron su fuerza por mil podrían ser, por citar sólo alguno rápido, el de Sigourney Weaver en Alien o el de Jodie Foster en El silencio de los corderos'.
Sin duda otro de los posibles aciertos de la adaptación al cine de Soldados de Salamina, es su reparto. La intervención de Ramón Fontseré -el fantástico Pujol, Pla o Dalí de los últimos montajes de Els Joglars- en el papel de Sánchez Mazas puede ser una gran revelación. Su caracterización es espléndida y su idea sobre el personaje, atractiva y lúcida. 'Creo que es un hombre al que hay que situar en su contexto histórico. Es una persona de cambio de siglo, que ha visto muchas guerras, que era muy culto, que frecuentaba las tertulias que había en Madrid, en aquellos cafés en los que en una parte estaban los falangistas, en otra los socialistas, que se conocían todos, incluso a veces colaboraban en las mismas revistas literarias, participaban conjuntamente en proyectos culturales, convivían y se toleraban los unos a los otros... y eso lo jodió la guerra civil. En este país siempre andamos a la greña. Yo a este hombre, a Sánchez Mazas, le veo como a un idealista, como alguien que aspira a que todos se unieran, a que desaparecieran los separatismos, los nacionalismos, con esa idea del imperio, es verdad, pero unidos. Algo parecido a lo que en cierta ocasión dijo Pla de José Antonio Primo de Rivera, que también lo veía como a un idealista. Leyendo sus poemas, sus libros, lo primero que se desprende es que no era un bestia, que no era un descerebrado, que era un hombre fino, con una cierta ironía: un mediterráneo con acento vasco'.
Por su parte Javier Cercas, el autor del libro, que asiste con una constancia y entusiasmo infrecuentes al rodaje con el espíritu de quien se acaba de encontrar inesperadamente con un fantástico juguete y ante el que adopta la actitud del disciplinado ayudante para todo y en ningún caso la de quien se considera propietario de la idea, responde a algunas de las preguntas que plantea su condición de creador adaptado a otro lenguaje del original: 'Asisto todo lo que puedo al rodaje de la película, y la verdad es que lo paso estupendamente y que aprendo muchas cosas. En cuanto a David Trueba, lo conocí una noche de hace años, en compañía de Guardiola y de Figo. Somos amigos. Sus películas me gustan mucho; también sus novelas. Así que cuando me propuso llevar al cine mi libro me puse contentísimo. No sé pensar en nadie que pudiera hacer ese trabajo mejor, por muchas razones, entre otras su talento y su juventud insultantes'.
'Por supuesto', añade, 'he leído su guión, que me parece excelente. Naturalmente, el guión no sigue al pie de la letra la novela; hubiera sido un error: no sé nada de cómo se hace una película, pero lo que sí sé es que, para ser fiel a mi novela, la película de David debe traicionarla, sencillamente porque David tiene que hacer su propia interpretación de ella -que nunca será la mía, ni la de ningún otro lector: la maravilla de los libros es que cada uno los lee a su modo- y porque el lenguaje de la novela y el del cine son distintos'.
'Una de las cosas que más me gustan del modo en que David hace su trabajo es que siempre elige la solución más arriesgada, que a mi juicio es siempre la más fructífera; sólo un ejemplo: en vez de trabajar sólo con actores profesionales, David hará que aparezcan en pantalla algunos personajes reales de mi novela, interpretándose a sí mismos, lo que es una forma de absoluta fidelidad a ella y entraña -huelga decirlo- un riesgo considerable. Por lo demás, algunos de los cambios que, respecto de la novela, hace el guión de David me parecen muy certeros; otros son simplemente obligados. El más aparatoso de ellos es el cambio de sexo del narrador y protagonista. Las razones que para hacerlo esgrime David son convincentes. Le interesa el punto de vista femenino sobre la guerra civil, mucho más infrecuente que el masculino. Le interesa hacer visible un tema que, aunque absolutamente fundamental, en la novela está sólo insinuado: el de la continuidad entre padres e hijos (la urgencia por tener uno suele ser, en una mujer de treinta y tantos años como la protagonista de David, mucho más apremiante que en el hombre de la misma edad que protagoniza mi novela, por razones puramente biológicas). Y en cuanto a mí, ¿cómo va a parecerme mal que el Javier Cercas de la novela, suponiendo que sea yo -lo que ya es suponer-, lo interprete Ariadna Gil, que es mucho más guapa y más lista que yo? En suma, lo único que me fastidia es que, a la vista del guión y del rodaje, la película de David va a ser tan buena que, en cuanto se estrene, la gente no va a volver a acordarse de mi novela. Qué se le va a hacer'.
Es probable que tras su estreno nadie se acuerde de la novela pero es casi seguro que los que leen ya la habrán comprado para entonces. Ventajas del éxito editorial.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de mayo de 2002

miércoles, 1 de mayo de 2002

Dos novelas y una película / Federico y las ficciones



Federico y las ficciones

Dos novelas y una película retoman como motivo de inspiración el asesinato del autor de 'Yerma'


Alejandro V. García
Granada, 1 de mayo de 2002

Los enigmas que planean sobre las circunstancias del asesinato de Lorca constituyen un acicate para los autores de ficción. Pero ¿hasta qué punto la mezcla de verdad e invención confunde a los lectores? ¿Puede ser verídico el contenido de una novela? Tres escritores unidos por la misma obsesión hablan de sus libros sobre el poeta granadino.



Federico García Lorca fue asesinado hace 66 años pero aquel episodio, y los enigmas aún sin aclarar sobre la autoría o el paradero del cadáver, siguen aguijoneando la fantasía de los creadores. Dos novelas han coincidido en las librerías, El silencio de los Rosales (Planeta, 2002), de Gerardo Rosales, y El hombre que delató a Lorca (Port Royal, 2002), de Fernando de Villena. Además, el realizador Miguel Hermoso comienza este mes el rodaje de La luz prodigiosa, una película basada en una novela de Fernando Marías. Salvo Marías, las restantes personas citadas son granadinas. Es su primer punto en común.



El segundo es su fijación por Lorca y, en especial, por las circunstancias de su muerte en 1936. La tesis más atrevida es la que sostiene la película de Miguel Hermoso sobre la novela del bilbaíno Fernando Marías: Lorca sobrevivió al fusilamiento y malvivió, amnésico, durante muchos años. Un problema común estriba en la dificultad que entraña mezclar realidad y ficción, sobre todo cuando la realidad ha sido investigada minuciosamente.
'Mi novela es una fábula con cierto tono poético y semejanzas con el cuento gótico. Fue una idea repentina, después de ver un documental sobre los auténticos protagonistas de Bodas de sangre. Pensé que Lorca pudo haber sobrevivido. Naturalmente se trata de una ficción pero perfectamente verosímil porque el cadáver no ha aparecido. Al lector, lo que le atrae es la posibilidad de que el protagonista sea Lorca', señala Marías.
¿Confunden las aproximaciones fantásticas a los lectores que no saben dónde empieza la invención y dónde termina? 'Mi novela no es una ofensa a los investigadores ni a la verdad histórica. Yo no toco al Lorca existente, sino al Lorca tirado y malherido en un camino de un amanecer de agosto de 1936. Sí hubiera sido un error reescribir la historia', matiza Marías.
Gerardo Rosales, miembro de la familia que escondió a García Lorca hasta su detención, ha tratado, mediante otra novela, de reconstruir los primeros días de la guerra española y 'hacer un acto de justicia con mis antecesores'. Rosales asegura que el historiador es tan subjetivo como el novelista y agrega que nunca dudó al elegir entre novela y ensayo.
'Lo más cercano a la ficción en la novela son las conversaciones entre los personajes, ya que no hay documentación fiable aunque están basados en diálogos reales. Con las anécdotas ocurre igual. Cada lector lee siempre un libro diferente, igual que cada espectador ve una película, pero mi novela tiene un rigor histórico superior incluso a algún ensayo', precisa Rosales.
Es más. Rosales afirma que ha recibido cartas de expertos lorquianos que reconocen que el relato posee un 'rigor fundamentado' en el respeto a la cronología de los acontecimientos. 'Ha habido alguna queja, pero no por distorsión de los hechos sino porque los descendientes entienden que los familiares debían quedar en una situación menos comprometida'.
Rosales asegura que el recurso a Lorca y a la guerra civil como elemento de ficción viene dado por cierto desencanto con la sociedad actual. 'La sociedad actual no nos invita a hablar de ella', alega.
Por su lado, Fernando de Villena vincula en su libro la muerte de Lorca con el asesinato de otros poetas en la Granada medieval y lanza la hipótesis de que el motivo fuera una querella literaria. 'He inventado la figura de un poeta modernista atacado por el círculo de Lorca' que se venga de él.
'El narrador o el poeta son a veces profetas y marcan un posible camino que a la larga sirve al investigador. Yo soy doctor y mi novela también es la de un investigador', dice. 'Me hubiera gustado mantener los nombres reales pero los cambié por exigencias del editor para evitar problemas. En Granada la muerte de Lorca aún tiene vigencia y no se puede hablar de ella como por ejemplo en Barcelona'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 1 de mayo de 2002

sábado, 20 de abril de 2002

Marguerite Duras o el don de fascinar

Marguerite Duras

MD o el don de fascinar Por BEATRIZ DE MOURA
Jueves, 19 de septiembre de 2002


Beatriz de Moura es editora de Marguerite Duras en España.


'Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los 18 años ya era demasiado tarde', leemos en la primera página de El amante, de la gran Marguerite Duras, auténtica diva de la literatura francesa del siglo XX. Todo parece indicar, por tanto, que a ella le ocurrió antes de los 18 lo que al común de los mortales nos lleva al menos cinco décadas. De hecho, algo definitivo empezó a ocurrirle a 'la niña' a los quince años y medio, cuando, en la travesía del río Mekong en dirección a Saigón, la mirada melancólica de un joven chino muy elegante se detuvo sobre aquel cuerpo frágil, aún casi infantil, que se adivina a través de un vestido raído de seda vagamente blanco que la brisa adhiere a la piel; lleva además un extraño sombrero de ala plana y unos zapatos de tacones altos de lamé dorado.

Por entonces, antes ya de esos 15 años, cuando todo está aún en suspenso en 'la superficie de la fuerza del río', la jovencita ya le había dicho a su madre que lo que quería era escribir. En realidad ya conocía el dolor de muchas pérdidas, de la humillación, de la pobreza, del deseo, y sabía que de eso escribiría un día. 'No se trata de que sea necesario conseguir algo, sino de que sea necesario salirse de donde se está' para hacerlo; eso también lo sabía ella segundos antes de que algo definitivo empezara a ocurrir, en el instante mismo en que el joven chino salió de su limusina, se acercó a ella temblando y le ofreció un cigarrillo inglés. En ese instante, la frágil quinceañera ya estaba preparada para lo que estaba por ocurrir, ya era mayor, casi adulta. Cincuenta y cinco años después, convertida ya en MD, ella misma nos lo confirma en El amante: 'Desde el primer instante 'la niña' sabe algo así: que el hombre está en sus manos. (...) También sabe algo más: que, en lo sucesivo, ha llegado sin duda el momento en que ya no puede escapar a ciertas obligaciones que tiene para consigo misma. (...) La niña ahora tendrá que vérselas con ese hombre, el primero, el que se ha presentado en el transbordador'.

Que no se lleve a engaño el lector: no estamos ante una historia más de un primer amor. Por muchos motivos; tantos, que, por no abrumarle, me referiré sólo a dos: primero, porque, aunque -como en las novelas rosa o en los culebrones- el amante sea rico y la niña pobre, él chino y ella blanca, y ese deseo, ese amor, sean imposibles antes ya de empezar, esta historia, que ocurre en 1929 en la antigua Indochina, nos conduce mucho más allá de la simple anécdota; ilumina, con la contagiosa pasión que emana de ella, nuestra propia experiencia, por ajena y lejana que sea de la que lleva a la autora a confesar: 'A los 18 años envejecí. (...) Quienes me conocieron quedaron impresionados al volver a verme dos años después. He conservado aquel nuevo rostro. (...) Tengo un rostro destruido'.

El segundo motivo se refiere a la voz narrativa de la Duras, que ha fascinado a tantos imitadores, destrozándolos, por supuesto, porque, de hecho, es única; su escritura le pertenece sólo a ella, y sólo suyo es el don de fascinar con ese estilo propio, inimitable.

Tuve el privilegio de conocerla poco después de que publicara en Francia El amante. Ella salía del infierno de una cura alcohólica y se sumía aún de vez en cuando en silencios insondables que había que respetar. Debíamos elegir una foto para la cubierta de nuestra edición española, la primera en otro idioma. Desparramó sobre una mesa un montón de fotos de aquellos tiempos, entre los 15 y los 17 años. De pronto, apareció el primer plano de un rostro deslumbrante, la mirada fija en nosotros, una mirada adolescente, triste y perversa, temerosa y atrevida a la vez. ¡Allí estaba 'la niña'! A MD le gustó que la eligiéramos sin vacilar. Esa foto dio luego la vuelta al mundo en la cubierta de incontables ediciones en otros idiomas, porque no cabía duda: era el rostro de MD antes de que se convirtiera en un 'rostro lacerado por arrugas secas', el mismo que teníamos nosotros delante aquella tarde de invierno en París mientras elegíamos la foto.

También le gustó la traducción de Ana María Moix, que ha conseguido transmitir en nuestro idioma a los lectores la fuerza, la peculiaridad de esa escritura inimitable. Esta fuerza convirtió El amante en algo desconocido e insospechado hasta entonces para MD: un best-seller, ¡ella, que ya había escrito más de veinte novelas, que era ya una autora consagrada! A partir de entonces, con el rostro y el cuerpo ya devastados por aquélla y otras experiencias feroces, pasó a ser venerada en el mundo entero.

Envidio de verdad a quienes lean por primera vez este libro, e invito a releerlo a quienes ya lo habían hecho, porque, al igual que los grandes clásicos, su lectura sigue estremeciendo y alumbrando nuevas emociones y reflexiones.





martes, 2 de abril de 2002

Isaac Bashevis Singer / Entre el alma y la historia

Isaac Bashevis Singer

Entre el alma y la historia


Marcelo Birmajer
20 de abril de 2002

Amor y exilio, la trilogía autobiográfica de Isaac Bashevis Singer,premio Nobel en 1978, recorre el siglo XX a través de un exquisito despliegue literario. Es su primera traducción directamente del yídish.

Para un discípulo de mi calaña, la aparición de una nueva traducción de Singer al español representa una inmensa alegría, pero también un dejo de malsana tristeza. Me gustaba poseer en mi biblioteca argentina algunos libros del maestro que consideraba incunables: todos los volúmenes que aún no habían sido traducidos a mi lengua y que conseguí comprando por Internet, en la mayoría de los casos usados. Pero superado el egoísmo, la divulgación de Amor y exilio, la trilogía autobiográfica de Isaac Bashevis Singer, es una noticia maravillosa para los lectores hispanoparlantes. En su habitual prosa prístina, acelerada y salpicada, Singer utiliza fragmentos de su vida para narrar uno de los mejores testimonios de un judío perdido en el periodo de entreguerras, entre Polonia y Estados Unidos, con una breve escala en París.





AMOR Y EXILIO

Isaac Bashevis Singer Traducción de Rhoda Henelde Abecassis y Jacob Abecassis Ediciones B. Barcelona, 2002 431 páginas. 17,99 euros
Pocas veces tenemos un acceso tan ameno y brillante al punto de encuentro entre la Historia y la historia de un hombre

Como dice en la nota de autor,

ninguna autobiografía puede por sí misma convertirse en un texto literario atractivo -y Singer sentía pasión por entretener al lector-, de modo que hace falta retorcerla hasta que dé su nota. Al respecto, a Singer se le va la mano: como reconoció más tarde, en esta autobiografía oculta la fecha de nacimiento de su hijo, al que abandonó cuando tenía cinco años. (Es interesante leer el recuento del hijo, Israel Singer, criado finalmente en un kibutz israelí, en su libro Journey to my father -otro de mis supuestos incunables-). Pero lo que nos importa de Amor y exilio no son los falseamientos a favor de la literatura o de la mala conciencia, sino el texto en sí mismo, que es a un tiempo una novela arrasadora y una memoria llena de verdad. Junto con Mi último suspiro, de Luis Buñuel, y Yo necesito amor, de Klaus Kinski, Amor y exilioocupa el lugar de los testimonios imprescindibles del siglo XX: no por su capacidad abarcativa, sino por el entrelazamiento entre el siglo apenas pasado (que fue también el nuestro) y el alma humana. Y, esencialmente, por su despliegue literario y su desconcertante modo de invitarnos al conocimiento.
La compasión y el descrédito que Singer experimenta frente a los sucesos humanos aparecen en este libro sin el consuelo de la ficción explícita y podríamos categorizar su resultado reflexivo con el título de uno de sus cuentos: No deposito mi confianza en hombre alguno.
Las historias de amor de Isaac Bashevis Singer que campean en este libro no son eróticas ni románticas, sino canciones desesperadas y elegiacas. Es imposible intentar reproducirlas con elogios sin sonar patético o cursi: no hay más remedio que recomendar leerlas. Las primeras páginas, dedicadas a su infancia, mantienen el tono y la excelencia de los libros de memorias que dedicó específicamente a esa etapa de su vida, En la corte de mi padre o Kromchalna 10,traducido al español hace ya muchos años, y More stories from my father court,que espero que la editorial Debate ponga en las librerías cuanto antes. Este nieto e hijo de rabinos duda de las órdenes de Dios, pero no de Su existencia, siente conmiseración por el hombre, pero ensalza la sacralidad de la vida humana; se contrabandea por la vida y encuentra en las mujeres el único subterfugio de antídoto porque, como Kinski, necesita amor y el aburrimiento puede matarlo. Pocas veces tenemos un acceso tan ameno y brillante al punto de encuentro entre la Historia y la historia de un hombre.
La pintura de esa Norteamérica acogedora -para los que lograron llegar a ella-, que comenzaba a salir de su peor depresión económica y se aprestaba a entrar en la más épica de sus guerras, es un bálsamo en contraste con el desastre de la Polonia que abandonaba, destrozada por crisis previas y a punto de convertirse en una gigantesca redada de muerte a manos de los hitlerianos. Singer es siempre un turista accidental y sus guías de las ciudades, como las del personaje de aquel título, son siempre imperdibles. Varsovia, París y Nueva York son otras ciudades y las mismas, inventadas y reales, cuando las leemos a través de los ojos del mago de la calle Brodway número 86, el sitio donde ahora aparece el bulevar que lleva su nombre.

En la novela Shosha, el álter

ego de Singer dice que fue educado en tres lenguas muertas: el hebreo, el arameo y el yídish. Como todos sus textos, Amor y exilio fue escrito en yídish, idioma al cual, con su sola pluma, resucitó magistralmente. Aunque las fechas que suelen consignar las bibliografías de Singer son las de la primera traducción de cada libro al inglés, la mayoría de ellos fue publicado inicialmente, por capítulos, en el Forward, el diario yídish de Nueva York. También Amor y exilio,escrito en los años setenta, en tres series: Un niño en busca de Dios, Un joven en busca del amor y Perdido en América.
La autobiografía de Isaac Bashevis Singer puede leerse en las peripecias del álter ego que con distintos nombres protagoniza muchas de sus novelas: Enemigos, una historia de amor (1972), Shosha (1978), El mago de Lublin (1960), El certificado (1967), y libros de cuentos: La imagen (1985), Passions (1975), A crown of feathers (1973), Un amigo de Kafka (1970). Incluso en novelas históricas como El esclavo (1962) o El rey de los campos (1988). Esto no hace menos imprescindible la lectura de sus relatos autobiográficos inmediatos, como En la corte de mi padre, o este Amor y exilio: un recorrido folletinesco por la vida de este hombre que nació en Polonia en 1904, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1978 y vivió hasta el 1991 en Estados Unidos.
Singer amó profundamente al moderno Estado de Israel -donde renació el hebreo-, y a las lenguas en las que se crió deberíamos sumarle el inglés de su madurez. En su vida errante, entre lenguas, países y amores, en su contradicción eterna entre lo profano y lo sagrado, Singer puede estar tranquilo de haber encontrado, finalmente, un sitio seguro: la memoria de sus lectores.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de abril de 2002

viernes, 22 de marzo de 2002

Javier Cercas recibe, abrumado por el éxito, el I Premio Salambó


Javier Cercas recibe, abrumado por el éxito, el I Premio Salambó


Rosa Mora
Barcelona, 22 de marzo de 2002

'Mi maestro Francisco Rico me dijo que Soldados de Salamina iba a acabar con mi prestigio, y a este paso será verdad', afirmó ayer Javier Cercas al recibir el I Premio Salambó a una novela publicada. 'Para tener éxito de verdad hay que vender 3.500 ejemplares', bromeó.
Soldados de Salamina (Tusquets, 2001) va por la 17ª edición y lleva vendidos casi 200.000 ejemplares. El primer premio que obtuvo la novela fue el Llibreter, de los libreros catalanes, que lo exhibieron en lugar preferente en las 600 librerías de Cataluña; después, recibió el Ciutat de Barcelona y el de la Crítica de Chile.
'Creo que la novela ha tenido un éxito desproporcionado, pero es obvio que estoy muy contento con el Salambó, sobre todo porque me lo han entregado escritores de prestigio a los que he leído y admiro', dijo Cercas.




El jurado de esta primera edición estuvo formado por Félix de Azúa, Manuel Vázquez Montalbán, Maruja Torres, José María Merino, Gustavo Martín Garzo, Juan José Millás, Almudena Grandes, Ignacio Martínez de Pisón, Felipe Benítez Reyes, Juan Villoro, Marcos Giralt Torrente, Enrique Vila-Matas, Ignacio Vidal-Folch y Pedro Zarraluki.
El galardón -que nació casi como un juego entre un grupo de escritores amigos que suelen reunirse en el café Salambó del barcelonés barrio de Gràcia- fue creciendo y los organizadores no tuvieron problema alguno para contar con un jurado de lujo. La única condición fue que no tuvieran novela publicada en 2001.
Cercas, que admite que está abrumado por el éxito de su novela, explicó que ha empezado un nuevo libro. 'Cuando escribo no sé lo que va a ser. Cuando escribí Soldados de Salamina jamás pensé lo que iba a pasar'. El escritor volvió a bromear: 'Voy a hacer algo raro, que no se entienda'. Y, en serio, añadió: 'No tengo obligación de publicar un libro cada año o cada dos; lo importante es que el libro sea necesario, necesario para mí, claro'.
A Cercas le entregaron una sugerente escultura de Susana Solano, realizada especialmente para el premio. El Salambó, que no tiene dotación económica, ha contado con el apoyo del Ayuntamiento de Barcelona (distrito de Gràcia) y de la Fnac.
El concejal de Cultura del Ayuntamiento, Ferran Mascarell, que le entregó el premio, se declaró seguidor de la obra de Cercas. 'Soldados de Salamina es una extraordinaria novela, de las que dan rabia que se terminen porque deseas que te siga atrapando', dijo, y añadió que el café Salambó es una institución en Gràcia, un 'barrio de gran tradición literaria que se ha convertido en un punto de encuentro obligatorio. El objetivo del premio es promocionar la lectura, y en eso coincide con el Ayuntamiento'.
Ramón Reboiras, responsable de cultura de la Fnac, señaló la voluntad de la cadena de librerías de 'acercarse a los creadores de distinto signo' y que se decidieron a participar en el Salambó, porque es 'un premio limpio, que no añade contaminación'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de marzo de 2002

jueves, 14 de marzo de 2002

Federico García Lorca / Cartas

Federico García Lorca


Federico García Lorca

Cartas


José Manuel Caballero Bonald
14 de marzo de 2000

Leí el otro día en este periódico que la madrileña sala Finarte iba a subastar dos cartas de Federico García Lorca dirigidas a José Bergamín. Los precios de salida eran, respectivamente, de dos millones y un millón de pesetas. No me pareció ni poco ni mucho, si bien el contenido y extensión de la más barata de esas cartas, me resultaron por lo menos llamativos. El texto rezaba así: "Querido Pepe: he estado a verte y creo que volveré mañana. Abrazos de Federico". Son catorce palabras justas y ninguna de ellas rebasa el nivel de un escrito absolutamente neutro que sólo puede tener el interés accesorio de ser una autógrafo. Hay personas que aprecian mucho esta clase de recuerdos, que se desviven con pasión desmedida por conseguir alguna muestra de esas variantes literarias del fetichismo. No es que les alabe el gusto, pero naturalmente tampoco tengo nada que objetar.A los dos días de esta noticia, apareció otra anunciando que las dos cartas en cuestión habían sido vendidas por 2,5 y 1,5 millones, es decir, por algo más de lo previsto. Una transacción ciertamente curiosa. La carta a que he referido se vendió, en números redondos, a razón de 107.143 pesetas la palabra, aunque supongo que el precio de la firma sería muy superior, por ejemplo, al de la preposición "a" o al de la conjunción "y". Pero unas con otras han completado ese millón y medio. La primera de esas misivas está fechada en 1927, año generacional clave, y la segunda en 1936, fecha del asesinato de García Lorca y del horror bélico que acabó haciendo de Bergamín uno de los más conmovedores paradigmas del exilio.


Ignoro quién decidió vender esas cartas en pública subasta ni qué coleccionista pujó por ellas. Tampoco me importa nada saberlo, qué más da. Pero los hechos consumados sí me sugieren alguna desabrida reflexión. Yo frecuenté a Bergamín a poco de regresar de uno de sus largos destierros, cuando vivía como un "peregrino en su patria", en un ático adecuadamente situado frente a la alegoría real del Palacio de Oriente, acosado con saña por los cancerberos del franquismo. La suya seguía siendo una vida difícil, de una admirable integridad ideológica, dignísima y humilde. Fue por entonces cuando acuñó una frase lapidaria: "Estoy vivo porque no tengo donde caerme muerto". La confesión podía tildarse de ingeniosa, pero era sencillamente atroz.
Resulta más bien disparatado, de una injusticia casi perversa, comprobar lo que se ha pagado ahora por un papel que perteneció a un hombre que "no tenía donde caerse muerto". Sin duda que esas cosas ocurren a cada paso, incluso con una notoria multiplicación de inclemencias. Pero eso no merma su significación como reverso inmerecido de una experiencia vital. Bergamín, que gustaba de llamarse a sí mismo póstumo, fue seguramente el escritor de más fértil talento que yo he conocido. Y las cartas ahora vendidas, habrían supuesto desde luego una buena oportunidad para que Bergamín, en su condición de póstumo, se hubiese sacado de la manga un aforismo, entre despiadado y sarcástico, sobre las tratadas de su propio destino. Seguro que habría sido otra lección ejemplar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de marzo de 2000

lunes, 11 de marzo de 2002

Iris Murdoch



Iris

Una gran película que recuerda las escenas más importantes en la vida de una escritora que perdió el don de la palabra.

Judi Dench hace el papel de la escritora en los últimos años de su vida. Richard Eyre, el director, ha centrado la película en la historia de amor entre la autora y su esposo de toda la vida, el profesor John Bayley

11 de marzo de 2002


Director: Richard Eyre 

Protagonistas: Judi Dench, Kate Winslet, Jim Broadbent, Hugh Bonneville, Penelope Wilton, Timothy West

El profesor John Bayley está convencido de que su esposa, la escritora Iris Murdoch, "fue un ser superior". Y siempre supo, según dice, "que los seres superiores no tienen la misma clase de mente que yo tengo". Por eso, para comprender las sinrazones de aquella mujer con quien compartió 43 años de vida, escribió los libros Elegía para Iris e Iris y sus amigos: memorias de la memoria y el deseo. Y el director británico Richard Eyre, conocido por sus meticulosos dramas para la televisión, los leyó de la primera página hasta la última y decidió convertirlos en una película que "no es una biografía, ni tampoco es una ficción, pero ocupa un poético territorio enclavado entre ambas concepciones". Y cuenta, de paso, una pequeña, verosímil, inolvidable historia de amor. 

Iris Murdoch nació en Dublín, en 1919, pero pasó toda su vida en Inglaterra. Creció en Londres, en los suburbios de Hammersmith y Chiswich, y estudió literatura, historia antigua y filosofía en el Somerville College de Oxford. Abandonó a tiempo las causas políticas, por supuesto. Sostuvo una buena amistad con el novelista francés Raymond Queneau. Y trabajó, durante todo el año 1947, con el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein. Cinco años después, cuando ya se había convertido en una respetada profesora, dejó morir en sus brazos al poeta checo Franz Steiner. Y al año siguiente, en 1953, publicó un primer libro sobre la obra de Jean Paul Sartre, a quien conoció en los años 40, y comenzó un breve romance con el escritor Elias Canetti. 

El ingenuo profesor Bayley, que tenía seis años menos que ella y tuvo la paciencia de un admirador ante las inevitables infidelidades de los primeros años, en 1956 la convenció de casarse con él. Y, a partir de ese momento, fueron inseparables. Vivieron juntos con real independencia, dice Bayley, "como dos animales enjaulados". Y fueron testigos, como si fueran una sola persona, de los tres textos filosóficos, los dramas, el poemario y las 25 novelas que Iris escribió desde 1954 hasta 1995, cuando comenzó a perder la razón y el don de la palabra. En 1997 le diagnosticaron Alzheimer y se convirtió, asegura Bayley, en "una agradable niña de 3 años". 

En fin. Suena difícil convertir tantos libros, tantos personajes, tantos hechos en un drama con principio, medio y fin, pero, gracias a la sensible dirección de Eyre y a la maravillosa actuación de sus cuatro protagonistas, Iris es una estupenda película que avanza con el ir y venir de la memoria y que aprovecha los momentos determinantes de una biografía y las escenas más importantes de una historia de amor entre esposos para hablarnos del poder de nuestras palabras, de los borrosos límites entre la locura y la imaginación y del viacrucis de quienes viven atrapados en las infinitas posibilidades del cerebro.


SEMANA