viernes, 7 de noviembre de 2008

Jenny Boot / Erotismo y fascinación

Jenny BootJenny Boot©
Jenny Boot, una fotógrafa holandesa, continúa dejándonos un ecléctico trabajo donde conviven erotismo y elegancia, donde la luz cobra una especial importancia a la hora de componer sus retratos, una luz que nos sumergirá en ambientes sinuosos o que nos mostrará la cara más comercial de su fotografía.
Jenny Boot Jenny Boot ©
Jenny Boot Jenny Boot ©
Jenny Boot Jenny Boot ©
Las sugerentes imágenes de Jenny Boot siempre guardan un elevado sentido de la estética. Provocando en su medida exacta, sus fotografías pueden ser sensibles a la vez que duras. Sus modelos posan con atrevimiento y firmeza y ella sabe captar la fuerza necesaria que exprese sus intenciones. El público se somete entregado, sumiso y expectante por ver el resultado final de una instantánea que ya nos ha capturado. A destacar también su trabajo de fotocomposición en algunas de sus fotografías, investigando con diferentes técnicas y estilos que le de un valor añadido a su obra.
Jenny Boot Jenny Boot ©
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Jenny Boot Jenny Boot ©
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Jenny Boot nos seguirá deleitando con nuevos trabajos que podemos seguir no solo en su web, sino en su página de Facebook (si la censura sin sentido que rige últimamente esta red social lo permite) o en su canal de YouTube donde nos va dejando pequeños ejercicios de video-arte con sus fotografías.
Jenny Boot Jenny Boot ©
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UNO DE LOS NUESTROS



miércoles, 5 de noviembre de 2008

Andrea Camilleri / Poemas inciviles

Ilustración de Bernardo Torrens

Andrea Camilleri
POEMAS INCIVILES
La última ocasión que tuvimos de ver en público al escritor Andrea Camilleri fue este verano en la Piazza Navona de Roma. Camilleri, militante comunista de larga trayectoria, participó en el evento ‘No Cav Day’ organizado por partidos y organizaciones de la izquierda italiana, con el aval de otros intelectuales como Umberto Eco. Allí recitó cinco poesías ‘inciviles’ apuntando contra algunas de las polémicas leyes aprobadas por el actual gobierno de Berlusconi (la inmunidad presidencial o el censo de gitanos) y el clásico demonio de la causa, el Vaticano.
La intervención de Camilleri nos sirve para ilustrar sus facetas menos conocidas fuera de Italia. El autor hace cierta la máxima de Juan Madrid de que “La literatura negra es la novela social de nuestro tiempo”, pero las siguientes poesías dan cuenta de su compromiso político a través de una sátira excitantemente corrosiva. Su domino nos escenario nos recuerda igualmente que el teatro es su ambiente natural, al que dedicó su vida antes de triunfar como escritor pasados los 60 años. Estas son las traducciones:
1- A los monomaníacos les basta apenas un fugaz pretexto
para hundirlos en su delirio particular,
en su obsesión devastadora.
Las palabras que lo desencadenan son: justicia y jueces.
Al escucharlas, su transformación es inmediata,
la sonrisa muta en mueca,
Del rostro le cae la máscara variopinta,
y debajo aparece una tabla de Cesare Lombroso.
2- Afín de reducir ulteriormente los gastos,
el ministro de Justicia ordena que,
sólo para él, la prescripción sea preventiva y previa
antes incluso de que los procesos sean prefijados por turnos
y por tanto, los Presidentes que sean inscritos en el registro de acusados
sean prejudicialmente enviados a prescripción.
Por favor, cuidado con las erratas.
3- Tiene él más esqueletos en el armario
que la cripta de los capuchinos de Palermo.
De vez en cuando de noche, cuando pasa el tranvía,
los huesos vibran ligeramente,
y con ese sonido se le ponen los pelos sintéticos de punta.
Teme que las puertas del armario se abran
que hordas no de fantasmas sino de jueces en toga
salten fuera agitando como castañuelas brillantes esposas.
4- No importa que haya tenido dos mujeres
y que las pelandruscas reconforten sus noches.
No importa que su moral tenga más agujeros que un colador.
No importa que haya corrompido, falsificado balances, jurado en falso,
prevaricado, adoptado la mentira como forma de vida.
No importa.
Sea recibido en el Vaticano con todos los honores.
Pecunia, antigua sabiduría, non olent.
5- “Tómense inmediatamente las huellas de los niños gitanos”
ordena un par de bigotes sobre la nada.
Y los bigotes juran que no es racismo,
sino sólo piedad humana hacia los niños obligados a mendigar.
¡Qué corazón! ¡Qué generosidad!
Y me vuelven a la memoria los versos de un grandísimo:
“Eres tan hipócrita / que cuando la hipocresía te haya matado / estarás en el Infierno / y te dirás en el Paraíso”





FICCIONES

DE OTROS MUNDOS

Cuentos

martes, 4 de noviembre de 2008

Juan Marsé: / "Todas las adaptaciones de mis libros son malas"


Juan Marsé
Ilustración de Triunfo Arciniegas
Juan Marsé: "Todas las adaptaciones de mis libros son malas"

El novelista barcelonés avanza que en su nueva novela hablará de su adopción y ajustará cuentas con directores y guionistas

Barcelona, 4 de noviembre de 2008

El escritor Juan Marsé ha avanzado hoy que su nueva novela incluirá un "pequeño ajuste de cuentas" con los guionistas y directores de cine que han adaptado sus obras al séptimo arte, porque "todas las películas son muy malas", y ha agregado que de forma enmascarada también tratará sobre su adopción. El barcelonés ha realizado estas aseveraciones durante la presentación de Ronda Marsé (Candaya), un recorrido por los casi 50 años de indagación crítica de su obra, concebido por su autora, la profesora universitaria Ana Rodríguez Fischer, como un libro plural y poliédrico -que incluye un DVD- en el que se subraya la influencia del autor de Últimas tardes con Teresa en otros muchos novelistas.



Aunque Juan Marsé ha advertido de que no le gusta nada hablar de la tarea literaria en la que está enfrascado, ha indicado que tiene ya escritos más de 200 folios de su nuevo relato, que por primera vez a lo largo de su trayectoria, "trabajo capítulo a capítulo hasta que no lo termino". Preguntado por este hecho, el narrador ha señalado que con la edad desconfía más que antes y se ha vuelto "muy quisquilloso", aunque ha reconocido, que en esta ocasión, tiene "la historia muy completa en la cabeza".

Afirmando que le gusta más "escribir que publicar", ha dado a conocer que todavía no tiene el título pensado, pero sí que se trata de un libro con una estructura "muy compleja", con historias que se van trazando entre ellas, y que transcurren, algunas de ellas, entre 1948 y mitades de los cincuenta y otras suceden de "los años ochenta y tantos hasta hoy, donde hay la referencia a los peliculeros".

"Pero -ha subrayado- no voy a explicar más, porque es muy complejo todo y si lo cuento mal, lo estropeo. Tengo que escribirlo para contarlo", ha apostillado. Pidiendo que incidiera más en sus opiniones contrarias a las adaptaciones cinematográficas que se han hecho de sus novelas, Juan Marsé ha precisado que espera que el ajuste de cuentas que incluirá "sea divertido", aunque ha añadido que le "tienen bastante harto", confiesa.


Todas son "malas"

A su juicio, todas las adaptaciones, desde El embrujo de Shangai, de Fernando Trueba, a Últimas tardes con Teresa, de Gonzalo Herralde, son "malas, y es inútil que hayan sido fieles al texto original". Para Marsé, la razón de que haya ocurrido esto es muy simple: "el cineasta en cuestión tiene escaso talento". Durante una rueda de prensa en la que en ningún momento se ha mordido la lengua, el escritor no ha dudado en preferir a Dickens antes que a Joyce, porque "los libros como el Ulises, que son grandiosos, no creo que sean buenas novelas".

Por otra parte, ha dado a conocer que se está trabajando en una biografía suya, en la que colabora cuando le consultan, y que podría desvelar nuevos datos respecto a su proceso de adopción, en los años treinta. A Marsé no le ha importado rememorar, de nuevo, la historia que le había contado su madre adoptiva cuando era pequeño en el sentido de que fue adoptado por ella y su marido cuando subieron a un taxi, después de perder a un hijo y de saber que nunca más podrían tener otros, y coincidir con su padre biológico, un taxista que acababa de perder a su mujer en un parto, del que nació él.

"Mi historia -ha proseguido- explicada por mi madre era tan mágica que me quedé con ella, y aunque ahora parece que no fue así, a mí me da lo mismo". De todas maneras, no ha descartado tratar sobre el tema en otra novela y, de hecho, ha adelantado: "algo de ello habrá en la novela que estoy escribiendo, aunque muy enmascarado".

Cuando los periodistas ya habían cerrado sus cuadernos y apagado sus grabadoras, el también escritor y amigo, Joan de Sagarra, presente en el acto, ha empezado a reflexionar sobre el carácter no mediático de Marsé y sus negativas a asistir a la televisión. Juan Marsé, que dice que sólo acudirá a un programa en este medio el día que dimitan los actuales directores generales y jefes de programas, ha concluido que "podrían suprimir el Ministerio de Cultura, porque la televisión es el auténtico Ministerio".


Así comienza / Andrea Camilleri / El beso de la sirena

El beso de la sirena


Andrea Camilleri (Porto Empedocle, Sicilia, 1925) deja de lado a su celebérrimo comisario Montalbano en una novela que rescata el mito de Ulises y el cuento de Andersen. Destino publicará en septiembre (2008) 'El beso de la sirena', que comienza así:

Gnazio Manisco reapareció en Vigàta el 3 de enero de 1895, a los cuarenta y cinco años, y en el pueblo ya nadie sabía quién era, ni él conocía a nadie, tras veinticinco años en América.
Hasta que tenía casi veinte años había trabajado como temporero, y se había desplazado con su madre y una caterva de braceros, de campo en campo, donde ora había que hacer la escamonda de los árboles, ora recoger almendras u olivas, habas o guisantes, ora tomar parte en la vendimia.
De su padre no sabía nada de nada, salvo que se llamaba Cola, que se había ido a América cuando él aún estaba en la barriga de su madre, y que ya no había vuelto a dar señales de vida, ni buenas ni malas. Entonces su madre había vendido la casa en la que vivían en el pueblo, de una sola habitación -total, los braceros no necesitan techo, duermen al raso, bajo las estrellas, y, si llueve, se refugian debajo de los árboles-, y se había metido el dinero en un pañuelo apretado en la pechera. Al final de cada semana, sacaba el pañuelo y guardaba el dinero de la paga que había conseguido economizar.

De su padre sólo sabía que se llamaba Cola, que se había ido a América cuando él aún estaba en la barriga de su madre y no había vuelto a dar señales de vida

Tenía diecinueve años cuando su madre murió porque nadie le hizo caso cuando la picó una víbora. Encontró dinero en su pañuelo y decidió ir a América
La cuadrilla de braceros a la que pertenecían Gnazio y su madre, porque Gnazio había empezado a trabajar a los cinco años por un cuarto de paga, estaba al mando del tío Japico Prestia, que los llamaba a todos "piojos". A los siete años, al oír que lo llamaban "piojo", Gnazio se enfadó.
-Usted, señor Japico, debe llamarme Gnazio, yo no soy un piojo.
-¿Te ofendes porque te llamo así?
-Sí.
-Te equivocas. Esta tarde te lo explicaré.
Cuando tenía ganas, el tío Japico, una vez terminado el trabajo y antes de que anocheciera, se ponía a contar historias y todos se reunían para escucharlo. Por eso aquella tarde contó la historia de Noé y el piojo.
-Cuando el Señor Dios se cansó de los hombres, que se hacían siempre la guerra y se mataban sin cesar, decidió borrarlos de la faz de la Tierra con el diluvio universal. Y de esa extinción habló con Noé, que era el único hombre honesto y bueno que había. Pero Noé le hizo notar que, junto con los hombres, morirían también todas las bestias, que no tenían la culpa del desdén del Señor. Entonces el Señor le dijo que fabricara una barca de madera, llamada arca, y que hiciera entrar en ella una pareja, un macho y una hembra, de todos los animales. Así, el arca flotaría y después, pasado el diluvio, los animales habrían podido procrear. Noé también obtuvo permiso para llevar en el arca a su mujer y a sus tres hijos, y luego preguntó al Señor cómo conseguiría advertir a todos los animales del mundo. El Señor le dijo que ya lo pensaría él. En resumen, para hacerlo breve, cuando todos los animales entraron, empezó el diluvio. Tres días después, una noche, mientras todos dormían, Noé oyó una vocecita en su oído:
»-¡Patriarca Noé! ¡Patriarca Noé!
»-¿Quién es?
»-Somos dos piojos, marido y mujer.
»-¿Piojos? -¿y qué eran? Noé nunca los había oído nombrar-. Y ¿dónde estáis, que no os veo?
»-En tu cabeza, en medio de tu pelo.
»-Y ¿qué hacéis?
»-Patriarca, el Señor Dios se olvidó de advertirnos del diluvio. Pero nosotros nos enteramos y trepamos a ti.
»-¿Y de qué vivís, piojos?
»-Vivimos de la suciedad que hay en la cabeza del hombre.
»-¡Podéis moriros de hambre! ¡Yo me lavo el pelo todos los días!
»-¡Ah, no, patriarca! ¡Te comprometiste a salvar a todos los animales! ¡Nosotros tenemos tanto derecho a alimentarnos como las demás bestias! ¡Por tanto, desde ahora y mientras dure el diluvio, no debes lavarte!
»¿Y sabéis por qué, muchachos, el Señor Dios se había olvidado de advertir a los piojos? Porque los piojos son como los temporeros, que hasta Dios se olvida de que existen.
Cuando oyó el cuento del tío Japico, Gnazio juró que en cuanto pudiera cambiaría de oficio.
Tenía diecinueve años cuando su madre murió porque nadie le hizo caso cuando le picó una víbora. En el pañuelo en que su madre tenía los ahorros encontró más dinero del que se esperaba y entonces decidió partir él también a América.
Pero ¿cómo llegaría a América, que estaba en la otra punta del mundo? Pidió explicaciones a su primo, Tano Fradella, que ya había hecho los papeles y estaba a punto de partir.
-¿Qué hace falta?
-Ante todo, el pasaporte.
-¿Y qué es?
Tano se lo explicó. Y también le dijo que, para obtenerlo, debía presentar una instancia al delegado de Vigàta. Y Gnazio se presentó al delegado.
-¿Qué quieres?
-Quiero hacer los papeles para irme a América.
-¿Cómo te llamas?
Gnazio se lo dijo.
-¿Cuándo naciste?
Gnazio se lo dijo.
-¿Cómo se llaman tus padres?
Gnazio se lo dijo.
Y también le dijo que su madre había muerto y que no sabía si su padre aún estaba vivo o había muerto en América.
-¿Y quieres ir a buscarlo a América?
-¡Pero si ni siquiera sé cómo es!
Entonces el delegado miró unos folios que tenía sobre el escritorio y a continuación exclamó:
-¡Blandino!
-A sus órdenes -dijo, mientras entraba, un uniformado de guardia.
-Ponle las esposas.
-¿Por qué? -preguntó Gnazio, extrañado.
-Por no haberte presentado a la leva.
-¿Qué es la leva?
-Debes hacer el servicio militar.
-Nadie me dijo nada.
-Había carteles de llamada a las armas.
-Pero yo no sé leer ni escribir.
-Haber pedido a alguien que te los leyeran.
Estuvo cinco días en la cárcel. A la mañana del sexto día lo llevaron a Montelusa, a un sitio llamado distrito militar. Le hicieron desnudarse. Gnazio estaba abochornado y se tapaba las vergüenzas. Un hombre con bata blanca, después de haberlo mirado por delante y por detrás, dijo:
-Apto.
Entonces se adelantó alguien vestido de marinero y le espetó, con mala cara:
-¡Atención!
¿Qué significaba? Gnazio miró a su alrededor, no vio ningún peligro y le preguntó:
-Perdone, pero ¿por qué debo estar atento?
El otro se puso a gritar como un enajenado.
-¿Haciéndonos los graciosos, eh? ¡Ya te haré tragar tus ocurrencias! ¡Ve a meterte con aquellos de allá!
Y le señaló a una decena de jovencitos como él. Gnazio fue.
-Mañana mismo nos embarcan -dijo uno.
-¿Y por qué nos embarcan? -preguntó Gnazio.
-Porque nos toca hacer de marineros.
¿Embarcarnos? ¿Mar adentro? ¿En medio de las tempestades? ¿En medio de las olas más altas que una casa de tres plantas? ¿En los mares donde hay pulpos tan grandes como una carroza, que te cogen y te tiran hacia abajo, y te ahogan? ¡Por Dios! ¡Justo a él le tocaba hacer de marinero, a él, que no quería ver el mar ni en pintura! Se puso a gritar como un desesperado:
-¡Marinero, no! ¡El mar, no! ¡Por el amor de Dios! ¡Marinero, no!
Y tanto hizo y tanto chilló que lo pasaron a soldado de infantería.
Como militar se lo pasó bien. Lo mandaron a Cuneo y cuatro días después un sargento preguntó si había alguien que supiera podar árboles. Gnazio sólo comprendió la palabra árboles, y preguntó:
-¿Qué quiere decir podar?
El sargento se lo explicó. Escamondar, eso quería decir podar.
-Yo sé cómo se hace -dijo.
Al día siguiente se encontró trabajando en un trozo de tierra propiedad del coronel Vidusso, un gran caballero, que hizo lo necesario para que hiciera una mili breve y se ocupó de conseguirle los papeles para la partida. En resumen, embarcó cuando apenas había cumplido los veinte años.
Durante todo el viaje estuvo en la bodega del vapor, en medio del hedor de los demás emigrantes, gente que se cagaba y se meaba en los pantalones y vomitaba continuamente, pero nunca subió al puente, le daba tanto miedo sentir el mar en torno que siempre temblaba como por las fiebres tercianas.
En Nueva York fue a buscar a Tano Fradella, que hacía de albañil, dado que en aquella ciudad el campo no estaba cerca. También él empezó a hacer de albañil.
Pero ¿qué clase de edificios construían en América? Altísimos, pero tan altos que a uno le daba vértigo cuando se encontraba trabajando en el trigésimo piso y corría el riesgo de caer cabeza abajo. Pero, cuando caminaba por la ciudad, Gnazio veía muchos árboles y jardines muy hermosos.
-Pero ¿quién cuida de los árboles y los jardines? -preguntó un día a Tano Fradella.
-Gente pagada por el Ayuntamiento de Nueva York.
-¿Y dónde está ese Ayuntamiento?
-Tanto da, Gnazio, a ti no te cogerán.
-¿Por qué?
-Primero, porque no sabes leer ni escribir. Y, segundo, porque no conoces la lengua de América.
Al día siguiente, domingo, un paisano le explicó que en Muttistrit, cerca de donde vivían Tano y él, había una maestra, la señorita Consolina Caruso, que daba clases particulares. El mismo día, Gnazio se presentó ante la señorita Consolina, que era setentona, enjuta, con una cara que parecía una calavera con gafas, antipática. Se pusieron de acuerdo en el dinero y el horario. La maestra le daba clases cada tarde, de ocho a nueve, junto con un niño de siete años que aprendía más deprisa que él y se reía cuando se equivocaba.
En resumen, después de tres años de clases, Gnazio escribió la instancia al Ayuntamiento, que fue aceptada. Lo llevaron a un jardín, lo vieron trabajar y una semana después lo contrataron como jardinero.
No le pagaban demasiado, pero sí lo suficiente, y era dinero seguro.
Fue así como algunas ancianas de Broccolino empezaron con las medias palabras.
-Gnazio, ya va siendo hora de que pienses en formar una familia.
-Pero, tú, Gnazio, ¿no piensas casarte?
Y comenzaron a dar nombres:
-Hay una buena chica, la hija de Minicu Schillaci...
-Quiero que conozcas a Ninetta Lomascolo, que es una chica de oro...
Pero él esbozaba una risita y no respondía nada.
Casarse en América significaba morir en América, y él no quería morir en América, él quería morir en su tierra, cerrar los ojos para siempre ante un olivo sarraceno.
Cuando tenía ganas de una mujer, porque era un joven de sangre caliente, se lo decía a Tano Fradella, que era un experto en asuntos de mujeres. Éste salía de casa y una hora después regresaba con dos chicas tan hermosas que no alcanzaban los ojos para mirarlas.
Una mañana, cuando aún estaba oscuro y volvía del velatorio de la señorita Consolina, que había muerto, la muy desdichada, salió de un portal un viejo asqueroso y sucio, con el aliento que hedía tanto a vino que te emborrachabas con sólo estar cerca de él, y agarró a Gnazio por las solapas de la americana.
-Venga, paisano, págame una copa -dijo con voz lastimera.
-Pero ¿no has bebido bastante? ¡Estás borracho a esta hora de la mañana! -le replicó Gnazio, mientras intentaba que le soltara.
-¿Y a ti qué te importa si estoy borracho?
Quizá fue por cómo estaban hablando, por la entonación que daban a las palabras, que se detuvieron y se miraron.
-¿De dónde eres? -preguntó el viejo.
-De Vigàta. ¿Y tú?
-Yo también. ¿Cómo te llamas?
-Gnazio. ¿Y tú?
-Cola. Cola Manisco. ¿Entonces? ¿Me pagas una copa o no?
-No -dijo Gnazio, y le dio un empujón que tiró a su padre contra la pared.
Y no se volvió cuando el viejo comenzó a gritar que era un maricón y un hijo de puta. No habló con nadie del asunto, ni siquiera con Tano Fradella. 




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