martes, 29 de enero de 2002

Se equivocó Françoise Sagan


Françoise Sagan


SE EQUIVOCÓ FRANÇOISE SAGAN



París, 29 de enero de 2002


La escritora Françoise Sagan, de 66 años, podría ser condenada por el Tribunal Correccional de París a una pena de prisión por no haber declarado al fisco francés 838.469 euros en 1994. El fiscal estimó imposible 'no condenar a una pena de cárcel' a Sagan, pero pidió que, dado su estado de salud, no tuviese que cumplirla. El Tribunal dictará su sentencia el próximo día 26 de febrero. El fisco francés persigue desde 1999 a Sagan porque no declaró cuatro millones de francos (615.000 euros) ingresados en la Compagnie Internationale de Développement (CID) por el empresario André Guelfi, uno de los principales protagonistas del caso Elf. La escritora tampoco incluyó en su declaración un millón y medio de francos (230.000 euros) recibidos de unos amigos en un momento en que atravesaba una situación financiera 'difícil', según su abogado, quien asegura que Sagan 'jamás intentó disimular el dinero al fisco, sino que, simplemente, se equivocó con sus cuentas'.

EL PAÍS



jueves, 17 de enero de 2002

Julio Cortázar / La noche boca arriba

2010 Aron Hart, All I Have to Give #3


Julio CortázarBIOGRAFÍA

La noche boca arriba


 
Y salían en ciertas épocas a cazar
 a sus enemigos; le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo, zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró, a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

miércoles, 16 de enero de 2002

Julio Cortázar / Axolotl


Julio CortázarBIOGRAFÍA

Axolotl

Axolotl by Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

domingo, 6 de enero de 2002

Julio Cortázar / Las Ménades


Julio CortázarBIOGRAFÍA

Las Ménades 

Alcanzándome un programa impreso en papel crema, Don Pérez me condujo a mi platea. Fila nueve, ligeramente hacia la derecha: el perfecto equilibrio acústico. Conozco bien el teatro Corona y sé que tiene caprichos de mujer histérica. A mis amigos les aconsejo que no acepten jamás fila trece, porque hay una especie de pozo de aire donde no entra la música; ni tampoco el lado izquierdo de las tertulias, porque al igual que en el Teatro Comunale de Florencia, algunos instrumentos dan la impresión de apartarse de la orquesta, flotar en el aire, y es así como una flauta puede ponerse a sonar a tres metros de uno mientras el resto continúa correctamente en la escena, lo cual será pintoresco pero muy poco agradable.

sábado, 5 de enero de 2002

Julio Cortázar / La puerta condenada




Julio CortázarBIOGRAFÍA

La puerta condenada



         A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el vapor de la carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción. Por el tablero de llaves en la portería supo que había poca gente en el hotel; las llaves estaban unidas a unos pesados discos de bronce con el número de habitación, inocente recurso de la gerencia para impedir que los clientes se las echaran al bolsillo.

viernes, 4 de enero de 2002

Julio Cortázar / Los venenos


Julio CortázarBIOGRAFÍA

Los venenos


El sábado tío Carlos llegó a mediodía con la máquina de matar hormigas. El día antes había dicho en la mesa que iba a traerla, y mi hermana y yo esperábamos la máquina imaginando que era enorme, que era terrible. Conocíamos bien las hormigas de Bánfield, las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen los hormigueros en la tierra, en los zócalos, o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo, allí hacen agujeros disimulados pero no pueden esconder su fila negra que va y viene trayendo pedacitos de hojas, y los pedacitos de hojas eran las plantas del jardín, por eso mamá y tío Carlos se habían decidido a comprar la máquina para acabar con las hormigas.

jueves, 3 de enero de 2002

Julio Cortázar / El río




Julio CortázarBIOGRAFÍA

El río



 Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.

miércoles, 2 de enero de 2002

Julio Cortázar / No se culpe a nadie



Julio CortázarBIOGRAFÍA

No se culpe 

a nadie 


El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguir hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estar impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.



martes, 1 de enero de 2002

Julio Cortázar / Continuidad de los parques

Star reader
Isabel Miramontes


Julio CortázarBIOGRAFÍA

 

Continuidad 

de los parques



Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.



sábado, 29 de diciembre de 2001

Kazuo Ishiguro / Cuando fuimos húerfanos / Reseña


Kazuo Ishiguro

Cuando fuimos huérfanos

Orígenes del 'souvenir'

Luis Magrinya
29 de septiembre de 2001


Cierta parte de la crítica nos ha avisado, por unas razones u otras, de que la constante recreación del pasado en las novelas de Kazuo Ishiguro no debe tomarse demasiado al pie de la letra. Para Barry Lewis, autor de una reciente monografía sobre el novelista, el largo y crucial episodio ambientado en el Nagasaki posnuclear de Pálida luz en las colinas (1982) tiene demasiados -y pintorescos- ecos de Madame Butterfly para que los pasemos por alto. A Malcolm Bradbury, que fue tutor de Ishiguro en la universidad, todo el Japón de Un artista del mundo flotante (1986) le parece pura japonaiseirie, 'una labor de raro manierismo'. Un lector de The Times protestó indignado contra Los restos del día (1989), alegando que el oporto jamás se servía como se describía en la novela, distribuido por el mayordomo después de la cena, sino que eran los mismos caballeros comensales quienes se lo pasaban unos a otros, en el sentido de las agujas del reloj. Como respondiendo a tales acusaciones, Ishiguro ha comentado alguna vez que la suya, más que histórica, era 'una Inglaterra mítica', 'esa Inglaterra que la industria de la nostalgia o del patrimonio suele utilizar para vender mantelerías o tazas de té'.




CUANDO FUIMOS HUÉRFANOS/QUAN ÉREM ORFES

Kazuo Ishiguro Traducción de Jesús Zulaika/Xavier Pàmies Anagrama/Edicions 62 Barcelona, 2000 404/368 páginas. 2.700 pesetas
Uno está en condiciones de esperar que la Inglaterra de esta novela sea la de Hércules Poirot, y la China..., bueno, sí, la de Fu Man-chu

Con Los inconsolables (1995), atrozmente situada en una ciudad centroeuropea sin nombre ni fecha, los paladines del rigor histórico se tuvieron que callar, aunque no por ello dejaran de lamentarse de lo muy confusos que les había dejado aquella súbita inmersión en los abismos de lo incontrastable. Gracias a Cuando fuimos huérfanos (2000), tendrán ocasión, si quieren, de volver a hablar. Cada una de las siete partes del nuevo libro de Ishiguro viene marcada -con precisión absurda, se diría- con un lugar y una fecha en el calendario de la década de 1930; y a lo largo de él, el elemento histórico va tomando forma en 'hechos' como el tráfico de opio de las compañías comerciales británicas, una conferencia titulada ¿Supone el nazismo una amenaza para el cristianismo?, la entrada de las tropas alemanas en Renania, Mussolini, los cañonazos del Ejército japonés sobre Shanghai, la guerrilla comunista china, Chiang Kai-shek y el Kuomintang. Ahora bien, dicho esto, habrá que decir también que el héroe y narrador de la novela es un detective con lupa y una celebridad social, que ha resuelto con éxito, entre otros, el 'caso Mannering' y el 'misterio de la muerte de Charles Emery'; que este mismo detective tiene un 'caso' pendiente que le corroe por dentro, pues se trata de la desaparición de sus propios padres, acaecida en Shanghai cuando él tenía 10 años; y que, en la segunda parte de la novela, viaja en efecto a Shanghai -ahora zona de guerra y hervidero de espías- con la idea envolvente de que sus padres llevan algo así como ¡18 años! secuestrados en una misma y misteriosa casa. En fin, que, visto lo visto y recordando ahora la escabrosa asociación antes apuntada entre historia, mito y mantelerías, uno está en condiciones de esperar que la Inglaterra de esta novela sea la de Hércules Poirot, y la China..., bueno, sí, la de Fu Man-chu.


Y esto es así, y no es así. El trabajo de Ishiguro con lo histórico es de filiación posmoderna y opera sobre imágenes más que sobre 'hechos' o, mejor, sobre las imágenes como hechos: algo que sin duda se opone al proceder de los nostálgicos, que tienden más bien a concebir los hechos como imágenes y a alumbrar incautas cantidades de poesía. No es por cierto ajeno, creo yo, a esta determinación antinostálgica que, en la retórica ultraprosaica de nuestro autor, las imágenes 'literarias' (léase metáforas, símiles, etcétera) brillen por su ausencia, y que brillen en cambio planas descripciones y frases como 'el interior de la tienda estaba atestado de objetos' que parecen requerir con insolencia una agriada inspección de la policía estilística. La maniobra de Ishiguro con las imágenes 'históricas' cabe verla, por su parte, a la luz de una astuta y algo implacable deconstrucción. Elige una 'construcción' prototípica como es el detective con lupa y, después de situarla y explicarla en su medio (Inglaterra), la arroja fuera de él (a Shanghai) para ver cómo se comporta sin la protección de la cultura a la que sirve. Podemos adelantar que se comporta torpe y precariamente; que, sin coartadas, funciona fatal; y que, lejos de su biotopo, revela paradójicamente no sólo su conducta impropia, sino sus orígenes más inconfesables.

La primera parte de la novela nos desvela la frágil composición individual de la imagen del detective, y vemos así a un tipo anclado en fantasías infantiles, torturado por su sentimiento de orfandad, y animado por una visiblemente falsa seguridad en sí mismo. Para él, su condición detectivesca no es más, aunque lo niegue o trascienda, que una conquista social, un status, y su satisfacción en el bordado del estereotipo es la del advenedizo dispuesto a plegarse, a demostrar que él no es ningún 'bicho raro' como dicen algunos, y a encontrar cueste lo que cueste -como ese otro gran souvenir de las Islas Británicas, el mayordomo de Los restos del día- un patrón donde encajar. Siendo, por lo demás, este tipo un narrador característicamente ishiguriano que 'cree recordar', que 'no sabría decir realmente', que 'se pregunta si' y 'tiene casi la certeza de', el contraste entre sus atenuaciones nebulosas y la contundencia con que afirma los proyectos y los éxitos de su personalidad social resulta tan cómico como dramático. En la segunda parte, proyectado a Shanghai, se empeña denodadamente en convertir las agitaciones del entorno histórico en una intriga exótica de agentes secretos creada ex profeso, se diría, para su lucimiento personal... hasta el punto delirante de convencerse de que la resolución del caso de la desaparición de sus padres puede cambiar el curso de los acontecimientos mundiales. El choque entre el individuo hecho imagen y la historia ajena a sus imaginaciones se establece en un clima de desquiciado acto de voluntad: un mundo de bombas, ratas y 'montones de intestinos humanos' que el detective entiende tan sólo como escenario de la gran escena del rescate de sus padres...








AMARGAS REVELACIONES


LAS TRANSFORMACIONES que exige el héroe al mundo entero acaban irremisiblemente volviéndose contra él, o conspirando en todo caso para depararle amargas revelaciones. Y, aunque todo está calculado, en su disparatada coherencia, para que éstas le sean servidas en una escena de género por un personaje de género -el testigo del pasado que vuelve y lo sabe todo-, el detective habrá de descubrir al final de su periplo qué horribles cimientos sostienen su carrera, su 'sentido de misión', sus impulsos redentores y, en fin, su deseo de identidad. Alguna de estas revelaciones, a tono con el caos desatado en Shanghai, parece destinada a convertirlo en otro inconsolable. La parte referida a la desaparición del padre, por ejemplo, es plausiblemente destructora en su laconismo y hasta en su vulgaridad. Pero, en lo tocante a la madre, la trama da un giro victoriano y, entre las sombras de un destino tristísimo, asoma la imagen consoladora de un gran sacrificio. Es posible que esta imagen sea igualmente ficticia, y que para salir de sus fantasías infantiles el héroe necesite otra fantasía. Pero, consolaciones aparte, la impresión final -también muy victoriana- es la de una herencia vergonzosa, la de una terrible mancha en el origen mismo de la rutilante carrera de detective que ha dado 'sentido' a su huérfana vida..., lo que, a un nivel histórico, ahora reconciliado, equivale a la clase de miserias imperiales sobre las que la cultura británica ha erigido algunas de sus más evocadoras estampas. En Grandes esperanzas, un descubrimiento similar servía a Pip para dejar de ser un petimetre; al protagonista de Cuando fuimos huérfanos lo envejece drásticamente, convirtiéndolo en un hombre quizá algo chocho, pero más sereno y cabal, capaz de mirar con mayor ecuanimidad tanto sus triunfos como sus fracasos. Hoy algunos activistas piden que nos fijemos en dónde se fabrica la ropa que compramos. Lo que nos enseña Ishiguro en esta novela es la sucia etiqueta que cuelga del reverso de la mantelería, y lo que pasa cuando se ve.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de septiembre de 2001
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