jueves, 30 de enero de 2020

Peter Handke / Trances epifánicos y la tentación de lo sublime

Peter Handke


Premio Nobel 2019

Peter Handke, trances epifánicos y la tentación de lo sublime

El galardón correspondiente a este año fue adjudicado a Peter Handke, extraordinario narrador, dramaturgo y ensayista austríaco.


Matías Serra Bradford
18 de octubre de 2019


El de la escritura es un trabajo con tiempos tan disímiles a otros –de resultado tan incierto, de reconocimiento siempre hipotético y resbaloso– que a los ojos de los demás un escritor puede pasar por la vida como si no hubiera hecho nada. Trabaja desplazado, para un tiempo que desconoce, que puede o no cristalizar –la publicación, el prestigio– en meses o décadas. Lo mismo que le sucede a un escritor con una anotación suelta –no sabe qué valor tendrá a futuro, o qué usos y contexto la favorecerán o borrarán, por eso la apunta– sucede con las obras y sus reputaciones.
El tiempo ha sido, literalmente, una de las materias que más ha indagado Peter Handke en medio siglo de lenta e incansable labor. Su bibliografía no cumple esa ley tácita, la que dictamina que el reconocimiento llega cuando se están escribiendo los peores libros. La curva ideal para ciertos autores llega varias veces, en fechas distantes, en una espiral con suerte ascendente.
En una trayectoria notablemente pareja –las variaciones más visibles se dieron, naturalmente, entre su narrativa, que se desplazó del policial neutro a lo contemplativo, y su teatro, que tiende al ataque verbal o al mutismo coreografiado– tres de los libros más recientes de Handke presentan nuevas vías de una búsqueda que nunca se planteó un fin. Ensayo sobre el loco de las setas es la última entrega de una serie –Ensayo sobre el cansancioEnsayo sobre el día logrado, etc.– y otro capítulo desenvuelto de sus andanzas en la senda de la percepción.
Es la clase de atención que ejercita lo que distingue a Handke, la clase de observación que consigna, teñida casi siempre de una suerte de bondad, de piadosa serenidad: “En mi interior yo no he ido más lejos que las lindes del bosque donde me escabullía, a mis siete años, para oír el viento entre las ramas”.
Casi 70 años más tarde ese niño recibió, hace unos días, el Premio Nobel de Literatura, e invitó a los periodistas a pasar a su jardín. Una de las cosas que declaró -quizá la más significativa en ese incómodo contexto, y la que lo debe haber tomado de sorpresa a él mismo- fue que se sentía perdonado (verbo y estado frecuente, dicho sea de paso, en la infancia, uno de los polos magnéticos de su obra).
Handke no se refería a su posición contra la OTAN, contra los medios europeos alineados unánimemente detrás de esa alianza militar durante la guerra de los Balcanes, y contra la demonización absolutista de un pueblo -los serbios-, postura que sostiene; aludía, es dable sospechar, a su presencia en el entierro de Milosevic, de la que acaso se haya arrepentido.
El apego de Handke por vía materna hacia Eslovenia -bellamente articulado en La repetición, uno de sus libros más resonantes- permite explicar sus lanzadas y valientes intervenciones en ese territorio, que consignó en Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y DrinaApéndice de verano a un viaje de inviernoEl viaje en la canoa y Preguntando entre lágrimas. No son sus mejores libros pero es evidente que para él fueron tan necesarios como los otros, y prueban que sus plegarias nunca podrían estar del lado de crimen y que la estigmatización de la que ha sido víctima desmiente el título de una de sus piezas teatrales de los 70: Las personas no razonables están en vías de extinción.
Tacto y captura
Como en sus diarios y libretas publicadas –El peso del mundo, Historia del lápiz, Ayer, de camino–, en su última obra traducida, Ensayo sobre el loco de las setas, Handke es un escritor que se habla a sí mismo mientras redacta, y va demarcando los modos de su disposición, el estilo de captación que le surge más espontáneamente y que más agrado le causa (en otros autores no siempre coinciden, y cuando coinciden traducen una especie de sabiduría: “Querer formar parte de una caída de nieve, de la nieve que cae, eso existe, y es un deseo”).
Cada libro de Handke presenta una versión extrema de sí, desdoblado –aquí en un amigo de la infancia– o repartido entre varios personajes como en El año que pasé en la bahía de nadie –un cantante, un pintor, un arquitecto–, persiguiendo invariablemente la distancia justa, a la vez que apuesta a una deriva librada menos al sentido que a la sensibilidad. Igual que en otros textos, encuentra un modelo en un actor: “Esa atención dulce, esa presencia de espíritu tranquila y generosa, como solo James Stewart, una vez más, supo expresarla”.
Desde el principio, Handke halló sus mejores instantes cuando condensa una escena que es una impresión imborrable y viceversa: “Esa sensación sagrada, sí, sagrada, desde siempre, en presencia de alguien que duerme; como una ley moral: compórtate siempre como si en tu casa alguien durmiera, durmiera por agotamiento”. (En sus páginas, sus narradores suelen darse órdenes). Son ocasiones que se recortan claramente en sus diarios y libros fragmentarios.
Quizá se inclinó por estos géneros atomizados cuando le llegó la paternidad en los años 70, y el menor tiempo disponible y la cercanía constante de una niña recentraron su atención y le obsequiaron la forma ideal: “A. me pidió que escribiera algo ‘malo’ sobre ella en un pedazo de papel; lo hice (’A. es golosa’). Lo puso en un vaso de agua y el papel se disolvió de inmediato”. Para su segunda hija, Handke escribiría Lucie en el bosque con estas cosas de ahí, que es y no es un cuento de niños como él es y no es siempre el mismo escritor.
Ante la caída de flores de un cerezo, a Handke se le ocurre anotar: “Quien no ha experimentado el silencio y no lo desea con ardor, ¿cómo puede escribir un libro?”. Hacia el final de su Ensayo sobre el lugar silencioso confiesa que lo que lo movió a escribir el libro son esas transiciones del mutismo a la recuperación de la palabra (que recorren toda su obra, desde la temprana pieza de teatro Kaspar hasta Desgracia impeorable, sobre el suicidio de su madre).
Antes de retratar al fanático cazador de champignones que es él mismo, publicó ese ensayo sobre baños –exteriores e interiores– y rincones que lo resguardaron desde chico y le procuraron un momento de sosiego (otra de sus largas obsesiones: dar con sitios que garanticen calma). A menudo de la mano de “meandros, hesitaciones, retrasos”, también aquí tiende a exagerar los trances epifánicos y regresan los “como nunca antes”, pero Handke no retrocede ante la aventurada tentación de lo sublime.
Su libro más lento y más despojado a la vez –no más de tres frases por página– es el más desquiciado y otro de sus más recientes, Un año dicho al dejar la noche. Un libro que casi no existe, al borde del sueño y de la desaparición, que parece reabrir el epígrafe que inaugura su pieza de teatro La cabalgata sobre el lago de Constanza: "¿usted sueña o habla?": oraciones sueltas, anotadas al despertar, como adivinanzas o acertijos extractadas de una fábula innominada: “Ese tilo se ve tan vigoroso que parece que mi tinta fluyera en él”. O esta: “La mirada por encima del hombro no funciona al borde del mar”. O bien: “El lector entró sombrío y esclarecido se fue”.
En las narraciones de Handke suele asomarse alguien leyendo, o directamente hace aparecer a un lector como personaje, siempre endiosado, la figura y el acto: “A veces, leyendo a aquellos cuyo espíritu se aproxima al nuestro, podemos estar sentados en el tiempo como en una carpa de príncipe (que nadie ve)”. El momento de leer, un umbral con sus suaves requisitos: “Una vez, para abrirse a la lectura, llegó a nadar en el mar frío de febrero”.
Mientras tanto, los escritores adorados suelen ser una compañía constante, fiable, en sus excursiones: “¿Cómo expresar la veneración sin traicionarla? Es algo precioso”, anotó sobre Ludwig Hohl. Un Premio Nobel es un medio un tanto ruidoso y confuso para expresar admiración pero –a mar revuelto, ganancia de pescadores– a lo mejor acerca a la obra de Peter Handke, y a la obra de los que él ama, un puñado de lectores dispuestos a adentrarse en aguas templadas. Este reconocimiento contradice por un tiempo aquello que ya empezaba a darse por seguro: que hoy la calidad no conviene en las artes (en ninguna) y que no están dadas las condiciones para apreciarla.
REVISTA EÑE



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