jueves, 10 de diciembre de 2009

Richard Matheson / Los hijos de Noé


Richard Matheson
LOS HIJOS DE NOÉ

Habían acabado de dar las tres de la madrugada cuando Mr. Ketchum pasó en su automóvil junto al letrero que indicaba Zachry: pob. 67. Soltó un gruñido. Otro de esos pueblos de la interminable costa de Maine. Durante un segundo cerró los ojos con fuerza; los abrió de nuevo y apretó el acelerador. El Ford avanzó raudo. Quizá, con suerte, pronto llegaría a un motel decente. Aunque no era muy probable que encontrara alguno en Zachry: pob. 67. Mr. Ketchum agitó su corpulento cuerpo en el asiento y estiró las piernas. Habían sido unas vacaciones tristes. Recorrer la belleza histórica de Nueva Inglaterra, en comunión con la naturaleza y la nostalgia, era lo que había planeado. Pero en lugar de eso, sólo había encontrado aburrimiento, cansancio y precios elevados.
Mr. Ketchum no se sentía contento. La pequeña población parecía dormida mientras él atravesaba la calle principal. El único ruido era el del motor de su coche; la única panorámica la de las luces de los faros esparciéndose delante de él e iluminando otra señal: Velocidad máxima: 25.
-De acuerdo, de acuerdo -murmuró malhumorado mientras apretaba el acelerador.
Las tres de la madrugada y las autoridades locales esperaban que se arrastrara por su asquerosa aldea. Mr. Ketchum contempló los edificios oscuros que pasaban raudos tras las ventanillas de su coche. «Adiós, Zachry -pensó-. Adiós para siempre, pob. 67»
Entonces un vehículo apareció en el espejo retrovisor, como a una media manzana a su espalda, un sedán con una luz roja que giraba en su techo. Sabía qué tipo de coche era. Su pie dejó de presionar el acelerador y sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápidamente. ¿Tendría la suerte de que no hubieran detectado la velocidad excesiva que llevaba?
La pregunta le fue respondida cuando el coche oscuro se colocó paralelo al Ford y un hombre con un gran sombrero se asomó por la ventanilla delantera.
-¡Deténgase junto a la acera! -gritó.
Tragando saliva, Mr. Ketchum acercó su vehículo al bordillo. Frenó, puso el punto muerto y esperó. El coche de policía se aproximó a la acera ¡y se paró! La puerta delantera se abrió.
El resplandor de los faros de Mr. Ketchum perfilaba la oscura figura que se acercaba. Puso rápidamente las luces cortas. Tragó saliva de nuevo. Tres de la madrugada, en medio de ninguna parte, y un policía quisquilloso te detiene por exceso de velocidad. Mr. Ketchum rechinó los dientes y esperó.
El hombre de uniforme oscuro y sombrero de ala ancha se inclinó sobre la ventanilla:
-Carné de conducir.
Mr. Ketchum deslizó una mano temblorosa en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó su cartera.
Buscó el permiso de conducir y se lo entregó, observando la falta de expresión en la cara del policía. Permaneció allí sentado, en silencio, mientras el agente sostenía una linterna sobre la documentación.
-De Nueva jersey.
-Sí, eso..., así es -repuso Mr. Ketchum.
El policía continuó escudriñando el permiso. Mr. Ketchum se agitó nervioso en el asiento y apretó los labios.
-No ha caducado -dijo finalmente.
Vio que el policía alzaba la oscura cabeza. Después, dio un respingo cuando el estrecho círculo de la linterna le cegó. Giró la cabeza a un lado.
La luz desapareció. Mr. Ketchum parpadeó con los ojos llorosos.
-¿Es que en Nueva jersey no suelen fijarse en las señales de tráfico? -preguntó el agente.
-Bueno, yo... ¿Se refiere usted al letrero que dice población 67?
-No, no me refiero a esa señal -dijo el policía.
-Ah.-Mr. Ketchum se aclaró la garganta-. Bueno, es el único indicador que he visto -explicó.
-En ese caso, es usted un mal conductor.
-Bueno, yo...
-La señal dice que la velocidad está limitada a cuarenta kilómetros por hora. Usted circulaba a cincuenta.
-Oh, yo... creo que no la vi.
-La velocidad máxima es de cuarenta kilómetros por hora, vea usted la señal o no.
-Bueno... a esta hora de la madrugada...
-¿Es que ha visto usted algún horario en la señal? -preguntó el policía.
-No, claro está que no. Quiero decir, que no he visto ninguna señal.
-¿No la vio usted?
Mr. Ketchum sintió que se le erizaban los pelillos de la nuca.
-Bueno, bueno -comenzó débilmente, y después se calló y se quedó mirando al policía-. ¿Puede usted devolverme el permiso? -preguntó, ante el silencio del policía.
El agente continuó sin hablar. Estaba de pie, inmóvil.
-¿Puedo...? -comenzó Mr. Ketchum.
-Siga nuestro coche -ordenó el representante de la ley, y se alejó a grandes pasos.
Mr. Ketchum se quedó mirándolo, confuso. Estuvo a punto de gritar: ¡Eh, espere! El agente ni siquiera le había devuelto el permiso de conducir. Mr. Ketchum sintió un retortijón en el estómago.
-¿Qué es todo esto? -murmuró mientras contemplaba al policía meterse en su vehículo.
El coche policial arrancó, haciendo girar nuevamente la luz del techo.
Mr. Ketchum lo siguió.
-Esto es ridículo -dijo en voz alta.
No tenían ningún derecho a hacer esto. ¿Estaban acaso en la Edad Media? Sus gruesos labios se apretaron formando una línea recta mientras seguía al coche patrulla por la calle principal.
Dos manzanas más allá, aquél giró. Mr. Ketchum vio que la luz de sus faros iluminaba el cristal de una tienda. Hand's Groceries, decían unas letras desgastadas por el tiempo.
En la calle no había farolas. Era como conducir por un paisaje entintado. Delante de él no había más que los tres ojos rojos de las luces de posición del coche policial y el foco superior de luz. Más allá, la impenetrable oscuridad. «El final de un día perfecto -pensó Mr. Ketchum-; detenido por exceso de velocidad en Zachry, Maine.» Sacudió la cabeza y suspiró. ¿Por qué no había pasado sus vacaciones en Newark? Habría podido dormir hasta tarde, ir a espectáculos, comer, ver la televisión.
El coche patrulla giró hacia la derecha en la siguiente esquina; y una manzana después volvió a girar, esta vez a la izquierda, y se detuvo. Mr. Ketchum aparcó detrás mientras el otro vehículo apagaba sus luces. Esto no tenía ningún sentido. Era un melodrama barato. Podían haberle multado en la calle principal. ¡Esos pueblerinos! Humillar a alguien de una gran ciudad les producía la sensación de una justa venganza.
Mr. Ketchum esperó. Bueno, no iba a discutir. Pagaría su multa sin protestar y se marcharía. Estiró el freno de mano. De pronto, frunció el ceño dándose cuenta de que podían multarle en la cantidad que quisieran. ¡Podían hacerle pagar quinientos dólares si les venía en gana! El corpulento conductor había oído contar historias sobre la policía de las pequeñas poblaciones, y la estricta autoridad que ejerce. Se aclaró la garganta. «Bueno, esto es absurdo -pensó-. ¿Por qué pienso así?»
El policía abrió la puerta del coche.
-Salga -dijo.
No había luz alguna en la calle ni en ningún edificio. Mr. Ketchum tragó saliva. Todo lo que podía ver era la negra figura que le conminaba.
-¿Es esto la... la comisaría? -preguntó.
-Apague las luces y acompáñeme -dijo el agente.
Mr. Ketchum hizo lo que se le ordenaba y salió. El policía cerró de un portazo. Hizo un ruido fuerte, con ecos; como si se hallasen dentro de un almacén a oscuras en lugar de en una calle. Mr. Ketchum miró arriba. La ilusión era completa. No había estrellas ni luna. El cielo y la tierra se unían en la negrura.
Los dedos acerados del representante de la ley le asieron por el brazo. Por un momento Mr. Ketchum perdió el equilibrio; después se recuperó y, con rápidas zancadas, siguió la alta figura del policía.


-Está oscuro -se oyó decir con una voz irreconocible.
El hombre que le había ordenado seguirle no respondió.
El compañero adaptó su paso al de ellos, y se colocó al otro lado de Mr. Ketchum, quien se dijo: estos malditos nazis pueblerinos van a hacer todo lo posible para intimidarme. Bueno, pues no se saldrán con la suya.
Mr. Ketchum aspiró una bocanada de aire húmedo, con olores marinos, y después lo soltó lentamente. Un pueblo que se está derrumbando, con sesenta y siete personas, y tiene dos policías patrullando por las calles a las tres de la madrugada. Ridículo.
Casi tropezó con el escalón cuando llegaron a él. El agente que estaba a su izquierda le cogió por el codo.
-Gracias -murmuró automáticamente Mr. Ketchum.
El policía no respondió. Mr. Ketchum se humedeció los labios. «Un patán cordial», pensó, y consiguió sonreír para sí. Vaya, eso estaba mejor. No servía de nada dejar que aquello le afectase.
Parpadeó al abrirse la puerta de golpe y, a su pesar, sintió que su cuerpo se estremecía de alivio. Era una comisaría, sí señor. Allí estaban el escritorio, detrás del mostrador, un tablón de anuncios, una estufa panzuda, negra, sin encender, un banco con marcas junto a la pared; una puerta y el suelo cubierto con un linóleo mugriento y roto que en otro tiempo había sido verde.
-Siéntese y espere -dijo el primer policía.
Mr. Ketchum observó aquel rostro flaco, anguloso, de piel morena. En sus ojos no sabía distinguir el iris de la pupila: todo era oscuridad. Llevaba un uniforme también oscuro, demasiado grande para él.
Mr. Ketchum no tuvo tiempo de mirar al otro policía porque ambos se metieron en la habitación contigua. Se quedó de pie, contemplando por un momento la puerta cerrada. ¿Debería marcharse, huir en el coche? No, tenían su dirección en el permiso. Pero, quizá, ellos querían que él intentara irse. Uno nunca sabe qué hay en las mentes retorcidas de estos policías de pueblos pequeños. Incluso podrían... dispararle si intentaba evadirse.
Mr. Ketchum se sentó pesadamente en el banco. No; estaba permitiendo que su imaginación se desbocara. Esto no era más que un pequeño pueblo en la costa de Maine, y simplemente iban a ponerle una multa por... Bueno, ¿y por qué no le multaban de una vez? ¿Qué tipo de comedia estaban representando? El hombre corpulento apretó los labios. Muy bien, que hagan el teatro que quieran. De todos modos, esto era mejor que estar conduciendo. Cerró los ojos. «Descansaré un poco», pensó.
Al cabo de unos momentos los abrió de nuevo. Todo estaba condenadamente silencioso. Miró a su alrededor, observando la habitación mal iluminada. Las paredes se hallaban sucias y desnudas, excepto por un reloj y por un cuadro que colgaba detrás del escritorio. Era una pintura -probablemente una reproducción- de un hombre barbudo, que llevaba una gorra de marinero. Sería uno de los antiguos habitantes de Zachry. No, quizá no era ni eso. Debía de tratarse de una litografía vulgar: Marinero con barba.
 Mr. Ketchum rezongó para sí. No llegaba a comprender por qué había en una comisaría una reproducción como aquella. Excepto, naturalmente, que Zachry estaba junto al Atlántico y cabía pensar que su fuente principal de ingresos proviniera de la pesca. Después de todo, ¿qué importaba?
Mr. Ketchum bajó la mirada.
Desde la habitación contigua llegaban las voces ahogadas de los dos policías. Intentó oír lo que decían, pero no pudo. Contempló furioso la puerta cerrada. «Vamos, ¿queréis venir de una vez?», pensó. Volvió a mirar el reloj. Las tres y veintidós minutos. Comprobó la hora en su reloj de pulsera. Casi exacto. La puerta se abrió y los dos policías aparecieron.
Uno de ellos se marchó. El otro, que era el que le había quitado el permiso de conducir, se acercó al escritorio y encendió la lámpara que había encima; extrajo un gran libro del cajón superior y comenzó a escribir en él. «¡Por fin!», pensó Mr. Ketchum.
Pasó un minuto.
-Yo... -Mr. Ketchum se aclaró la garganta-. Por favor...
Su voz se quebró cuando la fría mirada del policía se alzó del libro y se posó en él.
-Está usted... es decir, ¿van a... multarme ahora?
El agente volvió a ocuparse del libro de registro.
-Espere -dijo.
-Pero son más de las tres de la maña... -Mr. Ketchum se interrumpió, intentando parecer fríamente beligerante-. Muy bien -dijo con sequedad-. ¿Quiere usted tener la amabilidad de decirme cuánto tiempo tardaremos?
El policía continuó escribiendo. Mr. Ketchum permanecía allí sentado, mirándole rígidamente. «Inaguantable», pensó. Ésta sería la maldita última vez que se acercara a menos de doscientos kilómetros de aquella maldita Nueva Inglaterra.
-¿Casado? -preguntó.
Mr. Ketchum se quedó mirándole.
-¿Está usted casado?
-No. Yo... está en el permiso -balbuceó Mr. Ketchum. Sintió un escalofrío de placer ante aquella respuesta, y al mismo tiempo la punzada de un extraño temor por replicar al hombre.
-¿Familia en Jersey? -preguntó el policía.
-Sí. Quiero decir, no. Sólo una hermana en Wiscons...
Mr. Ketchum no acabó la palabra. Observó cómo el policía lo anotaba. Deseaba poder librarse de aquella extraña inquietud.
-¿Trabajo? -preguntó el interrogador.
Mr. Ketchum tragó saliva.
-Bueno -dijo-, no... no tengo ningún empleo parti...
-Sin empleo -dijo el policía.
-De ninguna manera; ¡de ninguna manera! -protestó Mr. Ketchum muy tieso-. Soy..., soy vendedor independiente. Compro partidas y lotes de...
Su voz se desvaneció mientras el policía le miraba.
Mr. Ketchum tragó saliva tres veces; pero el nudo seguía allí. Se dio cuenta de que estaba sentado en el borde mismo del banco, como dispuesto a saltar para defender su vida. Se obligó a apoyarse en el respaldo. Respiró hondo. «Relájate», se dijo. Deliberadamente, cerró los ojos. Así. Echaría una cabezadita. «Mejor sacarle a aquello todo el provecho posible», pensó.
La habitación estaba silenciosa salvo por el débil y resonante tic-tac del reloj.
Mr. Ketchum sintió que su corazón latía despacio, con pesadez. Movió su pesado cuerpo, incómodo, en el duro banco. «Ridículo», pensó.
Mr. Ketchum abrió los ojos y frunció el ceño. Aquel maldito cuadro. Le parecía que el marinero barbudo le estaba mirando.
Casi...
-¡Oh!
Mr. Ketchum cerró la boca de golpe, abrió repentinamente los ojos, centelleantes sus iris. Se inclinó hacia delante en el banco, y después se echó hacia atrás.
Un hombre de cara morena estaba inclinado encima de él, con una mano en su hombro.
-¿Qué? -preguntó Mr. Ketchum, palpitándole con fuerza el corazón.
El hombre sonrió.
-Comisario Shipley -se presentó-. ¿Quiere usted venir a mí despacho?
-¡Qué! -volvió a exclamar Mr. Ketchum-. Sí, sí.
Se incorporó, haciendo una mueca ante la rigidez de los músculos de su espalda. El hombre dio unos pasos hacia atrás y Mr. Ketchum se levantó con un gruñido, dirigiendo automáticamente los ojos hacia el reloj de pared. Pasaban algunos minutos de las cuatro.
-Oiga -dijo, todavía no lo bastante despierto para sentirse intimidado-. ¿Por qué no pago mi multa y me voy?
La sonrisa del comisario no tenía calor alguno.
-Aquí, en Zachry, hacemos las cosas algo diferentes -dijo.
Entraron en una pequeña oficina que olía a moho.
-Siéntese -ordenó el hombre, dando la vuelta a su escritorio, mientras Mr. Ketchum se sentaba en una silla de respaldo recto, que crujió.
-No comprendo por qué no pago mi multa y me marcho.
-A su debido tiempo -dijo el comisario Shipley.
-Pero...
Mr. Ketchum se interrumpió.
La sonrisa que veía daba la impresión de no ser sino una velada advertencia diplomática. Rechinando los dientes, el hombre corpulento se aclaró la garganta y esperó, mientras el comisario miraba un trozo de papel que tenía sobre la mesa. Observó qué mal le sentaba el traje a aquel comisario. «Patanes -pensó el hombre corpulento-, ni siquiera saben vestirse.»
-Veo que no está usted casado.
Mr. Ketchum no respondió. Que se traguen un poco de su propia medicina de silencio, decidió.
-¿Tiene usted amigos en Maine? -preguntó el comisario.
-¿Por qué?
-Preguntas de rutina solamente, Mr. Ketchum -respondió-. ¿Su única familia es esa hermana en Wisconsin? Mr. Ketchum le miró sin responder. ¿Qué tenía que ver todo aquello con una infracción de tráfico?
-¿Señor? -preguntó el comisario.
-Ya se lo he dicho; es decir, ya se lo he dicho al agente. No veo...
-¿Está aquí por negocios?
Mr. Ketchum abrió la boca con sorpresa.
-¿A qué vienen todas estas preguntas?
«¡Deja de temblar!», se ordenó furiosamente.
-Rutina. ¿Está usted aquí por negocios?
-Estoy de vacaciones. ¡Y no comprendo nada de nada! Hasta ahora he sido paciente; pero, ¡maldita sea, exijo que se me multe y se me permita marchar!
-Temo que eso es imposible -dijo el comisario.
Mr. Ketchum quedó boquiabierto. Era como despertar de una pesadilla y descubrir que el sueño todavía continuaba.
-Yo... no lo entiendo -dijo.
-Tendrá usted que presentarse ante el juez.
-Pero eso es ridículo.
-¿Ridículo?
-Sí, lo es. Soy ciudadano de Estados Unidos. Reclamo mis derechos.
La sonrisa del comisario Shipley desapareció.
-Usted limitó esos derechos al infringir la ley -dijo-. Y ahora tendrá que pagar por ello tal como nosotros lo dictaminemos. Mr. Ketchum se quedó mirando al hombre sin comprender. Se dio cuenta de que estaba completamente en manos de ellos. Podían imponerle la multa que quisieran o retenerlo indefinidamente en la cárcel. Todas aquellas preguntas; no sabía por qué se las habían hecho, pero sabía que sus respuestas lo presentaban como un hombre casi desarraigado, sin nadie que se preocupara de si vivía o...
La habitación pareció balancearse. Un sudor frío enfrió su cuerpo.
-Tendrá que pasar usted la noche en la cárcel -dijo el comisario-. Por la mañana verá al juez.
-¡Pero esto es ridículo! -estalló Mr. Ketchum-. ¡Ridículo!
Se controló.
-Tengo derecho a hacer una llamada telefónica -dijo de pronto-. Puedo hacer una llamada. Estoy en mi derecho.
-Lo sería -le informó el comisario Shipley-, si hubiera servicio telefónico en Zachry.
Cuando le llevaron a su celda, vio una pintura en la pared. Era del mismo marinero con barba. Mr. Ketchum no observó si los ojos le seguían o no.
Mr. Ketchum se agitó. En su rostro aturdido por el sueño apareció una expresión confusa.


Percibió un ruido metálico detrás de él; se incorporó apoyándose en un codo. Un policía entró en la celda y dejó una bandeja tapada.
-El desayuno -dijo.
Era más viejo que los otros policías, incluso más viejo que el comisario. Tenía el cabello gris acerado, y su rostro pulcramente afeitado presentaba arrugas alrededor de la boca y los ojos. El uniforme le sentaba muy mal.
Mientras el policía comenzaba a cerrar la puerta, Mr. Ketchum le preguntó:
-¿Cuándo veré al juez?
El policía se quedó mirándolo un momento.
-No lo sé -respondió y se giró.
-¡Espere! -gritó Mr. Ketchum.
Los pasos que se alejaban resonaron con ecos sobre el suelo de cemento. Mr. Ketchum seguía mirando el lugar donde había estado el policía. De su mente se iban despejando las sombras del sueño.
Se sentó, se frotó los ojos con los dedos entumecidos y alzó la muñeca. Las nueve y siete minutos. El hombre corpulento hizo una mueca. ¡Por Dios, que iban a escucharle! Se agitaron las aletas de su nariz. Olfateó. Iba a coger la bandeja; pero retiró la mano.
-No -murmuró. No cogería su maldita comida. Permaneció sentado, hierático, doblado por la cintura, mirando con furia sus pies cubiertos con calcetines.
Su estómago le hacía ruiditos indicativos.
-Bueno -murmuró después de un minuto.
Tragando saliva, alargó la mano y alzó la tapadera de la bandeja.
No pudo reprimir el oh de sorpresa que expresaron sus labios.
Los tres huevos estaban fritos en mantequilla, brillantes ojos amarillos, que miraban al techo, bordeados por trozos largos y bien tostados de tocino carnoso, arrugado, junto a los huevos, había una fuente con cuatro rebanadas, gruesas como libros, de pan tostado cubiertas con rollitos de mantequilla; y, apoyado en las tostadas, un vasito de mermelada. Había también un vaso alto con zumo de naranja, un platito de sanguíneos fresones con nata, y finalmente una jarrita de la que salía la fragancia fuerte e inconfundible del café recién hecho.
Mr. Ketchum cogió el vaso de zumo de naranja. Introdujo un pequeño sorbo en su boca e hizo rodar el líquido por su lengua caliente. El ácido cítrico la hizo estremecerse de modo delicioso. Tragó. Si estaba envenenado, era una mano maestra. A su boca afluyó la saliva. De pronto recordó que, justo antes de que le arrestaran, había tenido intención de detenerse en un bar para tomar algo.
Mientras comía, malhumorado, pero decidido, Mr. Ketchum intentó imaginarse los motivos que podía haber tras este magnífico desayuno.
Se trataba otra vez de la mentalidad pueblerina. Lamentaban su patinazo. Parecía un concepto vago; pero ahí estaba. La comida era excelente. Al menos había que admitir una cosa en estas gentes de Nueva Inglaterra: sabían cocinar como ángeles. El desayuno de Mr. Ketchum solía consistir en un bollo recalentado y café. Desde que era muchacho, en casa de su padre, no había tomado un desayuno así.
Estaba sirviéndose la tercera taza de café cuando resonaron unos pasos en el corredor. Mr. Ketchum sonrió. «En el momento justo», pensó. Y se levantó.
El comisario Shipley se detuvo ante la celda.
-¿Ha desayunado usted?
Mr. Ketchum asintió. Si esperaba que le diera las gracias, se iba a llevar una decepción. Mr. Ketchum cogió su abrigo. El comisario no se movió.
-¿Y qué...? -dijo Mr. Ketchum al cabo de unos momentos, intentando hablar con voz fría y autoritaria, pero sin lograrlo.
El comisario Shipley le miró de forma inexpresiva.
Mr. Ketchum sintió que le fallaba la respiración.
-¿Puedo preguntar...? -comenzó.
-El juez no ha venido todavía -dijo Shipley.
-Pero...
Mr. Ketchum no supo qué decir.
-He venido solamente para decírselo -explicó el comisario; luego, dio la vuelta y se marchó.
Mr. Ketchum estaba furioso. Contempló los restos de su desayuno, como si en ellos pudiera encontrar la respuesta a semejante situación. Se golpeó la cadera con el puño. ¡Insoportable! ¿Qué estaban intentando hacer? ¿Intimidarle? Bueno, pues por Dios... que lo estaban consiguiendo.
Mr. Ketchum se acercó a los barrotes. Miró a uno y otro lado del vacío corredor. En su estómago se le estaba haciendo un nudo frío. La comida parecía haberse convertido en plomo en su interior. Golpeó la fría barra de hierro. ¡Por Dios! ¡Por Dios!
Eran las dos de la tarde cuando el comisario Shipley y el viejo policía llegaron a la puerta de la celda. Sin decir palabra, este último la abrió. Mr. Ketchum salió al pasillo y esperó de nuevo, poniéndose el abrigo mientras volvían a cerrar la puerta con llave.
Con pasos cortos, pero firmes, caminó entre los dos hombres, sin mirar ni una sola vez al cuadro de la pared.
-¿Dónde vamos? -preguntó.
-El juez está enfermo -dijo Shipley-. Le llevamos a su casa para que pague usted la multa.
Mr. Ketchum contuvo la respiración. No quería discutir con ellos; sencillamente no serviría.
-Muy bien -dijo-. Si no hay otra solución.
-Es el único modo -dijo el jefe, con la mirada en el frente y su rostro, una máscara impenetrable.
Mr. Ketchum esbozó una sonrisa. Eso ya estaba mejor. Casi habían acabado. Pagaría la multa y se marcharía.
Fuera, había niebla, una niebla procedente del mar que rodaba por la calle como humo encajonado. Mr. Ketchum se acomodó mejor el sombrero y se estremeció. El aire húmedo parecía filtrarse a través de su carne y quedar en forma de rocío alrededor de sus huesos. «Un día desagradable», pensó. Bajó los escalones, buscando con la mirada su Ford. El viejo agente abrió la puerta trasera del coche policial, y el comisario Shipley le hizo un gesto invitándole a entrar.
-Pero, ¿y mi auto? -preguntó Mr. Ketchum. -Volveremos aquí después de que haya visto usted al juez -dijo Shipley.
-Oh, yo...
Mr. Ketchum vaciló. Luego se inclinó y se introdujo en el coche patrulla, dejándose caer en el asiento posterior. Tuvo un escalofrío cuando el helado cuero traspasó la lana de sus pantalones. Se arrinconó al entrar el comisario.
 El policía dio un portazo. Otra vez aquel ruido hueco, como si cerrasen la tapa de un ataúd dentro de una cripta. Mr. Ketchum hizo una mueca ante el símil.
El otro policía entró en el auto y Mr. Ketchum oyó que el motor carraspeaba. Permaneció allí sentado respirando lenta y profundamente mientras el conductor calentaba el motor. Miró por la ventanilla a su izquierda.
La niebla era precisamente como humo. Hubieran podido estar en un garaje incendiándose. Excepto por aquella humedad que se aferraba a los huesos. Mr. Ketchum se aclaró la garganta. Oyó que el jefe se movía en el asiento, a su lado.
-¡Qué frío! -dijo Mr. Ketchum, instintivamente.
El comisario no respondió.
Mr. Ketchum se apoyó en el respaldo cuando el vehículo emprendió la marcha separándose de la acera. Giró en forma de U y descendió por la calle borrosa por la niebla.
Escuchaba el sibilante ruido seco de los neumáticos sobre el pavimento mojado, el siseo rítmico de los limpiaparabrisas mientras aclaraban trozos del parabrisas húmedo.
Miró su reloj. Casi las tres. Medio día perdido en aquel maldito Zachry.
Observó por la ventanilla, mientras atravesaban aquella ciudad fantasma. Creyó vislumbrar edificios de ladrillos a lo largo de la calle; pero no estaba seguro. Se contempló las blancas manos y después echó una ojeada al comisario, que estaba sentado, muy erguido, mirando fijamente frente a él. Mr. Ketchum tragó saliva. El aire parecía estancado en sus pulmones.
En la calle principal la niebla parecía menos densa. «Probablemente debido a la brisa del mar», pensó Mr. Ketchum. Observó la calle. Todos los almacenes y oficinas parecían cerrados. Miró al otro lado. Lo mismo.
-¿Dónde está la gente? -interrogó.
-¿Qué?
-Digo que dónde está todo el mundo.
-En casa -respondió el jefe.
-Pero hoy es miércoles -dijo Mr. Ketchum-. ¿Es que no abren... las tiendas?
-Mal día. No vale la pena.
Mr. Ketchum miró el cetrino rostro del comisario, y se apresuró a apartar la mirada. Volvía a sentir en su estómago aquella premonición vaga. «¿Qué sucedía, en nombre de Dios?», se preguntó. Ya había sido bastante desagradable estar en la celda. Aquí, avanzando a través de aquel mar de niebla, casi era mucho peor.
-Claro -dijo con voz nerviosa-. Solamente hay sesenta y siete personas. ¿Verdad?
El comisario no dijo nada.
-¿Qué antigüedad tiene Zachry?
En el silencio, oyó crujir secamente las articulaciones de los dedos del comisario.
-Ciento cincuenta años.
-Tan vieja... -comentó Mr. Ketchum.
Tragó saliva haciendo un esfuerzo. Le dolía un poco la garganta. «Vamos -se dijo-. Tranquilízate.»
-¿Por qué se llama Zachry?
Las palabras le salieron incontroladas.
-La fundó Noé Zachry -dijo el jefe.
-Ah. Entiendo. Supongo que aquel cuadro de la comisaría...
-Así es -dijo el comisario Shipley.
Mr. Ketchum parpadeó. De modo que aquél era Noé Zachry, fundador de la población que estaban cruzando... Un bloque de casas, después otro y luego otro. En el estómago de Mr. Ketchum algo se contrajo cuando le vino la idea.
En una población tan grande, ¿por qué había solamente sesenta y siete personas?
Abrió la boca para preguntarlo, pero no pudo. Prefería no saberlo.
-¿Por qué hay solamente...?
Las palabras brotaron antes de poder pararlas. Su cuerpo tuvo un sobresalto al oír que se le escapaban.
-¿Qué?
-Nada, nada. Es decir...
Mr. Ketchum aspiró fuertemente sin encontrar alivio alguno. Tenía que saberlo.
-¿Cómo es que solamente hay sesenta y siete habitantes?
-Se marchan -dijo el comisario Shipley.
Mr. Ketchum parpadeó. La respuesta surgió como un anticlímax. Frunció el ceño. Bueno, ¿y qué más?, se preguntó a la defensiva. Remoto y anticuado, Zachry tendría pocos atractivos para las generaciones más jóvenes. Sería inevitable una emigración en masa hacia lugares más interesantes.
El hombre corpulento se apoyó de nuevo en el respaldo. Naturalmente. Piensa en cuánto deseo yo irme de este basurero, y ni siquiera vivo aquí.
Su mirada avanzó a través del parabrisas, atraída por algo. Una pancarta que cruzaba la calle. ESTA NOCHE BARBACOA. «Celebración», pensó. Probablemente cada quince días se volvían majaras y tenían una retirada de redes bulliciosa o celebraban una orgía remendándolas.
-¿Y quién era Zachry? -preguntó, porque el silencio estaba poniéndole nervioso otra vez.
-Capitán de barco.
-¡Ah!
-Cazaba ballenas en los mares del sur -le explicó el comisario.
Bruscamente, la calle principal se terminó. El coche de policía giró hacia un camino polvoriento. Por la ventanilla, Mr. Ketchum veía deslizarse los sombríos arbustos. Sólo se oía el ruido del motor, en segunda, y el de las piedrecillas escupidas desde debajo de los neumáticos. ¿Dónde vivía el juez, en la cumbre de una montaña?
Movió su corpulencia, y suspiró.
La niebla comenzaba a aclararse. Mr. Ketchum podía ver ahora hierba y algunos árboles, recubiertos de una capa grisácea. El coche giró y se dirigió hacia el océano. Mr. Ketchum miró la opaca alfombra de niebla inferior. El coche seguía girando. De nuevo se dirigió hacia la cresta de la colina. Mr. Ketchum tosió suavemente.
-¿Está... hum..., la casa del juez está allá arriba? -preguntó.
-Sí -le respondió el comisario.
-¡Qué arriba! -comentó Mr. Ketchum.
El coche continuó zigzagueando por la sucia y estrecha carretera, tan pronto de cara al océano, como a Zachry, o enfrentándose a la sombría casa en lo alto de la colina. Era un edificio blancuzco, grisáceo, de tres pisos y, en cada extremo, la protuberancia de una torre puntiaguda. «Parece tan vieja como el propio Zachry», pensó Mr. Ketchum. El coche giró. Volvían a estar de cara al océano cubierto de niebla.
Mr. Ketchum se miró las manos. ¿Era por efecto de la luz o estaban temblando realmente? Intentó tragar saliva pero no había humedad en su garganta, y en vez de eso, tosió cavernosamente. «Era ridículo», pensó. No había razón alguna para todo aquello. Vio que sus manos se unían, apretándose. Por alguna razón pensó en la pancarta que atravesaba la calle principal.
El coche estaba ascendiendo la última cuesta hasta la casa. Mr. Ketchum sintió que se le entrecortaba la respiración. «No quiero ir allí», oyó decir a su mente. Sintió el impulso repentino de abrir de golpe la portezuela y echar a correr. Los músculos se le tensaron.
Cerró los ojos. Por el amor de Dios, deja de torturarte, se dijo. No había nada malo en todo aquello, sino solamente la interpretación negativa que él le daba. Estaban en unos tiempos modernos. Las cosas tenían su explicación y las personas sus motivos. También la gente de Zachry tenían su razón: una desconfianza extrema de los habitantes de la ciudad. Ésta era su venganza socialmente aceptada. Aquello tenía sentido después de todo...
El auto se detuvo. El comisario abrió la portezuela y salió. El policía se giró y abrió la otra puerta para dar paso a Mr. Ketchum. El hombre corpulento se dio cuenta de que tenía una pierna y un pie dormidos. Tuvo que agarrarse al marco de la puerta para sujetarse. Golpeó el pie contra el suelo.
-Se me ha dormido -dijo.
Ninguno de los dos hombres respondió. Mr. Ketchum dirigió la mirada a la casa; entornó los ojos. ¿Había visto moverse una cortina verde oscuro? Frunció el ceño y dio un respingo de sobresalto cuando le tocaron el brazo y el comisario le hizo un gesto en dirección a la casa. Los tres hombres emprendieron el camino.
-Yo, ejem..., no llevo mucho dinero encima, me parece -dijo-. Supongo que un cheque servirá.
-Sí -repuso el comisario.
Subieron los escalones del porche y se detuvieron ante la puerta. El policía hizo girar una enorme cabeza de latón y Mr. Ketchum oyó que dentro sonaba una débil campanilla. Se quedó mirando entre las cortinas de la puerta. Dentro, podía vislumbrarse la forma esquelética de un perchero para sombreros. Se apoyó en el otro pie y el suelo crujió. El policía hizo sonar de nuevo la campanilla.
-Quizá está... demasiado enfermo -sugirió Mr. Ketchum tímidamente.
 Ninguno de los dos hombres le hizo caso. Mr. Ketchum sintió que sus músculos se tensaban. Miró hacia atrás por encima del hombro. ¿Podrían cogerle si intentaba huir corriendo?
Volvió la mirada al frente con desagrado. «Paga tu multa y vete -se dijo pacientemente-. Eso es todo: pagas la multa y te vas.»
Dentro de la casa hubo un movimiento. Mr. Ketchum alzó los ojos, sorprendido a su pesar. Una mujer alta se acercaba. La puerta se abrió. La mujer era delgada, y llevaba un vestido negro, largo, que la cubría hasta los tobillos, con un broche blanco, ovalado en la garganta. Su cara era morena, cruzada por numerosas arrugas. Mr. Ketchum se quitó el sombrero automáticamente.
-Pasen -dijo la mujer.
Mr. Ketchum penetró en el recibidor.
-Puede dejar usted su sombrero ahí.
La mujer señaló el perchero que parecía un árbol destrozado por las llamas. Mr. Ketchum colocó su sombrero sobre uno de los oscuros colgadores. Al hacerlo, su mirada quedó prendida en una gran pintura que estaba al pie de la escalera.
Iba a hablar; pero la mujer dijo:
-Por aquí.
Se adentraron en el pasillo; Mr. Ketchum miró el cuadro al pasar junto a él.
-¿Quién es esa mujer -preguntó- que está de pie junto a Zachry?
-Su mujer -dijo el comisario.
-Pero ella...
La voz de Mr. Ketchum se interrumpió bruscamente mientras, desde el fondo de su garganta, pugnaba por brotar un gemido. Sorprendido, lo ahogó con un aclaramiento repentino de la garganta. Se sentía avergonzado de sí mismo. Sin embargo..., ¿la esposa de Zachry? La mujer abrió una puerta.
-Esperen aquí -dijo.
El hombre corpulento entró. Se volvió para decir algo al comisario. Justo a tiempo para ver cómo se cerraba la puerta.
-Oiga, eh...
Se acercó a la puerta y puso la mano en el pomo. No se podía girar.
Frunció el ceño. Ignoró los latidos cada vez más fuertes de su corazón.
-Eh, ¿qué pasa aquí?
Falsamente alegre, su voz retumbó en las paredes. Mr. Ketchum se volvió y miró a su alrededor. La habitación estaba desierta. Era una estancia cuadrada, vacía.
Se volvió hacia la puerta, moviendo los labios mientras buscaba las palabras apropiadas.
-De acuerdo -dijo de pronto-. Es muy... -Giró bruscamente el pomo-. De acuerdo, es una broma muy divertida. -¿Se había vuelto loco?-. Ya he aguantado todo lo que soy...
Dio media vuelta en redondo ante el sonido, mostrando los dientes.
No había nada. La habitación seguía vacía. Miró a su alrededor aturdido. ¿Qué era aquel ruido? Un ruido pesado, como de agua corriente.
-¡Eh! -dijo instintivamente volviéndose hacia la puerta-. ¡Eh! -aulló-. ¡Acabemos! ¿Quiénes se creen ustedes que son?
Giró sobre sus debilitadas piernas. El sonido aumentaba. Mr. Ketchum se pasó una mano por la frente. La tenía cubierta de sudor.
Allí dentro hacía calor.
-Muy bien, muy bien -dijo-. Es una buena broma; pero...
No pudo proseguir; su voz se había estrangulado y convertido en un sollozo terrible, entrecortado.
Mr. Ketchum se tambaleó un poco. Se quedó mirando fijamente la habitación. Se tambaleó y cayó hacia atrás, contra la puerta. Su mano extendida tocó la pared y se apartó rápidamente. Estaba caliente.
-¿Qué sucede? -dijo incrédulo, con un hilo de voz.
No podía ser cierto.
Debía de ser una broma.
Tenían un concepto demencial de lo que era una broma. Asustar al «listillo de la ciudad» era el nombre del juego.
-¡De acuerdo! -vociferó-. ¡De acuerdo! Es divertido. ¡Es muy divertido! ¡Y ahora déjenme salir de aquí o va a haber problemas!
Golpeó la puerta con fuerza. De repente, la pateó. La habitación cada vez estaba calentándose más. Parecía casi tan caliente como un...
Mr. Ketchum quedó petrificado, aturdido.
Las preguntas que le habían formulado. Los vestidos tan holgados que llevaban todas las personas que había visto. La comida tan excelente que le habían dado. Las calles vacías. El color cetrino de la piel, casi salvaje, de los hombres, de la mujer. La manera en que todos le habían mirado. La mujer del cuadro. La esposa de Noé Zachry, una mujer de otra raza, con los dientes puntiagudos. La pancarta: ESTA NOCHE BARBACOA.
Mr. Ketchum chilló. Pataleó y golpeó la puerta con los puños. Lanzó su pesado cuerpo contra ella. Gritó y suplicó a los de fuera:
-¡Dejadme salir! ¡Dejadme salir! ¡DEJADME... SA...LIR...!
Y lo peor era que él, realmente, no podía creer que aquello le estuviera sucediendo.




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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Richard Matheson / Es la época de ser gelatina


Richard Matheson
ES LA EPOCA DE SER GELATINA

A papá, la nariz se le cayó durante el desayuno.
Cayó exactamente en el café de mamá, y lo tiró. El silbido de Prunella apagó la lámpara.
—¡Zambomba, papá! —exclamó mamá, en la penumbra—. Si sabías que estaba a punto de caer, ¿por qué no te la quitaste tú mismo?
—¡No lo sabía! —contestó papá.
—Eso es lo que dijiste la última vez, papá —dijo Luke, ahogándose con la corteza de pan.
El tío Roca chasqueó los dedos a un lado de la lámpara. El silbido de Prunella apagó la llama.
—Deja de reírte, muchacha —la reprendió mamá.
Prunella aminoró sus sacudidas, deteniéndose atropelladamente al tiempo que derramaba el potaje de hígado.
—¡Que cargue el diablo con él! —dijo el tío Ojos.
—Bueno, encended la mecha, encended la mecha —rogó el abuelo que estaba leyendo.
Prunella jadeó, agitándose en el polvo. El tío Roca volvió a echar chispas y encendió la lámpara.
—¿Dónde estaba? —preguntó el abuelo
—Vuélvete a subir —dijo mamá.
Prunella trepó otra vez a su roca, mientras que de sus ojos resbalaban lágrimas de risa.
—Niña aturdida —dijo mamá, y sirvió otra cucharada de potaje sobre la mesa de Prunella—. ¡Anda! —ordenó.
Sacó la nariz de papá de su café y se la lanzó
—Mamá, he decidido pedírselo ahora —dijo Luke.
—¿De veras, hijo? —preguntó mamá— ¡Qué bueno!
—¡No tiene ningún objeto! —exclamó el abuelo— ¡La maldita fuerza de la vida está consumida!
—Escucha, papá —dijo el padre—. Ten cuidado de no molestar a los chicos.
—¡Lo dice aquí mismo! —dijo el abuelo, golpeando el periódico con la muñeca—. ¡Hemos dejado entrar las longitudes de onda de la antivida! ¡Eso es lo que hemos hecho!
—Basura —replicó el tío Ojos—. ¿No estamos viviendo?
 —¡Estoy hablando de las generaciones futuras, maldito tonto! —dijo el abuelo, y se volvió hacia Luke—. ¡No tiene ningún objeto, muchacho! ¡Es imposible que tengáis hijos!
—Eso mismo nos dijeron también a papá y a mí —lo tranquilizó mamá—, y tenemos dos hermosos hijos. No hagas caso al abuelo, hijo mío.
—¡Estamos dividiéndonos! —reveló el abuelo—. Nuestras células están creciendo. El hombre lo dice aquí mismo. ¡Somos gelatina! Como gelatina que se deshace.
—Yo no —dijo el tío Roca.
—¿Cuándo piensas preguntarle? —inquirió mamá.
—¡Hemos destruido el toldo protector! —gritó el abuelo.
—¿El qué? —preguntó tío Ojos.
—Esta mañana —dijo Luke.
—¡Hemos impregnado las nubes! —dijo el abuelo.
—Se sentiría muy contenta —dijo mamá, y le dió a Prunella unos golpecitos en la cabeza con un mazo—. Come con la boca, niña — ordenó.
—Nos uniremos en mayo próximo —dijo Luke.
—¡Hemos bajado la presión del sistema climático! —dijo el abuelo.
—Prepararemos tu rincón —dijo mamá.
El tío Roca, mientras sus mejillas se le descascaraban, continuó comiendo su potaje.
—¡Hemos echado a perder el maldito plan maestro! —afirmó el abuelo.
—¡Oh! ¡Cierra ya el pico! —dijo tío Ojos.
—¡Cierra el tuyo! —contestó el abuelo.
—Tengamos un poco de armonía y silencio —pidió papá, rascándose la nariz. Escupió y derribó una araña voladora. Prunella ganó la carrera.
—Maldita pierna —dijo Luke al regresar cojeando a la mesa.
Volvió a colocar en su sitio el hueso de la cadera. Prunella comió, jadeando.
—¿Se te está aflojando la pierna nuevamente, hijo? —preguntó mamá.
—Supongo que aguantará —contestó Luke.
—¡Lo dice aquí mismo! —dijo el abuelo—. ¡Estamos cayendo bajo una sombrilla mortífera! ¡Un paraguas de muerte!
—Pamplinas! —dijo tío Ojos. Elevó el brazo de en medio y le guiñó a mamá el ojo azul.
—Anda, vete —dijo mamá, ahogando una risa.
La pared del este cayó.
—Ahí va —observó papá.
Prunella descendió de su roca y salió, rodando y jadeando, por la abertura.
—Es una chica entusiasta —dijo mamá, barriendo los fragmentos de mejilla de la mesa.
—¿Qué me dices de mi rincón? —preguntó Luke.
—¡Lo que dice aquí mismo!—insistió el abuelo—. ¡Las cargas eléctricas son difuminadas! Las estructuras atómicas destruidas!
—Volveremos a levantarnos —dijo mamá—. Nada temas, Luke.
—Tendremos una fiesta —dijo tío Ojos—, con cerveza de yute y todo.
—¡No tiene ningún objeto! —aseguró el abuelo—. ¡Hemos hecho añicos todo el asunto!
—Escucha, papá —le dijo mamá—. No tiene ningún objeto tampoco el predicar la ruina. ¿No han estado predicándola desde mi infancia? No existe ninguna razón en el mundo para que Luke no se una a Annie Lou. ¿No tienen acaso dos fuertes brazos y cuatro potentes piernas? ¿No tiene sentido iniciar la danza de la vida?
—No tenemos nada que temer —observó papá—, excepto el temor mismo.
El tío Roca asintió y raspó un fósforo de azufre a lo ancho de su quijada, para encender su yesca.
—Es necesario tener fe —dijo mamá—. No tiene objeto entristecerse impíamente, como lo hacen esos hombres científicos.
 —¡Que los envíen al ejército! —exclamó tío Ojos—. ¡Pónganles una bomba Z en los pantalones y mándenlos cantando alegremente hacia el enemigo!
 —¡Rocíenlos con ácidos de fuego! —dijo papá.
—¡Que los metan en un jarro de substancias de gérmenes! —dijo el tío Ojos—. Con una niebla de virus al vacío en los hocicos. ¡Denles hasta hartar!
—Eso les enseñará —ordenó papá.

 Caminamos juntos
bajo la lluvia amarilla.
Nuestro amor era más grande
que el dolor más grande
El cielo estaba pantanoso
y tu piel era nueva.
Mis corazones latían...
Annie, te amo.

Luke atravesó veloz los terraplenes, como si fuera un fantasma, a la luz morada de sus tripas. Su voz se agitaba en la sopa al cantar el poema que había compuesto un día en el pozo. Dio vuelta a la izquierda en la Cumbre de Partículas Radiactivas, siguió por la Sonda Proyectil hasta el Declive Onda de Choques, se dirigió hacia el Atajo Radiación, y galopó hasta llegar al Valle de los Hongos. Deseó que hubiera caballos. Tuvo que detenerse tres veces para volver a colocarse la pierna. Los padres de Annie Lou se disponían a comer, cuando llegó él. El tío Lento seguía tomando el desayuno.
—Hola, señor Monstruo —dijo Luke al padre de Annie Lou.
—Hola, Hoss —le dijo el señor Monstruo.
—Pase —invitó el tío Lento.
—Acerque un terrón —dijo el señor Monstruo—. Hay suficiente comida para todos.
—Acabo de comer —dijo Luke—. ¿Dónde está Annie Lou?
—Afuera, en el pozo; fue a traer agua —dijo el señor Monstruo, vaciando algarrobas amargas sobre su mano plana.
—Exactamente —dijo el tío Lento.
—Entonces, voy a ayudarla a cargar el cubo —dijo Luke.
—¿Qué tal están tus padres? preguntó la señora Monstruo, mientras ponía sal a unos cuantos granos de leguminosas.
—Muy bien —contestó Luke—, en excelente estado.
—Potaje —dijo tío Lento.
—Me alegra oírlo, Hoss —dijo el señor Monstruo.
—Dales nuestros saludos —pidió la señora Monstruo.
—Con mucho gusto —contestó Luke.
—¡Maldita sea! —exclamó el tío Lento.
Luke salió al exterior por el orificio, y se dirigió hacia el pozo, haciendo a un lado, a puntapiés, a tres pequeños y uno grande, que silbó con irritación.
—¿Cómo están tus padres? —preguntó el mediano de los pequeños.
—No es nada que te importe —contestó Luke.
Annie Lou estaba sacando un cubo de agua y se apoyaba contra la pared del pozo.
Sostenía un manojo de flores silvestres.
—¡Hola! —saludó Luke.
—¡Hola, Hoss! —jadeó ella, mostrándole su diente en una sonrisa amorosa.
—¿Qué le pasó a tu otra oreja? —preguntó Luke.
—¡Ah, Hoss! —rió ella, mientras su cabellera de abril caía al pozo.
—¡Ah, pssst! —dijo Annie Lou.
—Te diré —le comunicó Luke—, he pensado en algo. Lo supe por el abuelo —le dijo con un tono de orgullo—; eso quiere decir que soy inteligente.
—¿De veras? —preguntó Annie Lou, lanzándole flores silvestres al rostro para ocultar su rubor.
—Así es —dijo Luke, sonriendo con un gesto de timidez.
Se golpeó el hueso de la cadera y dijo:
—¡Maldita pierna!
—¿Te está volviendo a molestar, Hoss? —preguntó Annie Lou.
—No tiene importancia —contestó Luke.
Recogió una araña nadadora del cubo y tiró de sus patas.
—Me quiere —dijo, sonrojándose—, no me quiere. ¡Ah!
La araña se alejó de un salto, haciendo rechinar sus dientes con furia.
Luke contempló a Annie Lou, mirándole de ojo a ojo.
—Bien —dijo—. ¿Lo harás?
—¡Oh, Hoss! —lo abrazó por los hombros y por la cintura—. ¡Creí que nunca me lo pedirías!
—¿Lo harás?
—¡Por supuesto!
—¡Cielos! —exclamó Luke—. ¡Soy el Hoss más feliz que ha existido!
Entonces la besó con fuerza en el labio, y se alejó veloz a través de las llanuras, con la crin rizada volando detrás de él, gritando y jadeando.
—¡Viva! ¡Soy muy feliz! ¡Feliz, feliz, feliz!
         La pierna se le cayó, y la dejó atrás, bailando.




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BIOGRAFÍA DE RICHARD MATHESON



martes, 8 de diciembre de 2009

Richard Matheson / La futura difunta



Richard Matheson
LA FUTURA DIFUNTA

El hombrecillo abrió la puerta y entró; fuera quedó la deslumbradora luz del sol. Aquel hombrecillo larguirucho, de aspecto simple y ralo cabello gris, rondaría los cincuenta años o poco más. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó en el lóbrego vestíbulo, en espera de que los ojos se le acostumbraran al cambio de luz. Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Su pálido rostro aparecía sin transpiración a pesar del calor. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra, se quitó el sombrero panamá y avanzó por el pasillo hasta el despacho: sus zapatos negros no hicieron ruido alguno al pisar sobre la alfombra. El empleado de la funeraria levantó la vista de su escritorio para saludarle.
 – Buenas tardes.
– Buenas tardes –repuso el hombrecillo, que tenía una voz suave.
– ¿Puedo ayudarle en algo?
– Sí –respondió el hombrecillo.
Con un ademán, el empleado de la funeraria le indicó la butaca que había del otro lado de su escritorio y le dijo:
 – Por favor.
El hombrecillo se sentó en el borde de la butaca y dejó el panamá sobre su regazo. Observó que el empleado de la funeraria abría un cajón y sacaba un impreso. Después, retiró una estilográfica negra de su base de ónice, y preguntó:
– ¿Quién es el difunto?
– Mi esposa –dijo el hombrecillo.
El empleado de la funeraria emitió un cloqueo de condolencia.
– Lo siento.
–Ya –replicó el hombrecillo con una mirada inexpresiva.
– ¿Cómo se llamaba?
– Marie Arnoid –respondió el hombrecillo en voz baja.
El de la funeraria escribió el nombre.
– ¿Dirección?
El hombrecillo se la dio.
– ¿Está ella allí ahora?
– Si, está allí –respondió el hombrecillo.
El otro asintió.
– Quiero que todo sea perfecto –dijo el hombrecillo–. Quiero lo mejor que haya.
– Claro, claro, por supuesto.
– No me importa lo que cueste –insistió el hombrecillo. Su garganta osciló cuando tragó saliva. – Ahora ya no me importa nada. Salvo esto.
– Lo comprendo –dijo el de la funeraria.
– Quiero lo mejor que tenga –volvió a insistir el hombrecillo–. Ella es preciosa. Debe tener lo mejor.
– Lo comprendo.
– Siempre tenía lo mejor. Yo me encargaba de ello.
– Claro, claro.
– Asistirá mucha gente –comentó el hombrecillo–. Todo el mundo la quería. Es tan hermosa..., tan joven... Tiene que darle lo mejor. ¿Me comprende?
– A la perfección –le aseguró el de la funeraria–. Le garantizo que quedará más que satisfecho.
– Es tan hermosa –repitió el hombrecillo–. Tan joven.
– No lo dudo –asintió el de la funeraria.
El hombrecillo permaneció sentado, sin moverse, mientras el empleado de la funeraria le formulaba unas preguntas. El tono de voz del hombrecillo no varió mientras hablaba. Sus ojos parpadeaban tan de vez en cuando que el empleado no los vio moverse ni una sola vez. El hombrecillo firmó el impreso ya rellenado y se incorporó. El de la funeraria hizo lo propio y rodeó el escritorio.
– Le garantizo que quedará usted satisfecho –dijo al tiempo que le tendía la mano.
El hombrecillo se la estrechó. La palma de su mano estaba seca y fría.
– Dentro de una hora iremos a su casa –le indicó el agente funerario.
– Perfecto –repuso el hombrecillo.
El empleado avanzó por el pasillo, al lado del cliente.
– Para ella quiero que todo sea perfecto –dijo el hombrecillo–. Sólo lo mejor.
– Todo saldrá tal como usted desea.
– Se merece lo mejor. –El hombrecillo miró al frente con fijeza–. Es tan hermosa. Todo el mundo la quería. Todo el mundo. Es tan joven, y tan hermosa...
 – ¿Cuándo ha muerto? –preguntó entonces el de la funeraria.
El hombrecillo no pareció haberle oído. Abrió la puerta, salió a la luz del sol y se puso el panamá. Había recorrido y a la mitad de la distancia que lo separaba de su coche cuando, con una leve sonrisa en los labios, contestó:

– En cuanto llegue a casa.




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lunes, 7 de diciembre de 2009

Richard Matheson / Vampiro


Richard Matheson
VAMPIRO

Hombre.
Tarde. Lluvia.
Carretera.
Hombre.
Búsqueda. Hambre. Enfermo.
Conducir.
Radio. Noticias. Pantallas. Policía. Emisión.
Accidente. Ciudad.
Cerca.
Acelerar. Charcos.
Dolor.
Minutos.
Llegada. Aparcar. Vigilancia.
Cuerpos. Sangre. Multitud. Sirenas.
Hora. Sentarse. Dolor. Cigarrillo. Termo. Café.
Sudor. Náusea.
Semáforos. Ojos. Camillas. Sábanas.
Carne.
Muerte.
Temblor. Escalofríos.
Reloj. Espera.
Más. Espera.
Coche. Peste. Cigarrillo.
Ambulancia. Gemido. Grúa. Cuerpos. Llevados.
Multitud. Policía. Fotógrafos. Borrachos. Marcha.
Ido.
Calle. Silencio.
Lluvia. Oscuro. Humedad.
Solo.
Puerta. Fuera. De pie. Camino. Dolor. Mira. Más cerca.
Edificios. Silencio. Calle. Muerte.
Sangre. Tiza. Contornos. Más cerca.
Paso. Dentro. Contornos. Mitad.
Inhalar. Ojos. Cerrados.
Pensar. Inhalar. Concentrar. Sentir. Respirar.
Tráfico.
Muerte. Colisión. Mujer. Gritos. Parabrisas. Expresión.
Momento. Muerte.
Energía. Concentrar. Imágenes. Explotando.
Momento.
Mujer. Coche. Camión. Explosión.
Impacto. Movimiento.
Prisa.
Sentimiento. Alimento.
Metal. Ardiendo. Gritos. Sangre. Muerte.
Momento. Colisión. Imágenes. Más rápido.
Fuerza. Medicina.
Más fuerte.
Concentrar. Mejor.
Imágenes. Colisión. Más fuerte. Ver. Muerte.
Momento. Cura. Momento.
Adicción.
Droga. Prisa. Cuerpo. Más cálido.
Muerte. Concentrándose. Curándose. Adicción. Droga.

Calor. Calma.
Muerte. Medicina.
Muerte.
Vida.
Medicina.
Adicción. Fuerte.
Marcha.
Coche. Motor. Conducción. Lluvia. Calles. Autopista. Mapa.
Conducción. Relax. A salvo. Calor. Prisa. Bien.
Radio. Cigarrillo. Brisa.
Noche.
Búsqueda. Accidente. Muerte.
Vida.
Energía. Reloj. Espera.
Pronto.




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domingo, 6 de diciembre de 2009

Richard Matheson / Hijo de sangre


Richard Matheson
HIJO DE SANGRE

Cuando los vecinos de la manzana se enteraron de la composición que había escrito Jules, decidieron definitivamente que el muchacho estaba loco. Hacía tiempo que lo sospechaban. Su mirada inexpresiva hacía estremecer a la gente. Y ese modo de hablar, áspero, gutural, no parecía normal en cuerpo tan frágil. La palidez de su piel asustaba a más de una criatura; parecía pender suelta por sobre la carne. Jules odiaba la luz del sol. Y sus ideas resultaban un poco fuera de lugar para la gente que vivía en la misma manzana. Jules quería ser un vampiro. Se tenía por cierto que había nacido en una noche de tormenta, mientras el viento arrancaba los árboles de raíz. Decían que al nacer tenía tres dientes, y que los usó para prenderse al pecho de su madre, sacándole sangre junto con la leche. Decían que al oscurecer ladraba y reía en su cuna. Que caminó a los dos meses, y que se sentaba a mirar la luna en las noches claras. Eso decía la gente. Los padres estaban muy preocupados por él. Como era el único hijo, repararon de inmediato en sus rarezas. Al principio lo creyeron ciego, pero el médico les dijo que se trataba sólo de una mirada vacía. Dijo que Jules, dado el gran tamaño de la cabeza, podía ser un genio o un idiota. Resultó ser idiota. Hasta los cinco años no pronunció una palabra. Entonces, una noche, al sentarse a la mesa, dijo: “Muerte”. Sus padres se sintieron confusos, entre la alegría y el disgusto. Finalmente encontraron el punto medio entre ambos sentimientos, y decidieron que Jules no debía saber qué significaba esa palabra. Pero Jules lo sabía. A partir de aquella noche, desarrolló un vocabulario tan amplio que cuantos lo conocían quedaban atónitos. No sólo aprendía de inmediato cuantos vocablos escuchaba, los que leía en los carteles, en las revistas y en los libros: además inventaba sus propias palabras. Como “sensanoche” o “matamor”. En realidad, eran varias palabras mezcladas y fundidas, y expresaban cosas que Jules sentía, sin que le fuera posible explicarlas con otro vocabulario. Solía sentarse en el porche mientras los otros niños jugaban a la rayuela o a la pelota. Miraba fijamente la vereda, y creaba sus palabras. Hasta la edad de doce años, Jules no buscó ningún tipo de problemas. Hubo, por cierto, una vez en que lo encontraron desvistiendo a Olivie Jones en un callejón, y en otra oportunidad lo descubrieron disecando un gatito en su propia cama. Pero transcurrieron varios años entre uno y otro episodio, y aquellos escándalos cayeron en el olvido. En general, durante toda su infancia no hizo nada peor que resultarles desagradable a quienes lo conocían. Asistía a la escuela, pero nunca estudiaba. Tardaba dos o tres años en aprobar cada grado. Todos los maestros lo conocían por su nombre de pila. En algunas materias, tales como lectura y redacción, era casi brillante. En otras, en cambio, no tenía remedio. A los doce años, un sábado, Jules fue al cine a ver “Drácula”. Cuando la película terminó, salió convertido en una masa de nervios palpitantes. Volvió a su casa y se encerró en el baño durante dos horas. Por mucho que los padres golpearon la puerta y gritaron sus amenazas, no salió. Finalmente apareció, a la hora de la cena, con un vendaje en el pulgar y una expresión satisfecha. A la mañana siguiente fue a la biblioteca. Era domingo. Durante todo el día aguardó a que abrieran el lugar, sentado en los escalones. Al fin volvió a su casa. Pero a la mañana siguiente, en vez de ir a clase, volvió a la biblioteca. Entre los estantes de libros localizó el tomo de “Drácula”. No podía retirarlo en préstamo, pues no era socio; para asociarse tenía que presentarse con el padre o la madre. Por lo tanto, se limitó a esconder el libro en el pantalón, y se marchó sin devolverlo. Fue al parque, y allí se sentó a leer el libro. Ya era de noche cuando terminó. Entonces volvió a empezarlo, mientras volvía a la casa, leyendo a la luz de las lámparas. De todos los reproches que se le hicieron por haberse salteado la comida y la cena, no oyó una palabra. Comió, fue a su cuarto y terminó el libro por segunda vez. Cuando le preguntaron de dónde lo había sacado, respondió que lo había encontrado en la calle. Pasaron varios días. Jules leyó aquella historia una y otra vez, y no volvió a la escuela. Por las noches, cuando el sueño y el cansancio lo vencían, la madre llevaba el libro a la sala para mostrárselo al esposo. Una noche notaron que Jules había subrayado ciertas frases con ideas temblorosas: “Los labios estaban rojos de sangre fresca, el surco había corrido por su barbilla, manchando la pureza de su mortaja”, o “Cuando la sangre comenzó a manar, me tomó las manos con una sola de las suyas, sujetándolas con fuerza; con la otra me impulsó por el cuello, oprimiendo mis labios contra la herida”. Cuando la madre vio aquello, arrojó el libro al depósito de basura. A la mañana siguiente, Jules descubrió la falta del libro, lanzó un grito y retorció el brazo a su madre hasta que ella le dijo dónde lo había escondido. El muchacho corrió al sótano y escarbó entre las montañas de desperdicios hasta encontrar su libro Con las manos y las muñecas sucias de borra de café y clara de huevo, volvió al parque y leyó nuevamente el volumen. Durante todo un mes, no hizo sino leerlo ávidamente. Por último, llegó a conocerlo tan bien que lo descartó: le bastaba con pensar en él. Los boletines de la escuela denunciaban sus constantes ausencias, y la madre le gritó. Por lo tanto, Jules decidió retornar por un tiempo. Quería escribir una composición. Un día la escribió en clase. Cuando todo el mundo hubo terminado, la maestra preguntó quién quería leer su composición en voz alta, y Jules levantó la mano. Fue toda una sorpresa para la maestra, pero se dejó llevar por la piedad y por el deseo de alentarlo. Le tomó la pequeña barbilla con una sonrisa, diciendo: —Muy bien. Atención, niños, Jules nos va a leer su composición. Jules se puso de pie, excitado. El papel le temblaba en las manos. Leyó. —“Mi ambición”, por… —Pasa al frente, querido. Jules pasó al frente de la clase. La maestra sonreía con afecto. Volvió a empezar. —“Mi ambición”, por Jules Drácula. La sonrisa de la maestra se desvaneció. —“Cuando crezca, quiero ser vampiro”. Los labios de la maestra se curvaron hacia abajo, y sus ojos se dilataron. —“Quiero vivir eternamente, y arreglar cuentas con todo el mundo, y convertir en vampiros a todas las muchachas”. ― ¡Jules! —“Quiero tener un aliento hediondo, que huela a tierra muerta, a criptas y a dulces ataúdes”. La maestra se estremeció. Sin poder creer en lo que oía, crispó una mano sobre el secante verde. Los niños estaban boquiabiertos. Se oían algunas risitas, pero no entre las niñas, por cierto. —“Quiero que mi cuerpo sea frío, y mi carne esté podrida. Quiero tener sangre robada en las venas”. —Con eso ba… ¡Ejemmmm! ―la maestra se aclaró ruidosamente la garganta—. Con eso basta, Jules —dijo. Jules siguió hablando, en voz alta y desesperada. —“Quiero hundir mis dientes blancos, terribles, en el cuello de las víctimas. Quiero que…” —¡Jules! ¡Vuelve a tu asiento inmediatamente! —“Quiero que se claven como navajas en la carne y en las venas” —leyó Jules, en tono feroz. La maestra se levantó de un salto. Los niños temblaban. Ya no había risitas. —“Y después, cuando los retire, la sangre manará abundante en mi boca, me correrá cálidamente por la garganta y…” La mujer lo tomó por el brazo. Jules se desasió y escapó hasta un rincón. Allí, parapetado tras un banquito, gritó: —“¡Y sacaré la lengua, y deslizaré los labios por la garganta de mis víctimas! ¡Quiero beber sangre de mujer!” La maestra se lanzó en arremetida, sacándolo a la rastra de su rincón. Jules se defendió a zarpazos, y gritó durante todo el trayecto hasta la oficina del director: —“¡Esa es mi ambición! ¡Esa es mi ambición! ¡Esa es mi ambición!” Fue horrible. Con Jules encerrado en su cuarto, la maestra y el director celebraron una reunión con los padres, relatando la escena en tonos sepulcrales. En todas las casas de la manzana se discutía el mismo tema. Los padres, al principio, se negaron a creerlo, tomando la historia como invención de los niños. Pero acabaron por pensar que, si los chicos eran capaces de inventar tales cosas, habían estado criando a verdaderos monstruos. Y optaron por creerlo. Después de aquel episodio, todos observaban a Jules con mirada de gavilán. Evitaban el contacto con él. Los padres apartaban a sus hijos cuando lo veían aproximarse, y por todas partes corrían leyendas sobre él. Hubo más partes de ausencias escolares. Jules comunicó a su madre que no volvería a la escuela, y nada pudo hacerlo cambiar de idea. Jamás volvió. Cada vez que los funcionarios de inspección escolar visitaban su casa, Jules escapaba por los techos. Y así pasó un año. Jules vagaba por las calles en busca de algo, sin saber qué. Lo buscó en los callejones, en las latas de basura y en los terrenos baldíos. Lo buscó por el este, por el oeste y en el medio. Y no podía encontrarlo. Pocas veces dormía, y nunca hablaba. Se pasaba los días con la mirada gacha. Olvidó todas las palabras de su invención. Hasta que al fin… Un día, en el parque, Jules pasó por el zoológico. Frente a la jaula del murciélago vampiro, una corriente eléctrica pareció atravesarle el cuerpo. Los ojos se le dilataron, y sus dientes descoloridos lucieron en una sonrisa. A partir de aquel día, Jules volvió diariamente al zoológico, para contemplar al vampiro. Hablaba con él, llamándole “conde”. En el fondo de su corazón, lo consideraba en verdad como un hombre que había cambiado de forma. Le atacó nuevamente la sed de cultura. Robó otro libro de la biblioteca, donde se describía toda la vida salvaje. Encontró la página donde se hablaba del murciélago vampiro, la arrancó, y descartó el resto del libro. Aprendió de memoria aquel trozo. Aprendió cómo hace el murciélago la incisión, cómo lame la sangre, tal como un gatito lame su crema, cómo camina sobre las puntas de sus alas plegadas y sobre las patas traseras, tal como una araña negra y velluda. Por qué la sangre es su único alimento. Pasaron los meses. Jules seguía contemplando al murciélago y hablándole. Se convirtió en el único consuelo de su vida, el símbolo de los sueños hechos realidad. Un día, Jules notó que el tejido de alambre que cubría la jaula se había aflojado en el fondo. Echó una veloz mirada alrededor. Nadie lo miraba. El día estaba nublado, y no había mucha gente en el zoológico. Jules tironeó del alambre. Se movía un poco. En ese momento, un hombre salió de la jaula de los monos. Jules retiró la mano y se alejó a grandes pasos. Desde aquella noche, Jules esperaba a que todos le creyeran dormido, y pasaba descalzo junto al dormitorio de sus padres. Escuchaba los ronquidos del interior, y se calzaba apresuradamente para correr al zoológico. Si el guardián no estaba cerca, Jules tironeaba del alambre, que iba aflojándose cada vez más. Cuando llegaba el momento de volver a su casa, volvía a colocar el alambre en su sitio, para que nadie pudiera sospechar. Pasaba el día entero frente a la jaula, contemplando al “conde”; reía entre dientes, prometiéndole que pronto volvería a estar libre. Contaba al “conde” todo lo que sabía. Le contaba que pensaba practicar hasta poder bajar por las paredes cabeza abajo. Le decía que no se preocupara, que pronto estaría fuera de allí. Y entonces, juntos, podrían recorrer la zona y beber la sangre de las muchachas. Una noche, Jules quitó el alambre y se arrastró por debajo, hasta entrar a la jaula. Estaba muy oscuro. De rodillas, avanzó hasta la pequeña casilla de madera, y prestó atención, tratando de oír los chillidos del “conde”. Introdujo la mano por la puerta oscura, susurrando. Un aguijonazo en el dedo le hizo saltar. Con una expresión de inmenso placer, atrajo hacia sí a aquel murciélago velludo y palpitante. Salió con él de la jaula, y huyó a la carrera del zoológico y del parque, por las calles silenciosas. La mañana avanzaba. La luz iba poniendo un toque gris en los cielos sombríos. Pero Jules no podía volver a su casa. Necesitaba un lugar donde ir. Bajó por un callejón y trepó por un cerco, sin soltar al murciélago, que lamía la sangre del dedo herido. Cruzó un patio, y entró a un pequeño cobertizo desierto. El interior estaba oscuro y húmedo, lleno de cascotes, latas vacías, excrementos y cartones mojados. Jules se aseguró de que el murciélago no pudiera escapar. Después cerró la puerta y colocó un palo a modo de traba. El corazón le latía furiosamente, los miembros le temblaban. Dejó en libertad al murciélago. Éste voló hasta un rincón oscuro, y allí se colgó de unas tablas. Jules se arrancó febrilmente la camisa; sus labios se estremecieron en una sonrisa demencial. Sacó del bolsillo de sus pantalones una pequeña navaja que había robado a su madre. La abrió, y deslizó un dedo sobre la hoja; el filo le cortó la carne. Con una mano temblorosa, lanzó un golpe contra su propia garganta. La sangre corrió entre los dedos. —¡Conde! ¡Conde! —gritó, frenético de alegría—. ¡Beba mi sangre roja! ¡Bébame! ¡Bébame! Avanzó a tropezones entre las latas vacías, resbalando, mientras buscaba a tientas al murciélago. El animal se desprendió de un salto y voló, raudo, a través del cobertizo, para colgarse en el otro extremo. Por las mejillas de Jules se deslizaron dos lágrimas. Apretó los dientes. La sangre le corría por los hombros, por el pecho angosto y lampiño. El cuerpo entero se le estremecía, como atacado por la fiebre. Tambaleándose, se volvió hacia el otro extremo del cobertizo. Tropezó, y el borde agudo de una lata le abrió un tajo en el costado. Alargó las manos, y aferró el cuerpo del murciélago para ponérselo a la garganta. Se dejó caer de espaldas sobre la tierra húmeda y fría, y dejó escapar un suspiro. Con las manos apretadas contra el pecho, empezó a gemir, presa de náuseas. El murciélago negro, posado sobre su cuello, lamía silenciosamente la sangre. Jules sintió que la vida se le escapaba. Pensó en todos los años pasados. La espera, sus padres, la escuela. Drácula. Los sueños. Todo acababa allí, en esa gloria repentina. Abrió los ojos, y el interior de aquel cobertizo maloliente dio vueltas a su alrededor. La respiración se le hacía difícil. Abrió la boca para aspirar una bocanada de aire, pero le resultó desagradable. Tosió, y su cuerpo desnudo se agitó sobre el suelo frío. El cerebro se le iba cubriendo de neblinas, una sobre otra, como velos echados sobre él. De pronto, la mente se le iluminó con una espantosa claridad. Sintió el dolor agudo en el costado. Supo que yacía medio desnudo entre los desperdicios, dejando que un murciélago volador le bebiera la sangre. Con un grito ahogado, se irguió, arrancándose del cuello aquel bulto peludo y palpitante, y lo arrojó lejos de sí. El animal volvió, abanicándole el rostro con las alas vibrantes. Jules, con gran esfuerzo, se puso de pie y buscó la salida. Casi no veía. Trató de detener en parte la hemorragia, y logró abrir la puerta. Salió al patio oscuro y se dejó caer de boca sobre la hierba alta. Trató de pedir ayuda, pero sus labios no pudieron pronunciar sino un balbuceo ridículo. Oyó el batir de alas. Súbitamente, aquello cesó. Unas manos fuertes lo levantaron con suavidad. Su mirada agonizante se posó en el hombre alto y moreno, cuyos ojos fulguraban como rubíes. —Hijo mío —dijo el hombre.