
‘Peaky Blinders: El hombre inmortal’ no está a la altura de la serie: ni Cillian Murphy ni Nick Cave logran rescatar una historia que Netflix debió terminar antes
Steven Knight pone punto y final a la historia de Tommy Shelby con una película poco original e incapaz de enganchar al público con sus nuevos personajes
Nel Gómez
22 de marzo de 2026
Comienza la película de Peaky Blinders y la cosa promete: tras una espectacular introducción, que nos sitúa de la mejor manera en la Segunda Guerra Mundial, nos encontramos a un encanecido Tommy Shelby (Cillian Murphy), exlíder del grupo criminal más importante de Birmingham, retirado ahora para escribir sus memorias mientras una conspiración amenaza con acabar con la resistencia de Reino Unido frente al avance nazi.
Continuando con la estética de sus últimas temporadas, Tommy Shelby vive ahora rodeado de fantasmas. Se trata de un rey que ha sustituido el brillo de la corona por la serenidad de los cementerios. Sin embargo, la amenaza de la guerra y el descontrol de los nuevos Peaky Blinders a los mandos de Duke Shelby (Barry Keoghan), hijo ‘perdido’ de Tommy, harán que el protagonista decida volver a ponerse el traje y la gorra y dé comienzo a una última misión en la que, quizá, por fin alcance la redención que necesita.
Como decía, Peaky Blinders: El hombre inmortal prometía. Los diálogos divierten y de fondo suena la música, el punk-rock que siempre ha acompañado a las imágenes de la producción creada por Steven Knight. Sin embargo, bastan pocos minutos para que el regreso de Tommy Shelby se desvele a sí mismo como un descafeinado cierre, que decepcionará a muchos fans de la serie (al menos, a los que no se conformen con el fan service) y no logrará conectar con quienes no hayan visto las temporadas anteriores.
Algo falla en (casi) todos los personajes
Pese a tratarse de una historia de redención, el ‘pecado’ del que ni Tommy Shelby ni los suyos logran escapar es que la película, más que un largometraje dotado de sus propios mecanismos independientes, parece un episodio de casi dos horas de los que tanto le gustan últimamente a Netflix para despedir sus series más exitosas. Tan es así, que uno casi espera que en cualquier momento suene la mítica canción de Nick Cave que abría los capítulos de la serie original, Red Right Hand, la cual finalmente aparece en una de las escenas más simbólicas de la película.
En esa escena, vemos a Cillian Murphy pasear a caballo por las calles de Birmingham mientras todos cuantos le ven inclinan la cabeza en señal de respeto. El rey ha vuelto, parecen reconocer todos, pero la imagen no podría ser más apropiada: es un rey viejo, con la ropa manchada por el barro de la porqueriza y con poco que perder, o lo que es lo mismo, poco que aportar a nivel emocional. El protagonista solo se sostiene por la sólida actuación de Murphy.

El resto de los personajes, como si no importaran. Al menos, más allá de su función en la trama: ni Rebecca Ferguson ni Stephen Graham cuentan con una personalidad definida, hasta el punto de que el espectador sentirá más empatía por el completamente secundario Johnny Dogs (Packy Lee) que por ninguno de ellos. Un hecho sorprendente, si se tiene en cuenta el carisma que individuos como Alfie Solomons, Aberama Gold, Luca Changretta u Oswald Mosley aportaron a la producción de Netflix.
En la película, solo se salva Tim Roth, quien da vida a un británico aliado de los nazis capaz de transmitir algo de inquietud en las pocas escenas que protagoniza. Barry Keoghan, una de las incorporaciones que más había llamado la atención, aporta intensidad a su papel, pero de poco sirve para un personaje cuya complejidad se explica sin mostrarse apenas; se intuye, pero ni de lejos se transmite.

Un universo que parece incapaz de remontar
De este modo, Peaky Blinders: El hombre inmortal queda muy lejos de la serie que, en sus primeras temporadas, deslumbró por el carisma de todos sus personajes (incluyendo los secundarios, como el inolvidable Alfie Solomons interpretado por Tom Hardy), la inteligente construcción y resolución de sus conflictos o su ambientación. Steven Knight se convirtió en uno de los grandes nombres de Netflix con una producción en la que fascinaba, incluso, el humo soltado por los cigarrillos de Tommy, Arthur o Polly Shelby.
En la película, la estética se mantiene, pero algo falla, y muy probablemente sea lo mismo que fallaba, también, en las últimas temporadas de Peaky Blinders: una falta evidente de ideas ante una historia que debería haber terminado mucho antes. Es evidente que lo mejor de la serie fueron sus primeras entregas. El personaje de Tommy Shelby, cada vez más sumergido en su infierno personal, llegó a un punto en el que no podía ofrecer mucho más de lo que ya había dado, y solo los cambios de dirección (Anthony Byrne se hizo cargo de ella en las últimas temporadas) y los juegos narrativos salvaban una trama cada vez menos original.

No es descabellado pensar que Knight pensara en una película para contar el final de Tommy Shelby y los suyos por el simple hecho de que una última temporada habría resultado imposible de realizar. En este sentido, Peaky Blinders: El hombre inmortal deja un sabor agridulce. Con Cillian Murphy, Nick Cave y un par de buenos diálogos, acaba por ser un entretenimiento pasable y capaz de salvar los muebles en una época donde el mal final de una serie con tirón puede ser motivo de guillotina en el patíbulo de las redes sociales.
Sin embargo, la despedida queda lejos de alcanzar el brillo de la serie, y en sus pocos intentos por ofrecer algo original acaba resultando ser más que insuficiente. Eso sí, quizá lo más preocupante de todo sea que la película tampoco dé motivos para creer que, en un futuro, con los spin-off anunciados, la calidad de la propuesta no vaya a mejor.
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