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| Dolores Reyes Foto de Alejandra López |
Dolores Reyes: “El boom del realismo mágico dejó conscientemente fuera a las mujeres”
Cuando Dolores Reyes (Buenos Aires, 1978) alumbró a Cometierra, el personaje que da nombre a su primera novela, no sabía lo que esta iba a ser capaz de remover. Un temblor en el suelo que hoy continúa con el lanzamiento de la segunda entrega de la historia, titulada Miseria. La historia de la detective con métodos paranormales, que devora sustrato para dar con chicas desaparecidas, no solo se posicionó como uno de los mejores libros de 2019, traducido a doce lenguas, sino que abrió desde la literatura un potente camino para hablar de la lacra de feminicidios que asola el mundo desde universos simbólicos tan sugerentes como femeninos. La tierra, la magia, los saberes tradicionales de la adivinación sustituyen, en esta metáfora infinita, a los métodos científicos y forenses.
La denuncia que supuso Cometierra ante la inacción de las autoridades argentinas respecto a las desapariciones de mujeres se extiende hacia las reivindicaciones contra la violencia obstétrica y la precariedad laboral en Miseria, que lleva el nombre de una nueva coprotagonista, sidekick para Cometierra, como en toda buena saga de detectives. Porque en Miseria la acción ya no descansa solo sobre los hombros y el poder de Cometierra, sino en la puesta en común y la red de apoyo mutuo de un dispar grupo de mujeres con poco más en común que el hecho de habitar los márgenes de la sociedad. “Nos han hecho creer que las mujeres no podíamos ser amigas, que poner dos mujeres en un equipo iba a hacer que compitiesen entre ellas”, reflexiona la autora, extendiendo este principio de su novela a la conversación sobre literatura actual. “Y ahora que hemos dejado atrás ese mandato horrible con el que crecimos, nos leemos, nos escuchamos, nos encontramos y compartimos… Es tan lindo pensar juntas. Hemos tomado esa práctica nuevamente, nos hemos apropiado de este tiempo, de la voz. Se ve mucho en literatura y en espacios políticos, salimos a ganar juntas más allá de las diferencias de voces. Salimos juntas.”
Cuando escribías Cometierra, ¿tenías en mente que hubiera una segunda parte?
Dolores Reyes: Con Cometierra lo que me pasó fue que había un número de casos, de cuerpos, atravesados por distintas violencias, que se resuelven, se cierran. Ella rescata un cuerpo, desvela un final a familiares, e incluso llega a rescatar a una chica con vida. Pero había otras cosas que tenían otro transcurrir, que son el caso de la seño Ana y la Florencia, a los cuales yo entraba y salía muy rápidamente en un capítulo que es demoledor, pero que no se cerraban. Tenía ganas de darle un tratamiento mayor. En el caso de la seño Ana era un necesidad absoluta, es un caso que tiene un nivel de complejidad tal, tanto el personaje como la relación con Cometierra, que un desarrollo mayor enriquecía la escritura. De ahí tenía una cierta voluntad de continuar escribiendo. No me alcanzaba la materialidad de la primera novela para desarrollar todo lo que yo quería en referencia a esas dos mujeres. Estos personajes son tan dinámicos que los veo, la historia seguía en mi cabeza. Con Miseria tenía incluso el final muy en la cabeza, faltaba la magia de sentarme a escribir. La escritura es una praxis muy potente y aparecen un montón de cosas que no tienen nada que ver con la intencionalidad ni con un plan prefijado, sino que se dan en la escritura.
Hay muchas cosas latentes bajo la historia de Cometierra con las que haces un bordado muy delicado. Ella es una detective, entonces es un personaje que acepta muy bien la serialidad. Pero es una detective con métodos llevados al terreno de lo femenino, de esas otras sabidurías muy denostadas por el conocimiento masculino oficial, científico. ¿Es así cómo lo ves tú ?
Lo veo exactamente como lo estás enunciando. Cometierra tiene una relación central que es con su hermano. Pero en Miseria quería centrarme más en la relación entre las mujeres. En todas las posibilidades de amistad. Tomo a ese personaje secundario que aparece casi al final de la novela, que es Miseria, y la pongo como coprotagonista de una novela a dos voces, también porque me permite trabajar esto que tenía ganas de desarrollar: cómo se relacionan las mujeres entre sí, cómo construyen redes, incluso con personajes muy distintos.Son amigas, tienen casi la misma edad, son muy distintas en personalidad. Pero también aparecen otras mujeres que tienen que ver con las sabidurías muchas veces denostadas por la ciencia y lo institucionalizado, por un conocimiento que durante siglos ha sido masculino. Me encuentro con mujeres que saben, pero con otro tipo de transmisión del saber, ligado a la oralidad y a la praxis directa,la enseñanza mujer a mujer, boca a boca, mano a mano. Algo que me gustaba trabajar porque me parece que es mucho más amable y empático con el cuerpo de las mujeres y por extensión con el cuerpo de los niños por nacer. Esta sabiduría está bordada acá. Por otro lado, no quería caer en decir que todas las mujeres son buenas y empáticas, sororas. Hay un personaje que sabe mucho más que Cometierra y sin embargo es una mujer terrible, no pone sus poderes al servicio de los demás, ni muchísimo menos.
¿Qué aporta el personaje de Miseria a la historia de Cometierra? Ella es más verborrea, está conectada a las redes sociales, es metepatas y por eso se le coge cariño.
Es más chiquita, más fresca y espontánea. No para de hablar nunca y mete la pata, como vos decís, pero también le aporta ese lado tan vital. Es una chica mucho más precarizada, descarnada por la pobreza, tiene ese chispazo de vitalidad que no lo apaga nadie, y eso le aporta muchísimo a Cometierra que siempre está muy ensimismada y en particular ahora está muy reflexiva, porque está eligiendo y pensando qué va a hacer con su poder. En un punto Miseria también está pensando qué hacer con el poder de Cometierra, pero lo tiene decidido: considera que Cometierra es la mejor vidente, ella la idealiza en su amistad, y quiere montarle un local para que sea la número uno de las videntes. Pero Cometierra está reflexionando, quiere un nombre para ella misma, una experiencia vital común, más acorde a la de cualquier chica de su edad, y no estar mirando todo el tiempo a las violencias, las desaparecidas y las asesinadas. Ella se mete en una suerte de escena en la que ve algo muy terrible y eso tiene un costo emocional que impacta sobre su personalidad, por eso es más introvertida. Cuando Cometierra se decide a salir de la casa, Miseria ya tiene una docena de amigas, un trabajo, un grupo de pertenencia y un montón de experiencias que ella no.
Miseria te permite hablar de algo además que es una conversación muy candente en América Latina que es el tema de la violencia obstétrica y las mareas verdes, a través de la experiencia de Miseria vemos la precariedad del sistema de salud.
El sistema de salud es absolutamente violento con los cuerpos que van a parir, y más si son mujeres jóvenes y pobres. No hay ninguna voz ahí, son tratadas como objetos. Incluso las formas de parir, la disposición corporal de la mujer para la comodidad del hombre y no según sus propias necesidades. Las decisiones jamás las toman las mujeres y menos si son jóvenes y pobres. Eso implica tantas violencias. Hace unos días salió una nota de Mariana Carbajal con seis casos de violencia obstétrica en el distrito de Morón, que es al lado de donde transcurre Miseria, y no pude leer más de dos. La manera en la que se ignoraron las voces de las mujeres que sentían las contracciones y sabían que era la hora, y les dijeron “vos no sabés qué es eso”. Se han perdido vidas de bebés, las mujeres tienen que pasar esta experiencia absolutamente traumatizante. Es el momento en la vida en el que estamos más expuestas, además de la exposición del bebé. Tenía ganas de pensar cómo se recibe un bebé en el mundo, quiénes y de qué manera. Durante años esa sabiduría ha sido arrebatada con muchísima violencia a las mujeres. Y también siento que el parto ha sido estereotipado y reducido a una sola forma por la literatura, el cine… Como una mujer toda transpirada, casi llorando, con un dolor inconcebible, con todo ese nerviosismo y alguien que la asiste, y cada vez se vuelve más gritón, y más llanto y más descontrol, y de pronto todo se llena de sangre de forma muy impresionante y aparece un bebé de mes y medio. Es una representación que me parece tan chabacana y burda, y que sin embargo nunca se cuestiona. Me parece que ya es hora de que la disputemos, y aparezcan otras variedades de representación del que es un momento central en la vida de tantas mujeres.
Dentro de que de nuevo, la historia te sirve para denunciar la lacra de feminicidios y desapariciones de mujeres, Cometierra esta vez tiene más agencia, no es algo que le llega y que ella no puede decidir. Hay un momento en que ella decide mirar a los ojos a esas mujeres desaparecidas y despegar los carteles.
Dentro de la novela tiene un momento de reflexión y de elección de volver a la tierra. Y cuando vuelve, lo hace con todo, con el objetivo muy focalizado de ayudar y tratar de rescatar a alguien. Se siente muy presionada por las miradas que ve en los carteles, hay una cosa con los ojos de las mujeres, que se repiten, que le hace sentir que no las puede dejar de lado.
El ojo que además es el símbolo de otro personaje importante. ¿Es un símbolo en el que buscaste insistir?
Es algo que estoy trabajando en construir. Siento que hay una dictadura de la mirada sobre el cuerpo de la mujer, siempre estamos atravesadas por este mandato y lo quise poner a funcionar en distintos universos. Los ojos de las mujeres que faltan reproducidos en fotocopias. Un ojo que es una singularidad, nunca hay dos iguales, y que se convierte en oleada por la cantidad de feminicidios que hay en América Latina. Y después está este otro ojo, un ojo del poder, del control y de la vigilancia: la amenaza vital que percibe sobre Miseria, que le hace salir y relacionarse con otras mujeres. Como la señora de los panes, que es un personaje chiquitito y adorable, que la va a acompañando. Son amistades asimétricas, con personas de distintos orígenes, de otras sabidurías, y que aportan cosas muy diferentes a las que traen Cometierra y Miseria.
La violencia obstétrica, las desapariciones de mujeres, los feminicidios… ¿Tu libro se alza como un grito frente a lo que sería el silencio de las instituciones?
Yo siento que sí. Hay algo ahí con el tema de las voces que siento que pongo en funcionamiento. Las perspectivas de ciertas chicas que siempre son objeto de muchas violencias pero pocas veces se las escucha. Aparece también el universo laboral, la precariedad, los trabajos que pueden tener ellas, las cosas que pueden elegir y las que hacen por necesidad porque el mundo de los adultos y la política las lleva hasta allí. Eso lo tenía muy claro a la hora de abordar los personajes.
Por la manera en la que las mujeres del libro se ayudan entre ellas, ¿encontramos en la sororidad una respuesta a este silencio institucional? Sobrecoge un pasaje en el que la policía se niega a buscar a una de las chicas desaparecidas y se organizan ellas mismas.
Eso, desafortunadamente, es un clásico, no me estoy inventando nada. Esto pasa en América Latina todo el tiempo. Hay un menosprecio institucional hacia las vidas de las mujeres generalizado. Cuando una madre o una hermana va a denunciar la desaparición de una chica todo el tiempo le dicen “se fue con el novio, espere un par de días”, o “seguro que se enojó y se fue con las amigas”. Y eso que se sabe que esas horas primeras son de vital de importancia para rescatar a una chica todavía viva. Desprecian esas vidas y las de sus buscadores. Esto no cambia pese a las acciones de Ni una menos o Vivas nos queremos. Desafortunadamente no cambia desde la institución policial, ni en quienes tienen la obligación de proteger a las mujeres, ni desde el poder político o judicial. Recientemente cerraron dos causas por distintos tipo de violaciones y ambos violadores quedaron absolutamente impunes. La justicia en América Latina nos muestra una y otra vez que la vida de las mujeres no vale absolutamente nada, que no hay justicia para nosotras. No me pongo con España porque no voy a hablar de lo que no sé, pero tengo algunos indicios por el caso de La Manada que todavía están libres y las cosas aberrantes en los fallos judiciales en los que se hacen deducciones como decretar que las chicas querían ser violadas. Es aberrante, violento y patriarcal. A veces los veredictos son una forma de continuidad de la violencia hacia las mujeres.
En tu libro, sin embargo, la denuncia a la autoridad masculina convive con muchos personajes masculinos buenos, honestos, uno de ellos policía. Es una decisión muy deliberada por tu parte, ¿no es así?
No me interesa culpar personajes ni masculinidades. Que todos los personajes masculinos fuesen malos sería algo muy fácil de hacer, pero no responde a los mecanismos de la violencia machista. Tanto con Cometierra como con Miseria podría haber construido el padre malo, depositario de todo lo que está mal, y eso no me interesa, no es así en la realidad. El feminicida no es un monstruo disociado que está fuera, sino que es tu compañero de trabajo, tu hermano, tu tío, el hombre creció con vos y en determinado momento violenta a una mujer.Me interesa abordar esto. Personajes con cierta espesura y contradicciones que le da un aspecto mucho más humano.
No hablamos de un ser asocial, es una persona que responde a un mandato histórico patriarcal. La mayoría de las veces está casado, tiene hijos y familia. Funciona con cierto éxito incluso que le da un lugar de poder ligado a la impunidad. Para que tengamos estos índices de feminicidios y de lo que ustedes llaman crímenes vicarios, los mecanismos sociales son muy complejos. Por eso me interesa mucho más, para empezar a desarmar estas violencias, ver cómo operan, y no creando monstruos.
De hecho, para Cometierra y su hermano, su padre es una herida abierta en la memoria. Y pese a todo lo malo que hizo se les enciende la inquietud de cómo estará, si se estará muriendo, hay un hilo que los sigue uniendo a él.
Hay una pregunta ahí que tienen diez millones de respuestas: ¿qué hacemos con nuestros padres violentos, feminicidas o abandonadores? Hay tantas respuestas como personas han tenido que responder a eso. Pero está bueno ponerlo en la ficción de estos personajes. Su padre es un hombre violento que ha matado, y sin embargo sigue existiendo. ¿Qué hacemos con esto?
Y el caso del padre de Cometierra es extremo porque es un feminicida. Pero en otros casos vemos cómo muchas veces la conversación de la violencia sobre las mujeres se detiene ahí: ¿qué hacemos con quienes perpetran violencia machista? Y parece que la conversación solo puede desarrollarse en términos punitivistas.
¿Qué simplista, no? [Suspira] Este qué hacemos es una pregunta muy amplia, casi humana. No nos la hacemos solo las hijas. Hay un libro de Alejandro Zambra que es hermoso, Poeta chileno, y se pregunta qué hacemos con esos hombres que iban de pueblo en pueblo dejando un tendal de hijos de los cuales no se hacían cargo jamás, y él en el libro le hace un poema que es maravilloso. Creo que es una pregunta abierta con tantas respuestas como experiencias, y que apunta a la humanidad, que nace y crece dentro del patriarcado. Aunque violento y abandonador, sigue siendo un padre: una figura central, de autoridad y de mirada sobre el mundo de los hijos y las hijas. A mí me gusta pensarlo no solo en términos punitivistas sino en toda esta complejidad. Muchos libros abordan esto. La cabeza de mi padre, de Alma Delia Murillo, en México, que se pregunta si abandonar al abandonador o ir tras él cuando se está muriendo. Y acá algo de eso intento plantear con Cometierra y su hermano Walter. Aparece una tía diciéndoles que su padre está muy enfermo y ellos tienen que pensar qué hacer, qué se mueve ahí. Es como un fantasma muy oscuro que los está rondando. Esto también crea una atmósfera, aunque no me voy a adelantar.
Todo indica que vamos a saber más de Cometierra.
Por supuesto, eso es así. [Ríe.]
El vínculo entre la tierra y la memoria es central en la saga. ¿Por qué querías cristalizar esta asociación?
Yo nací en 1978 en Argentina, en medio de la dictadura más violenta y sanguinaria que tuvo mi país, en el gobierno de Videla, en particular. Crecí viendo organizaciones de mujeres que se agrupaban para buscar a sus hijos y nietos en la tierra, y después vinieron otras que eran al revés; hijos buscando madres y padres de nuevo en la tierra. No como una metáfora literaria, sino algo de una materialidad tan fuerte. Tengo tantas imágenes de la tierra abierta para llegar a un resto humano que pueda transmitirnos el cierre de una historia. Eso de alguna forma lo pongo a orbitar en una ficción que se ocupa de las desapariciones posteriores, en democracia nos han seguido asesinando, y muchísimo más a las mujeres. Se ha convertido en algo absolutamente cotidiano. En Argentina es una mujer diaria, en México se piensa que hasta 14 mujeres al día. Pienso en mujeres hurgando en la tierra hasta con sus manos, con sus uñas, para encontrar un fragmento, un dientecito, que pueda cerrar la historia de una hija. Lo más triste y terrible, que todavía no lo he abordado pero que me sacude, es que a ellas las están matando también. En México están matando a las buscadoras, en Colombia y, bueno, a las fundadoras originales de las Madres de la Plaza de Mayo también las mataron y las tiraron al mar, que las devolvió a las costas. No alcanza con las violencias hacia las hijas sino que también asesinan a las buscadoras. Hay una necesidad de aunar vida, memoria, tierra, justicia, que yo lo trabajo desde la ficción y con determinados recursos líricos, pero que en toda América es algo materia y violento. La tierra sabe donde están. Ha acunado y recibido esos cuerpos como una suerte de útero caliente más allá de la voluntad de los asesinos que han querido incluso impedir el proceso de duelo de sus familares separando el cuerpo de la familia y de su propia identidad. No basta con matarlas sino que hay que borrarlas. El libro está muy atento también en mirar a quienes buscan y cuál es el impacto de esa falta durante toda la vida, ligada a la impunidad y la desidia de las instituciones.
¿Qué despierta en Argentina la palabra memoria? En España, donde la historia reciente también se levanta sobre miles de cuerpos, es una palabra que prácticamente enciende un debate electoral.
Siempre tengo esa imagen. De alguna forma en Latino América habitamos una tierra compuesta literalmente por un humus de cuerpos y huesos. Es mi imagen mental, pisamos eso. Y a la vez las novelas parten de la premisa de que en esta tierra que habitamos dejamos una huella. No solo está la separación del catolicismo que dice que el alma se va al cielo y lo que queda no importa. Yo siento que además del cuerpo a la tierra pasa algo de la historia, de la experiencia personal, del alma. Lo que Cometierra hace es meterse eso adentro, hecho tierra, y ver, y poder transmitírselo a quienes buscan.
¿Es una metáfora que, tal vez, difícilmente se le podría haber ocurrido a un escritor europeo, o con una visión extractivista de la tierra?
Me llama mucho la atención España, con la cantidad de fosas comunes que hay y se siguen abriendo, la cantidad de desapariciones y fusilamientos que ha habido, cuerpos en la tierra. Claramente algunos están identificados y en cementerios, y otros continúan en las banquinas, escondidos. En España, en Italia, y en tantos países. ¿Por qué no pensar que en España también es una herida abierta esto?Yo desde mi experiencia que no es nativa, que es latinoamericana, siento que no es algo ajeno. Quizás por eso el libro ha tenido el recibimiento que ha tenido.
Como un murmullito se empiezan a escuchar voces de escritores que son más bien jóvenes que retoman las leyendas populares para dirigir esa mirada a la tierra, a la naturaleza y los fantasmas. Irene Solà, María Sánchez, Millanes Rivas…
La mirada de las mujeres nunca es extractivista porque a quienes más perjudica esa mirada es a ellas, a las comunidades, a los niños. La mirada de las mujeres generalmente es otra, y por eso es una figura a borrar y desparecer.
Todo esto aflora mucho en las conversaciones con escritoras latinoamericanas. A nivel literario estáis haciendo algo muy relevante y superior, también desde el lenguaje. Leonor Courtoisie, la escritora uruguaya, decía que el uso del español es mucho más libre de la norma que en España, que sigue con una narrativa muy academicista.
Donde el lenguaje se vuelve más creativo, potente y transformador, justamente es cuando te liberás y te alejás de la norma. Por eso también hago personajes que están muy periféricos y oprimidos y a la vez son mucho más libres a la hora de construir lenguajes. Y volviendo al tema de la tierra, también esta actúa como principio femenino para todas las culturas clásicas. Desde Gaia y Gea y Deméter en la Grecia clásica hasta la Pachamama y todas sus variantes en América Latina. Es un principio femenino de conocimiento muchas veces ligado a la vida, la agricultura, la naturaleza, la alimentación, pero también a tomar esos cuerpos y cobijarlos, acunarlos, cuando esa vida ya no está. Eso me interesa mucho pensarlo: deidades, principios o elementos femeninos. Tanto en Argentina como España hemos sido formadas en un monoteísmo masculino con una sola representación de dios como hombre blanco. Todas las religiosidades ligadas a diosas diversas han sido castigadas durante siglos a sangre y fuego, hogueras e inquisición. A mí es algo que me interesa mucho estar mirando porque también el lugar del cuerpo de la mujer en el catolicismo ha sido terrible. Han puesto en él el pecado, la culpa, la provocación, y eso ha generado tanto violencia como excusas.
A día de hoy ese vínculo entre la tierra y las mujeres se ve de nuevo en determinados lugares, sobre todo relacionados con la Amazonía, como resistencia contra ese capitalismo que destruye el planeta.
Están muy ligadas la destrucción del territorio con la del cuerpo de las mujeres, entendido también como otro territorio de conquista. No en vano en las guerras de ocupación lo primero que se hace es violar mujeres, es parte del sometimiento y de la ocupación de un estado por otro. Pienso que ahora lo estamos analizando muchísimo en la defensa de la tierra y de la vida de las mujeres, lo veo totalmente asociado.
En literatura las mujeres estáis tomando la voz indiscutiblemente en América Latina. Desde fuera al menos solo se ven librazos escritos por autoras como Fernanda Melchor, Natalia García Freire… Cuando salió Cometierra en algún momento lo definí como realismo mágico, y me arrepiento muchísimo porque en ese momento no entendía lo machista y reduccionista que había sido esa etiqueta.
¡A mí me encantó la nota que hiciste vos para Vogue! Es complicado. Por otro lado es lo que ha llegado de América Latina masivamente a Europa, entonces lo entiendo, no me parece algo terrible. Pero en su momento el realismo mágico fue un movimiento machista que ocultó y ninguneó a todas las mujeres escritoras.Se me ocurre por qué no leer a Marvel Moreno. García Márquez me interesa, lo he leído y me encanta, pero Marvel Moreno recién ahora le publicaron las últimas novelas y ha sido ninguneada. Se tuvo incluso que ir a vivir a Europa. El boom del realismo mágico dejó conscientemente fuera a las mujeres. Ahora quizás las mujeres ganaron un lugar de escucha. Sabíamos escribir, estábamos ahí, y hay también un movimiento de mujeres editándose y descubriendo a las que vinieron atrás y fueron silenciadas. Pienso en lo que hace Socorro Venegas con Vindictas. Hay tantas escritoras que una lee fascinada y se pregunta ¿pero dónde estaban? Ahora se las está rescatando y se las está leyendo como se merecen por primera vez. Y a la vez hay mucha avidez por leer a las escritoras latinoamericanas y eso significa que algo está pasando.
Sois escritoras que miráis muchísimo a la tierra, y escucháis todo lo que ha sido silenciado y, como lectora, tengo la sensación de estar leyendo ahora lo que querría haber leído antes cuando leía a esos hombres que escribían sobre lo mágico. ¿Se apropiaron en cierta medida los autores del realismo mágico de una tradición oral muy, muy femenina?
Es un poco loco hablar de ese realismo mágico de hombres cuando la magia, tradicionalmente, es tan femenina. La adivina, la bruja, la hechicera, la curandera… Es todo tan femenino. El nivel de silenciamiento y ninguneo que ha habido ha sido tal que hasta la magia nos la han robado. Creo que en 1969 hubo un Congreso de Brujería en Bogotá en el que invitan a Clarice Lispector. Y ella escribe un cuento muy raro que es El huevo y la gallina, y más allá del cuento y lo que hizo para presentarlo que fue muy simpático, hay una declaración que me encanta: “si vuelve la Edad Media, quiero que sepan que yo estoy del lado de las brujas”. Pienso en las brujas que fueron silenciadas y quemadas y en cómo venimos a recordarles años después que Casandra existe desde siglos antes que Cristo. Eso también nos lo habían arrebatado.



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