viernes, 14 de diciembre de 2018

Antonio Muñoz Molina / Cerca de la música

Cerca de la música

Hay tanto fervor y tanta exasperación en Schubert como en un grito de Janis Joplin o un solo sin fin de Jimi Hendrix


ANTONIO MUÑOZ MOLINA
14 DIC 2018 - 18:22 COT

He salido del metro en el frío estimulante del anochecer de diciembre. He subido las escaleras con esa energía en los talones que solo siento cuando voy a escuchar música. Podía estar llegando a uno de esos clubes de jazz en los que se resume mi nostalgia atenuada y persistente de Nueva York. Hay una cola de aficionados impacientes que se refugian del frío cruzando una puerta giratoria. Podría estar esperando en la entrada inhóspita de un club en invierno, pero he salido del metro en la glorieta de Bilbao de Madrid y donde espero es en la entrada del Café Comercial, renacido lujosamente después de lo que a muchos nos pareció un eclipse sin remedio. En las puertas de los clubes los aficionados se reconocen entre sí por las pintas, y algunas veces hasta se saludan. La gente que espera a la entrada del Comercial muestra una alentadora diversidad de edades y apariencias, pero tiene algo difuso en común que los identifica como aficionados a la música, aficionados de a pie y sin ceremonia, sin exhibicionismo social, muy parecidos a los que esperan a la puerta del Village Vanguard o Smoke, donde tantas veces yo mismo he hecho cola con felicidad e impaciencia. Nos conocemos sin conocernos, aunque algunas veces nos conocemos de verdad y nos saludamos. Esperando esta noche a la puerta del Comercial me encuentro con Cibrán Sierra, violinista del Cuarteto Quiroga, y autor de un libro educativo y luminoso sobre ese formato musical. Cibrán es un hombre entusiasta que ama apasionadamente su oficio y le dedica su vida entera. Dedicándome yo a uno en el que no cuesta mucho fingir el talento o el esfuerzo, mi admiración por la disciplina inflexible y la entrega de los músicos es todavía más acentuada. Tocar en un cuarteto de cuerda exige una precisión de neurocirugía.
Hemos venido al Café Comercial a escuchar música de cámara. Para llegar a la sala hace falta subir una escalera tan estrecha como la de un club de jazz. La música de cámara, el universo entero de lo que se llama la música clásica, padece una fama de formalidad tediosa, de solemne rutina: los chaqués, los fracs, las largas faldas negras para las mujeres, el silencio forzoso, el protocolo que señala y aleja a los no iniciados. La música clásica es algo que sucede en lugares herméticos en los que la gente tose con gravedad geriátrica en los intermedios y fulmina de soslayo al que aplaude a destiempo. La música clásica es algo del pasado, dicen, algo más o menos muerto, momificado en el repertorio.
Basta un poco de cercanía para que esos estereotipos se disuelvan. Lo que se llama la música clásica la hacen ahora mismo sobre todo hombres y mujeres jóvenes que han de entregarse por completo a su dificultad y a su disciplina pero que viven tan en este mundo como cualquiera de nosotros y además suelen sentir curiosidad e interés y muchas veces entusiasmo por casi cualquier otra forma de música. La mayor parte de las glorias del rock son ahora viejales codiciosos que recaudan sin ningún esfuerzo ni mérito taquillajes masivos de estadios. Esta noche, en el Comercial, tres músicos jóvenes interpretan una obra de un músico todavía más joven que ellos, que murió trágicamente en plena juventud, como los héroes del rock, Franz Schubert, que se sobrepuso a la enfermedad y al miedo de morir creando casi hasta su último aliento obras que nos estremecen todavía por su caudal de vitalidad y de invención, de pura furia de vivir. Hay tanto fervor y tanta exasperación en Schubert como en un grito largo de Janis Joplin o un solo sin fin de Jimi Hendrix.
Esta noche toca el trío Vibrart: piano, violín, violonchelo. Tocan el Trío número 2,que fue una de las últimas piezas que compuso Schubert, la última que le dio tiempo de escuchar. No estamos en un auditorio de música clásica. No hay un escenario y un proscenio que nos separen de los músicos. Los tres músicos están muy juntos, porque el espacio es tan limitado como en un club de jazz o en uno de esos cuartos recónditos en los que se escucha el mejor flamenco. La acústica de la sala es buena, me dice alguien que sabe, aunque las condiciones no lo sean del todo. Se oye amortiguado el ruido de la gente en el café, la máquina de hacer hielo, el aire acondicionado.
No importa. También se oye, antes de que comience el concierto, el sonido de los cubitos de hielo en las copas de gin-tonic. Clubes importantes de Nueva York ofrecen la cena, lo cual es para ellos una manera de ganar un poco más de dinero. En el Village Vanguard solo se permite la bebida. La experiencia me ha enseñado que la música es gozosamente compatible con la bebida, pero no con la comida. Dejando aparte el incremento del ruido, no creo que se pueda comer y escuchar música al mismo tiempo. En Nueva York un club aventurado como Le Poisson Rouge fue el primero que hizo posible la música clásica y la bebida. Hace unos años yo escuché allí memorablemente el Cuarteto número 4 de Béla Bartók tomándome un gin-tonic. Así descubrí la concordancia perfecta entre el gin-tonicy la música de cámara.
La encontré de nuevo la otra noche, en el Café Comercial, en una sala estrecha y de techo bajo, tan cerca de los músicos que los veía esforzarse y sudar en una obra arrebatadora sobre el amor y la muerte, ese Trío número 2 de Schubert que muchas personas conocen sin saberlo gracias al Barry Lyndon de Stanley Kubrick, un director de cine con tanto oído para la música como nuestro Carlos Saura. Los músicos se escuchaban y se respondían entre sí igual que músicos de jazz. Había algo crudo e inmediato en la fuerza de la percusión, en el modo en que el pianista golpeaba las teclas y los arcos del violín y el violonchelo rozaban y hacían vibrar las cuerdas. Yo miraba a Cibrán Sierra escuchar la música con sus manos, repitiendo por instinto los gestos de los dedos de los que estaban tocando. Cuando entra la melodía del segundo movimiento, uno cae derribado por esa mezcla de dulzura y tristeza, de exaltación y despedida, que es exclusiva de Schubert. Por los ventanales se veían las luces del tráfico en la noche de diciembre. En las pausas llegaban de abajo los ruidos del café. El gin-tonic acentuaba la efusión de la música.

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