La saga de los escritores boxeadores
La literatura es boxeo. En la teoría de José Luis Alvite, literatura y boxeo solo son dos maneras distintas de escupir. No se trata, en el fondo, más que de un combate en situaciones adversas, en el que intentas mandar a la lona a tu rival y este te devuelve los golpes. Nunca reculas, boxeas con la cara. Porque la cara, o tu estilo, siempre revelan lo que eres. Esta es una verdad que no necesita demostración. La certidumbre de que la literatura es boxeo se impone con tanta fuerza que no solo ha permitido convertir el boxeo en un material literario de primera, con el que han experimentado los autores más grandes, sino que ha dado pie a la saga de los escritores boxeadores. No se trata de una tribu menor. Podría competir con cualquier otra saga, si exceptuamos tal vez la de los escritores suicidas y la de los alcohólicos. Probablemente, nadie lo vio tan claro como Budd Schulberg, que advirtió desde joven que escribir es proyectar golpes en la oscuridad que vienen de vuelta. Si acaso Rocky Marciano, que en los años en que su carrera ya declinaba, le propuso a Schulberg crear la organización «Fighthers and Writers». Nunca se materializó, pero la idea evidenciaba la afinidad entre púgiles y literatos.
«Uno tiene un promotor, el otro un editor. Uno tiene un mánager, el otro un agente literario. Uno tiene un entrenador, el otro un corrector de estilo. Pero cuando suena la campana todo es accesorio. Estás ahí fuera, bajo las lámparas, desnudo y solo. Y lo que hagas o dejes de hacer puede formarte una reputación o destruirla de por vida. Eso es lo que hace tan fuertes los nexos entre boxeadores y escritores», sostenía Schulberg, tan cercano a campeones mundiales como Marciano, George Foreman o Marvin Hagler. Los largos períodos meditabundos frente al cuadrilátero hicieron de Budd un hombre de boxeo. Su formación y su breve incursión como guionista en Winter Carnival, al lado de un Francis Scott Fiztgerald ya afectado por su proceso de demolición personal, lo habían convertido a su vez en un hombre de literatura. Una cosa condujo a la otra y de ahí nació Más dura será la caída, la historia de Eddie Willis, un periodista que subsiste gracias a sus crónicas sobre boxeo, a sueldo de un matón de tan mala muerte como él, mientras sueña con escribir una gran novela. Entretanto, desciende a un mundo corrompido y oscuro.
Schulberg fue el narrador de los triunfos rápidos y las caídas en picado. En eso se resume, en cierto modo, La ley del silencio, donde el boxeo emerge a través de Terry Malloy, un púgil acabado, al que su hermano obligó a dejarse perder por una apuesta y eso lo destruyó. Sabido es que en la adaptación cinematográfica de la novela Marlon Brando encarnó a Terry Malloy. El actor de Omaha pronunció entonces una de esas frases inolvidables sobre los sueños rotos: «Charlie, pude ser un primera serie, aspirar al título, haber sido algo en la vida, y en lugar de eso mírame, solo soy un golfo, por tu culpa». Años después, la escena de la discusión entre los hermanos Malloy en el asiento trasero de un coche recibió el homenaje de Jake La Motta en su monólogo al final de Toro Salvaje, otra obra maestra del género.
Schulberg practicó el boxeo con poca fortuna, aunque la suficiente para no dejarse amedrentar fuera de un ring. Sus puños y su realismo narrativo bastaron para disuadir a otros escritores de buscar un peligroso intercambio de golpes. Norman Mailer y Ernest Hemingway, pertenecientes a la misma saga que Budd, lo retaron en su momento. Pero recapacitaron a tiempo. Los pasos atrás son tan buena metáfora como el uppercut o la nariz rota. En Key West, durante una fiesta organizada para que se conociesen, Hemingway se acercó a él, borracho y camorrista. Intercambiaron impresiones. Hubo amenazas y seguidamente empujones. Nunca se está bastante borracho como para no advertir, como hizo Ernest, que Schulberg había subido en demasiadas ocasiones al ring. Desistió.
París era un cuadrilátero
Hemingway, a su manera, había inventado el boxeo. Al menos en el sentido que Homero había inventado la guerra. solo tienes que leerlo y verás que el puño te alcanza enseguida. Tal vez sin él no existiese la saga de los escritores boxeadores, aunque seguirían existiendo —si bien mermadas— las de los alcohólicos y los suicidas. «Mi escritura no es nada —sostenía—. El boxeo lo es todo». Las contiendas con otros escritores eran una de las especialidades de la casa. No hay escritor que no ansíe oscuramente, en silencio, hacer caer como sea a otro. Budd Schulberg, de hecho, se encontraba lejos de ser el primer autor con el que se encaraba. Esto también se acredita leyendo sus páginas. En París era una fiesta relata sus escaramuzas, durante sus años franceses, con Ezra Pound. «Nunca fui capaz de enseñarle cómo lanzar un gancho de izquierda. Y lo de enseñarle a recoger la derecha fue algo que di por imposible», escribe.
En realidad, en sus años franceses compartió cuadrilátero con muchos otros colegas, como John Dos Passos o Joan Miró. El boxeo era una forma más de contar las cosas, pero con guantes. Sus movimientos tenían algo de elipsis, algo de metáfora, cierta rima. Si algo era lo bastante sagrado para Hemingway, entonces debía incluir golpes. La vida, al fin y al cabo, iba de caer y levantarse y caer otra vez. Incluso en los momentos felices. Sus célebres fiestas lo eran, en buena medida, porque contrataba a los chicos del gimnasio para que amenizasen la velada a hostiazos.
La más hermosa historia boxística de Hem se produjo en junio de 1929. Iba a ser un combate más, como ya había tenido otros, contra el escritor canadiense Morley Callaghan. Se habían conocido en 1923, cuando los dos trabajaban para el Toronto Star Weekly. La primera vez que Morley visitó a Ernest en su apartamento parisino, habían hablado precisamente de boxeo. No hacía mucho que el canadiense había publicado un cuento con las peleas de fondo. Se declaró un practicante habitual de este deporte. Hemingway no lo creyó y quiso pruebas. Le propuso ponerse los guantes y tantearse entre los muebles del apartamento, procurando no romper nada. Concluyó que Morley era rápido de puños. Ese día fijaron una cita para la tarde siguiente en el gimnasio del American Club, donde pelearían, con el tiempo, media docena de veces, antes del combate definitivo.
Aquella tarde de junio, Hemingway había almorzado con Scott Fitzgerald a base de langosta Thermidor y varias botellas de Borgoña, seguidas de un par de whiskys por barba. A la tarde, cuando se presenta en el gimnasio para su pelea con Morley —se supone que solo va a ser una pelea más— acusa cierta embriaguez. Pero un combate entre escritores, por bien que se entiendan, siempre es algo más relacionado con la posteridad que con un pasatiempo. Es así como Hemingway y Callaghan disputan dos asaltos entre aficionados, como si solo se tratase de golpes y fintas. En el fondo, sin embargo, existe por parte de ambos la determinación de luchar a muerte. «Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado», escribirá poco después Hemingway en El viejo y el mar.
Fitzgerald, a petición de Hem, ejerce de cronometrador. Acuerdan pelear en asaltos de un minuto, con dos minutos de descanso entre uno y otro. Empieza la pelea. Ernest era rudo, carecía de técnica, pero su pegada resultaba brutal, como sus frases limpias y criminales. Morley, por su parte, fiaba sus opciones a la velocidad. Tenía más técnica. Y ya conocía las artimañas del rival. En uno de sus primeros combates, después de asestarle un puñetazo en la cara y hacerle sangrar los labios, Hemingway chupó la sangre y se la escupió. En boxeo era una ofensa gravísima, pero Ernest rebajó la tensión señalando que «es lo que hacen los toreros cuando están heridos».
Sus rostros intercambian golpes de trámite al principio, pero pronto ganan intensidad. Algo despista a Scott Fitzgerald y permite que el segundo asalto se alargue más allá de los tres minutos. Cansado, Ernest Hemingway baja su defensa, y Morley lo tumba con un golpe en la mandíbula. Solo se trata de una versión más del combate. Otras sostienen que un Hemingway cansado, en efecto, resbala y cae, dañándose un tendón del hombro izquierdo. En 1966, en una de sus crónicas boxísticas, Norman Mailer relata así los instantes siguientes a que Hem bese la lona:
—¡Dios mío! ¡Dejé que el asalto durara cuatro minutos! —exclamó Fitzgerald.
—¡Bravo, Scott! —dijo Ernest—. Si querías darte el gusto de verme noqueado en la puta lona, pues dilo. Pero no me digas que te equivocaste.
Hay quien cree que Hemingway nunca se recuperó de aquel episodio. No estaba hecho para la derrota. Pudo haber sido una anécdota, incluso un olvido, pero la historia acabó corriendo por los ambientes de expatriados norteamericanos en París y pronto llegó a Estados Unidos. No era raro: Callaghan había publicado en el Herald Tribune una crónica tergiversada de la pelea, que le hacía parecer mejor boxeador de lo que era. Ante la insistencia de Ernest, Scott envió al canadiense un telegrama para que recapacitase y ponderase su relato: «Leído relato Herald Tribune. Ernest y yo esperamos rectificación. Scott Fitzgerald». Nunca se produjo.
La relación entre Fitzgerald y Hemingway también comenzó a deteriorarse a raíz de aquel combate mal cronometrado. No fue definitivo, pero tuvo el efecto de esos golpes que se lanzan a las costillas, buscando un deterioro lento y seguro del rival, mucho después del impacto. El boxeo, de hecho, estuvo detrás de otros desencuentros entre ellos, como cuando Hem le dio a leer su primera versión del relato Cincuenta de los grandes, joya absoluta de la literatura boxística. El borrador empezaba así:
—Oye, Jack —dije—. ¿Cómo hiciste para ganarle a Leonard?
—Bueno —dijo Jack—. Benny es un boxeador muy listo. No deja de pensar en ningún momento, y mientras él se devanaba los sesos yo me cansé de pegarle.
Fitzgerald consideró que se trataba de un arranque manido y Hemingway lo excluyó. Muchos años después, con la relación podrida, lamentó asumir aquella sugerencia, y así lo dejó escrito en algunos textos íntimos, hallados tras su suicidio.
El golpe fantasma
Mailer tampoco se conformó con escribir sobre peleas entre escritores, o de algunos de los mejores combates de la historia, como el de Cassius Clay y George Foreman en 1974, o la revancha que Ali y Sony Liston se concedieron en mayo del 65, cuando el combate apenas duró un minuto y cuarenta y dos segundos. El misterio no estuvo tanto en la brevedad como en el golpe fantasma que derribó a Liston. Fue tan rápido que nadie, ni por la televisión ni personalmente, lo pudo ver con claridad. El impacto rehuyó los sentidos. Fue una sospecha que sugirió la presencia en la lona de Liston. Mailer nos dejó un párrafo memorable: «La pelea motivó un escándalo, ya que Liston estrelló su rostro contra el puño de Clay, en un golpe corto, durante el primer asalto. El árbitro y los cronometradores intentaban, sin conseguirlo, transmitirle un mensaje con ademanes, mientras Clay le chillaba: ‘¡Levántate y pelea!’ No fue una noche propicia al arte del pugilato».

Fue Paul Gallico, sin embargo, el escritor que hizo frente en el ring al boxeador más legendario. Una semana antes de publicar Qué se siente al ser noqueado por Jack Dempsey subió al cuadrilátero para pelear a un asalto con el asesino de Manassa, campeón de los pesados durante siete años, y cuyo combate contra el argentino Firpo en 1923 inspiró uno de los grandes textos de Cortázar sobre este deporte. En aquellos dos minutos eternos y aterradores Gallico aprendió que «así como el soldado nunca escucha la bala que lo mata, el boxeador también rara vez, si es que ocurre en alguna ocasión, ve el golpe que deja caer un manto de oscuridad sobre él, haciendo como si la tapa de los sesos le explotara y le arrebatara los sentidos». En el fondo, como en el Julio César de Shakespeare, cuando el cuchillo entra en silencio, con la carne desprevenida.
El boxeo también sedujo a tipos como Arthur Conan Doyle, Jack London —cuyo relato Por un bistec es obligatorio en cualquier antología— o Lord Byron, que se entrenaba semanalmente con el campeón británico John Jackson. El autor de Don Juan debía escuchar en cada sesión de entrenamiento la letanía de Jackson, que pronunciaba con la fe de un Padrenuestro una y otra vez: «Golpea a derecha, golpea a izquierda, quien no está contigo está contra ti», una máxima que también podía servir para la vida después del entrenamiento.
Byron había curtido sus días en este mundo a base de golpes. En la medida que daba, encajaba. La existencia, una vez destilada, no era más que un intercambio en el que, si eras suficientemente listo y cabrón, deseabas salir ganando. El escritor nunca renegaba de un esfuerzo físico, pese a su cojera. En uno de sus textos confesionales más sugerentes sobre la relación literatura-boxeo, escribe: «Ayer por la mañana boxeé de nuevo con Jackson y mañana voy a repetir la sesión […] Mis hombros y mis brazos están cansados, pero después del ejercicio estoy mejor dispuesto para el trabajo intelectual. Cuando el esfuerzo es frecuente, más fresco está mi espíritu el resto del día. No soy mal boxeador cuando puedo controlar mi sangre fría, y la práctica del pugilato me permite resaltar la parte etérea de mi persona. Hoy he boxeado una hora y he escrito una oda a Napoleón«.
John Jackson sembró el terreno para que años después irrumpieran en el escenario bestias como Jack Jackson, de hosco ataque, pionero de los campeones mundiales negros. Arthur Cravan, cuya vida mezcló caóticamente boxeo y poesía, elevó aquellos puños a historia de la literatura: «En la estela de Poe, Whitman y Emerson, Jackson es la mayor gloria de América. Si hubiera de darse aquí una revolución, lucharía para que se le entronizara rey de los Estados Unidos». En realidad, solo tuvo que aparecer Miles Davis para encumbrarlo. El disco A tribute to Jack Johnson es el resultado de un encargo para dar banda sonora a un documental sobre el primer campeón negro. Al final del disco se oye al actor Brocks Peters decir: «Soy Jack Johnson, campeón del mundo en peso pesado. Soy negro, nunca me dejaron olvidarlo. Soy negro, nunca dejaré que lo olviden».
Cravan contra Apollinaire

El 23 de febrero de 1916 tiene lugar en la plaza de toros de Barcelona el gran combate de Cravan. Hay media entrada en la Monumental y una bolsa para el ganador de 50.000 pesetas. Johnson comparece con un peso de 110 kilos, por 105 de Cravan. Se intuye la farsa desde las presentaciones. Un periódico de la época relató así el combate: «El negro se movía en torno al valiente muchacho como una gorda rata negra en torno a un queso de Holanda, haciéndose llamar al orden tres veces seguidas porque tres veces Big Jack dio una patada en el trasero al poeta-boxeador para descongelar un poco al sobrino de Oscar Wilde, y el negro le golpeaba las costillas dándole puñetazos, riéndose, animándole, riñéndole y, súbitamente encolerizado, Jack Johnson lo tumbó con un formidable bofetón en la oreja izquierda, un golpe digno de un matarife o un maleante, porque estaba más que harto. Cravan no se movió más. El árbitro contó los segundos. El gong anunció el final del combate». Jack Johnson decidió poner fin a la farsa en el sexto asalto, ante los abucheos del público catalán que protestaba vehementemente, invadiendo el ring, exigiendo que les devolvieran el dinero, saqueando la plaza, quemando las barreras. Después de cobrar su parte del premio, Arthur Cravan partió hacia Estados Unidos, en una travesía a bordo del Monserrat, donde conoció a León Trostky. Dos años después, desapareció de la faz de la tierra a bordo de su propia embarcación, en un guiño más o menos poético a su biografía.


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