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| Estatua de Frankestein en Ginebra |
Jesús Pardo
MI BURBUJA TEMPORAL
Nueva York y Ginebra, las dos ciudades contra las que reboté en esos años, son periféricas: de Londres la una y de París la otra. Y, para mí, idénticas, pues en ambas sufrí tormentas/tormentos, exiliado de mí mismo y de lo que entonces consideraba mi vida, y sin nada interior, propio, con que sustituirme a mí mismo y a mi vida.
Casi un año pasé en Ginebra: de septiembre de 1972 a julio del año siguiente. Yo vivía en una burbuja temporal en torno a la cual no había otra cosa que ginebrinos obsesos de relojes y dinero. Y a la mayor parte de los funcionarios, periodistas y parásitos del Palacio de las Naciones les pasaba lo mismo: extranjeros inasimilables, como yo; tanto volumen de atmósfera ginebrina desplazaban nuestras burbujas temporales juntas que el aire se volvía irrespirable de puro espeso.











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