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lunes, 17 de junio de 2024

Ivar da Coll y un encuentro entre dos mundos

 

Ivar da Coll


Ivar da Coll y un encuentro entre dos mundos


Luego de casi 40 años de darle vida a Chigüiro, uno de los personajes más queridos de la literatura infantil latinoamericana, el ilustrador y escritor bogotano viajó a las sabanas inundables de Casanare para conocer por primera vez al animal que inspiró su obra.


María Camila Peña

15 de junio de 2024


La única referencia que Ivar da Coll tuvo al crear su personaje Chigüiro fue una pequeña fotografía de los Llanos, que encontró en el archivo de la Biblioteca Nacional de Bogotá. Era 1985, internet aun no existía y, como ahora, poco se sabía sobre la biodiversidad de las sabanas de la Orinoquia. Esta imagen, sin embargo, fue suficiente en la mente del ilustrador y autor bogotano —de padre italiano y madre colombo-sueca— para imaginarse todo un universo en el que este tierno y peludo animal les enseñara a los pequeños, mediante las imágenes y expresiones como principal recurso, un mundo en el que la solidaridad existe entre los seres vivos.

lunes, 6 de diciembre de 2021

Los 6 colombianos nominados al Astrid Lindgren Memorial Award

Ivar Da Coll



Los 6 colombianos nominados 

al Astrid Lindgren Memorial Award

CRITERIO
22 de octubre de 2021

Autores, ilustradores y organizaciones promotoras de la lectura en Colombia podrían ganar el Astrid Lindgren Memorial Awarduno de los premios más importantes de literatura infantil y juvenil. El nombre del galardonado se conocerá en marzo. 

Cada año, desde 2003, el gobierno de Suecia premia con el Astrid Lindgren Memorial Award (ALMA) a una persona de todo el mundo que haya contribuido a promover la lectura infantil y juvenil. El afortunado puede ser un autor, un ilustrador o un promotor de lectura y desde entonces lo han ganado nombres como Katherine Paterson o Philip Pullman, y organizaciones como PRAESA, de Sudáfrica. 

Es, junto con el premio Hans Christian Andersen, uno de los galardones más importantes para la literatura infantil y juvenil en el mundo, por lo que estar nominado ya se considera un mérito muy grande.

Para la nueva edición del premio, cuyo ganador será anunciado en marzo de 2022, la organización publicó una lista de 282 nominados que vienen de 71 países diferentes. 6 de ellos son colombianos.

Entre los nominados nacionales al Astrid Lindgren Memorial Award hay dos autores muy reconocidos, un ilustrador y tres organizaciones que promueven la lectura. Estos son: 

Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas (autor)


Escritor nacido en Málaga (Santander), magister en Literatura por la Pontifica Universidad Javeriana y especialista en traducción por la Universidad de Pamplona. Escribe libros de cuento, libros álbum, novelas y obras de teatro enfocadas a un público infantil y juvenil. Algunas veces incluso hace las ilustraciones de sus propios libros. También ha escrito libros para adultos y tiene, en su haber, más de 50 libros publicados. Ha ganado el Premio Enka de Literatura Infantil, el premio Nacional de Literatura, el Premio Nacional de Dramaturgia para la Niñez y estuvo nominado al Premio Hans Christian Andersen en 2018.


miércoles, 6 de abril de 2016

La literatura infantil colombiana se abre camino

Ilustración de Rodez






La literatura infantil colombiana 

se abre camino

Los libros para niños "made in Colombia" suben varios escalones
en el reconocimiento internacional. Se destaca, sobre todo,
su originalidad en las historias y su calidad gráfica.


 Los libros infantiles dejaron de verse como un objeto de consumo escolar. Y se entendió que es tan importante el texto como la imagen.






“¿De qué sirve un libro sin imágenes?” se preguntaron hace más de 30 años los pioneros del libro infantil en Colombia, entre ellos los ilustradores Sergio Trujillo Magnenat, Sergio Jaramillo, Édgar Ródez y Alekos, así como los escritores Jairo Aníbal Niño, Triunfo Arciniegas, Yolanda Reyes y María Fornaguera, entre otros.
Estos artistas dejaron una huella creativa e inspiradora en las nuevas generaciones, que hoy multiplican reconocimientos por sus novedosas propuestas gráficas y narrativas. Un argumento más para ratificar que este género está atravesando lo que podría llamarse un nuevo boom. Las cifras lo confirman: según la Cámara Colombiana del Libro, mientras en 2006 se publicaban al año 61 títulos de este segmento, en 2015 esa cifra llegó a 853.
La última buena noticia del sector tuvo como protagonista a la editorial Tragaluz, que el próximo 4 de abril recibirá una mención de honor en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil de Bolonia –la más importante en el mundo en este segmento–, en la categoría Nuevos Horizontes del Premio Bolonia Ragazzi, por su libro Conquistadores en el Nuevo Mundo, escrito por Carlos Grassa e ilustrado por Pep Carrió (en 2014 la editorial Rey Naranjo ganó también en esta feria y en esta categoría con el libro La chica de polvo).


Ilustración de Alekos

Otra de las grandes noticias para este género literario es que la International Board on Books for Young People (IBBY), un catálogo bienal de libros para niños y jóvenes con sede en Suiza, resaltó este año a tres creadores colombianos: Amalia Satizábal, en la categoría ilustradora; María del Sol Peralta, en la de traducción; y Triunfo Arciniegas, en la de autor.
Estos talentos, seleccionados por Fundalectura, representan un híbrido entre la experiencia y la experimentación. El cuento de Satizábal, Ema y Juan, conquista a los lectores más pequeños porque narra con humor y en forma sencilla la historia de un perro y una gata que aprenden a convivir con sus diferencias. Según Janeth Chaparro, coordinadora del Centro de Documentación de Fundalectura, ese título seduce por su nivel gráfico. La obra, publicada en 2015, ilustra el impulso que los editores emergentes como GatoMalo le están dando a las historias narrativas y gráficas.   
Otro camino ha recorrido la traductora María del Sol Peralta, quien, desde su especialidad de pedagoga, le ha dado al universo infantil la posibilidad de narrar a través de nuevos lenguajes, como la música. Su trabajo, Versos de no sé qué (Panamericana), recoge la obra de seis poetas portugueses y nace, en parte, de las enseñanzas de los precursores de este género visibilizados por editoriales como Carlos Valencia.
“Ellos –dice Peralta– sirvieron de referente para autores y editores que se esfuerzan cada vez más por avivar las voces colombianas y fortalecer una estética que dialogue con las nuevas narrativas”. Y menciona nombres como Arciniegas y su trabajo Letras robadas (Océano Travesía): la historia de Clara, una niña “enamorada de las letras”. Arciniegas, autor de obras como Las batallas de Rosalino, reconoce la evolución y el crecimiento de este género en Colombia, y destaca especialmente el impulso que le han dado las editoriales independientes. “El panorama –dice– es ahora más rico y diverso, aunque no lo suficiente”.
Alejandra con pequeño sombrero
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Su mano derecha en Letras robadas fue la escritora e ilustradora Claudia Rueda, también nominada al premio Hans Christian Andersen 2016 –el Nobel de la literatura infantil– por su obra completa, entre la que se destaca No (2009), Dos ratones, Una rata y un queso (2009) y Todo es relativo (2011). 

“Aplaudo el trabajo de Claudia Rueda”, dice Jairo Buitrago, también autor de reconocidos libros infantiles como Eloísa y los bichos (2009) –un best seller– y El primer día (2010). Rueda, agrega, “es una ilustradora superimportante en el mundo.  Es de las pocas, por ejemplo, que publica con editoriales tradicionales de habla inglesa como Scholastic”.


Tanto Buitrago como Rueda representan una ola de artistas que se han abierto puertas a pulso en países como México y Estados Unidos. Sus obras, incluso, se han traducido a idiomas como el japonés, el coreano y el portugués.
Según María Osorio, editora de Babel, estos dos representantes de la literatura infantil colombiana han abandonado la publicación local y se han hecho más universales, lo que muestra el  esfuerzo individual de escritores e ilustradores por salir del país y cultivar su carrera afuera.
Podría hablarse del nuevo boom de un género que tuvo su época dorada en los ochenta, con obras como Chigüiro de Ivar da Coll; que hacia los años noventa vivió su época más difícil debido a que la escasa oferta editorial estaba concentrada en comercializar textos escolares y libros infantiles provenientes de España y Estados Unidos, principalmente.
Lo que favoreció el arranque de iniciativas independientes, en parte, fue la aplicación de proyectos y políticas que varias entidades públicas y privadas pusieron en marcha para impulsar la lectura en el país. Dos ejemplos: el Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas en 2004, y la Primera Feria del Libro Infantil en Bogotá en 2007.
Sin duda, el gobierno ha sido un impulsor. Enrique González, presidente de la Cámara Colombiana del Libro, dice que las compras de los gobiernos para nutrir las bibliotecas públicas y los planes de lectura son una “palanca” esencial para la industria editorial. “No sirve de nada un comercial para promover la lectura si no hay libros”.
En los países latinoamericanos las compras de los gobiernos representan, en promedio, el 45 por ciento de las ventas del sector editorial. En Colombia, calcula González, esa cifra no llega ni al 5 por ciento en el caso de la literatura para adultos, pero en la de niños y jóvenes llega al 10 por ciento. 

El camino no ha sido fácil. Una de las razones es que por mucho tiempo las grandes editoriales, como Norma y Alfaguara, dieron muy poca participación a talentos nacionales y privilegiaron libros-álbumes provenientes del extranjero (una excepción a esta tendencia es Nidos de papel, de Yolanda Reyes).

Ilustración de Ivar da Coll


En 2005 llegó el momento clave para el renacer de esta industria. Representantes del género empezaron a agruparse para impulsar sus creaciones y surgieron las primeras librerías especializadas, sobre todo, en textos ilustrados.

Una década después el escenario es completamente diferente: editoriales emergentes Rey Naranjo, GatoMalo, La Valija de Fuego, Laguna Libros, El Peregrino Ediciones y Tragaluz, entre otras, le han dado a las narraciones gráficas un lugar privilegiado. Muchas de sus publicaciones más conocidas son libros-álbum.
A diferencia de las editoriales grandes, estos equipos conformados por artistas y escritores conciben los libros más como objetos preciados y no como simples cartillas de consumo masivo. Y con esa filosofía han logrado abrirse un lugar en las ferias literarias. “Se le ha agregado un valor estético impresionante al género”, dice Isabel Calderón, directora de Comunicaciones de la librería Espantapájaros, especializada en literatura para la primera infancia.
Sin duda, evolucionó la industria de los libros infantiles y, al mismo tiempo, la manera en la que se conciben.
Las cifras, los reconocimientos, el surgimiento de nuevos autores demuestran que si bien Colombia no llega todavía a ser una potencia en la producción de libros para niños como lo es Chile, sí se han dado pasos de gigante en la última década. “Tener una mención en ferias como la de Bolonia, es una manera de abrir puertas, de que sepan que existimos y hacemos un trabajo de calidad”, dice Pilar Gutiérrez, directora de la editorial Tragaluz.
Y aunque todavía faltan esfuerzos (por ejemplo, que haya una mayor presencia de las propuestas colombianas en las ferias literarias más importantes del mundo), no es exagerado decir que la literatura infantil y juvenil está viviendo desde ya una nueva época dorada. 



sábado, 30 de marzo de 2013

Lina Vargas / Quién dijo que no se les podía hablar de eso


LIBROS PARA NIÑOS

¿Quién dijo que no se les podía hablar de eso?

Libros para niños

A propósito del Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil que se realizó en Bogotá del pasado 5 al 9 de marzo, Arcadia pregunta: ¿Cómo contar a los niños el dolor, lo difícil, lo triste, lo incomprensible? Por ejemplo, la misma guerra que vivimos.


Por Lina Vargas
Bogotá, 14 de marzo de 2013



Cuando uno lee La luna en los almendros o Los agujeros negros Camino a casa siente un golpe en el estómago. Es el mismo golpe que ocurre después de leer La metamorfosis o Anna Karenina o cualquier otra gran obra de la literatura universal.
El primero, La luna en los almendros, de Gerardo Meneses, es sobre un niño que vive en el campo con sus papás y su hermano Enrique. Un día, mientras los niños están en la escuela, ven bajar de la montaña a un grupo de hombres armados. Uno de ellos le pasa un papel a Enrique. Días después, el Ejército lo requisa, encuentra el papel y lo acusa a él y a su papá de ser guerrilleros. La familia, entonces, debe irse para otro pueblo. Los agujeros negros, de Yolanda Reyes, cuenta la historia de Juan, un niño que quiere saber por qué sus papás fueron asesinados cuando él era un bebé. La protagonista de Camino a casa, un libro-álbum con textos de Jairo Buitrago e ilustraciones de Rafael Yockteng, es una niña que le pide a un león que la acompañe hasta su casa y que, aunque se vaya, regrese cada vez que ella lo llame. Los tres son libros para niños y los tres hablan sobre el conflicto en Colombia. De poco sirve contarlos porque sería como decir que La metamorfosis es sobre un tipo que se cree insecto y Anna Karenina sobre una muchacha aburrida que termina suicidándose. Y la literatura, todos sabemos, está en otra parte. Incluso la literatura infantil.
¿Niños que leen sobre desplazamientos, asesinatos y desapariciones? ¿No se suponía que la niñez era la etapa de la inocencia? ¿Por qué no protegerlos ante el horror?
Resulta que al tiempo que el siglo XX era testigo de las luchas por los derechos de las mujeres, los negros y los homosexuales, otro grupo –de adultos– intentaba que los niños fueran reconocidos como personas. La exposición Los niños que fuimos. Huellas de la infancia en Colombia, organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, muestra cómo paradójicamente, mientras muchos niños colombianos de los siglos XIX y principios del XX eran abusados con castigos físicos, obligados a trabajar en el campo y en las ciudades y llevados a la guerra, había una tendencia a idealizar la infancia. Lo curioso es que durante el siglo XX los cambios en la manera de entender a los niños en áreas como la psicología, la pediatría y la pedagogía fueron simultáneos a las transformaciones de la literatura dirigida a ellos. “El niño era una proyección del adulto y la literatura se utilizaba para adoctrinarlo”, dice la escritora e investigadora de literatura infantil y juvenil Beatriz Helena Robledo. Fue solo hasta finales de los años ochenta, agrega la escritora Yolanda Reyes, cuando en Colombia hubo un reconocimiento de la literatura para niños como un campo para hablar de las emociones. “Y eso ?–dice Reyes– parte de la idea de que los niños son gente, no ositos de peluche a los que hay que edulcorarles la realidad”. En la Constitución del 91 los niños fueron reconocidos como sujetos de derechos. 



Para entonces, esa revolución ya marchaba en Europa donde, a la par que Primo Levi intentaba dar palabras al dolor sufrido en la Segunda Guerra Mundial, un grupo de escritores para niños se atrevía a hablar de las heridas de la guerra. De allí salieron Cuando Hitler robó el conejo rosa de la alemana Judith Kerr, ¡Vuela, abejorro! de la austriaca Christine Nöstlinger, Flon Flon yMusina de la francesa Elzbieta y Rosa Blanca del italiano Roberto Innocenti. Libros que dejaban atrás la idealización de la infancia para dar paso a una literatura en la que la realidad de los hechos se mezcla con la subjetividad de las emociones sin imponer mensajes moralizantes ni hacer concesiones. La mayoría de esos libros llegó a Colombia en la década del noventa de la mano de la editorial Alfaguara y fueron la lectura obligatoria de una primera generación de escritores para niños: Yolanda Reyes, Irene Vasco, Ivar Da Coll y Triunfo Arciniegas. 



Algo similar pasaba en Suramérica donde autores como el chileno Antonio Skármeta publicó La composición, sobre Pedro, un niño que vive en Santiago de Chile y un día ve cómo los militares se llevan preso al papá de uno de sus amigos. “Pedro ya había escuchado eso de ‘contra la dictadura’. Lo decía la radio por las noches, muchas veces. Pero no sabía muy bien qué quería decir”. “Papá, ¿tú estás en contra de la dictadura? –preguntó Pedro”. La respuesta, desde luego, no llega. Poco después un militar les pide a los niños del colegio de Pedro que hagan una composición con el tema “Lo que hace mi familia por las noches”. Pedro, que cada noche ve a sus papás escuchar la radio, hablar y en ocasiones llorar escribe que ellos juegan ajedrez. El libro de Skármeta lo confirma: los niños no son tontos. No hay temas vetados para ellos.



Las historias 

De acuerdo. Pero ¿cómo narrar esos temas? Igual que en la literatura para adultos, no hay una fórmula. O hay tantas como libros haya. Lo primero que habría que decir es que a pesar de hablar sobre la realidad colombiana, los libros para niños que tocan el conflicto son algo más que la cruda transcripción de los hechos. Los agujeros negros, por ejemplo, parte del asesinato de dos investigadores del Cinep en la Bogotá de los años setenta. El pequeño hijo de la pareja se salvó de morir porque su mamá lo escondió en un armario. La noticia salió en todos los periódicos, pero eso no era lo que le interesaba contar a Yolanda Reyes. “No hablé con un lenguaje inmediatista –dice Reyes. Al contrario, esa historia me sirvió para construir un símbolo sobre mi perplejidad y el dolor de los otros”.

Algo similar ocurre en Eloísa y los bichos de Buitrago y Yockteng, un bellísimo libro-álbum sobre una niña llamada Eloísa que llega a una ciudad donde todos son bichos raros. Podría decirse que es una historia sobre desplazamiento, pero es más que eso. Es un relato intimista sobre los miedos de una niña y sobre lo difícil que es adaptarse a un lugar nuevo.“Yo antes iba a otra escuela y tenía otros amigos”, recuerda Buitrago que le han dicho los niños cuando leen Eloísa y los bichos. 




También está El árbol triste de Triunfo Arciniegas, un libro de una sutileza casi onírica con ilustraciones de Diego Álvarez en la edición de SM, que cuenta la historia de tres pájaros que llegan al árbol de la casa de una niña. Se quedan tres meses y levantan vuelo. El árbol y la niña guardan la esperanza de que los pájaros vuelvan. Finalmente regresan despelucados y tristes. Entonces la niña y su papá ven por televisión que los pájaros vienen de un país que está en guerra. Los pájaros parten de nuevo, jamás vuelven y la guerra continúa.

El árbol triste es un buen ejemplo para mostrar que si bien no hay temas vedados en la literatura infantil, eso no quiere decir que cualquier tratamiento narrativo sea válido. Así como los contenidos son complejos el modo de contarlos también reta a los niños como lectores: giros en el tiempo, distintos narradores, metáforas, personajes contradictorios, finales abiertos, alusiones e inferencias. Mejor dicho, todo lo que debe tener un buen libro. A Pilar Osorio, especialista en literatura infantil, no le cabe duda de que un niño “sabe que hay algo en la página que la página no dice”.
En La luna en los almendros, el lector desconoce qué dice el papel por el que Enrique es acusado de ser guerrillero. Ante la pregunta de si un niño puede interpretar ese papel, Beatriz Helena Robledo dice: “Hoy estamos convencidos de que los niños tienen una capacidad de interpretación activa y de que interpretan a su manera como lo hace cualquier persona a partir de su experiencia y sus conocimientos. Un niño campesino, uno que vive en la calle y otro de una familia con recursos son tres lectores diferentes y seguramente interpretarán ese papel de forma distinta”.
María José López, Bibiana Carreño, Leila Patiño y Marta Celis son profesoras que asisten al Club de Lectura Infantil y Juvenil de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Las cuatro han leído libros sobre conflicto con sus alumnos. Muchos de ellos, víctimas del conflicto. “Yo tuve un niño de ocho años que vio matar a su papá cuando era pequeño –recuerda Celis. Cuando leímos La luna en los almendros, él se salió del salón y empezó a golpear todo”. Esa no es necesariamente una mala experiencia. “A través de la lectura los niños se acercan al profesor y cuentan sus historias. Es una forma de despertar emociones”, dice Patiño. Gerardo Meneses recuerda que en una visita al colegio de hijos de oficiales en Bogotá un niño le preguntó: “En su libro el Ejército es malo. ¿Qué pasa cuando es un papá soldado al que matan?". “Oye, el león es el papá”, le dijo a Bibiana Carreño su hijo de tres años después de leer Camino a casa.





Nombrar las cosas



Tengo miedo, el libro-álbum de Ivar Da Coll es ya un clásico. Para su más reciente edición publicada el año pasado por Babel, Da Coll hizo nuevas ilustraciones. Esta vez los monstruos no solo no dejan dormir al protagonista, sino que sacan a los animales de sus casas, se llevan a algunos para no regresarlos jamás y escupen fuego sobre pueblos enteros. “Los monstruos están permanentemente en nuestra vida –dice Da Coll–, se manifiestan con distintas formas: unas veces pertenecen a lo imaginativo y otras son equivalentes a monstruosidades que se dan en la realidad”. La ilustración de una fila de desplazados sin final, mamás cargando a sus hijos, hombres con colchones al hombro y niños con tapas de ollas en la mano mientras una especie de aparición los obliga a salir de su pueblo, quedará, sin duda, en el registro de las más impactantes de la literatura infantil colombiana.



El miedo es una constante en los libros para niños que hablan del conflicto. De los cerca de quince títulos que se han escrito sobre el tema en los últimos años, casi todos tienen en la primera página la palabra miedo. “Abue, tengo miedo”, dice Juan, el protagonista de Los agujeros negros. Lo mismo ocurre con los niños de La luna en los almendros que experimentan miedo ante todo lo desconocido: el río, una serpiente, los rayos, la violencia y la tristeza de su papá.



También hay miedo en No comas renacuajos de Francisco Montaña Ibáñez, quizás uno de los libros más desgarradores que se hayan publicado en Colombia, y en Paso a paso de Irene Vasco, una de las primeras escritoras colombianas en hablar a los niños de manera honesta sobre el secuestro. Y hay una elaborada mezcla de miedo, culpa y nostalgia en El mordisco de la medianoche de Francisco Leal Quevedo, sobre Mile, una niña que vive en una ranchería en La Guajira y una tarde, al volver del colegio, ve a unos hombres que están contrabandeando armas.


El miedo es una emoción estrechamente relacionada con la infancia, pero es también una forma de protegerse ante situaciones peligrosas. Y protegerse, en muchos casos, significa nombrar las cosas que causan horror. “El lenguaje es un lugar seguro porque tiene principio, medio y fin, sujeto y predicado que te ayudan a organizar el mundo –dice Reyes. Y creo que los niños necesitan poner cosas en lugares seguros”. 





La literatura infantil no debería servir para nada. No de la forma en que sirve una pastilla o un bloqueador solar o un tenedor. Es necesaria, en cambio, para que el lector cree referentes y nombre mundos imaginarios. Es necesaria también para ponerse en los zapatos del otro y sentir un dolor ajeno. Cualquier colombiano que haya crecido en el último siglo podrá recordar una frase que le decían cuando era niño: “De esas cosas no se habla”. Hoy sabemos que no es así, que un niño tiene el derecho a saber que la gente se muere, que en las guerras hay torturas y desapariciones y que en la vida también hay espacio para el horror. ¿Se confundirá? ¿Se hará preguntas cuando cierre el libro? Por supuesto. Sin embargo, que levante la mano el adulto que sea capaz de responderle a Juan, el protagonista de Los agujeros negros: ¿Quiénes son los malos?

http://www.revistaarcadia.com/impresa/periodismo/articulo/quien-dijo-no-podia-hablar-eso/31353