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viernes, 23 de febrero de 2018

Laeticia Hallyday / La mujer que ha dinamitado el legado del cantante


Johnny Hallyday y Laeticia


Laeticia Hallyday, la mujer que ha dinamitado el legado del cantante

Los dos hijos mayores de Johnny Hallyday acusan a su esposa de quedarse con todo el patrimonio del rockero francés


Silvia Ayuso
París, 16 de febrero de 2018

De ser la viuda de Francia, la esposa abnegada que lo dejó todo para cuidar hasta su muerte al roquero Johnny Hallyday, Laeticia Hallyday ha pasado en pocos días a ser retratada como la madrastra joven y ambiciosa que quiere quedarse con la inmensa fortuna de su marido a costa de los hijos que el cantante tuvo de relaciones anteriores. El detonante ha sido una dura carta pública escrita por la actriz Laura Smet, la hija de 34 años —solo ocho menos que la mujer de su padre— de Johnny Hallyday en la que denuncia que en el testamento de este tanto ella como su medio hermano mayor, David Hallyday, han sido completamente desheredados.Sin embargo, esta semana se supo que el cantante les hizo en vida importantes donaciones, motivo que estaría detrás de su última decisión. En cualquier caso que las relaciones entre la esposa del cantante y los hijos mayores de este no eran buenas se sabía. Aun así Francia, que hace solo dos meses despidió con honores de héroe nacional a su músico más icónico, asiste ahora atónita a una guerra de clanes digna del mejor culebrón y que amenaza con destruir la imagen del Elvis galo.
Francia lloró con Laeticia, una exmodelo de 42 años, cuando esta, en la madrugada del 6 de diciembre, anunciaba, rota de la emoción, que su marido durante dos décadas había muerto a los 74 años a causa del cáncer de pulmón que combatió durante el último año de su vida. Y se emocionó cuando la destrozada viuda acompañó el ataúd de su marido en su multitudinaria despedida en París y, después, en una ceremonia íntima en la isla antillana de San Bartolomé donde fue enterrado. Todo eran reconocimientos para una mujer que no se apartó ni un instante de su marido, especialmente en los peores momentos de la enfermedad de Hallyday, y que lo ayudó a continuar su amada carrera hasta casi el final, ocupándose a la par de sus negocios y del cuidado de las dos niñas adoptivas de la pareja. “La roca de Johnny”, la llamó la prensa francesa.


Johnny y Laeticia

La imagen sin embargo empieza a resquebrajarse. Y todo por el patrimonio. Unos cien millones de euros, según Les Echos. En juego están lujosas propiedades y los jugosos derechos de autor de un músico que en vida vendió más de 110 millones de discos y cuya muerte ha disparado las ventas, con un álbum póstumo a punto de salir a la calle. Otro motivo más de tensión, según la prensa francesa, porque Laeticia no contó con David Hallyday, músico como su padre, para este último proyecto

Johnny Hallyday y su mujer Laeticia en el desfile de Saint Laurent Menswear en 2016.  GETTY IMAGES



El diario Le Point reveló el jueves que las cosas no son tan blanco y negro como apuntan los hijos mayores de Hallyday. De acuerdo con la publicación, el cantante entregó a su hija desde 2004 5.000 euros mensuales y además la ayudó a adquirir dos apartamentos en un elegante barrio parisino. De igual modo, Hallyday le otorgó a su hijo su mitad de una vasta residencia que tenía con su exesposa Sylvie Vartan también en París y que hoy alcanza un valor de 20 millones de euros.
"Hace tiempo que se sabe que, en la galaxia Hallyday, hay enormes tensiones latentes que fueron soterradas estos últimos años en nombre de la sagrada unidad”, explicaba esta semana en la emisora RTL el biógrafo del cantante Éric Le Bourhis.
En el plano económico, los hijos mayores de Hallyday han resentido el absoluto control ejercido por Laeticia en los últimos años. Después de la primera crisis de salud que sufrió el cantante en 2009, sus negocios pasaron progresivamente a estar en manos de la familia de Laeticia. Las sociedades que gestionan sus interesas están oficialmente bajo control de la abuela de esta, Elyette Boudou, apodada “Mamie rock”, la abuela del rock.
Una situación que no hizo más que agravar las tensiones familiares que comenzaron nada más conocerse la relación de Hallyday con una joven francesa asentada en Estados Unidos llamada Laeticia. Cuando la pareja se casó, en 1996, Laeticia acababa de cumplir 21 años. Johnny tenía 53 y dos hijos de sendas relaciones anteriores. David, de 30 años, nacido de su primer matrimonio con la cantante Sylvie Vartan, y Laura, de 12, fruto de su relación con la actriz Nathalie Baye. Nunca hubo química entre la hija, marcada por el divorcio de sus padres cuando tenía dos años, y la joven nueva esposa. A Laura, “de niña, su padre le faltó. No tuvo una juventud fácil”, dijo a Le Parisien el productor Dominique Besnehard, padrino de la actriz, quien a lo largo de los años ha tenido problemas con el alcohol y las drogas. Por su parte, cita el diario otro antiguo colaborador del cantante, “Laeticia siempre tuvo celos de Laura”. Hasta el punto de que padre e hija se tenían que ver a escondidas, afirma el biógrafo Le Bourhis y confirmó la propia Laura Smet en su explosiva carta, en la que también acusa a Laeticia de no haberle permitido ver a su padre antes de morir, igual que su hermano David. Ambos se han unido ahora para luchar por lo que consideran que es suyo. La batalla promete ser larga, y fea.
EL PAÍS




Johnny Hallyday / Mick Jagger y él

Johnny Hallyday

Mick Jagger y él

Johnny Hallyday era el prototipo de 'rocker', el chaval de la calle en el que fijarse


Loquillo
El País, 6 de diciembre de 2017

Johnny era nosotros. Era el chaval de barrio que le gustaba Elvis Presley, que iba con sus discos. Era el chaval de la calle en el que fijarse. Era el prototipo de rocker. No era un músico de rock, era un rocker que hacía música. Ni Buddy Holly ni Gene Vicent eran rockers comparados con él. Participaba de una cultura que tenía asimilada y te la transmitía de una forma que te hacía sentir que pertenecías, que podías llegar a ser parte de algo. Para mí, cuando tenía 15 años, ya era un espejo. Elvis era un músico, pero Johnny era un rocker. Así lo creo. Es un tipo que descubrió a Jimi Hendrix en Ibiza, que grabó antes que los Beatles y los Rolling Stones, que vendió más entradas que los Rolling Stones y los Who y que cantó en español y convirtió su canción en un hit.Era un personaje arrasador.
Hace un par de días ya nos enteramos que Johnny había sido ingresado y estábamos prevenidos, pero es una pérdida irreparable. Es el artista europeo más importante del rock and roll, junto con Bruno Lomas y Adriano Celentano. Ellos son los pioneros de todo esto. Hizo posible que el rock and roll rompiera fronteras y se convirtiera en un lenguaje universal. Tienes que pensar en Celentano, Cliff Richards y, por supuesto, en Johnny Hallyday para saber que el rock and roll era una visión de la vida.
Cuando lo pienso, me doy cuenta que era mi ADN. Sin él no serían posibles mis canciones como Rock and roll actitud o Johnny et Sylvie. Tuve la suerte de conocerle en Francia. Era exactamente como yo creía que iba a ser. Era un tipo de verdad. Paseé con él por París, grabé canciones y nos hicimos regalos. Me regaló sus gafas para que se las diera a mi hijo. Yo le regalé un anillo de platino con el dibujo del pájaro loco. Me enseñó algo muy importante: a cambiar el chip y a madurar. Cuando le vi en 2003 en un concierto en el Parque de los Príncipes, había cuatro generaciones de fans compartiendo su pasión por Johnny. Eso fue una lección de cómo gestionar una carrera.
Francia ahora está en estado de shock porque se ha quedado huérfana. Johnny era más importante que un presidente de la República. Es muy fuerte decir esto, pero es así. Llevaba con él toda una actitud de vida. Su forma de cantar, de actuar, de sufrir por sus fracasos amorosos, de vivir… Era puro romanticismo de fin de siglo. Le dieron dos veces por muerto, pero no murió. Una de las veces, acabó llamando al presidente para decirle que él no se moría aún, que qué mierda iba a morirse aún con todos los conciertos que quería dar. Eso es grandeza. También lo era verle escoltado por las calles por la policía y querer darles esquinazo solo porque quería divertirse. O dejar su coche aparcado enfrente del restaurante Maxim’s, cuando estaba prohibido, porque él podía hacerlo. Esto es ser una leyenda.
En España no se sabe de la importancia y el valor de Hallyday. En este país se ha despreciado la cultura del rock europea. Cuando su figura era un emblema en Francia, con sus últimos años grabando grandes discos y consiguiendo números uno, no nos enteramos en España. No llegó nada. Recuerdo un concierto que dio en el Liceu de Barcelona no hace mucho y nadie se enteraba de lo que significaba. Daba lecciones de rock en un escenario, pero aquí nos dejamos llevar por los que hacen postureo. Encima, hoy en la radio he oído que le han comparado con Manolo Escobar. ¿En serio? No tienen ni puta idea. Es un desprecio absoluto a Hallyday y al rock europeo. Para la generación de los sesenta, para Los Sírex, Los Salvajes, Bruno Lomas… Johnny era Dios.
Lo más triste de su muerte es una verdad: el rock and roll como cultura se acaba. Es un goteo que sufrimos periódicamente. Fue muy duro el fallecimiento de David Bowie, pero aún más el de Johnny. Era un chico barrial, un hijo de las calles. Era uno de los originales. Pongo al mismo nivel a Johnny que a Bruce Springsteen. Es demoledor. Ahora se pueden ver a muchas bandas que reproducen lo que se hizo antes, pero los originales y los auténticos se van. Es la norma. Johnny representaba una etapa importantísima de la cultura pop en Europa. Siempre me decía: “Loco, solo quedamos Mick Jagger y yo”. Y es verdad.
EL PAÍS


miércoles, 21 de febrero de 2018

De donde son los cantantes / La impúdica vida de Jonhny Hallyday



La impúdica vida de Johnny Hallyday

Llega 'A toda tralla', la primera biografía española del gigante que dominó el pop francés durante más de medio siglo







El cantante francés Johnny Hallyday, en septiembre de 1960. ROGER VIOLLET/CORDON PRESS
En la madrugada del 5 de diciembre, el donostiarra Felipe Cabrerizo ponía punto final a su biografía de Johnny Hallyday. Antes de apagar el ordenador, echó una mirada a las últimas noticias de France Presse. Le golpearon las tres palabras que iban a despertar al país vecino: “Johnny est mort”. Le despedirían un millón de parisinos, tras una ceremonia a la que acudieron los tres últimos presidentes de la V República. Se le ofreció un lugar en el Panteón de hombres ilustres, entre pensadores y héroes de la resistencia, pero había elegido ser enterrado en San Bartolomé, una isla de ultramar, siguiendo tal vez el ejemplo de Jacques Brel, que reposa en su rincón de Polinesia. De su voluntad de imbricarse en la gran tradición de la chanson francesa hablaremos luego.


Johnny Hallyday - Que Je T'aime

Cabrerizo iniciaba una carrera frenética para poner su recién terminado tomo (Johnny Hallyday. A toda tralla, Expediciones Solares) en los puntos de venta, antes de que se extinguieran los ecos del fallecimiento. En lo que llevamos de siglo, no se ha visto tal conmoción social por la muerte de un cantante, pero estamos ante un fenómeno exclusivamente francés (o francófono, seamos exactos). Johnny cuenta con una enorme bibliografía pero, piensa Cabrerizo, el suyo es el primer libro en otra lengua.
Ciertamente, no encontrarán una figura equivalente en todo el planeta. Un vocalista que no componía, que navegó por todas las modas, que presumía de tipo duro pero triunfó a lo grande con baladas. Excepto por patinazos puntuales, estuvo en la cresta de la ola desde 1960. Su magnetismo creció en vez de disminuir: en las últimas décadas, ofrecía tandas de conciertos en el Palacio de Bercy (19.000 espectadores), el Parque de los Príncipes (50.000) y recintos aún mayores.
Entraba en juego más que la música, evidentemente. Se palpaba la identificación de buena parte de Francia con este divo grandullón que tuvo una infancia de folletín, alejado de sus padres, (mal) educado en el circuito de las variedades, tocado por el rayo del rock & roll gracias a una película de Elvis. Y no olviden la coyuntura: surge en la segunda mitad de los llamados 30 Años Gloriosos, cuando el desarrollo económico borra la pesadilla de las guerras coloniales, el terrorismo en la metrópoli, la amenaza del golpismo militar.
El baby boom se tradujo en una explosión de la cultura juvenil, que en Francia engendró el yeyé. Aunque encuadrado en el movimiento Salut les Copains, Johnny se situaba por encima de aquella tropa gracias a la gravedad de su repertorio y su agilidad para asimilar tendencias: en 1961 ya grababa en Londres con los mejores mercenarios locales, al año siguiente estaba en Nashvile, trabajando en el legendario estudio de Owen Bradley.
Atención: Johnny reforzaba su credibilidad tocando la túnica de estrellas foráneas. Cierto que fichó como telonero a Jimi Hendrix cuando el guitarrista acababa de aterrizar en Londres, puede que sea verdad que “intimó” con la novia de Keith Richards, asegura que el Bob Dylan de 1966 se alojó unos días en su casa de París “pero no me dirigía la palabra cuando nos cruzábamos por los pasillos”. Uno ya se volvía incrédulo cuando aseguraba que Otis Redding quiso grabar con él y se siente un poco de vergüenza ajena cuando alardeaba de topetazos alcohólicos con Janis Joplin o Jim Morrison.
La verdad: Johnny iba de turista por la contracultura. Cuando ocurrieron los disturbios de Mayo del 68, acudió de espectador en su Rolls Royce blanco; espantado ante la violencia, salió pitando hacia la Costa Azul. Más adelante, ya no tendría que fingir. Patrick Eudeline, famoso crítico musical, logró una audiencia informal con su adorado Johnny: le preguntó quién era el artista vivo que más le impresionaba. Se le cayeron los palos del sombrajo cuando le respondió que…Elton John.
No, Hallyday no ejercía de hipster: lo suyo era pillar ideas impactantes, aptas para ser recicladas. Para su estreno de 1998 en el Estadio de France (90.000 personas), quiere representar una famosa escena de Apocalypse now, aquel enjambre de helicópteros en formación de ataque mientras suena la “Cabalgata de las valquirias”; solo le permiten un aparato, que finge depositarle en la cubierta del estadio. En realidad, se trata de un extra; las imágenes de Hallyday descolgándose habían sido previamente grabadas.
El modus operandi de Johnny era comercialmente impecable: cuando se acabó el filón de hacer versiones de hits foráneos, contrató a compositores eficaces -Michel Berger, Jean-Jacques Goldman, Pascal Obispo- que proporcionaban densidad emocional a su personaje. A continuación, montaba espectáculos apabullantes, que enlataba en CD y DVD. Todo se consumía con voracidad.
Franceses de varias generaciones simpatizaban con ese chico de la calle, hecho a sí mismo, insumiso ante las convenciones morales. Para compensar, debía enfatizar sus desdichas. La suya fue una vida al desnudo, prevista para que los medios amplificaran sus amores y divorcios, las broncas callejeras y las estancias en Urgencias, los accidentes automovilísticos y los problemas con la cocaína, las peleas con Hacienda y los conflictos con David (el hijo que tuvo con Sylvie Vartan).
A pesar de semejante carga, los cineastas intuyeron su plasticidad. Hizo memorables papeles en películas de Claude Lelouch. Jean-Luc Godard, Patrice Laconte, Costa-Gavras. Y todo sin renegar de la imagen de rocker, aunque su música derivara hacia el pop convencional. En los últimos tiempos, se acostumbró a despedir sus shows con clásicos imperecederos de la chanson, como “Non, je ne regrette rien” o “Et maintenant”. Por si alguien no se había dado cuenta, recordaba que era hijo de la Piaf, sobrino de Becaud, alumno de Aznavour. Francés hasta la médula.
EL PAÍS



miércoles, 6 de diciembre de 2017

Requiem pour un fou / Johnny Hallyday ha muerto

Johnny Hallyday

Johnny Hallyday ha muerto


Cantante. Falleció el 6 de diciembre de 2017 en París


El icónico cantante Johnny Hallyday, conocido como el Elvis francés, ha muerto esta madrugada en París a los 74 años de edad, víctima de un cáncer de pulmón

Johnny Hallyday
Requiem pour un fou


Hallyday, nacido en París el 15 de junio de 1943, de padre belga y madre francesa, fue un auténtico fenómeno de masas que publicó un centenar de discos a lo largo de una carrera de 57 años en la que muchas de sus canciones alcanzaron grandes éxitos

El padre del rock and roll francés y del twist, ganó 18 discos de platino desde que en 1960 publicó su primer sencillo y su primer álbum, titulado, 'Hello Johnny'. Entre sus temas de rock and roll figuran títulos como 'Rester vivant', 'O Carole' o 'Noir c'est noir', la versión francesa del 'Black is black' de Los Bravos.
En sus conciertos no faltaba nunca 'Requiem pour un fou', uno de sus himnos, o la lírica 'J'ai pleuré sur ma guitare', o canciones rockeras como 'Au Café de l'Avenir', 'Oh! ma jolie Sarah' entre otras.

INFOESQUELAS






viernes, 4 de abril de 2003

Jean Rochefort cambia su destino en un 'western' de Leconte


Jean Rochefort cambia su destino en un 'western' de Leconte

El actor protagoniza, con el cantante Johnny Hallyday, 'El hombre del tren'


OCTAVI MARTI
París 4 ABR 2003


El actor francés Jean Rochefort ha rodado más de ochenta filmes, con directores como Luis Buñuel o Robert Altman, por ejemplo, pero también a las órdenes de compatriotas de cuyos equipos es casi un habitual, como es el caso de Bertrand Tavernier, Philippe de Brocca o Patrice Leconte. Con este último ha trabajado en cinco oportunidades, la última de ellas en El hombre del tren.
"No siempre le digo que sí a Patrice. Todo depende del guión, y en este caso el de Claude Klotz era muy bueno. Con él existe una relación de amistad casi familiar, como si fuésemos primos y de niños hubiésemos pasado juntos varias vacaciones. No siempre estamos dispuestos a embarcarnos juntos en una aventura, pero cuando lo hacemos es siempre con placer", explica Rochefort con su proverbial elegancia verbal. "No crea, hablar con precisión y riqueza es una característica que algunos asocian con el amaneramiento. Esta mañana un periodista ruso no ha cesado de interrogarme sobre mi relación homosexual con Johnny Hallyday hasta que me he levantado y le he besado en la boca".




A Rochefort le encanta resolver los embrollos aumentando el caos. Forma parte de su peculiar sentido del humor. En El hombre del tren, Leconte puede explotarlo a fondo. "Claro. Mi personaje es el de un profesor de Literatura que lleva toda la vida viviendo en su ciudad de provincias natal y en la misma casa familiar. Nunca ha cesado de soñar con una vida aventurera y un día el azar hace que ésa irrumpa en su domicilio a través de un gánster en decadencia, Johnny, que sólo piensa en abandonar las pistolas para calzarse unas pantuflas y descansar sentado ante el fuego de la chimenea". Son destinos que se cruzan, personalidades que se intercambian, admiración por quienes habitan en un mundo e imaginan otro radicalmente opuesto. "El gran mérito de Patrice es haber sabido estilizar la historia, convertirla en un western a base de depurar la trama y la imagen hasta dejarla justo en lo imprescindible. Sabe crear lirismo con muy pocos elementos, darle trascendencia a lo cotidiano". Eso queda muy bien explicado desde la llegada de Johnny Hallyday al pueblo: todas las tiendas cierran a su paso, no vemos a nadie, pero también cuando Rochefort decide enfrentarse con los gamberros locales en el bar, de pronto metamorfoseado en saloon. "La idea de filmarlo todo en scope y de iluminar los lugares con focos rasantes, crepusculares, contribuye a darle a la historia el tono adecuado".
Una vez más, Leconte obliga a Rochefort a cortarse el pelo. "Y lo mejor es que en este caso no hay una razón real para ello, como sí la había en Ridicule. Nadie está a salvo; La maté porque era mía, El marido de la peluquera o Cómicos en apuros.Patrice envidia mi fama de seductor heterosexual y piensa que cortándome el pelo, como Sansón, voy a perder mi potencia. Se equivoca", dice muy serio, pero escapándosele la risa por los ojos cuando ve a un colega japonés que anota su respuesta sin darse cuenta de que a él también le divierte tomar el pelo a los periodistas. "En la filmografía de Patrice, normalmente las películas complicadas, con muchos actores y localizaciones, van precedidas y seguidas de otras mucho más intimistas. Lo cierto es que se maneja muy bien en los dos casos, es alguien que rueda con mucha seguridad, que te hace sentir cómodo en el plató. Eso, para mí, que he vivido la experiencia traumática del Quijote de Terry Gilliam, durante un rodaje en el que creí morir y en el que descubrí que muchos querían que realmente muriese para que la compañía de seguros pagase todos los problemas derivados de la anulación del proyecto, esa comodidad es muy importante".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003