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lunes, 8 de junio de 2020

Marc Behm / OSLO






Marc Behm 

OSLO 



    Ella lo estaba esperando en el aparcamiento. Se había quitado su espantoso disfraz de soldado Hessian y vestía una gabardina encima de un suéter y una falda. Era el suéter que había comprado en Filadelfia.
    —Querían que me quedase otra hora más. —Se quitó las gafas y las metió en el bolso—. Les dije que tenía que ver a mi hermano.
    —Nunca lo había visto tan lleno. —La condujo hasta el Porsche—. ¿A qué se debe?
    —Es el día D. Esta noche va a haber algo grande en el War Memorial Building.
    Subieron con el coche por West State. Podía sentir su cálido ardor junto a él. Se forzó a no pensar en ella. Tenía miedo de venirse abajo otra vez.
    —Duke Foote estaba cenando ahí —le comentó él—. ¿Lo vio?
    —Sí. —Se puso rígida—. Lo vi.
    Sintió que un temblor le recorría el cuerpo. ¡Estupendo! A pesar de todo, aún reaccionaba. A lo mejor sus instintos de supervivencia no están tan deprimidos.

Marc Behm / El abismo








Marc Behm 

EL ABISMO 



    Viajó por Louisiana, Mississippi, Alabama, Georgia y Carolina del Norte, soltando un par de miles en cada parada en clubes de juego y mesas de póker entre bastidores y, de vez en cuando, en hipódromos. ¿Cuánto dinero le quedaba? El Ojo no estaba seguro. ¿Cuánto le quedaba de cualquier cosa? ¿Cuánto ánimo y energía? ¿Cuánto aguante? Él observaba espantado mientras el abismo se abría ante ella.
    Se le averió el coche en Burnsville, N. C., y repararlo costó cuatrocientos dólares. Se quedó en la ciudad de Linville intentando su vieja travesura del autostop en el Blue Ridge Parkway; simplemente no funcionó. El primer día se quedó en la cuneta de la autopista durante tres horas. Pasaron cientos de coches. Ninguno paró. Comió en un café de camioneros, luego, por la tarde, regresó a la carretera y se quedó allí hasta las nueve moviendo el dedo gordo como una autómata.
    El segundo día llovió. Un gorila que llevaba un Alfa la recogió, la condujo a un descampado cerca de Deep Sap e intentó violarla. Consiguió librarse de él sólo con un ojo morado y una lentilla perdida y anduvo bajo el azote de la tormenta hasta Bloming Rock, donde tenía aparcado su coche. Se pasó una semana en cama con gripe, leyendo Homeward, Angel, de Thomas Wolfe.

Marc Behm / Becky Yamassee




Marc Behm 

BECKY YAMASEEE



     Joanna atravesó en coche el oeste de Kentucky hacia el Green River. En Rockport estaba lloviendo, se salió patinando de la carretera y se dio contra una valla. En realidad no pasó nada, pero finalmente se vio forzada a hacer algo con su miopía: se puso lentillas.
    La oficina de correos de Rockport le proporcionó al Ojo un póster federal de ella; hasta ahora no se había percatado de cuán buscada era. Su retrato robot era casi un facsímil exacto de su cara. Faltaba la franja de su nariz, pero el resto de sus facciones eran de una similitud perfecta. Se la identificaba como Ella Dory, alias señora de Jerome Vight, alias Mary Linda Kane, alias señora de Rex Hollander, alias Ada Larkin. ¡Ada Larkin! Eso de veras lo sobresaltó. Significaba que le habían seguido la pista hasta Miami. ¿Cómo? Los muy bastardos, probablemente habían comprobado las listas de pasajeros de todos los vuelos que salían de Savannah el día que fue cobrado el cheque de cuarenta y cinco mil dólares de Hollander. Tenía que reconocerlo, los follamadres… eran verdaderamente eficientes. ¿Descubrirían ahora sus identidades de Roxane Devorak y Victoria Chandler, y le seguirían la pista a Michigan, Filadelfia y Saint Louis? No, no veía cómo podían hacerlo. Y sin embargo…

domingo, 7 de junio de 2020

Marc Behm / La pera


Pera Heverth Musichever - Artelista.com
Pintura de Heverth Musichever

Marc Behm 

LA PERA



      El Ojo la siguió afuera. Se fue caminando por la acera con la cabeza gacha, el abrigo colgándole de un hombro. Él fue tras ella, casi a su lado.
    Estaba oscureciendo. Las farolas de la calle estaban encendidas, los regueros de apresurados compradores se empujaban a su alrededor. Hacía frío, estaba húmedo y resbaladizo, era una noche de postal navideña, adornada con guirnaldas y luces de color, el clamor de las campanas y los cláxones de los coches, resplandeciente de escaparates dorados que brillaban en la nieve. Y ella estaba justo enfrente, tan sólo a unos centímetros, con las mejillas encendidas, la respiración empañada. Su cagoule de lana brillante de copos de nieve. Se puso el visón. Él alargó la mano, lo sujetó por el cuello mientras ella deslizaba sus brazos por las mangas. No se dio cuenta. Estaba llorando.

Marc Behm / Un hombre bueno

fondonegro: Pareja en un Bar
Témpera sobre cartón, 2017
Manuel Martín Morgado
Marc Behm 

UN HOMBRE BUENO



       Nunca supo cómo se llamaba; todo sucedió y acabó demasiado rápido.
    Pasearon por las calles sin rumbo fijo, y se metieron en un bar donde se pasaron el resto de la tarde sentados, bebiendo grogs.
    —Sí, he estado haciendo viajes rápidos por todo el país —le dijo ella—, durante meses y meses.
    —Tienes suerte de poder viajar —comentó el hombre—. Yo simplemente no tengo tiempo.
    Tenía unos cincuenta años, calmado y serio. Un hombre bueno, resultaba claro, alguien que nunca era cruel o malicioso.
    —Pero me gustaría descansar un tiempo. —Encendió un Gitanes, se recostó, miró la habitación en penumbra a su alrededor—. Aquí.
    —¿Y por qué no? Fila es una ciudad agradable. Creo que te gustaría.
    —Alquilar una casa y sólo dormir y… —Se tocó el medallón de plata—. Estoy tan cansada…
    —Yo podría ayudarte a encontrar una casa. Eso no es ningún problema.
    —Eso no es ningún problema, no —se rió ella—. El problema es…
    —¿Qué?

Marc Behm / El tiburón y la serpiente




Marc Behm 

EL TIBUBÓN 

Y LA SERPIENTE



       El Ojo estaba sentado en la playa, tras el casco destripado de un bote de remos, observándolos a través de sus prismáticos. Se encontraba en el punto central de una W entra las dos calas. El Cariddi estaba anclado en la ensenada de la izquierda, a medio kilómetro de la costa. Jerry se acuclillaba en la cubierta de delante, con un sombrero de paja, bebiendo una lata de zumo de naranja.
    Durante los últimos días, habían ido allí cada tarde a buscar el destructor americano que se suponía estaba hundido en algún lugar del fondo de la bahía de Keneoke.
    Joanna salió a la superficie, subió por la escalerilla. Estaba desnuda de cintura para arriba, y llevaba unos tejanos cortados a la altura de los muslos. Se quitó las gafas de buceo y se sentó en la proa.

Paco Ignacio Taibo II / Marc Behm



MARC BEHM
Paco Ignacio Taibo II

La preparación de Etiqueta Negra significó un año de lecturas y más lecturas, negociación de contratos, revisión de traducciones, interminables conversaciones con Silverio Cañada sobre diseños y campañas de promoción y lanzamientos. Cuando salimos a la calle en el 87 teníamos cerca de 50 títulos preparados. 

Allí estaban Westlake y Jim Thompson, Chester Himes y Manchette, Ross Thomas, David Goodis, Van de Wetering, Julián Ibáñez y Juan Madrid. Pero sobre todos estaba el número 15, La mirada del observador de Marc Behm. 

La jungla de asfalto / La mirada del observador / Dos negras clásicas

Todo lo que necesitas saber sobre el trabajo de detective privado ...

Dos negras clásicas

"La jungla de asfalto"
W.R. Burnett

"La mirada del observador"
Marc Behm


Modestino
3 de enero de 2011



En la web de la Librería "Negra y Criminal" existe un apartado titulado "Imprescindibles" donde aparecen aquellas novelas que según el criterio de sus administradores son en la materia "lo mejor de lo mejor"; como me fío de Paco Camarasa y Montse, he puesto dicha lista entre mis aspiraciones lectoras. Algunos de ellos ya han entrado en la nómina de mis libros leídos -"La dama de blanco", "El asesinato de Rogelio Ackroyd", "Los sótanos del Majestic", "La voz del violín", "Un día volveré", "Roseanna", "Thotal Kheops", ...- y los otros espero vayan cayendo poco a poco. En los últimos dos meses del 2010 han pasado por mis manos -y mis ojos- dos de estas novelas negras imprescindibles, y a fe que puedo asegurar que son bien negras; una de ellas bien antigua, mientras la segunda es bastante posterior en el tiempo, pues fue escrita dos años después. No se parecen demasiado, pero las dos reunen los caracteres de estar ambientadas en unos escenarios notoriamente "negros" y haber sido escritas con enorme acierto. Estoy hablando de "La jungla de asfalto", de W.R. Burnett y "La mirada del observador", de Mac Behm.

sábado, 6 de junio de 2020

Marc Behm / Trío

lesbian art | this girl
Marc Behm 

TRÍO



   Pasó el resto de la noche en un motel, registrada como señorita Valerie Anderson. Por la mañana vendió el MG en un establecimiento de coches usados en Alameda. El Ojo también se deshizo del Rabbit allí.
    Cogió un taxi para el aeropuerto y voló a Boisa, Idaho.
    Se pasó dos meses en Sun Valley. Su nuevo nombre era Ella Dory.
    El Ojo, liado en un anorak de piel y una bufanda, se sentaba mañana y tarde tiritando en la terraza del hotel con sus prismáticos, observándola esquiar; por la noche iba al Igloo, una taberna de la zona turística, y la miraba bailar. Ella sólo hizo amistad con un hombre. Y su encuentro casi le costó al Ojo un ataque de apoplejía.
    Una noche mientras entraba en el Igloo, ella surgió de repente frente a él, saliendo de la pista.
    —Desearía que dejaras de perseguirme —dijo ella—. De veras.
    Él se quedó petrificado.

Marc Behm / Mujer dormida


Picasso Sleeping woman. Meditation 1904
Sleeping woman / Meditation, 1904
Acuarela y tinta sobre papel
Museo de Arte Moderno,  Nueva York

Marc Behm 

MUJER DORMIDA



    Fue a Los Gratos y a San José. A Palo Alto, a Redwood City y a San Mateo. Fue a todas partes mostrando ampliaciones de las fotografías de la Minolta a los recepcionistas de hotel, doncellas, conductores de autobuses, camareras, mecánicos de gasolineras, barmans, taxistas, peluqueros, mozos de estación y chicos repartidores de periódicos.
    Volvió a Beverly Hills, y la casa seguía vacía, con un cartel de «Se alquila» clavado en el césped. Telefoneó a Ted Forbes, haciéndose pasar por un antiguo compañero de colegio de Charlotte Vincent de Nueva Jersey, y le preguntó si tenía su dirección.
    —No, no la tengo —le contestó Ted—. Charlotte se marchó hace meses a Los Ángeles. En marzo. Desde entonces no la hemos visto.
    —¿Y cómo puedo localizarla?
    —No tengo ni la más remota idea. Lo siento.

Marc Behm / El día que cantó el sinsonte



Marc Behm 

EL DÍA QUE CANTÓ EL SINSONTE 



    En abril, cuando las pérdidas de Joanna-Leonor en la mesa de dados ascendieron a seis mil doscientos dólares, ella regresó a Los Ángeles.
    Había una manifestación en el aeropuerto cuando aterrizó el avión. Un destacamento de hombres y mujeres con caretas antigás invadió la pista agitando pancartas en las que se leía: ¡ABAJO LOS REACTORES! ¡PELIGRO, NO RESPIRAR! ¡ES UN GAS! ¡SALVAD EL MEDIO AMBIENTE! La policía contraatacó. El Ojo perdió su sombrero en la reyerta. Media decena de personas fueron arrojadas de la rampa y transportadas al hospital en una escuadra de ambulancias. Joanna-Leonor fue machacada contra una pared; el traje se le desgarró y tenía sangre en el brazo. Un doctor del aeropuerto la vendó.
    Ella reclamó el MG y fue al norte por la costa. Pasó la noche en Santa Mónica y al día siguiente viró tierra adentro. Pasó por Paso Robles, Coalinga, Harford y Selma. A las afueras de Fresno paró en un hospital clínico al borde de la carretera y se hizo cambiar la venda.

viernes, 5 de junio de 2020

Marc Behm / Conversación con la doctora Darras



Ilustración de Triunfo Arciniegas


Marc Behm 

CONVERSACIÓN CON LA DOCTORA DARRAS 


1



    El Ojo condujo en dirección a Norwich y echó un vistazo a la Granja Penitenciaria de Mujeres. Era un pueblo inmaculado con edificios blancos, con varios kilómetros cuadrados de bosque y prados. Chicas en sayal verde conducían tractores y marchaban alrededor, acarreando palas al hombro. Vistas de lejos, parecían soldados.
    Un guardia de la verja telefoneó a la administración, y unos minutos más tarde un carcelero salió conduciendo un jeep para hablar con el Ojo. Se llamaba Guilianello.
    —De la revista Time. —El Ojo le dio una de sus tarjetas falsas—. Me gustaría entrevistar a su psiquiatra.
    —¿El psiquiatra? —Guilianello le miró con asombro.
    —¿Tenéis uno, no?
    —Sí, señor. El doctor Brockhurst.
    —Estamos haciendo un reportaje sobre psicología en las cárceles. Yo me ocupo de la detención de mujeres en el estado de Nueva York.

Marc Behm / Un hombre ciego no es difícil de matar

Marc Behm 

UN HOMBRE CIEGO NO ES DIFÍCIL DE MATAR

1



    Se sentó en un bar del aeropuerto, desnuda bajo el visón; releyó Hamlet y bebió una copa de Gaston Lagrange. Subrayó con un rotulador rojo:
    Hay una divinidad que labra nuestros destinos
    Estaba sola en el bar, a excepción de un hombre sentado en una mesa junto a la esquina.
    —¿Qué hora es? —preguntó. Ella no se molestó en contestarle—. ¿Qué hora es, por favor?
    Había un reloj en la pared justo encima de ellos. Ella se lo señaló con el dedo.
    —Usted perdone, ¿me podría decir la hora?
    —Las diez cuarenta.
    —Gracias.

Marc Behm / El hombre del traje beige




Marc Behm 

EL HOMBRE 

DEL TRAJE BEIGE



    Siguió a Dafne a la Calle 57.
    La siguió al Park Lane, justo tras el hombre del traje beige y la camisa hawaiana.
    —¿Su nombre es Dafne Henry?
    —Sí.
    —Soy el sargento Sheen, departamento de policía de Nueva York.
    —¿En qué puedo servirle?
    —Dejó caer esto. —Le enseñó el medallón de plata.
    —Eso no es mío.
    —Sí lo es.
    —¿Quién le ha dado la llave de mi cuarto?
    —El tipo de abajo. Dice que es usted de Iola, Kansas.
    —Así es.

jueves, 4 de junio de 2020

Marc Behm / Muchachas en la piscina


Hammam o el reino de los cuerpos desnudos - Tubqal Marruecos

Marc Behm 

MUCHACHAS 

EN LA PISCINA



Ella y cinco o seis chicas más se agotaban en el gimnasio del club todas las mañanas, tres días a la semana. Dos de ellas eran hijas de papá, sin nada más que hacer. Las otras eran actrices y modelos.
    Al mediodía se bañaban desnudas en la piscina del ático. Una mañana el Ojo le dio al portero del edificio adyacente diez dólares para poderlas observar a través de una claraboya. Luego, en una cafetería en la Primera Avenida, oyó a dos hombres hablar de ella.
    —Creo que es una lesbiana machorra, apuesto a que se lo hace con Ditty cuando nos marchamos.
    —Es imposible. Una vez la toqué bajo el agua y no hubo ninguna respuesta.
    —Esos ojos que tiene me asustan un huevo.
    —Adoro su culo. Es que es perfecto.
    —El otro día me miró y me mareé.
    —Me pregunto cómo se lo hará.
    —Yo tuve un gato con ojos como ésos. Una auténtica bestezuela despreciable.
    —Si tuviera su culo, sacaría cuatro grandes a la semana.
    —Ese visón que lleva le debe de haber costado cuatro de los grandes.
    —Se lo pregunté. Me dijo que lo compró en el oeste prácticamente por nada.

Marc Behm / "Las bodas siempre me ponen paranoica"




Marc Behm 

"LAS BODAS SIEMPRE ME PONEN PARANOICA" 


Se llamaba Brice.
    Entró al aparcamiento del hospital de San Juan y se quedó esperándole junto a su coche, un Triumph blanco en una plaza privada, señalada con un
Reservado para el Dr. James Brice.
    Al Ojo le entró pánico. ¡Seguramente iban a ir en coche a algún sitio y él no tenía vehículo! Había una parada de taxis en Windfall Lane, y un taxi solitario junto al bordillo. Enseñó con ostentación su insignia falsa al conductor, le dio un billete de diez dólares y le dijo que lo esperase.
    Regresó al aparcamiento. Eve aún seguía sola, apoyada contra el Triumph, fumando un Gitanes, una mano en la cadera.
    Pero ya no era Eve. Había cambiado otra vez. Su exuberancia y su sonrisa abierta, su nerviosa energía y suficiencia habían desaparecido. Ahora era lánguida, seria, mágica, mediterránea… cretense… no, más del este… chipriota, del Eufrates, parta… una vestal en bata azul, en un templo lleno de humo, rindiendo culto a los cocodrilos. Dentro de un momento contemplaría el interior de una vasija de baba de bruja y lo vería, de pie, tras ella.

Marc Behm / La novia de Paul


Marc Behm 

LA NOVIA DE PAUL


1


    La mesa del Ojo estaba situada en una esquina junto a la ventana. Su único cajón contenía sus útiles de coser, su maquinilla de afeitar, sus plumas y lápices, su 45, dos cargadores, una revista de crucigramas, su pasaporte, un tubo de pegamento, una botellita sin abrir de Old Smuggler, y una fotografía de su hija.
    La ventana daba a un aparcamiento situado dos plantas más abajo. En la oficina había otras once mesas. Eran las nueve y media.
    Se estaba cosiendo un botón de la chaqueta y observaba el aparcamiento, donde un tipo mayor, vestido con un mono, estaba desvalijando un Toyota amarillo. El bastardo parecía tener llaves de todos los coches, y ya había saqueado un Monza V8, un Citroen DS y un Mustang II. Cogió un cartón de cigarrillos del Toyota amarillo y volvió a cerrar la puerta con llave. Nadie podía verle desde la calle porque iba a gatas. Correteó hacia un Jaguar XJ6C.

Marc Behm / El deseo y la perversión

Marc Behm

Marc Behm

El deseo y la perversión

La fascinación con la narrativa de Marc Behm, autor de The Eye of the Beholder, aflora y desaparece por temporadas. Pero siempre habrá algún adepto que resucita su prosa

MARIO SZICHMAN
13 de marzo de 2018
No existe una traducción literal al español de The Eye of the Beholder. Una posible versión es: “Todo depende del color del cristal con que se mira”. Por ejemplo la frase: “Depending on the eye of the beholder, a bath of hot water may be half-full or half-empty” se traduce como “Según el color del cristal con que se mire, una bañera de agua caliente puede estar medio llena o medio vacía”.
El problema es que algo se pierde de la versión en inglés. Pues Eye, ojo, significa también detective, a raíz de la famosa agencia Pinkerton, que antes de consagrar sus energías a la tarea de investigar adúlteros por encargo de sus cónyuges, además de una variada gama de malhechores, fue contratada por empresarios y se concentró en la cacería de sindicalistas y “rojos”. El logo de Pinkerton era justamente un ojo avizor, acompañado del lema: “We never sleep,” nunca dormimos.
Desde el título, The Eye of the Beholder, la obra maestra del novelista norteamericano Marc Behm, sumerge al lector en una trama que no tiene antecedentes ni consecuentes en la narrativa estadounidense … a excepción de otra novela del mismo autor: Afraid to Death, que es una imagen especular de The Eye of the Beholder.

Marc Behm / La mirada del observador / Reseña




«LA MIRADA DEL OBSERVADOR»: MARC BEHM

Lorena Lacaille
18 de noviembre de 2017 
Marc Behm nunca fue amigo de la fama, por lo que su obra apenas ha tenido seguidores salvo un reducido grupo de aficionados que han elevado su trabajo no ya a la irritante condición de culto, sino como un autor de referencia con el que disfrutar de sus constantes e inteligentes reinterpretaciones genéricas. Guionista y escritor, su muerte el pasado 12 de julio en Fort Mahon-Plaguet, Francia, ha cogido por sorpresa a los lectores que cayeron bajo su influjo tras devorar (literalmente) casi todos sus libros, la mayoría de ellos publicados en España, aunque difíciles de conseguir por estar descatalogados.

domingo, 31 de mayo de 2020

Marc Behm / 'La mirada del observador' / Una novela maldita


Detalle de la portada de la edición de RBA-

Una novela maldita, una obra de arte del gran ‘outsider’ de la novela negra

Ignorado por el gran público, Marc Behm creó en 'La mirada del observador' una obra única


Juan Carlos Galindo
17 de noviembre de 2017

La novela negra es un territorio perfecto para malditismos y leyendas. En una sociedad en la que se mata por un ratito de fama, estas historias no dejan de sorprender. Francia tiene que ver con dos de los mejores ejemplos. Jean Claude Izzo es uno de ellos.
El otro es un actor estadounidense que tras participar en el desembarco de Normandía se enamora de una enfermera francesa, se casa con ella, abandona su carrera interpretativa y tiene siete hijos. Guionista de prestigio, vive de colaborar en producciones de la talla de Charada o Help y no publica su primera novela hasta los 52 años. Un hombre que cuando era ignorado en Estados Unidos e Inglaterra no paraba de ganar adeptos en Francia gracias a la Série Noire de Gallimard.
Hablamos de Marc Behm (Trenton, New Jersey, 1925 – Fort-Mahon-Plage, Francia, 2007). Creador de un buen puñado de cuentos desasosegantes de los luego hablaremos o de la extraña Of The Wall, Behm es sobre todo conocido por la novela The Eye of the Beholder. Publicada por primera vez en España en la colección Etiqueta Negra en 1987, ahora se puede encontrar con el título La mirada del observador en la edición con la que la Serie Negra de RBA tuvo el acierto de rescatarla en 2011 (traducción de Beatriz Pottecher).