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viernes, 22 de julio de 2011

Tess Gallagher / Un largo adiós a Raymond Carver


HISTORIA DE UN LARGO ADIOS
Epílogo de Si me necesitas, llámame
Por TESS GALLAGHER

"Ya se ha acabado", escribí a un amigo en el año que duró la empresa de publicar cinco nuevos relatos recién descubiertos de Raymond Carver. Como poeta, en esa frase quisiera percibir un matiz de plenitud, de perfección. Pero lo cierto es que nunca más volveremos a oír esa voz extraordinaria, cuya clara resonancia e implacable honradez hizo que sus relatos se tradujeran a veinte lenguas a todo lo largo y ancho del mundo.
Tras la muerte de Ray, cuando su traductor japonés, el espléndido novelista Haruki Murakami, vino a verme con su mujer, Yoko, me confió que sentía tan dentro de sí la presencia de Carver que le horrorizaba terminar la edición de sus obras completas. Ahora comprendo la mezcla de júbilo y tristeza que debía de sentir.
Este trabajo me ha procurado la especial alegría de volver a oír una voz que ya parecía fuera de este mundo, de asistir a su inesperada reaparición después de que se hubiera cerrado el telón. Si hoy se descubriera un baúl de manuscritos de Kafka o de Chéjov, todo el mundo se precipitaría a ver su contenido. Y es que somos así: curiosos y nostálgicos, nos dejamos dominar por los familiares fantasmas de quienes admiramos en la literatura y en la vida.
Aun siendo distintas, estas obras recién descubiertas guardan una estrecha relación con las que Ray publicó en vida. Y eso tiene un valor inestimable, porque cuando se ama a un escritor nunca nos cansamos de leerlo, queremos conocer absolutamente todo lo que ha escrito: lo trascendente, lo inesperado e incluso lo inacabado. Sabemos apreciarlo. El valor de estas obras no sólo radica en su conjunto, sino también en los pequeños detalles: la estructura de la frase y la sintaxis, los personajes nuevos o familiares, el desarrollo línea a línea de la narración.
El hallazgo de estos relatos se produjo en momentos diferentes y en distintos lugares. El primero fue en 1999 en Ridge House, la casa de Port Angeles, en Washington, donde Ray y yo vivimos hasta su muerte Mi amigo Jay Woodruff, uno de los jefes de redacción de Esquire me prestó entonces una gran ayuda. El segundo descubrimiento se produjo en el verano de aquel mismo año, citando William L. Stull y su mujer, Maureen P. Carroll, especialistas en Carver, fueron a la biblioteca de la Universidad de Ohio a consultar la Colección William Charvat de Narrativa Norteamericana. Allí, mientras examinaban una caja de manuscritos, se encontraron con dos relatos sin publicar. Me llamaron entusiasmados, el día de mi cumpleaños, para comunicarme la noticia.
Poco después de la muerte de Ray, cuando escribía la introducción de Un sendero nuevo a la cascada, encontré unas carpetas que contenían relatos inéditos mecanografiados y borradores manuscritos. Por entonces no estaba segura de que estuviesen terminados ni de que, en ese caso, mereciese la pena publicarlos. Consideraba que antes de pensar en publicar obras inéditas, primero había que poner al alcance de los lectores todo lo que Ray había querido ver publicado. Me llevó nueve años concluir esa tarea con la aparición de los poemas completos de Ray en All Of Us (Harvill, 1996; Knopf, 1998).
Tras la prematura muerte de Ray a los cincuenta años, en 1988, a consecuencia de un cáncer de pulmón, tuve una infinidad de cosas que hacer. Preparé la edición británica y americana de tres libros suyos; concluí el texto de Carver Country, un volumen de fotografías de Bob Adelman asesoré a Robert Altman en su película Short Cuts, basada en nueve relatos ya publicados; y participé en la realización de tres documentales sobre Ray. Casi todo ello sin dejar de dar clase lejos de casa. Y, además, me las arreglé para escribir tres libros de poemas, un libro de relatos y una serie de ensayos.
A comienzos de 1998, cuando se aproximaba el décimo aniversario de la muerte de Ray, Jay Woodruff me llamó para decirme que le gustaría hacerle un homenaje publicando algo suyo en Esquire "Hay unas carpetas en su mesa", le dije. "No sé si contienen textos completos ni si valen la pena. Pero les echaré una mirada cuando tenga tiempo". Creo que Jay comprendió mi vacilación. De todos modos, contestó: "Tess, cuando te decidas a examinar esas cosas, me gustaría ir a darte una mano".
Jay era exactamente la persona cuya aparición había estado esperando. Respetaba mi trabajo, le encantaba la obra de Ray y sabía cómo preparar un texto para su publicación. Además, como escritor y redactor jefe de una revista, era capaz de apreciar enseguida el valor de un relato. En marzo de 1999 fue a Seattle en avión y luego, después de tres horas de coche y transbordador, llegó a Port Angeles. Al día siguiente, desde las nueve de la mañana a las once de la noche, examinamos cuidadosamente los cajones de la mesa de Ray. Leímos el contenido de las carpetas, lo etiquetamos y fotocopiamos y, finalmente, realizamos una selección. Fue una operación serena, íntima, cargada de resoluciones. Tras la lectura, estaba claro que había tres relatos excelentes. La perspectiva de hacer justicia a aquellos relatos inéditos compensaba con creces el terror que sentía a dejar concluida la obra de Ray. Parecía especialmente adecuado que en aquel descubrimiento participase Esquire, revista en la que, un amplio público lector conoció los relatos de Ray a principios de los años setenta.
Jay se encargó de descifrar y transcribir fielmente la apretada caligrafía de Ray. Uno de los borradores era un manuscrito, los demás estaban escritos a máquina con correcciones a mano. Lejos de encontrar aburrida la tarea, Jay la acometió con gran vigor intelectual. Como me había pasado once años descifrando la caligrafía de Ray, verifiqué las transcripciones de Jay cotejándolas palabra por palabra con el original y rellenando algunos huecos que habían quedado. Eramos conscientes de que en ocasiones Ray revisaba un relato hasta treinta veces. Aquellos los guardó mucho antes de llegar a eso. (En los últimos meses de su vida, Ray abandonó el relato para dedicarse a la poesía y a lo que sería su último libro, Un sendero nuevo a la cascada). Sin embargo, sólo requirieron un mínimo de correcciones. Se armonizaron los nombres de personajes y ciudades, de manera que Dotty no se convirtiera en Dolores a la página siguiente ni Eureka en Arcata. Los desenlaces, en los que Ray siempre trabajaba con mayor ahínco, se encontraban, en algunos casos, en el mismo estado en que se deja una comida cuando suena el teléfono. Mantuvimos la resonancia de esos últimos momentos, dejando que el relato se apagara poco a poco.
Ray había escrito varios relatos de hombres que tratan de empezar de nuevo, sobre todo en "Desde donde llamo". En “Leña” el primero de los relatos inéditos que se publicaron en Esquire el protagonista parte toda la carga de un camión de leña con la esperanza de que le ayude a superar el alcoholismo y la ruptura de su matrimonio. El personaje también es escritor, y en sus vagos intentos de volver a escribir hay un eco conmovedor de los primeros tiempos de nuestra vida en común. Era en 1979, en El Paso, y Ray intentaba escribir de nuevo después de pasar diez años presa del alcoholismo.
De los cinco relatos inéditos, "Sueños" es mi preferido; y también el de jay. En él, una mujer cuyo matrimonio se ha deshecho pierde a sus dos hijos en un incendio. El relato parecía tender un puente en nuestra vida entre Siracusa (donde Ray y yo, como la pareja del relato, dormíamos en el sótano para evitar el calor de agosto) y el Noroeste (donde estalló un incendio en nuestra calle, aunque sin causar víctimas). Reconocí el eco de “Parece una tontería", en el que también muere un niño. En ambos casos admiraba la audacia de Ray al tratar un tema que fácilmente podía haber derivado hacia el sentimentalismo. En "Sueños", los detalles se van escapando poco a poco, como el humo de una chimenea. La acción se desenvuelve en una especie de claroscuro: nada se distingue con precisión hasta que la escena se ilumina de pronto. La vida ha maltratado de tal modo a esos personajes que cualquiera puede reconocerse en ellos.
Los dos relatos que descubrieron Bill y Maureen se remontan a principios de los años ochenta, y ambos tratan de la ruptura de un matrimonio. Uno de ellos, "Si me necesitas, llámame", anticipa una imagen central del relato "Caballos en la niebla" y del poema "Noche con niebla y caballos». En esas tres obras hay unos caballos que surgen misteriosamente entre la niebla en el momento de una fatídica separación. El otro, "¿Qué queréis ver?", parece primo hermano de "La casa de Chef”; en ambos, el marido y la mujer intentan salvar su matrimonio, pero sus heridas son tan profundas que acaban yéndose cada uno por su lado. La imagen final de la comida echada a perder recuerda a "Conservación", que sugería que las relaciones humanas, como los alimentos descongelados, son perecederas, y que a partir de cierto punto no pueden recuperarse.
Tras la publicación en revista de cuatro de los cinco relatos, volví a repasarlos con Gary Fiskejton, editor de Ray. En un momento dado nos dimos cuenta de que estábamos quitando las comas que antes habíamos introducido. Nos reímos y repetimos la cita de Ray según la cual cuando uno se sorprende quitando lo que acaba de poner es que el relato ya está terminado.
Aquí, en el Noroeste, solemos sacar barriles para recoger el agua de lluvia y aprovechar así algunas prodigalidades de la naturaleza. Los barriles de lluvia nos garantizan un amplío suministro de agua dulce, para lavarnos el pelo y regar las plantas. Este libro es como lluvia recogida en un barril, agua caída directamente del cielo. En él siempre encontraremos algo para refrescarnos y acercarnos de nuevo a la vida y obra de Raymond Carver.

Tess Gallagher
Ridge House
Port Angeles, Washington
Enero de 2000

jueves, 21 de julio de 2011

Raymond Carver según Tess Gallagher

Raymond Carver
Ilustración de Ruth Guilly
basada en una fotografía de Bob Adelman

RAYMOND CARVER
(1939 – 1988)
Por Tess Gallagher
Traducción de Jaime Priede

Han transcurrido más de veinte años desde que murió Raymond Carver. En este tiempo su viuda, Tess Gallagher, se ha dedicado a preservar la memoria de su marido. Preparó para el editor la versión definitiva de algunos libros (todo lo que Carver quiso ver publicado) y rescató textos de sus papeles. Si me necesitas, llámame, es resultado de estas búsquedas. El texto siguiente hace parte de Soul Barnacles (ten more years with Ray).

Tess Gallagher y Raymond Carver
Fotografía de Marion Ettlinger

Aunque no haya expresado de esa forma mi dolor por la pérdida de Ray, comprendo que Leonard Bernstein se metiera en la cama durante seis meses cuando su esposa murió de cáncer. De todas formas, en mi familia nadie habría podido darse ese gusto. Tienes que levantarte, hacer el esfuerzo de aparentar normalidad y cumplir con lo que te toca, sin que importe mucho cómo te sientes. Forma parte de la moral de la clase trabajadora, supongo. Y de ahí venimos Ray y yo. Ray me dijo una vez, hablando de la época anterior a nuestro encuentro, que nunca había tenido tiempo para caer en una depresión. La "voluntad de hierro" a la que se refiere en uno de sus poemas es necesaria para la creación y quizá se forje a base de "no tener más remedio que seguir adelante".
Ray y yo aprendimos juntos algo más. Aprendimos a seguir adelante con esperanza. Cuando unimos nuestras vidas hace casi once años en El Paso, Texas, empezábamos a recuperarnos tras haber cruzado un desierto de desesperanza. Entre ambos dejábamos atrás algo así como treinta años de fracaso matrimonial. Más tiempo del que tendríamos para reconstruir la confianza. Buscamos juntos un lugar en el que la confianza fuera nuestra segunda naturaleza y prometimos ayudarnos el uno al otro. Solíamos decirnos: "No me idealices, cariño. No me idealices". Y puedes creerme, para entonces ya habíamos vivido lo suficiente para saber de qué hablábamos.
Puede que sepas la historia. Ray había dejado el alcohol un año antes de irnos a vivir juntos. Se sentía perdido, tenía miedo de no volver a escribir. Se alejaba literalmente del teléfono cuando sonaba. Había tenido que declarase insolvente un par de veces. Aún recuerdo como alzó los ojos al ver mi tarjeta de crédito.  
Ahora me parece que entre los dos logramos que recuperara las ganas de divertirse y algo más, lo necesario para sentir un inmenso placer viendo disfrutar a los demás. Esto no había sido siempre así, desde luego. Tras su muerte he sido la depositaria de todos los recuerdos y las historias que la gente sabía de él. He leído cartas de amigos que le conocieron en el periodo al que luego se refería como "Raymond el Malo", época en la que era, como dijo un amigo escritor, "el hombre más triste que haya conocido nunca". Veinte años después ambos se volvieron a encontrar y su amigo quedó atónito ante semejante transformación.
Theodore Roethke escribió: "Las cosas buenas les pasan a los hombres felices", y yo tuve el privilegio de ver cómo Ray se convertía en un hombre feliz. Recuerdo a menudo lo contento que estaba por el mero hecho de sentirse vivo. Precisamente por eso, lamentaba tener que irse tan pronto. No hay por qué ocultarlo. Si hubiera sido solamente cuestión de voluntad, hoy estaría vivo.
Con todo, Ray, a cada nuevo giro de su enfermedad, se preguntaba qué podía hacer con el tiempo que le quedaba. Eligió trabajar y escribir sus poemas a pesar del pánico que le provocaba su tumor cerebral y más tarde, en junio, la reaparición del tumor en los pulmones. Su respuesta al duro golpe consistió en buscar algo bueno que celebrar y el diecisiete de junio nos casamos en Reno, Nevada. Fue una ceremonia muy carveriana en la pequeña iglesia que está frente al ayuntamiento. Después fuimos a jugar al Harrah`s Club y gané cada vez que me tocaba darle a la rueda. No podía dejar de ganar.
En los últimos días, Ray sabía que su relato estaba llegando al final: "Nos estamos saliendo de esta historia, cariño", me decía. Se consideraba afortunado por ser consciente de ello. Aún tuvo algo que celebrar cuando su publicó aquella primavera Desde donde llamo, su último libro de relatos. Hubo un breve interludio en el sufrimiento mental que le acarreaba su enfermedad y recibió de muy buen grado y lleno de agradecimiento las buenas críticas, el ingreso en la Academy American y el Institute of Arts and Letters, el doctorado en letras por la Universidad de Hartford y la Brandeis Medal for Excellence.
Me siento como si estuviera homenajeando desde la tristeza al artista y al hombre. También a esa particular entidad que fue nuestra relación y que propició la maravillosa alquimia de nuestras vidas, una luminosidad recíproca. Hay un término científico que lo define: mutualidad. Nos ayudamos, nos alimentamos, nos protegimos el uno al otro y, lo que es más importante, en el sentido que le da Rilke a la expresión, protegimos y guardamos la soledad del otro. Siempre nos estábamos preguntando: ¿Qué es lo que realmente importa?
Ray fue mi estímulo para escribir relatos y yo el suyo para sus relatos y sus poemas, poemas de los que logró extraer su propio equilibrio espiritual, porque en el momento de su muerte era, creo, uno de esos escasos seres purificados para quien, como dice Tolstoi, el amor es la única respuesta. Disfrutó cada día la seguridad y el confort con que yo le halagué. Como dijo Simone de Beauvoir a las feministas que le pedían explicaciones por la devoción que sentía por Sartre: "Es que me gusta trabajar en el jardín que está al lado del mío". Echaré de menos trabajar en ese jardín tan real y tan extraño, el jardín de Ray. Todo lo que yo haya hecho crecer en él me fue devuelto con el don de su interés por mi propio trabajo. Tras su muerte, sólo he encontrado consuelo ordenando su último libro. En casa echo de menos su encanto, su risa. También su inagotable generosidad, porque era, antes que ninguna otra cosa, mi mejor amigo.
Todo lo que puedas intuir sobre Raymond Carver, que era un hombre dispuesto a hacer las cosas de manera decente, correcta y generosa, es cierto. Puedo asegurártelo desde dentro. Él era así. Y logró ser así a pesar de llevar una vida bastante complicada. Sus problemas no se terminaron con aquella otra vida de chico malo, como puede comprobarse leyendo sus relatos y sus poemas.
Una de las partes de su último libro se abre con una cita de Robert Lowell: "Sin embargo, ¿por qué no decir qué sucedió?" Me parece que resume perfectamente la actitud vital y literaria de Ray. Se sentía culpable por "lo que había sucedido" y se ganó su redención (también la de alguno de nosotros) con su literatura.
Pocos días después de su muerte, entré en su estudio de Port Angeles, el estudio con el que siempre había soñado, con una chimenea y una vista del valle y las montañas con el mar al fondo, y me senté a su mesa durante un rato. Allí estaba sentada, sin más. Entonces me agaché y abrí un cajón. Dentro encontré una docena de carpetas llenas de ideas para futuros relatos que le habrían ocupado por lo menos hasta 2015. Me duele que no vayamos a tener oportunidad de leer esas historias. Pero no puedo sentirme triste por eso, debo pensar en lo mucho que fue capaz de darnos en tan poco tiempo. Debemos aceptar la suerte que eso supone para nosotros, porque además Ray se consideraba afortunado y estaba agradecido por ello, e hizo todo lo posible para mostrar su agradecimiento al mundo. Y lo logró.
Una semana después de su muerte, estaba con un amigo junto a la tumba de Ray contemplando el Estrecho de Juan de Fuca allá abajo, cuando mi amigo recordó una frase de Rilke: "Y estaba presente en todo lugar, como la hora del atardecer". Termino ya con el último fragmento escrito por Ray:

¿Y conseguiste lo que
querías de esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amada, sentirme
amado sobre la tierra.

NOTA DEL TRADUCTOR:
Publicado en Granta (otoño, 1988) e Incluido posteriormente en el volumen Soul Barnacles (Ten more years with Ray), The University of Michigan Press, 2000.


lunes, 5 de noviembre de 2007

Raymond Carver / Carver en claroscuros



Carver en claroscuros

Las dos esposas del escritor, Maryann Burk (Así fueron las cosas) y Tess Gallagher (Carver y yo), evocan su convivencia con él


El autor de Catedral murió en el verano de 1988 de un cáncer de pulmón. Raymond Carver se encontraba en pleno apogeo creativo, se había convertido para entonces en un escritor célebre y respetado y sus obras eran traducidas a una veintena de idiomas. Pero sus 50 años de vida no fueron pacíficos. Durante los primeros 40 hubo algún descenso a los infiernos. Luego vinieron los años "de propina", en los que llegó a ser feliz.
En estas dos vidas tuvo dos mujeres que ahora coinciden en publicar sendos libros sobre su convivencia con él. Y como suele ocurrir a menudo, la historia es muy distinta según quien la cuente. En Así fueron las cosas (Circe), su primera mujer, Maryann Burk Carver, recorre dos décadas junto a un escritor "oculto", que vive al límite y a menudo sumido en el alcohol. La situación cambió radicalmente cuando conoció a la también escritora Tess Gallagher, que cuenta el renacimiento del autor en Carver y yo (Bartleby).
Maryann Burk era una quinceañera que trabajaba de camarera en el bar de los padres de Carver. El día en el que él entró por la puerta, ella lo tuvo claro: "Cuando me miró, pensé con serena y firme certeza: me casaré con ese chico". A partir de ahí vivieron un noviazgo más o menos convencional. Por entonces, Carver se entusiasmaba hablándole de Burroughs. Un día le confesó a su novia: "Voy a ser escritor. Un escritor como Ernest Hemingway. En realidad, voy a ser un escritor tan grande que enloqueceré al mundo". Según Maryann, su infancia de niño gordo había influido en su personalidad y en sus valores. "Siempre simpatizaba con los desamparados y los afligidos. Sin embargo, consideraba importante que no le volvieran a llamar gordo".
Pasaron unos años de penuria económica, algunas alegrías e infidelidades. Sus vidas eran una road movie por un EE UU que vivía la vorágine del sueño americano. En 1976 publicó ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Para entonces, Carver había pasado por cuatro hospitalizaciones por alcoholismo.
El 2 de junio de 1977 deja de beber. Y empieza lo que él llamó su "segundo cumpleaños". Por esas mismas fechas conoce en una conferencia de escritores, en Dallas (Tejas), a la poeta Tess Gallagher, que ya nunca saldrá de su vida. Tendrían que pasar dos años para que Gallagher y él se fueran a vivir juntos.
El relato de Gallagher empieza con un viaje que ambos hicieron por Europa en abril de 1987 donde se encontraron con sus editores y amigos, como Richard Ford y Salman Rushdie. Pasan tardes sentados en la terraza de la Brasserie Lipp de París tomando un café y comiendo poco porque él no se encuentra bien. En septiembre de ese año le diagnostican un cáncer, que se complica. "Buscamos de forma instintiva a Chéjov para recuperar cierta estabilidad", cuenta ella. "Fue una época desconcertante, pero tomamos la decisión de no decirle a nadie que el cáncer se había reproducido para mantener la atención en lo que queríamos hacer". Entonces decidieron celebrar sus 11 años juntos casándose en Reno, Nevada. La boda fue lo que Ray llamó "un asunto francamente hortera". A los dos meses, el London Times tituló: "El Chéjov americano Raymond Carver muere a los 50 años".