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sábado, 11 de octubre de 2025

Jane Goodall y la biblioteca de los grandes monos

 



Jane Goodall y la biblioteca de los grandes monos: diez libros indispensables sobre nuestros parientes más cercanos

Una selección de títulos, ensayos y novelas, acerca de los simios para honrar la memoria de la gran y querida primatóloga desaparecida

Jane Goodall ya está donde quiera que vayan a parar los grandes expertos en monos cuando mueren. Yo la imagino en un lugar muy verde y húmedo de selva tropical haciéndose un sitio junto a Dian Fossey, la que llegó primero (la asesinaron en 1985, como recordarán, en el parque nacional de los gorilas en Ruanda con solo 53 años), Jordi Sabater Pi (1922-2009), que se pasó la vida tratando de marcar distancias con Copito de nieve a la manera de Frankenstein con su monstruo, o el tan añorado por su genial sentido del humor Frans de Waal (fallecido el año pasado a los 75 años), que nos explicaba cosas de los bonobos que nos hacían sonrojar y es de las pocas personas que podían decir que les había dado un beso con lengua un mono.

jueves, 12 de diciembre de 2024

William Boyd / “La fantasía es un género que ya no soporto”

William Boyd

Los libros de mi vida

William Boyd: “La fantasía es un género que ya no soporto”

El novelista explica por qué no puede leer a J. R. R. Tolkien, por qué está enganchado a Muriel Spark y obsesionado con James Joyce


William 
Viernes 1 de noviembre de 2024 10.00 GMT



Mi primer recuerdo de lectura
Nací en África occidental, en Ghana, en 1952. Tenía unos cinco años y leí El libro de la selva, de Rudyard Kipling, en una edición de gran formato y profusamente ilustrada.

jueves, 25 de abril de 2019

William Boyd / “El Brexit el ejemplo de la estupidez con la que se maneja el destino”

“El Brexit es el ejemplo de la estupidez con la que se maneja el destino”

William Boyd publica 'El amor es ciego', un recorrido por la vida ficticia de un afinador de pianos que nace en Escocia y sufre y vive por el mundo las vicisitudes de la condición humana

Juan Cruz
Madrid, 7 de abril de 2019





El escritor William Boyd, el sábado en su casa en el barrio londinense de Chelsea.
El escritor William Boyd, el sábado en su casa en el barrio londinense de Chelsea. CARMEN VALIÑO

William Boyd vive en una casa grande de Chelsea. Escribe en un cuarto en el que caben él, una mesa donde redacta a mano y otra donde pasa a limpio. Por el suelo están los libros que han de servirle para sus tres o cuatro “proyectos próximos”. En la mesa de escribir está todo lo que se puede saber de la CIA e Hispanoamérica, que es lo que ahora arde en su imaginación. Y ahora puede leerse en español El amor es ciego (Alfaguara, como todos los suyos), un recorrido por la vida ficticia de un afinador de pianos que nace en Escocia (como los padres de Boyd) y sufre y vive por el mundo las vicisitudes de la condición humana. En algún momento toca en la puerta de la desgracia, como el personaje de El extranjero de Albert Camus. En el salón donde hablamos hay otra colección de libros. Entre ellos los propios y los que escribió Ian Fleming, a partir de los cuales Boyd escribió Solo, la novela que le encargaron para proseguir la vida ficticia de James Bond.

viernes, 8 de enero de 2016

Secuelas / Con o sin permiso

Jean Rhys
Ilustración de Triunfo Arciniegas

Secuelas

CON O SIN PERMISO

MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO 25 JUL 2012 - 00:23 CET


Elizabeth Costello, protagonista de la ficción homónima de Coetzee (2003), había escrito en su juventud una novela con el punto de vista de la gribaltareña Molly Bloom, la infiel Penélope del Ulises joyceano. John Stoppard centró en dos personajes secundarios de Hamlet su drama existencial Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1966), en el que —justicia poética— el irresoluto príncipe de Dinamarca juega un papel muy marginal. Alonso Fernández de Avellaneda aprovechó el éxito apabullante de la primera parte del Quijote para continuar a su modo envidioso las aventuras del hidalgo, lo que obligó a su legítimo autor a modificar en la segunda parte el itinerario de su criatura inmortal.
Ancho mar de los Sargazos (1966), de Jean Rhys, es una precuela de Jane Eyre en la que se nos relata la existencia caribeña de quien, posteriormente, acabaría loca y casada con el señor Rochester (la verdad, no sé qué es peor). Alexandra Ripley logró cierta fama (y se hizo millonaria) gracias a Scarlett (1991), la insufrible secuela (autorizada) de Lo que el viento se llevó. Elizabeth Bennet, la sensata e independiente protagonista de Orgullo y prejuicio, ha reaparecido en numerosas narraciones posteriores; en algunas de las más recientes se ha mostrado como lesbiana, caníbal, asesina o zombi. Incluso la muy conservadora P. D. James la ha vuelto a resucitar, junto al resto de los personajes de la más célebre novela de Austen, para su thriller La muerte llega a Pemberley. James Bond, otro personaje muy secuelado (por Kingsely Amis, John Gardner, Sebastian Faulks o Jeffrey Deaver, entre otros,) volverá pronto de la mano de William Boyd, quien considera "una oportunidad magnífica" el ofrecimiento de los derechohabientes de Ian Fleming para que escriba una nueva aventura del mejor agente del MI6. No me extraña: hay mucha pasta de por medio y, además, Bond, un de los grandes iconos de la cultura popular, sigue siendo un personaje fascinante.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

William Boyd / Suave caricia / Reseña

William Boyd


Este libro nos acaricia

William Boyd seduce con una trama redonda escrita con solidez: la historia de una fotógrafa que recorre el siglo XX


JOSÉ MARÍA GUELBENZU
2 DIC 2015 - 18:04 COT







Oswald Mosley, en Londres en 1939.
Oswald Mosley, en Londres en 1939. POPPERFOTO (GETTY)

Ningún título más apropiado para esta novela, Suave caricia, porque eso es lo que siente el lector cuando la lee. ­William Boyd cuenta en ella la historia personal de Amory Clay, nacida al comienzo del siglo XX en una familia compuesta por el padre, un modesto autor teatral y hombre de letras que, tras la Primera Guerra Mundial, queda seriamente afectado y alejado de la familia; la madre, una mujer tradicional y de carácter, y los hermanos de Amory, Elizabeth y Xan. A diferencia de su hermana Elizabeth, que recibe estudios superiores de música, Amory, una vez que abandona el colegio, debe buscarse la vida y a ello la ayudará su tío Greville, un reputado fotógrafo de sociedad que le regala una cámara y la introduce en la revista BeauMonde.

domingo, 18 de mayo de 2014

Xavier Moret / Que vienen los ingleses

Ian McEwan, Christopher Hitchens y Martin Amis

¡Que vienen los ingleses!



Una visita a las librerías permite constatar que la rentrée literaria tiene este otoño un marcado acento inglés. La escuadra de autores del Reino Unido se ha permitido un desembarco fulgurante, con lo mejor de cada casa y con la visita a Barcelona, anunciada para las próximas semanas, de pesos pesados de la categoría de Julian Barnes, Martin Amis y Hanif Kureishi. O sea que no sólo podremos tener el placer de leer sus libros, sino que tendremos ocasión de asistir en directo a sus lecturas en el Instituto Británico. A este paso, se nos pondrá cara de ingleses y hasta es posible que sucumbamos a la tradición del te de las cinco. Julian Barnes, el más afrancesado de los autores ingleses, tiene una de esas obras amplias y variadas que se degustan siempre con placer, con parada especial en su superéxito El loro de Flaubert. Nos trae ahora Inglaterra, Inglaterra, obra que desde el mismísimo título puede calificarse de muy inglesa. Se trata de una divertida novela en la que un millonario excéntrico se permite recrear en la isla de Wight una reproducción de lo más emblemático de Inglaterra. Aunque esta visión cómico-futurista pueda parecer absolutamente desmadrada, no hay más que irse a Las Vegas para darse cuenta de que, una vez más, la realidad supera la ficción. En la ciudad más kitsch de Estados Unidos ya hay hoteles que reproducen en medio del desierto de Nevada los canales de Venecia, la torre Eiffel y las pirámides de Egipto. La locura global, en definitiva, y siempre a mayor gloria de los casinos y del dólar. Ian McEwan, de la cosecha de 1948 y autor de novelas como El inocente y Los perros negros, publica ahora Amsterdam, una obra avalada por el prestigioso Premio Booker. McEwan está en forma y lo demuestra con esta sátira social en la que sabe mezclar perfectamente lo negro y lo cómico, algo que siempre se le ha dado bien. Martin Amis, un valor sólido que lleva años en primera fila y que ha sobrevivido a toda clase de polémicas, nos trae los relatos de Mar gruesa, publicados en buena parte en revistas norteamericanas. Amis demuestra ser un maestro también en este terreno. El siguiente en la lista es Hanif Kureishi, que como autor de Mi hermosa lavandería y El buda de los suburbios se ganó ya un buen club de lectores. En su nueva novela, Intimidad, Kureishi riza el rizo y pone su intimidad en primer plano, con la crónica de una separación de un escritor que se parece mucho a él. Graham Swift, último de los desembarcados y autor de la inolvidable El país del agua, novela en Fuera de este mundo el horror de la guerra, con un atentado del IRA como punto de partida y con un fotógrafo en la primera línea de una visión en teoría objetiva. Los cinco autores, en conjunto, componen un grupo generacional variado y de calidad. Podríamos añadir otros seis nombres -por ejemplo, William Boyd, Kazuo Ishiguro, Salman Rushdie, Timothy Mo y Jonathan Coe- y ya tendríamos un equipo titular inglés capaz de desafiar a cualquier selección nacional. En el grupo hay de todo: tradición, toques afrancesados, rastros de Oxford, influencia norteamericana y restos del imperio británico sabiamente asimilados por autores de origen chino, paquistaní o japonés. Desde España hemos visto otros intentos similares de desembarco generacional -de autores italianos, sin ir más lejos- que se han desinflado con el tiempo.Los ingleses, en cambio, siguen siendo un valor sólido y variado. ¿Cuál es la fórmula? Éste es el secreto por el que pagaría una fortuna cualquier editor. Los responsables de la cultura oficial de por aquí han intentado crear de un modo artificial generaciones literarias de calidad, pero me temo que la cosa no ha funcionado. Y es que no es nada fácil. Los ingleses, de hecho, surgieron por generación espontánea cuando todo el mundo daba por hecho que la literatura inglesa ya estaba acabada y que lo que se llevaba era la norteamericana. Quizá ésta sea la fórmula: jugar al despiste, proclamar que el país no da para más y empezar desde cero a asimilar los restos de una decadencia para dejar que cada escritor haga su vida sin interferencias oficiales. Sólo entonces, cuando ya se pueda formar una selección vistosilla surgida de modo espontáneo, será el momento de que los organismos oficiales se atribuyan el mérito. Antes no, no vayan a estropearlo todo.



domingo, 23 de febrero de 2014

Patricia Tubella / Mi nombre es Boyd, William Boyd


Mi nombre es Boyd, William Boyd

El escritor escocés firma la nueva versión literaria del agente 007 de Ian Fleming

'Solo’, que ha recibido buenas críticas en Reino Unido, llegará a España en octubre


William Boyd ha escrito 'Solo', el libro que celebra los 60 años de la serie literaria sobre 007. / U. ANDERSENr
Más allá del icono cinematográfico, de ese agente infalible que aplica su licencia para matar con la frialdad de un estilete, el James Bond creado por Ian Fleming es un individuo complejo, con sus contradicciones y errores, incluso de lágrima fácil. “Un hombre real”, según la disección de William Boyd, el último de una nómina de escritores que, desde la muerte del autor original, han perpetuado la serie de novelas de 007, cuyo primer libro se publicó hace 60 años. El agente al servicio de Su Majestad ha regresado esta semana a las librerías británicas con una nueva aventura titulada Solo (el libro llegará el 16 de octubre a España, editado por Alfaguara) en la que, si bien no faltan los elementos más reconocibles de la marca, Boyd ha querido “dejar de lado el Bond de las películas para centrarme en el literario”.
Solo nos traslada al Londres de 1969, cuando los servicios secretos británicos encomiendan al ya veterano 007 una misión en África que acabará operando un giro inesperado. Lo que en principio era un trabajo profesional, uno más, se convierte en cuestión personal y en una venganza. La trama arranca con un tono mucho más lúdico, en una habitación del legendario hotel londinense The Dorchester, donde Bond ha decidido regalarse una noche para festejar su 45 cumpleaños. En palabras de Boyd, Bond es un sensualista entregado a los placeres del buen comer —en el relato se detalla sus opíparos desayunos, almuerzos y cenas—, de los buenos vinos, además del famoso Martini, del tabaco y las mujeres.


William Boyd, escocés aunque nacido en Ghana (1952), es el tercer autor (tras Sebastian Faulks y Jeffery Deaver) al que los herederos de la franquicia han encomendado una “novela oficial” de James Bond en el nuevo milenio (en décadas anteriores retomaron el personaje prestigiosos escritores, como Kingsley Amis). Antes de encarar el que ha sido su primer libro por encargo, se autoimpuso volver a leer los 12 títulos y ocho relatos cortos que Ian Fleming consagró al espía entre 1953 y 1964, y en orden cronológico, para extraer “la verdadera naturaleza del personaje”. Ese fue el cuaderno de bitácora para un novelista que en las últimas tres décadas ha aunado calidad y éxito comercial en su obra, desde su estreno en el mundo literario con Un buen Hombre en África (1981).

El escritor intentó escapar del 007 del cine: "El literario es más interesante"
Profundo conocedor de la obra y la vida de Fleming, en la que se había sumergido durante su etapa como periodista, las facetas cultivadas por Boyd también en el cine le brindaron la oportunidad de trabajar con tres de los actores que han encarnado a 007 en la gran pantalla: hace trece años dirigió al último Bond, Daniel Craig, en la cinta La trinchera, y escribió los guiones de otras dos películas interpretadas por Pierce Brosnan y Sean Connery (Mr Johnson y Un buen Hombre en África, basado en su propia novela).
“Parece que era mi destino”, señala sobre esa y otras coincidencias, como el hecho de que el James Bond de Fleming viva en un piso alquilado (“a 200 metros de mi casa”, especifica Boyd) en el barrio londinense de Chelsea.
Solo busca recuperar algunos aspectos de la figura de Bond que han quedado desdibujados en su proyección fílmica: “Por ejemplo, que Bond no es inglés, sino mitad escocés y mitad suizo, que tiene una personalidad compleja y difícil o que vomita ante escenas sangrientas o repugnantes… Es mucho más interesante que en el cine”, explica Boyd.

Sean Connery
El 007 del nuevo libro nació en 1924 porque así lo estableció Ian Fleming al insertar su obituario en la última novela que publicó en vida, Solo se vive dos veces (los restantes personajes de la trama creen que el agente ha muerto). “Eso significa, entre otras cosas, que tenía la edad para combatir durante la Segunda Guerra Mundial”, justifica el escritor escocés sobre el traumático pasado como soldado que atribuye al protagonista de Solo, y que cree que “sorprenderá especialmente a los fans de Bond”.
Boyd ha elegido como principal escenario de su historia el continente africano, en el que 007 nunca había recalado antes (si exceptuamos una breve incursión de dos días en Diamantes para la eternidad). “Quería una novela realista, no una trama tonta”, asegura Boyd, y para nutrirla se ha inventado un país muy parecido a la Nigeria de 1969, donde las motivaciones geopolíticas y los intereses corporativos extranjeros en los recursos naturales del país definirán los acontecimientos.
La acogida en el Reino Unido ha sido buena. La mayoría de los medios británicos ha coincidido a la hora de subrayar que la labor de introspección en el legado de Ian Fleming que encarna Solo no resta enteros a la vocación de entretenimiento que tiene cualquier libro de James Bond. Los elementos clásicos de la receta también están ahí: acción, virajes en la trama, féminas de muy buen ver y la inevitable copa de Martini… con las instrucciones precisas del protagonista para que se los sirvan agitado pero no revuelto.


sábado, 1 de marzo de 2008

Los chicos prodigiosos de la Generación Granta

Graham Swift
Foto de Luis Magán


Los chicos prodigiosos de la Generación 'Granta'



En 1983 la revista londinense lanzó a un grupo de jóvenes escritores británicos entre los que estaban Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes, William Boyd y Salman Rushdie. Hoy son referencia de la ficción contemporánea.
Siete novísimos novelistas británicos nacieron a la realidad en la posguerra mundial, durante la década en la que triunfaban las novelas de la guerra fría de Graham Greene, el neorrealismo italiano, el nouveau roman, la Generación Beat, El Señor de los Anillos de Tolkien, Nabokov o William Golding, pero nacieron a la ficción durante la Inglaterra gris del thatcherismo, el cine de Peter Greenaway, Stephen Frears o Ridley Scott, el dirty realism de Carver y Ford en Estados Unidos y un mundo de yuppies, punk y la perestroika, y lo hicieron en las páginas de la revista Granta (Best of Young British Novelists, 7, 1983), convocados por el editor Bill Buford con ojo clínico, pues brillan con luz propia desde entonces: son Martin Amis (1949), Julian Barnes (1946), William Boyd (1952), Kazuo Ishiguro (1954), Ian McEwan (1948), Salman Rushdie (1947) y Graham Swift (1949). Dos novísimos novelistas británicos se sumaron al grupo en la siguiente antología editada por Buford (Granta, Best of Young British Novelists, 43, 1993), Hanif Kureishi (1954) y Tibor Fisher (1959, autor de Bajo el culo del sapo, 1992, o No apto para estúpidos, 2002, traducidos en Tusquets). Nueve novísimos novelistas británicos a los que podrían añadirse, por afinidades de edad y de éxito comercial, otros dos chicos Granta, Iain Banks (1954, autor de La fábrica de las avispas, 1984) y Jeanette Winterson (1959, autora de Escrito en el cuerpo, 1992, en Anagrama; El Powerbook, 2000, en Edhasa, o La niña del faro, 2004, Lumen). Son la Generación Granta, lashortlist de autores heterogéneos y polifacéticos por los que la revista londinense apostó fuerte y a los que lanzó, en palabras de su editor, con un número especial de la revista entendido "como campaña demarketing, como un truco para lograr que la gente comprara novelas literarias". Junto a grandes nombres coetáneos como John Banville (1945, autor de El libro de las pruebas, 1989), Nick Hornby (1957, autor de Alta fidelidad, 1995), Irvine Welsh (1958, autor de Trainspotting,1993) o Jonathan Coe (1961, autor de La casa del sueño, 1997), a los que sólo les falta la etiqueta Granta, son los nueve novísimos quienes suceden a la generación de David Lodge o de A. S. Byatt, con los que conviven, y se convierten en el mainstream de la ficción británica, en un grupo de canónicos posmodernos, en la medida en que releen con ironía la tradición y en que son poscoloniales, y de artistas multiculturales que van juntos a la guerra contra el cliché, que son buenos, increíblemente buenos, y que han devuelto la gloria a la narrativa británica porque sus obras ganan el Booker Prize, el Whitbread y otras muchas medallas que se cuelgan como almirantes de la flota literaria, se traducen de forma compulsiva y venden mucho porque se las ingenian para explicar historias comerciales con narrativas de calidad. Del talento omnímodo de estos chicos prodigiosos, de estasinkorruptibles celebrities -la mayoría reunidos en el catálogo de Anagrama, y a los que su editor se refiere en Nuestro British Dream Team (texto incluido en El observatorio editorial, de Jorge Herralde. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2004)- ha surgido un puñado de obras maestras de la ficción contemporánea.

Desperdigan imaginación, sentido (crítico) y sensibilidad hasta el punto de poder crear una impertinente historia del mundo en nueve capítulos y medio

Se quieren satíricos, plurales y divertidos pero a la vez nos inculcan filosofía contemporánea y construyen ficciones acerca de nuestras más profundas verdades
Mientras publicaba crime fiction bajo el seudónimo de Dan Kavanagh, Julian Barnes se hizo inmenso con El loro de Flaubert (1984), y Una historia del mundo en diez capítulos y medio(1989), disparatada e iconoclasta enmienda a la totalidad, e Inglaterra, Inglaterra (1999) lo convirtieron en imprescindible. Arthur & George(2005), con el padre de Sherlock Holmes de protagonista, es su última entrega. William Boyd se consolidó en el mercado con Barras y estrellas(1987). Martin Amis abrió juego conDinero (1984), una sátira de nuestro tiempo enrarecido en manos de un antihéroe improbable, fragmentario, neurótico y de ambigua identidad -¡atiende al nombre de John Self!- como los personajes de Pynchon. Luego llegaron dos grandes libros, La flecha del tiempo (1991) y sus memorias sui géneris, Experiencia (2000), y su última novela es una nueva ficcionalización de la historia contemporánea, La Casa de los Encuentros (2006). Ian McEwan se consolida con Niños en el tiempo (1987), una historia de traumas surgidos de idílicas vidas cotidianas, como sucede en Amor perdurable(1997) y su análisis de un amor patológico inyectado en una pareja feliz. Su última novela es Chesil Beach (2007). Salman Rushdie publicó Los versos satánicos (1988) y quedó demonizado y consagrado al instante por la fetua del régimen integrista de Jomeini, pero su novela Hijos de la medianoche (1981) ya había sido un prodigio de realismo mágico trasladado al imaginario indio. Kazuo Ishiguro será siempre el autor deLos restos del día (1989), pero Cuando fuimos huérfanos (2000), su confesada contribución a la world fiction, es una novela de altos vuelos. En 2005 publicó su última ficción narrativa hasta el momento, Nunca me abandones, una fábula futurista y ambigua en la que dispara una vez más sus dos armas secretas, el narrador no fiable y la focalización. La ficción poscolonial de Hanif Kureishi nació con la historia marginal de Mi hermosa lavandería (1985) y los conflictos de identidad cultural de la comunidad paquistaní en Londres, llevados a su punto de ebullición enEl Buda de los suburbios (1990).
Hacia 1993, el crítico y novelista Malcolm Bradbury se queja de que "la ficción literaria seria está siendo sumamente presionada por la ficción comercial" (The Modern British Novel), y de que "la Gran Narrativa está cediéndole el terreno a temas mucho más plurales y divertidos", y precisamente son estos chicos prodigiosos de la Generación Granta los que están resolviendo la cuadratura del círculo que parecía estar pidiendo Bradbury, están escribiendo una ficción literaria seria que resulta muy comercial porque no tienen reparos en servirse de la literatura de género (reescriben y manipulan los modelos del género negro, la novela de espías, el culebrón victoriano, la ciencia-ficción o el melodrama con la industria del mejor impostor, radiografían el mundo contemporáneo, escriben sobre política, sexo, violencia y psicosis, esto es, están siempre hablando del asunto y hablando sin escrúpulos, son traviesos y le meten un dedo en el ojo al establishment o le pintan un bigote a Jane Austen, Lord Darlington o Gustave Flaubert porque garabatean la tradición y juguetean con ella. Se quieren satíricos, plurales y divertidos pero a la vez nos inculcan filosofía contemporánea a mano armada y construyen inmensas ficciones acerca de nuestras más profundas verdades, pues aunque el que lo dijo fue Martin Amis enExperiencia (2000), seguramente todos están de acuerdo en que "todo escritor sabe que la verdad está en la ficción". Nos cuentan lo que nos está pasando, son los genuinos artistas de nuestro mundo flotante y, tal vez por eso, escribiendo tan bien como sus mayores, venden mucho más. Están todos muy vividos y muy viajados, pero sobre todo son muy leídos, ejercen de críticos y de enfants terribles y, cada loco con su tema -Amis, la historia contemporánea y sus artificiosas y nabokovianas neurosis fantásticas, Barnes y sus relecturas irónicas de la tradición realista decimonónica, Kureishi y la vida doméstica y suburbial, los perversos extremos emocionales de McEwan o la subversión de los géneros narrativos en manos de Ishiguro-, desperdigan imaginación, sentido (crítico) y sensibilidad hasta el punto de poder crear con sus obras completas una impertinente historia del mundo en nueve capítulos y medio. El truco que confesaba Buford ha surtido efecto, y de la mano de estos chicos los lectores han vuelto con estusiasmo a consumirnovelas literarias. En realidad hace tiempo ya que no son chicos, pero cada vez son más prodigiosos y, mientras sus perseguidores más jóvenes aceleran el paso -Zadie Smith, Alan Warner, Toby Litt o Rachel Cusk, bendecidos todos por Granta, Best of Young British Novelists, 81, 2003- están ya preparándose para viajar un día a Estocolmo, a recoger el Premio Nobel que los acredite como los autores universales que ya son. ¿Quién será el afortunado al que le tocará ir en representación del grupo? ¿Quién tendrá el placer del viajero?

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