Mostrando entradas con la etiqueta Crítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crítica. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de diciembre de 2023

Jorge Luis Borges / Crepúsculo de un cuentista cortés


25 años de la muerte de Borges
CREPÚSCULO DE UN CUENTISTA CORTÉS

Jorge Fernández Díaz
Babelia, El País, 13/08/2011


Jorge Luis Borges siguió el magisterio de su amigo Adolfo Bioy Casares y evolucionó a lo largo de los años a un estilo llano y esencial. Sencillez, originalidad y hondura se cruzan en los cuentos de El informe de Brodie y de El libro de arena.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Adolfo Bioy Casares / Borges por Bioy / Javier de Navascués


Javier de Navascués
BORGES POR BIOY
UNA VEZ MÁS

Es curioso el interés que continúa produciendo el enorme volumen del diario de Bioy Casares sobre Borges. Se han dicho muchas cosas, algunas favorables y otras bastante negativas. La última, bastante sensata aunque disiento en algunos puntos, la he visto firmada por Mabalot. No pocos han llegado a la conclusión de que Bioy siguió el ejemplo de Boswell junto al doctor Johnson: algo así como el mediocre que, embobado, toma nota de todo lo que ve y escucha del genio durante décadas. La comparación me resulta injusta para el autor de una novela tan extraordinaria como El sueño de los héroes, además de otros libros notables. Se suele olvidar que el mamotreto de mil páginas sobre Borges es, en realidad, una selección organizada por el propio Bioy y Daniel Martino, amigo personal, investigador y editor del autor de La invención de Morel en sus últimos años. Por lo demás, Bioy, en realidad, había escrito un diario larguísimo a lo largo de más de cuarenta años por lo menos, donde hablaba de todo y donde, por supuesto, salió muchas veces su amistad con Borges. Algo se ha publicado ya, pero queda más, seguro.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Enrique Vila-Matas / Como agua que cae del cielo de Carver


Enrique Vila-Matas
COMO AGUA DEL CIELO DE CARVER
BIOGRAFÍA

En 1988, cuando Raymond Carver se había convertido en el mejor cuentista vivo del mundo, se murió. Estaba en su mejor momento porque había dejado de beber, tenía una estimulante relación amorosa con la poeta Tess Gallagher, y hasta le condecoraban las universidades que en otros días le habrían escupido a la cara por borracho y desdichado. Le llegó la muerte cuando todo por fin le iba bien, quizá demasiado bien. Sus numerosos admiradores creyeron que era el punto final, que todo había ya terminado, que no habría ya nunca más cuentos del genio. En uno de los relatos de Tres rosas amarillas, su volumen de cuentos póstumo, podía leerse: "Se ha ido y nunca volverá. Punto final. Nunca jamás". El narrador de este cuento hablaba de esta forma porque había perdido a su mujer las rupturas de matrimonio eran uno de los platos favoritos de Carver, pero yo me acuerdo de haber leído esas líneas como si fueran la crónica de su muerte, anunciada por él mismo. Este tipo de lecturas trágicas de Carver era muy habitual, por aquellos días, entre sus desolados admiradores. "Se ha ido y nunca volverá. Punto final". Nadie parecía acordarse de que las viudas siempre encuentran carpetas.

martes, 15 de octubre de 2013

Alice Munro / La vida de las mujeres

Alice Munro
según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena
Alice Munro
La vida de las mujeres
Novela casera

Por JOSÉ MARÍA GUELBENZU
El País, 05/11/2011

La canadiense Alice Munro tiene bien ganada la fama como autora de cuentos. Es casi inexcusable relacionarla con el gran transformador del género, Anton Chéjov, porque en verdad su escritura entra dentro de la intensa sencillez, de corte naturalista, con la que el ruso se deshizo del estilo recargado que acompañaba a la importancia del moralismo en los temas tradicionales para internarse en asuntos de la vida ordinaria y extraer de ello una mirada nueva -y una hondura nueva- al dotar a su literatura, con gran sentido de la modernidad, de realidades problemáticas antes que de respuestas. La vida de las mujeres es una novela publicada a principios de los setenta e inédita hasta ahora en castellano. Decimos novela porque la línea narrativa sigue la evolución de una muchacha, Del, desde la infancia avanzada hasta la pubertad y la primera juventud, pero, en realidad, se trata de una serie de escenas con una protagonista común en un escenario común, escenas que ni llegan a ser cuentos ni constituyen una novela propiamente dicha. Sin embargo, toda la gracia de su escritura está plenamente presente y las escenas o secuencias pasan del encantamiento de la niñez a la realidad cada vez más compleja y áspera que consiste en la adquisición de la conciencia de adentrarse en la vida; y todo ello dentro del característico encanto marca de la casa. Para una escritura como la de Munro se necesita una gran capacidad de observación y una no menor capacidad de seleccionar lo verdaderamente significativo, puesto que opera con elementos mínimos, aparentemente intrascendentes; y es justamente la manera de extraer de ellos la trascendencia del relato lo que la convierte en una escritora singular. El libro está cargado de estampas rurales en su primera parte, que se convierten en provincianas cuando la familia se traslada a la ciudad. Respecto de las primeras, la autora capta muy bien el sentido de esa dedicación a lo pequeño, hogareño y repetitivo de la vida campesina, de sus costumbres e intereses, de la vida común. Baste recordar la sensibilidad con la que, por ejemplo, relata el funeral del tío Craig, de una engañosa sencillez que no deja nada al azar; sensibilidad que se materializa en la mirada de la niña y en la relación entre esa mirada y sus propias sensaciones.
Es una novela casera, por definirla de alguna manera, con espléndidos retratos de personajes entre los que destaca, aparte de la niña que narra, la madre, y donde se marcan de manera tan sugerente como admirable los distintos grados de cercanía y distancia que se van produciendo en la relación madre-hija mientras esta última evoluciona. Todo ello, insisto, recubierto por la importancia de las pequeñas cosas, de las pequeñas propiedades y anhelos, similares en importancia a la observación de los detalles del comportamiento familiar y del pensamiento cotidiano que extraen de la vida misma. Sólo se advierte alguna debilidad en la segunda mitad, cuando el problema de la existencia de Dios para la pequeña Del se extiende con exceso o en el punto en que resultan previsibles algunos elementos de la iniciación erótica de la adolescente, cosa que corrige en lo que sigue del conocimiento carnal y de la realidad, donde la joven Del se encamina al encuentro con la vida; y con la escritura, pues es también esta novela el relato sutil y excelente del inicio de una vocación literaria.
La novela tiene cuarenta años encima y admira comprobar cómo el estilo de esta gran cuentista estaba ya cuajado y dotado del mismo poder de seducción que la ha llevado a ser una referencia inexcusable en el relato contemporáneo.

Alice Munro
La vida de las mujeres
Traducción de Aurora Echevarría
Lumen. Barcelona, 2011
376 páginas. 21,90 euros

Alice Munro
según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena

El mundo femenino de Alice Munro

Desde el país de la nueva Nobel de Literatura, un experto analiza ‘El amor de una mujer generosa’, tal vez su libro de relatos más emblemático.


Por Camilo Castillo-Rojo
El Espectardor, 11 de octubre de 2013





Estas son algunas de las obras de Alice Munro traducidas al español. / EFEEstas son algunas de las obras de Alice Munro traducidas al español. / EFE
Llegué a Canadá no como inmigrante sino como lector. Le debo el tiquete a la literatura de Alice Munro. En esta visita, guiada por la delicada narrativa de la cuentista, descubrí algunas zonas inesperadas, sorprendentes. Entre estas sorpresas descritas en El amor de una mujer generosa, conjunto de cuentos, descubrí, de un lado, esa zona del suroeste de Ontario (el llamado Southwesto), espacio primordial en el que se desenvuelven muchas de las historias de Munro; y de otro lado, algo de la isla y la ciudad de Vancouver, lugares que Munro conoció muy bien. En sus historias se reconoce con claridad la zona que rodea el lago Hurón: las granjas, el lago y sus caminos fangosos, una ciudad al límite de ser pueblo, en el que la calma y el sosiego son naturales; o la ciudad de Vancouver y la distancia, la lejanía de las preocupaciones de las urbes ruidosas.
Más que los lugares geográficos, cuando me acerqué a la narrativa de Munro me encontré con una serie de personajes que revelaban una condición de anhelo persistente, una inconformidad.
El libro contiene ocho cuentos. El primero, de casi 80 páginas, "El amor de una mujer generosa", del cual se ha tomado el título del libro, trata del descubrimiento de un automóvil en medio de un río en el que se encuentra el cadáver del optómetra Willens, quien al parecer fue asesinado. Sin embargo, el eje central de la historia no radica fundamentalmente en el homicidio ni en los probables asesinos, sino en la culpa. La culpa de Enid, enfermera que ayuda a personas con enfermedades terminales; la culpa de la cómplice de asesinato, en este caso la señora Quinn, la enferma terminal, y la posible culpa de Rupert, esposo de la señora Quinn y por quien Enid siente una fuerte atracción. A partir del asesinato y la posterior confesión de la señora Quinn en su lecho de muerte, Enid empezará a cuestionarse si es conveniente o no para su vida saber la verdad. Sin embargo, resumida de esta forma creo que no soy justo con la historia. El cuento es mucho más profundo. Recuérdese: estamos hablando de un cuento de ochenta páginas.
En este primer cuento tenemos una compleja arquitectura en la estructura; tenemos una elaborada precisión en la creación de cada uno de los detalles; tenemos largas digresiones que aportan para entender las tremendas honduras de cada uno de los personajes; es decir, en esta pieza de filigrana narrativa Munro es en extremo delicada. Sin duda, su detallado trabajo funciona a la perfección pues la tensión del lector no se inclina hacia el asesinato sino hacia los sentimientos y preocupaciones de la enfermera Enid. Desde mi punto de vista, es en estas aguas en las que Munro se mueve mejor: en la fina descripción de las angustias, sentimientos y preocupaciones de una mujer; sabe cómo entrar en sus deseos, en sus inquietudes. Lo mejor es que no cae en sentimentalismos, ni en ideas románticas, al contrario: las protagonistas de sus historias generalmente viven una encrucijada en la que deben reconocerse a sí mismas para salir de la monotonía, para quebrar ese mundo a veces insulso que han tenido que sufrir por años.
"La isla de Cortés" es una exquisita narración en primera persona de una joven aspirante a escritora que empieza a vivir con su esposo en una nueva ciudad. El eje central no es la ciudad ni el drama de empezar de cero, sino la relación que la escritora establece con la señora que vive en la casa que arrienda, la bella y aterradora señora Gorrie, una vieja chismosa, entrometida, difícil de llevar, y con su esposo. En esta historia se ve una de las premisas de Munro: reconocerse en el otro. Se trata de encontrar hasta qué punto somos, a veces, aquello que tanto odiamos. No es inusual en las historias de Munro que un secreto revele la posibilidad de que los personajes se desarrollen, se encuentren. El secreto les permite entrar en contacto, descubrirse entre sí e iniciar nuevos caminos.
Quizás uno de los temas fundamentales de Munro en todas las historias son las relaciones familiares, es decir, las complejas y a veces incomprensibles relaciones entre padres e hijos, hermanos y hermanas, madres e hijas. En "Salvo el segador" encontramos este complejo dilema: entender que las relaciones con los hijos, a pesar de ser tan estrechas, una vez ha pasado el tiempo, ya no serán las mismas. En esta historia tenemos a una mujer mayor, Eve, una actriz, quien tuvo una relación muy cercana con su hija Sophie, pero pasado el tiempo la propia hija empieza a distanciarse, al tener ya su familia y una vida de que la Eve no hace parte. Es una historia con un tono al principio nostálgico, sentido, que luego se transformará en extraño, pues la trama se enreda hasta generar una situación de tensión al final: hay un giro inesperado que da una vitalidad enorme a la historia.
Asquerosamente rica es la historia de una preadolescente, Karin, hija de divorciados, quien vive un tiempo con su padre y otro con su madre. En este caso, visita a su mamá, Rosemary, una histérica correctora de texto, quien parecía empezar a formar una pareja con un escritor vecino y amigo, Derek. Sin embargo la relación de los adultos no funciona y esto afecta a la chica. El tema es interesante: cómo los hijos empiezan a abordar un divorcio y cómo perciben la necesidad de reencontrar una familia para volver a tener un eje del cual sostenerse. Considero que la historia no alcanza el nivel de profundidad de las otras. Tal vez me equivoco.
"Antes del cambio", para mí, es una de las historias más fuertes, profundas e intensas elaboradas por Munro. Se trata de una joven que regresa a casa de su padre, un médico que se descubrirá que ha ejercido como abortista, y cómo este secreto cambiará su relación. Uno de los hechos más importantes es que no aborda el tema del aborto desde el discurso moralista, ni defensivo; el tratamiento es delicado, natural. Uno de los mejores cuentos.
"El sueño de mi madre" es una estupenda historia contada desde la voz de una joven mujer que relata cómo fue la relación de su madre con ella antes y después de su propio nacimiento. Por supuesto, está focalizada en la madre, Jill, y se da un efecto muy interesante: una primera persona que narra como testigo la vida de su propia mamá. El cuento reúne una gran cantidad de dificultades que debe afrontar Jill: la mayor y tremenda es la horrorosa belleza que significa para la joven madre tener una hija por primera vez. Una de sus cuñadas, Iona, asume el rol de madre, a tal punto que el día que debe dejar a su sobrina y su cuñada solas entra en shock. Hacia el final hay tal enredo de emociones, tal nerviosismo, que Jill es capaz de llegar a decisiones extremas para hacer que esa bebé, posterior narradora, pueda descansar y dejar a la propia madre en paz.
Como lector de sexo masculino debo perderme mucho de las sensaciones que estos personajes femeninos exhalan. Por ejemplo, en estos dos últimos cuentos, la historia está tan ligada a la mujer con su cuerpo, con sus sensaciones y relaciones con la maternidad que creo que es poco probable que yo pueda sentir la historia de la misma manera que una mujer que ha vivido un aborto o que ha sido madre. Honestamente, no veo esto como una barrera; al contrario, me parece inquietante que la narrativa de Munro comunique estas sensaciones y que haya cosas en ella que pertenecen exclusivamente a la naturaleza y la realidad de la mujer.
Quisiera llamar la atención sobre las protagonistas de las historias: mujeres lectoras, músicas, actrices, escritoras, es decir, vinculadas con el arte o la cultura, en quienes se ve la experiencia de Munro. Pero esta misma condición hace que sus personajes crezcan, sean sensibles y reconsideren sus posibilidades como creadoras. Por esta misma condición las protagonistas se preguntan continuamente sobre qué camino tomar, sobre si deben seguir en su condición de madres o amas de casa o arriesgarlo todo para ser, ante todo, dueñas de sí mismas.
La propuesta estética de Munro me parece arriesgada y por lo mismo emocionante. Es poco común encontrar cuentos de ochenta o sesenta páginas. Y quiero remarcar que no estamos ante novelas cortas. No, la propuesta es escribir cuentos, con un mínimo de personajes, con una trama específica. Munro apuesta a entrar en detalles sobre la vida cotidiana, sobre la naturaleza misma de los personajes, construirlos a profundidad y no limitarse a la anécdota, ni a una serie de acciones que sorprendan. Munro le apuesta al cuento, a darle un salto a las posibilidades orgánicas del género, sin obligarlo a convertirse en novela, y así le da una dimensión superior: el cuento acepta digresión, profundos saltos temporales, flujo de conciencia y una compleja arquitectura.

Camilo Castillo-Rojo es escritor. Maestro en creación literaria de la Universidad de Texas en El Paso. Profesor del pregrado en creación literaria y del taller de escritores de la Universidad Central. Este texto fue originalmente escrito para “Noche de narradores”, evento de esta universidad.



"

lunes, 9 de enero de 2012

José Manuel Arango / Aurelio Arturo y la poesía esencial


José Manuel Arango
AURELIO ARTURO Y LA POESÍA ESENCIAL
BIOGRAFÍA
Palabras preliminares

LA POESÍA ha sido pensada, por un pensamiento muy lúcido y que se funda en metáfora honda, como la construcción de una casa, de una habitación para el hombre. La palabra sería, en esencia, Morada. Aurelio Arturo construyó en sus poemas tal habitación humana. “Morada al sur” es el título de su único libro.
El lugar de su poética es un lugar mágico. Un soplo de encantamiento lo ha fijado y anima cada uno de sus momentos y todos sus enseres: árboles, bellos animales paradisíacos. Se trata, en suma, solamente de eso, de aquel soplo animista:

“He escrito un viento, un soplo vivo
del viento entre fragancias, entre hierbas
mágicas; he narrado
el viento; sólo un poco de viento”.

Un lugar que es el ámbito de la niñez:

“Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia”.

La "casa grande" de las vivencias del niño, la casa grande de los sueños y las fábulas. Una nodriza negra —una figura legendaria, como enmascarada, los ojos húmedos le brillan en la sombra como estrellas de plata—trae en "su saliva melodiosa" los cuentos y los mitos.
Y en torno de la casa el bosque, "un bosque extasiado que existe / sólo para el oído", porque está hecho de murmullos, de palabras, de música. Arturo insiste en su calidad de espacio audible: en el viento, la brisa, las hojas. Millares de hojas que el viento mueve, cada una como una lengua y una voz. Y también como un párpado o la sombra de un párpado que se cierra para el sueño.
Tal vez el verdadero poeta—es necesario volver sobre este tema baudelairiano—sea el adolescente. La niñez es, ciertamente, la época del descubrimiento asombrado del mundo. El niño vive en un presente eterno, vertido en el afuera, fuera de sí. La novedad y la riqueza de las cosas lo atrapan, los ojos se le prenden de ellas. Él es el que ve, el evidente natural. El que puede advertir "el duendecillo de luz en toda línea" y hacer verdadero un verso como éste:

}“Hace siglos la luz es siempre nueva”.

La luz, la iluminación. La búsqueda del instante no es quizá otra cosa que el afán de recuperar la riqueza y la nitidez de la visión infantil.
Pero al niño le falta la consciencia de sí. Que está hecha, qué duda cabe, del conocimiento de la muerte. De la muerte propia, en primer término. El niño no cree en la muerte, inventa fábulas para explicarla y desconocerla, los muertos serían impostores que juegan la farsa de su muerte para dedicarse a vivir una vida clandestina, por ejemplo, o para irse a otras tierras.
El adolescente, en cambio, sabe de su muerte y, con este saber, sabe también de sí. Cierto que es imposible imaginar o pensar la propia muerte, porque el yo que trata de pensarla sigue ahí presente. Pero ello no implica que no podamos experimentar nuestra muerte de un modo más decisivo que el del mero pensamiento. El púber asiste a su propia muerte. O, más que asistir a ella, la vive. Es la muerte del niño que fue devorado poco a poco por ese otro que se alimenta de él y se va afirmando dentro. En el cuerpo mismo del púber, cuerpo todavía sin equidad y que se siente ajeno, parece producirse el desdoblamiento que permite la reflexión. Muerte del niño que fue: la adolescencia es, en uno de sus fondos, un largo duelo.
Después el adulto olvida, se olvida. A la forma de desconocimiento de sí que es propia del Alma Bella, podría quizá anteponerse otro modo más radical de desconocimiento, el propio del Alma Dormida. El Alma Dormida sería la que olvida su muerte y de este modo se olvida de sí misma. Un adulto "normal" es un Alma Dormida. A la que hay que llamar y despertar. Hacer que recuerde, que avive el seso. Quizá una de las tareas de la poesía sea la de avivarle el seso al dormido. Y el poeta alguien que quiere mantener viva su adolescencia, estar despierto, recordar. Sería una especie de retrasado, alguien que no alcanza a llegar del todo a la madurez, que se mantiene en una como adolescencia tardía.
La obra de Arturo es, en lo esencial, la celebración de una infancia. Si la adolescencia es la expulsión del paraíso, el poeta quiere, no obstante, hablar sólo del paraíso perdido; tal su constante ocupación:

“Desde el lecho por la mañana soñando despierto,
a través de las horas del día, oro o niebla,
errante por la ciudad o ante la mesa de trabajo,
¿a dónde mis pensamientos en reverente
curva?”

Es como si el adolescente tardío se obstinara en el duelo por el niño, como si siguiera velando su cadáver. El poema Morada al sur es el sueño de un niño. (Está muerto, ¿su sueño es el de la muerte?)

“Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido
suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su
follaje negro”.

Y en una canción de su segunda época, “Canción del niño que soñaba”, llega a nombrar "el pequeño cadáver". Y el umbral, en fin, que da acceso al secreto mundo de la niñez, está marcado por la muerte:

“Y aquí principia, en este torso de árbol,
en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
La casa grande entre sus frescos ramos”.

Hay dos ciclos en la poesía de Arturo. El primero, el de “Morada al sur, está concluso”. Son sus poemas tempranos. Los del segundo ciclo, diferentes por sus ritmos, dan la impresión de una tentativa. Ahora el poeta maduro quisiera cantar la noche de la ciudad, reflexiona sobre la palabra. No obstante, el tema de la casa, del país infantil se impone, vuelve obsesivamente. “Yerba”, “Tambores”, “Lluvias” son poemas que regresan, aun desde la circunstancia de la ciudad, al mundo elemental de la aldea y a las voces de la niñez.
Y quizá todas aquellas voces sean una sola voz, el solo soplo esencial:

“Te hablo...
entre millares de hojas inquietas, de una sola
hoja
..................................................................
te hablo de una voz que me es brisa constante”

¿No hay en la raíz del animismo de Arturo una suerte de panteísmo gozoso, más sentimiento y visión que concepto, como conviene a un poeta? Si de día en cada hoja está el brillo del sol, de noche las hojas iluminadas son como estrellas murmurantes. El paraíso es también un mundo donde todo se cambia en todo, donde todo se disuelve en sus elementos. Es la naturaleza elemental, en cuyo seno se producen las oscuras transformaciones. Un ''profundo río de mantos suntuosos", que es también el padre, "sube por los arbustos, por las lianas". Las mujeres crecen en la penumbra, se oyen engrosar sus brazos "cuando la sombra es el crecer desmesurado de los árboles". Y en los árboles, sepultados en ellos, creciendo con ellos hay reyes y reinas fabulosas:

“Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura”.

Hay un poema, de los últimos que escribió, que es como una delicada amenaza. La “Yerba” (así, con ye, el título), más silenciosa sin embargo que la jocunda hierba whitmanía, avanza y lo cubre todo

“como diez mil diminutas serpientes”.

Así, con esa finura, repta una amenaza delicada pero mortal. Porque la yerba invade

“y ocupa las ciudades
traspasa la montaña
y silva su aguja de crótalo”.

Hay que oírla, ya que no perdona "el desdén/ el abandono", y si no es oída

“levanta
sus mil cabezas diminutas”

y persigue la planta humana que la deja.

Pero el poeta, ¿como un encantador de serpientes?, puede con ella. Y así la yerba, "que ama ser hechizada/ como una serpiente", se trueca en una "dócil serpiente melódica”

“bajo la mano
bajo la caricia
que la aplaca”

Por eso, porque el mundo que canta Arturo es el de una fertilidad a la vez creadora y destructora, hay esa dureza, ese recio júbilo en su poesía. Y, aunque haya nostalgia por la niñez perdida, no hay nunca queja o elegía, o si las hay están transfiguradas por el gozo. Garcilaso enunció el tono de su poesía al acuñar la feliz expresión que habla de un "dolorido sentir". Arturo no enuncia menos felizmente el tono de la suya cuando nos dice de su "gemido gozoso". No es, pues, la queja, sino el gozoso gemido del amante.
El mundo mágico y encantado de Arturo no es sin embargo irreal. Es el que conoció de niño en el sur, tan de aquí, tan nuestro. Tropical y medio salvaje, con nodrizas negras y tambores que suenan "a lo lejos", "en la noche de lentos párpados morados", y cuyo sonido llega "atravesando valles y valles de silencio",

“y nadie sabe quién los toca
ni dónde
pero todos los oyen
y comprenden su mensaje
y se llenan de júbilo o se espantan
dónde suenan
quién los toca
manos que se han deshecho
o que están cayendo en polvo”.

El mundo, en suma, de los antepasados. No sólo ya el de la infancia individual sino el de la infancia mítica de todos los hombres. Un paraíso al sur, situado con todo en una geografía precisa, cerca al Pacífico, donde "esas lluvias inmemoriales", "lluvias que vienen del fondo de los milenios", "pueblan la tierra de hojas grandes/ lujosas". Arturo nombra una y otra vez esas hojas grandes, tan semejantes a las de los cuadros del aduanero y a la vez tan reales:

“Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo”.

Porque está arraigado en su tierra, en el país y los países de Colombia, puede decir:

“Por mi canción conocerás mi valle”.

“Palabra” es un poema fundamental de la madurez. Una escueta—pero no por eso menos rica meditación sobre la poesía:

“en ella nos miramos
para saber quiénes somos”.

La palabra, "fina o tosca" debe ser en todo caso forjada "con el fuego de la sangre y la suavidad de la piel de nuestras amadas". Y está

“con nosotros desde el alba
o aun antes
en el agua oscura del sueño
o en la edad de la que apenas salvamos
retazos de recuerdos
de espantos
de terribles ternuras”

Y es "moneda de sol". Y refleja "nuestro yo/ nuestra tribu". (¿El yo es pues un yo de la tribu según ese “profundo espejo”?) Y es "monólogo mudo" pero también diálogo. Y es

“la que acuñamos
para el amor la queja”.

La música es el meollo de la poesía de Arturo. Hubo una secta, el simbolismo, cuyos adeptos sostenían que la poesía es esencialmente música y buscaban "la música ante toda cosa". Arturo viene de ellos, quizá pertenece a la secta secretamente. Su bosque de rumores y aromas y alas es "sólo para el oído". Y la mujer, que es la belleza, la fecundidad, la madre, es para él acaso la misma música:

“Mas, quién era esa alta, trémula mujer en el salón
profundo?,
¿quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra
sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?
O acaso, acaso esa mujer era la misma música,
la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo, por el oscuro salón como en
un sueño”.

Arturo trabaja la palabra musicalmente—su textura, su ritmo— para modular el hálito, el hechizado "soplo vivo del viento". Pocos poetas entre nosotros habrán cuidado como él, en esto tan cercano de Silva, la línea melódica y el paso del verso. No es gratuito que parte en sus poemas, en la mayoría de ellos, del alejandrino simbolista, que se constituye en pie de apoyo desde el que—saltando, bailando—teje su verso. Un verso lleno de descoyuntamientos y fracturas, de elisiones o alargamientos detrás de los cuales es difícil a veces reconocer el metro original, al que no obstante vuelve de tanto en tanto. Un verso que generalmente prescinde de la rima o deja sólo una asordinada y variable rima asonante, pero que halla otras sonoridades más diluidas, suaves insistencias y aliteraciones (“reinas blancas, blandas", "la habla pulposa, casi palpable").
El resultado es una línea dócil y tersa, que parece ir del predominio de la melodía al de cierto ritmo de percusión. El piano que había en su casa ("el grande, oscuro piano") está allí, como están las "violas, arpas, laúdes" que oye en el bosque. Pero están también los tambores, que destacan más en los poemas de su segundo ciclo, hechos de versos cortados y saltarines, los tambores que suenan

“transmitiendo en la tierra hasta muy lejos
la palabra humana
la palabra del hombre y que es el hombre”.

El verso de Arturo se quiebra en balbuceos, abunda en iteraciones y reiteraciones que le dan un talante que parece obsesivo, acorde con su obsesivo ocuparse de un solo tema. ¿O tiene en él la reiteración más bien un carácter incantatorio?
Porque no se trata de mera prosodia, de un avaro contarse los dedos. Si uno lee y relee estos versos, si se los dice a uno mismo y los oye y los saborea, es porque encuentra en ellos, y cada vez son más los hallazgos, una compleja y delicada estructura musical.
La poesía puede hoy derivar hacia otros ritmos más ásperos y estar inserta en otros rituales. Esto es decir que tal vez el baile sea otro. Al fin y al cabo nuestra vida de hoy acaece en estas ciudades violentas. Y acaso muchos jóvenes sean propensos a buscar, en vez del gozoso animismo de nuestro poeta, una suerte de pandemonismo. Hay otros credos y otras sectas. Pero los poemas de Arturo, creo, son de los que vinieron para quedarse, de los que siguen diciendo. Son poesía esencial porque lograron la música.
Y porque son luminosos, solares. No sólo está ahí para mostrarlo su canto al sol (que baja a la aldea a repartir la alegría entre todos, que hace de oro las aves puede beberse en el jugo de las frutas rojas y puede reirse), sino que tenemos este verso, feliz en más de un sentido, que resume su obra cuando celebra

“La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles”.

Del libro "A propósito de Aurelio Arturo y su obra"
Grupo Editorial Norma, Colección Cara y Cruz
Santa Fe de Bogotá, Colombia, 1992