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viernes, 19 de octubre de 2018

Alonso Sánchez Baute / Roberto


Roberto Burgos Cantor
Foto de Triunfo Arciniegas


Roberto

Un íntimo homenaje del escritor Alonso Sánchez Baute a su amigo Roberto Burgos Cantor, fallecido esta semana.

Alonso Sánchez Baute
18 de octubre de 2018


Roberto Burgos Cantor era un hombre de cabello salpimentado cortado casi al rape y ojos achinados, atrincherados detrás del marco rectangular de unos lentes de pasta café. Con una estatura que rozaba el metro sesenta, tenía pinta de oriental: podría haber sido confundido con un viejo tibetano. Además del físico le ayudaba su actitud: sereno, calmado, de mirada tranquila y el andar sosegado y el mar de sabiduría de un Dalai Lama. Era un hombre de trato amable, elegantes maneras como de aristócrata, como de diplomático, y de verbo afinado. Tenía un reconocible pero exquisito acento costeño muy marcado, tanto por el lenguaje que usaba como por el ritmo y la manera como lo enfatizaba: ni se comía las letras ni cantaba las frases, como es común en la gente de su tierra. Conversaba de forma proustiana, como echando un cuento al que lo habitan muchos recovecos.
Hablando de la Cartagena de su infancia, por ejemplo, contaba:
“En esos años en que estaba toda la zona histórica cayéndose, con la madera comida por el comején, el olor a podredumbre… Recuerdo que de los primeros gobiernos del Frente Nacional, sobre todo después de Valencia, el empeño era rescatar eso. Estaba lo histórico, pero en ese entonces el turismo iba a ver un templo de un curita que curaba lamiendo las llagas a los esclavos y el mar. Esa era toda la aventura. Incluso Bocagrande no existía. Solo estaba el Hotel Caribe, porque hicieron como modelos de hoteles. ¿Has visto que, como el Caribe, el Prado de Barranquilla y el Nacional de La Habana, cada uno en distintos tamaños, son muy parecidos? Parecen sacados del mismo molde. Y estaba la isla de Manga con esa arquitectura que se estaba haciendo en el Caribe. Ese barrio tenía un tranvía. Cuando se publicó El amor en los tiempos del cólera, López Michelsen le preguntó a García Márquez por qué mencionaba una flor, no recuerdo ahora si eran violetas o lilas. Pero en ese lugar no era entendible que hubiera esa flor. Y Gabriel le contó que Manga tenía un acueducto que venía en superficie desde Turbaco y era muy rico en cálcico y ese calcio era útil para que se diera esa flor que ya no existe”.
A pesar de vivir en Bogotá desde 1965, Roberto parecía siempre haber dejado atrás su ciudad natal hacía apenas un par de semanas: como un caribeño que se negaba a acachacarse, vestía con doble media y usaba camisilla, camisa y suéter incluso cuando permanecía dentro de su propia casa.

Aureliano

Al interior de Colombia se estereotipa al caribeño como alguien mamagallista, desabrochada, de camisas floridas y mirada musical. Guardan en el imaginario los rasgos fuertes, impulsivos y apasionados de un José Arcadio, olvidando el carácter mesurado y reflexivo, la voluntad inamovible y el punto de tristeza en la mirada de un Aureliano. Si hubiera sido un Buendía, Roberto hubiera sido como el coronel: la vida no le apretaba. Así fue siempre. Desde niño, cuando ya sabía que el destino le tenía los hilos marcados y nada hizo para contrariarlo.
Nació en la Clínica Vargas, en el barrio a espaldas del castillo de San Felipe, entrando por El Cabrero hacia Torices, donde habitaban mulatos de clase media, educados y con cierta concepción de vida e independencia económica. Era el mayor de los hermanos. Le siguen Sonia, que nació un año después que él; Beatriz; Javier Alonso, que vive en Francia; y otra mujer, María Consuelo. Todos dedicados hoy a la docencia.
Los Burgos, tan comunes en las sabanas de Bolívar, descienden directamente de una española llamada Manuela que llegó al país en calidad de “sobrina” de un cura de apellido Berástegui, quien con el tiempo montó un ingenio azucarero en cercanías a Ciénaga de Oro. Fals Borda se refiere a ambos en Historia doble de la costa, dejando constancia de que, antes del Burgos, esta parentela debería llevar el Berástegui.
El papá de Roberto trabajaba como juez cuando Eduardo Lemaitre le propuso fundar el departamento de Humanidades de la Universidad de Cartagena, donde permaneció hasta su muerte a pesar de conservar una oficina de abogado para satisfacción profesional. La mamá, quien se educó para ser maestra pero nunca ejerció, era de Turbaco de ascendencia cundinamarquesa. El matrimonio era amigo cercano de Zapata Olivella y de Rojas Herazo, escritores frecuentes en el hogar de su niñez. Era la época del Grupo de los Quince, cuando el francés Pierre Daguet escogió quince alumnos Cogollo, Guerrero, Morales… que luego descollaron en el arte local y nacional.
El padre de Roberto era buen lector. Tenía una extensa biblioteca con obras del existencialismo francés, de Joyce, de Fray Luis de León, Cervantes y Lope de Vega. Y había también literatura contemporánea: “Kafka, una preciosa novela de Pasolini que se llama Muchachos de la calle, y bastantes poetas: Neruda, Zalamea, Gaitán Durán, Cote Lamus, León de Greiff”.
Había en su casa, en fin, un ambiente intelectual. Como también en su entorno: en quinto de bachillerato recibió clases extras de trigonometría con el maestro Jaime García Márquez. De carambola, conoció a su hermano Eligio, quien de inmediato se convirtió “no en mi mejor amigo sino en mi propio hermano”. Fue así como tuvo acceso a la biblioteca que Gabriel García Márquez legó a su hermano menor, a quien trataba como a su hijo mayor. En ella Roberto conoció a “Virginia Wolf, a Dos Passos, a Faulkner, a Rulfo, a Vargas Llosa y a un autor argentino ahora en alza: Daniel Moyano”.

Cartagena

Para entonces los Burgos Cantor vivían en El Cabrero, el barrio al margen del Corralito de Piedra que un siglo antes acunó a Rafael Núñez y ahora mostraba decadencia. Incluso a la ermita se le había roto la torre, por lo que la misa dominical había que celebrarla en la sala de la casa de quien fue cuatro veces presidente de Colombia.
Como esos escritores que, antes que de la imaginación echan mano de una memoria esplendente, Roberto también recuerda del barrio donde creció: “Había unas cinco casas grandes, con patios que daban al mar; un par de casas más contemporáneas, con pisos de granito y dos plantas. Y a un personaje que parecía llegado de Haití o Jamaica, el único varón que salía al malecón, desplegaba una mesa al lado del carbón hirviente y planchas de hierro. Era cobrizo, muy moreno, creo que era sastre. Todas las tardes salía a planchar sin camisa. Allí también había un embalsamador, el señor Giacometti, y unos muchachos que en las mañanas salían a la playa a vender fritos que hacía en un solar del barrio una negra llamada Agripina. A ellos, les prestaba mi bicicleta y a cambio me regalaban un frito. La vida era muy democrática. No había entonces eso que ocurrió después: el factor excluyente, discriminatorio”.
Cartagena era entonces una ciudad silenciosa de casonas abandonadas y paredes blancas pintadas con cal. Luego todo cambió y pasó a ser un cruce de calderetas, convirtiéndose en esa especie de apartheid que padece ahora, donde conviven al tiempo los palacios más costosos junto a la pobreza de tragedia. Esto sucedió estas últimas décadas, cuando Roberto ya no habitaba entre sus calles tras de partir a Bogotá a estudiar Derecho en la Universidad Nacional.
Desde entonces escribir era lo que quería. No lo hacía para combatir el aburrimiento o la infelicidad de la cotidianidad sino porque era lo que el cuerpo le pedía: una necesidad natural que no necesita razones ni explicaciones. Su padre lo sabía luego de leer, por infidencias de su madre, una serie de cuentos que Roberto escribió en el bachillerato. Uno de ellos, sobre la violencia en el campo, Zapata Olivella lo publicó en la revista Letras Nacionales y fue conocido por Policarpo Varón, un escritor bogotano que le alabó a Roberto la factura impecable. Otro fue publicado en Cali, en una antología de cuentistas.
A pesar de la vocación, su papá le aconsejó adelantar alguna carrera de la cual pudiera vivir mejor. Se decidió por el derecho en tiempos cuando esta facultad “incluso tenía cursos de literatura, no opcionales sino obligatorios. Recuerdo las clases sobre Gogol y sobre Dostoievski, con un profesor joven recién llegado de Francia, de apellido Posada, que era del Valle. Y en el entorno estaba Marta Traba, Francisco Posada, Carlos Rincón. Cada semana había un debate sobre temas que iban desde Baudelaire hasta Bertolt Brecht. Era un mundo muy rico culturalmente… Y ahí estaban la residencia, la cafetería, el cine en el centro Nariño, en el gran momento del cine europeo, con Bergman, con toda la nueva ola francesa. Uno vivía como en un micromundo”.
Los disturbios vinieron después. “Tengo la imagen de unos días tristes. En uno de ellos, unos discursos entre los comunistas jóvenes y los comunistas chinos jóvenes, que terminaron tirándose piedra, y una cosa estremecedora que fue una mañana en que llegamos a clase y habían puesto encima de la cafetería central el cadáver del estudiante Carvalo. Eso nos marcó mucho. Lo habían tiroteado en el centro, acusado de ser un enlace del ELN. En ese momento algo se quebró, algo comenzó a dañarse”.
Estudiando abogacía conoció a Dora Bernal en la facultad de Física. Los casó el párroco de la universidad, Alfonso Rincón, quien era el ayudante de Camilo Torres. Fueron 48 años de matrimonio sobre las olas de muchos naufragios. “Cuando sacamos cuentas, en el entorno de amigos hay muchas separaciones o separaciones que nunca volvieron. Lo de las uniones estables es más del Caribe que de Bogotá, tal cual se lo escuché un día a Ramiro de la Espriella cuando le dijo a alguien que se estaba separando: ‘Ustedes están locos, eso de separarse es de cachacos’”.
Ya casado hizo unos semestres en Filosofía, los cuales coinciden con la fecha en que engendró a su hijo mayor, Javier Alejandro, quien casualmente veinte años después se graduaría como filósofo (también es poeta, y hoy hace parte de un programa con el Distrito). Luego vino Pablo Nicolás, que estudió Cine en la Nacional, hace documentales y trabaja con Rocío Londoño en un tema de memoria nacional. Ambos muchachos ya están casados. “Soy un abuelo fértil”, sonreía orgulloso Roberto al mencionar a sus tres nietas.

Primero estuvo la literatura

En 1969 ganó su primer premio literario: el Concurso Nacional de Cuento convocado por el periódico Pizarrón de la Javeriana. Cuatro años después se alzó en Cúcuta con el Premio de Cuento Jorge Gaitán Durán. Pero la literatura no le daba para la cuchara, de modo que entró a la burocracia estatal. Antes pensó en ser maestro, como todos sus hermanos, pero se dio cuenta a tiempo que el trabajo podría consumirlo, impidiéndole dedicarse a lo que realmente quería hacer: escribir. Fue entonces cuando un amigo de su padre, Jaime Angulo Bossa, lo llevó a la nómina de la Superintendencia de Notariado y Registro. Allí logró organizar el tiempo para regresar temprano a casa a leer y escribir. Cuando pensó que estaba listo para jalarle a una novela, al poco tiempo de arrancar se quedó sin gasolina.
Debió esperar hasta principios de los ochenta, con tres periodos vacacionales acumulados, para finalmente aunar fuerzas, encerrándose en el apartamento desocupado de una de sus hermanas en Barranquilla y concentrarse en la escritura, “Anunciándolo con bombos y platillos a todos los amigos para obligarme a regresar con un trabajo entre las manos”.
Así nació Lo amador. Siete cuentos que narran la historia de esos personajes (boxeadores, mecánicos, modistas, reinas de belleza) con los que Roberto solía toparse y esos sitios por donde cada tarde se aventuraba al desplazarse entre su casa de El Cabrero y el Liceo La Salle, donde estudiaba: “Aquí donde usted me ve cuando yo vine esto no era barrio ni era nada y el teatro qué vaina tan linda para el llanto y para el sueño una sala grande descubierta que en el verano fresco de enero empezaba la vespertina a las siete porque no oscurecía antes y si uno recostaba la cabeza contra el espaldar de una silla veía las estrellas moviéndose por el cielo o la luna de julio que estaba encima de la sala al comenzar la nocturna”.
Según escribió Edgar Sierra en Coralibre, “un libro que le tuerce el pescuezo a la retórica, que rompe con la tradición conservadora para buscar lo propio y un nuevo lenguaje”. El hoy director de Planeta, Juan David Correa, no se quedó atrás en elogios en sus tiempos como director de la revista ARCADIA: “Lo amador se sigue reeditando y comentando como uno de los libros más importantes en la Colombia de los últimos treinta años”.
Eliminando lo que él llamaba “la posdata social”, a partir de entonces Roberto supo combinar la burocracia que le dio de comer con la escritura que lo llenó de placer. Lo fácil sería decir que lo hizo de forma kafkiana, dando a entender la vida triste del escritor que debe padecer de la burocracia para sobrevivir, pero es hora de torcer el cuello a esta mirada: tristes más bien son los burócratas que carecen de esperanzas para subsistir.
De esta forma, como en el eterno retorno, por la Superintendencia de Notariado y Registro entró y salió en tres épocas diferentes de su vida. No fue su único cargo público. Trabajó en la ESAP, bajo la dirección de Marino Henao; en Focine, bajo órdenes de María Emma Mejía durante el gobierno de Belisario; y estuvo un par de veces en la nómina diplomática: dos años en Panamá y tres en Viena.
Se dice que hay dos clases de escritores: los que escriben bajo un impulso, se sientan y hasta que no acaban la novela no vuelven a levantarse (“como le ocurría a Sábato  tal cual recuerda Roberto, que solo trabajaba cuando le llegaban las ideas”) y otros que tienen una rutina y lo hacen día tras día. Y ahí están Vargas Llosa y García Márquez, “con esa lealtad a la escritura que ya sabemos cuán agradecida les ha resultado”. Roberto también hace parte de este segundo clan.
Para escribir El patio de los vientos perdidos, su primera novela, se encerró durante dos años en los que vivió de los ahorros, las cesantías y la complicidad de Dora, su mujer. La olla se raspó antes de terminarla, de modo que durante los capítulos finales debió volver a emplearse. Luego vino un libro de cuentos, De gozos y desvelos, y otra novela, Pavana del ángel, a la que le dedicó todas las tardes cuando vivió en Panamá, mientras que durante la estancia en Viena escribió la colección de cuentos Quiero es cantar“Me gusta mucho escribir cuentos, pero uno entra a veces en esa necedad de darle contenido utilitario a los gozos. A ese gozo con el cuento le encontré algo que ha resultado muy útil: como es un trabajo muy preciso, de relojería, me sirve para apretar las novelas”.
Toda la obra de Roberto narra un universo propio donde los protagonistas son siempre Cartagena y el lenguaje Caribe. Lo que marca la cresta de su ola literaria, hasta el momento, es La ceiba de la memoria, Premio Casa de las Américas José María Arguedas 2009. Fue publicada con un tiraje inicial de 25.000 ejemplares, y va en su cuarta edición.
Ahora que no ejercía ningún cargo burocrático había variado su horario de trabajo: era un hombre disciplinado y riguroso que escribía de lunes a viernes entre las ocho y media de la mañana y la una en punto de la tarde. Prefería esta hora porque la mañana tiene la ventaja moral de quitarnos la angustia de no haber hecho nada en el día, y porque luego ya uno puede hacer lo que quiera. Decía: “Disciplinar el tiempo de la escritura tiene una enorme ventaja: la rutina es agradecida”. Y decía también: “El escritor no puede dejar enfriar la mano entre un libro y otro porque corre el riesgo. Y a veces el riesgo gana”.

El aliento

En Señas particulares cuenta la historia de su estadía en Bogotá y retrata a los amigos que más alentaron su vocación de escritor. Como su papá, quien murió cuando finalizaba la escritura del libro, más cuatro importantes escritores: Ernesto Sábato, Álvaro Mutis, José Viñals y, por supuesto, García Márquez, a quien Roberto siempre menciona como Gabriel, es decir, como alguien de quien no necesita presumir cercanía llamándolo Gabo por la gran amistad que los unía.
Lo conoció de la mano de su hermano Eligio. “Antes de que saliera Cien años de soledad me pidió que acompañáramos a Gabriel a recoger un cheque en Buchholz, que le entregó Nicolás Suescún, como pago por un fragmento de la novela”. Pero lo que selló la amistad fue la publicación de Lo amador, ocurrida al regresar García Márquez de Estocolmo. En un almuerzo en casa de Roberto, mientras le echaba mano a una bandeja de patacones, Gabriel le dijo: “Ningún escritor dijo de mi primera libro que era bueno, y menos si ese escritor era un Nobel”.
La amistad con Sábato, en tanto, surgió porque Eligio quería entrevistar al gran narrador argentino sobre el tema de la ciencia. “Entre ambos hicimos un cuestionario kilométrico al que yo le adicioné preguntas literarias. Después de eso, por algún tiempo conservamos una correspondencia muy fluida”.
Álvaro Mutis ya era amigo suyo cuando salió publicada su novela El patio de los vientos perdidos, cuyo manuscrito Roberto le había enviado cuando aún no la terminaba. En un encuentro casual en la Biblioteca Nacional, Mutis le dijo: “Tengo que pedirle una cosa. Yo quiero hacer la nota de contratapa porque este es un país que conozco muy bien y lo primero que van a decir es que esa novela es garcíamarquiana, y no tiene un carajo que ver. Pero eso no lo puede decir usted sino yo”.
Y así se hizo.

Roberto a secas

De Roberto se dice que es un autor de culto; que era de pocos amigos, pero muy amigo de sus amigos; que era un hombre generoso con los recuerdos positivos; que tiene una hija en Argentina, a la que desconoce su esposa Dora; que tiene un gran amigo que se llama Arnulfo y una amiga entrañable que se llama Adriana; que a pesar de los tantos años de habitar en Bogotá, lo seguía deslumbrando la comida de su tierra —los pescados de mar, el arroz con coco, el mote de queso—; que tenía una deformación que bien pudo haberle costado la expulsión eterna de Cartagena: considerar como el mejor dulce la pasta de mango que hacen las Goenaga en Santa Marta; y que era sobrecogedoramente tímido ante los medios.
En fin.
Se decían pocas cosas de Roberto Burgos Cantor porque era alguien arisco para las páginas sociales: nunca lo deslumbraron los focos ni las bambalinas. Vivió como de tapadillo, haciéndole el quite a las polémicas y evitando cazar peleas con intención de atraer los flashes. Tampoco le interesaron los entresijos del poder. Era más bien un hombre casero dedicado a su trabajo y a la escritura que desde niño asumió como su razón de vida. Este año ganó el Premio Nacional de Novela con Ver lo que veo. Tuvo así la fortuna de ser homenajeado en vida. Pero el conjunto de su obra merece una visita: una y otra más.
Ha muerto ahora y deja un enorme vacío entre sus amigos y un dolor que no se va y el corazón desmigajado de sus familiares. Deja además, por fortuna, un valioso legado literario que, como escribió Marino Canizales en Aurora boreal, “Supera con creces el lugar común de que la literatura es lenguaje”. Y deja también la enseñanza de quien se supera siempre a sí mismo: el respeto y la admiración por Roberto tienen de poso no solo el trabajo que se hace a pulso, con dedicación y disciplina, sino también la elegancia del amor, la sencillez del que es grande y la decencia del hombre en paz consigo mismo.


jueves, 18 de octubre de 2018

Roberto Burgos Cantor y el delirio caribeño

Roberto Burgos Cantor
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Roberto Burgos Cantor y el delirio caribeño


17 Oct 2018 - 9:39 AM
Marcos Fabián Herrera

 
En homenaje a Roberto Burgos Cantor, fallecido este 16 de octubre, publicamos una de las entrevistas que concedió, explayándose en los temas de la literatura del Caribe.
Cuando se le ve con gabardina negra y con anteojos a la usanza de un novelista decimonónico, fácilmente se llega a creer que nos encontramos frente a un santafereño ancestral, que porfía en su acicalada vestimenta de filipichín capitalino. Son sus libros los que revelan con mayor acierto su condición de caribeño. Roberto Burgos Cantor nació en Cartagena de indias el 4 de mayo de 1948. Su rito iniciático en la literatura se lo debe a Manuel Zapata Olivella, quien le publicara su primer cuento en la memorable revista Letras Nacionales. Su obra es un decantado empeño en alegorizar, con un singular y personalísimo matiz, la vastedad de una región colombiana, poseedora de dimensiones distintas a las ya instauradas como manidos clichés.
Al leer sus libros, se afinca la certeza de que el Caribe es una fuente inacabable de literatura. ¿Encuentra secretos vínculos entre la desaprensión y el alborozo caribeño y el permanente deseo de poetizar dichas vivencias?
En el Caribe coexisten dos estirpes. A ellas es posible seguirlas, entre otras novelas, en Cien años de soledad. Una es representada por los personajes que llevan el nombre de Aurelianos. Otra se identifica bajo el nombre de los Arcadios. Los primeros son los solitarios, los que hacen guerras, se ensimisman fabricando pescaditos de oro, descifran manuscritos. Ahí están Rafael Nuñez, Luis Carlos López, Nieto Arteta. Los otros, ruidosos, acompañados todas las veces, contando a gritos proyectos grandiosos que nunca se inician, un desafuero insaciable que jamás se colma. Ahí están los canales alternativos al de Panamá por el Atrato, la ciudad de espejos y chimeneas en una orilla agreste del Pacífico, en Cartagena de Indias, Benito, el chacero, candidato presidencial por tres veces, ofrecía un ventilador de montaña con aspas de trasatlántico para instalarlo en la colina de la popa y refrescar los calores indoblegables de julio. Sin embargo, tengo la impresión de que las miradas sobre el Caribe que se quedan en alguno de los fragmentos de su complejidad vienen de una percepción corriente en el siglo XIX. Ellas cuentan con un supuesto aval científico. Este consiste en definir a las tierras bajas, de climas cálidos, como territorios de imposibilidad para cualquier cultura, vedados al pensamiento y condenados por la eternidad al zangoloteo. Esta curiosa clasificación eurocéntrica la reprodujeron Caldas y Samper. Es argumento de discriminación, desprecio y más exclusiones. Conjeturo entonces que la vida y sus producciones, lo que Rubén Blades llama la maestra vida, es fuente de literatura. Si acaso el Caribe añade un reto más: la dificultad de nombrar y de revelar, puesto que en los mundos al margen de los prestigios literarios, expulsados de la atención privilegiada de los doctores, tener que rescatarlos de la neblina de lo invisible, demanda imaginación y quizás amor.
¿En La ceiba de la memoria, la multiplicidad narrativa, los paralelismos y alternancias temporales, son recursos que configuran un nuevo prisma de lectura de la esclavitud y sus correlaciones históricas?
Parece que la aventura de las novelas y los cuentos es el cómo. Es probable que ese cómo, aquello denominado por los estudiosos la forma, no sea nada al examinarla desprendida de la totalidad orgánica que es cada novela. Dicha forma no es superflua ni una manifestación exterior. De alguna manera corresponde a un estado de necesidad del texto, necesidad sin la cual no es lo que es y resulta impensable. Ahora, es posible el hábito, el gozo, la compulsión de oír o leer cuentos, historias, narraciones, demande a sus escritores, por tiranía del texto, estrategias sutiles, imaginativas, sellos del tiempo, como al principio cuando al contador lograba ser distinto de otro, introducía variaciones, o la que de noche en noche afinaba su voz y fortalecía el insomnio del sultán. Ahora, quizá, la sombra impudorosa de la conciencia del escritor se condensa más y no se diluye en la claridad o la espesura del relato. No tengo dudas: una novela, un libro de cuentos de relojería riesgosa encontrarán excelentes lectores. Y así a mejores lectores mejor literatura.
El componente reflexivo que acompaña cada pasaje de La ceiba de la memoria la hace distante del relato arquetípico. ¿Es el artilugio novelístico la principal herramienta para la revaloración de la historia?
La historia -sea el ángel de Benjamin, o el idiota de Shakeaspeare (Sound and Fury), o la pesadilla de Joyce, o la descripción de Braudel-tiene una manera propia de poner a flote su masa de pasado. Las novelas y los cuentos pueden surgir de los intersticios vacíos, silenciosos, donde la huella del pasado, si acaso estuvo, se desvaneció. Por allí se cuela la imaginación y propone una inteligibilidad, un orden o un caos, una lectura. Ello será si el texto existe como literatura y eso es lo que funda. Las concepciones que pretenden trasladar los retos de una ciencia a las artes, como una manera de sosegar y obviar las dificultades propias, incluso de puerilizar los problemas, son un fracaso y una estafa.
¿Busca Ese silencio descubrir las raíces de la concepción amatoria en la mujer del litoral y la presencia del mismo en el gozo carnavalesco?
Cuando el escritor se refiere a lo que escribió se ve interferido por una especie de pudor que le impide agregar voces al texto publicado. Una manera de esquivar el impedimento que he encontrado es advertir y aceptar que el escritor como lector de sí mismo no imprime legitimidad adicional a su lectura. Está como cualquier lector, quizá con la desventaja de esa lectura que hace mientras escribe, a lo mejor en estado de atolondramiento por las condiciones de la producción literaria. Entiendo el carácter transgresor del carnaval, su ruptura instantánea de ataduras. No sabría si María de los Ángeles tiene que ver con "el gozo carnavalesco" por lo general, lleno de signos exteriores, de énfasis, que requieren deshacer la normalidad por seguro que sea el territorio que la cobija. Si algo puedo ver en Ese silencio es una aventura que indaga formas de relacionarse y se inmiscuye en rostros diversos de lo amoroso. Soy de los que considera que el amor es cómplice necesario de la libertad. Comparten quizás el amor y la libertad una sustancia común, de forma que sus expresiones están protegidas por el secreto. Tienen raíces profundas que no han sido desenterradas.
Los cuentos y relatos reunidos en los libros De gozos y desvelos y Una Siempre es la misma confrontan la fragilidad de lo humano, pero al tiempo el valor de sobreponerse con arrojo...
En algún momento de la escritura de El patio de los vientos perdidos se coló con nitidez la visión de unos cuentos. Era tan precisa la idea que no se me ocurrió ponerla en notas y tuvo el efecto de quitarme un peso adicional a las incertidumbres de esa navegación sin brújula que es escribir novelas. El peso tiene que ver con las ambiciones del arte. El escritor siente que se acerca el momento inevitable de obsesionarse con las tachaduras y reescrituras en las márgenes y entrelíneas. En ese momento, tener entre manos una continuidad lo alivia del vacío que se aproxima. En las artes no hay grados, el escritor no se diploma de nada. Cuando dejó de escribir, dejó de ser escritor. Así termina por estar cerca del abismo cada vez que cree que considera haber concluido un texto. Pero ocurrió ese noviembre de fiestas en Cartagena de Indias, yo estaba en Bogotá D.C. y sentí como que no había más líneas, más palabras, para la novela que por primera vez escribía y por primera vez creía poner el punto final. Me entretuve en corregir, en las versiones limpias, eran tiempos de la máquina de palo. Y cuando quise encontrar los cuentos que había visto, escribirlos, estaba vacío de ellos. Y de repente, una frase. Como los cantantes. Como las invenciones del jazz. Y me dediqué a perseguirla. Era distinto a lo que me había visitado antes, y así fue De gozos y desvelos. Con los años, en 2009, se publicó Una siempre es la misma. La lectura que propone tu pregunta es válida y perspicaz. Yo no lo concebí con deliberación. Creo que en cada vida íntima se da una batalla, por inconformidad o por hastío; por rechazo o por aburrimiento; y muchas veces nadie lo sabe.
El boxeador, el aristócrata, los músicos y las putas de El patio de los vientos perdidos, configuran un cuadro tan disímil y a la vez compacto difícil de ubicar por fuera del Caribe colombiano. ¿Es esta novela un tributo al delirio y fantasmagoría costeña?
Debe haber algo en los territorios de transgresión de las novelas que le permite a los personajes probar suerte con la ilusión imposible de la felicidad. Indagar por sus formas sin antecedente. Sin embargo, ese espacio propone una igualdad: quienes ingresan buscan los mismo y mediante igual procedimiento. La regla tácita es no violar las reglas. Aceptar la bella mentira de que te quieren. Dudo en llamar "delirio" a algo que percibo en el Caribe. Sus gentes no piden nada, pero lo quieren todo. Esta tensión les permite una irreverencia natural y una capacidad de burlarse de sí mismas que las hace inmunes a las migajas y sus protocolos rimbombantes, a las celebraciones de medianía. Sí hay un delirio en el Caribe: la luz. Sí hay una, como tú la llamas, "fantasmagoría": tanto sepultado en el mar. Sin duda, la mitad más un cuarto de nuestra historia, todavía deshilvanada.
¿Podría precisar las coordenadas en las que se encuentra la música y la escritura en sus libros?
No tenía conciencia de los pasadizos entre la música y mi escritura. Una vez un editor revisaba un texto que me había encargado. Yo llegué en ese momento a mirar las propuestas de ilustración que fueron confiadas a David Manzur y de entrada el editor me dijo: empecé a leer tu historia y al rato estaba dando golpecitos al suelo con las puntas de los pies. Llevaba el compás. Si paraba se detenía la lectura. Es de suponer que en el Caribe la música, por razones diversas, está metida en el cuerpo, incorporada en la vida. La música preside la vida y acompaña la muerte; aviva el dolor y dulcifica el sufrimiento; sirve de salvavidas a las flaquezas del recuerdo; e incluso propone sensibilidades sustitutivas a los vacíos de la aventura; y por supuesto interviene en las formas del movimiento, reinventa el silencio de la danza. Tengo la impresión que quien hizo evidente esa complicidad fue Guillermo Cabrera Infante. De cualquier manera la una y la otra mantienen su autonomía y sus expresiones propias. A lo mejor, ambas apuestan por encontrar el silencio.
Lo Amador se arriesgó a fabular la costa  confrontando una ciclópea sombra patriarcal. ¿Cómo asume la escritura de un universo geográfico y cultural sembrado de prevenciones en los lectores  por su manida concepción garcíamarquiana?
Parecería evidente que Gabriel García Márquez, sus cuentos y novelas, resolvieron para siempre muchos de los problemas que implicaban el paso de una escritura con las severas interferencias del mantenimiento y celebración de formas caducas impuestas como reglas del buen gusto, de los empecinamientos testimoniales de una realidad tan reciente como violenta, de concesiones a cierta noción ingenua de la diferencia, uno de cuyos fundamentos era lo exótico, lo pintoresco, un lenguaje, o, mejor, unas palabras desconocidas y sin significado en la lectura, a la aventura pendiente del encuentro con la modernidad. Por motivos que deben meditarse, hay obras de la literatura que se convierten en símbolo, en biblia de un país. Para bien y para mal. Así El Quijote es el símbolo de la libertad en España. Y, naturalmente, el de la locura. En Colombia, el inocente alborozo que condujo a millones de seres a bautizar a sus hijos con los nombres de Efraín y María y nunca con el bello de Ney, el nombre de la esclava, hallaron por fin en Cien años de soledad algo más que un directorio santo para nombrar cristianos. Dieron con un ícono que poco a poco sirvió para dar cuenta del ser latinoamericano. Sin embargo, el abrumador proceso de las interpretaciones, aunó a críticos y glosadores, comentaristas y reseñadores, estudiosos y lectores, en la coincidencia de mutar la fina intuición de Alejo Carpentier de lo real maravilloso en el repetido realismo mágico. Con los años, esa expresión, con su soberbia intocable de talismán y palabra revelada, se fundió con Macondo o macondismo. Fue despojada de su virtud y se transformó en el pernicioso hábito de nombrar y hacer responsable, explicar y justificar las desgracias, crímenes y tremendas anomalías sociales y políticas, por la supuesta pertenencia a la zona sagrada del realismo mágico. El efecto de esta aceptada y casi ilimitada explicación es devastador: el hecho condenable, el delito, la canallada se cubren de un manto benigno que envuelve la gravedad, la obliga a ingresar a un orden mágico que escapa al orden terrenal. Allí, todo puede ocurrir en la infinita perversidad humana y todo escapa a la sanción ética, a la sanción legal. Entonces el reto para los escritores es apasionante. Ni más ni menos que desajustar, desacomodar una conciencia colonizada y con deformaciones, una conciencia pervertida por la autoridad, el Gran Hermano, o como quieran llamar a los que se autoerigen en dueños del mundo. Tengo la impresión que como nunca antes, hoy, existe una literatura con registros distintos, vasos comunicantes, que dejó atrás la tradición de un solo libro, una sola novela, un solo poema. Agradezco la perspicacia de tu pregunta, pones el acento en algunos lectores y dejas que cada escritor asuma sus riesgos, su reto.

Roberto Burgos Cantor gana el Premio Nacional de Literatura de Colombia


Roberto Burgos Cantor
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Roberto Burgos Cantor gana el Premio Nacional de Literatura de Colombia


 • Viernes 27 de julio de 2018

El escritor colombiano Roberto Burgos Cantor (Cartagena, 1948) se convirtió en el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura de Colombia con su libro Ver lo que veo, según se anunció este jueves 26 de julio. El galardón es un reconocimiento la excelencia en la producción literaria en el país latinoamericano.
El reconocimiento, que está dotado con sesenta millones de pesos, se entrega un año al género de novela y al siguiente a la poesía. Además de la dotación económica, se difunde la publicación en ferias y otros eventos literarios dentro y fuera de Colombia.
El jurado, integrado por el escritor mexicano Álvaro Enrigue y los colombianos Luis Fayad y Liliana Ramírez, dijo que la obra ganadora es el resultado de un autor maduro de imaginación fresca. “Es una novela de un gran propósito literario. Montada en una estructura compleja, que alterna los monólogos con la narración en tercera persona, en una progresión de imágenes visuales compuestas mediante un lenguaje al mismo tiempo personal y universal”.
La novela le tomó al escritor tres años. “Estaba buscando un acercamiento a ese mundo de la gente que no tiene un nombre, que no tiene un lugar en las páginas sociales; buscaba fundamentalmente un mundo sin voz y un mundo sin lugar”, comentó Burgos Cantor.
El autor explicó, además, que el premio tiene para él un gran valor a nivel personal y social. “En lo personal es un estímulo, un aliento que queda en el orden íntimo de la sensibilidad del autor, y en el orden social, sobre todo cuando se trata de un concurso que cuenta con jurados serios y de calidad”.
Ver lo que veo fue publicada por Seix Barral y se desarrolla en el siglo XX. “Sobrevivir es la única aspiración de un barrio desplazado en la costa Caribe”, indica la presentación de la editorial. “Sus habitantes, visibles desde el estorbo que le generan a esta nueva sociedad, no logran pertenecer más que a sus miedos y recuerdos. Un hombre abrazado por la ruina se refugia en el azar del juego esperando que la vida le devuelva un pedacito de luz, el pasado que ya no pasa”.
Burgos Cantor publicó cuentos en periódicos y revistas hasta 1981, cuando apareció su primer libro de cuentos, Lo amador. Además es autor de los libros de relatos De gozos y desvelosQuiero es cantarJuego de niñosUna siempre es la misma y El secreto de Alicia, así como el libro testimonio de época Señas particulares y las novelas El patio de los vientos perdidosEl vuelo de la palomaPavana del ángelLa ceiba de la memoria —ganadora del Premio de Narrativa Casa de las Américas 2009 y finalista del Premio Rómulo Gallegos 2010—, Ese silencioEl médico del emperador y su hermano y Ver lo que veo.
Este año se postularon 78 obras al concurso, publicadas entre el 1 de enero de 2016 y el 31 de diciembre de 2017. Entre ellas, el jurado seleccionó como finalistas a La perra, de Pilar Quintana; Declive, de Antonio García Ángel; La cuadra, de Gilmer Mesa; Criacuervo, de Orlando Echeverri Benedetti, y Ver lo que veo, de Burgos Cantor.
Los últimos ganadores del Premio Nacional de Novela fueron los escritores Evelio Rosero con La carroza de Bolívar (2014) y Octavio Escobar Giraldo con Después y antes de Dios (2016).


miércoles, 17 de octubre de 2018

Roberto Burgos Cantor / Diario de un viaje memorable / Coetzee en Colombia

J.M. Coetzee

Diario de un viaje memorable

El escritor colombiano que acompañó a J. M. Coetzee durante los cinco días de estancia en el país reconstruye su experiencia junto al Nobel de Literatura sudafricano.


El Nobel leyó dos textos durante un seminario en su honor en la Universidad Central y recibió un doctorado Honoris Causa en Letras y Humanidades, pero realmente se relajó en Tenjo, Cundinamarca, a donde fue de paseo.
Roberto Burgos Cantor
El Espectador, 13 de abril de 2013

Las últimas luces del atardecer de domingo dejaban una sombra rojiza en la superficie de los humedales alrededor del aeropuerto El Dorado. El avión que volaba desde Fráncfort buscaba la cabecera de la pista mientras las azafatas percibían, una vez más, el ansioso desasosiego de la tierra después de once horas sobre las nubes. Uno de los viajeros venía de China y aún no terminaba de ordenar los recuerdos de las conversaciones con Mo Yan, el Nobel de literatura del año pasado, las avenidas inacabables, los reveladores acercamientos que propicia la literatura entre mundos diferentes. Por la ventanilla vio el verde, islotes de construcciones que encendían las luces y sin llamarla vino la imagen de seis meses antes en Adelaide. Un escritor colombiano, Isaías Peña Gutiérrez, con su mujer y su hija lo visitan y lo incitan a venir a Bogotá D.C. Desde allá se asoma otra vez la sonrisa por las dos bolsas pequeñas de café del Huila.
No le pasa desapercibida una coincidencia: es abril. Sabe lo del 9 de abril de 1948 por su lectura de Vivir para contarla. Las memorias de Gabriel García Márquez. Piensa en el episodio de centenares de personas, incendios, muebles destrozados, viviendas, en su novela La edad de hierro. Ahora sale de la terminal y ha oscurecido. Un viento frío ronda y en medio del silencio las turbinas de los aviones. Se ajusta la cazadora de cuero negro con las nubes del uso en las mangas.
Lo conducen al hotel en el barrio viejo de La Candelaria. Enfrente está el palacio de San Carlos. Le muestran la ventana por la que saltó el Libertador, escaso de ropas y sin botas, para huir de los conspiradores. La historia de América en tantas ocasiones a punto de la tragedia o en la cuerda floja de la comedia.
El conserje de turno en la recepción le pregunta: ¿Cómo pronuncio su nombre, Mr. Coetzee?
En la habitación, mientras recorre con los ojos el techo de la catedral, los tejados, siente el mordisco del helaje adentro de la garganta. Su intérprete, el profesor Fernando Cuevas de la Universidad Central, llama al médico. El breve tiempo entre los saludos de bienvenida y las preguntas del clínico causan pudor. Pronto se despeja el temor de los brotes de gripa aviar en China y un diagnóstico preciso indica el tratamiento adecuado. Hay que esperar.
Una luz solar con brillo despeja la neblina de los cerros, seca la humedad y entibia el aire. J. M. Coetzee decide su menú vegetariano y sigue la prescripción médica: descansar. Poco a poco regresa el bienestar y desaparecen las incertidumbres. Atenderá la lectura de un texto de ficción inédito a las seis y media de la tarde, irá media hora antes para saludar al rector de la Universidad Central, saldrá al día siguiente a conocer algo de las afueras, la sabana. Sí. Podrá cumplir.
Alcanza a ver fugazmente parte del sueño de la Central y la Tadeo Lozano, convertir la calle 22 en un corredor cultural. Cuatro teatros, una sala de conciertos, una galería, una plazoleta, las esculturas de Carbonell, una sala de exposiciones, la conmovedora casa del Abanderado, la quinta de Bolívar, y los cerros. Quieren evitar que Coetzee vea las horripilantes cajas con plantas indecisas que dañan la carrera Séptima. Esperan que la estética del realismo sucio del alcalde retorne a la dignidad de la pobreza.
A una sala austera de más de mil butacas en la que se percibe la respiración expectante de los asistentes hace su entrada Coetzee. Se ha puesto su traje oscuro y su corbata de profesor. Camina firme, sin titubeos, y quienes lo tienen de perfil miran su cabello blanco, la frente amplia, la nariz fina y los ojos de un azul manso muchas veces escondiéndose.
Por estos tiempos los escenarios imitan las salas de las casas donde se conversa. Un sofá y dos sillones. Un atril discreto.
El rector, descendiente de profesores de griego y de pintores, y de su propio insomnio que gasta en clasificar pájaros y cucarrones, en armar modelos de buques en botellas y leer, quien trazó líneas para resolver las contradicciones de una Universidad Nacional en un país centralista, lo recibe con la bella metáfora de porque en estos países los poderes de la imaginación tienen más destino que los delirios de caudillos autoritarios.
Coetzee lee una inolvidable historia de una mujer, su hijo, los gatos y un bobo. El tono, las modulaciones, las expresiones en español, devuelven a los asistentes el olvidado goce de oír leer cuentos y novelas. Vaya con dios.
Aún quedan energías y el escritor de Sudáfrica que obtuvo el Nobel en 2003 concurre a un coctel. Allí saludó a estudiantes y profesores que escribieron ensayos sobre sus novelas. Potdevin, Montoya, Gaviria, Peña Gutiérrez, Restrepo, Cardona, Godoy, Salgado.
Vuelve al hotel. Entre bambalinas se discute la salida a la sabana y la multitudinaria marcha por la paz que se anuncia. Abril, piensa Coetzee con García Márquez y olvida a Eliot: abril es el mes más cruel.
Otra mañana luminosa. A las nueve Coetzee, puntual, se sube al carro que incierto busca una manera de salir de La Candelaria. A la marcha han venido gentes de diversas regiones. Indios, campesinos, sufridores de la violencia sin fin. ¿Por qué estas tierras parecen predispuestas a celebrar el fracaso? El automóvil toma atajos sin resultados. En las aceras pequeños fogones calientan los desayunos de caminantes que no han dormido: caminaron por días para llegar a la capital y su sordera inmemorial.
Dos horas en rutas imprevistas dejan al escritor ver barrios, zonas, gentes de diversa condición. Pasan el puente sobre el río Bogotá y un aroma a podredumbre antigua despierta su curiosidad. En la ribera lo espera el profesor Joaquín Molano: toda una vida estudiando la sabana, sus transformaciones de millones de años, de altiplanicie a sabana, los pastos y árboles, las flores. Le precisa las que vinieron de Sudáfrica. Muestra las mariamulatas del Caribe, y de Enrique Grau, que ahora saltan de las cercas de alambre a los árboles.
Pronto se llega a Tenjo. La plaza con espléndidos cauchos sabaneros una muestra de las poblaciones de la conquista española. Desde el otro lado llega el himno nacional y un altavoz rememora el nueve de abril. Liberales gaitanistas los habitantes de Tenjo. Alguien relata que así ocurre en Santa Cruz de Mompox, donde unos inmigrantes italianos, los de Filippo, desde 1949 en su casa a la orilla del río, ponen en la calle los equipos de sonido para oír los discursos de Jorge Eliécer Gaitán.
Coetzee oye con inamovible respeto. A veces se marcan los cauces en el rostro de sus setenta y tres años.
Entonces el historiador y la historiadora del municipio lo conducen a la iglesia. Le muestran con orgullo los Vásquez y Ceballos que aún cuelgan, los que no se han robado. La insistencia en lo doloroso de las imágenes de la virgen. Isaías Peña le explica una placa en piedra donde el poder civil se entrega a un culto determinado en plena república.
J. M. Coetzee tiene ánimo para caminar. La historiadora conduce al grupo al mirador de Tenjo. Una preciosa visión sobre la sabana, las colinas y las toldas de plástico de los cultivadores de flores. Le cuenta la hermosa leyenda de amor que dio forma a la colina. En lo que denominó la roca le explicó cómo las líneas grabadas eran una prueba de los ovnis. Un revuelto así de leyenda y ciencia futurista, más el aire limpio y ligero, despierta el hambre. Unas personas que rememoran la muerte de Jorge Eliécer Gaitán se despiden de un escritor que comprende, como pocos, la anomalía del mundo, su injusticia.
En un recodo de la carretera está la casa de Natalia Schönwald. El huerto sin químicos y el ámbito sabanero de la vivienda son suficientes.
Avanza la tarde con luz espléndida. Después del almuerzo, cuando ya se ha señalado la cercanía de Zipaquirá para mostrarle a Coetzee el lugar frío donde García Márquez leyó tanto piedracelismo, se sale a la huerta a tomar el café y las aguas de hierba.
Los acompañantes se quitan los zapatos y danzan sobre la hierba, arrojan las imposiciones del prestigio y la autoridad, reivindican la amistad de los libros que leyeron y saltan y se ríen. Maestros y alumnos. Coetzee se recuesta a la pared de la casa. Los mira. Observa las colinas. Apoya la cabeza y una secreta plenitud que borra las arrugas de sus mejillas lo posee. Ha llegado. Ahora está aquí.
Los editores en Colombia de Coetzee lo han invitado a una comida. Coincide con el deseo de él de conocer a algunos escritores de Colombia.
La marcha ha vencido las provocaciones al desmadre y Bogotá D.C. está tranquila. En un tercer piso de temperatura confortable se acomodan los invitados. La fraterna actitud de Alberto Ramírez y la complicidad vegetariana de Helena Gómez, completan el encuentro.
Se habla de ciclismo, de traducciones al español y el escritor siempre sin énfasis interviene.
Dos comensales, por azar, comemos la pasta vegetariana que Coetzee pide. Él no resiste al aroma del bloque de parmesano que rayan encima de la pasta. Enfrente están Fernando Gómez y Jorge Franco. Ambos con el desparpajo de la juventud hablan sin temores. La penumbra ayuda.
Fernando le pregunta: ¿Qué está leyendo?
Levanta la vista del plato y le dice que lee a Von Kleist. Entre unos y otros le contamos que en la colección de Señal que Cabalgamos de la Universidad Nacional el filósofo Luis Guillermo Hoyos lo ha traducido. Después, inevitable, hablamos de Michael Kohlhaas el criador de caballos.
Los muchachos insisten y le inquieren por otras lecturas. Dice que Robert Walser. Precisa que no es Martin.
La aceptación de esta intimidad permite a Jorge preguntarle por su procedimiento de escritura. Refiere que tiene una libreta en la cual anota aquello que no debe ser olvidado. Y un cuaderno en el cual escribe, completas, sus novelas, sus libros. Después los transcribe en el ordenador. Los manuscritos, dice, están en la Universidad de Texas.
Ahora solo escribe textos de ficción cortos y ensayos sobre otros escritores.
¿Qué atrae a los escritores que se empeñan en la renovación a leer a los europeos del Este?
Marianne Ponsford con su sonrisa de ángel travieso le ha hablado. Es posible que un texto esté hoy en sus manos.
La noche avanza y la dueña del restaurante se acerca con un libro, en un plato, para pedirle un autógrafo al escritor.
Sin apremios el amanecer avanza.
El proyecto de ir al Museo del Oro se cumple. Almuerzan en el buen restaurante del museo.
La guía de la visita ilustrada y amable. Al concluir Coetzee, contento con el recorrido, reflexiona. La encargada de mostrar salas y piezas todo el tiempo habló de los artífices y orfebres llamándolos ELLOS. Relató con delicadeza su visita a México y allí eran NOSOTROS. Esto lo llevó a hablar sobre la identidad. Contó las migraciones en su país, los genocidios y concluyó que en ese revuelto de buenos y malos uno no puede escoger sino que es una herencia completa de la cual venimos para mal y para bien.
Se apresta para recibir en la noche el doctorado honoris causa en humanidades que le otorgaría la Universidad Central. Enseguida leería su conferencia sobre la censura. Así fue. La censura como experiencia de vida y sus consecuencias en el lenguaje y la confianza entre los seres. Contó la tremenda experiencia del momento en que desclasificaron los conceptos de los censores.
Antes de salir recibió el libro con las ponencias sobre su obra leídas durante esos días.
Se siente bien Coetzee.
Desayuna y va hasta la Casa de Los Precursores de la Universidad, donde firma libros.
Mariana Guhl, la nieta del geógrafo, lo convida a montar bicicleta en esta altura. Pedalean desde la calle 24 hasta la Plaza de Bolívar.
Se acercan a la donación Botero del Banco de la República. Observa sin prisa.
La tarde se nubla y habrá que salir al aeropuerto. Destino: Santiago de Chile.
Otra vez el avión. La palpable lejanía. Los libros que serán leídos. Recordará a Neruda: Lo primero que vi fueron árboles, barrancas decoradas con flores de (…).