
‘ORGASMIC MAN’, 1969, PETER HUJAR © THE PETER HUJAR ARCHIVE
PETER HUJAR Y LOS RETRATOS DE LAS TRES MUERTES
POR SOFÍA GUARDIOLA
POR SOFÍA GUARDIOLA

POR SOFÍA GUARDIOLA

En 1963, Peter Hujar (Nueva Jersey, 1934-Nueva York, 1987) y el escultor y pintor Paul Thek viajaron juntos a Sicilia. Mantenían una intensa y productiva relación, aquel viaje dejaría una huella profunda en sus sensibilidades. En concreto, su visita a las Catacumbas de los Capuchinos, en Palermo, donde caminaron entre los féretros de cristal y los ocho mil cadáveres embalsamados —“no esqueletos, sino cadáveres”, tal y como describiría Thek—, que se amontonaban en los pasillos. Aquel breve paseo por el reino de los muertos inspiraría las piezas escultóricas más conocidas del artista plástico, Technological Reliquaries, así como el único libro publicado en vida del legendario fotógrafo: Portraits in Life and Death (1976), convertido hoy en libro de culto. La serie fotográfica se muestra por primera vez en Europa, en una exposición que se celebra coincidiendo con la Bienal de Venecia, en el Istituto Santa Maria della Pietà.
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| Autorretrato, 1975 Peter Hujar |
Sólo publicó un libro, que pasó desapercibido. Ahora sus retratos de drag queens, poetas y artistas se consideran documentos vitales de un mundo desaparecido. A medida que se exponen, los temas favoritos del fotógrafo recuerdan su genio.
Alex Meedham
15 de abril de 2024
“Me hicieron vestir de blanco”, dice Fran Lebowitz , por teléfono desde Nueva York. La escritora habla del día en que su gran amigo, el fotógrafo Peter Hujar, la fotografió para Portraits in Life and Death, el único libro que hizo en su vida. “Peter fue muy específico. Fue en mi apartamento, que era del tamaño de, no sé, un libro. Y la luz era algo muy importante, como sucedía con todos los fotógrafos, cuando eran fotógrafos de verdad”.


Manuel Jabois
Sanxenxo, 13 de agosto de 2024
El 3 de julio de 1967, Patricia Lee Smith, de 20 años, llegó a Nueva York con un peto, un jersey negro de cuello alto y una vieja gabardina gris, y una maletita de cuadros rojos y amarillos en la que había varios cuadernos, lápices de dibujo y un ejemplar de Iluminaciones, de Rimbaud, que le estaba cambiando una vida ya de por sí agitada: embarazada a los 19 años, había dejado a su bebé en una familia de adopción. Meses después de aquello, en Nueva York, ella se dirigió a la dirección que le habían dado y allí, en una habitación, se encontró a un chico dormido sobre una cama de hierro. “Era pálido y delgado con una oscura mata de pelo rizado. Tenía el torso desnudo y collares de cuentas alrededor del cuello (…). Se levantó de un salto, se puso las sandalias y una camiseta blanca y me indicó que le siguiera (…). Nunca había visto a nadie como él”, escribió ella 43 años después. El joven la ayudó a llegar a su habitación, y se despidieron.
Días después, tras conseguir su primer trabajo en una de las librerías Brentano’s, apareció ese chico por la puerta. Camisa blanca y corbata, esta vez. “Parecía un colegial católico”. Compró un collar persa, el preferido de Patti Smith. Mientras se lo envolvía, a ella se le escapó: “No se lo regales a ninguna chica que no sea yo”. Él sonrió y dijo: “Descuida”. Pasó una semana y Patti Smith, hambrienta y sin lugar para dormir (lo hacía a escondidas en la tienda, sobre su abrigo, cuando todos se marchaban: esperaba encerrada en el baño), aceptó la invitación a cenar de un escritor que llevaba días merodeando la librería y observándola. Olvidó los consejos de su madre (con un desconocido, a ninguna parte) azuzada por el hambre. Cenaron caro y mucho, y ya en la calle él la invitó a subir a tomar una copa. Desesperada, miró a todas partes buscando una salida. Apareció de la nada el chico de la cama de hierro, el chico del collar persa. Fue hacia él: “Finge que eres mi novio”, le pidió. Pasaron la noche juntos de un lado para otro y hablando sin parar (“me sorprendió lo cómoda y abierta que me sentía con él; más adelante, me dijo que se había tomado un ácido”). Durmieron abrazados y no volvieron a separarse nunca.
Él le dijo su nombre a Patti aquella noche, Bob, pero ella decidió que no le pegaba Bob, así que lo llamó Robert. Robert Mapplethorpe, ese era su nombre real. También su nombre artístico, porque esta es una historia de amor absoluto entre dos chicos de 20 años que, con el tiempo, se convertirían en dos leyendas del siglo XX. Pero esto último da igual.
Ella —dijo en Éramos unos niños (Lumen, 2011), un libro capital en el que desmenuza su relación abrasiva e insólita— era una cría mala obsesionada con portarse bien; él, un niño bueno con muchas ganas de portarse mal. Dependían de la generosidad de los amigos de Robert para dormir bajo techo, para ahorrar dinero Patti se saltaba comidas (una compañera de trabajo la vio tan flaca que empezó a dejarle una fiambrera con sopa en el guardarropa) y aunque, escribe, nunca cuestionó la decisión de entregar a su hijo en adopción, “aprendí que dar vida y desentenderse de ello no era tan fácil”. Lloraba tanto que Robert la llamaba Empapadita. Tenía, dice, las caderas tan estrechas que el embarazo le había abierto literalmente la piel de la barriga. La primera vez que se acostaron juntos, Robert pudo ver las estrías que cruzaban su abdomen.
Lo que ocurrió entre ellos y alrededor de ellos, bajo ellos y sobre ellos, es una historia tan asombrosa y deslumbrante que esta página solo puede dar pobre testimonio de su inicio y de su final. En medio, Patti Smith sería compositora, cantante, escritora, y Robert Mapplethorpe, que pintaba cuando conoció a Patti, se hizo célebre como fotógrafo. Vivieron juntos en el Chelsea Hotel en una época, 1969, en la que por allí vivían o pasaron Andrea Feldman, Leonard Cohen, Bob Dylan, Keith Richards, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Dylan Thomas o Allen Ginsberg. También Jim Carroll, el poeta (yonqui, chapero, de todo) que escribió su vida en Diario de un rebelde, luego película protagonizada por Leonardo DiCaprio. “¿Cómo sabes que no eres gay?”, le preguntó una vez Robert. “Porque siempre pido dinero”, le respondió Carroll. Cuando Patti y Robert empezaron a tener una relación más íntima, más amistosa, menos sexual, ella empezó a salir con Sam Shepard.
Robert la enfrentó un día. Quiso llevársela con él a San Francisco. “Tengo que descubrir quién soy”, dijo. Ella se negó. Él insistió: “Si no vienes conmigo, estaré con un tío. Me volveré homosexual”. Y Patti no comprendió: “No había nada en nuestra relación que me hubiera preparado para semejante revelación. Todas las señales que él había transmitido de forma indirecta, las había interpretado como la evolución de su arte. No de su personalidad”. “Me han acusado de vestir como un puto, de tener mente de puto y cuerpo de puto”, le escribió a ella meses después, aún impactado por Cowboy de medianoche. “Introdujo el concepto de puto en su obra y, más adelante, en su vida”, dijo Patti; “Puto, puto, puto. Supongo que es lo que me va”, resumió él. (Años antes, él se había empezado a prostituir para pagar el alquiler de los dos).
Seguían juntos, siempre siguieron juntos a su manera, también haciendo el amor. “Cada uno por su lado, juntos”, resumió Patti. Robert le hizo una fotografía icónica: la portada de Horses, el primer disco de Patti Smith. “Esta es la que tiene la magia”, dijo él eligiendo una de la selección. “Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mí. Nos veo a los dos”, dijo ella.
En febrero de 1989, muchos, muchos años después, Robert Mapplethorpe, enfermo de VIH, recibe a Patti Smith junto a su enfermera. Allí le lanza una pregunta demoledora: “Patti, ¿nos la ha jugado el arte?”. “No lo sé, Robert. No lo sé”. “Patti, me estoy muriendo. Duele muchísimo”. Y ella supo, por primera vez, que aquel chico de 20 años que había conocido pobre y harapiento, feliz con un ácido encima, y que le había acompañado toda su vida, se iba a morir.
Un mes después, ella llamó como cada noche al hospital para desearle buenas noches. Pero la morfina lo había dormido y Patti se quedó al teléfono oyendo su respiración cansada sospechando que jamás volvería a escuchar su voz. Ordenó sus cosas en el escritorio, que también habían sido de Robert, arropó a sus hijos, se acostó con su marido, al que le dijo: “Sigue vivo”, y luego rezó. Cuando se despertó, y bajó las escaleras, en medio del silencio de la casa, supo que Robert Mapplethorpe había muerto. Minutos después, el teléfono sonó. Patti Smith recuerda que estaba puesta la ópera Tosca en el televisor: “He vivido para el amor, he vivido para el arte”.
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| Edith, Danville, Virginia 1978 |
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| Edith, Ruth and Mae, Danville, Virginia 1967 |
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| Edith Foto de Emmet Gowin |
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| Diane con Allan Arbus Foto de Frances McLaughlin |
En 1967 una persona escupía sobre una fotografía de Diane Arbus en el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York.[1] La obra ofendida era A Young man in curlers at home on West 20th Street (1966).

Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos y niñera se convierte en fotógrafa. Estas podrían ser las dos definiciones de Alice Munro —de hecho, fue la que le dedicaron en The Vancouver Sun— y de Vivian Maier. Si no fuera por el Premio Nobel y un documental fantástico sobre quién era la autora de cientos de fotografías, estas dos mujeres serían solamente eso: un ama de casa y una niñera. Socialmente, Alice y Vivian eran mujeres invisibles: podrían ser brillantes pero estaban camufladas en la más absoluta normalidad. Y lo normal a menudo quiere decir, para los demás, mediocridad. Pero no: las siestas de sus hijas salvaron el talento de una am de casa, y la excentricidad ocultó el verdadero talento de una retratista inusual.
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| Vivian Maier |
Vivian Maier, la mirada de autor
y la mirada social
Vivian Maier, the Author's Gaze and the Social Gaze
Elsa Rodríguez Brondo
Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Filológicas.
Fecha de recepción: 6 de agosto de 2013
Fecha de aceptación: 20 de septiembre de 2013
Resumen
El descubrimiento reciente del archivo fotográfico de Vivian Maier, de más de 150,000 imágenes de Nueva York y Chicago de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX, nos descubre la vida callejera de la modernidad norteamericana. Este Atlas inmenso que nos legó una mujer que vivió y murió en el anonimato, nos permiten llevar a cabo una reflexión benjaminiana acerca de un momento del pasado que se manifiesta como el germen de nuestra reciente catástrofe. La fotografía de Maier no es el "pretexto" para emprender esta tarea, sino la prueba forense de un detective callejero, tal y como Benjamin concibió a la fotografía de finales del siglo XIX.
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| Fotografía de Vivian Maier |
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| VIVIAN MAIER Nueva york, 1953 |
Alexa de Blois
La historia de Vivian Maier y la fotografía es digna de la ficción de una de las mejores películas de Hollywood y es que Vivian Maier, a pesar de ser considerada, a día de hoy, como una de las mejores fotógrafas de streetphotography que han existido, murió pobre, sola y con una inmensa obra fotográfica que nadie, ni ella misma, vio jamás.
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| Fotografía de Vivian Maier |
La sala Kutxa Kultur de Tabakalera acoge 135 fotografías, 33 de ellas inéditas en España, de la artista con una historia singular que conoció la fama de manera póstuma.

La historia de la niñera fotógrafa Vivian Maier es uno de los fenómenos en el mundo del arte más llamativos de los últimos tiempos. La sala Kutxa Kultur de Artegunea ofrece una completa muestra sobre este boom mediático titulada con acierto La fotógrafa revelada. Y es que el caso de Maier encarna a la perfección una operación característica de la atmósfera cultural de la contemporaneidad que es el Descubrimiento, es decir, la reivindicación a toro pasado de un artista que en su periodo más intenso de actividad pasó completamente desapercibido.
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| VIVIAN MAIER |
Por Óscar Colorado Nates*
Cuando Viviam Maier falleció en una casa de retiro seguramente se le vio solamente como una mujer mayor, sola, ex-niñera, sin mayor importancia. Nadie imaginó que era una fotógrafa consumada que había recorrido las calles de Chicago cada fin de semana durante cuatro décadas y que había llegado con su cámara a Francia, India o Egipto. Tampoco nadie, ni en los sueños más desquiciados, hubiera anticipado que sus fotografías acabarían exhibiéndose en los museos más importantes del mundo en decenas de países. Y nadie lo sabía porque Vivian Maier era una mujer reservada, apenas si se sabe algo de ella, pues era una persona que guardaba celosamente su privacidad. [1] Pero dejó su trabajo que fue rescatado y puesto en la mira de la comunidad fotográfica mundial.
https://www.youtube.com/watch?v=MGPYJ_EXRQ0
BUSCANDO A VIVIAN MAIER
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| 'Night Shinjuku', el centro administrativo y comercial de Tokyo de noche, fotografiado por Moriyama en 2018. |
El americano William Klein (Nueva York, 1928) y el japonés Daido Moriyama (Osaka, 1938) son dos de los fotógrafos contemporáneos que mejor han sabido captar la vida urbana de ciudades de medio mundo. En 2012 coincidieron personalmente en Londres cuando la Tate Modern les dedicó una exposición conjunta comparando y enfrentando sus trabajos. Una muestra que fue calificada “como la más importante de fotografía que se podía ver en el Reino Unido en una generación”. Pero ahora, por arte y magia de la programación, Fundació Catalunya-La Pedrera y Foto Colectania han hecho que los particulares mundos de estos dos viejos amigos vuelvan a encontrarse en Barcelona, en sendas exposiciones que abrieron sus puertas casi a la vez y que ahora, las medidas para frenar el avance de la covid-19, obliga a que estén cerradas a la espera de que el desconfinamiento permita reabrir.