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domingo, 4 de mayo de 2025

Jaime Bayly / Escritores que no me quieren

 


Jaime Bayly

Escritores que no me quieren

“Nuestro perro, tan leal, castigó a esos escritores”.


No he podido ser amiga de ningún escritor. He tratado, pero he fracasado. Los escritores, mis colegas, no ven mérito alguno en mi obra. Dicen que soy una escritora frívola, esnob, narcisista, siempre mirándose el ombligo. Dicen que estoy obsesionada con vender libros y no con escribir buenos libros. Dicen que mis libros se venden tanto porque soy una escritora chismosa, cabeza hueca. No encuentro argumentos para defenderme. Debe de ser que tienen razón. Debe de ser que ellos escriben mejor que yo. Cuando leo sus libros, me llevo esa inequívoca impresión. "Diario El Comercio. Todos los derechos reservados."

Hace muchos años, cuando aún vivía en la ciudad del polvo y la niebla, yo era amiga de un escritor alto, noble y triste como un árbol en otoño, un escritor llamado Alfonso Caballero. Nos veíamos para jugar al tenis en el club japonés. Alfonso hacía honor a su apellido: era todo un señor y me miraba las piernas caballerosamente, sin lujuria aparente. No me resultaba difícil ganarle porque yo estaba atenta a la pelota amarilla, mientras Alfonso prefería mirarme las mamas sin sujetador, sobre todo cuando yo subía a la red como una loca para pegar una volea, dando un grito enajenado. Como él estaba distraído, tiraba muchas pelotas afuera. Sin embargo, era un buen perdedor. Mi impresión es que yo le gustaba. Nos habíamos conocido en su taller literario, donde él me enseñó a escribir, aunque ahora lo niegue. Estaba casado, pero su esposa no jugaba al tenis, y yo no era tan mala jugándolo, y por eso Alfonso terminaba perdiendo, bañado en sudor, la lengua afuera. Después nos poníamos traje de baño y nos metíamos en la piscina. Yo le decía que mi sueño era ser una escritora de prestigio, como él. Hidalgamente, me animaba a escribir. Pero no me engañaba: Alfonso se aburría leyendo mis cuentos en su taller. No se aburría, o eso me parecía, mirándome las posaderas en la piscina. Tiempo después, publiqué mi primera novela, recreando las desventuras de mi vida erótica, y él escribió una reseña elogiosa. Una mañana nos encontramos para tomar desayuno en un hotel donde yo me había refugiado porque el edificio en que vivía estaba en obras. Alfonso comió con un apetito extraordinario, devorando lo que hubiera tragado un batallón. Lo impresionante era que eructaba y despedía flatulencias con naturalidad, mientras seguía atacando el bufé con la alegría de saber que no pagaría la cuenta. Luego, en el ascensor, quiso besarme. Mejor no, le dije. Por qué, preguntó él. Porque tengo que correr al baño, le dije, y es que yo también había comido bastante. Me miró fijamente, sin su habitual apatía. Yo también debo ir al baño, confesó. Mejor si no vamos juntos, sonreí, coqueta. Mejor si yo voy a mi baño y tú vas al de la recepción, sugerí. Menudo disgusto se llevó porque no lo invité a pasar a mi suite para hacer popó juntos. Semanas después, le hizo una entrevista en El Dominical a un poeta de origen japonés, Julio Guata, y le preguntó quién era la persona más despreciable del mundo. Y el poeta, que escribía muy bonito, respondió que yo, Jimena Barclays, era la persona más despreciable del mundo. Esa fue la venganza de Caballero. Desde entonces, no he vuelto a verlo. Pero siempre compro sus libros y sigo pensando que escribe mejor que yo. "Diario El Comercio. Todos los derechos reservados."

Tiempo después, supe que un escritor joven, apuesto y talentoso, Santo Lomas, que con apenas treinta años había ganado un importante premio literario, y que era descendiente de aristócratas españoles, y a quien yo ardía en deseos de conocer, pues me parecía un geniecillo coqueto, había dicho que yo era una escritora mediocre, y peor aún una escritora repetitiva, y más todavía una escritora aburridora y cansona que había escrito cinco veces la misma novela, solo que cambiando los nombres de los personajes y, desde luego, también los títulos de aquellas ficciones. Desde la atalaya invicta de su precoz gloria literaria, Santo Lomas decía que mi obra artística era boba, tontorrona, perfectamente prescindible, y que bastaba con leer cualquiera de mis novelas autobiográficas para haberlas leído ya todas. Caí en una profunda depresión. Seguramente Santo Lomas tenía razón. Yo había leído dos novelas suyas y no se repetía en absoluto. Sin duda, escribía mejor que yo, y por eso él ganaba premios y yo no. Una vez que me recuperé del abatimiento y la melancolía, fui a verlo en una feria del libro e hice cola hora y media para que me firmase su novela premiada y, al estar frente a él, le dije Santo, soy Jimena Barclays, la escritora que ha escrito cinco veces la misma novela. Santo Lomas se puso colorado, se levantó, me abrazó y me dijo que él no había dicho eso, que algún periodista lo había malinterpretado o sacado de contexto, que mis libros le gustaban. No me dijo la verdad, claro. Pero fue amable conmigo. Por eso, días más tarde, lo invité a mi programa de televisión para hacerle una entrevista. En principio, aceptó. Sin embargo, faltando unas horas para nuestro encuentro, su asistente de prensa me llamó y dijo que Santo no vendría al programa porque estaba atacado de jet-lag. Quedé muy afligida. Yo quería ser su amiga, y hasta su amante, pero él, que era de izquierdas, no quiso mostrarse en público conmigo, tal vez porque siempre he sido una mujer de derechas. "Diario El Comercio. Todos los derechos reservados."

Tampoco he tenido suerte con René Sánchez, poeta y narrador, fanático del fútbol, columnista de prensa, autor de novelas muy vendidas y elogiadas por la crítica. Su padre y el mío fueron amigos porque les gustaba disparar armas de fuego en el club de tiro y porque ambos eran homofóbicos. Si bien yo soy bastante más alta que René, él es un pícaro y siempre encuentra la manera de empinarse para darme un beso mitad en la mejilla, mitad en los labios, un beso calculadamente ambiguo que me deja inquieta, deseosa de un beso más. No es que René Sánchez sea guapo, objetivamente no lo es, y él lo sabe, pero escribe tan bonito que, cuando leo su prosa poética y su poesía en prosa o porosa, tengo ganas de conocerlo más íntimamente, si me dejo entender. Ha venido a mi apartamento en la ciudad del polvo y la niebla, y ha bebido botellas de vino, y, a pesar de que en esos tiempos se encontraba separado de su esposa y yo estaba dispuesta a complacerlo, no ha querido romper nuestra amistad y se ha puesto a llorar como un niño porque amaba a su esposa pero no quería vivir con ella y porque su club de fútbol no ganaba un campeonato hacía años, y cuando he querido consolarlo, abrazándolo, haciéndole un masaje en la espalda, se ha quedado dormido en el sillón de mi apartamento, sin zapatos y en calzoncillos. Yo pensé que éramos buenos amigos, y hasta malicié que yo le gustaba y por eso me daba esos besos inciertos, prometedores, pero no imaginé que René Sánchez, a quien he sabido secarle las lágrimas como si fuera su pañuelo más íntimo, y a quien he sacado los zapatos y los pantalones cuando ya roncaba, me atacaría por periódico, escribiendo en una de sus celebradas columnas que mis lectores eran tan tontos que pensaban que yo, Jimena Barclays, merecía ganar el Nobel de Literatura. Tras leer esa emboscada, volví a caer en una profunda depresión. Silvio, mi esposo, me consoló diciendo: René Sánchez te envidia porque él es retaco y tú no, y porque él no tiene plata y tú vives mantenida por tu mamá. Quizás no miente Silvio, mi marido: soy más alta que René y, todo hay que decirlo, me doy la gran vida, no gracias a las regalías de mis libros, sino a la generosidad de mi madre, que nos paga los viajes y las tarjetas de crédito. "Diario El Comercio. Todos los derechos reservados."

Hubiera querido salvar mi amistad con Alfonso Caballero, Santo Lomas y René Sánchez, pero ellos han querido preservar su bien ganado prestigio diciendo cosas feas de mí. Soy una dama, mi madre me educó así, y no responderé esas mezquindades. Sin embargo, la otra noche ocurrió algo insólito: nuestro perro Leo, mientras dormíamos, se vio urgido a defecar, y excretó varios mojones sobre unos libros que yo había apilado en la alfombra de mi estudio. Como si obrase en venganza por mi honor pisoteado, el perro se cagó en un libro de Caballero, otro de Lomas y uno de Sánchez, libros que yo, despechada, había sacado de los estantes de mi biblioteca y dejado en un rincón. Mi esposo Silvio y yo nos hemos reído al descubrir que nuestro perro, tan leal, castigó a esos escritores con su crítica escatológica. "Diario El Comercio. Todos los derechos reservados."

4 de mayo de 2025

https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/escritores-que-no-me-quieren-por-jaime-bayly-noticia/


EL COMERCIO 


lunes, 16 de diciembre de 2024

Jaime Bayly / Adiós, mi gata amada

 

Fotografía de Triunfo Arciniegas


Adiós, mi gata amada


Jaime Bayly
9 de diciembre de 2024

No estaba en nuestros planes recibir a una gata en casa y compartir nuestra intimidad con ella. No la elegimos, no la adoptamos, no la invitamos a mudarse con nosotros. La gata vivía en casa de unos vecinos, quienes al parecer no le daban el cariño y las atenciones que ella merecía y la condenaban a pasar mucho tiempo en la calle. Con extrema prudencia, ella exploró la posibilidad de vivir en nuestra casa y ser parte de nuestra familia. En sus primeras tentativas o aproximaciones, se subía al techo de nuestras camionetas y advertía que nosotros, al verla, no la reñíamos ni la espantábamos, sino buscábamos acariciarla, procurábamos ganarnos su confianza y nos reíamos de sus extravagancias.

lunes, 3 de junio de 2024

Jaime Bayly / El coito y la culpa

 


Jaime Bayly
El coito y la culpa


El magnate inmobiliario Donaldo y la actriz de videos pornográficos Estefanía se conocen en un torneo de golf. Donaldo, quien dobla en edad a Estefanía, está solo, pues su esposa Melania, embarazada, se ha quedado en la casa de verano de la pareja, en la otra costa. 

Donaldo invita a Estefanía a su suite. Con apenas veintiséis años, acostumbrada a follar con hombres a los que acaba de conocer, Estefanía condesciende a una relación sexual con Donaldo. No queda impresionada. Le parece un amante discreto, pobremente dotado. Se despiden. No volverán a verse en casi veinte años. No saben, no sospechan, no imaginan que ese coito ordinario y vulgar les cambiará la vida.

Estefanía prosigue su carrera como actriz porno. Donaldo gana millones como estrella de un programa semanal de televisión que lo hace famoso en todo el país. Ella no intenta volver a verlo, él tampoco la busca. Al parecer, se han olvidado mutuamente.

Diez años después del encuentro sexual a hurtadillas con ese hombre de pelo casi anaranjado, Estefanía ve en la televisión que Donaldo ha entrado en política, capturando la candidatura presidencial de un partido conservador. De pronto recuerda el revolcón erótico que tuvo con él. Inmediatamente piensa que, así como gana dinero acostándose con amantes profesionales de la industria pornográfica, también podría obtener un provecho económico vendiendo la historia de sus amoríos secretos con el magnate que quiere ser presidente.


A cambio de dinero, Estefanía ofrece contar su historia íntima con Donaldo a una revista sensacionalista, sin saber que el dueño de ese tabloide es amigo de Donaldo. Fiel a su amigo, el dueño del pasquín llama a Donaldo y le dice que Estefanía es una amenaza para su candidatura porque quiere vender la primicia de que fue amante de Donaldo cuando él ya estaba casado con Melania, quien entonces se encontraba embarazada.


Temeroso de que la historia aparezca en los periódicos y dañe su candidatura presidencial, Donaldo le pide su abogado Miguel que le pague un dinero a Estefanía, a cambio de que ella permanezca en silencio. Miguel cumple las órdenes de su jefe y transfiere el dinero a Estefanía, comprando el silencio de la actriz. Días después, Donaldo gana las elecciones presidenciales. Contenta porque hizo un negocio provechoso con la amenaza de sus indiscreciones amatorias, Estefanía le cuenta a medio mundo, en fiestas y rodajes, en viajes y saraos, que se acostó con el presidente electo y que, como amante, le resultó un fiasco, pues su dotación es minúscula y su destreza en la cama, nula. A pesar de que había cobrado por permanecer en silencio, se jacta de conocer íntimamente al presidente y alardea de ello con impudicia. No cumple el pacto, o no del todo. Esparce tanto el chisme que llega a la sala de redacción de un periódico serio, de negocios: el presidente se acostó con una actriz porno y le pagó para que ella no lo filtrase a la prensa.

Mientras tanto, Miguel está decepcionado de su jefe, el ahora presidente Donaldo, porque no le ha ofrecido ningún cargo en el gobierno, ni siquiera una embajada, y le ha reembolsado el dinero que usó de sus propios ahorros para pagarle a Estefanía, pero sin premiarlo con un bono, recompensa pecuniaria que le había prometido. Peor todavía, el periódico de negocios investiga el espinoso asunto de los amores furtivos entre Donaldo y Estefanía y el pago que ella recibió para no contarlo todo. Tan pronto como el reportaje es publicado, el presidente Donaldo le exige a su abogado Miguel que mienta: Miguel debe decir que Donaldo no conoce a Estefanía, que Estefanía es una mitómana que se ha inventado una copulación con Donaldo para ganar dinero, y que él, Miguel, le pagó a Estefanía con su propio dinero, sin que Donaldo supiera nada, en un acto de lealtad y afecto a su jefe, tratando de protegerlo y actuando a espaldas de él. Humillándose a sí mismo para salvar a su jefe que es ahora el presidente de la nación, Miguel dice todas las mentiras que Donaldo le ha exigido recitar.


Sin embargo, o precisamente por eso, Miguel termina encerrado en la cárcel. La justicia concluye que, al pagarle a la actriz porno para que ella no divulgara una información que podía afectar la candidatura presidencial de Donaldo unos días antes de las elecciones, Miguel debió reportar ese pago como un gasto de campaña, pues el pago se hizo para favorecer la campaña de Donaldo, o para no perjudicarla. Recluido en prisión, Miguel descubre que el presidente Donaldo le ha dado la espalda, lo ha abandonado a su suerte aciaga: no sólo no le dio un cargo en el gobierno, ni le pagó el bono prometido, sino que tampoco le concede un indulto o perdón presidencial para liberarlo, ni lo visita en la cárcel, ni ayuda con dineros a su familia. Harto de desintegrarse moralmente e incendiar su reputación para salvar a su jefe, Miguel decide contar toda la verdad a la justicia. En ese momento, Donaldo se convierte en su peor enemigo y dice a la prensa que Miguel es una rata. Desde entonces, Miguel hace todo cuanto puede para que la justicia castigue a Donaldo.

Acusado de acostarse con la actriz porno y sobornarla para encubrir la verdad, el presidente Donaldo lo niega todo, afirma que no la conoce, que ella es una mentirosa serial y que jamás se acostaría con una mujer tan fea, con esa cara de caballo. Herida en su orgullo, Estefanía publica un libro, contándolo todo, revelando que el colgajo de Donaldo le pareció minúsculo (pero es verdad que ella seguramente lo comparaba con las anacondas de sus parejas en la industria porno) y, de paso, ganando más dinero con el libro que con el pago a escondidas que recibió de Miguel, un soborno que compró un silencio dudoso, de corta vida.

Años después de terminar su mandato presidencial, Donaldo se ve obligado a reunirse, muy a su pesar, con Estefanía y con Miguel, ambos convertidos en sus feroces enemigos, y a escucharlos hablar durante horas, cada uno contando la verdad, o su verdad, o los pedazos de verdad que creía recordar. La justicia, que había sido implacable con Miguel, encerrándolo en un calabozo, ahora acusa a Donaldo de una felonía, o muchas felonías. Dicha deslealtad o traición consiste en que Donaldo, años atrás, siendo candidato presidencial, le pagó un dinero a Estefanía para que ella no compartiese con la prensa una información más o menos relevante sobre el carácter moral del entonces candidato, una información que, según los fiscales, los votantes merecían conocer antes de los comicios. Por consiguiente, la felonía no consiste en pagarle un dinero a la mujer, sino en no reportarlo como gasto de la campaña presidencial, pues el pago se hizo para favorecer la candidatura de Donaldo, o para no perjudicarla.

Mientras cierra los ojos, echa la cabeza atrás y finge dormir, Donaldo, sentado frente al juez, y procurando no hacer contacto visual con ninguno de los doce miembros del jurado, sufre no poco al escuchar que Estefanía testifica, bajo juramento, que él es un amante paupérrimo y pobremente enarbolado, y que Miguel se redime de los oprobios de su pasado, hablando pestes e incendios de él. Insultada por Donaldo, quien la ha llamado cara de caballo, Estefanía quiere ahora ridiculizarlo. Miguel, en cambio, desea ver preso a Donaldo, y por eso sorprende a la corte con una grabación secreta que le hizo a su entonces jefe, ambos conversando sobre el pago soterrado a Estefanía.

Casi veinte años después de que Donaldo y Estefanía se enredaran en un breve e irrelevante intercambio de fluidos y secreciones, una fornicación desprovista de amor, los doce miembros del jurado, todos ellos, le creen a Estefanía y no a Donaldo, pues ella afirma que fueron amantes y que él le pagó por interpósita persona para permanecer en silencio (una virtud, la de saber guardar un secreto, que ella no parece cultivar), y Donaldo, en cambio, proclama su inocencia, asegurando que jamás tuvo sexo con Estefanía y que todo es una patraña urdida por ella para ganar dinero. 

Asimismo, los doce miembros del jurado, todos ellos, le creen a Miguel y no a Donaldo, pues Miguel sostiene que le pagó a Estefanía cumpliendo órdenes de Donaldo, en tanto que el expresidente afirma que nunca estuvo al corriente de ese pago y que Miguel actuó en solitario, sin consultarle ni informarle. 

Así las cosas, todos los miembros del jurado condenan a Donaldo por felón. Debió de ser un día especialmente feliz para Estefanía y Miguel, y uno miserable para Donaldo. Al escuchar tantas veces la palabra culpable, Donaldo seguramente pensó que el desgraciado coito con Estefanía fue el más culposo de toda su vida.

2 de junio de 2024


LA TERCERA

miércoles, 17 de junio de 2015

Vargas Llosa / El marqués y la filipina

Isabel Presley, Mario Vargas Llosa y Patricia Vargas

Jaime Bayly

El MARQUÉS

Y LA FILIPINA 



Jaimín, ¿qué te ha parecido el escándalo de Vargas Llosa?
–Me ha parecido muy bien, mamá. Salir en la portada de ¡Hola! es siempre un triunfo personal, casi tan importante como ganar el Nobel.
–No sé, hijito, no sé. Te digo que acá en Lima todas mis amigas están furiosas, furibundas con Vargas Llosa. ¿Qué se ha creído de abandonar así a su esposa de toda la vida, si recién acababan de celebrar sus bodas de oro en Nueva York?
–Ay, mamá, no sé qué decirte, no es para tanto. A mí me parece estupendo que Mario celebre sus bodas de oro acostándose con la filipina. ¡No tendría ninguna gracia celebrarlas acostándose con su esposa! La gracia es celebrarlas con otra señora, ¿no crees?

viernes, 15 de junio de 2012

Bryce Echenique / Jaime Bayly y su esposa no han aportado nada


Alfredo Bryce:


Alfredo Bryce: "Jaime Bayly y su esposa no han aportado nada en literatura"

El escritor criticó los aportes literarios de la controvertida pareja. Además, se mostró en contra de la “Marca Perú”
Los aportes literarios de Jaime Bayly y Silvia Núñez del Arco fueron criticados por Alfredo Bryce Echenique. (Foto: Facebook/ El Comercio)
El escritor Alfredo Bryce Echenique se mostró crítico con el ambiente literario peruano actual, la política y la campaña Marca Perú, según aparece en la última edición de la revista “Cosas”.
Sobre el primer tema, el autor lamentó el espacio que se le ha dado a personajes como Silvia Núñez del Arco, la esposa de Jaime Bayly, quien ya lleva dos novelas publicadas.
“Como no hay escritores, las editoriales tienen que pescar al criminal y convertirlo en novelista. La esposa de Bayly pobrecita. El día que Bayly la deje, se pegará un tiro. Bueno sería que se lo pegaran los dos. En literatura, ninguno de ellos ha aportado nada. Él es un buen showman”, dijo Bryce.
UN POCO DE ELEGANCIA
Al analizar la campaña “Marca Perú” y las diversas actividades que se realizan para exaltar las bondades de nuestro país, Bryce Echenique dijo verlo como un movimiento falto de elegancia.

“La Marca Perú y esas cosas peligrosamente chovinistas que han salido son ridículas. Lo que es bueno no hay que publicitarlo; se impone solo. Y tenemos cosas buenísimas, nuestra gastronomía entre ellas. Pero empezar a decir “¡Qué viva el Perú!”, “con ‘p’ de Perú”, es algo que no nos va. Basta con eso. Los peruanos no somos así, nosotros siempre hemos sido mucho más elegantes”, declaró para luego referirse con humor al incidente protagonizado por su colega Ivan Thays.
“Imagino también que no debe de ganar mucho dinero ni debe de comer muy rico. Al pobre hay que invitarlo a comer más a menudo”, dijo al respecto.
EL SHOW DE LOS POLÍTICOS
Finalmente, Bryce, quien lleva cerca de tres años viviendo en el Perú tras una prolongada temporada en Europa, dijo estar “harto” de la pareja presidencial y la familia Humala, en general.

“Es un show mediático con unos actores pésimos. Isaac Humala es un pobre diablo, un cretino. Una pesadilla para su pobre hijo. No es gracioso ni simpático; es un imbécil, nada más. Y el hijo se parece al padre. Qué familia. Todos ellos deberían estar en el manicomio. No digo en la cárcel porque no creo que sean tan dañinos, pero están muy enfermos”, sentenció.
MÁS INFORMACIÓN
Cabe señalar que este 2 de julio, Alfredo Bryce Echenique presentará “Dándole pena a la tristeza”, una nueva novela que el califica como la versión anti de “Un mundo para Julius” y en la que retrata a su abuelo, Francisco Echenique.





sábado, 19 de marzo de 2011

Jaime Bayly / El amor sin nombre


Jaime Bayly
EL AMOR SIN NOMBRE
Papeles perdidos

La periodista colombiana que me sedujo en un hotel del malecón de Santo Domingo y me aseguró que algún día yo sería presidente de mi país y ella, la primera dama.
El botones peruano del hotel Plaza de Manhattan que apareció uniformado en mi habitación con las frutas de cortesía y, para mi sorpresa, me ofreció otras cortesías que no pude rechazar.
El camarero francés de Lincoln Road al que pasé a buscar a las once de la noche apenas cerró su restaurante y llevé a un hotel decadente de la avenida Collins, en el que chilló extrañamente como una gata en celo.
La loca alcohólica con aires de millonaria estropeada que vino a verme en un teatro en Bogotá y terminó conmigo y su mejor amiga en la suite con chimenea de Casa Medina.
La insaciable estudiante pelirroja que estaba haciendo una tesis sobre alguno de mis libros y me usó como material de investigación en el hotel Intercontinental de Santiago, mientras yo trataba de investigar por qué ella gritaba tanto.
El modelo español que vivía en el Decoplage de South Beach y sólo me buscaba para sacarme plata y comprar más drogas que luego me invitaba y yo rechazaba con orgullo.
El modelo argentino que vivía en un piso muy alto de South Point, con vista a Fisher Island y a los cruceros que salían del puerto de Miami, y que había estudiado educación física y soñaba con ser un actor famoso y terminó siendo un actor famoso de telenovelas en México.
El modelo uruguayo que había sido Mister Universo y secretamente deseaba ser Miss Universo y no salía a la calle sin maquillarse y echarse laca en el pelo.
La estudiante de medicina de Portland, Oregon, que conocí en un vuelo entre Miami y Madrid y perdió el tren a Barcelona y vino a verme llorando a la suite del Wellington y a la que le dije “no te preocupes, sólo vamos a dormir”, sabiendo que mentía, que no íbamos a dormir nada.
La estudiante de literatura de la universidad Católica de Santiago que me decía “Gabrielito” por el personaje de mi novela La noche es virgen y que curiosamente resultó siendo virgen y no me dejó ver la final del mundial de fútbol (Brasil-Alemania) porque quería perder la virginidad.
El turista brasilero que se me acercó en la playa de Miami para decirme, sin disimular su magnífica erección, que quería bañarse en el mar conmigo.
El argentino rubio y delgado que conocí en la tienda de ropa Antique Denim de Palermo, la tienda más gay de Buenos Aires, y que odiaba mi corte de pelo y mis entrevistas de televisión y la ropa vieja y agujereada que me ponía todos los días y que me decía que algún día sería un diseñador famoso.
La chica distraída que decía que era mi hada protectora y me esperaba, pasada la medianoche, afuera del canal de televisión en Lima, y que vivía sin plata, ayudando a los niños con retraso mental y tratando de olvidar que su madre se quería suicidar cada cierto tiempo.
El joven banquero francés, recientemente casado, impecablemente peinado, que se sentó a mi lado en el avión, me dio su tarjeta y me dijo en perfecto español que nunca había estado en la cama con un hombre pero que, después de leer mis novelas, sentía una curiosidad creciente por vivir esa aventura, a escondidas por supuesto de su esposa.
La estudiante californiana que asistió a mis clases en Georgetown y siguió siendo mi amiga cuando ya no era mi alumna y se mudó a Nueva York para trabajar como fotógrafa y se enamoró de un banquero muy guapo del que me mandaba fotos en traje de baño.
La chilena misteriosa de apellido aristocrático que se fue a vivir a Los Angeles.
La preciosa actriz lesbiana que conocí en un café de la avenida Wisconsin, en Georgetown, en mi semestre de profesor.
El taciturno residente de Virginia que manejaba un BMW negro y me alquiló el primer departamento que tuve en Georgetown, hace más de quince años.
El profesor de gimnasia del hotel Plaza de Buenos Aires, tan solícito para mostrarme el sauna y alcanzarme las toallas al salir de la ducha.
La periodista de un canal cultural de Buenos Aires que me llevó una tarde de invierno a un restaurante a orillas del río, en San Isidro, y, leyendo un papel que no había escrito, me preguntó cosas que no nos interesaban, porque lo que a mí me interesaba saber era por qué le había puesto el nombre de un futbolista famoso (Bochini) a su perro.
La argentina que conocí en Amsterdam en un café de marihuana, que me dijo que era sobrina de uno de los hombres más ricos de su país y era una experta catadora de hierbas jamaiquinas y colombianas.
El estudiante de la universidad de Georgetown que se vestía como Dylan y fumaba como Dylan y quería cantar como Dylan pero que en la cama no podía ser como Dylan, lo que lo hacía llorar.
La joven madrileña que tenía un novio colombiano y había perdido a su madre recientemente y escribía cuentos muy tristes y que me pedía que nos sentásemos en la última fila de los cines vacíos de su barrio, en función de matiné.
El bombero voluntario de Chicago, de paso por Washington, que conocía las montañas del Perú mejor que yo y que hablaba un español rudimentario y conmovedor cuando hacía el amor.
La mujer muy tatuada y algo casada, muy joven, con aire lunático, que me pidió que le firmase un libro en la feria de Montreal y que más tarde me tocó la puerta de mi habitación y se quitó la ropa apenas le abrí, sin decirme nada, quizá porque tenía la calefacción encendida y hacía calor.
El tejano con sombrero que se alojó en el hotel Park Plaza de Miraflores y era idéntico a mí, lo que había descubierto viéndome en la televisión, de paso por Lima, y me dejó en la recepción del hotel un sobre con su foto para demostrármelo, y al que, sin dudarlo, llamé a Houston y fui a ver, en un acto obsceno de narcisismo mutuo.
El tripulante aéreo de nariz protuberante que me contaba los chistes más divertidos y quería ser un humorista famoso y se sabía los secretos de medio mundo y se sentaba a mi lado en los vuelos a Miami sin importarle que sus superiores le dijesen que eso estaba prohibido.
La agente inmobiliaria de Key Biscayne que me enseñó una casa frente al mar, se echó en la cama de la habitación principal y me miró como no imaginé nunca que esa bella mujer casada me podía mirar.
La agente inmobiliaria sueca de Key Biscayne, madre de tres hijos, recientemente divorciada, que me enseñó una vieja casa Mackle y me llevó luego al bar del Sonesta a tomar unas copas y rompió a llorar, recordando la traición de su ex marido, y me pidió que la abrazara.
A todas esas personas les dije que las amaba, y ahora no recuerdo sus nombres.



viernes, 18 de marzo de 2011

Jaime Bayly / Por ti muero ahogado

Shakira Mebarak Ripoll

 Jaime Bayly


Acabo de soñar con Shakira. Son las cinco de la mañana y estoy parado escribiendo en la cocina porque tengo el brazo roto y sentado no puedo escribir.
No es la primera vez que sueño con ella. Estoy enamorado de ella desde que la conocí. Y ya son años. La conocí cuando vino a Miami y no sabía hablar inglés y vivía en un apartamento y conducía un auto rojo convertible y quería conquistar el mundo con esa voz milagrosa que viene de siglos de sangre derramada en tierras libanesas y se entremezcla con el desgarro poético de ser colombiana y vivir asomada al abismo mirando curiosa y preguntándose si volaría como una mariposa en caso de saltar, que es como viven no pocos colombianos, hechizados por la tentación del abismo, cantando, pintando o escribiendo al borde mismo del despeñadero.
Nunca nadie me había mirado como me miró Shakira aquella noche y nadie volverá a mirarme así, ni siquiera ella, que ahora sabe que yo no valía esa mirada de fuego que quemaba las entrañas.

La joven Shakira
Me miró así porque era una niña sabia que se había sentado en televisión conmigo y había descubierto que había algo que nos unía profundamente. Yo estaba sobrecogido y hechizado como si hubiese descendido de los cielos Remedios la bella y cubierto de flores aquel estudio desangelado. Sus padres, sabedores de que llevaban un pequeño milagro que acabaría por embrujar al mundo, resignados a acompañarla en esa larga travesía, no parecían sorprendidos de que nos mirásemos con esa desesperación o ardor por saber qué era aquello que tan profundamente nos unía, si el amor o algo que aún no conocíamos y tal vez jamás conoceríamos.
Cuando se iba caminando deprisa, volvió a mirarme como si sólo yo existiera, como si fuera una amapola que ella quería oler y me dijo con la mirada que la llamase, que quería meterse y perderse en mí.
Pero no la llamé porque estaba casado y era infeliz y me sentía bisexual y no tuve el coraje de contarle todo eso y tampoco que me había enamorado de ella como nunca me había enamorado de nadie, de ningún chico ni chica.

Shakira
La niña de los pies descalzos
Y fue ella, como tenía que ser, quien me llamó un día y me dijo tímidamente (porque nadie supondría que esa niña que subyuga multitudes es de una timidez casi esquizofrénica) que me invitaba al cine a ver Titanic. Y yo, cobarde, tratando de evitar mi propio naufragio, que se hundiera el matrimonio con Sofía y ella se llevara a nuestras hijas a la ciudad del polvo y la niebla como acabó llevándoselas, le dije que no podía ir al cine con ella. Nunca más volvió a llamarme. Nunca más me miró como aquella noche, diciéndome si quieres, soy tuya, ven y atrévete y pruébame y no podrás dejarme.
Si hubiera tenido el valor de ir al cine con ella, tal vez hoy estaríamos juntos, tendríamos hijos y no seríamos felices porque ella lloraría en silencio cuando yo le dijera que además de sus caricias y sus besos necesito también el amor de un hombre que me quiera como no quiso o no pudo quererme mi padre, que me dijo desde niño que yo había nacido para ser un mariconcito, que es lo que en efecto fui con Shakira y terminé siendo hasta hoy, un mariconcito al que sin embargo le gustan extrañamente las mujeres.

Shakira y los ladrones

Luego Shakira conquistó el mundo y se enamoró de Antonio el noble y, fue inevitable, yo también me enamoré de él, porque es uno de los hombres más buenos, leales y valientes que he conocido y porque cuando nos sentamos a hablar de madrugada me hace llorar por lo puta y cabrona que ha sido la vida con él y, sin embargo, por la alucinante fortuna que tuvo al hallar en esa pequeña diosa libanesa a la curandera que ha restañado sus heridas y lo ama como no he visto que se amen nunca dos amantes, aunque es verdad que casi nunca salgo de casa y a casi todos los amantes que veo los veo en las películas, unos amantes bellos, arrojados, con esa pasión suicida y poética que tenían antes, cuando daban la vida por amor. Por eso los amo sin reservas y deseo que estén juntos y felices para que nos demuestren a nosotros, los cobardes y ermitaños, que el amor sí es posible, sólo que no lo conocemos porque nos falta coraje.
Que es lo que no le faltó a Antonio, coraje, cuando vio en mis sueños que estaba ahogándome en una playa mexicana a la que me habían invitado como a veces me invitan para reírse de las vulgaridades o extravagancias que digo. Antonio me vio ahogándome, Shakira a su lado, y no dudó en meterse a salvarme. Shakira se quedó aterrada porque las olas me envolvían, devoraban y lanzaban contra el fondo arenoso y tal vez pensó que ese mediodía perdería al amor de su vida, lanzado temerariamente a rescatar a un pusilánime como yo, que no merecía tamaño riesgo.
Y ahora en mis sueños (azuzados por las pastillas que trago cada noche queriendo ahogarme en otros mares procelosos) estaba Antonio a mi lado nadando, braceando, dándome ánimos, alejándome de las olas que me arrastraban, y me tomaba del brazo y me decía tranquilo, man, ya estás conmigo, ya estamos afuera, tranquilo, man, porque Antonio me dice man cuando tomamos vino y es mi hermano. Y ahora Antonio conseguía dejarme en un lugar seguro, con piso, y enseguida una corriente pérfida como el alma del mexicano servil que te halaga y luego traiciona se lo llevaba allí donde las olas le caían encima con saña y ferocidad y Antonio se ahogaba, se hundía, no encontraba fuerzas para volver donde mí y se dejaba abatir por esa maldita emboscada del destino.

Shakira
La Loba

Entonces pasaron dos cosas memorables que, recién despertado del sueño, recuerdo ahora con vergüenza y admiración. Vergüenza porque no fui capaz de atreverme a salvar a Antonio como lo hizo él por mí: me quedé parado, inmóvil, avergonzado de mí mismo, mirando cómo moriría ahogado mi amigo. Y me sentí un pedazo de mierda, un cobarde despreciable. Y admiración porque de pronto vi a una mujer pequeña, resuelta, ajena al miedo, entrando sin vacilaciones al mar, surcando las olas, segura de que enfrentaba apenas un peligro menor que ella sabría conjurar con el aplomo que los dioses le dieron para hacer siempre el bien y jugarse la vida por las causas más nobles, como salvar la vida de su hombre noble. Y así fue como Shakira se metió hasta donde reventaban unas olas enormes y recogió los escombros de Antonio y le dijo o cantó cosas al oído y fue más fuerte que la más chúcara y matonesca de todas las olas y lo sacó hasta la arena y lo revivió besándolo y sacándole el agua que Antonio había tragado y tragando ella esa agua salinosa como si fuera un pacto de amor eterno.
Yo miraba humillado y con ganas de pedirles perdón por ser tan poca cosa, un bicho miserable al lado de ellos.

Shakira
La bella

Y entonces ocurrió algo inesperado. Y es que Antonio recobró la lucidez y Shakira se puso de pie y vino hacia mí y pensé que me daría una bofetada por cobarde. Pero no: me dio un beso impensado y me dejó en los labios el sabor salado de los labios del noble y me dijo: Antonio y yo nunca dejaremos que te mueras ahogado. Y yo le dije: Pero tú nunca me amarás como la noche que nos conocimos. Y ella me dijo: Ahora te amo más, porque sé que eres lo que eres y me gusta que seas hombre y mujer y porque quizá algún día tendremos un hijo gay. Y miré a Antonio aterrado y él sonreía como si la idea le pareciera linda. Y yo quise besarlos a los dos, decirles que era suyo, todo suyo, pero entonces desperté sólo para recordar que la última vez que abrí los ojos tan repentinamente estaba ella, Shakira, acariciando mi rostro en un sillón rojo del hotel Mandarín de Miami, que fue otra manera de salvarme de morir ahogado, intoxicado por las pastillas que me devuelven al mar del que ya no sé si podré salir.


Jaime baylY
LOS PAPELES PERDIDOS

jueves, 17 de marzo de 2011

Jaime Bayly / Cosas que terminan en la basura

Evgenia Kaveeva, The smell of apples


COSAS QUE TERMINAN
EN LA BASURA


La última vez que estuve con Carlos Enrique Cisneros fue en Joe Allen, un restaurante de Miami Beach que le gustaba mucho. Parecía tranquilo, contento, aunque en él había siempre un aire de distancia impenetrable, tal vez el dolor de haber perdido a su padre ahogado tratando de rescatarlo a él, entonces un niño, en un río venezolano. Esto lo marcó fatalmente y creo que le impidió disfrutar de la inmensa fortuna que poseía. Viajaba muchísimo, tanto que me daba vértigo, y sólo llevaba consigo una mochila y cuando tenía que llevar más cosas no usaba maletas, las enviaba antes en cajas por correo rápido. Aquella tarde, la última que estuvimos juntos, lo noté contento porque se había enamorado de un mexicano y planeaban vivir juntos en la mansión de Palm Island, a la que tantas veces me invitó y nunca conocí, y en el departamento de Santa Mónica, porque Carlos Enrique, como buen Cisneros, no vivía en una ciudad, vivía en el mundo. Todavía no sé si la sobredosis que le quitó la vida fue deliberada o accidental. Quizá el mexicano lo dejó. Quizá se aburrió de viajar cada tres días con una mochila. Quizá sólo quería dormir y no despertó más. Lo recuerdo ahora como un buen tipo. Pero creo que la culpa de su padre muriendo ahogado tratando de rescatarlo le jodió la vida. Carlos Enrique me preguntó una vez: cuando entras a una reunión, ¿te gusta que todos sepan que eres bisexual? Le respondí: Prefiero no entrar a ninguna reunión, pero si estoy obligado a entrar, sí, me gusta que todos lo sepan. En eso somos distintos, me dijo.

A Patricia Téllez, íntima amiga y representante de Shakira desde que la cantante era una niña precoz en Barranquilla, la vi por última vez en un restaurante de Bogotá ya pasada la medianoche. Comimos delicioso. Pagó la cuenta. Me paseó por la ciudad en su camioneta Mercedes. Hablaba poco, era tímida, discreta, leal, generosa. Me ofreció su departamento para quedarme a dormir. Decliné. Me contó que estaba construyéndose una gran casa en una colina. Subimos a la colina. La vista era preciosa. Aquí me voy a retirar, me dijo. Pero no tuvo tiempo de retirarse. Me dejó en Casa Medina. A los pocos días la encontraron muerta en su cama. En su mesa de noche estaba el libro que le había regalado, El huracán lleva tu nombre. Me sentí doblemente culpable porque no la acompañé a dormir en su departamento y porque quizá lo último que leyó fue alguna página mía salpicada de cursilería.

A García Márquez lo conocí en casa de César Gaviria en las afueras de Washington en una cena en su honor. Hablamos brevemente. Fue amable y cordial. Tengo la certeza de que no volveré a verlo. Hice bien en no pedirle una foto ni una firma. Hice bien en decirle Gabo y tratarlo de tú. Hice bien en no preguntarle por qué Mario le dio ese puñetazo en México.

A Mario lo vi por última vez en un restaurante de Guadalajara hace ya tres años. Estaba exhausto porque venía de presentar su monólogo teatral. Éramos ocho o diez personas con hambre inmoderada. Un magnate mexicano, ennoviado con una modelo peruana muy enjoyada, pagó la cuenta. El pobre Mario no paraba de bostezar. Aquella noche, y antes en el lobby del hotel Hilton, fue particularmente cariñoso conmigo, tal vez porque comprendió que me había tratado con excesiva dureza cuando su hijo Álvaro renunció como asesor a la candidatura de Toledo. Nos despedimos en el ascensor. No he vuelto a verlo desde entonces. Después me llamó payaso, un maltrato verbal que pudo ahorrarse después de los que ya me había infligido, y por supuesto me dolió. Tengo la certeza de que no volveré a verlo, como no volveré a ver a su hijo Álvaro, que fue mi amigo por tantos años hasta que, sin darme explicación alguna, decidió darme de baja, como se dice en lenguaje policial. En venganza (porque no soy bueno para perdonar), estos últimos días en mi casa de la isla, arrojando cosas a la basura, tiré dos libros de Mario (La verdad de las mentiras y El arte de lo imposible) y todos los de Álvaro. También dejé caer a la basura la última novela de Boris Izaguirre, que me pareció falsa, artificial (como La mujer de mi hermano) y en represalia porque Boris me dijo en el hotel Claris de Barcelona que no tiene tiempo de leer mi última novela, aunque por supuesto sí tiene tiempo de ser jurado de Mira quién baila y deshacerse en elogios desmesurados antes las contorsiones de un ex torero devenido bailarín.

La última vez que me encontré con Almodóvar fue en los cines Princesa de Madrid. Lo vi haciendo la fila, a veinte personas detrás de mí, solo, sin aires de estrella, sin custodios. Me encantó que siguiera siendo un hombre que va al cine en función de matiné en día de semana. Cuando llegué a la boletería, compré una entrada para mí (Quemar después de leer, la de los Coen, que es genial, aunque menos que la de Philippe Claudel, I've loved so long, que espero que le den el Óscar a Kristin Scott Thomas por esa actuación delicada y magistral) y compré ocho entradas para ocho películas distintas que comenzaban alrededor de esa hora, las cinco de la tarde. Luego me acerqué a Pedro, me saludó con cariño, le pregunté cuál iba a ver, me dijo que Gomorra, me vio buscando la entrada de esa película entre las ocho que había comprado para él, dijo halagado pero qué dispendio, le di la entrada y me fui deprisa. Era lo menos que podía hacer por Almodóvar, era una manera de decirle gracias por tanto placer, por tantas películas geniales.

Con mi madre me reuní hace dos semanas en el hotel Country de San Isidro. Tomamos el té. La invité a pasar año nuevo conmigo en Miami. Días después me escribió un correo aceptando ilusionada la invitación. Pero ese día una amiga suya me había escrito: Si quieres a tu madre, ¿por qué te burlas de ella cuando escribes? Me pareció una impertinencia, más todavía porque esa odiosa señora no me había visto ni escrito en muchos años. Le reenvié ese correo agrio a mamá. Ella me respondió que su amiga era graciosísima y adorable. Le escribí a mamá diciéndole que prefería cancelar el viaje de año nuevo.

Ayer por la noche, en el aeropuerto de Miami, le di un abrazo a Martín y le dije que iré este lunes a Buenos Aires. Ahora creo que es mentira. No iré a Buenos Aires ni lo veré un buen tiempo. Necesito estar solo. Necesito escribir la maldita novela sobre mi padre que está torturándome. Necesito estar en la isla y pasarme días sin hablar con nadie, hasta que llegue de Vancouver mi hermano Javier, que además de hermano es mi amigo. Con él y su familia pasaré navidad y año nuevo. Antes de que llegue, creo que seguiré tirando libros a la basura. Me tienta arrojar los de Saramago, los de Cela, los de Auster, los de Umbral y los de ese japonés que se ha puesto de moda.

La última vez que estuve con Bolaño fue en una cafetería de Barcelona. Me dijo que le había gustado Los amigos que perdí, aunque entendí que le había gustado menos que Yo amo a mi mami, novela que presentó en esa ciudad un año antes de ganar el Herralde con Los detectives salvajes. Me dijo: ten cuidado con los adjetivos. Tiempo después, Jordi Herralde me invitó a cenar en Barcelona. Comimos pescado. Al regreso, en su Volvo blanco antiguo, me dijo que Bolaño se inventaba enfermedades para no viajar a cumplir compromisos literarios por Europa y que así no podía seguir ayudándole a difundir su obra en otras lenguas. Me dijo: en vísperas de viajes ya pactados y anunciados, siempre se enferma, y nunca sé si es una enfermedad real o imaginaria. Por eso, cuando, no mucho después, me contaron en un restaurante de Santiago de Chile que Bolaño estaba enfermo, dije que seguramente era un truco para no viajar y quedarse tranquilo en Blanes. Al día siguiente supe que había muerto y me sentí un idiota.

Jaime Bayly
PAPELES PERDIDOS





DE OTROS MUNDOS