Jessica Bruder: “Cuando has abandonado, o has sido expulsado de la sociedad de masas, la vida sigue sucediendo”
Decenas de miles de trabajadores estaounidenses se han lanzado a la vida en la carretera. Utilizan vehículos para alternar trabajos estacionales y han formado sus propios códigos. La periodista Jessica Bruder los siguió durante tres años para presentar un ensayo periodístico.
Pablo Elorduy
15 de noviembre de 2020
“No he dormido”, justifica Jessica Bruder para no conectar la cámara durante la entrevista. No es para menos, es 4 de noviembre y Estados Unidos sigue sin tener claro quién será el próximo presidente. De hecho, hoy es 15 de noviembre y aunque la victoria de Joe Biden ha sido clara, la transición presidencial no está tan clara como parece. “Nuestros nervios están disparados”, continúa Bruder “esperábamos que Biden ganase de manera aplastante. Sigo creyendo, sigo siendo optimista, en que va a ganar, pero el solo hecho de que Trump esté tan cerca es aterrador, es terrible para el futuro del país”.
«Se me rompió el corazón»: Jessica Bruder, la periodista que descubrió a los trabajadores nómadas que inspiraron la que será la película de 2021
Frances McDormand protagoniza la versión cinematográfica del libro, 'Nomadland', un retrato humano y honesto sobre las tripas de la economía estadounidense. Hablamos con la periodista que recorrió Estados Unidos en caravana para adentrarse en las condiciones de los trabajadores nómadas.
JUANJO VILLALBA | 23 NOV 2020 20:53
“En un artículo sobre las duras condiciones laborales de Amazon que encontré en una revista, aparecía un hombre mayor que le contaba al periodista que ni él ni su mujer habían podido jubilarse cuando alcanzaron la edad para hacerlo, así que iban de un estado a otro, viviendo en una caravana, en busca de trabajos como ese”, así fue como Jessica Bruder, periodista especializada en retratar subculturas de Estados Unidos supo de los workampers, trabajadores nómadas que recorren todo el país en busca de empleo a bordo de caravanas, furgonetas, remolques e incluso automóviles; durmiendo en aparcamientos de centros comerciales o reuniéndose cuando caía la noche, acampando en medio de la nada, alrededor de un fuego.
La historia real tras ‘Nomadland’, la película estrella de los Golden Globes
Cientos de temporeros mayores de 60 años viajan en caravana por todo el país para ganarse la vida. No es una distopía, es el fin de la jubilación.
Beatriz García
1 de marzo de 2021
Entre los workampers no hay latinos o afroamericanos, al menos en su mayoría. Suelen ser personas caucásicas que un día tuvieron hijos, vidas normales e incluso en algún momento vivieron de forma holgada, pero la crisis de las hipotecas subprime de 2008 las escupió del sistema de pensiones. Y las lanzó a la carretera…
“Es más fácil para las personas blancas vivir en la carretera, en una sociedad donde el racismo ha cobrado una fuerza tan espantosa”, dijo a El PaísJessica Bruder, la periodista que escribió el libro en el que se basa Nomadland, la rutilante cinta independiente que ha triunfado en los Globos de Oro.
Frances McDormand, la reina nómada de Hollywood que dice muchas veces no
La actriz, que acaba de recibir su tercer Oscar como intérprete y el primero como productora, solo acepta papeles de protagonista que no giran alrededor de varones. " Ya no los acepto”, ha declarado en alguna ocasión
Gregorio Belinchón / Juan Pablo Beaugard
Los Ángeles, Madrid
26 de abril de 2021
Después de dar el discurso más corto de la noche de los Oscar, de solo 35 segundos, la actriz Frances McDormand aulló al micrófono. “Este se lo damos a nuestro lobo”, dijo al recoger en calidad de productora la estatuilla de mejor película para Nomadland. El gesto era en honor a Mike Wolf, uno de los técnicos de sonido de la producción, que se suicidó el año pasado a los 35 años en Nueva York. La película fue la ganadora de la noche con los premios a película, actriz y directora. McDormand volvió minutos después frente al mismo micrófono a compartir otro breve mensaje de agradecimiento, tras haber conseguido su tercer Oscar como actriz: “Mi voz no es mi espada. Nuestro trabajo lo es. Y me gusta trabajar”. Así McDormand entraba en el club exclusivo de actrices con tres estatuillas, junto a Meryl Streep e Ingrid Bergman. Por delante, Katherine Hepburn con cuatro.
Chloé Zhao, directora de 'Nomadland', con sus dos estatuillas. En vídeo, resumen de la gala.CHRIS PIZZELLO
‘Nomadland’ hace historia en los premios Oscar de la pandemia
Chloé Zhao se convierte en la segunda mujer y en la primera asiática en ganar el galardón de Hollywood a la mejor dirección. Frances McDormand suma dos estatuillas a su brillante carrera y Anthony Hopkins, mejor actor
LUIS PABLO BEAUREGARD Los Ángeles - 26 ABR 2021 - 03:17 COT
Hollywood ha abogado este domingo por el futuro del cine y de la diversidad en la industria. Uno de los principales motores del entretenimiento ha querido decir por qué sigue siendo relevante. El argumento llega cuando las salas de cine son solo un recuerdo vago para millones de personas. 2020 fue el año del coronavirus y, para la industria, la temporada de butacas vacías y exhibidores al borde de la quiebra, provocada por el batacazo del virus a la economía global. Quizá eso es, en parte, lo que ha llevado a los miembros de la Academia a encumbrar como la ganadora de la noche del Oscar a una película sobre los estragos de la crisis y la búsqueda del norte de la gente común. Nomadland, de la cineasta china Chloé Zhao, se ha llevado tres premios ―película, dirección y actriz― en la edición 93ª de los galardones, que será recordada como los atípicos Oscar de la pandemia. “Vean nuestra película en la pantalla más grande que les sea posible. Y, cuando se pueda, lleven a la mayor cantidad de personas a una oscura sala para compartir la experiencia”, ha dicho Frances McDormand al recoger el premio a mejor película, antes de ganar como mejor actriz su segundo Oscar en cuatro años. Con su tercer galardón, obtenido tras seis candidaturas en cinco décadas, queda encumbrada al lado de grandes intérpretes como Katherine Hepburn, Meryl Streep o Daniel Day-Lewis.
Frances McDormand: “Los hermanos Coen son unos vagos”
Rocío Ayuso
2 DE MARZO DE 2018
La intérprete estadounidense, descubierta por los hermanos Coen en 1984, aspira a ganar su segundo Oscar mientras reivindica con pasión su triple dimensión de actriz, madre y militante feminista
A ESPALDAS del escenario donde se acaban de entregar los Globos de Oro, una botella de tequila busca dueño. La camarera atraviesa veloz los salones del hotel Hilton de Los Ángeles en busca del cliente que ha reclamado el ansiado Patrón Reposado. Guillermo del Toro, ganador del premio al mejor director, le hace ojitos a la copa. De repente, una voz de mujer, mucho más áspera que la del realizador mexicano, la reclama con furia: “¡Que corra el tequila, esta es mi ronda!”, grita Frances McDormand. La actriz había pedido el trago desde el mismo escenario, con la estatuilla a mejor intérprete dramática en la mano y tras un discurso varias veces censurado por una televisión puritana que se escandalizó con sus juramentos. “¡Necesitamos tequila!”, lanzó tras una ceremonia larga y previsible. McDormand es de las que mantienen su palabra. La actriz de 60 años, ganadora del Globo de Oro por Tres anuncios en las afueras, no es de las que hablan al tuntún. Y hoy quiere regar su victoria. “¡Todas las candidatas de mi categoría, al bar, tequila para todas!”, arenga desde el podio. En pocos días extenderá su invitación a Margot Robbie, Saoirse Ronan, Sally Hawkins y Meryl Streep, las futuras perdedoras de esta temporada de premios…, porque si algo se antoja casi seguro en la 90ª edición de los Oscar es que McDormand recibirá su segundo “sujetapuertas”, como ella misma llama a la estatuilla que ya tiene. Y más vale que el tequila esté listo con la sal y el gajo de lima para saborear la victoria. “Ya basta de fotos, hay cosas mejores que hacer. ¡Vámonos, camarero!”, resumió dando carpetazo a las loas de la noche de los Globos y sacando a su marido, Joel Coen, del trabajo de paparazi familiar que él mismo se adjudicó en este paseíllo de gloria. Al fin y al cabo todos los hombres —“menos George Clooney”, como murmura la actriz— tienen pinta de camarero vestidos de pingüino. Y uno de los cineastas más respetados de Hollywood no va a ser diferente. No para Frances McDormand.
“Eso es muy propio de Fran: ver el éxito que la rodea como algo que puede corromperla en lugar de tomárselo como motivo de celebración. Así es y ha sido siempre”, explica la actriz Holly Hunter, amiga desde que ambas comenzaron sus carreras. Es de las pocas que saben ver más allá del talento de esta intérprete salida de la América profunda, de esa dinamo imparable que es Frances McDormand. De puertas afuera todos coinciden con que es “una fuerza de la naturaleza”, alguien “íntegra y auténtica”, la “verdadera Wonder Woman”, “la antihéroe que necesitamos”, como dice Sam Rockwell tras trabajar con ella. Woody Harrelson la llama “huracán Fran”. Y su director en Tres anuncios en las afueras, Martin McDonagh, solo añade un detalle: “Probablemente la mejor intérprete de su generación”.
Frances McDormand, en un plano de Fargo (1996), de Joel y Ethan Coen.GRAMERCY PICTURES (GETTY)
Pero Hunter conoce las otras caras de Frances. “No tuve más que verla con el premio del Sindicato de Actores en la mano diciendo desde el podio ‘¡Hola, hola!’ como cualquier otro día. Esa es la Fran que conozco”, añade Hunter. Son tres Frances, como McDormand detalló hace ahora 21 años al recibir su primer Oscar por la icónica agente de policía de Fargo (1996). Entonces agradeció a su cuñado Ethan Coen haber hecho de ella una actriz; a Joel Coen, hacer de ella una mujer, y a su “luna y sol” Pedro McDormand Coen, por encontrar en ella a “la verdadera madre”. Actriz, mujer y madre. “¿Que qué es lo mejor de Fran? Que no hay nada especial”, resume Ethan Coen. “Que con ella se trabaja muy a gusto. Supongo que porque nos conocemos bien”, añade. Los hermanos Coen fueron quienes le iniciaron en su carrera cuando le dieron un papel en su primera película, Sangre fácil (1984). Con ella llevan rodados siete largometrajes. “Son unos vagos”, les responde risueña la actriz.
La protagonista de Fargo refunfuñó antes de conceder esta entrevista. No le gusta hablar con la prensa. Odia los autógrafos y los selfies, y no le agradan las galas de premios. Fue una de las pocas ausentes en el almuerzo de los nominados. Pero aquí está, sentada en una de las habitaciones del hotel Four Seasons de Los Ángeles, cuartel general no oficial del Hollywood en temporada de premios, y si no le apetece charlar lo disimula bien. Quizá porque se siente a gusto rodeada de los suyos, y “el clan de los McCoen”, como llama a su familia, está en la habitación de al lado. Lo de llamarles vagos es pura ironía. “Pero todos sabemos que trabajan con su propia cantera de actores, así no tienen que dar explicaciones”, afirma muy en serio. Asegura que fueron ellos quienes la “malcriaron” en el cine, pues admite que no es el vehículo creativo que más disfruta. Lo suyo es el teatro. Viene de la literatura, de la palabra escrita, el germen de toda historia. Comenzó su carrera artística cuando descubrió Lady Macbeth en la clase de literatura. Tenía 14 años. Luego hubo de todo. Dada la fisonomía de Hollywood, y la suya propia, hubo muchos personajes secundarios que, gracias a ella, se adueñaron de la historia. Entre otros, la camionera de En tierra de hombres (2005), la esposa maltratada de Arde Mississippi (1988) o la verdadera madre de un joven Cameron Crowe en la semibiografía Casi famosos (2000). “Lo mejor fue cómo calló a mi madre al decirle: ‘Alice, no eres tú ni soy yo. Se trata de otra persona, el personaje”, cuenta Crowe recordando una más de las clases magistrales de interpretación con el sello McDormand. Para ella nunca hubo personaje pequeño. ¿O quizá sí? Lo bueno de sus escasas conversaciones con la prensa es que cuando McDormand habla no se corta: “En el teatro no”, subraya la diferencia, “pero en cine gran parte del trabajo que hice fueron papeles de reparto, por lo general periféricos al varón protagonista. Algo que ya no estoy dispuesta a aceptar”.
La actriz, en el Festival de Cannes de 1996.ÉRIC ROBERT (SYGMA)
Más que de resentimiento, habla de futuro, de lo que como actriz y como mujer intenta cambiar. Una mujer y una actriz que hasta ahora solo se expresaba así en casa o en el teatro. En iniciativas experimentales como el Wooster Group, al que pertenece desde hace dos décadas. O que solo había sido clara con los Coen pidiéndoles abiertamente que le escribieran papeles a su medida. Lo mismo que le pidió a McDonagh tras conocerle y admirarle como dramaturgo con el estreno de The Pillowman,hace casi una década. De McDonagh valoró su palabra, “la Biblia”, como describe esta hija adoptiva de pastor protestante el guion de Tres anuncios en las afueras, que el director y también guionista escribió pensando en ella. Y al que McDormand dijo que no. Porque, como declaró también al recoger ya su primer Oscar, los actores no solo tienen oportunidades. También tienen la opción de hacer el trabajo que se les ofrece. O rechazarlo. Y Frances dijo no. “En el cine digo mucho que no. Es el lujo que me permito por trabajar en el teatro”, reconoce la ganadora de la llamada Triple Corona, con el Tony, el Emmy y el Oscar en su poder. No le sobran las ofertas. “Seguro que Joel preferiría estar casado con una estrella de Hollywood que pague la hipoteca”, suelta entre risas. Pero se niega a hacer aquello en lo que no cree. Esos años pasaron. “No busco una buena película, busco escritores que generen una conversación cultural”, explica. Insiste en que está mal acostumbrada por los Coen, los tipos que escribieron un personaje como el de Marge en Fargo cuando las mujeres embarazadas en el lugar de trabajo eran vistas de otra forma. Aunque también a ellos les mete caña: “Siempre les insisto que trabajen más sus papeles femeninos”. De ahí sus dudas con Martin McDonagh. “Le dije que no porque a mis 60 era muy vieja para el papel. Me gusta interpretar a mujeres de mi edad. Es algo político. Y como alguien de clase trabajadora, sé perfectamente que una mujer así no habría esperado a los 38 para tener su primer hijo”, argumenta acerca de Tres anuncios en las afueras.
El 21 de enero, en la gala de premios del Sindicato de Actores, en Los Ángeles.EMMA MCLNTYRE (GETTY)
Siempre se muestra así de combativa, incluso con aquellos que comparten sus ideas. Menos mal para todos —incluido el Oscar— que Joel Coen tuvo la última palabra. A su lado desde hace 34 años y casados desde hace 24, el hombre al que según ella misma es dificilísimo sacar una respuesta clara le dijo eso de “deja de poner pegas y di que sí de una vez”. “Así que le tengo que dar las gracias a Joel por esta película”, admite. “Y a Martin, por el gran regalo que me hizo al dejarme respirar en este personaje irónicamente tan diferente a todas las mujeres que vemos en la pantalla, la respuesta a todas las injusticias de mi profesión”, añade agradecida a ambos.
Junto a Joel se nota una cercanía que no solo le dan los años, sino el respeto. “Turistas en Hollywood”, como se definen, diluyen la fama que no disfrutan entre su apartamento neoyorquino y esa casa perdida en una pequeña localidad del noroeste estadounidense. McDormand es como es desde la cuna, cuando Cynthia Ann Smith nació en 1957 en Gibson City, Illinois, (EE UU). “Heterosexual y white trash”, puntualizó a una emisora de radio. El calificativo se lo dedica a su madre biológica, a la que nunca quiso conocer, y no a quienes la adoptaron cuando tenía un año y la llamaron Frances Louise. “No eran unos meapilas y les agradezco el poso ético que me dieron. Pero mi familia era muy conservadora y siempre supe que allí no iba a vivir eternamente. Desde el momento en el que dejé el hogar familiar busqué a mi tribu, mi identidad”, recuerda. El encuentro con los Coen se lo debe a Holly Hunter, que la recomendó para el papel de Sangre fácil cuando ella no pudo aceptarlo y le presentó a este “par de tíos raros”, como su amiga le previno entonces. “Pero somos mucho más convencionales de lo que todos se creen”, explica ahora McDormand. “Gente madura con estudios y cultura que disfruta leyendo libros, yendo al cine y a museos. Que no nos vemos tanto como parece porque Joel y Ethan se pasan el día trabajando juntos. Pero que nos tenemos el uno al otro”, explica sobre su relación con Joel Coen.
La actriz, en 'Tres anuncios en las afueras'.
Un hogar que completa su hijo Pedro, paraguayo de nacimiento y adoptado hace 24 años, alguien que sacudió la vida de McDormand para siempre. Porque si le das a escoger entre sus tres caras, probablemente esta actriz y militante feminista antepondría la maternidad a cualquiera de las otras dos. La adopción fue la solución a sus problemas a la hora de concebir, algo que no oculta. Como nunca le ocultó a Pedro lo mucho que le quiere. A veces demasiado, según su hijo: “Siempre le está diciendo a su padre que soy la reina del melodrama”, dice ella riendo en referencia a su hijo, quien describe a su madre como la mejor mujer que conocerá jamás. “Aprendí español para decirle que le quería”, recuerda de sus primeras palabras en un idioma que Pedro maneja con la misma soltura que el inglés. Ella no puede decir lo mismo. “Yo sigo hablando como un niño, Pedro se avergüenza. Joel es mejor. Lee y escribe, pero prefiere no hablarlo”.
Pero lo que Pedro le enseñó a su madre es algo que nadie menciona cuando habla de Frances: el miedo. “Cuando conocí a mi hijo entendí lo que era el miedo. Ser madre cambió mi perspectiva del universo”. Es un miedo que acepta sin titubeos. Incluso lo abraza como actriz. De nuevo, no es fácil hablar con McDormand. Rehúye la vida pública, especialmente desde que adoptó a Pedro, momento en el que abandonó el cine casi por completo. “No habría sabido cómo criar a un hijo famoso”. Pero cuando accede a ser entrevistada busca una conversación, sin discursos preparados por publicistas o temas tabúes. Quien habla es Frances McDormand, sin maquillaje, enseñando las canas. Y esta Wonder Woman sabe lo que es el miedo. Por eso su interpretación como Mildred Hayes, la madre que reclama de las autoridades que investiguen la violación y muerte de su hija en una pequeña localidad rural inexistente, se merece, según muchos, el Oscar. “Porque, si te fijas, si una pierde a sus padres, es huérfana; si pierde a su marido, es una viuda, pero no existe una palabra que explique la pérdida de un hijo”, resume sin apartar la mirada. Richard Jenkins la recuerda así en el set de rodaje de la serie Olive Kitteridge, pero como madre, no como actriz. “Se pasó el día diciendo: ‘Me preocupa Pedro, me preocupa Pedro’. Lo divertido es que cuando ves a Pedro es este encanto dulce y divertido, seguro de sí mismo, que nos dio masajes a todo el equipo”, explica el actor.
Con su pareja, Joel Coen (derecha), y su hijo Pedro.
Frances McDormand tiene miedo a poco más y la edad no la atemoriza. Le gusta reírse de los 60, aunque admite que hoy le cuesta algo más levantarse por las mañanas. “Pero admiro los picos y los valles de mi rostro”, comenta orgullosa y coqueta. Otras cosas le dan más rabia, como la goleada que Dinamarca le endosó a Irlanda, eliminando a su selección de los Mundiales. Odia Twitter y las redes sociales, a las que dedicaría vallas publicitarias diciendo “Muere, Twitter. Muere”. Y le preocupa el actual estado de su país, que siente “como cortes de papel en los que echan limón”. Y lo mismo piensa de la situación de la mujer dentro de esta cultura. Odia la cirugía estética, el sexismo, la forma en la que las mujeres han sido convertidas en un objeto. “No es que me pase la vida mirando el Playboy, pero en los setenta veía a mujeres como yo, con vello púbico, sin implantes. Ahora parece una revista de coches, con todas esas chicas retocadas, tuneadas, listas para ser consumidas”, describe entre el enfado y la indignación, pero sin perder el sarcasmo.
Por eso ha retomado su interés en la interpretación ahora que Pedro es mayor. Nunca lo había perdido, pero, como dice McDonagh, está “muy bien que las chavalas de 12 años tengan un ejemplo como Mildred a la hora de ser mujer”. O como McDormand. “Es la hora de reclamar como actrices, como mujeres, como madres y como público historias en las que nos reflejemos, no estereotipos”, remata dispuesta a marcharse. Pero se vuelve antes de dejar la habitación. “Con ello no quiero decir que no tenga mi lado frívolo. Como actriz me paso tanto tiempo o más desempleada que trabajando. Y una tiene que tener su vida”, concede con el mismo guiño con el que semanas después de esta entrevista se convirtió en la reina del tequila.
Lo que advierto, y de ahí mi preocupación, es que la actitud arrogante hacia los que no piensan como nosotros explica por qué las buenas causas no convencen a quienes más las están necesitando
Cualquiera ha padecido alguna vez ese sentimiento de irritación al estar rodeada de gente que se ríe de algo a lo que tú no encuentras gracia alguna. Así me sentí yo observando cómo se celebraban las gracias gruesas de Tres anuncios en las afueras. Procuro escribir en esta columna, es la suerte que tengo, acerca de las cosas que me apasionan, porque siempre es más enriquecedor contagiar el entusiasmo que pontificar desde una posición de superioridad sobre aquello que se detesta; pero no escribo ahora como cinéfila sino como ciudadana, como ciudadana que observa cómo aquellos a los que se nos permite observar el mundo para contarlo, sea desde el periodismo, la literatura o el cine, estamos errando el tiro y provocando aplausos inmerecidos como los que recibe esta película.
Martin McDonagh: “Es difícil encontrarse más de cuatro películas geniales al año”
El creador de 'Tres anuncios en las afueras' relata la génesis del proyecto y pide más personajes femeninos fuertes en el cine
TOMMASO KOCH Madrid 12 ENE 2018 - 01:49 COT
Un día, de golpe, en la cabeza de Martin McDonagh apareció una mujer. Era una madre, de unos 50 años, y estaba enfurecida. “Al principio, no tenía trama. No sabía qué pasaría, salvo que ella sentía rabia y dolor”, explica el director. Pero, ¿por qué? La carretera le ofreció una pista. McDonagh conducía por Georgia, EE UU. Varios carteles señalaban un crimen irresuelto. Para él, fue una solución: Mildred Haynes expresaría así su ira. Tres anuncios enormes, para recordarle al pueblo que su hija había sido violada, asesinada y la policía no había movido un maldito dedo. A partir de ahí, durante cinco semanas, el cineasta viajó construyendo su guion. Cada día cuatro páginas, con lápiz y papel. Paraba en un lago, o en un valle, e incluía una secuencia allí. Escribió un huracán de venganza e injusticia, de heridas y esperanza. Y de la guerra solitaria de una mujer contra los agentes y contra todo.
Tres anuncios en las afueras, que llega hoy a España, es también la historia de un triunfo. Se estrenó, entre aplausos, en el festival de Venecia, donde se celebró esta entrevista. El último capítulo sucedió en los Globos de Oro: mejor drama, guion, actriz (Frances McDormand) y actor secundario (Sam Rockwell). Y puede añadir un final aún más feliz: los Oscar.
El comienzo, en cambio, fue larguísimo. McDonagh (Londres, 1970) concibió el guion en 2009, pero prefirió lanzar Siete psicópatas, que también tenía preparada. Después, tocaba descanso, explica entre risas: “No me gusta trabajar. El rodaje es una elección que asumo de vez en cuando. Me encanta viajar, no tener nada que hacer ni compromisos con gente. Pensé que por un año me dedicaría a eso”. Los años fueron cuatro. Mientras, siguió escribiendo teatro. Y aprendió de la pausa.
“Me resulta complicado rodar. Esta fue la más fácil, la primera vez que pensé: ‘Sé cómo hacerlo’. Es funambulismo, cada día filmas cuatro secuencias y no puede fallar nada. El montaje es divertido, pero lo demás supone el 95% del trabajo y lo odio. Creo que soy muy buen escritor; el truco es rodearse de grandes actores que respeten el guion”, defiende McDonagh. Al creador angloirlandés nunca le ha faltado sinceridad. Empezó escribiendo obras para la radio y las tablas que eran provocativas e hilarantes. “Quería destruir lo que se veía en teatro con espectáculos enfadados y excitantes”. Le llamaron enfant terrible. Él, en las entrevistas, reforzaba esa fama. Contaba que escribía por “desesperación” o su “lucha agotadora” contra los inversores en su primera película, Escondidos en Brujas, empeñados en destrozar el guion.
¿Y hoy? Al parecer, se siente mejor. En Tres anuncios en las afueras le dejaron hacer lo que quiso. ¿Tanto ha cambiado? “Ya no soy enfant. Solía ser muy honesto, si algo me parecía aburrido lo decía. Intento mantenerme enfadado y controvertido, pero ya solo por hacerte mayor perteneces más al sistema. Además, ahora te sientas en el set y todos te miran y te aman, ni que fueras Dios. Me parece que hace cinco minutos que me decían: ‘¿Tú qué sabrás?”.
Eso sí, McDonagh se sigue considerando un intruso. Considera que solo se junta con la industria del cine en los rodajes: “La veo desde fuera, como usted”. Y le saca todos los colores: “Lo mejor del cine es descubrir algo inesperado. En los setenta todos hacían obras personales, Scorsese, Malick… Ahora muchas películas son máquinas de hacer dinero generadas por ordenador. Es difícil encontrar más de cuatro filmes geniales al año”. Entre otros, cita La forma del agua, de Guillermo del Toro.
A McDonagh también le indigna la ausencia de mujeres. Su Mildred puede ser un remedio: “Es inusual en un guion. Fíjese en el número de papeles malos o nulos para actrices, la falta de directoras y escritoras. Lo que yo puedo hacer es crear personajes femeninos potentes y que sean parte de una buena película. A Hollywood solo le preocupa el dinero. Si este filme ingresa mucho, son tan idiotas que quizás piensen: ‘¡Hay que hacer más películas con mujeres fuertes!”.
Los directores que más me gustan no hacen alardes, no necesitan tirarse el rollo en las historias que narran
CARLOS BOYERO
13 ENE 2018 - 19:06 COT
Después de un año aquejado por una sequía de calidad especialmente lamentable en el cine norteamericano (los demás tambien, aunque el español me ha donado algunas alegrías en los últimos meses), abarrotado de vendibles y rutinarios superhéroes, apabullantes efectos especiales ejerciendo el absoluto protagonismo, ruido y furia de cartón, interminables guerras galácticas, que quieren ejercer de opiáceos para que los espectadores abandonen de vez en cuando las series de televisión (y tengo la sensación de que está finiquitando su edad de oro, que el todo vale acompañado de pretensiones ha reemplazado a aquellas joyas que llevaban la firma de HBO) para acudir a la sala oscura y la gran pantalla, tenía la esperanza de que Hollywood hubiera guardado sus manjares para el final, que las obras maestras aparecerían con la selección para los Oscar.
Otra ilusión que se desvanece. Hasta el momento no me he topado en las últimas semanas con ninguna película norteamericana en estado de gracia, a falta de ver lo que ha hecho Spielberg con Los papeles del Pentágono.
Las opiniones entusiastas eran unánimes ante Tres anuncios en las afueras. Y también la han bendecido con no sé cuántos Globos de Oro. Los antecedentes de su guionista y director Martin McDonagh eran ilusionantes. Escondidos en Brujas es un thriller muy original, tragicómico, protagonizado por dos asesinos a sueldo que paradójicamente están dotados de humanidad, patetismo y vulnerabilidad, con situaciones y personajes que rozan el surrealismo, en medio de una ciudad tan inquietante y fantasmal como Brujas.
Martin McDonagh mantiene su vocación de autor insólito en Tres anuncios en las afueras. El pueblo de la América profunda en la que se desarrolla, el ambiente, los personajes y el tono recuerdan inevitablemente a Fargo, aquel espléndido invento de los hermanos Coen. Aquí, narra la odisea de una mujer reivindicativa, comprensiblemente implacable y vengativa para encontrar al autor de la violación y asesinato de su hija, obsesionada por su certeza de que las autoridades no hacen todo lo posible (o lo imposible) para resolver el macabro caso. Es el hilo conductor para retratar ese universo paleto con sus propios códigos al que pone muy nervioso el acoso al que le somete esa incansable y feroz madre coraje. El panorama parece exclusivamente desgarrado y trágico, pero el director también introce presunta comicidad, sorna, humor surrealista. La mezcla funciona a ratos y en otros me resulta cargante (son tan flojos como poco creíbles el exmarido de la protagonista y su novia adolescente) y de vez en cuando me asalta la molesta sensación de que el director está empeñado en demostrarte en cada secuencia lo listo que es y la complejidad que ha introducido en su historia, que esta se retuerza en su desenlace para sorprenderte con la conclusión de que aquellos personajes que ha descrito como villanos pueden esconder un corazón de oro, que la aparente negrura está abarrotada de matices, que nada es lo que parecía por la inapelable razón de que lo dicta su capricho o sus genitales, que lo de encontrar al asesino es una vulgaridad indigna de la obra de arte que ha construido. Me ha ocurrido algo parecido con la tambien atractiva Molly’s Game, en la que Aaron Sorkin y su permanente metralleta verbal tratan de demostrarte continuamente que su personalidad y su inteligencia son brillantes sin interrupción. Que manía o, en el fondo, qué inseguridad. Los directores que más me gustan no hacen alardes, no necesitan tirarse el rollo en las historias que narran.
Y Frances McDormand, actriz modélica, está perfecta en su rocoso y áspero papel. Y las cartas del sheriff son muy tiernas. Y no pierdes la atención en esta pretenciosa y juguetona película. Pero no me fascina. Por muchos oscars que le puedan otorgar.