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sábado, 27 de julio de 2024

El comunismo, en tres palabras para los escritores y artistas: censura, represión, muerte

 


Prisoners of the Vorkuta Gulag

Prisioneros del gulag de Vorkutá, uno de los más grandes de la Unión Soviética, en 1945.LASKI DIFFUSION 

El comunismo, en tres palabras para los escritores y artistas: censura, represión, muerte

El periodista y editor Manuel Florentín publica una gran crónica de la persecución que los regímenes totalitarios han perpetrado contra intelectuales y creadores, desde la Unión Soviética de Lenin a la Nicaragua de Ortega



Manuel Morales
23 de diciembre de 2023


“Lo que recibe el nombre de comunismo no es otra cosa que fascismo con bandera roja” (Valentín González, El Campesino, comunista español, teniente coronel en la Guerra Civil y antiestalinista).

domingo, 27 de diciembre de 2015

Vargas Llosa / La batalla de un hombre solo

Simon Leys

La batalla de un hombre solo

Simon Leys se enfrentó a una corriente colectiva de eminencias intelectuales con el propósito de disipar la maraña de mentiras sobre la "revolución cultural" de Mao, aquella locura inspirada por un viejo déspota



FERNANDO VICENTE
En los años setenta tuvo lugar un extraordinario fenómeno de confusión política y delirio intelectual que llevó a un sector importante de la inteligencia francesa a apoyar y mitificar a Mao y a su “revolución cultural” al mismo tiempo que, en China, los guardias rojos hacían pasar por las horcas caudinas a profesores, investigadores, científicos, artistas, periodistas, escritores, promotores culturales, buen número de los cuales, luego de autocríticas arrancadas con torturas, se suicidaron o fueron asesinados. En el clima de exacerbación histérica que, alentada por Mao, recorrió China, se destruyeron obras de arte y monumentos históricos, se cometieron atropellos inicuos contra supuestos traidores y contrarrevolucionarios y la milenaria sociedad experimentó una orgía de violencia e histeria colectiva de la que resultaron cerca de 20 millones de muertos.
En un libro que acaba de publicar, Le parapluie de Simon Leys (El paraguas de Simon Leys), Pierre Boncenne describe cómo, mientras esto ocurría en el gigante asiático, en Francia, eminentes intelectuales, como Sartre, Simone de Beauvoir, Roland Barthes, Michel Foucault, Alain Peyrefitte y el equipo de colaboradores de la revista Tel Quel, que dirigía Philippe Sollers, presentaban la “revolución cultural” como un movimiento purificador, que pondría fin al estalinismo y purgaría al comunismo de burocratización y dogmatismo e instalaría la sociedad comunista libre y sin clases.

Otros artículos del autor

Un sinólogo belga llamado Pierre Ryckmans, que firmaría sus libros con el nombre de pluma de Simon Leys, hasta entonces desinteresado de la política —se había dedicado a estudiar a poetas y pintores chinos clásicos y a traducir a Confucio—, horrorizado con esta superchería en la que sofisticados intelectuales franceses endiosaban el cataclismo que padecía China bajo la batuta del Gran Timonel, se decidió a enfrentarse a ese grotesco malentendido y publicó una serie de ensayos —Les Habits neufs du président Mao, Ombres chinoises, Images brisées, La Fôret en feu,entre ellos— revelando la verdad de lo que ocurría en China y enfrentándose con gran coraje y conocimiento directo del tema al endiosamiento que hacían de la “revolución cultural”, empujados por una mezcla de frivolidad e ignorancia, no exenta de cierta estupidez, buen número de los iconos culturales de la tierra de Montaigne y Molière.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Qué comen los dictadores / Tiranos en la mesa


Los tiranos en la mesa

Un libro analiza los gustos culinarios y las manías gastronómicas de déspotas de todo el mundo

     

Adolf Hitler, rodeado en una mesa de correligionarios nazis, en Berlín, en 1933. / PRINT COLLECTOR (GETTY IMAGES)
Los gustos culinarios de los dictadores ponen en evidencia sus excesos y su compleja relación con la comida. Las cenas que Stalin mantenía en su dacha con los principales dirigentes soviéticos duraban seis horas e incluían juegos que siempre acababan con los comensales —todos los que no eran Stalin— humillados. Mussolini, quien odiaba la pasta, tenía un desinterés por los alimentos muy poco italiano; solía tomar una ensalada hecha a base de ajos crudos aliñados con aceite y limón. Y Sadam Hussein se ponía metafórico al comer olivas: decía que escupía el hueso igual que algún día escupiría a los israelíes de Oriente Medio. Al mandatario iraquí le preparaban la comida cada día de forma simultánea en sus 12 residencias, porque no se sabía en cuál de ellas se presentaría.
Leyendo el libro Dictator’s Dinners. A Bad Taste Guide to Entertaining Tyrants (Gilgamesh Publishing) se aprende todo eso y más. La obra incluye una treintena de recetas con los platos preferidos de cada déspota, por si a alguien le apetece cocinar en casa un cuscús con carne de camello a lo Muamar Gadafi una ensalada de pescado estilo Pol Pot, o el pichón relleno de lengua y pistachos que hacía perder el sentido a Hitler. Este, por cierto, no era un vegetariano tan estricto como se piensa a veces, si bien comía poca carne por influencia de Richard Wagner,, quien sostenía que el buen pueblo alemán jamás habría sido omnívoro de no ser por la influencia judía.