John Trant entró en la catedral de San Bavón casi a las once y media en punto.
Estaba pasando en Bélgica una inesperada semana de vacaciones, porque Bélgica estaba cerca y la temporada estaba avanzada, y porque nunca había estado allí. Trant, que era soltero (aunque en su día quiso casarse), viajaba solo, pero rara vez se sentía solo en tales ocasiones, porque creía que su soledad era voluntaria y la consideraba más bien un estado de libertad. Tenía treinta y dos años y se sentía bastante vulgar, salvo tal vez en lo relativo a los viajes, que pensaba que se tomaba con mayor seriedad y de manera más sistemática que la mayor parte de la gente. La hora en que entró en la catedral era importante, porque en otras ciudades había sufrido los inconvenientes del irritante hábito continental de cerrar los edificios turísticos entre las doce y las dos, incluso las grandes iglesias. En realidad había estado dudando de si visitar la catedral, dado el poco tiempo que le quedaba. Ni siquiera se podía contar con la media hora entera, porque por regla general, los visitantes comenzaban a ser desalojados bastante antes del momento del cierre. Era una mañana tranquila, muy tranquila, pero encapotada. Los hombres comenzaban a aguardar, podría decirse, la definitiva muerte del año.

