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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Herralde on the Road

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Fotografía: Alberto Gamazo.

Herralde on the Road

En agosto de 1988, Jorge Herralde, que había estado editando en Anagrama a docenas de escritores norteamericanos, llegó a Estados Unidos dispuesto a conocer a muchos de ellos en persona. El viaje duraría tres semanas y alternaría coche y avión. En el aeropuerto de Washington DC, en el que aterrizó en compañía de Lali Gubern, traductora y editora, y también pareja, los aguardaban representantes de la Meridian House Internacional, una institución de liderazgo diplomático y global dedicada a los programas de intercambio de líderes, ideas y cultura. A través de una suerte de beca esta financiaba el viaje «por la atención que Anagrama había prestado a la literatura norteamericana» desde sus inicios, explica Herralde en Un día en la vida del editor, libro con el que celebra los cincuenta años de la fundación de la editorial.




La primera etapa lo condujo a Tethford, en Vermont. «Fuimos en coche, para visitar a Grace Paley, de quien habíamos publicado sus tres libros de cuentos». Batallas de amor, centrado en las relaciones amor-odio entre hombre y mujeres, fue el primero. Herralde había oído hablar de ella «en los setenta, en una visita a Barcelona del gran cuentista Donald Barthelme», al que ya había publicado. En un almuerzo «entre vodkas y vodkas y más vodkas (antes de empezar a comer), me recomendó a una autora y un título, espléndido, que me apuntó en un papalito: Enormous Changes at the Last Minute».

Paley vivía en una cabaña en medio de un bosque con su esposo, el poeta Robert Nichols. Entre los dos prepararon una cena con las verduras y lechugas de su huerto, «que se limpiaron relativamente». Después fueron a conocer a las ovejas (docenas y docenas), atraídas por los estrepitosos alaridos del poeta, y tras juegos y revolcones con las demasiado amistosas bestias «nos pusimos a comer, beber, fumar, orinar en el campo (en suma, la vida sencilla, mientras hablábamos de política, feminismo, y de sus amigos los beatniks», recuerda Herralde.

John Kennedhy Toole
La conjura de los necios


Cuando dejaron Vermont se dirigieron a Nueva Orleans, donde la Meridian House Internacional les asignó un guía, profesor de literatura, llamado Kenneth Holditch, que presumía de no haber salido jamás de la ciudad. Suya había sido la primera crítica mundial de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, el mayor longseller de Anagrama, a la que dio equilibrio económico tras pasar por serias dificultades económicas. La primera noticia que había tenido Herralde de la novela fue a través de un catálogo de la Louisiana University Press, en el que se reproducía el prólogo del libro, del escritor y editor Walker Percy, donde contaba que un día entró en su despacho una señora con el manuscrito de su hijo, John Kennedy Toole, que se había suicidado al no lograr que el libro se publicase. «Ese texto de presentación era muy excitante, por lo que decidí pedir una opción», confiesa Herralde, que pasó una oferta de mil dólares. En la primavera de 1982 salió el libro traducido, en una tirada de cuatro mil ejemplares. Al regreso de las vacaciones se había agotado, y a partir de ese momento se convirtió en un superventas. «En aquel verano, en las playas españolas se podía observar un fenómeno curioso: gente agitándose espasmódicamente sobre sus tumbonas y toallas; si uno se acercaba, veía que estaban leyendo un libro a carcajadas: La conjura de los necios».


Casa de Eudora Welty


El editor no se fue de Nueva Orleans sin hacerse algunas fotos fetiches, como una debajo del reloj de los grandes almacenes D. H. Holmes que figura en la primera página de la novela. Después emprendió viaje a Jackson, Mississippi, para ver a Eudora Welty, de la que había publicado Una cortina de follajeEl corazón de los Ponder y Las manzanas doradas. La misma semana que la visitaron Herralde y Lali Gobern, lo hicieron un equipo de televisión de Nueva York y un periodista francés. «¿Qué pasa con usted, Miss Welty? ¿Le van a dar el Nobel?», le preguntaban sus vecinos. Fue Welty quien le habló de Richard Ford, al que conoció de niño, cuando era vecino suyo en Jackson. Dos años después Anagrama publicó Rock Springs y El periodista deportivo, solo para abrir boca.

Charles Bukowski


En San Francisco visitó a su amigo Lawrence Ferlinghetti, poeta, editor y propietario de la mítica librería City Lights Books, que en su día había se había hecho famoso con motivo del juicio por obscenidad al que fue sometido por publicar Aullido de Allen Ginsberg, más tarde también en el catálogo de Anagrama. Herralde había contado ya en Por orden alfabético que en agosto de 1976 estuvo en City Lights Books, y en esa ocasión Nancy J. Peters, mano derecha de Ferlinghetti, «me recomendó vivamente dos libros de Bukowski que habían publicado hacía poco: Escritos de un viajero indecente y Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Empecé a leerlos en el viaje de vuelta y ya no pude soltarlos».


Tom Wolfe


En Nueva York lo esperaba el plato fuerte del viaje. Entre conciertos, museos y paseos, se reservó varias citas literarias y editoriales. La primera fue para conocer a Tom Wolfe, su gran fichaje norteamericano de los años setenta. Cuando Herralde y Lali Gubern llamaron a la puerta de su casa, abrió Wolfe en persona, «con su uniforme de Tom Wolfe». Bebieron vino blanco, hablaron de literatura, del nuevo periodismo y de la pasión del escritor por Zola, y su obsesión por la exactitud.

En 1972 Anagrama había publicado La Izquierda Exquisita & Mau-mauando al parachoques, que presentó en Bocaccio Manuel Vázquez Montalbán. Los anticipos «respondían al interés que entonces despertaba el autor en España, o sea prácticamente nulo: los de los cuatro primeros libros oscilaban entre ciento cincuenta y trescientos dólares… Con La hoguera de las vanidades las cosas cambiaron, dentro de un orden: veinticinco mil dólares. Rápidamente recuperados».

Bret Easton Ellis

 La siguiente cita fue una tarde en casa del matrimonio Gita y Sonny Mehta, el editor inglés que el año anterior había fichado por Alfred A. Knopf, tras destacar por su labor en Pan Books y sobre todo en Picador, sello en el que editó a comienzos de los ochenta a Ian McEwanSalman RushdieEdmund WhiteJulian BarnesGraham Swift o Michael Herr, muchos de los cuales llegarían a España de manos de Anagrama. «Después de tomar unas copas», cuenta Herralde, «nos fuimos Lali y yo, con ellos y su chófer, al piso de Bret Easton Ellis, que daba una party en honor de su gran amigo Jay McInerney, que acababa de publicar Story of My Life». Solo eran veinteañeros, pero McInerney, Easton Ellis, Tama Janowitz, también en la fiesta, y David Leavitt, «eran posiblemente el cuarteto de jóvenes más prometedores del momento». Anagrama acababa de publicar por entonces Esclavos de Nueva York, de Janowitz, y Menos que cero, de Ellis. La fiesta era, sin embargo, lo suficientemente grande para que también acudiesen George Plimpton, fundador de The Paris Review, o Harold Brodkey.

Kurt Vonnegut


Parecía un final de ruta por Norteamérica perfecto, pero horas antes de tomar el vuelo de regreso a España, Herralde cumplió un último sueño, en el restaurante del famoso Hotel Algonquin. Allí lo esperaba Kurt Vonnegut, del que Anagrama había publicado cuatro libros de una tacada, incluido Matadero Cinco. «Empezamos a beber, y de entre las barbas de Vonnegut empezaron a salir historias inesperadas y entrecortadas, acompañadas de sonoras carcajadas. Nosotros sonreíamos con falsa complicidad, aventurábamos algún tema y rápidamente nuestro jovial amigo arremetía con nuevos chistes, risas y bromas crípticas sobre escritores». Herralde y Gubern no entendieron demasiado. «Nos despedimos con grandes abrazos, pero bastante deprimidos, sic transit gloria mundi, etc.», y sin más regresaron a España.

JOT DOWN

domingo, 6 de enero de 2008

Donald Barthelme / Estar de vuelta

Donald Barthelme



EL EXTRANJERO › FLYING TO AMERICA: 
45 MORE STORIES, DE DONALD BARTHELME
Estar de vuelta
Difícil de encontrar sus libros editados en castellano, acaban de aparecer en inglés 45 More Stories de Donald Barthelme, el escritor muerto en 1989 que sigue siendo el rey de la literatura posmoderna norteamericana.

Flying to America: 45 More Stories

Donald Barthelme

Edición de Kim Herzinger
Shoemaker Hoard, 2007
331 páginas

DOMINGO, 6 DE ENERO DE 2008

Una de las frases más felices –y tristes, y certeras– de William Burroughs es “Se le dice a algo experimental cuando el experimento salió mal”.
Donald Barthelme soportó con resignada entereza que se lo calificara como experimental hasta su prematura muerte en 1989 a los cincuenta y ocho años de edad. Tampoco le gustaba eso de “posmoderno” pero –en una entrevista– reconocía que “es menos feo y más descriptivo que ‘metaficción’ o ‘superficción’, supongo...”
Aquí y ahora, con la perspectiva de los años, poco y nada cuesta calificar al perverso y polimorfo Barthelme (hasta su apellido podría soportar la hipótesis de varios orígenes diferentes y atención a su efecto en tándem, tan barthelmeano, junto al infantil y plumífero Donald como nombre de pila) como un clásico diferente. Un “absurdista” que –como Kurt Vonnegut y Richard Brautigan– hacía realismo desde coordenadas alternativas pero tan precisas como las de cualquier otro. De ahí que Barthelme –quien se sentía “encandilado por Beckett igual que Beckett se sentía encandilado por Joyce”– no vacilara en también declarar su admiración por colegas como John Cheever, Ann Beattie y John Updike luego de afirmar que lo suyo era, sí, “el fragmento como único formato confiable” y “el no saber” a dónde se llegaría cuando se empezaba a escribir siempre amparado por lo que él consideraba la herramienta más genial jamás desarrollada por el hombre: el rubber cement.
Y cuesta –y fascina– pensar que alguna vez, desde mediados de los ’60 hasta bien entrados los ’70, Barthelme no solo fue cabeza de canon sino también colaborador estrella de The New Yorker publicando allí sketches y relatos poco ortodoxos que no parecían corresponderse con el frente y perfil de hasta entonces tan narrativamente conservadora publicación. Los historiadores aseguran que el reinado popular de Barthelme (y de sus caballeros de irregular mesa redonda Robert Coover, John Barth y William Gaddis y William Gass entre otros, quienes depuesto su monarca se vieron obligados a marchar al exilio académico; de todos eso apenas la publicación de una nueva novela de Thomas Pynchon continúa hoy siendo considerada un acontecimiento literario) aconteció con la llegada del campesino Raymond Carver y sus escuderos del minimalismo. Puede ser, pero es una versión demasiado fácil. En cualquier caso, con el advenimiento de la siguiente dinastía –compuesta por Dave Eggers, George Saunders, Donald Antrim, Rick Moody, Aimee Bender, David Foster Wallace, el Douglas Coupland de La vida después de Dios, Shelley Jackson, el gran Ben Marcus y las canciones de They Migth Be Giants, por citar sólo a algunos– ha quedado demostrado que todavía arden los fuegos del Camelot de Donald I (y tal vez no sea casual que The King, novela póstuma de Barthelme de 1990, reimaginara el mito arturiano en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial).
Ahora, este Flying to America: 45 More Stories cierra el proyecto totalizador del abnegado súbdito Kim Herzinger quien ya había recopilado The Teachings of Don B: Satires, Parodies, Fables, Illustrated Stories and Plays (1992) y Not-Knowing: The Essays and Interviews (1997) –ambos a reeditarse a principios del 2008– complementando las antologías Sixty Stories (1982) y Forty Stories (1987), incluidas en el 2003 en la consagratoria colección Penguin Classics con respectivos prólogos del realista David Gates y el ya mencionados irrealista Dave Eggers unidos aquí por el incondicional humor de un talento tan irrepetible como el de Lawrence Sterne o Herman Melville.
Un gran deformador que –además de divertirse escribiendo– divertía mucho a quien lo leía y, como bien afirma Eggers, “continúa produciendo unas impostergables ganas de sentarse a crear como si enviara sobre tu cerebro toda una jungla de animales, de todas las especies y colores, gritando y defecando y fornicando”.
Dicho esto –considerados sus efectos– cabe pensar qué tipo de criatura era Barthelme. Se lo suele a arrimar a Kakfa (ahí está su cumbre novelística titulada The Dead Father, de 1975, y a la que podría calificarse como kafkiana pero à la Barthelme), a Borges (con sus juegos literarios y su manía referencial cut & paste como forma de apropiación) y a los parodistas como S. J. Perelman (imposible no mencionar su burla al primer Bret Easton Ellis, titulada “More Zero” y arrancando con un “Me estoy haciendo una raya de cocaína en el espejo retrovisor del BMW mientras Ashley conduce y no es fácil”). Pero no, en serio, Barthelme parece empezar y terminar en sí mismo sin que esto signifique renunciar a su alto poder radiactivo. Alguien que, cuando una vez le reprocharon su falta de orden narrativo, escribió: “Pidieron más estructura así que fuimos al galpón del fondo y sacamos un enorme cuadrúpedo peludo y lo dejamos sujeto en la puerta a fuerza de clavos de ferrocarril y golpes de martillo”.
Y allí está todavía.
Flying to America: 45 More Stories (con 30 de los cuentos que Barthelme no consideró dignos de su Top 60 o de su Top 40 pero que, igualmente, son muy buenos, más 12 jamás reunidos en forma de libro y tres inéditos) completa el círculo y concluye el largo viaje de piezas breves. Y permite asomarse (no es fácil hacerlo en nuestro idioma, los libros que en su momento editó Anagrama hoy son inhallables y la valiente edición en el 2004 de 40 relatos que hizo Reverso fue recibida sin bombos ni platillos; lo que hace pensar que no tiene demasiado sentido esperar la llegada de los 60 relatos) a una inteligencia diferente haciendo lo que Barthelme hizo como ninguno. El raro placer de un vanguardista que –como los verdaderos innovadores– parece sonreír en la retaguardia mientras los demás salen al encuentro del fuego amigo y poco amigo enarbolando las banderas de la más legal de las transgresiones. Porque pocas cosas hay menos revulsivas que andar haciéndose el loco. Hacerse el Barthelme, en cambio, es mucho más difícil porque hay que escribir desde el extremo más lejano e inalcanzable de la cordura absoluta, bajo el control total de lo impredecible. De ahí que Barthelme haya uno solo.
A principios del 2007, la patológicamente cool revista/libro McSweeney’s le dedicaba todo un número –invocando uno de sus títulos más famosos– con un Come back, Donald Barthelme.
Deseo concedido: Barhelme está de vuelta. Siempre lo estuvo
Aquí se incluye “Pages from the Annual Report”, lo primero que publicó bajo el seudónimo de David Reiner en 1989, y “Tickets”, lo último que publicó en vida en The New Yorker.
Aquí –en “Florence Green is 81”, el relato que abría el primero de los libros del autor– se nos confía que “Oh, no hay nada mejor que la conversación inteligente con la excepción de revolcarse en la cama con una chica desnuda o la tipografía Egmont Light Italic”.
Aquí –en el inconcluso “Pandemonium”, cuento en el que Barthelme trabajaba justo antes de morir– dos voces completan lo que quiere decir la otra sin llegar a ninguna parte.
Aquí, para el connoiseur, se asiste al revelador modo en que Barthelme canibalizaba sus propios textos y la manera magistral en que utilizaba la primera persona del plural como artefacto narrativo.
Aquí está, otra vez, la obra de aquel que –cuando le preguntaron por qué escribía así– repondió “Escribo así porque Samuel Beckett ya estaba escribiendo como él escribe cuando yo empecé a escribir”.
Aquí está el que dictaminó que “El objetivo de toda literatura es la creación de un extraño objeto cubierto con piel que te rompa el corazón”.
Algunos descorazonados dirán que Flying to America: 45 More Stories se trata de aquello que queda y se encuentra al fondo del barril.
De acuerdo: pero es un barril sin fondo.