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sábado, 23 de septiembre de 2017

Herta Müller / Cuando la belleza salva

Herta Müller

Herta Müller

Cuando la belleza salva

Herta Müller encuentra la belleza incluso donde no la hay. Esta capacidad y el análisis del totalitarismo son las grandes lecciones de su libro de conversaciones con Angelika Klammer


MONIKA ZGUSTOVA
17 ENE 2017 - 11:20 COT





Cuando la belleza salva


Dios está en los detalles, dicen los clásicos desde Flaubert hasta Nabokov, cada uno a su manera. La escritora rumana en lengua alemana, Herta Müller, suscribiría esta máxima porque su arte de narrar consiste en encontrar el detalle que mejor le sirva como metáfora. También aplica este método en el diálogo que con ella mantiene Angelika Klammer en el libro Mi patria era una semilla de manzana.

Estimulada por las preguntas, Herta Müller repasa su vida de descendiente de suabos emigrados a Rumanía. Durante la guerra, su padre fue miembro de la SS; después de la guerra, a su madre la deportaron al gulag soviético. Müller describe la marginación de alguien que pertenece a una minoría lingüística y cultural y además no comulga con la ideología imperante, la comunista. Al sentirse excluida, Müller empezó a refugiarse en la escritura. Pero sus libros la echaron directamente a los gélidos brazos de la temida Securitate que durante años la amargó con sus amenazas e interrogatorios hasta que Herta se decidiera por el difícil camino del exilio, dejando atrás a su madre y sus amigos.

martes, 26 de junio de 2012

Herte Müller no puede olvidar

Herta Müller
Herta Müller no puede olvidar

La Nobel repasa su vida bajo la dictadura de Ceausescu en una muestra en el CCCB

"Con el miedo no se pierde la fantasía”, afirma



Herta Müller durante su visita al CCCB. / MARCEL·LÍ SAÈNZ
Quizá sea el recuerdo del resplandor de la nieve del lager, donde estuvo cinco años recluida su madre; o quizá se deba a la luz en los interrogatorios a los que la sometió la Securitate de Ceausescu. O por el dolor ya eterno del frío clavándose como agujas en los ojos en el camión que permitía su emigración definitiva a Alemania. Sea por lo imaginado o por lo vivido, la premio Nobel de Literatura de 2009 Herta Müller no quiere que la fotografíen con flases. No confía en la luz. Tampoco en la lengua, como hizo saber ayer en una conferencia en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), ciudad donde hoy cierra su estancia con un coloquio. Tras su paso, quedan dolorosos jirones de vida en una exposición dedicada a su vida y su obra en el CCCB, auspiciada por el Goethe Institute.
Vestida de negro, con una media melena que apunta con sus astas al interlocutor y más de un mohín al final de sus respuestas, la dura tristeza de Müller embiste con el lenguaje, desde el mismo título de la conferencia: El idioma como patria. “Ese epígrafe no es mío: la lengua no es una patria, nunca lo es; las lenguas no causan las catástrofes… Un escritor cubano hablará la misma lengua que sus carceleros pero esa lengua habrá dejado de ser su patria”.
En el transcurso de una perorata que resultó tan inquietante y profunda como su prosa, la Nobel tuvo palabras también para España: “Olvido es una palabra muy complicada. ¿Quién debe hacerlo? ¿La víctima? Esta lo necesita para seguir. ¿El verdugo? ¿Para justificarse? Debe ser un proceso colectivo y es difícil. Si no se aborda bien acaba rebrotando, como ha sucedido en España”.
No es gratuita la preocupación de la escritora por la memoria. Ni por el lenguaje. Van ligados a su vida. Nada en ella es gratuito, ni su nombre: Herta, le dijo su abuela, era el de la mejor amiga de su madre en el campo de trabajos forzados en Rusia, adonde llegó en enero de 1945 para un confinamiento de cinco años como una más de los 85.000 rumanos de la minoría alemana que fueron obligados así a reparar su pecado colectivo. Su madre siempre le echó la culpa a la nieve, que delató su escondrijo bajo tierra al encajar sus pisadas. La metáfora en casa fue “la traición de la nieve”, como recordaba la Nobel en la conferencia, ante la proyección de sus collages de palabras.


Josef Müller, padre de Herta, con uniforme de las SS. / MARCEL·LÍ SAÈNZ
Müller afirma que no sabe dónde está la frontera entre olvido y recuerdo ni qué deben hacer los ciudadanos con la memoria histórica. Su obra, su vida, es fiel reflejo de ello. En los relatos deEn tierras bajas (su primer libro, de 1982, editado en España, como el resto de su obra, en Siruela; Bromera, en catalán) aparecen los rumanos de habla alemana que como su padre participaron en la SS. También, las deportaciones a Ucrania.
“Escribo en alemán”, dijo, “pero la lengua rumana va también conmigo y cada lengua tiene una mirada distinta sobre el mundo; la rumana es dura y vulgar pero tiene una dimensión metafórica que no poesee la alemana; envidio a los autores de escritura de cristal pero yo sólo puedo tocar la realidad haciendo uso de las metáforas”. Esa capacidad metafórica se muestra en los primeros poemas que publica en la prensa en 1972 esa jovencita, que en una de las fotos de la muestra del CCCB se la contempla como a una chica de piernas largas entre sus padres. En otra imagen, aparece el progenitor, ufano soldado del duro Regimiento número dos de la 10ª División Panzer SS Frundsberg del Reich.
“Mis preferencias por escribir prosa o lírica son intuitivas. Cuando iba hacia los interrogatorios de la Securitate solía recitarme poesías, me daban fuerza… El miedo a la muerte no elimina nuestros sentimientos; con el miedo no se pierde la fantasía, sino que ella y tú misma te vuelves un poco más loca, los ojos se te hacen más grandes… Lo he vivido; la poesía es más pragmática para sobrevivir, te da más tranquilidad; por eso el amor desmesurado por la poesía en las dictaduras”.
En la exposición se repasan sus heroicidades bajo una de las más feroces tiranías, la de Ceausescu. Fueron años de militancia en grupos de acción como Banat. Rápidamente despertó las suspicacias del aparato rumano. En una carta de 1985 incluida en la muestra se alerta sobre una chica que escribe de manera “discriminatoria, moral y religiosamente indecente”. Una “autora de embustes a la que se le llama la atención”. Tras El hombre es un gran faisán en el mundo (1986), el acoso de los interrogatorios, el cerco a sus amistades, escuchas y censura de sus textos la colocan al borde del abismo. Y la obligan en marzo de 1987 a buscar desesperadamemte un permiso de salida que le costó 8.000 marcos al gobierno alemán y otros tantos a su familia en sobornos.
Esto le supuso cruzar la frontera con una caja con sus pertenencia que no podía sobrepasar los 70 kilos. El resto de sus cosas tuvo que malvenderlas en almoneda a precios tasados oficialmente, como recuerdan en el CCCB fotos tomadas con el que era entonces su marido.
Tres volúmenes con 914 páginas son la memoria oficial en Rumanía de Herta Müller: las cifras del “expediente Cristina”, que le dedicó la Securitate. “Algunos exmiembros bromearon cuando me dieron el Nobel hace tres años al decir que merecían la mitad del premio por haber contribuido a crear las obsesiones de mi mundo literario... No, no volveré a Rumanía, para ellos no soy rumana, sino alguien de una minoría; además, no es una democracia consolidada y existe una corrupción escalofriante; tampoco veo la necesidad de vivir donde se nace”.
Hoy, de los 1.500 habitantes de Nitchidorf, donde nació Müller en 1953, apenas quedan una veintena de alemanes. En su última novela, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, el protagonista, a su regreso del lager ruso, confiesa: “En mis tesoros pone: NO SALGO DE ALLÍ”. Müller tampoco parece poder salir de ese triángulo formado por el papel de su padre, la represión a su madre y la persecución que sufrió ella. Para su propio mal. Para bien de la literatura.



Herta Müller no entiende la lealtad de García Márquez a Fidel Castro




lunes, 21 de noviembre de 2011

Herta Müller no entiende la lealtad de García Márquez a Fidel Castro


Herta Müller

Herta Müller dice no entender lealtad de García Márquez a Fidel Castro

Por: AFP
El Tiempo, 21 de noviembre de 2011

La ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2009 cuestionó la posición política del escritor colombiano.


Foto: EFE
Herta Müller, premio Nobel de Literatura en el año 2009, criticó la "lealtad" del escritor colombiano con el expresidente cubano.

La escritora rumano-alemana Herta Müller, premio Nobel de literatura 2009, dijo que no entiende los "deseos comunistas" de escritores latinoamericanos como el colombiano Gabriel García Márquez, quien apoya a Fidel Castro en Cuba, según una entrevista publicada el domingo en México por la revista Proceso.

"García Márquez es otro caso que yo no comprendo. Como hombre político no lo comprendo. Esa lealtad a Fidel Castro, pase lo que pase en Cuba. Es una lástima", dijo la escritora antes de viajar a México a participar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dedicada este año a Alemania.

La artista señaló, en una entrevista ofrecida a la revista Proceso en Berlín, que 'Cien años de soledad' y 'El otoño del patriarca', obras de García Márquez, premio Nobel de literatura 1982, han sido libros importantes para ella porque el lenguaje del realismo mágico, "pleno de imágenes", es parte de la cultura de los rumanos.

La artista recordó que en un viaje a varios países latinoamericanos, realizado hace varios años, tuvo fuertes discusiones con escritores que se definían como personas de izquierda.

"Tenían realmente deseos comunistas. Eso no lo entendía. Y dije solamente que esa no era alternativa. Es el mismo par de zapatos. Uno es el izquierdo y otro es el derecho", añadió.

La escritora fue perseguida y censurada en Rumania bajo el régimen del dictador comunista, Nicolae Ceaucescu. Müller decidió marcharse a Alemania, donde estableció su residencia. 

EL ESPECTADOR




Herta Müller no entiende la lealtad de García Márquez a Fidel Castro



lunes, 7 de febrero de 2011

Eduardo García Aguilar / Herta Müller y los escritores desconocidos


Eduardo García Aguilar
HERTA MÜLLER
Y LOS ESCRITORES DESCONOCIDOS

Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, Elfriede Jelinek, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.
La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio de la literatura, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y críticos acríticos en las universidades.
En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado una autora de mi generación, que nació en la misma estación del año de 1953 cuando murio Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista y bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.
En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con la pinta algo punk, un corte rebelde de pelo y una vestimenta típica de los jóvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza: chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años que no se imagina que dos décadas después ganaría el premio Nobel.
«El hombre es un gran faisán en la tierra» pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta divida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen: el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruidas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un leí en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.
En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, después del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del Este dominados por la Unión Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típica edición modesta apta para animar a un nuevo autor promisorio. Rumanas, polacas, alemanas del Este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del Este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenía acceso con abundancia en los países del Oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.
En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlín y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.

Herta Müller

Ahora la academia sueca, para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín, ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se ha convertido en Berlín en una notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elias Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde el fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.
Fue enternecedor ver a esta mujer decir que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavía la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y que parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y sus jóvenes discípulos, encorvados por tantos doctorados honoris causa y por premios y honores venales conseguidos por las multinacionales de turno y que son un pretexto para vender un nuevo best seller.
Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extraordinario como el Nobel.

Eduardo García Aguilar
Blog literario desde París


viernes, 9 de octubre de 2009

Herta Müller / Paisajes de la apátrida

Herta Müller

Paisajes de la apátrida



CECILIA DREYMÜLLER
9 OCT 2009



Enajenación respecto al propio país, la vida bajo la dictadura y la búsqueda de una patria nueva son los temas que Herta Müller maneja como variaciones, con dolorosa insistencia, en su amplia obra, que abarca una veintena de libros de narrativa, ensayo y poesía. Esta, hasta hoy, más bien marginada escritora señala con títulos como Lo cierto es que no me hicieron nada (poesía) o La mirada extraña o el pedo en la farola (ensayo) el fondo autobiográfico de un proyecto literario altamente politizado y sustentado por una escritura dura, lúcida, mordaz y de alto vuelo poético.
La fama de autora revelación perseguida por la Securitate precedía en Alemania la publicación de su primer libro, el turbador tomo de relatos En tierras bajas (1990). Herta Müller se negó a colaborar con los servicios secretos de la Rumania de Ceausescu y fue represaliada durante años en su patria -cuyo régimen le impidió publicar- hasta que logró escapar en 1987 a Alemania, donde ha sido galardonada con todos los grandes premios literarios.

Herta Müller indaga en las consecuencias psicosociales del sistema totalitario, basado, en el caso de Rumania, en la represión, la violencia y la complicidad de un catolicismo trasnochado. Sus primeros relatos y novelas -entre los que destacan La piel del zorro y La bestia del corazón- describen el miedo cotidiano ante el terror de unos personajes aislados, sometidos a confinamiento y tortura, al borde del suicidio. Las experiencias de Müller, primero con el comunismo y el pasado nazi no asimilado, luego con la existencia del emigrante de un país del Este, se traducen no sólo en inquietantes historias sobre la aniquilación psíquica del ciudadano disidente, sino también en imágenes de enorme densidad poética y gran sensualidad.
Su novela más reciente, Columpio del aliento, publicada este verano, se adentra en un oscuro capítulo del pasado de la población alemana de Rumania que, como la madre de la autora, fue deportada a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la novela va más allá de la crónica del Gulag: recrea la vivencia de un deportado que sobrevive gracias a la poesía. Este inquietante documento de un mundo sin esperanza se ilumina con la indignación poética de Herta Müller.
Cecilia Dreymüller es autora de Incisiones. Panorama crítico de la narrativa en lengua alemana desde 1945 (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de octubre de 2009