Mostrando entradas con la etiqueta Celebraciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Celebraciones. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de diciembre de 2025

Mariana Enríquez despide a Juan Forn / "Me cambió la vida"

Juan Forn

La escritora recuerda a su colega y editor

Mariana Enríquez despide a Juan Forn: "Me cambió la vida"

Desde el día que Enríquez entró por primera vez al despacho de Forn en Editorial Planeta, quedaron "unidos para siempre". "Juan estará en mi galería de fantasmas personales y cercanos", asegura la autora de Las cosas que perdimos en el fuego.

martes, 5 de diciembre de 2017

Juan Rulfo no se acaba nunca



Juan Rulfo no se acaba nunca

La Feria Internacional de Guadalajara homenajea al autor de 'Pedro Páramo' en su centenario


DAVID MARCIAL PÉREZ
Guadalajara (México) 3 DIC 2017 - 16:08 COT




Los escritores Gonzalo Celorio, Rosa Beltrán, Fernando del Paso y Élmer Mendoza participan durante el homenaje a Juan Rulfo.
Los escritores Gonzalo Celorio, Rosa Beltrán, Fernando del Paso y Élmer Mendoza participan durante el homenaje a Juan Rulfo.  EFE

Fernando del Paso le contó a Francia la muerte de Juan Rulfo. En 1986, desde la emisora de radio con la que colaboraba al salir de la embajada, el diplomático y escritor mexicano leyó una carta de despedida a su paisano y maestro que sonó de nuevo este viernes en el pabellón principal de la Feria del Libro de Guadalajara (FIL) durante el homenaje al autor de Pedro Páramo. “Perdóname Juan si no te escribí nunca, pero como me dijeron que tu nunca respondías las cartas, pues para qué. Y ahora me arrepiento. Yo tuve la culpa, fui yo el que me fui de México. Y no fue ayer sino hace muchos años cuando nos reuníamos cada miércoles en el café, donde pasamos años y felices vidas platicando de libros y fumando como chacuacos”.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Pablo Montoya / Escritorazo

Pablo Montoya
Medellín, 2015
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Pablo Montoya, escritorazo


Esteban Carlos Mejía
Si escribir es un arte, ¿cuál vendría siendo su ecuación? Habrá una por cada escritor, supongo. La mía es fácil de enunciar y difícil de practicar. E = t + o. Escribir = talento + oficio.
Por: Esteban Carlos Mejía

¿Talento? Unos más, otros menos, casi todos somos capaces de narrar las cosas de la vida. ¿Oficio? Oficio es escribir y tachar, reescribir y borrar, escribir y reescribir, leer y releer, percibir y no juzgar y sintetizar, y volver a escribir sin prisa y sin pausa hasta que la vaina quede como debe quedar. A Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963), ganador del Premio Rómulo Gallegos 2015, la ecuación le queda chiquita pues le sobran talento y oficio.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Juan Benet / El nombre del maestro

Juan Benet
Poster de T.A.


JUAN BENET
El nombre del maestro

Javier Marías nunca ocultó la deuda literaria que tiene con su mentor, uno de los escritores españoles más destacados del siglo XX, al que lo unió un vínculo de afecto y admiración
Por Matías Serra Bradford  | 
Para LA NACION, 3 de agosto de 2012


El lugar más secreto de un escritor es con frecuencia el que esconde el nombre de su maestro. Fiel al espíritu indócil del suyo -el novelista y ensayista Juan Benet (Madrid, 1927-1993)-, Javier Marías llevó sus secretos a otra parte, porque nunca calló el nombre de su consabido mentor. No es raro que un discípulo traicione al maestro, para superarlo, para esbozar un camino propio mientras le ofrece al mundo una versión diluida, menos sazonada, de la obra que lo precedió e iluminó. Pero los estilos de Benet y Marías tienen poco en común, excepto que se piense, maliciosa e inútilmente, que el estilo de Marías es un destilado -una adaptación simplificada- del de Benet. (Lo que sí puede decirse es que Marías es más fácil de traducir.) Son menos influencias que ecos -como los hay de Benet a Onetti y viceversa- y ya lo anticipaba el propio Benet: "Comparable en materia literaria no es nada, excepto lo mediocre".
A lo sumo, Marías adoptó, como con Thomas Bernhard, algún tic casi inasible; los que adoptó de Shakespeare son más evidentes, hasta el punto de apropiárselos y constituirlos en bastiones de su prosa cadenciosa. Tal vez sólo tomó de Benet, precisamente, la idea de consagrarse a un ritmo sostenido, pero sus pulsos son de naturaleza distinta. Podría decirse que si Benet rehízo, en otra clave, a Faulkner o a Proust, Marías hizo algo similar con otros -acaso Conrad y Nabokov- pero no con Benet. Sucede que habitualmente no hay un único maestro. Pero en castellano Marías eligió a uno de los más grandes, uno de los ejemplos mayores del siglo XX, y elegir contra quién medirse da una idea de la honestidad de la ambición y de la impiedad que apadrinará la aventura. Sucede también que un maestro puede dar lugar a epígonos muy diversos, caso Beckett con Banville, Coetzee o el mismo Saer.
Lo que Benet y Marías encontraron el uno en el otro fue asimismo algo más modesto, y a menudo más decisivo: un interlocutor. Un coterráneo: alguien que funciona como un campo de pruebas confiable, un horizonte de disciplina y rigurosidad. En una ocasión Marías admitió: "Benet me descubrió defectos en mis novelas; aún hoy, al escribir, a veces retiro un adjetivo o rehúyo un tipo de frase porque recuerdo que él me los criticó una vez, y razonadamente". Lo que importa de maestros como Benet o Borges no son sus opiniones específicas -muchas veces caprichosas y aun contradictorias, siempre atendibles por su validez general- sino, como queda dicho, la impronta y una dedicación más allá de toda lógica. La mera presencia de ciertos escritores -y más su frecuentación- deja planteada una exigencia mutua saludable, y quien sobrevive al otro prolonga ese pacto más allá de la muerte. (Está claro que Marías no escribe peor que antes de 1993.) Benet le dio un empujón inicial pero fue capaz de opinar, en 1989, que lo que más le había gustado de Marías hasta la fecha era Todas las almas y que hasta ese momento Marías "había hecho mucho pastiche".
¿Cómo no iba a quedar Marías bajo el ala de ese hombre que con generosidad -los verdaderos maestros la practican con discreción y a la vez sin medir consecuencias- dio por comenzada la carrera de un joven novelista con portación de apellido y del rubor consiguiente? Habla bien de Marías oírlo decir que Benet "tenía la elegancia de encubrir su extremada bondad". Intercambiaban cartas después de cada libro publicado, no importa que vivieran los dos en Madrid. El 25 de diciembre de 1986 Benet le escribe a Marías: "Definir la narración como 'el arte de contar una historia' me parece una banalidad incalificable; ni siquiera es una tautología. Pienso a veces que todas las teorías sobre el arte de la novela se tambalean cuando se considera que lo mejor de ellas son, pura y simplemente, algunos fragmentos".
¿Pero quién era Juan Benet y dónde encontrarlo? El autor de Una meditaciónVolverás a RegiónUn viaje de invierno Otoño en Madrid hacia 1950 -cuesta creerlo- vino de afuera de la literatura. Era ingeniero de caminos y pintor aficionado, y quizás esto le otorgó una soberanía absoluta con respecto a los dictados que la literatura tiene especialmente preparados para quienes se hunden en ella con exceso. (Lector de Laurence Sterne, Pío Baroja y Euclides da Cunha, Benet definía así la relación de profesores y críticos con la lectura: "Se diría que beben no por el placer de beber sino por el prurito de demostrar que resisten los efectos de la bebida".) De allí su indolencia teórica y su exigencia suprema. En el medio de los dos polos está la fascinación de Benet con lo imponderable y las dos caras del tiempo: el clima y el destino. En Benet el lector se cruza, de manera constante, con la palabra justa o la inesperada. Benet avanza hasta que la frase se tuerce y su divisa parece ser: no decir nunca nada como ya fue dicho. Lo suyo es la inclemencia y la aspereza -el suelo volcánico suele resultar muy fértil-, la voluta y la exactitud. Benet podría haber redactado con Beckett y Bernhard un manual de uso de la coma. Como ellos, peinado a la raya, está parado entre lo cómico y lo sublime.
Estamos ante un ilusionista de proporciones, cuyo truco básico consiste en decirlo todo, pero todo, para no decir nada. Se entiende, se sabe: su intención -aunque intención no hay en Benet como no sea la de explorar- es la de llevar lo más lejos posible los resquicios y las urgencias que ofrece una frase (un pensamiento). Fabular a partir de un indicio mínimo. Causa gracia que Benet desdeñe la intriga porque una y otra vez el lector queda agradecido de haber sido llevado hasta la puerta de un enigma, hasta la promesa que encierra casi cada una de sus oraciones. Saúl ante Samuel En la penumbra son, como el resto de su bibliografía, una campaña de alfabetización sobre la ambigüedad. Una palabra podría definirlo todo -estilo- si no fuera que Benet hace lo imposible para no reducir las cosas a una sola palabra: "Percibió el relámpago, el desgarrón conjunto y contradictorio de un cielo y un mar que tras el espejismo mudaran hacia un continente más falso y grave, como el niño que con su cuerpo trata de ocultar el desperfecto que ha causado". El tema de Benet es un terreno o una casa, solitarios y heredados, en caída libre; la perplejidad de una persona en el lugar incorrecto, en el momento justo. La definición literaria bella y atinada corre el riesgo de ser leída como invariablemente cierta. Las de Benet lo son y la infancia le procura ocasiones inmejorables:
Los ojos del niño, aumentados por los cristales de las gafas, no parpadearon. No eran expresivos y, encerrados tras el cristal y deformados por el aumento, parecían encarnar esa melancolía de la pecera donde no se añora la libertad y abundancia de otras aguas, donde el pez no se lamenta de la pérdida de una condición porque no ha alcanzado el nivel de la añoranza y el ansia de libertad y que, por consiguiente, sólo sabe mirar con esa muda, profunda e impenetrable seriedad en el fondo de la cual un brillo apasionado, pugnando por atravesar mil tardes de abandono, se traduce en la superficie en una expresión de asombro.
Demora segundos quedar alelado con las espirales que traza Benet sobre una página; recorrer su Región ficticia, maravillosa, lleva años de navegación lenta, imperiosa.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Bioy Casares / Me dicen que fue un sueño

Bioy Casares según Agustín Gomila


"Me dicen que fue un sueño"

Una conversación con Rodrigo Fresán 

acerca de Adolfo Bioy Casares



RODRIGO FRESÁN: Para empezar por el principio, yo "descubro" a Bioy a eso de los once años, agotadas todas esas antologías mamotréticas y sobrenaturales que sacaba Bruguera. A mí me encantaban los cuentos de terror y de pronto me encuentro, en edición de Alianza Libro de Bolsillo, con algo que se titula Historias fantásticas de un tal Adolfo Bioy Casares. Aquí lo tengo. Uno de esos contados libros que han resistido mudanzas y décadas. Es decir, leo a Bioy antes que a Borges y a Cortázar. Y lo leo -como casi enseguida leería a Borges y a Cortázar, también en Alianza, siempre seducido por esas portadas de Daniel Gil- como a un autor "de género". (Entre paréntesis: cabe consignar que la argentina probablemente sea la única literatura cuyos autores canónicos se han apoyado todos en el género fantástico.) Y me deslumbra, primero, la originalidad clásica o el clasicismo original de sus tramas. Relatos como "En memoria de Paulina" (el único cuento de fantasmas que se molesta y preocupa en explicar la posibilidad terrena y viva de un espectro), "El gran Serafín" (con una entonces inédita y bucólica aproximación a la idea del fin del mundo que luego se hizo tantas veces, como en Melancholia de Lars Von Trier), "Los afanes" (donde Bioy descolla en eso tan suyo que es llevar lo tecnológico a los terrenos no del laboratorio sino del zaguán) y "Los milagros no se recuperan" (mi favorito, con ese fantasma discreto). Los cuentos de Bioy eran como versiones cercanas de los mejores capítulos jamás filmados de The Twilight Zone, pensé entonces. Después, enseguida, leo La invención de Morel y comprendo que Bioy va a ser un escritor que me va a acompañar toda la vida. Y la leo con un fascinante añadido: la leo por primera vez en Caracas, a donde yo y mi familia escapamos luego de recibir una cordial sugerencia de esa gente que solía conducir automóviles Ford modelo Falcon y de color verde. Y a lo que iba: en La invención de Morel, en sus últimas páginas, en un final que para mí está en el top-five en lo que hace a potencia epifánica de un adiós, el protagonista -del que no sabemos casi nada de su pasado-recuerda con emoción el himno nacional venezolano. Algo que, supongo, a un lector argentino en Argentina le produciría una extrañeza exótica ante lo desconocido. Para mí, que cantaba ese himno casi a diario en el colegio, fue como un guiño cómplice de alguien a quien aún no conocía personalmente pero al que ya sentía próximo y cómplice.

viernes, 7 de noviembre de 2014

García Márquez y Álvaro Mutis / La amistad sin discordia



Gabo y Mutis

Me conmueve evocar que la amistad de tantas décadas que unió 

a Gabriel García Márquez con Álvaro Mutis jamás tuvo discordia



Quizá un posible alivio para los amores contrariados se anide en la amistad que perdure entre ambas partes y quizá el único escudo ante tanta mala noticia y necia neblina de desasosiegos se destile en la saliva del afecto que suele transpirarse en la camaradería. Decía Eliseo Alberto que hemos de creer en "la amistad a primera vista" si hemos de seguir en la esperanza del amor a primera vista, pero que una vez confirmada la epifanía de una amistad instantánea había que procurar con fidelidad y sosiego el abono constante de las palabras y las acciones que la nutren.
A mí me conmueve evocar —con intención de envidia y afán de plagio—que la amistad de tantas décadas que unió a Gabriel García Márquez con Álvaro Mutis jamás tuvo discordia, ni un sí con no. Fueron amigos desde un principio y hasta el final, incluso siguen sonrientes y en diálogo de párrafos ya interminables en las páginas de sus libros entrelazados y en las fotografías que aunque parecen volverse sepia conservan un ligero movimiento de animación donde parece que entre las sonrisas se esconden carcajadas, entre los labios aparentemente callados las citas o evocaciones de los libros memorables que leían de memoria y tantos viajes, anécdotas y vivencias comunes que parecen ser dos hombres que caminan sobre la gelatina de plata de viejas fotos en una suerte de filmación entrañable del afecto compartido.



Mutis sería el embajador de Gabo en México y quien lo convence de huir de Nueva York hacia la que habría de convertirse en su segunda patria 



martes, 27 de mayo de 2014

Juan Carlos Botero / Adiós a García Márquez

Gabriel García Márquez

"¡Adiós, Maeeeestro!"

Juan Carlos Botero
Es una cuestión de impacto cultural. Porque la imagen que nuestros países tienen de sí mismos, y la imagen que se tiene de América Latina en todo el mundo, para bien o para mal, fantástica o realista, acertada o errónea, está, en gran medida, filtrada por la obra de García Márquez.
Por Juan Carlos Botero
El Espectador, 24 de abril de 2014
Desde Cervantes ningún otro novelista en castellano ha tenido una influencia cultural comparable. Es decir, la capacidad de moldear, mediante una obra literaria, la imagen que un continente tiene de sí mismo, y la imagen que el resto del mundo tiene de ese mismo continente.

miércoles, 23 de abril de 2014

William Ospina / El legado universal de García Márquez y el amor de los lectores

Gabriel García Márquez
Barcelona, 1970
Fotografía de Rodrigo García Barcha

El legado universal de García Márquez 

y el amor de los lectores


No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas

    Era medianoche cuando se abrió la puerta del apartamento bogotano donde celebrábamos la première de la obra Diatriba de amor contra un hombre sentado, y García Márquez apareció con una noticia en los labios: “¡Acaban de matar a Luis Donaldo Colosio!”. Luz Marina Rodas, la gerente del teatro, me había invitado esa tarde al estreno añadiendo con incertidumbre que a lo mejor tendríamos la presencia del autor.
    El autor no se había dejado ver en el teatro, aunque alguien después contó que, apagadas las luces, su silueta se había instalado en la última fila. Los invitados salimos después para la casa de la fiesta, con Laura García, la protagonista del monólogo, el director, Ricardo Camacho, y otros amigos. Ya nos habíamos hecho a la idea de no verlo, cuando García Márquez llegó con la noticia. Venía tarde porque había estado hablando por teléfono con Carlos Fuentes y otros amigos de México.
    Yo lo había leído desde mis quince años, pero no lo contaba entre los humanos a los que fuera posible conocer, sino entre los clásicos de la literatura; para mí pertenecía más a la leyenda que al mundo físico. Cien años de soledad había conmocionado nuestras letras y había iniciado en la literatura a varias generaciones. Salvo Jorge Isaacs, Vargas Vila, José Asunción Silva y José Eustasio Rivera, los escritores colombianos eran hasta entonces glorias locales; pero Gabo había triunfado en el mundo entero: no solo lo leían en inglés y en francés, lo leían en húngaro, en mandarín, en lituano, en tamil, en japonés, en árabe. Y cuando en 1982 le llegó el premio Nobel, hacía mucho ya que era uno de los novelistas más afamados del mundo.

    lunes, 21 de abril de 2014

    Alvaro Mutis / Lo que sé de Gabriel

    Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez
    Guadalajara, México, 2007
    Álvaro Mutis
    Lo que sé de Gabriel
    C
    onocí a Gabriel García Márquez hace 42 años, una noche de tormenta, en el barrio de Bocagrande, en Cartagena. Me lo presentó Gonzalo Mallarino, su compañero de Facultad de Derecho en la Universidad Nacional, y ya su admirador irrestricto. Las palmeras casi tocaban el suelo por las fuerzas del viento y los cocos verdes se estrellaban en el pavimento con su ruido sordo, ya faulkneriano.
    Dos cosas me sorprendieron en él, entonces apenas autor de La noche de los alcaravanes, cuento que me había parecido magistral y lleno de inagotables promesas –¿por qué será que las promesas siempre son inagotables?–, y las dos siguen siendo rasgos definitorios de su carácter: una devoción sin límites por las letras, desorbitada, febril, insistente, insomne entrega a las secretas maravillas de la palabra escrita (sólo don Quijote en su discurso sobre las armas y las letras había demostrado parecido fervor) y una madurez varonil, un sentido común infalible que en nada concordaban con sus 20 años a los que había entrado ya con su ceño de bucanero y su corazón a flor de piel. Esta ha sido otra constante en la vida de Gabriel: una indulgencia inteligente para todos sus semejantes y un sentido de vigilante servicio en la amistad. No conozco amigo igual, pero tampoco conozco otro que la cultive con más amoroso rigor, con tan sereno equilibrio. He pensado a menudo que Gabriel nació ya maduro, viejo no, nunca lo ha sido ni creo que lo será ya; tiene un aura de intemporalidad que lo asimila a sus personajes.
    Me cuesta mucho trabajo decir algo sensato sobre su obra literaria. He leído todos sus originales antes de que fueran publicados. Sigo pensando que su obra más acabada y perfecta es El coronel no tiene quien le escriba; la que se considera su obra prima, Cien años de soledad, no puedo leerla sin cierto sordo pánico. Toca vetas muy profundas de nuestro inconsciente colectivo americano. Hay en ella una sustancia mítica, una carga adivinatoria tan honda, que pierdo siempre la necesaria serenidad para juzgarla.
    Sigo creyendo que es un libro sobre el cual no se ha dicho aún toda la deslumbrada materia que esconde. Cada generación lo recibirá como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas poco podrán contra él.
    Hemos compartido juntos, Gabriel y yo, muchas horas de felicidad desbordada y no pocas de incertidumbre y estrechez. Hemos viajado por tres continentes, hemos compartido libros, músicas y amigos. Todo lo vivido con él ha sido para mí como un premio extraordinario en el oscuro azar de los días. Compartí con él las primeras horas de su Premio Nobel. Luchaba contra el entusiasmo, tratando de ser el mismo de siempre. Lo logró en pocos minutos. Bebimos hasta pasada la medianoche. Evocamos amigos ausentes y tornamos a reír en compañía de nuestras esposas, Mercedes y Carmen, de las mismas gozosas remembranzas con las que está tejido nuestro destino común. En verdad, casi pudimos decir que no había pasado nada. O mejor, que ninguna sorpresa del presente podía opacar ni alejar la milagrosa presencia de un tiempo compartido que ha sido para nosotros una auténtica y siempre presenteMoveable feast.
    Texto incluido en la edición conmemorativa de Cien años de soledad, publicada en 2007 por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española
















    jueves, 30 de enero de 2014

    José Emilio Pacheco / El escritor radicalmente bueno

    José Emilio Pacheco

    El escritor radicalmente bueno

    Nunca le escuché, ni vi que pusiera por escrito, palabra que pudiera suponer injuria o venganza


    Cuando soñábamos en los escritores y leíamos a Azorín, a Unamuno y a Óscar Wilde, entre otros, pensábamos que los escritores serían sencillos y etéreos, verdaderos, y ni siquiera esos lo eran; Azorín resultó ser, más adelante, cuando supimos de él, un señor cursi que llevaba paraguas rosa cuando iba al cine; Unamuno escribía como si rompiera telarañas a bastonazos, y Oscar Wilde, por ejemplo, era un dicharachero de frases hechas. Luego descubrimos el boom, a los franceses, descubrimos a la vez a Camus y a Sartre, los pusimos juntos en la escasa estantería; después escuchamos hablar, en este último caso, de las riñas que mantuvieron, y durante decenios la disyuntiva entre los dos llenó y rellenó muchas noches de alcohol y nada.
    Los escritores se fueron haciendo a la semejanza de todos nosotros, con sus vicios y sus extrañezas, con sus egos y con sus paranoias; eran como todos nosotros, no soportaban la competencia del que tenía al lado, no se podía hablar frente a uno de ellos de la belleza de la escritura del otro, y así fuimos descubriendo la maledicencia y la venganza como materias, también, de lo que está al lado del tintero.
    Fue malo descubrir esta circunstancia, así que había que hacerse con algunas excepciones. De las que había vivas, que hay varias, una era José Emilio Pacheco, que murió la noche pasada después de un accidente que finalmente fue el accidente final de la vida. Él encarnaba, como algunos otros a los que ahora no me referiré, el escritor radical, que sólo era escritor cuando escribía, equivocándose hasta la línea final, como él mismo decía. Y cuando dejaba la pluma y salía a la calle a buscar a otros, cuando vivía para ser humano sobre todas las cosas, ya entonces José Emilio Pacheco era José Emilio, el hombre de la cara grande y a veces aniñada, un muchacho que fue joven mientras le llenó la sonrisa los ojos que él ocultaba como si los defendiera detrás de unas gafas enormes que le servían también para parapetarse como en otro.
    Jamás le escuché, fuera del papel o en el papel, decir nada que pudiera ser arrebato o lujuria vengativa contra otros, y fue tan familiar esa actitud, tan propia, que cuando la gente se refería a él en un conciliábulo, público o privado, alguien siempre decía:
    --Ah, José Emilio… José Emilio es otra cosa.
    Me gustaba su manera de ser y de caminar, de reír y de preguntar, de esperar a que el otro terminara de hablar para decir, a su vez, y tan solo a su vez, con la gallardía del humilde, la última palabra. La última palabra de José Emilio.
    Fíjense, conocí otro poeta así, pero mucho más atrabiliario, mucho más noctívago que José Emilio, más extraviado con respecto a las líneas que va marcando la calle de la vida. Se llamaba Claudio Rodríguez. Y hubo aún otro, a éste lo conocí más, pero estaba más dotado para la cólera poética, era José Hierro. Y había uno, que caminaba lentamente hacia la melancolía de la noche, y casi en silencio; era Ángel González. En La Oliva, Valencia, habita otro de esa estirpe, Francisco Brines, y en Madrid y Jerez y Sanlúcar, transita otro sabio de esa manera de ser, José Manuel Caballero Bonald.
    Ninguno de ellos, es cierto, tiene las camisas de joven que usó siempre José Emilio Pacheco, pero todos ellos han tenido, tienen, tanto que decir, todos ellos hubieran hecho una timba que José Emilio y hubieran hablado de la vida y no se hubieran entretenido en quitarle el pellejo al prójimo que cultiva, como José Emilio cultivaba, la poesía.
    Era un tipo raro, tan escritor y tan bueno, José Emilio Pacheco.





    viernes, 3 de enero de 2014

    Veintisiete preciosos momentos




    27 Preciosos Momentos Donde La Raza Humana Eligió La Compasión Por Sobre La Violencia


    Hombre tocando piano para la policía. Kiev, Ucrania, 2013.
    110

    Una estudiante protestando por reformas en la educación se inclina para besar a un oficial anti disturbios. Bogotá, Colombia, 2011.
    2.13

    Una mujer defiende a un protestante herido de un bulldozer militar. Egipto, 2013.
    enhanced-buzz-wide-9099-1386355381-14

    Un manifestante anti-gobierno le ofrece una rosa a un soldado. Bangkok, Tailandia, 2013.

    lunes, 30 de diciembre de 2013

    Maribel Verdú / Una mujer decente

    Maribel Verdú
    Foto: Nico
    MARIBEL VERDÚ
    Una mujer decente

    El País, 29 de diciembre de 2013

    La actriz recogió este año su segundo Premio Goya. Y lanzó un vibrante discurso en contra de los desahucios.

    Por Fernando Trueba

    En 1986 buscaba a una protagonista de 15 años para El año de las luces. Cada día llegaba a las oficinas de la productora y me encontraba con cinco pisos de escaleras colapsados por la cola de aspirantes. Y llegó Maribel. Había nacido una estrella. Seis años más tarde, con Rafael Azcona (que adoraba a “la Verdú”) le escribimos el personaje de Belle époque. Maribel lo tiene todo. Es una gran actriz, es una profesional en el sentido hawksiano de la palabra (si alguien desconoce el adjetivo, que vea Río Bravo, nunca viene mal) y es una bella persona. Era ya una gran actriz cuando solo tenía 15 años. Ha crecido fantásticamente en todos los sentidos, y envejecerá bien, como el mejor vino. Es de corazón, por eso cuando habló con él en los Goya, todas las ratas salieron de las alcantarillas. No hablaba “una roja”, hablaba una buena chica, una mujer decente. Por eso no pudieron soportarlo. No tiene maldad y su sonrisa no cabe en España. Supongo que esto es una ofensa a la nación, o sea, que habrá que empezar a ahorrar para la multa.

    Fernando Trueba es director de cine.



    Salma Hayek / El compromiso de una diva



    SALMA HAYEK
    El compromiso de una diva

    El País, 29 de diciembre de 2013

    La actriz, de origen mexicano, le ha puesto rostro a una campaña en defensa de los derechos de las mujeres.

    Por Frida Giannini

    Salma Hayek Pinault es una mujer generosa e inteligente. Actriz, directora y productora de cine con mucho talento. Una madre cariñosa y una esposa enamorada. Una mujer entregada a su familia. Es, en todos los aspectos de su vida, una persona cumplidora. Y siempre se ha involucrado en causas humanitarias. A menudo ha prestado su imagen para atraer la atención de la gente hacia campañas de concienciación. Es miembro de la junta directiva de la Fundación Kering, que lucha contra la violencia ejercida sobre las mujeres. Y este año ella ha sido fundamental en el lanzamiento de Chime for change, un nuevo proyecto global que persigue recaudar fondos y hacerse eco de las voces de mujeres y niñas del mundo entero. Salma forma parte del comité fundador junto con Beyoncé Knowles-Carter y yo misma. Dirige además la unidad de cine que pretende recopilar y compartir historias conmovedoras y divertidas de mujeres y niñas. Es una mujer extraordinaria que utiliza su punto de vista, su sensatez y su fama para asesorar y apoyar muchas de estas causas, sobre todo aquellas que intentan fortalecer a los grupos sociales más desfavorecidos como son las mujeres y las niñas del planeta.

    Frida Giannini es directora creativa de Gucci y cofundadora de ‘Chime for change’.






    Carlos Vives / El Patrón colombiano

    Carlos Vives
    Foto de Ángel Díaz
    CARLOS VIVES
    'El Patrón' colombiano

    El País, 29 de diciembre de 2013

    Con su vuelta a la música, el cantante arrasó en los Grammy latinos: ganó tres, incluyendo canción del año.

    Por Juanes

    En la década de los noventa, Carlos Vives abrió las puertas de la música colombiana al mundo. Su apuesta por la mezcla de elementos del folclor con el rock y el pop fue punta de lanza convirtiéndose en su bandera. Carlos me inspiró para experimentar con sonidos locales y volverlos universales. Y además es un compañero, un ídolo, un campeón. Con cariño le decimos algunos amigos El Patrón.

    Juanes es cantante.