A. S. Byatt
La cinta rosa
Sostuvo con la mano izquierda la mata de pelo —largo, áspero, gris acerado— y lo cepilló firme y vigorosamente con la derecha. Estaba grasoso al tacto, pese al esfuerzo que tanto él como la señora Bright habían puesto en lavarlo. Empleaba un cepillo de estilo antiguo, con cerdas negras insertadas en una suave base de caucho color coral, y un armazón negro lacado. Cepilló y cepilló. La señora Bright lo miraba con una sonrisa de aprobación en su negro rostro. Le habría gustado que él la llamara Deanna, que era su nombre, pero él no podía. Habría sido una falta de respeto por su parte, y él respetaba y necesitaba a la señora Bright. Y el nombre tenía asociaciones inapropiadas que en nada se correspondían con una obesa asistenta jamaicana. Separó diestramente el cabello en tres partes. La señora Bright, como era su costumbre, comentó que era un cabello muy fuerte, debía de haber sido muy bonito cuando Mado era joven. «Maddy Mad Mado», dijo con una especie de gruñido la persona sentada en la butaca de orejas. Tenía los ojos clavados en la pantalla del televisor, que estaba apagada, gris y salpicada de motas de polvo. Su rostro se reflejaba vagamente en ella, una cara gruesa y cenicienta, con una boca llena de irritación y oscuros ojos cavernosos. James comenzó a trenzar el cabello en una larga serpiente apretada. Dijo, como solía decir, que con la edad aumenta el grosor del pelo, éste se hace más fuerte. Pelos en las ventanas de la nariz, pelos en la carnosa barbilla, briznas de hierba en una cara pétrea.