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lunes, 20 de noviembre de 2023

A. S. Byatt / El libro negro de los cuentos / Reseña




“El libro negro de los cuentos” 

de A. S. Byatt

6 de febrero de 2013

Estoy convencido de que este libro de cuentos es, sin lugar a dudas, la mejor puerta de entrada para conocer a esta escritora; mucho más que otros libros que, probablemente, resulten muy áridos a la hora de ponerse con ellos a pesar de su indudable calidad.

A. S. Byatt / La cinta rosa

 



A. S. Byatt
La cinta rosa


    Sostuvo con la mano izquierda la mata de pelo —largo, áspero, gris acerado— y lo cepilló firme y vigorosamente con la derecha. Estaba grasoso al tacto, pese al esfuerzo que tanto él como la señora Bright habían puesto en lavarlo. Empleaba un cepillo de estilo antiguo, con cerdas negras insertadas en una suave base de caucho color coral, y un armazón negro lacado. Cepilló y cepilló. La señora Bright lo miraba con una sonrisa de aprobación en su negro rostro. Le habría gustado que él la llamara Deanna, que era su nombre, pero él no podía. Habría sido una falta de respeto por su parte, y él respetaba y necesitaba a la señora Bright. Y el nombre tenía asociaciones inapropiadas que en nada se correspondían con una obesa asistenta jamaicana. Separó diestramente el cabello en tres partes. La señora Bright, como era su costumbre, comentó que era un cabello muy fuerte, debía de haber sido muy bonito cuando Mado era joven. «Maddy Mad Mado», dijo con una especie de gruñido la persona sentada en la butaca de orejas. Tenía los ojos clavados en la pantalla del televisor, que estaba apagada, gris y salpicada de motas de polvo. Su rostro se reflejaba vagamente en ella, una cara gruesa y cenicienta, con una boca llena de irritación y oscuros ojos cavernosos. James comenzó a trenzar el cabello en una larga serpiente apretada. Dijo, como solía decir, que con la edad aumenta el grosor del pelo, éste se hace más fuerte. Pelos en las ventanas de la nariz, pelos en la carnosa barbilla, briznas de hierba en una cara pétrea.

A. S. Byatt / Material en bruto

 

A. S. Byatt
Material en bruto

    Siempre les decía lo mismo para comenzar:
    —Intentad evitar lo falso, lo forzado. Escribid sobre aquello que verdaderamente conozcáis. Convertidlo en algo nuevo. No inventéis un melodrama por el gusto del melodrama. No intentéis correr, y mucho menos volar, antes de que seáis capaces de andar con comodidad.

domingo, 19 de noviembre de 2023

A. S. Byatt / Una mujer de piedra

 

Pablo Picasso



A. S. Byatt
Una mujer de piedra


    Para Torfi Tulinius.


    Al principio no pensó en piedras. La pena la volvía insustancial ante ella misma; se sentía revolotear de habitación en habitación en la atmósfera crepuscular del apartamento, como una polilla. El apartamento parecía siempre sumido en el crepúsculo, aunque, como bien sabía, tenía que haber pasado por las habituales secuencias de sol y sombras a lo largo de los días y semanas transcurridos desde que su madre había muerto. Su madre —una mujer fuerte e inteligente— había disfrutado viviendo entre sombras propias de topos y palomas. El cabello de su madre tenía el brillo de la plata y el marfil. Sus ojos se habían descolorido desde el azul de los acianos al de las nomeolvides. Inés la encontró muerta una mañana, los dedos exangües apoyados en un libro abierto, los apergaminados párpados cerrados, como si dormitara, una mueca en los finos labios, como si hubiera probado algo no muy agradable. Rápidamente perdió esa efímera apariencia de vida, y adquirió un aspecto céreo y pálido. Inés, que había sido la mujer joven, pasó a ser la mujer mayor, en un instante.

A. S. Byatt / Arte corporal






A. S. Byatt
Arte corporal

    En la sala de ginecología del San Pantaleón se hacían las bromas habituales acerca de quién traería al mundo al bebé de las Navidades. Damian Becket, que estaba visitando a sus pacientes tras haber pasado en vela una noche de sangre y peligro, no se sumó a ellas. Su última paciente ingresada yacía al fondo de la enorme sala, en una sección cerrada con cortinas que se reservaba para aquellas que habían perdido a su bebé, o corrían el riesgo de perderlo, y para aquellas cuyo bebé había sufrido algún daño o se hallaba en estado crítico. El doctor Becket frunció el entrecejo mientras avanzaba entre las camas, casi sin oír los llantos e hipidos de los recién nacidos ni los saludos de las mujeres. Fruncía el entrecejo, en parte porque el bebé de su paciente, un bollito de piel y huesos encerrado en una incubadora en cuidados intensivos, no iba bien. Pero también fruncía el entrecejo porque era tal su cansancio que no conseguía recordar el nombre de su paciente. No le gustaba reconocer un fallo. El bebé debería ir mejor. Su cerebro debería reaccionar a su necesidad de reconocer a la gente.

A.S. Byatt / La cosa del bosque

 



A. S. Byatt
La cosa del bosque

    Había una vez dos niñitas que vieron —o creyeron ver— una cosa en el bosque. Las dos eran evacuadas, y las habían enviado en tren lejos de la ciudad junto con un numeroso grupo de otros niños. Todos tenían una etiqueta con su nombre prendida al abrigo con un imperdible, así como un bolso o mochila en la mano y la reglamentaria máscara antigás. Llevaban bufanda de lana y gorro, y muchos tenían guantes de lana sujetos a una larga cinta que les pasaba por detrás del cuello y a lo largo de las mangas, por el interior del abrigo, de manera que los diez dedos de lana colgaban fuera como un par de manos de repuesto, a semejanza de un espantapájaros. Con las piernas desnudas, los zapatos desgastados y los calcetines arrugados, casi todos mostraban rozaduras en las rodillas en distintos grados de cicatrización. Estaban en esa edad en que los niños sufren caídas frecuentes, y tenían las rodillas desprotegidas. Cargados con sus bolsos, algunos de los cuales eran casi demasiado grandes para que pudieran transportarlos, y con los objetos personales que acarreaban —una muñeca, un coche de juguete, una revista de historietas—, parecían un alborotado ejército de enanos avanzando ruidosamente por el andén.