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viernes, 24 de octubre de 2025

Petro / El poder de un megáfono



El poder por un megáfono

William Ospina
13 de octubre de 2025

Hay muchos agitadores callejeros que sueñan con ser presidentes de la república, a nosotros nos ha tocado el único presidente de la república que sueña con ser agitador callejero. Megáfono en mano en una manifestación en Estados Unidos, pide a las tropas de ese país que desobedezcan a su jefe, pero cuando alguien sugiere que las tropas en Colombia lo desobedezcan a él, pone el grito en el cielo y amenaza con un proceso por sedición.

viernes, 15 de mayo de 2020

William Ospina / Aurelio Arturo y la tierra que canta


Aurelio Arturo



William Ospina

AURELIO ARTURO 

Y LA TIERRA QUE CANTA

BIOGRAFÍA


En una fábula de Borges, el rey pide al poeta unas palabras que no sean la descripción de la batalla sino la batalla. Y es el propio Borges quien nos dice que la diferencia entre el lenguaje verbal y la música está en que el lenguaje quiere expresar la tristeza o la alegría, pero la música es la tristeza y es la alegría. Tal vez la poesía sea ese soplo de inspiración misteriosa que hace que las palabras dejen de ser una alusión a la realidad, un modo de interrogarla o definirla, y se exalten mágicamente en esa realidad que están nombrando.

jueves, 30 de abril de 2020

Los vainazos de Héctor Abad Faciolince a William Ospina

Héctor Abad 

Los vainazos 

de Héctor Abad Faciolince a William Ospina

“Si alguien pertenece a un comité de aplausos es WO, que no se cansa de (…) recibir vergonzosos premios simbólicos y pecuniarios” le dice el escritor antioqueño a su colega tolimense
Por Héctor Abad Faciolince 
Enero 07, 2014


En un artículo bilioso, mal intencionado y sin asomo alguno de humor (los profetas bíblicos de la desgracia, al anunciar el Apocalipsis, no pueden permitirse jamás una sonrisa), William Ospina me acusa de aplaudir como un histérico “lo bueno y lo malo, lo útil y lo atroz, lo benéfico y lo dañino, porque no utilizan criterios sino emociones, y quieren adular su propia satisfacción.” Y agrega: “Cada quien es dueño de decidir si quiere ser protagonista de cambios históricos o apenas miembro del comité de aplausos de los poderes de este mundo.” Lo curioso es que estas afirmaciones ofensivas y sin reflexión son la respuesta a un artículo en el que yo admitía que este mundo es espantoso (y lo atroz no se aplaude), con la única salvedad de que es menos espantoso que el mundo de ayer invocado por sus críticos (el de los buenos salvajes que viven en perfecta armonía entre ellos, con la naturaleza y con el mundo).

martes, 11 de octubre de 2016

William Ospina / El país invisible


EL PAÍS INVISIBLE

William Ospina
7 de octubre de 2016


"De los seis millones que votaron por el sí, estoy seguro de que la mitad no cree en Santos, sino que anhela fervientemente la paz. Y de los seis millones que votaron por el no, la mitad, más que adorar a Uribe no quieren a Santos ni a las Farc, y tienen sus razones."


La afirmación más frecuente, y más falsa, de la jornada histórica del 2 de octubre, en labios de políticos y periodistas, fue que medio país estaba por el sí, y medio país, y un poco más, estaba por el no.

sábado, 13 de junio de 2015

Darío Jaramillo, Piedad Bonnett y William Ospina / País de novela

Darío Jaramillo Agudelo´
Bogotá, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas 

Darío Jaramillo, Piedad Bonnett, William Ospina
WINSTON MANRIQUE SABOGAL 24 NOV 2007


Los escritores William Ospina, Darío Jaramillo y Piedad Bonnett reflexionan sobre el sino trágico que acecha a Colombia y cómo su literatura refleja esa realidad. Recuerdan un país con varios hitos literarios, una diáspora de buenos autores y una gente que enfrenta y desdramatiza con humor su vorágine de tiempo, felicidad y penas.
Allá donde el día y la noche llegan siempre a la misma hora y las cuatro estaciones conviven a la vez, la paz no se amaña. Allá donde un dolor empuja al otro y sus gentes se empeñan en decir que es el mejor vividero del mundo, queda Colombia.
Ese país que no todos saben situar en el mapa pero que sí saben que existe porque ha sido pintado por el resto del mundo con frases hechas e hiperbólicas que lo sitúan un segundo en el paraíso y al siguiente en el infierno: lo muestran como el país donde se habla el mejor español y lo imaginan envuelto en el aroma del café más suave del mundo, pero también como la tierra de donde salen los mayores alijos de cocaína y que sirve de escondite a los narcotraficantes más buscados; la tierra del Nobel de Literatura más popular y global y que confunden con el territorio mítico de Macondo, pero también donde conviven la guerrilla más antigua del mundo y los paramilitares dueños de medio país, pero que aparcan odios a la hora de cuidar cultivos del narcotráfico; el único lugar donde la gente llena varios días un estadio para escuchar poesía, cualquier recinto donde hablen escritores y artistas, o desbordan durante una semana las calles con un festival de teatro. Fieles a uno de sus conjuros humorísticos: "El país se derrumba y nosotros de rumba".

William Ospina: "Es muy difícil escribir sobre el presente. Colombia siempre se demora en llegar al presente"

Jaramillo: "Creo que no hay que hablar de la poesía colombiana, se debe hablar de la poesía en castellano"

Darío Jaramillo: "Hay una circularidad del tiempo primitiva. Éste es un territorio que no se acaba de ocupar"

Bonnett: "La diáspora de escritores es muy interesante y con sus libros están mostrando nuevas sensibilidades"

Piedad Bonnett: "¡El vértigo! Los colombianos vivimos en el vértigo de que una cosa desplaza a la otra, y a la otra"

Darío Jaramillo: "El nuestro es un vértigo sin pasado. No tenemos a qué agarrarnos a la hora de la ventisca"
Una suerte de enigma en un tiempo circular.
Y en esa Colombia de brumosa realidad se abren paso las voces de tres de sus escritores más relevantes: William Ospina, Darío Jaramillo y Piedad Bonnett. Los tres son poetas y narradores con el país en la cabeza. Ahora están en la otoñal Bogotá, en el barrio colonial de La Candelaria, despidiendo el día y recibiendo la noche en el patio del complejo cultural conocido como La manzana cultural, mientras tratan de descifrar ese collar de alegrías y penas que se repite desde los mismos albores del país en tiempos de la Conquista y que ha rastreado con versos y prosas una sucesión de autores y obras que fueron pioneras en el nuevo mundo (El carnero), servido de guía para la novela en la recién estrenada Latinoamérica del XIX (Manuela),avanzado en el modernismo con la poesía de José Asunción Silva, dado dos de los hitos de la literatura latinoamericana (María, en lo romántico, y La vorágine, en el realismo), más el hito mundial de Cien años de soledad; mientras una generación de escritores repartidos por el mundo tratan de no dejarse intimidar por ese pasado, que aún es presente.
PREGUNTA. Si hoy se escribiera la gran novela de la Colombia del siglo XXI, ¿qué elementos debería tener esa obra para que un ciudadano de Pekín, por ejemplo, pudiera conocer y entender el país?

domingo, 1 de junio de 2014

William Ospina / De dos males

William Ospina

DE DOS MALES

Ahora todos piensan que el mal menor es Santos, porque Colombia tiene una infinita capacidad de equivocarse.


Pero he llegado a la conclusión, que nadie tiene por qué compartir, de que en estos momentos el mal menor de Colombia se llama Oscar Iván Zuluaga.


miércoles, 23 de abril de 2014

William Ospina / El legado universal de García Márquez y el amor de los lectores

Gabriel García Márquez
Barcelona, 1970
Fotografía de Rodrigo García Barcha

El legado universal de García Márquez 

y el amor de los lectores


No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas

    Era medianoche cuando se abrió la puerta del apartamento bogotano donde celebrábamos la première de la obra Diatriba de amor contra un hombre sentado, y García Márquez apareció con una noticia en los labios: “¡Acaban de matar a Luis Donaldo Colosio!”. Luz Marina Rodas, la gerente del teatro, me había invitado esa tarde al estreno añadiendo con incertidumbre que a lo mejor tendríamos la presencia del autor.
    El autor no se había dejado ver en el teatro, aunque alguien después contó que, apagadas las luces, su silueta se había instalado en la última fila. Los invitados salimos después para la casa de la fiesta, con Laura García, la protagonista del monólogo, el director, Ricardo Camacho, y otros amigos. Ya nos habíamos hecho a la idea de no verlo, cuando García Márquez llegó con la noticia. Venía tarde porque había estado hablando por teléfono con Carlos Fuentes y otros amigos de México.
    Yo lo había leído desde mis quince años, pero no lo contaba entre los humanos a los que fuera posible conocer, sino entre los clásicos de la literatura; para mí pertenecía más a la leyenda que al mundo físico. Cien años de soledad había conmocionado nuestras letras y había iniciado en la literatura a varias generaciones. Salvo Jorge Isaacs, Vargas Vila, José Asunción Silva y José Eustasio Rivera, los escritores colombianos eran hasta entonces glorias locales; pero Gabo había triunfado en el mundo entero: no solo lo leían en inglés y en francés, lo leían en húngaro, en mandarín, en lituano, en tamil, en japonés, en árabe. Y cuando en 1982 le llegó el premio Nobel, hacía mucho ya que era uno de los novelistas más afamados del mundo.

    miércoles, 14 de abril de 2010

    William Ospina / El país de Raúl Gómez Jattin

    Raúl Gómez Jattin

    William Ospina 
    EL PAÍS DE RAÚL GÓMEZ JATTIN

    Pocos poetas de nuestra tradición han amado más a su tierra de origen que Raúl Gómez Jattin. Ello es inquietante, porque tendemos a imaginar a Raúl, influidos por la visión de sus últimos tiempos, como un nómada sin lugar en el mundo, como ese eterno personaje de Kafka que anhela en vano ocupar un lugar en alguna parte. Pero la verdad es que el mundo de Raúl, en su vida y en su poesía, es nítido. Él tenía, como lo dijo, un corazón de mango del Sinú, y en ninguna parte de sus versos se siente más la plenitud del vivir como en aquellos que describen su tierra. Mención del paraíso es la rayuela bajo el mamoncillo del patio donde jugaba en la infancia perdida con su amiga Isabel, a la que le reprocha después el haberse casado con el alcalde, y tener cinco hijos, y pasearse por el pueblo llevada por un chofer endomingado, y usar anteojos, sólo porque él quisiera seguirla viendo para siempre como era entonces:

    «Cuando tenías los ojos dorados
    Como pluma de pavo real
    Y las faldas manchadas de mango».

    Ese olor de mango maduro que recorre estos versos alivia la persistente tendencia a la tristeza y la desolación de un hombre que vacila sin cesar entre un futuro en el que no acaba de creer y un pasado que lo invita siempre a la nostalgia y a la deploración de lo perdido. Siempre que pienso en Raúl Gómez Jattin se me aparece la imagen de un hombre que se mece sin fin en su hamaca dejando pasar las horas, mientras fuma y habla y fuma. Tal vez influya en esa imagen el recuerdo de los documentales que hicieron Roberto Triana y Bibiana Vélez, su ángel guardián, pero bien podría ser que su causa principal se encuentre en la poesía misma de Raúl y en su estilo vital, hecho de fugas y retornos, de impulsos y retrocesos, de ansias de idealidad y caídas en la embriaguez inevitable de una carne que no sabe negarse al placer ni al dolor. A ese movimiento pendular que va hacia el anhelo y regresa a la memoria corresponden muchos de sus poemas:

    «Hay una tarde varada frente a un río
    y entre los dos un niño canta
    vaiviniéndose en su mecedora de bejuco».

    Frente a ese río, el río de su infancia, está Raúl cantando. El sol es como un fantástico fruto o como la promesa de una salamandra luminosa. Todo en la naturaleza parece capaz de dolor y de vida:

    «El huevo dorado del sol anida entre los mangos de la ribera
    El río es un gusano de cristal irisado
    El viento despliega unas alas de nubes malva».

    Y Raúl se retrata a sí mismo como alguien detenido en la infancia, que es el país de la canción, alguien que se mece sin fin:

    «Es una tarde enclavada en el recodo de un tiempo
    que va y viene en la mecedora
    y la tarde es como el niño que la mira
    está hecha de recuerdos y deseos».

    Y es de esa tensión entre lo que aún no llega y lo que ya se ha perdido de donde brota el poema, al que Raúl compara con una forma orgánica perdurable donde estuvo la vida y donde resuena todavía la inmensidad:

    «El cuerpo de esa tarde
    es un fluido tenso entre el pasado y el futuro
    que en ciertos lugares de mi angustia
    se coagula como una caracola instantánea».

    Una de las obsesiones de Raúl Gómez Jattin es su propio retrato. Cada vez que lo emprende no puede dejar de poner en él, como paisaje de fondo, sus llanuras sinuanas, los frutos, los animales, el calor de su tierra:

    «Soy un dios en mi pueblo y mi valle».

    Un dios caído, también; un dios vencido, a veces. Pero un dios cortés al modo de Buda o de Whitman, un dios tan rico que va por los caminos prescindiendo de hogar en estos tiempos donde ser es atrincherarse en las cosas. Un dios que no lo es porque lo adoren sino porque adora. En ese poema, El dios que adora, se diría que Raúl expone el asunto de su religión personal. Lo vemos como una suerte de monje oriental o de cínico griego, un extraño discípulo de Diógenes, prescindiendo de todo salvo de su voz de trueno que a la vez canta y vocifera. Es capaz de sonreír y de mendigar, sin dejar de ser altivo y dominante:

    «Porque vigilo al cielo con ojos de gavilán
    Y lo nombro en mis versos».

    Es dueño de una vigorosa personalidad, de una individualidad poderosa que quiere bastarse, que le permite a la vez apartarse de las costumbres de los otros, entregarse a las llamas de su delirio e incluso destruirse a sí mismo:

    «Porque no soy bueno de una manera conocida».

    Esa personalidad indomable hizo que se entregara a un destino absolutamente individual, sin preguntarle a nadie cómo había que vivir, qué era lo aceptado, qué era lo aceptable, e hizo también que se sintiera capaz de imponer condiciones a los otros. Sólo parece dispuesto a admitir a quienes lo admitan como es. Su destino es heroico, aunque los otros quieran verlo como un simple error, como un extravío. Porque él no está simplemente visitando los extremos, sondeando las aguas oscuras, sino trayendo de ellas, para compartirla con nosotros, su música. Así, nos dice:

    «Porque sobre todo
    respeto sólo al que lo hace conmigo
    Al que trabaja cada día un pan amargo y solitario y disputado
    como estos versos míos que le robo a la muerte».

    Sin embargo este ser irreductible, que no se pliega a las convenciones, está siempre dispuesto a hacer también el retrato de los otros. Fue un gran enamorado y un gran amigo, aunque gradualmente el fuego de esa sensibilidad exacerbada y estimulada que iba calcinando su ser fue cerrando las puertas de su comunicación con los demás.

    Decía Chesterton que hay poetas que saben encontrar poesía en la aristocracia, que hay poetas mejores que pueden encontrar poesía hasta en los arrabales y en las multitudes, pero que hay poetas tan grandes que son capaces de encontrar poesía incluso en su propia familia. Raúl Gómez Jattin es un poeta de esa estirpe, que no necesita buscar en lo excepcional sus poemas, y que nos ha dejado en el retrato de su madre una de las páginas más nítidas y más conmovedoras de nuestra poesía. También ese poema se mueve pendularmente entre la noche intemporal de su estirpe, un pasado casi inalcanzable, y el porvenir inacabable. Entre el tiempo en que Raúl no estaba todavía en el mundo y el tiempo en que Raúl no estará ya, y será sólo un recuerdo en la única memoria posible, en el verso. Una vez más el poema nace de esa tensión extrema entre lo que fue y lo que será. El poeta quiere alcanzar lo imposible. Ver a su madre como era antes de nacer él, ver a su madre grávida de él, verla en la plenitud de su vida, embelleciéndose para él, y perfilándose sobre el paisaje de su mundo y bajo el rumor de las constelaciones:

    «Más allá de la noche que titila en la infancia
    Más allá incluso de mi primer recuerdo
    Está Lola -mi madre- frente a un escaparate
    empolvándose el rostro y arreglándose el pelo».

    En ese ejercicio mágico el poeta quiere de algún modo desaparecer de su propia conciencia, ya que está asistiendo a un momento en el que él mismo no podía existir más que como posibilidad:

    «No sabe que en su vientre me oculto para cuando
    Necesite su fuerte vida la fuerza de la mía».

    Pero el poeta no ignora que esa alta concentración es una ilusión. Por mucho que se esfuerce en su vaivén vital por alcanzar esa edad anterior, esa edad de plenitud, por ver a su madre fuerte y viva y bella, él sabe muy bien que ella ha muerto, y por eso en la mitad del poema lo invade el llanto:

    «Más allá de estas lágrimas que corren por mi cara
    de su dolor inmenso como una puñalada
    está Lola -la muerta-».

    Esa evidencia, e incluso ese llanto, le permitirán sin embargo terminar el retrato, no el retrato inmóvil del pintor, sino el retrato viviente del poema, para el cual son necesarios el movimiento, la inmensidad del espacio, la realidad del mundo exterior influyendo en la imagen central, y los propios rasgos psicológicos del personaje, una suerte de negligente delicia en el cuidado de sí misma:

    «Está Lola -la muerta- aún vibrante y viva
    sentada en un balcón mirando los luceros
    cuando la brisa de la ciénaga le desarregla
    el pelo y ella se lo vuelve a peinar
    con algo de pereza y placer concertados».

    Hay otros países en su poesía, y el más importante de todos es ese fabuloso país perdido del que llegaron sus mayores y al que él no puede dejar de asociar con el costado femenino de su ser. También Raúl, como el poeta Giovanni Quessep, entona en nombre de todos nosotros, aun de los propios nativos del continente, el interminable Canto del extranjero, el sello más hondo de la poesía de América. Así como Giovanni construye sus poemas con esas álgebras de la nostalgia, con ese rigor estelar de una evocación pura, Raúl encuentra en sus mayores la chispa de su amor por la belleza y la fuente de su sentimiento de extravío. Detrás de la plenitud olorosa a mango maduro de su tierra y su río, que podría hacer de él un hombre satisfecho de su destino pero también un poco limitado por un horizonte de ceibas y garzas, está

    «esa abuela ensoñada venida de Constantinopla
    esa mujer malvada que me esquilmaba el pan
    ese monstruo mitológico con un vientre crecido
    como una calabaza gigante».

    Tal vez sea su abuela, pero sin duda es algo más que su abuela, es algo que se parece al sueño, la penuria de la fuga, la escasez que viven los emigrantes, la monstruosa mitología de los largos exilios, la fertilidad de las razas modificada y esparcida por el mundo, vivida o recordada, presente en el lenguaje, en las nostalgias, en la incomodidad de quien no acaba de adaptarse a un mundo siempre cambiante, siempre inestable, un mundo del que los inmigrantes saben que es pleno pero inseguro, patria que siempre se puede volver a perder. Cómo sabremos si no es esa condición de eterna incertidumbre lo que torturaba al poeta en su remota infancia, y lo que le hace decir de su abuela:

    «Yo la odié en mi niñez.

    Ya en el poema todo es lenguaje, y gracias al lenguaje del nieto nostálgico la abuela informe se va humanizando:

    «Vuelve con sus cicatrices en el alma
    de fugada de un harem
    con sus «mierda» en árabe y en español
    con su soledad en esos dos idiomas
    y se convierte en la imagen pura de la belleza, en la estrella de una
    patria perdida y ese vago destello en su espalda
    de alta espiga de Siria».

    Esa manera enfática de vivir de Raúl Gómez Jattin, esa pasión, es algo cuyo origen él mismo nos ha identificado. Este hijo de las llanuras sinuanas lleva en su corazón el fuego de unas montañas remotas. A su madre le dice en otro poema:

    «En ti circula un fuego ebrio de las montañas del Líbano
    En mí vapores densos de tu delirio nublan mi mediocre razón
    española».

    Y es así como comprendemos ese continuo oscilar entre el presente y sus promesas, y el pasado y sus paraísos. El país de Raúl Gómez Jattin es ese país ondulante del niño fascinado por un presente maduro y tentador pero continuamente llamado hacia atrás por la evocación de un país mítico. Por eso se mece sin fin entre la pasión del deseo incesante y la prisión de un jardín de fábulas que está en su infancia y más allá de su infancia, un jardín del que su abuela y su madre son los símbolos vivientes. De esa tensión brota su angustia, y también brota su poesía. Esa madre es a la vez la memoria y el duelo, el amor oscuro y la luz del sufrimiento, la evocación y el fuego del lenguaje. Por eso puede decirle finalmente, en la estrofa con la que comienza su poema Un fuego ebrio de las montañas del Líbano:

    «Yo te sé de memoria Dama enlutada
    Señora de mi noche
    Verdugo de mi día
    En ti están las fuentes de mi melancolía
    Y del fervor de estos versos».


    http://www.revistanumero.com/25jattin.htm