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lunes, 27 de julio de 2020

Juan Marsé / Una memoria con vida propia


Murió Juan Marsé, escritor clave de la literatura española - Infobae

Juan Marsé

Una memoria con vida propia


Alberto Antonio Berón
26 de julio de 2020

En su mirada, a través de los años, aún persiste el desprecio frente a la fama y el reconocimiento; aunque de ambas disfrutó luego de publicar Últimas tardes con Teresa (1966) una novela extraordinaria de las letras españolas del siglo XX, como bien lo afirma Javier Cercas. Aprendiz de joyero y apenas bachiller, estuvo históricamente vinculado a un grupo literario de intelectuales catalanes, vanguardistas de “alta cuna”, como Carlos Barral o Jaime Gil de Biedma, quienes supieron reconocer en él, un compañero de generación, proveniente de la entraña popular e inigualable creatividad de novelista.

'Últimas tardes con Teresa' / La sabiduría narrativa de Marsé

'Últimas tardes con Teresa' 

La sabiduría narrativa de Marsé















La novela del escritor catalán, fallecido hace pocos días, ostenta un empeño literario que enseña cómo plantear, desarrollar y resolver el peso de una novela.
Danubio Torres Fierro
Ciudad de México, 24 de julio de 2020


“Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentina, una noche estrellada de septiembre, a lo largo de la desierta calle adornada con guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última tarde de la Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano, las cuatro de la madrugada, todo ha terminado. Está vacío el tablado donde poco antes la orquesta interpretaba melodías solicitadas, el piano cubierto con la funda amarilla, las luces apagadas y las sillas plegables apiladas sobre la acera.

viernes, 24 de julio de 2020

Así comienza / Juan Marsé / Últimas tardes con Teresa

Libros de ayer y hoy/Teresa Gil

‘Últimas tardes con Teresa’, un buen comienzo para amar a Marsé

Conchi Sánchez


Juan Marsé (Barcelona, 1933) sabe lo que vale un buen comienzo. Es consciente de que cuenta con unos segundos para captar la atención del lector porque de su impresión sobre la primera frase, de cómo bombee su corazón en el primer párrafo, dependerá que los ojos se deslicen por las siguientes páginas o que, por contra, su atención vaya perdiendo fuerza hasta cerrar el libro y colocarlo sobre la torre de aquellos que nunca leerá. Pero nada de esto puede ocurrir cuando tenemos entre las manos el comienzo de Últimas tardes con Teresa, que escribió en 1966. Sus tres primeros párrafos son una auténtica fiesta para las palabras. Los adjetivos, los nombres se muestran exuberantes, sensuales, casi táctiles, en combinaciones imposibles, nuevas y hermosas: el oficio de escribir encarna en este hombre su perfección esencial.

Juan Marsé / El amante del cine frustrado con sus adaptaciones






Juan Marsé

El amante del cine frustrado con sus adaptaciones

Viendo películas, la generación de Juan Marsé aprendió a sobreponerse del coma de la Guerra Civil



Elsa Fernández-Santos
19 de julio de 2020

Juan Marsé pertenecía a una generación, la de la posguerra, la de la infancia de los vencidos, para la que el cine supuso mucho más que un lugar de evasión frente a la cruel realidad. La dimensión moral del cine, la educación sentimental que les llegó a través de tantas películas de los años treinta, cuarenta y cincuenta, les permitió no solo levantar la cabeza ante la derrota, sino sustituir con un nuevo imaginario el paisaje desolador que les ofrecía el franquismo.










Viendo películas no solo vivieron infinitas aventuras, sino que, como ocurrió con la lectura de la generación perdida norteamericana, aprendieron a sobreponerse del coma de la Guerra Civil para construir un sistema de valores propio en el que, gracias a la imaginación y la memoria, se podía vencer.



En ningún caso la relación de Juan Marsé con el cine se puede ceñir a las adaptaciones a la pantalla de sus novelas, experiencia que nunca acabó de ser del todo satisfactoria para un escritor que llegó a declarar que el cine para él era igual o aún más importante que la propia literatura. Sus primeros créditos se remontan a los años sesenta, cuando, entre otros, y en colaboración con su amigo Juan García Hortelano, firma el guion de Donde tú estés (1964), una coproducción con Francia e Italia rodada en la Costa del Sol sobre la historia de amor entre un escritor y la hija de un industrial.

miércoles, 22 de julio de 2020

Juan Marsé / Geografía de Sarnita y Pijoaparte






Fachada del bar Las Delicias, donde Pijoaparte jugaba a las cartas en 'Últimas tardes con Teresa'.Fachada del bar Las Delicias, donde Pijoaparte jugaba a las cartas en 'Últimas tardes con Teresa'.ALBERT GARCÍA / EL PAÍS

Geografía de Sarnita y Pijoaparte

Un recorrido por los escenarios reales que Juan Marsé metamorfoseó en sus novelas y que comienzan a difuminarse debido a la transformación urbana

Carlos Geli
20 de julio de 2020

Castigada su memoria por la edad y la derrota, el capitán Blay de El embrujo de Shanghai, una de las más entrañables criaturas de Juan Marsé, se hace repetir por los chavales del barrio cómo se llama y dónde vive porque, dice, lo ha olvidado, y han de acabar acompañándolo a casa, en la calle Sant Salvador, 8. Pero hoy ni así la encontraría porque la finca ni existe, ocupado todo por un gigantesco supermercado Condis, base de una bloque informe naranja y gris, de ocho pisos, que abarca la manzana entera. En cualquier caso, la gentrificación le habría echado: en esa larga calle del barrio de Gracia de Barcelona, alquilar un piso de 43 metros cuadrados cuesta 850 euros y comprar una plaza de párking para coche mediano, 21.000. A un centenar de metros escasos ha desaparecido también la comisaría de Lesseps que se cita en Ronda del Guinardó. “Desde hace unos años, es un local de unos okupas; son ya como vecinos estables”, bromea un anciano que pasea a su perro.

martes, 21 de julio de 2020

Arturo Pérez-Reverte / El miserable ninguneo de los políticos nacionalistas a Juan Marsé

Últımahora | Muere a los 87 años el escritor Juan Marsé, autor de ...
Juan Marsé
El miserable ninguneo de los políticos nacionalistas a Juan Marsé

«Fue libre, orgulloso, independiente. En vida no le dieron ni los homenajes, ni el respeto, ni el respaldo que tenían que haberle dado»

Arturo Pérez-Reverte
20 de julio de 2020

Marsé es el último clásico que nos quedaba vivo, sin duda ninguna. Su obra es magnífica pero solamente ya por haber escrito «Últimas tardes con Teresa» merece figurar entre los grandes nombres de la literatura europea. Retrató un mundo y una generación con un trabajo de una minuciosidad tal que cuando uno quiere comprender lo que fue la Cataluña de los charnegos, la Cataluña social, de los años cincuenta y sesenta, es imprescindible acudir a su obra. Marsé es la Barcelona de mediados del siglo XX de igual modo que Quevedo es el Madrid de los Austrias o Galdós el Madrid del XIX.
Quiero añadir una cosa. Lo que ha sido miserable es el trato que han recibido Marsé y su obra en Cataluña, a pesar de sus cientos de miles de lectores, por parte de los políticos nacionalistas. Tener a Marsé vivo era un lujo. Lo que tenían que haber hecho es haber pasado por delante de su casa y pararse allí a saludarle. Y sin embargo esos políticos lo han procurado ocultar, ningunear y olvidar todo lo que han podido. Aún así no lo han conseguido. La obra de Marsé está por encima de todo eso. Permanece. Pero es bueno recordarlo ahora, porque muchos de ellos se apuntarán al elogio a escritor muerto. En vida no le dieron ni los homenajes, ni el respeto, ni el respaldo que tenían que haberle dado. Era el último de nuestros grandes escritores.

Él además siempre se mantuvo libre. Era honrado, coherente y valiente. Tenemos que recordarlo, porque lo fue hasta el final, jamás inclinó la cabeza ante nadie, jamás hizo una genuflexión ante los poderes políticos que tanto presionaron y presionan todavía en Cataluña sobre la cultura. Fue libre, orgulloso e independiente.


Yo me siento muy orgulloso de mi relación con él, aunque no fue íntima, pero celebro mucho haberlo conocido bien. Por eso quiero que quede constancia del miserable ninguneo y marginación a los que ha sido sometido por los políticos nacionalistas catalanes.

lunes, 20 de julio de 2020

Juan Cruz / Las edades de Teresa


DIMARTS DE NOVEL·LA: " ÚLTIMAS TARDES CON TERESA", JUAN MARSÉ ...


Las edades de Teresa

La obra maestra de Juan Marsé conserva la ambición y la frescura con las que ganó el Premio Biblioteca Breve en 1965

Juan Cruz
5 de enero de 2020


Juan Marsé (Barcelona, 1933) tenía 32 años cuando ganó el premio Biblioteca Breve (Seix Barral) con Últimas tardes con Teresa. Hace 55 años él era el joven de la contraportada del libro con suéter alto y cuello blanco, relativamente bien peinado su pelo rebelde, con un rotulador en la mano, contando algo. Teresa Serrat, la protagonista, no tenía aún 20 años cuando encuentra al Pijoaparte. Ella aparecía en la portada (en un retrato de Oriol Maspons a Susan Holmquist, su modelo) sentada en un descapotable como el de la ficción de Marsé.
En la edición de 2005, aparte del tipo de letra, sólo cambian la cara del novelista, que mira a la cámara (de Jaume Sellart) y el extenso curriculum de quien ha ganado casi todos los premios desde que obtuvo el de mayor prestigio en la literatura española de los años 60. El pelo ya es blanco y escasea; el rictus camina hacia el silencio, aunque media sonrisa aguarda a que el retratista remate su faena. La camisa, otra vez, es blanca, y detrás hay plantas de un jardín trasero.
¿Y Teresa? Teresa no ha variado. Ni por ella ni por la novela han pasado esos 55 años que hay desde la memoria de aquella ficción a esta que regresa en la relectura. José Manuel Caballero Bonald, de los mejores lectores de Marsé, contemporáneo y amigo suyo, dice en Examen de ingenios (Seix Barral): “Me complace sobremanera releerlo, entre otras cosas porque ahí vuelvo a frecuentar, debidamente reconfortado, una ruta novelística que me sigue pareciendo una de las más transitables de las promovidas en el último medio siglo”. Y contrasta: “Qué alivio reencontrarse, frente a tantas recientes prosodias de cartón piedra y no escasas proclividades a las negligencias estilísticas del sencillismo, con una prosa narrativa tan fresca, tan competente como la de Marsé”. Sólo García Hortelano le parece a Caballero rival de Marsé en el campo de esa excelencia.
Últimas tardes con Teresa - Juan Marsé | Planeta de Libros
Maruja y Pijoaparte
A las ediciones que manejó el tiempo les ha añadido sus manchas, incluso físicas (un ejemplar cayó en el lodo en 1966 y a otro las torpezas de la edad tardía lo inundaron de café el día en que acabó 2019). Pero de esta última lectura, que celebra los 87 años que Marsé cumple el miércoles, sobresale de nuevo aquella sensación de que todos éramos a la vez Maruja, el Pijoaparte e incluso Teresa. Ese personaje, decía el autor en la nota a una edición que ya no ha tocado, se despertaba a la política “en su jardín de San Gervasio avanzando hacia Manolo con el pañuelo rojo asomando por el bolsillo de su gabardina blanca y con una temblorosa disposición musical en las piernas”.
Están las manchas del tiempo, pero no se ha desvanecido esa frescura que atrae a Caballero Bonald. Manuel Longares, al que pedí la relectura al tiempo que yo hacía la mía, me ratificó “la excelencia, la vigencia, la ambición que no ha detenido el tiempo”. Como si se adelantara a todos los tiempos (y a los tiempos de su propia escritura), Marsé acoge en Teresa las narrativas que van a venir, e incluso el desencanto que, en la política y en la universidad, que entonces iban juntas, iban a tachar la impostura y la pedantería que sobresalían en aulas y jardines. Si sólo sobreviviera la esencia de la historia este sería un relato sociológico como aquellos que entonces se nos antojaban biblias. Pero lo que palpita en la relectura de Teresa es la potencia narrativa, el desgarro de la escritura, la paciencia para hacer de las palabras la música propia de un piano recién afinado. Le pregunté ahora a Marsé de dónde podría venirle a su literatura aquella música. Y me respondió por correo electrónico.
Dice Marsé: “Detrás de una novela suele haber otras novelas, y en mi caso fueron tres. En un horizonte de lecturas que entonces, cuando empecé a escribir la novela, tenía ya bastante lejano, persistían dos libros y una película: El Rojo y el Negro de Stendhal, La princesa Casamassima de Henry James y Un lugar en el sol, la versión cinematográfica de la novela de Theodore Dreiser Una tragedia americana… Y lo curioso del asunto es que la novela de James no la había leído, su fuerza me llegó mediante un artículo del crítico norteamericano Lionel Trilling publicado en su libro Una imaginación liberal”. Concluye Marsé: “Lo dicho. Detrás de un libro siempre hay otro libro”.
Últimas tardes con Teresa queda como “el espíritu de cierto verano, vinculado por un brevísimo instante al vértigo de la seda y la luna”, y resplandece, después de más medio siglo, como si aquel muchacho que pasado mañana cumple 87 años hubiera inaugurado una manera de contar el presente como si éste fuera a ser imperecedero. El misterio fresco de la literatura.
EL PAÍS


¿Escribió realmente Juan Marsé 'Últimas tardes con Teresa'?


Foto: 'Últimas tardes con Teresa'.¿Escribió realmente Juan Marsé 'Últimas tardes con Teresa'?

¿De dónde vienen los rumores sobre la autoría literaria de la gran novela del escritor catalán recientemente fallecido?


20 de julio de 2020



Fue Carme Riera, escritora y académica de la Lengua, quien hizo saltar la liebre en un artículo de la revista literaria 'Quimera' en 1984: "Lenguas de doble filo, aunque escasamente afiladas, suelen insinuar, en los mentideros literarios de Barcelona, que Jaime Gil de Biedma es poco menos que el autor de 'Últimas tardes con Teresa', la novela que le valió a Juan Marsé el premio Biblioteca Breve, en 1965". Riera no solo aventaba el rumor sino que iba más allá hasta asegurar que ella misma había preguntado a los dos escritores al respecto... ¡y ambos habían confesado que era cierto!

viernes, 22 de noviembre de 2019

Carlos Geli / Una tarde con Teresa

Últimas tardes con Teresa - Juan Marsé | Planeta de Libros

Una tarde con Teresa

Sin saber nada del fotógrafo Oriol Maspons, ni de la vida, se me ocurrió imitar la mítica portada de ‘Últimas tardes con Teresa’

Carlos Geli
Barcelona, 22 de noviembre de 2019


Una joven contempla la fotografía completa de Oriol Maspons, de la que salió la portada original de la primera edición de  'Últimas tardes con Teresa', de Juan Marsé.
Una joven contempla la fotografía completa de Oriol Maspons, de la que salió la portada original de la primera edición de 'Últimas tardes con Teresa', de Juan Marsé. MAR SIFRE



Carlos Geli
Barcelona, 22 de noviembre de 2019


No sé bien qué busco en los libros. Bajo una lámpara de los años 30 y los pies cruzados sobre el reposabrazos fue, tardes de infancia, evasión y vidas imposibles por delegación. A la misma luz y butaca, tiempo retapizado, interpretación: intuía que la vida no enseña, que en la calle estaba el mundo, pero que desde ahí no lo entendería. Buena excusa para una misantropía que se reforzaba las noches de los sábados.
Siempre hay una fecha. Ahora, el 19 de agosto de 1982. Es la de mi Últimas tardes con Teresa, el libro que más me ha marcado. Según la anotación náufraga entre el ocre de las páginas quemadas por la acidez del tiempo, fue regalo de mi hermana, manifestación de sus futuras dotes de psicóloga. Ya saben de qué va: correrías y equívocos amores de un rufián del Carmel (el Pijoaparte) con Teresita Serrat, universitaria de buena familia de Sant Gervasi que juega a la subversión política con sus también riquitos (y tontillos) compañeros. Ella ha confundido al ladrón de motos con un militante obrero y cree que “la arrancará de su clase y la salvará de sí misma”, como resumió Mario Vargas Llosa; el chico, que le ha tocado la lotería social que le abrirá las puertas del tecnicolor mundo burgués.
Me gusta pensar hoy que para Marsé la novela fue tan importante como para mí: es quien mejor ha descrito mi infancia y su paisaje. No es su preferida, pero es la que le afianzó su hasta entonces vacilante vocación. Mi ejemplar es la sexta reimpresión de la séptima edición, revisada por el autor en febrero de 1975, pero mantiene la portada de la primera, de 1966, de Oriol Maspons, con el plano cenital de una chica al volante de un descapotable. El fotógrafo ya había ilustrado el primer libro publicado de Marsé, Encerrados con un solo juguete, de 1960: utilizó a una modelo francesa, Babà, leyendo indolente revistas en la cama; era la habitación de las hijas del editor Carlos Barral en su casa de Calafell.




El Innocenti mutó, como la carroza de Cenicienta, en calabaza Ford Fiesta rojo, por supuesto no descapotable, lo que obligaba a un escorzo tan sufrido de mi amada por la ventanilla que temí que se partiera el espinazo

Maspons ilustraba la colección Biblioteca Breve ya desde el póster fundacional de junio de 1958. Mínimo iluminó 42 portadas. En otra ocasión, al menos, exhibió también un coche y una mujer, esta vez conduciendo, de noche y frontal: Lo más tarde en noviembre, de Hans Erich Nossack. La destinada al libro de Marsé es historia conocida de la fotografía catalana y del espíritu de la Gauche Divine. Es tan icónica que se ha atribuido a Leopoldo Pomés y a Colita, a ésta a partir del polémico filme sobre Jaime Gil de Biedma, El cónsul de Sodoma, en una sesión en la que supuestamente estaba Marsé, su mujer y el poeta, lo que el escritor desmintió a su biógrafo Josep Maria Cuenca en Mientras llega la felicidad.
Nada más lejos. Maspons tomó la foto desde un balcón de La Pedrera, donde vivían los padres de la modelo Susan Holmquist, que ya para siempre fue, en el imaginario colectivo, Teresita Serrat. Inevitable una modelo extranjera porque, desde que en 1954 fotografiara en Ibiza a Monique Koller, Maspons utilizó mayormente modelos de allende los Pirineos, rubias y aire nórdico: para él, encarnaban a la mujer moderna y sensual. Con los años, las mutó en maniquís, muñecas casi inexpresivas en poses de contorsionista.
A Holmquist (el Conillet de vellut de la canción de Juan Manuel Serrat, tras su relación sentimental) también la hizo doblarse y mirar hacia arriba, en un encuadre anómalo en la época. El coche era de ella: un Innocenti descapotable que la ya Miss Dinamarca se había comprado hacía poco en Milán. Como el original de la fotografía está entre las 503 imágenes que conforman, en el MNAC, la primera gran exposición sobre Maspons, me fijé en algunos detalles. Tontos, claro. Por ejemplo, la matrícula: MI 854142. O que el vehículo estaba algo sucio de polvo, como delatan esos dibujitos que la gente suele hacer en ellos con el dedito (mejor eso que la envidiosa rayita del chasis). Y que junto a la antena telescópica de radio, canónicamente torcida al final, había un adhesivo muy de la época, un trébol de cuatro hojas verde…




¿Qué busco aún hoy en mi mitad de un libro? Apenas un poco de orden en la tragedia

La patológica obsesión tiene atenuante, que requiere unas coordenadas personales de 1982 y que se explican si de la historia de Marsé se borran trazos de arribismo y mala fe y se cambian los escenarios de la Costa Brava por Castelldefels y el rancio abolengo de la dinastía Serrat por un empresariado de posibles hecho a sí mismo. Y el pelo rubio por el castaño, pero no los ojos azules. Y ahí lo dejamos.
La cosa es que, sin yo saber a mis 19 años absolutamente nada de nada de la imagen ni del fotógrafo (ni de Marsé, ni de la vida, en definitiva), se me ocurrió una tarde de verano hacer lo propio con mi Teresa. Entrañable… pero dramático: el estilizado Innocenti mutó, como la carroza de Cenicienta, en calabaza Ford Fiesta rojo, por supuesto no descapotable, lo que obligaba a un escorzo tan sufrido de mi amada por la ventanilla que temí que se partiera el espinazo. Tampoco sé cuántas veces disparé porque cuando no encontraba el encuadre resulta que entraba un rayo de sol o vislumbraba mueca u ojo entrecerrado en su rostro. La clandestinidad de la cosa (los vecinos de la chafardera, angosta y humilde callejuela del barrio; mi tía viuda rondando en funciones de carabina veraniega y mi impericia con la cámara sustraída a mis padres) provocó que en casi todas las pocas imágenes que se salvaron en el revelado se colara la barandilla del balcón.
Perdí las copias, quizá todas rotas cuando la relación concluyó, más por imberbes despechos tontos que por incompatibilidad personal o social, aunque la presión en su familia fue grande (sólo le caía bien a su abuela). Pero, sin reconocerlo, mantengo la esperanza de que alguna, un día, aletee al coger un libro demasiado tiempo olvidado. En el fondo, en aquella historia, como en la de Marsé, no hubo “ni rencor ni condena, ni tampoco autoengaño, sino metamorfosis lírica”, como leyó Pere Gimferrer. “El autor solo escribe la mitad de un libro; de la otra mitad debe ocuparse el lector”, sostenía Joseph Conrad. ¿Qué busco aún hoy en mi mitad de un libro? Apenas un poco de orden en la tragedia.
EL PAÍS

viernes, 1 de septiembre de 2017

Juan Marsé / Últimas tardes con Teresa / Prólogo de Arturo Pérez Reverte



Detalle de la portada de la edición del 50 aniversario de la novela.

Juan Marsé

NUEVAS TARDES CON TERESA
Prólogo de Arturo Pérez-Reverte


Este texto de Arturo Pérez-Reverte se escribió para el prólogo de la edición conmemorativa de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, que 2003 publicó la editorial Seix Barral. 



Arturo Pérez-Reverte
1 de septiembre de 2017

Un día, conversando con mi querido Juan Marsé, le dije que Últimas tardes con Teresa es una novela de aventuras. Se me quedó mirando un instante, fijo, con su cara de tipo duro, de boxeador marcado por la vida, y respondió “puede ser”. Luego lo pensó un poco más y movió la cabeza despacio, asintiendo. “Quizás –añadió– en cierto modo sea una novela de aventuras”. Después hablamos de otras cosas, y nunca supe si aquello lo dijo por cortesía o porque realmente estaba de acuerdo con mi punto de vista.
Juan Marsé, en 1970.
Juan Marsé, en 1970.
Ahora acabo de releer el libro –es la cuarta vez en treinta años que sigo la huella, página a página, de Manuel Reyes, alias el Pijoaparte– y confirmo lo que le dije a su autor: Últimas tardes con Teresa es una novela de aventuras. Eso no resulta extraordinario si consideramos que, desde Homero, la historia de la literatura se refiere, casi siempre, a la aventura del ser humano moviéndose por un territorio hostil, en pos de un deber, una pasión, una idea, un amor, una cita ineludible con el azar o el Destino.
Lo que ocurre es que, en el caso de Manolo el Pijoaparte, ese conflicto se traslada de los escenarios clásicos, el mar, la guerra, las praderas, la selva misteriosa, el desierto, a un paisaje inmediato, próximo, tan gris y falto de esperanza como la realidad del hombre atrapado por la tela de araña que él mismo teje: el equívoco, la ambigüedad, la ambición, el dinero como presunta dignidad, el sexo y su doble filo como salvación y como trampa. Excluyo deliberadamente la palabra amor, porque tengo la impresión de que, salvo en momentos puntuales y casi a su pesar –esa pareja enlazada en medio de una melancólica nube de confetti, al final de la fiesta y al final del verano– ninguno de los dos personajes principales de esta novela está realmente enamorado del otro. O de lo que de verdad es el otro. De ser correcta esa apreciación, Manolo Reyes y Teresa Serrat, enfrentados a lo imposible pero librando cada uno su propia guerra, se moverían a tientas por el confuso y peligroso paisaje fronterizo que es la vida, utilizando ciertas palabras –solidaridad, política, revolución, amor– sólo como armas defensivas y ofensivas. Como consuelos o pretextos.
En realidad, supongo, el ser humano vive –escribe, lee– siempre la misma aventura. La misma novela. Lo que pasa es que a veces un escritor recupera, repuebla o coloniza, con su talento, ese territorio a la vez familiar y enigmático, actualizándolo de modo magistral para su tiempo y sus coetáneos. O, más bien, fijando para siempre a éstos en aquél. Es entonces cuando aparece la obra maestra: el texto que se convierte en referencia indispensable a la hora de recordar, de interpretar, de situar, los avatares del corazón humano en el marco de un mundo o una época.
En tal sentido, Últimas tardes con Teresa es una obra maestra. Y lo es porque sobrevive a su tiempo y, en cierto modo, al autor mismo. Todo novelista muere al acabar un libro; mientras el texto queda ahí, desgajado del tronco en un momento concreto de su vida, ésta continúa, cambian el corazón y la mirada del autor, y es otro hombre –transformado, además, por el acto de escribir esa novela– quien escribirá futuras páginas. En cuanto a la obra terminada, ésta queda atrás, a la deriva, corriendo primero la suerte inmediata de los lectores –único árbitro de choque en la materia–, y sujeta luego al filtro implacable de los años. Y de ese modo, sometidas a la purga sin misericordia del tiempo, hay novelas que viven y novelas que mueren, sin que eso tenga relación directa con su éxito, calidad o perfección.
Últimas tardes con Teresa.
Cuarenta y tres años después, Últimas tardes con Teresa sigue tan fresca como cuando fue escrita. Ni siquiera los imbéciles que entonces perdonaron a regañadientes la vida a su autor, los resentidos o los parásitos que viven de explicar cómo escribirían ellos –si quisieran– los libros que escriben otros, se atreven ya a discutir que Manolo Reyes, alias Pijoaparte, es uno de los personajes literarios mejor trazados en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX.

Pese a situarse en un momento social y político concreto –el ecuador del largo franquismo–, la historia de la niña de buena familia catalana y el joven charnego no quedó atada a su contexto temporal; y eso es lo que ha hecho posible que envejezca, si tal es la palabra, con la solera y la autoridad de las grandes obras. Lo de menos es ya que transcurra en la Barcelona de mediados del pasado siglo, cuando, vaso de whisky en mano, los cachorros de la alta burguesía catalana jugaban a pronosticar la inminente caída del franquismo esperando que el trabajo lo hiciesen los obreros –aquella estéril izquierda de barra de bar nunca perdonó a Juan Marsé su disección implacable–, y cuando el proletariado de las grandes ciudades se debatía entre la lucha revolucionaria y la tentación de integrarse en las ventajas y placeres del sistema.
Interés costumbrista o histórico aparte, al lector actual, goce de memoria o carezca de ella, todo eso no le importa demasiado; porque lo que se narra en estas páginas, despojadas por los años de sus claves inmediatas, es algo que sucede cada día, en cualquier escenario geográfico y temporal. A quien ahora lee El Rojo y el negro o La Comedia humana le importa menos la Francia burguesa del XIX que el conflicto, siempre viejo y siempre nuevo, que se anuda en el ambicioso corazón de un hombre joven: esa aventura de quien, en pos de un sueño, se dispone a internarse en un mundo lleno de tentaciones y de peligros que Teresa Serrat, la Mujer, simboliza, resume y desencadena. Y así, recordar, con Manolo el Pijoaparte, a Julián Sorel o a Rastignac, no es una simple asociación crítica. Son la misma carne y la misma sangre de héroes: el mismo ideal, cada uno a su modo, y en su mundo.
Todo está escrito ya desde los clásicos griegos y latinos, y todo debe ser escrito de nuevo. La gran literatura, la de siempre, no es otra cosa que la misma, eterna y apasionante historia lúcida del hombre, fijada en hitos temporales, obras sucesivas, clásicos que la ofrecen a nuevas generaciones de lectores cada vez que el talento de un narrador desempolva este o aquel aspecto del corazón humano, le infunde vida y lo pone a circular de nuevo. Historia, narración, novela donde cada lector se reconocerá; porque, a fin de cuentas, se trata de su propia historia.
Edición prologada por Arturo Pérez-Reverte.
Juan Marsé tiene el más precioso don del narrador: hacer que nada de lo que cuenta nos parezca ajeno. Por eso, como en los viejos relatos de aventuras donde, equívocamente, todo resulta más obvio, ya desde las primeras páginas de Últimas tardes con Teresa, cuando Manolo Reyes –vestido de domingo con la misma minuciosidad con que los guerreros y los héroes de antaño se equipaban para el combate, la terra incógnita o la caza de la ballena–, empuja la verja del jardín de la casa de San Gervasio y avanza por el sendero de grava, al encuentro del sueño encarnado en una mujer a la que todavía sólo intuye, el lector siente el aroma del peligro; la inquietante certeza de adentrarse también, con él, en territorio enemigo. Y muchas páginas después, consumada la historia y la aventura, lo reconoce se reconoce– en el triste bar por donde pasa la sombra cansada del héroe, tras la batalla.


ZENDA LIBROS

jueves, 21 de julio de 2016

El franquismo censuró «Últimas tardes con Teresa» por «inmoral», obra de un autor «de tendencias marxistas»




El franquismo censuró «Últimas tardes con Teresa» por «inmoral», obra de un autor «de tendencias marxistas»

Con motivo del 50 aniversario de la publicación de la afamada novela de Juan Marsé, Seix Barral ha hecho público material inédito del archivo del Ministerio de Información y Turismo que por entonces dirigía Manuel Fraga


Madrid, 21 de julio de 2016

«Todo el fondo y la forma de la novela puede considerarse inmoral, por lo que su publicación fue justificadamente denegada por el lectorado del Servicio de Orientación Bibliográfica». Así justificó, en 1965, el Ministerio de Información y Turismo la censura de «Últimas tardes con Teresa», por la que un joven Juan Marsé había recibido el premio Biblioteca Breve. A continuación, el ministerio que entonces dirigía Manuel Fraga destacaba «cinco aspectos censurables» en la obra, «de indudable calidad literaria».