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jueves, 22 de enero de 2026

Lydia Davis / Todos lloraron

 

Ilustración de Na Kim

Ficción flash


Lydia Davis

Todos lloraron




4 de julio de 2019

No es fácil vivir en este mundo. Todo el mundo se enfada constantemente por las pequeñas cosas que salen mal: a uno lo insulta un amigo, a otro lo descuida su familia, a otro le da por hablar mal de su pareja o de su hijo adolescente.

jueves, 30 de octubre de 2025

Lydia Davis / Placeres exigentes

 


Placeres exigentes

¿Por qué escribe un escritor? No tanto para transmitir un mensaje como porque algo lo perturba, lo atrae o lo reclama. En este ensayo, Lydia Davis explora esa motivación íntima: el arte de observar, el impulso de convertir lo que llega del mundo exterior en forma y precisión, y el gozo laborioso que acompaña cada etapa de la escritura.

martes, 5 de agosto de 2025

El ‘boom’ de las ensayistas estadounidenses

 


La escritora Joan Didion cubre una manifestación hippy en San Francisco, en 1967.TED STRESHINSKY (CORBIS / GETTY IMAGES)


El ‘boom’ de las ensayistas estadounidenses

De Joan Didion y Vivian Gornick a Rebecca Solnit y Jia Tolentino, las escritoras de no ficción protagonizan un fenómeno editorial que también ha llegado a España



Álex Vicente
ÁLEX VICENTE
12 FEB 2021 - 18:30 

Al final de Arrastrarse hacia Belén, el ensayo de 1967 sobre la escena hippy de San Francisco que le dio la fama, Joan Didio tropieza con una niña de cinco años que está leyendo un cómic en el suelo de su habitación mientras se relame los labios, pintados de un inexplicable color blanco. La niña se halla en pleno subidón lisérgico: su madre le ha dado LSD para merendar. Otras tardes le toca peyote. La desapegada descripción que Didion hizo de ese momento, que no logra disimular el desdén por esa panda de descerebrados que sentía quien firmaba la crónica, ha conquistado una página propia en la historia universal de la ensayística, sin mucho que envidiar a la caída del caballo de Montaigne o al canto del chotacabras en la obra de Thoreau, entre otras ilustres epifanías de la muerte.

martes, 3 de agosto de 2021

Lydia Davis / St. Martín

 

Ilustración de Nathan Miller


Lydia Davis
St. Martín
(“St. Martin”)

      Trabajamos como caseros la mayor parte de aquel año, desde principios del otoño al verano. Había que encargarse de una casa, de las tierras, de dos perros y dos gatos. Echábamos de comer a los gatos, uno blanco y otro color calicó, que vivían fuera y comían en el alféizar de la cocina, peleándose a la luz del sol mientras esperaban la comida, pero no teníamos la casa demasiado limpia, o las malas hierbas invadían el jardín, y nuestros patronos, gente agradable como eran, probablemente nunca nos perdonaron del todo lo que le pasó a uno de los perros.

Lydia Davis / La casa de atrás

 



Lydia Davis

La casa de atrás

(“The House Behind”)


      Vivimos en la casa de atrás y no vemos la calle: las ventanas del fondo miran hacia la piedra gris de la muralla de la ciudad y las ventanas delanteras dan al patio de las cocinas y los cuartos de baño de la casa de delante. Los apartamentos de la casa de delante son amplios y cómodos, mientras que los nuestros son estrechos y destartalados. En la casa de delante, las sirvientas viven en habitaciones pequeñas y limpias del último piso, y se asoman a las chapiteles de St-Étienne, pero bajo el alero de nuestra casa, diminutos cubículos se abren a la oscuridad de un pasillo polvoriento y los estudiantes y licenciados pobres que duermen en ellos comparten un retrete junto al hueco de la escalera. Muchos inquilinos de la casa de delante son altos funcionarios, mientras que la de detrás está llena de comerciantes, vendedores, carteros jubilados y maestros de escuela solteros. Está claro que no podemos culpar de su riqueza a los vecinos de la casa de delante, pero es algo que pesa sobre nosotros: sentimos la diferencia. Esto, sin embargo, no basta para explicar el rencor que ha existido siempre entre las dos casas.

Lydia Davis / Televisión

Lydia Davis

Televisión
(“Television”)

1

      Tenemos todos esos programas favoritos que dan por las noches. Prometen ser emocionantes y lo son siempre.
       Nos insinúan lo que nos van a ofrecer, nos lo ofrecen y es emocionante.
       Si los muertos se pasearan ante nuestras ventanas no nos parecerían más emocionantes.

miércoles, 8 de abril de 2020

El cuento de los escritores egoístas

Philip Roth


El cuento de los escritores egoístas

Philip Roth, John Updike y Norman Mailer fueron señalados como los grandes autores narcisistas. Hoy triunfa el delirio de autorreferencia y manda la autoficción


Andrea Aguilar
4 de febrero de 2017



'Narciso', de Caravaggio, expuesto en la Galería Nacional de Arte Antiguo de Roma.
'Narciso', de Caravaggio, expuesto en la Galería Nacional de Arte Antiguo de Roma.

Extrema sensibilidad y considerable fragilidad, cierto vampirismo, algo de vanidad —peor o mejor disimulada—, el convencimiento de que lo que uno siente o percibe es único, y un considerable egoísmo son rasgos habituales en el temperamento creativo. Los grandes artistas —divos y divas, maestros— no son necesariamente buenas personas, pero ¿son inevitablemente narcisistas? La crítica Gayatri Spivak apunta: “La posibilidad del éxito artístico es particularmente seductora para el narcisista por la construcción social del genio. La idea de genio captura la quintaesencia del narcisismo; alguien que ha sido tocado por los dioses y que sin esfuerzo puede lograr grandes cosas”.
Acotemos el debate y centremos la cuestión en el plano literario. No faltan las voces que encuentran en la autoficción un claro reflejo de la plaga actual del yo. Las seis novelas de la serie Mi lucha, en las que el escritor noruego Karl Ove Knausgård asume el papel protagonista y expone su vida con intenso detalle, son citadas como un ejemplo paradigmático. Ironías de los boom literarios, en su catártico solipsismo el escandinavo no está solo. Según un estudio citado por Kristin Dombek en su ensayo The Selfishness of Others (el egoísmo de los otros) los escritores estadounidense usan “yo” un 42% más que en 1960. Y sin embargo este aparente delirio de autorreferencia, que aqueja a las sociedades occidentales, y el hábil uso que algunos escritores hacen de ello, para entrar en sintonía con el zeitgeist y construir sus ficciones, no aclara mucho sobre la relación última entre narcisismo y literatura.
 finales de los noventa, en las páginas de The Observer David Foster Wallace tuvo el hallazgo de juntar patología y novela en el acrónimo inglés GMN (Great Male Narcissists) para referirse a los tres popes de la ficción realista estadounidense de posguerra: Norman Mailer, John Updike y Philip Roth. El término 'Grandes Varones Narcisistas' nació en la demoledora crítica de la novela Hacia el final del tiempo de Updike, autor, que según Foster Wallace, era definido por algunos lectores como “simplemente un diccionario Thesaurus con pene”. Sexismo aparte, la crítica entraba de lleno en la animadversión que los tres novelistas generaban entre los lectores más jóvenes: “Tiene que ver con su ensimismamiento radical, y con su celebración acrítica de este ensimismamiento tanto en sí mismos, como en sus personajes”. Las novelas de Updike, apuntaba Foster Wallace, estaban habitadas básicamente por el mismo tipo de hombres, un alter ego del autor: “Son siempre tan incorregiblemente narcisistas, donjuanes, autodespectivos, autocompasivos”.
Tres de los cuatro protagonistas de esta historia han muerto, y el cuarto, Philip Roth, anunció que dejaba la escritura hace ya seis años, pero la etiqueta GMN no ha perdido fuerza. Valga como ejemplo la crítica de Elaine Blair que celebraba en The New York Review of Books al francés Michel Houellebecq, y lamentaba que toda una generación de escritores estadounidenses actuales (Gary Shteyngart, Sam Lipsyte y Richard Price) hayan acabado por parodiar a los hombres narcisistas protagonistas de sus novelas. Blair propone una teoría: esos personajes egoístas y egocéntricos, condenados al fracaso amoroso por su incapacidad para empatizar y amar (losers románticos), aunque siguen estando ahí, acaban quedando en ridículo o se autoparodian para no irritar a las lectoras.
Narciso era un hombre y Ovidio también, pero sería un error reducir el narcisismo al ámbito de la literatura masculina. La confianza en uno mismo y el ensimismamiento de un novelista no es cuestión de género. “Algunos de nosotros necesitamos un egotismo sin límites para encontrar la fuerza para escribir una sola línea, no digamos un libro (¡Otro libro Joyce!, murumura el abismo. ¿Y este también va a cambiar el mundo?). Pero el artista debe actuar a partir de la frágil convicción de que lo es todo, o no podrá probar nada. Y como nos advirtió Lear : ‘nada sale de la nada”, escribe en un ensayo la prolífica autora estadounidense Joyce Carol Oates.
¿Cómo controlar ese impulso egocéntrico? El británico Orwell recomendaba aplicar disciplina al temperamento y “evitar quedarse atascado en una etapa inmadura”. No es tarea fácil. Lo explica la atinada y brillante Lydia Davis en su cuento Propósito de año nuevo: “Al fin, en la mitad de tu vida, eres suficientemente listo para ver que todo suma nada, incluso el éxito no significa nada. Pero ¿cómo aprende una persona a verse como nada cuando ha tenido tantos problemas para verse como algo en primer lugar? Es confuso”. Escribir puede que ayude.

sábado, 16 de marzo de 2019

Laura Fernández / En busca de la nueva Lucia Berlin

Desde la izquierda, Alice Munro, Lucia Berlin (arriba),
Lydia Davis (abajo) y Edna O’Brien.

En busca de la nueva Lucia Berlin

El aún palpitante éxito de ‘Manual para mujeres de la limpieza’ ha puesto a las editoriales españolas tras la pista de autoras anglosajonas de relatos cuya carrera se ha desarrollado en los márgenes


LAURA FERNÁNDEZ
Barcelona 10 MAR 2018 - 13:16 COT

Puede que todo empezara en 2013, cuando Alice Munro ganó el Nobel. Alice Munro, “la Chéjov de Canadá”. La Academia sueca se rendía por fin al género maldito, el del cuento. Y puede que en aquel momento, gabinetes de lectura de editoriales de todo el mundo, en realidad, lectores únicos de esas mismas editoriales, dirigidos por editores ávidos de dar salida por fin a un género considerado poco más que “veneno para la taquilla” hasta el momento, se pusiesen manos a la obra en busca de otras chéjovs, de chéjovs de todo tipo. Así fue como un día alguien levantó un teléfono en la editorial neoyorquina Farrar, Straus and Giroux y llamó a Lydia Davis para pedirle consejo. Le preguntó si tenía en mente a alguna otra cuentista cuya obra jamás hubiese sido tratada como debía. Ella contestó: “Por supuesto, Lucia Berlin”. Quién sabe, puede que Davis llevase demasiado tiempo queriendo que alguien le hiciese esa pregunta.

viernes, 29 de mayo de 2015

Lydia Davis / La criada


Lydia Davis
La criada

Sé que guapa no soy. Llevo el pelo, negro, muy corto, y tengo tan poco que apenas si me oculta el cráneo. Mis pasos son atropellados y asimétricos, como si fuera coja de una pierna. Cuando me compré las gafas, creía que eran elegantes ─la montura es negra, en forma de alas de mariposa─, pero me he dado cuenta de que no me favorecen y no tengo más remedio que ponérmelas, porque no tengo dinero para comprarme unas nuevas. Tengo la piel color vientre de sapo y los labios finos. Pero no soy, ni por asomo, tan fea como mi madre, que es mucho más vieja. Tiene la cara pequeña y llena de arrugas, negra como una ciruela pasa, y la dentadura le baila en la boca. Apenas soporto sentarme frente a ella para cenar y me atrevo a decir por la expresión de su cara que a ella le pasa lo mismo conmigo.

sábado, 7 de marzo de 2015

Lydia Davis / Realmente la novela es un cuento largo


Lydia Davis

“Realmente la novela es un cuento largo”

A la escritora estadounidense le fascinan los aspectos más materiales del lenguaje. Ahora publica en español sus cuentos ultracortos y recupera su única novela


La escritora finalista del Man Booker Lydia Davis, en Londres. / DOMINIC LIPINSKI
Hace diez años Lydia Davis (Northampton, Massachusetts, 1947) abandonó las vicisitudes de la vida en Manhattan y se trasladó con su marido, el pintor Alan Cote, a un pequeño enclave en las cercanías de East Nassau, tres horas al norte de Nueva York. La vivienda que hoy ocupa la pareja, un edificio de ladrillo rojo de tres plantas con techos que alcanzan los cinco metros de altura, fue construida en los años treinta, y durante décadas fue sede de la escuela local. Las antiguas aulas han sido adaptadas a las necesidades domésticas, así como a las exigencias creativas de sus ocupantes. El gimnasio es hoy un taller de pintura, y otras estancias hacen las veces de estudio o biblioteca. Los inmensos lienzos abstractos de Cote ocupan las paredes de varias salas, compartiendo el espacio con las delicadas fotos realizadas por el hijo del matrimonio, Theo.
En 2009, tras casi cuatro décadas de trabajo en relativa oscuridad, aparecieron los Cuentos completos de Lydia Davis,un volumen de 700 páginas que recogía los dos centenares de relatos breves incluidos en las cuatro colecciones publicadas por la escritora a lo largo de su vida. El libro dio la medida de su dominio del cuento, género que siempre ha gozado de la más alta estima en la tradición norteamericana, y en la que Davis ha inscrito su nombre para siempre con autoridad y contundencia, aunque no esté muy claro qué son exactamente los brevísimos textos que escribe. Sus segmentos en prosa alcanzan un nivel de intensidad y concisión que los sitúa en las inmediaciones de la poesía o la iluminación filosófica. Uno de sus más rendidos admiradores, Jonathan Franzen, trató de zanjar el asunto, refiriéndose a ella como “una suerte de Proust del relato breve”. Tras una serie de reconocimientos que culminaron con la concesión del Premio Internacional Man Booke el año pasado, se publicó recientemente en España No puedo ni quiero, volumen que reúne los relatos escritos por la autora con posterioridad a la aparición de los Cuentos completos. Asimismo ve la luz por primera vez en castellano El final de la historia, única incursión de Lydia Davis en la novela, texto de un interés extraordinario sin el que no es posible entender cabalmente el conjunto de su obra. La escritora se sirve una taza de café y deja que pasen unos segundos antes de responder a la pregunta de qué aporta No puedo ni quiero con respecto a su trabajo anterior como autora de microficciones.



Mi intención no era crear poemas, sino fogonazos en prosa que quiero separar en la mente del lector”
“Mi trabajo ha ido evolucionando con el tiempo, aunque me resulta difícil explicar exactamente cómo. Las primeras colecciones incluían historias más tradicionales que alcanzaban cierta extensión. Había relatos cortos pero no minúsculos, como ahora. Creo que en este último libro me he aventurado más con la forma. Siempre ensayo nuevas formas de escritura, y en el último libro llevo esa tendencia todavía más lejos. Hay más listas. Por primera vez aparecen secuencias o series, como las llamadashistorias-sueño o la secuencia de 13 historias-Flaubert. Se trata de excepciones. Se podría decir que en el libro nuevo hay textos que se acercan más a lo que es un poema, aunque la razón por la que rompo los renglones no es que los vea como versos sino una manera de indicar cómo han de leerse, efectuando una pausa después de cierta frase. Cabría considerar que son una especie de poemas primitivos, pero sin carácter lírico. Se trata más bien de breves fogonazos en prosa que quiero que estén nítidamente separados en la mente del lector. Mi intención desde luego no era crear poemas”.
Más interesante si cabe que la publicación de una nueva colección de relatos ultracortos de Lydia Davis es la recuperación de El final de lahistoria, su única novela. ¿A qué se debió la irrupción de un formato tan ajeno a lo que siempre ha hecho una maestra tan depurada de la forma breve?
“Jamás me he considerado novelista. Desde que empecé a escribir me sentí cuentista… Bueno, si me remonto a los orígenes, lo primero que escribí fue poesía, aunque aquello era más bien una suerte de conjuro verbal. La novela surgió cuando llevaba más de veinte años escribiendo cuentos. Tengo un amplio espectro de registros, desde una o dos líneas hasta un párrafo, una página, dos páginas, y en algunos casos textos de una extensión algo mayor. A medida que son más largos se vuelven más narrativos, y cuanto más cortos se parecen más a una canción. Puede que no sean poemas, pero el lenguaje, el ritmo y la forma son de un orden más musical, aspecto que se convierte en el elemento prioritario. Pero incluso entre los textos más breves los hay muy distintos. Algunos son como un grito, otros una especie de meditación. Realmente la novela era una especie de cuento largo. No era cuestión de que yo considerara que había llegado la hora de escribir algo orgánicamente distinto desde el punto de vista narrativo, sino que de repente me tropecé con un material que necesitaba mucho más espacio del que yo le podía otorgar dentro de los límites de un relato”.

Mis textos más breves son muy distintos: algunos son un grito, otros una especie de meditación”
En más ocasiones de las que le apetece recordar, Lydia Davis tuvo que afrontar la manida pregunta de qué libro se llevaría a una isla desierta. En su caso, la respuesta no puede ser más reveladora: “El Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa”, dice riéndose, “porque me permite hacer trampa: son 20 volúmenes”. La ocurrencia pone de relieve una predilección muy profunda. A Davis le fascinan los aspectos más inmediatamente materiales del lenguaje. Nada la hace más feliz que hablar de sintaxis, gramática y lexicografía. Y nada le divierte más que trasladar los códigos de unas lenguas a otras, lo cual ilumina uno de los aspectos más interesantes de su personalidad: su pasión por la traducción literaria, labor que empezó a ejercer durante sus años de estudiante universitaria. “Una de las razones por las que pasaron siete años entre la publicación de Cuentos completos y No puedo ni quiero es que me salieron al paso las dos traducciones de mayor envergadura de mi vida: el primer volumen de En busca del tiempo perdido, de Proust, y Madame Bovary, de Flaubert. El reto era mayúsculo, pero cuando me propusieron traducir a Proust no lo dudé. Llevaba toda la vida traduciendo. Había escalado cumbres muy altas y ahora me proponían escalar la más alta de todas. Acepté el reto. Tardé tres años y, cuando terminé, me propusieron que tradujera Madame Bovary. Al principio dije que no, pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que echaba de menos traducir. Después de Proust me enfrentaba a otra empresa gigantesca, pero lo curioso es que cuando terminé no quise parar, y seguí traduciendo, esta vez del holandés. Es lo que me tiene ocupada en estos momentos. Estoy traduciendo a A. L. Snijders”. Otra elección altamente sintomática. Snijders, de 77 años, cultiva una modalidad de relato ultrabreve a la que el autor se refiere como zkv. Cuando en 2010 se le concedió el Premio Constantijn Huygens por su trabajo en este género insólito, Snijders, que mantiene una regocijante comunicación por e-mail con su traductora al inglés, había publicado un total de 1.500 zkvs.
“Verdaderamente disfruto traduciendo”, señala con euforia Davis al evocar cómo descubrió a Snijders. “Estaba en Ámsterdam, hará unos tres años, y decidí que con todo país, con todo idioma al que se hubiera traducido mi obra, yo intentaría a mi vez traducir algo de ese idioma al inglés… Ya sé que son muchos idiomas, y cada vez más, pero lo intentaría. He traducido una historia del español [un cuento de la escritora mexicana Ana Rosa González Matute, aclara], del portugués, del alemán y ahora estoy con el holandés. He estado expuesta a muchos idiomas. El primero fue el alemán, cuando fui a la escuela en Graz, Austria, con ocho años. Al español estuve expuesta en Argentina, también muy joven. Tal vez ahora esté intentando reproducir aquellas experiencias de cuando era niña”.



El arte del silencio

Terminada la entrevista, la escritora se dirigirá a un aparador donde hay una revista que tiene particular interés por mostrar. En ella aparece publicado un ensayo suyo sobre el trabajo pictórico de su marido, Alan Cote. En la portada aparecen yuxtapuestos los nombres de Siri Hustvedt y Lydia Davis. La coincidencia resulta tan insólita como violenta. Un perfil sobre Lydia Davis publicado hace unos meses en The New Yorker con motivo de la aparición deNo puedo ni quiero en inglés alude a un episodio, por demás bastante conocido, que afectó profundamente a las dos escritoras. En 1974, Lydia Davis contrajo matrimonio con Paul Auster. Se habían conocido cuando los dos estudiaban en la universidad, ella en Barnard y él en Columbia, tras lo cual pasaron juntos unos años en Francia. La pareja tuvo un hijo, Daniel, que tenía dos años cuando sus padres se divorciaron. Poco tiempo después Hustvedt y Auster se casaron. Cuando Daniel Auster tenía 18 años se encontraba en el apartamento donde dos conocidos personajes del mundo de la noche neoyorquina asesinaron a un traficante de drogas, comprando su silencio a cambio de 3.000 dólares propiedad de la víctima. El caso se saldó judicialmente con una admisión de culpabilidad por parte de Auster, que fue sentenciado a cinco años de libertad condicional. La última pregunta registrada en la grabadora, formulada con el máximo respeto y cautela, tiene que ver con Daniel Auster. Como era previsible, la autora declinó cortésmente responder. No obstante, y por eso una publicación tan ajena al amarillismo como The New Yorker no la elude, la cuestión es pertinente y de hecho tanto Hustvedt como Davis la abordan en dos obras que pese lo radicalmente distintas que son desde el punto de vista literario, coinciden en la honestidad con que llevan a cabo su indagación. Hustdvedt escribió sobre el episodio con pasmosa transparencia en la novela titulada Todo cuanto amé. Davis alude al asunto con la oblicua desnudez que caracteriza a su escritura en el relato titulado ‘Selfish’. La historia ahonda de modo sumamente abstracto en la venenosa mezcla de culpa y egoísmo que preside a veces las relaciones entre padres e hijos. Es lo más lejos que esta mujer es capaz de llegar: tal vez sólo Samuel Beckett la supere a la hora de ejercer el arte del silencio. Invitada a evocar un episodio de su vida particularmente importante para ella, Davis me contó que un día, paseando por París, vio a Beckett parado en una esquina. Su admiración por él entonces era tal que se dedicaba a copiar frases del irlandés en un cuaderno, tratando de descifrar el enigma de su escritura. "Decidí seguirle. Tras recorrer unas cuantas calles se adentró en los jardines de Luxemburgo, donde se detuvo delante de una cancha de tenis, a ver un partido". Al cabo de un rato se alejó, sin haber intercambiado con él una sola palabra.




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Lydia Davis / El final de la historia / Reseña


Lydia Davis
EL FINAL DE LA HISTORIA
Por Israel Paredes

Conocida ante todo por su excelente faceta de escritoras de relatos, Lydia Davis publicó en 1996 El final de la historia, la que es hasta el momento su única y magnífica novela que edita ahora Alpha Decay.
A lo largo de su carrera como escritora, Davis no solo ha ido evolucionando en el terreno del relato corto, como se puede apreciar en colecciones tan magníficas como DesglosesSin apenas memoria o en la todavía inédita en castellano Can’t and Won’t, quizá uno de los trabajos más precisos al introducir los nuevos lenguajes surgidos con las nuevas tecnologías en el terreno del relato. Davis, siempre en busca de la innovación formal, ha tomado la rica herencia literaria de su país para ir adecuándola con el paso de los años, convirtiendo sus colecciones de relatos en no solo, que también, magníficas historias atentas a la cotidianidad y a aquello que subyace bajo ella, sino que además ha construido una obra en busca de los mecanismos que dan sentido y solidez a la ficción y a la narración literaria.

Enrique Vila-Matas / Ante Lydia Davis

Lydia Davis

Ante Lydia Davis

ENRIQUE VILA-MATAS Madrid 8 JUL 2013 - 21:30 CET

En lugar de repetir los lugares comunes de la opinión pública, puede que, como sugiere Maite Larrauri en un reciente artículo sobre Hannah Arendt, haya llegado la hora de buscar los casos de validez ejemplar que nos hagan entender lo que es un buen político, una buena ley, un buen profesor, un buen médico, un buen ciudadano. Quizás así ya tengamos mucho adelantado.Me circunscribo al terreno literario para decir que me parece envidiable y ejemplar, por ejemplo, la forma que tiene la cuentista norteamericana Lydia Davis de lograr profundidad con un lenguaje muy conciso.

No hace mucho, asistí en el gran teatro Flagey de Bruselas a la lectura que hizo de algunos de sus relatos. Breve y frío como la mayoría de los suyos, comenzó con un cuento que describía un trágico círculo de soledad: “Nadie me llama. No puedo oír el contestador automático porque no me he movido de aquí. Si saliera, alguien podría llamar mientras estoy fuera. Entonces, a la vuelta, podría oír el contestador automático”.
Indecisión en la platea también. ¿Había que llorar o reír? La escritora permaneció seria, imperturbable. Cuando abordó Ventosear, relato tan memorable como irresumible, el público dejó de contenerse y estalló ya en risas imparables. Davis no modificó en nada su gesto grave y enfiló entonces un cuento tan estremecedor como La casa de atrás, al que siguieron unas cuantas breves historias infinitas, algunas de un solo renglón y todas de un impecable humor serio y vagabundo.
Me acuerdo de Perdiendo la memoria: “Me preguntas por Edith Wharton. Sí, me suena mucho el nombre”. Al oírlo, pensé en un aforismo de Jules Renard: “Un escritor muy conocido el año pasado”.

martes, 27 de agosto de 2013

Lydia Davis / Los temores de la señora Orlando



Lydia Davis
Los temores de la señora Orlando

El mundo de la señora Orlando es oscuro. Conoce los peligros de su casa: la estufa de gas, las escaleras empinadas, la bañera resbaladiza y distintos cables eléctricos en mal estado. Fuera de su casa sabe de ciertos peligros, pero no de todos, y su propia ignorancia la asusta, ávida de información sobre crímenes y desastres.
Aunque tome las precauciones posibles, ninguna precaución será suficiente. Procura estar preparada para una hambruna imprevista, para el frío, el aburrimiento y las hemorragias. Jamás le falta un esparadrapo, un imperdible y una navaja. En el coche tiene, entre otras cosas, un trozo de cuerda y un silbato, además de una historia social de Inglaterra para leerla mientras espera a sus hijas, que suelen pasar mucho tiempo de compras.
En general, le gusta que los hombres la acompañen: ofrecen protección tanto por su gran envergadura como por su visión racional del mundo. La señora Orlando admira la prudencia y respeta al hombre que reserva una mesa por adelantado, y también al que duda antes de contestar alguna de sus preguntas. Confía en los abogados y se siente comodísima cuando habla con abogados, puesto que la ley respalda cada una de sus palabras. Pero, antes que ir sola, les pedirá a sus hijas o a alguna amiga que la acompañen al centro, cuando sale de compras.
Un hombre la asaltó en un ascensor, en el centro de la ciudad. Era de noche, el hombre era negro, y la señora Orlando no conocía la zona. Entonces era más joven. La habían molestado varias veces en autobuses llenos. En un restaurante una vez, después de una discusión, un camarero nervioso le derramó café en las manos.
En la ciudad teme subir a algún vagón de metro equivocado y perderse, pero jamás pedirá información a desconocidos de una clase inferior. Se cruza con muchos negros que planean toda clase de crímenes. Cualquiera podría robarle, incluso otra mujer.
En casa, habla con sus hijas por teléfono durante horas y sus palabras son siempre una premonición del desastre. No le gusta expresar satisfacción, porque teme arruinar su buena suerte. Si se ve obligada a decir que algo va bien, baja la voz para decirlo y toca madera, la mesa del teléfono. Las hijas le cuentan muy poco, pues saben que encontrará algo de mal agüero en lo que le cuenten. Y, ante lo poco que le cuentan, a señora Orlando teme que tengan algún problema de salud o matrimonial.
Un día les contó una historia por teléfono. Había ido sola al centro, de compras. Deja el coche y entra en una tienda de tejidos. Ve las telas y no compra nada aunque se lleva un par de muestras en el bolso. En la acera hay bastantes negros rondando y la ponen nerviosa. Se dirige a su coche. Cuando saca las llaves, desde debajo del coche una mano la agarra por el tobillo. Hay un hombre tumbado debajo del coche y ahora agarra con su mano negra el tobillo cubierto por la media y le dice con voz apagada que suelte el bolso y se aleje. Obedece, aunque apenas si se tiene en pie. Espera pegada a la pared del edificio y mira el bolso, pero el bolso no se mueve de donde está, en el bordillo. Alguna gente la observa. Entonces se acerca al coche, se arrodilla en la acera y mira debajo del vehículo. Ve la luz del sol en la calle, al otro lado, y algunos tubos de los bajos del coche: el hombre no está. Recoge el bolso y vuelve a casa.
Sus hijas no se creen la historia. Le preguntan por qué iba a hacer alguien una cosa tan rara, y a plena luz del día. Le hacen ver que es imposible que el hombre desapareciera de pronto, que se desvaneciera en el aire. Su incredulidad la irrita, y no le gusta la manera en que hablan de la luz del día y el aire.
Unos días después del ataque contra el tobillo, un segundo incidente la perturba. Al atardecer, va en el coche a un aparcamiento en la playa, como hace de vez en cuando para ver la puesta de sol a través del parabrisas. Esa tarde, sin embargo, mientras mira el agua más allá del paseo de tablas, no ve la playa desierta y en paz que ve habitualmente, sino un corrillo de gente alrededor de algo que, según parece, yace en la arena.
Inmediatamente siente curiosidad, pero también la tentación de alejarse sin contemplar la puesta de sol ni ir a ver qué hay en la arena. Intenta adivinar qué podría ser. Probablemente sea algún tipo de animal, porque la gente no se para tanto tiempo a mirar algo, a menos que esté vivo o haya estado vivo. Imagina un pez grande. Debe de ser grande porque un pez pequeño no tiene el menor interés, como tampoco lo tiene una medusa, por ejemplo, que también es pequeña. Imagina un delfín e imagina un tiburón. También podría ser una foca. Muy probablemente, muerta ya, aunque podría estar agonizando y el corrillo de gente quizá quiera ver cómo se muere.
Al final la señora Orlando va a descubrirlo por sí misma. Coge el bolso y se apea del coche, lo cierra con llave, salta un pequeño muro de cemento y se hunde en la arena. Mientras camina despacio, hundiendo los tacones altos, abriendo mucho las piernas, coge por la correa el bolso flamante, que se balancea de un modo insensato de acá para allá. La brisa marina le pega el vestido de flores a los muslos y el dobladillo aletea alegremente sobre sus rodillas, pero sus rizos plateados y bien peinados no se mueven, y la señora Orlando arruga la frente mientras prosigue su avance, hundiendo los tacones en la arena.
Se abre paso entre la gente y mira al suelo. Lo que yace en la arena no es un pez ni una foca, sino un muchacho. Yace muy derecho, con los pies juntos y los brazos a lo largo del cuerpo, y está muerto. Alguien lo ha cubierto con periódicos, pero la brisa levanta las hojas, que, una a una, se encrespan y acaban en la arena, enredándose en las piernas  de los curiosos. Por fin un hombre de piel oscura, que a la señora Orlando le parece mexicano, alarga el pie y lentamente echa a un lado la última hoja de periódico y ahora todo el mundo puede ver bien al muerto. Es guapo y delgado, de un color gris, y está empezando a ponerse amarillo por algunas zonas.
La señora Orlando lo mira absorta. Lanza una mirada a los demás y ve que también ellos se han olvidado de sí mismos. Un ahogado. Incluso podría tratarse de un suicidio.
Lucha con la arena para volver al coche. Cuando llega a casa, inmediatamente llama a sus hijas y les cuenta lo que ha visto. Empieza diciendo que ha visto a un muerto en la playa, un ahogado, y luego vuelve al principio y añade más detalles. A sus hijas no les gusta que se emocione tanto cada vez que cuenta la historia.
En los días que siguen, se queda en casa. Luego, de improviso, sale y va a casa de una amiga. Le cuenta a la amiga que ha recibido una llamada telefónica obscena, y se queda a pasar la noche. Cuando vuelve a su casa al día siguiente, cree que alguien ha entrado, porque faltan algunas cosas. Más tarde encuentra cada cosa en un sitio inusual, pero no puede quitarse la impresión de que ha entrado alguien.
Sentada en su casa, con miedo a los intrusos, vigila el menor incidente. De noche, sobre todo, oye a menudo ruidos extraños y los atribuye con total seguridad a merodeadores que acechan bajo al alféizar de las ventanas. Entonces tiene que salir y mirar la casa desde fuera. Da una vuelta a la casa, a oscuras, y no ve merodeadores y vuelve a entrar. Pero, después de pasar sentada media hora, tiene que volver a salir e inspeccionar la casa desde fuera.

Entra y sale, y al día siguiente también entra y sale. Luego se queda dentro y sólo habla por teléfono, vigilando sin tregua puertas y ventanas, atenta a las sombras extrañas, y luego, durante cierto tiempo, deja de salir, salvo de madrugada, para examinar el suelo en busca de huellas.


Lydia Davis
Cuentos completos de Lydia Davis