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viernes, 9 de noviembre de 2018

Edgardo Corazinsky / La otra vida




Edgardo Corazinsky
La otra vida
Johnson anheló toda su vida ver un fantasma, pero no lo consiguió, aunque bajó a las criptas de las iglesias y golpeó los ataúdes. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaba en las calles de Londres.
Carlyle: Sartor Resartus, III, 8.
Pocos minutos después de ser atropellado por un Peugeot 3008, que prosiguió sin detenerse hacia la avenida Almirante Brown, Antonio Graziani se incorporó en medio de la calzada desierta de Paseo Colón y cruzó hacia Parque Lezama. No dudó siquiera un instante de que estaba muerto, pero esta certeza no le impidió respirar hondamente el aire ya fresco, esa brisa que alivia el calor a fines de una noche de diciembre. Aún no eran las 5 y ya empezaba a clarear con la primera, tímida luz del día.

Edgardo Cozarinzky gana el premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez




El argentino Edgardo Cozarinzky gana el premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez

‘En el último trago nos vamos’ se lleva el reconocimiento que entrega el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia




El escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky, ganador del premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.
El escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky, ganador del premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.  EFE

El escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 1939) ganó este jueves el V premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez con En el último trago nos vamos (Tusquets), en una ceremonia convertida en una celebración tanto del género como del fallecido nobel colombiano. "Es, sobre todo, un libro escrito con un gran oficio narrativo, con raíces profundas en una antigua tradición literaria y de una notable solidez intelectual", que aborda temas como la identidad existencial, la vejez y la infidelidad de los recuerdos, valoró el jurado -encabezado por el argentino-canadiense Alberto Manguel- al anunciar el fallo en el teatro Colón de Bogotá. "Sus cuentos describen mundos diversos en los cuales los protagonistas resultan ser fantasmas o, al menos, fantasmagóricos".

miércoles, 10 de julio de 2013

Edgardo Cozarinsky / No creo en la confesión


Edgardo Cozarinsky: 
"No creo en la confesión"
Luego de publicar un libro de memorias, el escritor y cineasta argentino habla de la primera persona como "un modo modesto de escribir" y piensa que autores como Cortázar no resistieron al tiempo.

Por Mauro Libertella
Revista Ñ



“Lo que yo escribo está muy escrito.
Tengo un gran respeto por la literatura de la oralidad, 
pero no tiene nada que ver conmigo.”
Edgardo Cozarinsky

En un período que ocupa más o menos el ultimo año, Edgardo Cozarinsky dejó su impronta en casi todos los géneros que ha cultivado: el cuento con Burundanga! (Mansalva), la novela con Lejos de donde (Tusquets), el cine con Apuntes para una biografía imaginaria y ahora el ensayo y la semblanza en Blues (Adriana Hidalgo). La forma breve que mezcla reflexión con retazos de vida parece ser la arquitectura perfecta para desplegar el sueño del ensayo epifánico: resumir en dos o tres ideas una experiencia universal y atemporal. Hay, en ese sentido, un eco de Borges, pero también desfila el fantasma del último grupo Sur, las ciudades europeas –que son, quizás, la topografía fundante en el imaginario de Cozarinsky–, la literatura que aparece azarosamente y lo modifica todo, la búsqueda de la lengua propia, la política (que en esta entrevista se infiltra en frases polémicas). Tal vez, los textos de Blues se puedan leer como desprendimientos de la obra ficcional de Cozarinsky; reflejos o extensiones que llevan un detalle hasta su extremo o que reescriben alguna escena o algún pensamiento que en una novela o una película estaban apenas sugeridos. También, por qué no, el libro se puede leer como una biografía fracturada e involuntaria. Así, deudor de la elipsis y los entendidos, sin querer queriendo, Cozarinsky construyó una historia de su propia vida. Quedan otras historias de su vida por ser narradas, desde luego: una vida nunca es lineal, y jamás se agota. ¿Bajo qué forma llegarán? ¿Serán películas, libros? Tal vez, como pasa siempre con un autor que mezcla los géneros y los formatos, los nuevos relatos de su vida los terminemos encontrando, astillados, como esquirlas venenosas, en todos sus proyectos.
Edgardo Cozarinsky según Majo Ramírez

-¿Cómo fue que usted recaló en París? 

-Yo nunca pensé en quedarme a vivir en París. Me fui de acá en el año 74, durante los últimos meses de vida de Perón, con Isabel y López Rega en el poder y la triple A operando a mansalva. Nunca fui militante, nunca tuve las convicciones absolutas como para serlo, menos aun fui sensible al dudoso romanticismo de las armas, ni tuve fe en su capacidad redentora. Pero surgió la posibilidad de irme a trabajar por tres meses a Alemania y me fui pensando en tomarme un respiro de ese ambiente fétido que se estaba respirando en Buenos Aires. Después conseguí algunos trabajos ocasionales en París y me fui quedando. Las noticias que llegaban de Buenos Aires eran cada vez peores. Esto parecería casi una ironía fácil, pero me enteré de la muerte de Perón en el casino de Baden Baden. Estaba trabajando en la televisión del lugar y quise conocer cómo era ese casino famoso donde siete días por año se juega con fichas de oro. Estaba tomándome una cerveza en el bar, donde colgaba un televisor en blanco y negro, y ahí apareció un presentador y dijo "general Perón ist tot". 



-Y de la dictadura, ¿qué noticias le iban llegando? 


-Me llegaba todo lo que salía en los diarios franceses, que era la parte más negra. Eso confluía con lo que contaban los amigos que viajaban, en plena época de la plata dulce. La gente traía noticias atravesadas por la inclinación política de cada uno. Algunos eran más livianos, "de fulano no tuvimos más noticias", y otros decían que era un horror, que no se podía hacer nada. En ese momento las Madres de Plaza de Mayo no eran lo que son hoy. Eran algo muy digno. Era gente con mucho coraje que estaba en la Plaza en pleno régimen militar. No se habían politizado de la manera burda en que se han politizado después. Eran un ejemplo de coraje cívico, pero como muchas otras cosas se devaluó con la democracia fláccida que siguió, por no hablar de la delincuencia política y la corrupción general de hoy.

-¿Qué se estaba viviendo culturalmente en la Francia de aquellos años? 

-Bueno, eran todavía los últimos coletazos de Mayo del 68, que yo siempre la sentí como una rebelión de niños burgueses mimados con una idea del sindicalismo y de la revolución totalmente literaria, en el mal sentido de la palabra. Por lo demás, se leía mucho a Foucault y era el principio de Deleuze y Guattari. La literatura, lo puramente ficcional, era en cambio un desierto. No había prácticamente nada que me interesase en la literatura de imaginación francesa contemporánea, entonces leía más bien a autores de lengua inglesa, o italianos, entre quienes encontraba individualidades fuertes, ajenas a las modas ideológicas, y sobre todo autores de Europa del este: Joseph Roth entre los de antes, Danilo Kis entre los de ese momento. No tenía mucho contacto con el mundo intelectual parisiense; no podría hablar de participaciones o acercamientos al núcleo intelectual. Más bien estaba fascinado con esa mezcla de gente de todos los orígenes, eso que llamaría el cruce de caminos. Eso hace interesante a París. 

-¿Qué leía de literatura argentina? 

-Empecé a leer mucho del siglo XIX. Las causeries de Mansilla me interesaron muchísimo. Y después toda esa gente de la generación del ochenta que cultivaba un tono hablado, mezclando la crónica con lo literario. Practicaban una forma de señoritismo, pero no eran esnobs: eran verdaderamente señoritos y por eso les salía de un modo muy natural. Releía también mucho a Borges, pero no tuve ningún descubrimiento que suscitara una pasión fuerte. Como mucha gente, me fui alejando de escritores como Cortázar, que me gustaban mucho de joven pero con el tiempo no resistieron. 




-En este libro, "Blues", hay un acento fuerte puesto en las ciudades. ¿Qué busca en cada ciudad que visita? 

-Habiendo leído mucha literatura, viajar es una forma de ir a la caza de fantasmas literarios. En Berlín estaba el Döblin de Berlín Alexanderplatz o Christopher Isherwood, en Tánger Paul Bowles. Digamos que en mis viajes siempre se fue infiltrando un resabio no realista de cine y literatura que había visto y leído. El único descubrimiento no literario que me fascinó fue Andalucía, y la costa atlántica menos prestigiosa, de Cádiz hasta Tarifa. Esa zona ventosa, y signada por una cruza entre lo árabe y lo hispano pero sin los monumentos prestigiosos de Granada o Sevilla. Ahí entendí el verdadero significado de la palabra "gracejo": la gracia en la réplica rápida, la velocidad de respuesta. En esas ciudades, al margen de los centros urbanos masivos, hay un clima de abandono. En el libro digo, hablando de Tarifa, que me puedo sentar en una mesa de café y dejar que pasen las horas y los días; si no me vienen a buscar, me quedo.

-"Blues" es un libro si se quiere personal, intimo. ¿Qué relación establece en su escritura con el uso de la primera persona y con lo autobiográfico? 

-Para mí, la primera persona es un modo muy modesto de escribir: no se está dictaminando ninguna verdad general, ni sugiriendo un punto de vista divino. Es la experiencia de una persona que se asume en ese yo sincero y humilde. La intimidad, lo vivido, creo que son el material que uno usa para elaborar algo, pero lo que me interesa es su elaboración. No creo para nada en la confesionalidad cruda. Todo lo que uno escribe viene, evidentemente, de algún fondo oscuro, barroso, pero que puesto en primer plano no me interesa. Es la materia prima, y para mí sólo existe para ser elaborada. 

-¿Y entonces cómo trabaja con la densidad y la literaturidad de la prosa? 

-Lo que yo escribo, para decirlo con la misma palabra, está muy escrito. Tengo un gran respeto por la literatura de la oralidad, pero no tiene nada que ver conmigo. Cuando surgió Puig fue muy interesante, porque lo que había inmediatamente antes era Cortázar: la pura referencia a la literatura, los tics de narratividad, los guiños. Más allá de Puig, la oralidad en la literatura no me interesa salvo que esté muy trabajada (como en Mansilla) o en todo caso parodiada (como en Bustos Domecq). Lo que yo escribo, aspiro a que sea leído como algo que solo pudo haber sido escrito. 

-En el libro también aparece el fantasma del grupo Sur, ¿qué lectura hace hoy de su vínculo, si lo hubo, con el grupo? 

-Yo no fui parte del grupo, pero estuve de visita hacia su final, y si me acerqué fue más bien, como Alan Pauls dijo una vez, al ala chingada del grupo Sur. Puede ser. Lo que me parece extraordinario de Victoria Ocampo, su centro más formal, es que siendo una mujer rica y linda en el año treinta se le haya ocurrido invertir su fortuna y su tiempo en una revista literaria. Pero no son sus elecciones o sus gustos lo que a mí me interesa sino más bien sus desplantes, sus desafíos. En cambio, esa mirada tangencial de Bianco y su prosa castigada, rasqueteada, me parecen todavía hoy muy interesantes.

-En "Blues" hay textos sobre el judaísmo, sobre la guerra mundial, cuestiones que eran centrales en "Lejos de donde", su ultima novela. ¿Siente que "Blues" se puede leer como textos fractales que iluminan sectores de su obra? 

-Es posible, pero prefiero que cada lector elija su propia lectura. Lo cierto es que hablando de los demás por ahí revelo más sobre mí mismo que si me pusiera a hacer memorias o autobiografía.

-"Blues" tiene que ver también con su última película. ¿Qué relaciones ha ido estableciendo con el tiempo entre su literatura y su cine? 

-A esta altura de mi vida compruebo que nunca pensé en "hacer carrera" sino más bien en probar cosas distintas, en darme gustos. Todo lo viví en zigzag... Del hecho de escribir me atrae el trabajo en soledad, el silencio que te permite escuchar una voz interior que el ruido del mundo tapa; del cine, la necesidad de pelear y ser capitán, padre, amante, según los casos, o todo a la vez, de un equipo.

-Empezamos hablando de ciudades. Para terminar: ¿cómo describiría la Buenos Aires que más lo entusiasma, su Buenos Aires personal? 

-No es la Buenos Aires de mi juventud. La nostalgia es un sentimiento que detesto. Es más bien la que descubrí en mis sucesivos regresos, a partir de 1985: una ciudad de jóvenes con un impulso creador que no veo en Europa, una ciudad de libertad en las costumbres, de bares y milongas. Sé lo mucho negativo que estas palabras omiten, pero prefiero rescatar lo positivo que la hace única, tal vez la última ciudad de esta América donde se puede caminar de noche por la mayoría de sus barrios, algo imposible en México, en San Pablo, en Lima.






martes, 9 de julio de 2013

Edgardo Cozarinsky / Fantasmas de Tánger


FANTASMAS DE TÁNGER
Por Edgardo Cozarinsky 
         Para La Nacion - París, 1997

Una legión de aventureros, intelectuales y miembros de la café-society se radicó en la ciudad marroquí entre 1922 y 1956. Escritores como Truman Capote, Paul Bowles y William Burroughs, el fotógrafo Cecil Beaton la multimillonaria Barbara Hutton y el aristócrata David Herbert llegaron allí atraídos por el exotismo y las costumbres relajadas. El autor de esta nota, director de cine y escritor, investigó la historia de esa comunidad cosmopolita, regida por el placer, para filmar su película Fantasmas de Tanger, recientemente estrenada en el Festival de Locarno
SI hubiese ido a Tánger en busca de un pintoresco dépaysement nada me habría devuelto más bruscamente a mi propia tierra firma que Paul Bowles, al preguntarme en nuestro primer encuentro, en un castellano perfecto, qué era de de Adolfo Bioy Casares. Gran admirador de La invención de Morel, sobre todo de Plan de evasión, Bowles que ha dejado gradualmente de interesarse en el presente "en la medida en que puede hacerlo alguien que aún no ha muerto", recuerda que a principios de la guerra, durante una visita a Victoria Ocampo en el Waldorf Astoria de Nueva York, la formidable anfitriona le había arrojado sobre las rodillas un ejemplar de El jardín de senderos que se bifurcan, publicado por Sur meses antes, con un perentorio "¡Léalo!".
Fue así como conoció a Borges, como empezó a familiarizarse con los escritores argentinos. Me cuenta la historia del epígrafe de Mallea que puso a The Sheltering Sky, cómo el escritor argentino no lo reconoció y Bowles mismo no pudo encontrar su fuente cuando más tarde la buscó. "La memoria suele hacernos jugadas como ésta", comentó, arrugando tal vez en un guiño algunos de los innumerables pliegues de piel bronceada que rodean sus ojos clarísimos, luminosos. Es un día de primavera, pero en la chimenea del cuarto vecino arden leños y él, con una bata de lana sobre el pijama, me recibe sin dejar su lecho, cubierto con dos frazadas.


Sanz Soto, Truman Capote, Jane Bowles, Paul Bowles

Bowles detesta que le pregunten por qué "eligió" vivir en Tánger. Tal vez la tácita respuesta sea parte de esa aceptación resignada de la fatalidad que tanto lo emparenta con una sensibilidad islámica. Si lo hostigan, repite que "los males de la sociedad industrial" llegan más lentamente y con mucho atraso a ese rincón del norte de Africa. Pero también admite que le gusta pensar que vive en una tierra donde la brujería es una realidad cotidiana, en la que el veneno circula como mensaje de amor o de odio entre los individuos, en la que los duendes -los djinn del folklore magrebí- explican tanta cosa que "los norteamericanos de mi generación, con sus supersticiones científicas, llamaban bacilos y los jóvenes de hace treinta años bautizaron malas ondas". Sonríe al evocar esos vaivenes de la ideología cotidiana.



Jean Genet

En la opaca, rastrera verdad de los documentos, Tánger fue una "zona internacional" entre 1922 y 1956. En 1912 el Kaiser había visitado ese puerto, destinado al comercio por su posición en el extremo atlántico del estrecho de Gibraltar. En la orilla de enfrente, en el peñón, los ingleses se inquietaron. Apenas terminada la Primera Guerra Mundial, intrigaron para que ese punto estratégicamente valioso quedara neutralizado.
El estatuto de la zona internacional completó la dominación colonial sobre el territorio marroquí: el sur ya era protectorado francés, el norte protectorado español; la ciudad, gobernada por una junta donde estaban representadas las principales potencias marítimas de la época, debía asegurar la libre circulación por el Estrecho.
El corolario de esas maniobras mercantiles fue imprevisible. Se abrió la puerta a todos los fantasmas. Puerto franco, Tánger se convirtió en una zona extra territorial con un mínimo de leyes, sin impuestos, donde el oro y las divisas entraban y salían libremente: más aún, donde lejos del control de sociedades más rígidas las extravagancias de la conducta suscitaban una sonrisa divertida pero ninguna censura moralista. El kif y otras variantes indígenas del cannabis, las preparaciones opiáceas que las farmacias de otras latitudes retaceaban, sobre todo la tradicional bisexualidad de los jóvenes, convirtieron a la zona internacional en un limbo donde Jean Genet y William Burroughs, entre cientos de europeos y norteamericanos menos prestigiosos, pudieron vivir las fantasías que, en aquellos tiempos, en otras latitudes, los habrían llevado entre rejas.
A otros, ese microcosmos cosmopolita les permitió construirse un reino imaginario para sus veleidades de ficción. David Herbert era el segundo hijo del duque de Pembroke, por lo tanto sin derecho al título ni a la herencia familia. En los años 30 llegó a Tánger con Cecil Beaton y muy pronto se instaló en una casa más fantasiosa que sólida, más colorida que señorial, en medio de un parque de la vieja Montaña; desde allí urdió sus redes hasta convertirse en el árbitro social de la vida elegante tangerina. Hoy su mayordomo ha heredado la residencia y la alquila a turistas recomendados por la pintora escocesa Marguerite McBey o por el profesor John McPhillips, dos lazos vivos con la leyenda de la zona internacional; en su tarjeta se lee, más grande que su propio nombre, former owner: the Honorable David Herbert. Cuentan que este "segundo hijo" (expresión que eligió como título de sus memorias), condenado a vivir de su ingenio, no se desplazaba sin llevar en el bolsillo etiquetas autoadhesivas con su nombre. Si el anfitrión de turno lo dejaba solo un instante, pegaba una de esas etiquetas bajo la silla o la mesa más valiosa de la casa; más tarde, cuando el dueño era atropellado por un taxi o asesinado por un gigoló, llamaba a los herederos para comunicarles que el difunto "le había prometido" el mueble en cuestión. Al hallar su nombre en una etiqueta envejecida, se lo entregaban, halagados como suele estarlo la clase media cuando la aristocracia la pone a su servicio.
En otro extremo, Barbara Hutton, heredera de la fortuna de las tiendas Woolworth (las originales five and dime stores) -millones que siete maridos sucesivos, el actor Cary Grant incluido, no lograron agotar-, llegó a Tánger en la segunda posguerra mundial y se inventó una residencia, Sidi Hosni, a partir de siete casas de la Casbah. Walter Harris, arquitecto inglés, aristócrata expulsado de la Corte por sus indiscreciones, las comunicó y decoró hasta componer el miliunanochesco palacio de esa monarca de café-society. El alcohol y el aburrimiento la sometieron como a otros el sexo o el juego. Padecía de hipotermia y le regalaba joyas y pieles a la mujer del doctor Little, que era hipertérmica, para que le calentara la cama media hora todas las noches. Al final de su vida no caminaba más, se hacía llevar en brazos, y explicaba que era "demasiado rica como para caminar". Ningún museo, ninguna fundación perpetúa su nombre. Apenas si, poco después de su muerte, un pequeño bazar (¿justo regreso a las fuentes?), improvisado ante su casa, intentó durante unos meses aprovechar su nombre para atraer a los turistas que pasaban por allí. Pero el destino cosmopolita de la ciudad, sólidamente asentado sobre todo tráfico y comercio, databa de mucho antes. Ya en el siglo XIX las caravanas que llegaban del desierto depositaban su cargamento en el patio de los locales, tan modestos como cualquier otra casa de la Medina, de los bancos Abensur y Pariente. En 1956, cuando el status internacional de la ciudad fue abolido un año después de la independencia de Marruecos, esos mismos bancos ya habían trasladado hacia Gibraltar el "oro de Tánger", acumulado durante la Segunda Guerra Mundial, celosamente conservado en la posguerra, cuando las economías dirigidas de Europa occidental, por no hablar de lo regímenes del Este, hicieron apreciar particularmente ese refugio cercano y discreto.
Larbi Yacoubi me cuenta que, en el subsuelo de una casa hoy cerrada, en pleno centro de Tánger, sobre la plaza de Faro, operaba una fundición donde hasta los años 50 se hacían lingotes con cuanta joya o moneda llevaba el público. Jovencito, al visitar esa reliquia de otra era, encontró en el piso una moneda con la cruz esvástica. La única explicación es que los ingleses, amenazados por las falsas libras que los nazis acuñaban en Berlín, habían decidido replicar con falsos Reichsmark made in Tanger.
La diferencia de presión atmosférica entre el Mediterráneo y el Atlántico mantiene el aire del Estrecho en constante mutación. Las nubes rosadas se disuelven en una bruma plomiza y ésta es pronto atravesada por los haces dorados de un sol crepuscular. El mar nunca está lejos: irrumpe, visible entre dos paredes encaladas, o al pie de tantas calles que descienden abruptamente, de la Medina o de la ciudad "moderna". A lo lejos, el puerto una vez activo, nunca parece terminar de desperezarse. Los colores de las buganvilias, de los laureles blancos y rosados, reflejan las horas del día; si se apagan al anochecer es para permitir que la brisa difunda el perfume de jazmines y damas de noche. Es tan fácil dejarse acunar por esta naturaleza, efusiva sin énfasis, por la indolencia que, de invitación en paseo, de excursión en visita, lleva al visitante, con un breve trayecto, de las playas del Mediterráneo a las del Atlántico... Pero el verdadero exotismo de Tánger es social, humano, aun cuarenta años después de clausurada la zona internacional.


Cecil Beaton, Jane Bowles, David Herbert, Truman Capote
Marruecos, 1949

David Herbert y Barbara Hutton fueron sólo las efigies más visibles de una época en que "Orejas alertas" Dean, barman del hotel El Minzah, espiaba simultáneamente para alemanes e ingleses; así pudo, después de la guerra, abrir su propio bar e iniciar una tercera carrera como proxeneta para visitantes distinguidos. En que una tal Phyllis de la Paille coleccionaba en su residencia de la Nueva Montaña animales exóticos en libertad; un buen día, al quejarse de que ya nadie aceptaba sus invitaciones, Truman Capote le explicó que en su casa el olor a excrementos era demasiado fuerte; sorprendida, Madame de la Paille prometió encadenar los monos a los grifos del cuarto de baño. En que un joven lord desheredado se jactaba de haber hecho chantaje al Vaticano con la amenaza de difundir su liaison con un arzobispo húngaro; nadie supo nunca si el relato era verídico, pero el relator terminó como representante en Tánger de un banco de la Santa Sede, hasta ser a su vez desplumado por un jovencito malagueño, hoy maduro y opulento anticuario muy fotografiado por las revistas de decoración. En que un tal Topié Mimara, estudiante croata de historia del arte que pasó la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética, al llegar a Austria en 1945 como intérprete del Ejército Rojo, se vio confiar el inventario de un depósito de obras de arte robadas por el Tercer Reich. Tras consignar sólo dos tercios de los objetos hallados, se incautó en medio de la noche de un camión, lo llenó con el tercio restante y gracias a salvoconductos inverificables en la confusión de aquellos meses logró llegar a Trieste y embarcarse con su tesoro rumbo a Tánger. Allí murió hace un lustro, en un piso alto del edificio Méditerranée; cada año llevaba a Gibraltar un par de telas y las vendía a Sotheby`s, "para ir tirando"... En que Jean Genet, al ver al borde de las lágrimas, humillado por dos turistas suecas, a un policía que intentaba vender billetes para una rifa, lo llamó, le compró el talonario entero y exclamó "¡Cómo no amar un país donde un policía es capaz de llorar!" Hoy Genet está enterrado en Larrache, a 80 kilómetros al sur de Tánger, sobre el Atlántico; los azares póstumos suelen ser irónicos: para esa tumba no musulmana había un solo cementerio posible en la ciudad y era el del ejército colonial español.
Los fantasmas de Tánger existen, como el peligro o la Gracia, para quienes creen en ellos, para quienes llegan alimentados por la literatura que esos fantasmas han cultivado, que en torno a ellos aún proliferan. Otra humanidad, agreste, nada divertida, se agita por la ciudad. Como en Nueva York y en Buenos Aires, busca ropa o comida en los tachos de basura. Cuando ven pasar un Mercedes o un BMW saben que lo conduce alguien "que está en la menta", es decir en el tráfico de haschich, que otros llaman "exportaciones no tradicionales", aunque se trate del cultivo más tradicional del Rif.
Yunes tiene trece años y viene del Sur, pero no de una ciudad invadida por el turismo elegante, como Marrakesh, ni de una meta del turismo de masa, como Agadir. Desde muy chico, oyó decir en su pueblo que, de Tánger, parten embarcaciones clandestinas que depositan a diez, veinte personas en algún lugar de la costa española. (¡España! Esa parcela de la comunidad europea, de la sociedad de consumo donde -enseña la televisión española, que se capta en todo el país- con sólo asistir a un programa de juegos puede ganarse el automóvil, el departamento, las sumas de dinero que de este lado del Estrecho son símbolo de riqueza...) En Tánger, Yunes trabaja como lavaplatos en distintos cafés, vende cigarrillos de contrabando; cuando su madre se prostituye en algún hotel de la Medina duerme bajo los puestos del mercado o tal vez no rehuse la invitación de algún europeo sonriente, generoso, tanto más amable que los patrones que lo explotan en el trabajo cotidiano. Cuando tenga reunida la inimaginable cantidad de dirham, podrá cruzar el Estrecho en una "patera". Rezará para que no lo larguen, como les ha ocurrido a otros, en algún punto desconocido de la costa marroquí, para que al avistar la costa española no lo arrojen al agua con un "de aquí puedes llegar a nado". El nunca ha oído hablar de Bowles, de Burroughs, de Genet. Para él, Tánger es sólo un punto de partida.


Edgardo Cozarinsky
El pase del testigo
Sudamericana, Buenos Aires, 2000, pp. 21-29


domingo, 3 de marzo de 2013

Charla con Edgardo Corazinsky / ¿Te cuento un chisme?



Edgardo Corazinksy


CHARLA CON EDGARDO COZARINSKY

¿Te cuento un chisme?



Sábado, 02 Marzo 2013 08:09
Por Juan Terranova


La bestia equilátera está lanzando en estos días Nuevo museo del chisme, el ya legendario museo del chisme de Edgardo Cozarinsky con veinticinco anécdotas más. El libro lo prologa un ensayo El relato indefendible, “indagación única y preciosa del chisme como núcleo indispensable de la novela –en Henry James y Proust, sí, pero también como indicio informativo de cualquier narración–“. Le hice algunas preguntas a Cozarinsky sobre esta esperada reedición.
¿Cómo ves el libro ahora, en esta nueva reedición, después de tanto tiempo de aparecida su primera versión?  
Solo lo veo a través de los demás, en este caso en la mirada de Natalia Meta y Luis Chitarroni, que insistieron en reeditarlo y aceptaron que lo ampliara.
De las anécdotas que incluiste en la nueva edición, ¿cuál es la que más te gusta, la que más a menudos recordás o contás?  
La que sigue por la réplica final: Jorge Guinle, vástago de la poderosa familia brasileña que financió la construcción del puerto de Santos y durante nueve décadas guardó su concesión, murió en dorada estrechez. Una vez recuperado el puerto por el estado de Sâo Paulo en 1972, quedó como principal orgullo de la familia el hotel Copacabana Palace que habían edificado en Rio de Janeiro, donde fueron anfitriones de Franklin D. Roosevelt y Nelson Rockefeller. Legendario heredero de ese esplendor, el diminuto “Jorginho” (1m 60cm) fue un seductor cuya atención se focalizó en las estrellas de Hollywood: entre otras, aceptaron su asedio Hedy Lamarr, Veronica Lake, Rita Hayworth, Lana Turner, Ava Gardner y la incipiente Marilyn Monroe a los veinte años de edad. En 1962 “Jorginho” llegó al aeropuerto de Los Angeles con un conjunto de collar y aros de esmeraldas para la ya entonces consagrada Monroe. Al desembarcar se enteró del aparente suicidio de la estrella. Desconsolado, se refugió en su cuarto de hotel y pasó una noche de duelo y alcohol. A la mañana siguiente consultó su libreta de direcciones y llamó a Jayne Mansfield. Tras haber dilapidado la fortuna heredada, “Jorginho” vivió sus últimos años en un cuarto que el Copacabana Palace puso sin cargo a su disposición, así como los servicios de bar y restaurant. Imposibilitado de dar un paso fuera del hotel si no mediaba una invitación, declaró al periodista inglés que lo entrevistaba: “El secreto de ser rico es morir sin un centavo. Yo calculé mal: el dinero se agotó antes que la vida (The secret of being rich is to die penniless. I miscalculated - money run out before life).”
La idea de “museo” remite a lo antiguo, a lo estático, a lo que debe ser admirado, a lo público y lo sublime; la del “chisme”, a lo que está en movimiento, a lo fugaz y efímero, a lo que debe ser ocultado. ¿Cómo se logra la comunión de ambas instituciones?  
Por la oposición, algo que siempre me atrajo tanto en lo escrito como en lo filmado: poner en contacto lo que no parece destinado a estarlo, ver qué chispa surge de frotar superficies dispares.
El pedo de Valery, la terquedad de la mujer de Chejov, los falsos baños de Caillois, ¿el chisme denuncia lo ridículo, el gaffe, el equívoco?  
Así ocurre a menudo, aunque en general lo hace sabroso descubrir un aspecto desconocido, aun oculto, de la conducta o de las opiniones de un personaje.
¿Qué no puede faltar en una buena anécdota?  
La diversión de quien la cuenta, la malicia sin maldad, la compasión sin patetismo.
¿Cómo sería una mundo sin chismes?  
Impensable.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Edgardo Cozarinsky / Bourgois, un señor de las letras

[Christian+Bourgois.JPG]
Christian Bourgois

BOURGOIS, 
UN SEÑOR DE LAS LETRAS

Por EDGARDO COZARINSKY

Durante más de 40 años el editor francés, fallecido en diciembre de 2007, difundió la obra de los autores más importantes de su tiempo. A la Argentina lo unía un vínculo especial: la curiosidad por sus escritores y el parentesco con Eduarda Mansilla y Juan Manuel de Rosas.

“Nunca me pregunté qué tenían ganas de leer los lectores. No lo sé y no me interesa. No conozco sus gustos y sería muy arriesgado intentar halagarlos. Conozco, en cambio, los míos.” Que estas sean palabras de un editor es algo casi inimaginable a principios de este siglo XXI. Las editoriales que en algún momento señalaron rumbos y eligieron cultivar cierta idea de la literatura han pasado hoy a manos de grupos internacionales cuyos criterios de rentabilidad y difusión masiva aciertan solo esporádicamente; más a menudo producen volúmenes nacidos con vocación de saldos, perecederos como los yogures aunque no tengan impresa su fecha límite de validez.

[Christian+Bourgois.jpg]Quien las pronunció murió el 20 de diciembre de 2007. El editor francés Christian Bourgois había nacido en 1933, en Antibes, y se inició en la edición antes de cumplir veinte años, al lado de René Juillard, cuya firma iba a dirigir tras la muerte del fundador. Hubo en su vida una amistad decisiva: la que lo vinculó a Dominique de Roux, el creador de los Cahiers de L'Herne, colección de voluminosas entregas dedicadas entre otros a Borges y a Gombrowicz, a Heidegger y a Clausewitz. Así como en Italia el legendario intelectual triestino Roberto “Bobbi” Bazlen legó su proyecto editorial a Roberto Calasso, quien lo convirtió en Adelphi, el más prestigioso sello europeo, en Francia Bourgois, que había colaborado con de Roux, tras la muerte temprana del amigo editor, continuó y desarrolló en un primer momento sus elecciones. Pero su ambición era dejar una huella propia en el mundo, aún no estandarizado, de la edición francesa.

En 1966 se concretó la creación de un sello propio: las “ediciones Christian Bourgois”, cuyas tapas blancas y caracteres delgadísimos para el título y el nombre del autor fueron en los primeros años un desafío a las tendencias en boga en la época. Entre 1968 y 1992 Bourgois también dirigió la colección “10/18”, que llevó al formato de bolsillo autores y obras que no solían considerarse propicias para una difusión masiva. En 1992, su audacia lo indispuso con el grupo Presses de la Cité, dueño mayoritario de la editorial, y esta siguió un derrotero propio, con el auxilio invalorable de Dominique Bourgois, tercera esposa de Christian y la única que compartió su pasión por la literatura y su voluntad de independencia. Durante los últimos tiempos, desde que la salud declinante del fundador no le permitió atender la editorial como solía hacer ha sido ella quién la condujo con la misma exigencia. 

Es instructivo revisar su catálogo. De William Burroughs a Witold Gombrowicz, de Fernando Pessoa a Paul Celan, de Susan Sontag a Ernst Jünger, de Allen Ginsberg a Salman Rushdie, de Enrique Vila-Matas a Carlo Emilio Gadda, Christian Bourgois se colocó de entrada en las antípodas del ombliguismo parisién. Aunque también haya publicado a Boris Vian, le gustaba indagar en esos limbos de la literatura donde obras de gran originalidad son relegadas a una penumbra ajena a la moda: publicó, por ejemplo, la primera antología fuera de la lengua original de los poetas del Oberiou, el grupo vanguardista ruso liquidado por Stalin. Se atrevió, también, a traducir a María Luisa Bombal, y en este momento Dominique Bourgois tiene en carpeta a Norah Lange. Su relación con la Argentina no se limita a haber publicado una excelente traducción de El pasado de Pauls.

Conocí a Christian y a Dominique cuando publicaron la edición francesa de mi Vudú urbano. Invitado a su departamento, donde convivían pacíficamente estampas y esculturas de rinocerontes, su animal preferido, Christian me habló de sus antepasados argentinos: se remontaban nada menos que a Juan Manuel de Rosas. Una sobrina nieta del restaurador, Eduarda García-Mansilla (hija de Eduarda Mansilla, primera novelista argentina, autora de El médico de San Luis), se casó en Francia con un Barón Marrier de la Gatinerie, hijo de una familia de marinos normandos y bretones; tuvieron ocho hijos, entre ellos, la abuela de Christian. Me sorprendió que supiera que la unión de ambos apellidos mediante un guión había tenido por intención la de reconciliar simbólicamente a las dos facciones enemigas del país: los Mansilla, federales, y los García, unitarios.

Durante años insistí para que publicase la que considero la obra cumbre del siglo XIX argentino, inédita en francés, sólo equiparable al Facundo y muy por encima del demagógico Martín Fierro: Una excursión a los indios ranqueles, de su antepasado Lucio V. Mansilla. Las dificultades de traducción, larga y exigente de conocimientos históricos y de contexto, postergaron indefinidamente esa edición, que solo ahora se anuncia, como si en el ocaso de su vida Christian hubiese sentido una obligación hacia esa rama de su familia, distante pero siempre presente en su conversación.

Christian Bourgois no solo fue un devoto de la literatura, miembro ilustre de esa especie menguante que, como una cofradía, se entiende por contraseñas (el nombre de un autor poco conocido, una cita de la que no se considera necesario mencionar la fuente) sino un señor de la edición, con la ambición y la capacidad de poner los medios menos sensibles del capitalismo tardío al servicio de una noción de la cultura hedonista, ajena a toda pedantería, solo interesada por gozar de la conversación de quienes se aprecia la palabra escrita.


La Nación, Buenos Aires, Sábado 5 de enero de 2008. 
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