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viernes, 18 de noviembre de 2022

16 escritores argentinos a tener en cuenta

 

Samanta Schweblin


16 escritores argentinos a tener en cuenta

Breve paseo por el panorama literario actual: desde el poeta Antonio Calveria, de 85 años, hasta el autor que se atrevió a engordar 'El Aleph' y ha sido denunciado por María Kodama




FRANCISCO PEREGIL
30 NOV 2014 - 08:11 COT



Lo que viene a continuación es un espejo de la literatura actual argentina, un reflejo de lo que se escribe en el país. Faltan y faltarán siempre escritores notables. Muchos de ellos, como Ana María Shua, Mempo Giardinelli, Liliana Heker, Alan Pauls, Eduardo Sacheri, Guillermo Martínez, Martín Kohan, Leopoldo Brizuela… O los poetas Jorge Fondebride, Diana Bellesi y Tamara Kamenszain, forman parte del grupo de 60 escritores invitados por el ministerio de Cultura argentino a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014.

Otros no asistirán. En ese grupo se encuentran también escritores destacados como Sylvia Iparraguirre, Gabriela Cabezón Cámara, Federico Falco, Rodrigo Fresán, Jorge Asís, Pablo Ramos, Matilde Sánchez, Jorge Consiglio, Iosi Havilio, Juan Forn, Daniel Guebel, Pedro Mairal, Washington Cucurto, Sergio Schejfec, Patricio Pron; periodistas y escritores como Leila Guerriero, Martín Caparrós y Jorge Fernández-Díaz; poetas como Luis Benítez (“Anoche alguien derribó un árbol/ Que cumplía 3.000 años / Erguido sobre el campo”) y dramaturgos como Rafael Spregelburd.

martes, 7 de junio de 2022

La vida secreta de un escritor / Los diarios de Abelardo Castillo

 

Los diarios de Abelardo Castillo
Los diarios de Abelardo Castillo
Abelardo Castillo, los pensamientos del gran cuentista argentino

La vida secreta de un escritor: los diarios de Abelardo Castillo

La aparición reciente del segundo tomo de sus anotaciones personales, correspondiente al lapso entre 1992- 2006, revela nuevos aspectos del gran cuentista argentino. Su enemistad con Sabato, su amor por Sylvia Iparraguirre y cómo la muerte fue ingresando en su vida muy a su pesar



Matías Bauso
23 de Mayo de 2019


En la literatura argentina no abundan los diarios de escritores. No hay un gran corpus. Pero estas rarezas, estas excepciones, son grandes libros. El Borges de Bioy Casares, tal vez el mejor libro del siglo XXI. Pero también los de Piglia y los de Mastronardi. ¿A Gombrowicz se lo puede considerar un escritor argentino? Al menos como capricho se pueden incorporar sus diarios. Con algo de laxitud se pueden sumar a esta enumeración los escritos personales los papeles de Walsh compilados por Daniel Link y los cinco tomos del epistolario de Cortázar. Hubo que forzar los ejemplos para alargar la lista.

Cinco años atrás apareció el primer tomo de los Diarios de Abelardo Castillo. Ese volumen cubría desde 1954 a 1991. Con la aparición reciente del segundo tomo, correspondiente al lapso entre 1992- 2006 se completa la obra.


Abelardo Castillo, los pensamientos del gran cuentista argentino


La primera entrega pasó algo desapercibida. La expectativa era grande. Durante años se había hablado de los Diarios de Castillo, de la posibilidad de su edición, del medio siglo de anotaciones en cuadernos. Sin embargo no ocurrió demasiado en términos de difusión tras su publicación. Sus páginas no traían chismes, intimidades ni detalles escabrosos. Abelardo estaba cerca de los ochenta años y todavía vivía. Seguía con sus anotaciones personales, con los apuntes para Los Ángeles Azules, su novela inconclusa, con el mítico taller de los jueves y con esporádicas apariciones en la discusión pública. Se instaló un clima de tenue desilusión entre los (escasos) lectores que tuvo. Muy posiblemente la publicación de esta segunda parte varíe esta situación. Debiera hacerlo.


El libro cuenta con varios coprotagonistas. Uno de ellos fue la pieza clave en su publicación. Sylvia Iparraguirre, su esposa por más de cuarenta años, persuadió -a los alumnos del taller- a Abelardo de dar a conocer estas anotaciones y lo asistió en todo el proceso. Ayudó a pasar en limpio las entradas, a cotejar citas y a ordenar el texto final luego de la muerte de su marido. Las notas al texto son discretas, no invasivas, escasas y aclaratorias. Su prólogo también es conciso pero contundente. Explica el proceso que convirtió al manuscrito en libro, y contando su labor dedicada muestra su amor invencible por Abelardo.

Pero más allá de las tareas editoriales, Sylvia es uno de los personajes del libro. Aparece en las anotaciones de Castillo no sólo en tareas cotidianas de cónyuge. Cada aparición de ella da ingreso a la ternura. Abelardo Castillo, duro, parco, poco propenso a las demostraciones, de ademanes adustos, parece desarmarse cada vez que escribe el nombre de su mujer. Se enferma cuando ella no está, sufre en los días previos a un viaje pensando en su ausencia, se alegra por sus logros literarios, confía en su lectura como en la de nadie. El libro, entre muchas otras cosas, también es una extensa y cálida declaración crónica de amor.

Castillo con Sylvia Iparraguirre, su mujer y su compañera en vida y en la literatura
Castillo con Sylvia Iparraguirre, su mujer y su compañera en vida y en la literatura

Otro personaje secundario que aparece con recurrencia a lo largo de los años es Ernesto Sabato. La de ellos es una relación tensa, ríspida, pedregosa. Castillo pensó escribir una semblanza, un estudio sobre el autor de Santos Lugares. Llegó a juntar más de trescientas páginas de apuntes. Los desplantes de Sabato son habituales. Castillo le devuelve los dardos: "No sé si alguna vez lo escribí: la generosidad, la humanidad y los sentimientos de Sabato son un malentendido, una impostura. Carece de bondad real y, hoy, hasta de verdadera inteligencia; si queda algo digno de respetarle, estará en sus libros", asienta en 1993. Los une una rivalidad solapada y una callada admiración mutua. Sábato quiere imponer condiciones: se queja, amenaza, crítica, exige disculpas, no olvida críticas, ataca. Una escena final de una belleza seca redondea la historia. Coinciden ambos en una premiación. En la previa Sabato se muestra cortés con Sylvia y destrata levemente a Castillo. Luego al turno de recibir su premio, Abelardo Castillo hace un generoso reconocimiento público a Sabato que por ese entonces tenía 82 años. Le surge de manera espontánea, sin deliberación, se encuentra en el escenario pronunciando frases elogiosas que no pensaba proferir, pero que consideraba justas, que hacían honor a esa íntima enemistad de varias décadas. Así, en reciprocidad, recibe cálidas palabras del otro. Ese es último cruce entre ellos.

A estas frecuentes presencias (y denostaciones) de Sabato se las puede asociar con las numerosas entradas que versan sobre él en el Borges de Bioy. Y hasta con las referencias de Piglia en su trilogía. De esa manera se puede afirmar, casi sin dudas, que Sabato ostenta el récord de ser el escritor más vilipendiado y ridiculizado en los diarios personales de autores argentinos.

Otra presencia fuerte es la de la muerte. En este volumen la primera muerte importante, casi paralizante, es la del padre del autor, un viejo y reconocido entrenador de boxeo; en una entrada dice que es el hombre que más quiso en su vida para corregirse en el renglón siguiente: "Es el único hombre que amé en mi vida". Pero luego, según pasan los años, los amigos y colegas engrosan la lista. Estas muertes ajenas también son propias. No sólo son referentes, afectos y recuerdos que se van, que se pierden indefectiblemente. Cada una de esas muertes no le permite olvidar su propia finitud. Pedro Orgambide, Isidoro Blaisten, Miguel Briante, el mismo Sabato, Saer y varios más. Pero la muerte más estremecedora, la que lo muestra más vulnerable, la que no logra entender es la de Paola Kaufmann, joven discípula y gran escritora. La enfermedad y el deceso de Kaufman lo dejan sin palabras: un vacío inefable.

Paola Kaufmann
Paola Kaufmann

En estas páginas se consignan sus lecturas. Un gran diario de lecturas. Podría escribirse su biografía (en realidad la biografía de cualquier escritor) sólo a través de sus lecturas. Lo que llama la atención es que en esta etapa de su vida casi todas son relecturas. Aquellos escritores que iba descubriendo en el primer volumen, los que le producían un deslumbramiento inicial, son los que permanecen en sus años de adultez y vejez. No lee casi nada nuevo. Los nombres se repiten con los años. Rilke, Tolstoi, Sartre, Borges, Marechal, Dostoievski, algunos filósofos, Kafka y pocos nombres más.

Juan Forn lo visita y le regala la novela del momento, Las Correcciones de Jonathan Franzen. No se anima a adentrarse en sus páginas. La extensión del libro lo abruma. La novedad lo descoloca. Prefiere cobijarse en los clásicos, en tratar de seguir encontrando nuevos sentidos en sus viejas lecturas. Bernhard, Bradbury y Cheever son las lecturas más modernas de las habituales, de esas que para él merecen ser transitadas nuevamente. La lectura un hábito inevitable y feliz que justifica en alguna entrada: "La linda historia de que un escritor es esencialmente un gran lector, puede, para los tipos como yo, resultar una excusa perfecta".Pero cuando le toca ser jurado de un premio, lee frenéticamente lo nuevo. El sentido de responsabilidad lo supera. Se hace cuestionamientos éticos todo el tiempo. No quiere premiar amigos, ni dejarse llevar por enconos. No se deja seducir por los nombres de moda; lee impiadosamente.

Cuando promedia diciembre de cada año, llega inevitablemente la época del balance. El único criterio que utiliza para valorar su año es la escritura. Cuánto escribió, cuánto avanzó en su proyectos. En un buen año logra terminar una novela. En un mal año sólo bosqueja algún cuento y toma apuntes para un remoto proyecto. Su unidad de medida son las páginas escritas.

Abelardo Castill falleció a los 82 años de una infección postoperatoria en la Ciudad de Buenos Aires, donde había nacido en 1935
Abelardo Castill falleció a los 82 años de una infección postoperatoria en la Ciudad de Buenos Aires, donde había nacido en 1935

Los días se parecen entre sí. Largas jornadas nocturnas, algún achaque físico que se acentúa con el correr de los años, las lecturas, el taller de los jueves, alguna entrevista, compromisos que posterga o que suspende a último momento. El hastío de vivir la vida del escritor profesional, de luchar contra la propia pereza, contra su prestigio, la búsqueda de algo nuevo para contar.

Este segundo volumen se inicia luego de la publicación de Crónica de un Iniciado y finaliza en el 2006. Lo que marca el comienzo de las entradas es el momento en que abandona la modalidad de los cuadernos para llevar el diario. A partir de ese año las anotaciones las hace directamente en la computadora. Castillo siempre fue reacio al uso de la tecnología. A sus alumnos los alertaba diciendo que la hoja impresa podía dar una falsa sensación de texto bien escrito. Que la uniformidad (y hasta la belleza) de una buena fuente, de textos justificados y con un generoso espaciado, pueden crear una ilusión óptica. Con el correr de los meses se entretiene con la informática, trata de meterse en la lógica de la máquina, inspecciona, bucea en la tecnología. Una sofisticada procrastinación que remite al Levrero de La Novela Luminosa.

Las anotaciones que decidió publicar finalizan en 2006 a pesar de que su vida y su trabajo se extendieron por once años más: Castillo murió en 2017 a los 82 años gozando de plena lucidez y mientras trabajaba en la versión final de este libro. La decisión de llegar sólo hasta 2006 se basa en que ese año se dio cuenta de que era inexorable que los diarios fueran publicados. Así el tono de las entradas se modificó, hasta allí no estaban contaminadas por la idea de la publicación. Ya no estaba hablando consigo mismo, ya no se interpelaba. Deliberadamente a partir de esa fecha empezó a escribir para otro, para la posteridad, para un lector. Abelardo Castillo creía que había algo de trampa en ese procedimiento, que la pureza del diario se veía afectada. Como dándole la razón a Juan Villoro cuando escribió: "El diario preserva una vida secreta, poniéndola a salvo de testigos que pudieran alterarla, y apela a una lectura posterior, cuando se vence el extraño contrato que la privacidad contrae con la vida".

Abelardo Castillo
Abelardo Castillo

Como en el primer volumen, al finalizar cada año se intercala una sección llamada otras páginas en las que se recuperan cartas, artículos y entrevistas que tuvieron lugar en esos meses.

El libro tiene un gran tema. Ya alejadas las tormentas del amor, ya olvidadas las tinieblas del alcohol, todo remite a la lucha cotidiana por escribir. La culpa por no haber escrito; la insatisfacción por lo escrito, el desaliento por lo que falta. Pero no puede hacer otra cosa. La escritura para él es una pulsión, un torrente que lo arrastra casi sin control, que no puede manejar. La literatura está en el centro de su vida. Por ende, el otro gran tema, íntimamente ligado, es el de la verdad.

Este segundo tomo no sólo completa la obra de Castillo. Posiblemente sea superior al primero. En ese volumen en el que sorprendían las reflexiones de un joven de 18 años, el Abelardo que empieza a llevar el diario en 1954, quien ya se ve como un escritor, quien ya vive como un escritor (en ese deslumbramiento que provoca en el lector tal precocidad se emparenta con el primer tomo de los Diarios de Susan Sontag), el descubrimiento de las lecturas que tiene los inicios como dramaturgo, la consagración, los años etílicos, las revistas literarias, las discusiones viscerales, los amores, ese libro sin embargo tiene un aire a volumen expurgado, hay algo de reescritura posterior que aleja al lector en algunos pasajes, algunos vacíos que dejan insatisfecho -la misma sensación que se tiene al adentrarse en los Diarios de Alejandra Pizarnik. En cambio aquí, en esta entrega, el escritor consagrado, otoñal, que sigue luchando con su escritura, al que lo desvela (literalmente) llegar a la creación perfecta, el que procrastina, el recluso, el gruñón, nos resulta totalmente convincente.

Las partes que generan menor interés, en las que el tedio gana la partida, son en las que habla de política. Las suyas son opiniones contundentes pero carentes de mayor interés, no hay aportes originales, ni extrema lucidez. Llama la atención la fascinación que le produce Fidel Castro en su visita al país. Todo lo contrario sucede cuando habla de literatura. Allí siempre hay un punto de vista original, pasión, profundidad, nunca incurre en lugares comunes.

Cada entrada va construyendo un autorretrato inclemente, duro, real, de su vida madura y hasta de su vejez prematura. El físico flaquea, las ganas también, sin embargo siempre se mantiene robusto intelectualmente. Hay búsqueda, inconformismo, inquietud. Son los años de la consagración y también de la retracción.

Apuntes literarios, lecturas, algunos afectos, cuestiones domésticas, cotidianas, reflexiones, oficio, polémicas algo de política, dolores e insatisfacciones. Como los grandes diarios, este se puede abrir en cualquier página, permite ser abordado en cualquier año. Como los grandes diarios de escritores es una especie de I Ching en el que cualquier entrada elegida al azar puede brindarnos una respuesta. Y allí nos podemos topar, también, con lo mismo que Abelardo encontraba en otros diarios, en algún verso o en un párrafo de una novela ya recorrida: "Hilachas, muy tenues, casi transparentes, de felicidad".

No puede evitar sentirse molesto, expresar su dolor, cada vez que es menospreciado por la academia o ignorado en el canon. Tomás Eloy Martínez, en ocasión del fin de siglo, enumera escritores argentinos; Castillo al no verse en la lista no se sorprende pero se queja. Lo mismo cada vez que ve reducida la cima de la literatura argentina contemporánea sólo a los nombres de Saer, Piglia y Aira. El ego herido.

Saer, Piglia y Aira
Saer, Piglia y Aira

Con sus colegas no es complaciente. Critica fuertemente los escritos ajenos. No se amilana ante los grandes nombres. De Bioy Casares sólo rescata unos cuentos. Borges, aunque profundamente admirado, también cae bajo sus críticas. De ahí para abajo nadie se salva.

Los dos tomos de los Diarios constituyen un corpus, robusto e impresionante, de mil quinientas páginas. Leídos juntos constituyen una gran obra. Hacen honor a un género fascinante y profundo. Como sucede con Gidé, Kafka, Cheever o Julio Ramón Ribeyro, estos diarios personales pasan integrar lo mejor del acervo del escritor.

La obra de Abelardo Castillo que perdurará ya no son sólo esa decena de cuentos perfectos, la novela El que tiene sed o la obra teatral El Otro Judas. Los Diarios, ese lugar retaceado a la visión pública por décadas, ese sitio nocturno en el que escribe para saber qué le pasa, para descubrir quién es, para que la literatura gane la partida, permanecerán en el tiempo. Los Diarios hacen honor a esa breve sigla que Abelardo Castillo asienta en las entradas de los días complicados, de los más dolorosos o aquellos en que cumple años y el tiempo se le viene encima. SCV. Estos Diarios le dan la razón. Abelardo Castillo, su literatura, Sigue Con Vida.


INFOBAE


El mundo, según Abelardo Castillo / "A pesar de todo, el hombre tiene una gran capacidad de reconstrucción"

 


Ilustración de Jaime ClaraAbelardo Castillo
Ilustración de Jaime Clara


El mundo, según Abelardo Castillo: "A pesar de todo, el hombre tiene una gran capacidad de reconstrucción"

Esta semana murió uno de los más grandes narradores argentinos. En esta entrevista de 1999, es posible rastrear sus gustos, sus obsesiones, su modo de encarar la literatura y también aquello que lo preocupaba entonces de la realidad social y política.


Nota para el lector: Esta entrevista fue realizada en el año 1999.

Shakespeare cuidó caballos en la puerta de un teatro. O´Neill hombreó bolsas en el puerto de Buenos Aires. Camus fue arquero de fútbol. Twain buscó oro en las orillas del Mississipi. Borges y Bioy Casares escribieron un folleto acerca de las virtudes del yogur. Nabokov cazaba y coleccionaba mariposas. Entonces, ¿por qué razón Abelardo Castillo no fue cura ni boxeador, como parecía estar escrito?

Se lo pregunto a las cuatro de la tarde, en una casa antigua de dos plantas, cerca de un tablero de ajedrez, mientras la bullanga de un acto político quiere atravesar las paredes.
Me contesta con voz ronca y humosa: "Me gustaba boxear. Me encantaba. Pero no me gustaba entrenarme. Es durísimo: rigor sexual, rigor en la dieta…".

–Usted es jugador de ajedrez de primera categoría y ha vencido a más de un notorio maestro. ¿Prefirió el sosiego del tablero a la violencia del boxeo?

–No crea: el ajedrez es más violento que el boxeo. Si un boxeador mata a otro sobre el ring, llora, se desespera. Pero si un ajedrecista muere poco después de terminar una partida, al rival no le importa nada.

–En cuanto a ser cura…

–Tuve una intensa etapa mística. Hasta los catorce años pensé muy seriamente en ser sacerdote. Pero la fe se retiró de mí. Dejé de creer. ¿Por qué? Leyendo a Descartes, me dije que si Dios necesitaba ser demostrado, no era el Dios en el que yo creía. Pero sigo siendo un espíritu religioso.

–¿Se puede?

–Sí. Se puede ser cristiano sin creer en Dios. El cristianismo es una ética y una manera de concebir el mundo. Por ejemplo, exige la caridad: un precepto que nadie cumple (yo tampoco…). San Mateo dice: "Si lo das todo menos la vida, has de saber que no diste nada". Ser un buen cristiano es muy difícil…

–Bolilla dos: literatura. En estos días hay una sacralización del escritor. Lo pasean como un toro campeón. Quieren saber cómo escribe (no qué: eso parece importar menos), cómo duerme, qué ropa prefiere, etcétera. El escritor como tótem más allá de su obra… Vamos a contrario sensu: ¿qué detesta que le pregunten?

–"¿Qué está escribiendo ahora?" Porque si uno no está escribiendo, siente un gran complejo de culpa, de modo que esa pregunta lo obliga a mentir.

–¿Otra?

–"¿Cuál es el último libro que leyó?" No hace mucho, yo estaba leyendo los diálogos de Platón. Pero me dio vergüenza confesarlo: sonaba enfático, soberbio…

–Bolilla tres: vida privada. Usted fumó más cigarrillos que Mailer (si eso fuera posible), y tomó casi tanto alcohol como Hemingway, Poe o Lowry. ¿Cómo escapó?

–Del cigarrillo, con la pipa. Del alcohol no escapé. No tomo una gota desde hace veinte años, pero soy un alcóholico. No se necesita beber para serlo.

–Algunos lectores le agradecerán esa etapa: le dictó su novela El que tiene sed.

–Sí. Es casi autobiográfica. Aunque tuve que quitar, mitigar, amainar mucho, porque ciertas escenas hubieran parecido, de tan espantosas, inventadas. Sin embargo, fueron experiencias reales.

–En sus consejos a los jóvenes escritores, dice: "Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se necesita para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí: te aconsejo no escribir drogado, ni borracho, ni haciendo el amor, ni con la mano que te falta, ni en la mitad de un ataque de epilepsia o de locura". ¿Lo sostiene?

–Sí, claro. Escribir haciendo el amor o comiendo sería muy divertido, pero imposible.

–De paso, y aunque forme parte de las preguntas detestables, ¿qué más les aconsejaría a los jóvenes escritores?

–No adjetivar en orden decreciente: "Era una montaña titánica, enorme, alta". No describir sino lo esencial: la posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos. La gente, en general, tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra en las recámaras: entra en los dormitorios. Hay que ahorrar: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple: la palabra caballo viene misteriosamente sin jinete. Tolstoi escribió siete veces Guerra y paz; Stendhal terminó Rojo y negro en cincuenta días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Tolstoi o Stendhal. Etcétera…

–Cierta pasión nativa por el escalafón asegura que, muertos Borges y Bioy Casares, usted ascendió a la categoría de mejor escritor argentino. ¿Qué opina?

–En este país, si uno vive lo suficiente, llega casi a cualquier cosa. Rozenmacher era un cuentista notable. Pero se murió prematuramente, y hoy casi nadie lo recuerda. Recuperar a Arlt costó mucho trabajo. Borges fue durante mucho tiempo un escritor secreto, lo mismo que Bioy. Además, Borges fue muy discutido por el nacionalismo, que en general, en la Argentina… viene con zeta.

–Los lectores no me perdonarán omitir esta pregunta: ¿su mejor anécdota con Borges? Queda hecha.

–Yo tenía veinticuatro años. Fui a verlo a la Biblioteca Nacional. Cerró todo: me puso en su mundo de tinieblas. Le pregunté qué pensaba de Sartre. Me dio una respuesta brillante: "Bueno, no suelo pensar en Sartre". Claro: no le pregunté qué opina, sino qué piensa…

–Usted acaba de publicar una novela: El Evangelio según Van Hutten. La editorial es Seix Barral, que lo contrató en lo que –dicen– fue el pase literario del año. ¿Qué es El Evangelio…?

–Un arqueólogo uruguayo encuentra un Evangelio que contradice el canon de la Iglesia: es de Juan, está escrito en arameo –la lengua de la Biblia–, y muestra a un hijo de Dios subversivo y muy humano. Punto: no me haga revelar más.

Castillo fue maestro de generaciones de escritores
Castillo fue maestro de generaciones de escritores

–Hábleme de su padre, Castillo. Sé que le importa.

–Mucho. Mi padre y mi madre se separaron cuando yo tenía ocho años. Me quedé con él. Se murió en el noventa y tres. Había sido boxeador y entrenador de boxeadores. No tomaba, no fumaba, no escribía –algo bastante saludable–, volvió a casarse a los ochenta y tres años (yo fui el padrino), no fui a su velatorio, y ni siquiera sé dónde está enterrado. Tenía un gran sentido estético: era un poeta hasta en el modo de cuidar su jardín. Y me dio una gran libertad. Frente a un dilema, me decía algo muy sabio: "Vos sabrás lo que tenés que hacer". Lo quise mucho. Perderlo fue un gran golpe.

–Hace un rato hablábamos de cierto frenesí por interrogar a los escritores sobre cuanto sucede en el cielo y en la tierra…

–Sí. Pero lo peor es que la mayoría de las preguntas son frívolas, triviales: nos preguntan qué opinamos de la minifalda, o cosas peores.

–Le propongo un contraveneno: hable en serio de lo que más le preocupa.

–Después de la caída del Muro de Berlín, que para mí no fue importante: era artificial desde antes de caerse, y del derrumbe de los países del Este, quedó una sola manera de concebir el mundo. Una manera imperial. No hay equilibrio ni correlación de fuerzas: todo lo dice un solo poder. Antes, las dos potencias se miraban con desconfianza. En cambio hoy…

–Alguien podría sospecharlo un nostálgico del comunismo…

–Soy enemigo del comunismo autoritario. Pero creo que el socialismo, el anarquismo y el cristianismo son la misma cosa.

–¿Qué ve en el futuro?

–Que la extensión de la crisis de los Balcanes puede llevar a una verdadera guerra mundial. Digo verdadera, porque las otras no lo fueron. Que hay una nueva era, pero sólo para los países privilegiados. Que la amenaza nuclear sigue: no hay arma que no haya sido usada… Que habrá crisis de alimentos. Que el agujero de ozono es una tragedia. Y que todo está agravado por la idea del fin del milenio, que siempre es sombría.

–Pesimismo absoluto.

–No. A pesar de todo, el hombre tiene una gran capacidad de reconstrucción. Si mi casa se incendia, ese vecino con el que nunca nos saludamos me ayuda a apagar el fuego. Y si se quema su casa, yo hago lo mismo. Al fin y al cabo, lo que nos permitió sobrevivir es una esencial idea comunitaria. Hoy, salvar a un delfín, a un pingüino, a una planta, no es una anécdota poética. El hombre comprendió que es parte de la naturaleza. Que no está fuera de ella. Y en ese cambio tienen mucho que ver las mujeres. Ellas tienen una relación más fuerte y más íntima con lo natural, lo vital, lo esencial.

–Entonces, ¿las mujeres pueden salvarnos?

–Sí. ¡Las mujeres son extraordinarias!


INFOBAE




Abelardo Castillo / Para ser escritor



Abelardo Castillo 

PARA SER ESCRITOR


-Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

-Un albañil puede habitar la casa que construye, decía más o menos Sartre, un sastre usa el traje que ha hecho: un escritor no puede ser lector de su propio libro. Un libro es lo que los lectores ponen en él. Ningún escritor puede agregar un sentido nuevo a sus propias palabras. Si puede hacerlo, debería escribir el libro otra vez.

- Lo mejor que se ha dicho sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Esa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas.

-Podrás corregir tus textos o no corregirlos. Toltstoi escribió siete veces Guerra y Paz; Stendhal terminó La Cartuja de Parma en cincuenta y dos días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Tolstoi o Stendhal.

- Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

-Los novelistas y los editores creen que una novela es más importante que un cuento. No les creas. Sólo es más larga.

-Los cuentistas afirman que el cuento es el género más difícil. Tampoco les creas. Sólo es más corto. El cuento es díficil únicamente para aquellos que nunca deberían intentarlo. Para Poe era facilísimo, para Cortazar, Chéjov o Hemingway también.

-No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

-Podrás escribir: "Volvió a verla tres días más tarde", pero sólo a condición de saber perfectamente (aunque no lo digas) qué le pasó a tu personaje en esos tres días, y por qué fueron tres días y no una semana o un año.

-No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie entiende ni medio se llama confusión.

-No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

-Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: "ahí está la ventana" que "la ventana está ahí". En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo.

-En el origen del conocimiento y de la literatura está el acto de contar. La crítica de la razón pura nos cuenta lo que Kant pensaba de los límites de la razón; los versos de La Eneida, la epopeya del Lacio; el teorema de Pitágoras, el cuadrado de la hipotenusa. El hombre es el único animal que cuenta.

-Cortázar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber a dónde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía.

-Los grandes novelistas aconsejan ignorar el final de la historia, no tener nada claro qué hará el personaje en el próximo capítulo, no atarse a un plan previo. A ellos sí podrás creerles, pero con moderación. Digamos, hasta llegar a la página 150. Más allá de eso, saber tan poco de tu propio libro ya es mera imbecilidad.

-Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.


"Ser escritor"
Abelardo Castillo


lunes, 8 de mayo de 2017

Entrevista inédita con Abelardo Castillo: "Los últimos años estoy tratando de hacer mérito para transformarme en una buena persona"

Entrevista inédita con Abelardo Castillo: "Los últimos años estoy tratando de hacer mérito para transformarme en una buena persona"


Dos jóvenes periodistas visitaron al gran escritor a mediados de 2001, para verlo de cerca y charlar con él. Su mirada sobre la realidad como hombre de izquierda, sus influencias literarias, su experiencia como boxeador y cómo imaginaba su lugar en la literatura, en esta nota.



Leer a Arlt hacía ver al resto de los autores como debiluchos, decía Castillo.
Leer a Arlt hacía ver al resto de los autores como debiluchos, decía Castillo.
A mediados de 2001, llegamos a la casa de Abelardo Castillo junto a mi prima Dalia Ber con un solo objetivo: charlar hasta que nos echara. No teníamos una excusa periodística demasiado firme para estar un rato en su departamento cerca del Spinetto (y a pocos metros de la casa de nuestra abuela materna). Castillo no había publicado un libro nuevo, no se hacía cargo de una colección ni había recibido un premio. Lo entrevistamos con el solo fin de verlo de cerca, escucharlo un rato y chuparle un poco la sangre al Dracula que bastante se había nutrido de la sangre joven en sus talleres. En el mejor de los casos, sería mi primera nota para la revista Hecho en Bs.As. pero quedó inédita y hoy vale la pena repasar qué dijo sobre sus métodos de escritura, influencias e, incluso, su corta carrera como boxeador amateur. El contexto del encuentro eran los meses previos a la caída del gobierno de la Alianza, por lo que empezar hablando un rato de la "realidad", nos pareció una buena idea para entrar en confianza con quien tenía fama de entrevistado duro y peleador.

Abelardo Castillo / "Si alguien realmente quiere conocer a un escritor, tiene que recurrir a su ficción"

Abelardo Castillo
Ilustración de Ariel Escalante



Abelardo Castillo

"Si alguien realmente quiere conocer 

a un escritor, tiene que recurrir 

a su ficción"

A mediados de año se publicará el segundo tomo de los diarios
de uno de los grandes protagonistas de la literatura argentina
del siglo XX, que asegura: "Creo en la literatura como conocimiento"


Natalia Páez
PARA LA NACION

22 de enero de 2017

Abelardo Castillo dice que si realmente se quiere conocer a un escritor hay que recurrir a su ficción, no a sus diarios. Lo dice parado, el entrecejo fruncido, cierto ademán de fumador aunque dejó el tabaco hace años, pero con un resabio de aquello en su voz oscura. Su cuerpo pareciera tener memoria del boxeador aficionado que fue, del nadador, del remero. Sin embargo, dice que no se cuida especialmente y que su momento del día sigue siendo la noche. Cuando nadie llama, cuando no hay interrupciones. Tiene 81 años y hace 62 que escribe.

domingo, 7 de mayo de 2017

Muere Abelardo Castillo, maestro de escritores


Abelardo Castillo

Muere el argentino Abelardo Castillo, maestro de escritores

Con él se va otro de los grandes de la literatura argentina del siglo XX



FEDERICO RIVAS MOLINA
Buenos Aires 2 MAY 2017 - 14:40 COT



“Arreció la muerte sobre la literatura argentina”, dijo Abelardo Castillo en una entrevista en enero pasado. Con dolor, enumeró a La Nación la lista de “amigos” que se habían ido sólo en 2016 y 2017: Alberto Laiseca, Ricardo Piglia, Josefina Ludmer. “Antes”, dijo, “Dalmiro Sáenz, David Viñas y Ernesto Sábato”. Ahora la muerte también lo ha alcanzado a él, apenas cumplidos los 82 años. Castillo fue uno de los protagonistas de la vida cultural argentina del último medio siglo, testigo y protagonista de una de las etapas más prolíficas de la literatura del país sudamericano, y su partida deja huérfanos de referente a decenas de escritores que año tras año se han formado en sus talleres literarios. Autores como Liliana Heker, Guillermo Martínez, Juan Forn o Gonzalo Garcés nacieron a las letras bajo la mirada de Castillo, pese a la insistencia del maestro de que estudiar para escritor “no sirve para nada”. La cultura argentina también debe a su nombre revistas literarias ahora legendarias: El escarabajo de oro, El grillo de papel y El Ornitorrinco.

Abelardo Castillo / Conversación con María Esther Gilio


Abelardo Castillo
HACIENDO EL AMOR CON LA LITERATURA
Conversación con María Esther Gilio

Abelardo Castillo, a quien Sábato, Bioy y Cortázar consideraron uno de los grandes de la literatura argentina, pasó por Montevideo para hablar sobre "El escritor latinoamericano en la posmodernidad". BRECHA dialogó con él sobre la literatura, especialmente la suya.

Abelardo Castillo / Las panteras y el templo


Fotografía de Anja Millen
Abelardo Castillo
LAS PANTERAS Y EL TEMPLO

Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá grite, y sé que ya no podré detenerme.

sábado, 6 de mayo de 2017

Abelardo Castillo / El candelabro de plata

Fotografía de Anja Millen
ABELARDO CASTILLO
El Candelabro de plata

Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un sujeto primitivo, puro (o bestial), incapaz de adaptarse al florido mundo, donde para tranquilidad de la hermosa gente se cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero, al menos, hoy he comprendido algo; lo he comprendido después de lo que paso esta noche; soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para justificar nada. No. De ocurrirme semejante cosa debería admitir que yo mismo repudio lo que he hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto: acabo de hacer feliz a un miserable, quién podría juzgarme, quién sobre la tierra (quién en el Cielo) se atrevería a juzgarme.