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jueves, 4 de octubre de 2018

Miyó Vestrini / Dolor

Georgia May Jagger
Foto de Daniel_Sanwald

Miyó Vestrini
EL DOLOR


Doblé con cuidado sus camisas
y vacié la gaveta de la mesa de noche.
Dada la magnitud de mi dolor,
leí a Marguerite Duras,
hostil y dulzona ella,
tejiendo un chal para su amado.
Al quinto día
abrí las cortinas.
La luz cayó sobre el cubrecamas manchado de grasa,
el piso lleno de desechos,
el marco de la puerta descascarado.
Tanto dolor,
por cosas tan feas.
Miré una vez más su cara de ratón
y tiré  todo por bajante de la basura.
La vecina,
alarmada por semejante volumen de basura,
me preguntó si me sentía bien.
Duele, le dije.
En mi buzón colocaron un anónimo:
"el que tenga un amor
que lo cuide
que lo cuide
y que no ensucie el bajante de la basura de la comunidad".



sábado, 24 de febrero de 2018

Miyó Vestrini / Me levanto



Miyó Vestrini


Me levanto:

estudio con sumo cuidado las diferencias entre
dirritmia-psicosis-esquizofrenia-neurosis-depresión-
síndrome-pánico y me arrecho

acepto que existan cucarachas voladoras, descubro que
todas mis amigas tratadas por psicoanalistas se han vuelto
totalmente tristes totalmente bobas, me leen el oráculo
chino y me predicen larga vida, vida de mierda, digo…




jueves, 22 de diciembre de 2016

Miyó Vestrini / Blanca Nieves

Blancanieves según Benjamín Lacombe

Miyó Vestrini

BLANCA NIEVES

El amor no es mucho
si no lo tienes.
Hoy vi a Blanca Nieves
soñando con su príncipe
y preguntándole:
¿cómo van tus ahorros?
¿cómo va tu espíritu?
¿quieres tomar un trago conmigo?
¿quieres montar mi potro salvaje?




martes, 5 de mayo de 2015

Miyó Vestrini / Valiente ciudadano



Miyó Vestrini 
VALIENTE CIUDADANO
                                

                                                        

A María Inmaculada Barrios 

Morid con el pensamiento
cada mañana y ya no
temeréis morir.

(Tratado Hagakuse)



Dame, señor,
una muerte que enfurezca.
Una muerte tan ofensiva
como a los que ofendí.
Una muerte que soporte la lluvia de Santiago de Compostela,
y de paso,
mate a los que me ofendieron.

Dame, señor,
esa muerte de la intemperie
que sorprende y tranquiliza.
Haz que esté largando mocos y lágrimas,
suplicando piedad
y deseando muerte ajena.

Haz, señor,
que aquel hombre con piel inédita
reconozca en mí al animal de los olivares.
Que su cuerpo pese sobre el mío
y haga dulce
la entrada al fuego.

Te prometo haberlo visto todo.
La misma culpa con la que nací,
el mismo furor.
Haz, señor,
que esté escuchando a Vinicio de Moraes
y a María Betania
y prometiendo que mañana,
lunes,
me inscribiré en un curso para aprender brasileño.

Que venga la muerte
cuando descubras en mí
alguna oculta intención de poder
y cuando sepas,
por tus informantes,
de mis maniobras para pasar a la historia.
Cuando te digan, señor,
que he agotado todos los recursos de la fatiga
sin pedir clemencia,
entonces, señor,
dame duro.
Haz que este golpe que tengo en la frente
por abrir puertas a cabezazos
se ponga
rojo,
latiente,
doloroso.

Supongamos, señor,
que eres el bing-bang.
Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.
Que los hots-dogs son tema de tu predilección.
Que tu deseo de mí es parte obscena
de tu personalidad.
Entonces, señor,
examina mi estómago abultado
                por los espaguetis de Portofino
                por las favadas del Guernica
                por los pasteles de coliflor de mi madre
                por los largos tragos de cerveza y ron.

Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,
                                 yo, la pusilánime astuciosa
                                 la del dedo en el aire
                                 abanicando a la aburrida concurrencia.

Podrías venir al cine, señor.
Veríamos Brazil,
La vaquilla,
Un día de campo,
El cartero y Gatsby.
Me escucharías
sacudida por la risa
y el temor.

Permíteme, señor,
contemplarme como soy:
            el rifle en la mano
            la granada en la boca
            destripando a la gente que amo.

Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,
cuando mi respiración es un golpe de piedras
en la corriente del río.

Y verás como nada,
ni siquiera la leche de tus cantares,
puede darme una muerte que me enfurezca





miércoles, 25 de marzo de 2015

Miyó Vestrini / Zanahoria rallada



Miyó Vestrini 
ZANAHORIA RALLADA

El primer suicidio es único.
Siempre te preguntan si fue un accidente
o un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
con fuerza,
para que duela
y aprendas a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
la-muerte-en-realidad-te parecía-la-única-salida
o que lo haces
para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
ya te han dado la espalda
y están mirando el tubo transparente
por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó aprisa
y en diez minutos, ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio donde llorar,
ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
dicen,
como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
nunca diré una palabra sobre tu vida
en ningún libro,
si puedo evitarlo.