¿Fue la 'vedette' brasileña Dora Vivacqua una situacionista, una feminista, una exhibicionista, una 'freak'? En su nueva novela, Javier Montes firma un retrato arribista cuyo conflicto interno decide no mostrarnos
Carlos Zanón
19 de junio de 2020
La vedette brasileña Dora Vivacqua, conocida como Luz del Fuego.
Aunque salió un tanto trastabillado de Varados en Río (2016), Javier Montes (1976) vuelve al lugar del crimen: Río de Janeiro, década de los cuarenta y cincuenta con similar modus operandi: la ficción narrativa alrededor de personaje real. Una reconstrucción donde el escritor aparece como diletante detective/reportero reuniendo pruebas: testimonios, periódicos, imágenes, textos del personaje y andamiajes artesanales de ficción. En su anterior novela, se trataba de reconstruir el exilio brasileño de Rosa Chacel y otros ilustres, y en esta, el de Luz del Fuego. Personaje, en este caso, más carne de periódico sensacionalista y menos de manual de literatura y, por ello, quizás, el asesino sale mejor parado en Luz del Fuego que en Varados en Río.
El gran escritor estadounidense narra en 'Cásate conmigo', novela de 1977 que se reedita ahora en castellano, el adulterio de dos personajes a los que comprende, perdona y condena al mismo tiempo
CARLOS ZANÓN 27 FEB 2020 - 18:12 COT
John Updike, visto por Sciammarella.
Todo un misterio cómo se comportará la posteridad con John Updike (Reading, Pensilvania, 1932 - Beverly Farms, Massachusetts, 2009), pero la cosa no está para apostar a su favor. Si estuviera vivo, es más que probable que muchos intentasen exhibir en sus muros y paredes su cabeza de rinoceronte blanco. No ocurrió, a pesar de que, en sus últimos años de vida, la veda sobre él ya se había abierto. La corrección política le acusó de casi cualquier cosa, optando por ningunear cada nueva entrega suya antes que destrozarlo, porque aún se le respetaban tanto su prestigio como su tesón competitivo. Novelas como La belleza de los lirios (1996), Gertrudis y Claudio (2000) o recopilaciones de cuentos como Lo que queda por vivir (1994) demostraron merecerse ese respeto.
Estamos refiriéndonos a una de las cimas del Himalaya de la edad de oro de la novela norteamericana del siglo XX junto con Norman Mailer, Philip Roth o Saul Bellow. Un trozo de los sesenta y setenta le pertenece si se tiene en cuenta que, además de esos compañeros de viaje, Updike coincidió con John Cheever, Carson McCullers, Truman Capote, Flannery O’Connor, Ralph Ellison o Joyce Carol Oates. Supo crearse entre aquellos agujeros negros y supernovas un territorio propio, la clase media blanca norteamericana que controlaba mejor el alcohol que el adulterio, con el botón rojo de la pastilla anticonceptiva en la mesilla de noche. Updike, que empezó queriendo ser artista gráfico, luchó y consiguió ser lo que él creía que necesitaba la narrativa estadounidense de su tiempo: un escritor tan grande como popular. Algo como Mickey Mouse, Elvis Presley o la televisión. Dibujó con trazo claro, arquitectónico y minucioso los barrios, las casas residenciales, las habitaciones, los aseos y dormitorios, divorcios, disputas y armisticios, el romance, el sexo y la deslealtad de sus conciudadanos en un estilo tan despiadado como hermoso. Te clavaba el escalpelo con un corte limpio que te eximía tanto de la épica como de los últimos sacramentos. Sus libros son narcisistas, y el tiempo transcurrido empuja su perfeccionismo, en demasiadas ocasiones, hacia lo esnob, pero su lectura sigue revelando algo prodigioso. Parecen ser libros escritos por un dios que comprende sin juzgar ni intervenir. Nos hace vernos como seres pequeños y corrientes, pero no estúpidos ni banales, corriendo hacia la muerte, que tratamos de evitar anclándonos en la eternidad del instante perfecto al precio —hijos, ruina, muertes— que sea.
Pocos autores en español trascienden la conciencia política de sus libros porque a la mayoría le trae al pairo el prójimo mientras no sea un personaje de sus historias
CARLOS ZANÓN
18 ENE 2019 - 11:29 COT
El escritor Chester Himes.ALEX GOTFRYDCORBIS / GETTY IMAGES
Si usted quiere ser escritor de novela negra evite sonreír en las fotos. Ponga cara de malote, de hombre curtido en unas calles que dirá conocer como la palma de su mano. Si además es usted mujer sepa que el precio de ser escritora de ese género es que la llamen dama del crimen cien veces por mes y la reúnan con otras escritoras en mesas redondas, antologías y avances de novedades de prensa. La imagen es importante, impostada e importada. Uno ha de poner jeta cincelada en el cemento porque se le presupone que conoce la dureza de la ciudad y, por ende, de la vida. Sonreír es quitar la credibilidad a lo escrito y mostrarse insensible con los que sufren las desigualdades de este sistema con el que, por otro lado, el escritor —cualquier escritor— participa encantadísimo: publico, vendo y, de poder, me arrimo hasta conseguir un premio.
Reina del thriller americano, candidata al Nobel… Una hora en la mente de Joyce Carol Oates
Cada libro de Joyce Carol Oates profundiza en esos inframundos de violencia y sadismo que la obsesionan. Una mirada oscura y también optimista que, a la espera del Nobel, recibe el Premio Carvalho de BCNegra.
Carlos Zanón
28 de enero de 2021
El mundo negro, realista y gótico de Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) nos resuena siempre adulto y actual. Quizás eso penalice a Stephen King (una lectura injustamente infantilizada y ochentera de King al menos) y no a ella como hacedora de alta literatura candidata al Nobel, un Nobel que nunca acaban de darle, por cierto. ¿De qué manera le importa ese último plus de reconocimiento, esa victoria última que no le es concedida…? Hay preguntas que uno no hace porque sabe que no se las contestarán. Esta es una de ellas.
El mundo inquietante, gótico y violento de Joyce Carol Oates vuelve en 'Carthage'. Mantiene la astucia para sorprender, pero también el afán por lo accesorio
Carlos Zanón
27 de noviembre de 2014
Comentar la nueva novela de este portento de la narrativa llamada Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) exige apriori decidir. En este caso sobre si vas a exhibir ante ella, como un espantajo, los tópicos temas de crítico holgazán. Lo de la eterna candidata al premio aquel. Lo de que es demasiado prolífica y además sobre los mismos temas (del tipo "no, Dickens, otro libro más sobre huérfanos, no, por favor"). Y, la joya de la corona, el uso particular de la violencia que hizo que escritores machotes como N0orman Mailer la admitieran como una igual (¿!). Intentaremos sortear esos amarres.
Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938) es una fuerza narradora casi sobrehumana, en cuanto a cantidad y calidad de sus obras. Es autora de más de 50 novelas, 400 relatos breves, poemarios, textos de no ficción y de teatro. Su nivel de exigencia es siempre muy alto. Es difícil encontrar objetos de saldo en la estantería Oates. Con todo, uno de sus puntos débiles es, en ocasiones, digresiones no literarias, memoria externa irrelevante, algo que se ha ido acrecentado en sus últimas novelas. Por ello, en una recopilación de relatos como es Mágico, sombrío, impenetrable, ese aspecto se diluye o no existe y la gran mayoría de estos 13 relatos —que la escritora fue publicando en revistas y suplementos literarios— son excelentes brebajes servidos al punto para ser saboreados.
Leonardo Padura despliega todo su oficio en una ambiciosa novela que retrata como pocas la realidad del exilio en su país, pero cargada de tantas tramas y personajes que a veces pesa demasiado
Carlos Zanón
11 de septiembre de 2020
Restaurante en Little Havana, el barrio cubano de Miami. JEFFREY ISAAC GREENBERGALAMY
Leonardo Padura (La Habana, 1955, premio Princesa de Asturias de las Letras 2015) lleva consigo el pecado de ser también escritor de policial, amplia provincia del género negro. Su exitosa e impecable serie protagonizada por el teniente Mario Conde, que inició con Pasado perfecto (2000) en La Habana de 1989, da buena muestra de ello. Ese pecado hace que algunos se muestren remisos a caer en las páginas de sus libros para comprobar el gran narrador que es Leonardo Padura. Además de la construcción de tramas consistentes, al leerle asistimos a la creación de personajes verosímiles, con matices y voces diferentes que casi nunca son juzgados por su creador.
Elena Medel debuta en la novela con una obra de tesis sobre la precariedad en la que al final gana la ficción literaria
Carlos Zanón
2 de octubre de 2020
En la contraportada de Las maravillas, de Elena Medel (Códoba, 1985), se nos interpela en su primera línea: ¿Cuál es el peso de la familia en nuestras vidas, y cuál es el peso del dinero? Su autora trata de no sacar de foco ni pregunta ni respuesta. La suya es, en cierto modo, una novela de tesis que, al término de la lectura, no llega a convencerte del determinismo absoluto de la falta de dinero como herramienta de poder que se nos inflige y nos infligimos. Pero lo que no consigue la tesis —no por errónea, sino por monolítica— es suplido por la ficción literaria.
Pese a tratarse de un debut, desde las primeras líneas sabemos que estamos en presencia de una autora hecha, con una voz propia que ya ha sido validada desde la poesía y el ensayo y que se nos muestra, sobria y lacerante, segura de sí misma. Medel tiene una trayectoria poética de largo recorrido tanto en la poesía (debutó en 2002 con Mi primer bikini) como en el ensayo (El mundo mago, Todo lo que hay saber sobre poesía). Rastros de una cosa y otra hay en esta novela, pero siempre filtrados y mezclados por las convenciones de la ficción, lo cual, también es otra de sus virtudes.
Carlos Ruiz Zafón conectó de manera absoluta con la fantasía de las primeras lecturas, el placer de leer por leer
Carlos Zanón
19 de julio de 2020
Hace años en un Sant Jordi, una chica se acercó a la parada donde uno dormitaba, a la espera firmar algún libro. Ella se alegró mucho de encontrarme. Me dijo que iba en busca de su padre para que nos hiciéramos una foto juntos. Para el padre de aquella chica yo era el mejor escritor del mundo. Al cabo de unos minutos, un señor apareció agarrado del cuello por su hija. Buscaron a una persona para que nos hiciera una foto conmigo en medio de ellos dos. Mientras el fotógrafo trataba de entender cómo funcionaba aquel móvil, escuché por lo bajini que el padre le decía a la hija: “¿Y este señor quién es?”. No era el mejor escritor del mundo, porque para aquel señor ese era Carlos Ruiz Zafón.
Un siglo y medio después de su muerte, la huella del escritor inglés se palpa no solo en la literatura, sino en nuestra forma de sentir el mundo
Carlos Zanón
5 de julio de 2020
Charles Dickens, visto por Sciammarella.
Al igual que Charlot o McCartney en Beatles, Charles Dickens fue una estrella global. Desde su eclosión con apenas 25 años, gustó a todos. Como los otros dos, fue imparable y con el don de la oportunidad. Los tres estuvieron en el momento preciso ante el clic: Dickens, el de la fotografía; Chaplin, el del cine, y McCartney y los suyos, ante la televisión y los tocadiscos compactos. Eran reconocibles, asediados, buscados, exigidos y adorados. Fuerzas autodidactas, en apariencia inagotables, que venían de donde no deberían haber salido — la pobreza, la orfandad, el otro lado de la ley— para llegar a donde —sin saberlo nadie— les estaban esperando. Hoy no es posible imaginar el mundo sin ellos. Entusiasmo, creación, absoluta desfachatez ante la contención ya sea ante la denuncia, el buen gusto, la cursilería, lo genial, la no imposible conexión entre popular y excelente.
Entrada del Hospital Saint-Louis, en París. / XAVIER RICHER
Abajo esas cejas arqueadas. Libro póstumo no suele casar bien con criterio literario de autor en vida. Y ante esta novela breve de Rafael Chirbes (1940-2015), uno de los mejores escritores de este país, las dudas son tantas o más legítimas, dado el potencial comercial de la edición de una obra inédita. Restablecido el arco de las cejas, toca esconder las prevenciones. En primer lugar porque su autor, a pesar de tratarse de un proyecto que fue retomado y abandonado por espacio de 20 años, la dio por finalizada meses antes de su muerte. Y en segundo lugar, por una razón que, de necesitarlo, anularía la anterior: París-Austerlitz es una novela breve soberbia, digna del talento y el oficio de su autor.
La temática de Paris-Austerlitzretrotrae a libros anteriores a los últimos de Chirbes, monumentales, shakesperianos, como Crematorio o En la orilla. La trama se ubica a finales del siglo pasado, en París, una pareja homosexual a las que les diferencia edad, nacionalidad y extracción social. Quien nos narra esta historia a modo de duelo más intelectualizado que sentido es un joven madrileño, de familia acomodada, que viaja a París en su sueño de labrarse la vida como pintor.
‘Días sin ti’, galardonada con el Premio Biblioteca Breve, no permite ver las bondades de Elvira Sastre como novelista
Carlos Zanón
1 de abril de 2019
Elvira Sastre (Segovia, 1992) ha publicado varios poemarios y es una autora muy activa compartiendo poesía, vivencias y su mundo personal a través de redes sociales. Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014) o La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016) son algunos de los títulos publicados de poesía. Días sin ti es su primera novela. Con ella ganó el pasado Premio Biblioteca Breve.
Richard Ford escribe de la muerte de su padre y su madre en 'Entre ellos', que ilustra la evolución de un autor que ha depurado su estilo y amansado el ego hasta hacerse grande
CARLOS ZANÓN 29 ENE 2018 - 06:19 COT
Rcihard Ford, visto por Sciammarella.
Richard Ford (Jackson, 1944) ha reunido en este volumen dos piezas escritas con una diferencia de más 30 años. La primera, dedicada a su padre, que murió de un ataque al corazón cuando él tenía 16 años, y la segunda, a su madre, muerta de cáncer ya en la vejez, en 1981, fue escrita al poco de fallecer ésta. Además del placer de leer a un escritor de la talla del norteamericano, esa diferencia de tres décadas y media de escritura nos muestra cómo un buen escritor puede depurar su estilo y amansar el ego hasta convertirse en un gran escritor, más atento a mirar y preguntar que a explicar(se).
El libro tiene también otros intereses y muchos méritos, en especial la parte dedicada a su padre, Parker, un comerciante de almidón, un hombre de otra época. Ford realiza un portento en cuanto fondo y forma en esta pieza. Y lo hace con amor y rigor pero al mismo tiempo reconociendo —con sus padres muertos y él, sin descendencia y de edad avanzada— que el misterio nunca es desvelado. La línea recta de aprovechar el tiempo para saber quiénes son los tuyos, con los que compartes casas, biografía, anécdotas y cataclismos, es recta, sí, pero nunca se cubre, porque siempre hay otras cosas que hacer porque la vida consiste en eso, hacer. El Ford anciano sabe más de la imposibilidad de acceder al otro en sus deseos y frustraciones. Un hombre es más que un cuerpo, pero también más que una cabeza. La vida, para la lucidez de Ford, son los hechos. No tus propósitos, intenciones o sueños. Y el escritor se pregunta sin contestar qué sentían sus padres cuando él aún no estaba, cuando el comerciante llegaba solo a una habitación de hotel y encendía un cigarro, o aquella vez que su madre le dejó llorando en un parque, abrumada de desarraigo y lloros de un crío que llegó 15 años tarde —deseado, esperado pero no imprescindible—. El retrato es certero porque la ficción no impone respuestas. No sabemos nada más que estuvieron y se quisieron y no estropearon a un niño. El misterio es postergado, nunca hay tiempo, no sabemos cómo hacerlo si no es desde querer y ser querido sin argumentario ni periodo de devolución por garantía.
El libro también es un retrato de un mundo muy distinto al nuestro. Con reglas, ritos y convenciones que indicaban que las cosas eran como habían de ser. Una manera correcta y algunas incorrectas. Un mundo más de mirar y mirarse hacia y desde fuera. La conducta y la vivencia eran casi el mismo sendero. Uno era lo que hacía y a eso se le llamaba comerciante, yerno, marido, padre, vecino, soldado o estafador. Ford mira a sus padres desde y hacia fuera, con ese soberbio tono seco marca de la casa, de latido limpio y preciso. Huecos en blanco asumiendo que hay acciones y planteamientos que, simplemente, sus progenitores nunca se plantearon. Las cosas eran, pasaban, se hacían o se soportaban. O no. El abuelo paterno del escritor se suicidó ante una ruina por malas inversiones, por ejemplo, pero suicidarse también es hacer algo, contribuir a que la vida de los otros se mueva. En ambas piezas elegiacas, sin ajustes de cuentas ni pornografía emocional, Ford comparece sólo como testigo, nunca víctima o denunciante. Anécdotas, casas, coches, intuiciones, ciudades, equívocos, sacrificios, trabajos, lucha y buena educación. Algo así como la vida.
Ampliar fotoEva Baltasar, en Barcelona el pasado 12 de septiembre.CONSUELO BAUTISTA
Bajo el hielo
‘Permafrost’ es la esperada traducción al castellano de la primera novela de Eva Baltasar, el lúcido autorretrato de una mujer independiente que huye del compromiso
Carlos Zanón
28 de diciembre de 2018
Eva Baltasar(Barcelona, 1978) deslumbró conPermafrosten el momento de su edición, hace unos meses, en catalán. Está apareciendo en lo alto de las listas de los mejores del año en este idioma y tuvo buen respaldo de ventas y crítica. Hasta la fecha había publicado Baltasar una decena de poemarios y conPermafrostiniciaba el primero de tres libros de protagonistas femeninos con los que, en palabras de la autora, quiere explorar distintas etapas en la vida de las mujeres.
El título es uno de los aciertos. Permafrost es la capa de tierra que siempre permanece congelada y hace referencia a la protagonista y voz que narra la novela en primera persona, protegida por algo así como una membrana, dejando a una distancia de seguridad afectos y decepciones. La protagonista es lo bastante lúcida como para entender a la gente con la que comparte, colisiona o se repele, pero le resulta imposible sentir lo mismo que entiende. El libro se abre con un capítulo espectacular en cuanto a estilo y fuerza, pero ése no es el tono elegido por Baltasar, sino el de una narradora rápida, brillante, lúcida, divertida sin llegar a ser frívola.
El primer capítulo, sin embargo, a nivel estilístico nos muestra otro libro, y uno se queda con las ganas de haber leído al menos también ese otro libro que la autora decide no escribir.
Algunos aspectos del personaje enunciados al principio —sus tentaciones suicidas o las fantasías sobre cómo hacerlo— quedan minimizadas frente al peso de otros temas como la libertad, la búsqueda de la identidad sexual, la naturalidad de sus relaciones con otras mujeres, en una suerte de catálogo de nombres y encuentros, y en especial las relaciones familiares. Aparecen por las páginas un padre en eterno papel secundario, una madre asfixiante y controladora, y una hermana con una vida convencional que parece tener los cajones tan primorosamente ordenados como la cabeza. La lucidez de Eva Baltasar hace que el maniqueísmo a la hora de repartir roles quede amortiguado y salvado. Así, la ecuación de que la promiscuidad, el no compromiso, el lesbianismo, el no tener hijos, el no ser ni como tu padre ni como tu madre ni nada que ver con el pack cuñado-sobrinos-hermana sea la verdad que no nos salva, pero nos hace modernos, urbanos y hermosos, la construye para deconstruirla cuando hace acto de presencia la ternura y el más listo del pueblo choca con la verdad de que nadie sabe nada. El dolor circula por debajo del permafrost sin que nadie lo note.
El estilo de Baltasar es impecable. Mantiene tono y personaje, y aunque a ratos la sucesión de escenas sin más argumento que un dietario de obsesiones y relaciones —las mismas, igual de satisfactorias, intercambiables, ése es parte del conflicto del personaje— vaya en demérito de tu interés lector, y el libro a media travesía casi se te caiga de las manos, el talento artesanal de Baltasar viene en el momento justo en su ayuda cerrando el libro alto y bien.